lunes, 16 de marzo de 2026

El Covid-19 y sus metáforas

 


El 11 de marzo de 2020 la Organización Mundial de la Salud declaró la pandemia de Covid-19. Cinco días más tarde, en Argentina, el 16 de marzo de 2020, se anunciaron aquellos primeros quince días de cuarentena que terminaron alargándose por semanas y meses. A seis años de aquel suceso que marcaría para siempre el inicio de una nueva década en el siglo XXI, es posible una reflexión en retrospectiva sobre cómo una enfermedad puede llegar a detener el mundo e impactar en cada uno de sus habitantes. El coronavirus ha demostrado que la medicina y los sistemas de salud pueden ser puestos en jaque a pesar de los grandes avances tecnológicos.

 

Epidemias de enfermedades altamente infecciosas han ocurrido desde siempre, con variaciones según su lugar de origen, expansión, síntomas, mortalidad, etc. Las medidas de prevención y tratamiento han estado sujetas al desarrollo de la medicina y de la ciencia en cada época, y también en cierta medida han sido influenciadas por las condiciones de vida de cada sociedad. Con el paso del tiempo, gracias al desarrollo de distintas disciplinas científicas, fueron tratadas exitosamente muchas enfermedades que resultaban mortales o que eran consideradas incurables por su origen misterioso. Como la tuberculosis en el siglo XIX y principios del XX. El descubrimiento de la patología celular en 1850 permitió comprender que la tuberculosis era causada por una bacteria, lo cual ayudó a desarrollar tratamientos más efectivos, como los antibióticos, para combatirla.

Sin embargo, pese a cada pequeño logro que se apuntó la medicina, la victoria contra las enfermedades nunca es total ni absoluta. Cada cierto tiempo, alguna enfermedad viene para patear el tablero y desafiar a los médicos. Y si se trata de una enfermedad provocada por un virus, ni hablar. Porque los virus no son estáticos, sino que van cambiando, mutando. Y son esas mutaciones las que a veces pueden dar lugar a un nuevo virus con particularidades muy específicas. Es lo que pasa con la gripe, pues anualmente van surgiendo cepas nuevas, lo que obliga a “actualizar” la dosis de vacunación.

Todo tipo de epidemias se han desatado a lo largo de cada siglo. A principios del siglo XX, entre 1918 y 1919, se produjo un gran brote de gripe, por lo cual se recomendaba evitar el contacto estrecho, no darse la mano, usar máscara y guantes, cubrirse la boca… para evitar el contagio. Cien años después, el ciclo se repite. Una nueva variante de la gripe aparece, pero esta vez no se trata de una gripe cualquiera, y empieza a diseminarse más rápido de lo esperado. Aquel virus detectado a fines de 2019 sería conocido popularmente como “coronavirus”, y sería el agente patógeno de una larga epidemia que no dejaría rincón del planeta sin visitar.

El precedente más inmediato fue la epidemia de Gripe A, ocurrida diez años antes.. la cual se podría considerar una especie de “prólogo” a la pandemia.

En un inicio se la llamó “gripe porcina” porque el virus (H1N1/09) poseía una parte genética de virus porcinos, aunque combinado con otros genes aviares y humanos. Se inició en Veracruz, México, en enero de 2009, y fue declarado pandemia por la OMS el 11 de junio de ese año. Si hacemos una comparación estadística entre la Gripe A y el Covid-19, los números resultan apabullantes. Hubo 1,6 millones de casos confirmados de Gripe A, aunque se estimaron alrededor de 1500 millones de infecciones, mientras que de Covid-19 hubo 693 millones de casos confirmados, y con una estimación de 2000 millones de infecciones. En cuanto a las estadísticas sobre muertes confirmadas, la diferencia es abrumadora: por un lado, 19.000 por Gripe A, por otro lado, 7 millones (aunque se estiman alrededor de 20 o más) por Covid-19. Mientras que los grupos más afectados por la Gripe A fueron, según los registros, jóvenes y adultos sanos, los definidos como “grupos de riesgo” en la pandemia eran los adultos mayores, fumadores o personas con enfermedades crónicas (diabetes, hipertensión, problemas cardíacos o pulmonares).

Una de las principales similitudes entre las dos epidemias es que comparten algunos síntomas, como fiebre, tos, cansancio, dolor de garganta y dolores musculares, además de dificultades respiratorias. Con la diferencia de que el Covid-19 agrega la pérdida del gusto y del olfato entre sus síntomas más evidentes. Y en sus formas más graves, puede producir neumonía, síndrome de dificultad respiratoria aguda y complicaciones sistémicas como insuficiencia renal o problemas cardiovasculares.

 Las dos se expandieron rápidamente por el mundo, debido a su alto nivel de contagio y al flujo de personas propio de nuestro mundo globalizado.

Pero sin dudas la que más desbordó en cuanto a medidas sanitarias fue la pandemia de coronavirus. Entre 2009 y 2010, las medidas de prevención contra la Gripe A eran más localizadas y menos disruptivas. Recuerdo que se recomendaba mucho el uso del barbijo, el lavado de manos, y todo lo que ya conocemos bien. Pero nunca tuve la impresión de estar viviendo en “una pandemia”, salvo en julio de 2009 cuando se decretaron quince días de cuarentena general que, sumadas a las dos semanas del receso de invierno, fueron como un mes de “vacaciones”. Por otra parte, en marzo de 2020 el confinamiento obligatorio y preventivo duró más de un mes, y se convirtió en un encierro prolongado que produjo grandes cambios en la vida cotidiana (la llamada “nueva normalidad”). De ahí vendría toda una serie de símbolos y metáforas alrededor de la experiencia pandémica.

En 1978, la escritora, filósofa y ensayista Susan Sontag publicó un ensayo titulado La enfermedad y sus metáforas, motivada por la estigmatización que sufrían los pacientes de cáncer en esa época, ya que ella misma atravesó un tratamiento oncológico por cáncer de útero. Su eje principal son los usos metafóricos de la tuberculosis y el cáncer entre los siglos XIX y XX, pero haciendo un abordaje histórico e integral sobre la metaforización de las enfermedades durante gran parte de la historia humana. Sontag contrasta las metáforas atribuidas al cáncer y la tuberculosis desde distintas perspectivas (médicas, psicológicas, sociales, etc.), siempre analizado dentro del contexto histórico que le corresponde. Por ejemplo, la tuberculosis era considerada una enfermedad “misteriosa” porque no se conocía su causa, y por lo cual se pensaba que podía tener “múltiples causas”. Se creía que el interior del cuerpo se había “mojado” y por eso “había que secarlo”, de ahí que se recomendara a los pacientes trasladarse a lugares con ambientes más frescos y secos. Sin embargo, con el desarrollo de la patología celular en 1850 se comprendió que la tuberculosis era provocada por una bacteria, y después con el descubrimiento de los antibióticos, se halló el modo de curarla. De esta manera, la tuberculosis dejó de ser una enfermedad mortal y ya para el siglo XX había perdido toda su “mistificación”, a la par que en ese mismo siglo se produciría el auge del cáncer como enfermedad misteriosa, temida, temible e incurable… hasta que en la década de los ochenta aparecería otra enfermedad que vendría a disputarle ese puesto.

La segunda parte (por decirlo así) de La enfermedad y sus metáforas sería publicada en 1988, en el auge de la expansión del sida, donde Sontag realiza una ampliación de lo expuesto en la primera parte. Fue la lectura de El sida y sus metáforas lo que me motivó a escribir este artículo, ya que hubo muchos aspectos durante esa lectura que me hicieron pensar mucho en lo que se vivió durante la pandemia.

Aunque el virus del sida y el coronavirus son diferentes, especialmente por sus vías de transmisión (el VIH se transmite por vía sexual o intravenosa, mientras que el Covid-19 lo hace por el aire). La propagación del VIH fue mucho más limitada en comparación con el coronavirus, pero ambos tienen en común el gran nivel de miedo y paranoia que generaron.

El miedo al contagio, en ambos casos, condujo a la estigmatización de aquellas personas consideradas “portadoras” de la enfermedad. Al sida se lo asoció con grupos homosexuales, usuarios de drogas y personas de color o africanas. Debido a los prejuicios sociales, raciales y sexuales de la época, la enfermedad fue considerada un “castigo vergonzoso”, delator de una vida sexual promiscua o de hábitos inmorales. Se culpabilizaba al propio enfermo por el contagio, como “algo que se había buscado”, ya que, como explica Susan Sontag en El sida y sus metáforas, cuando una enfermedad de transmisión sexual se vuelve epidémica, inmediatamente desata fuertes juicios morales sobre los enfermos, de modo que a veces no se los trata como víctimas sino como potenciales “criminales” sanitarios.

El coronavirus, por su parte, no hizo ninguna clase de distinciones sociales ni raciales ni de clase, ni de género, sino que afectó transversalmente a toda la población. Esta vez, el eje del juicio social o moral estaba puesto en el cumplimiento o no de las medidas sanitarias (uso correcto del barbijo, lavado de manos, mantenimiento de la distancia…). Sin embargo, aunque el Covid-19 no provocó rechazo o marginación hacia minorías específicas, se podría decir que alentó ciertas reacciones xenofóbicas hacia los países asiáticos. En particular China, donde el coronavirus fue detectado por primera vez.  Probablemente la mayoría de la gente recuerda lo de la “sopa de murciélago” ... Grosso modo, desde Occidente se culpaba del surgimiento del coronavirus a los chinos por “comer cualquier bicho”, alimentando toda una serie de teorías de lo más descabelladas (sobre todo en las redes sociales). El rechazo hacia la gastronomía o ciertos hábitos alimenticios son una rama de los prejuicios hacia lo extranjero, lo foráneo, lo que no es de acá. Y muchas veces, cuando aparece una nueva enfermedad, siempre se le atribuye al extranjero. Sontag da algunos ejemplos de cómo en algunos países a tal enfermedad se le llama “el mal de” otro país lejano. A nivel global, esto tiene mucho que ver también con las relaciones entre ambos hemisferios. Occidente, y particularmente Europa, dice Sontag, se considera “libre de enfermedades”, por eso supone que los males siempre vienen de zonas periféricas o del llamado “Tercer mundo” (Asia, África, Sudamérica…). Claro que no podemos dejar de mencionar las enfermedades que los europeos llevaron a América, como la viruela y el sarampión, que diezmaron la vida de muchísimos pueblos originarios ya que estos no disponían de defensas contra las mismas.

Las bacterias y los virus viajan con nosotros de un lado a otro. Eso es un hecho inevitable. Y con la globalización (desde la llegada de Colón a América), los medios de transporte han evolucionado de tal manera que se han acortado las distancias y reducido los tiempos. Es lo que Julio Verne habrá querido demostrar en su famosa novela La vuelta al mundo en ochenta días. Y eso que en su tiempo todavía no existían los aviones. Si retrocedemos a 1918-1919, durante la epidemia de gripe, los barcos y los trenes eran los principales medios de transporte, mientras que la aviación y los automotores comenzaban su desarrollo incipiente. Un siglo después, casi se podría decir que es posible darle la vuelta al mundo en mucho menos tiempo que el del libro de Verne. Podemos viajar al otro lado del mundo en cuestión de días, u horas. La facilidad para trasladarse de un lado a otro contribuyó al aumento progresivo de los viajes y del caudal de personas trasladadas. En síntesis, la globalización ha aumentado exponencialmente la circulación de personas, por todas partes y a toda hora. Y si se suelta un virus con alto nivel de contagio en un mundo donde hay gente moviéndose constantemente alrededor del planeta, tendremos la receta perfecta para una pandemia.

Con el sida, la vida privada de las personas era puesta en tela de juicio, cuestionada, vigilada, condicionando el trato hacia quienes lo padecían. Con el coronavirus, la vida pública (presencial) fue clausurada, restringida, limitada. Ya no alcanzaba con cubrirse la boca o no darse la mano, sino que se debía evitar cualquier mínimo contacto o cercanía con el otro. La principal medida sanitaria fue la reclusión de cada ciudadano en su propia casa, mientras que toda práctica de la vida social fuera del hogar estaba terminantemente prohibida. La circulación y la apertura se redujeron a lo estrictamente esencial. Como, por ejemplo, el servicio de salud, que tuvo que enfrentar una crisis sanitaria para la que no estaba del todo preparado.

Así, la primera metáfora que le adjudicaría a la pandemia de Covid-19 es la del aislamiento, porque nos obligó a aislarnos, a separarnos, a distanciarnos unos de otros por la preservación de la propia vida y la de los demás. No fue un aislamiento extremo, como meterse en un búnker sellado bajo tierra, sino que la premisa fue quedarse en casa, conviviendo con familia o mascotas, solo, y no trasponer la puerta hacia la calle a menos que fuera estrictamente necesario. Espacios de trabajo, estudio, ocio, entrenamiento, y demás, fueron cerrados. Los únicos que no cerraron fueron los hospitales, los centros de salud, las clínicas. El personal de salud fue uno de los pocos que tenía permiso de circular. Y les tocaba desarrollar su trabajo en el más complejo de los contextos posibles.

El aislamiento no fue solo una medida de prevención sino también parte, en general, del tratamiento. Al paciente le tocaba quedar internado, y en los casos más terribles, conectado a un respirador. Los pocos seres humanos que veía o escuchaba estaban enfundados en trajes y máscaras, como si el enfermo estuviera permanentemente en un quirófano o como si fuera examinado como un ser que no pertenecía a este mundo.

La reducción drástica y extrema del contacto humano presencial fue directamente proporcional al aumento del contacto digital. Las pantallas, en todas sus formas y tamaños (celular, Tablet, televisor, PC de escritorio, notebook…) se convirtieron en nuestros principales intermediarios, a través de los cuales podíamos informarnos sobre lo que ocurría afuera o contactarnos con nuestros familiares, amigos, colegas del trabajo, etc. El uso técnicamente obligatorio de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) obligó a repensar, reestructurar y readaptar el trabajo en todos los rubros de la sociedad (empresas, escuelas, comercios, oficinas, etc.), especialmente aquellos que no estaban incluidos en la lista de los “servicios esenciales”. Surgieron nuevas demandas que impulsaron el desarrollo de muchas plataformas y aplicaciones distintas, las cuales buscaban adaptarse a la amplia gama de necesidades relacionadas al “Home office”. Podría decirse que aquí se dio el auge de Zoom, Google Meet, Skype, a la vez que servicios de mensajería como WhatsApp, Facebook Messenger o Telegram iban actualizándose continuamente para ofrecer mejores experiencias comunicativas a sus usuarios. Creo que fue en esta época donde Tik Tok empezó a pisar fuerte. Muchos servicios comenzaron a adaptarse para favorecer el menor contacto posible como, por ejemplo, los bancarios (con el tiempo, las tarjetas de débito y crédito empezaron a venir con un chip integrado, por lo cual bastaba acercar la tarjeta al aparato para pagar y listo). No estoy segura si fue a partir de este año que se empezaron a desarrollar aplicaciones para TODO y medio que las empresas o los organismos te hinchaban las guindas con “Descargá nuestra app y hace todo desde el celular” [como si uno tuviera un teléfono con memoria infinita para tantas aplicaciones juntas].

Personalmente, me parece que la pandemia de coronavirus acentuó nuestra ya de por sí extrema dependencia de la tecnología, en detrimento de nuestras capacidades naturales. Si lo pensamos bien, para casi cada tarea que hacemos a diario dependemos de algún tipo de artefacto o elemento artificial, partiendo desde la electricidad. Incluso, no sonaría muy descabellado afirmar que el teléfono se volvió una extensión de nuestro cuerpo. Y en el contexto de la pandemia y del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO), los dispositivos digitales adquirieron un mayor protagonismo en nuestra vida cotidiana, ya de por sí hiperconectada a través de las pantallas.

Las pantallas nos mantuvieron conectados e informados. En cierta forma, nos mantuvieron con vida, al igual que, por ejemplo, los aparatos respiradores para los pacientes críticos. En ese sentido, considero que el aislamiento hogareño, la relación de dependencia humano-máquina, así como la hiperconectividad virtual, son los símbolos más potentes en la narrativa social de la pandemia. El Covid-19 no solo expuso la vulnerabilidad humana en toda su expresión, sino que amenazó severamente los vínculos individuales y colectivos, la cohesión social, la conciencia sobre el cuidado conjunto. El peligro de obligar al individuo a separarse del entorno, de la realidad, de los otros, y vivir el mundo a través de pantallas con miles de filtros de todo tipo, puede llevar a la disolución de la conciencia colectiva y de los lazos (sanos) con el exterior. El otro gran peligro de la pandemia fue la amenaza hacia la salud mental a causa del enclaustramiento. Además de seres sociales, somos muy prácticos. Necesitamos algo que hacer, o de lo contrario es muy probable que nuestra mente empiece a sufrir un serio desequilibrio.

Visto así, el Covid-19 puede considerarse más nocivo que el VIH, porque desestabilizó más profundamente la relación entre el yo y los otros (o incluso la del yo consigo mismo). La paranoia por el sida languidece ante la paranoia por el coronavirus, pues el miedo se extendió hacia todos, ya no sobre un grupo específico. La sospecha podía recaer sobre cualquiera: el que saludó sin barbijo, el que volvió de viaje y no hizo cuarentena, el que tosió o estornudó sin cubrirse con el codo, el que no se lavó las manos, el que mantuvo la distancia, el que salió a correr.

Dentro de la narrativa de la pandemia es inevitable hablar del papel de los medios de comunicación (televisión, radio, prensa escrita, etc.). No había canal donde no se hablara del coronavirus, del reiterado pedido de quedarse en casa, de cuándo iba a salir el presidente a confirmar si la cuarentena se extendía quince días más o no, del aplauso para los médicos que se realizaba todos los días a las nueve, del desarrollo de las vacunas, de las estadísticas… El tema de las estadísticas se había convertido en una especie de obsesión. De hecho, con el sida también se dio esa obsesión por los números: cuántos diagnosticados, cuántos infectados, cuántos fallecidos. Susan Sontag afirma que hasta había más preocupación por los números futuros, o sea, por los casos de sida que todavía estaban por confirmar. Con el coronavirus eso se llevó a la enésima potencia: sospechosos, confirmados, recuperados, fallecidos, con porcentajes, colores, etc.

En paralelo con los medios masivos tradicionales, Internet replicaba y multiplicaba todo tipo de información (y desinformación). Internet es otro punto insoslayable en la narrativa pandémica, pues básicamente se trataba de la gran red de redes que permitía mantener todo a flote. Con respecto a las redes sociales quisiera destacar la amplia circulación de teorías conspirativas, tanto en torno al virus como a las vacunas. Una similitud entre el VIH y el Covid-19 es la teoría sobre su origen artificial, como creaciones de laboratorio que fueron liberadas accidental o deliberadamente. En su ensayo, Susan Sontag menciona una teoría difundida en los años ochenta en varios periódicos internacionales (por un rumor, aparentemente, inventado por la KGB), sobre la creencia de varios habitantes africanos de que el virus del sida fue creado en Estados Unidos con la intención de enviarlo a África y reducir su población, pero en un giro del karma, ese mismo virus terminó volviendo allá a través de soldados estadounidenses. Aunque al parecer se trató de un rumor sin fundamentos, no es un concepto muy descabellado, pues sabemos que las enfermedades han sido usadas como arma de guerra bacteriológica. Por otra parte, una de las teorías conspiranoicas sostenidas con mayor fuerza es la que señala a China como presunto creador del Covid-19. No hay pruebas ni confirmaciones oficiales, pero si hiciéramos una encuesta, es probable que mucha gente considere verídica esta teoría.

Después están todas esas ideas raras sobre las antenas 5G, el grafeno, las vacunas, los supuestos “microchips” que supuestamente nos inyectan con las vacunas para “controlarnos” (como si no hubiera un aparatito que ya se encarga de eso), y un montón de otras patrañas que no son relevantes para el objeto de este artículo. Lo importante es pensar cómo todas esas ideas alarmistas, amarillistas y conspiranoicas alimentaban la paranoia social y afectaban la estabilidad mental de las personas en un contexto tan delicado como el de la pandemia.

En muchos discursos, sobre todo políticos, religiosos o sociales, el virus del sida fue descrito como una “peste” y como un “castigo divino”. Tal como lo explica Sontag, las enfermedades de transmisión sexual siempre se prestaban a la moralización, como ejemplo del mal que podía sobrevenirle a un individuo si caía en una conducta sexual inapropiada. También el coronavirus fue considerado una peste, un castigo divino o el anuncio de un evento apocalíptico, aunque la moralización ya no apuntaba a los hábitos sexuales individuales sino más bien a los hábitos higiénicos de las personas y de la comunidad en general, apelando a la colaboración de todos para poder salir adelante ante la crisis sanitaria global. Sí hubo polémica con las iglesias, porque varias se negaban a suspender sus actividades e incluso sostenían que solo la fe protegería a sus fieles del coronavirus, manteniendo las puertas abiertas como si nada pasara, lo cual fue una muestra grave de negligencia para con la gente.

Las metáforas apocalípticas tampoco faltaron, pues ante cada contingencia de alcance mundial se esparce la creencia de que llega “el fin de los tiempos”. Y bueno, acá seguimos, seis años después, firmes… pero con ciertas roturas internas.

Pero hay un tipo de metáforas que dominan desde hace mucho tiempo los discursos sobre las enfermedades, y esas son las metáforas bélicas. Se habla de “la lucha contra la enfermedad”, se habla de “batallas”, se habla de “enemigos” invisibles, se llama a la unión para “derrotar” a los virus y bacterias. Con estas metáforas se construye la idea de una amenaza común y se refuerza el llamado a la movilización social. El uso de estas metáforas se originó en el contexto de la Primera Guerra Mundial, en una campaña contra la sífilis dirigida hacia los soldados. Desde ahí se fueron extendiendo, hasta ser adoptadas en los discursos relativos al cáncer, donde persisten hasta el día de hoy. En su ensayo, Sontag manifiesta un abierto desprecio por estas metáforas, al punto de que espera que sean las primeras en caer en desuso. Algo que me parece poco probable, porque siempre van a ser funcionales ante cualquier tipo de crisis.

No sabemos si el siglo XXI nos depara otra pandemia, o si eso ya va a quedar para el siglo siguiente (si es que hay siguiente). Mientras tanto, sigue habiendo enfermedades en el mundo. Y es posible que, mientras yo estoy escribiendo, o mientras usted lee, es probable que haya alguna epidemia en otra parte del mundo. Y a pesar de que esa epidemia no nos alcance, creo que el coronavirus nos ha enseñado que no estamos del todo a salvo…

 

 

 

 

 

 

lunes, 19 de enero de 2026

Duelo viejo peludo nomá

 



El cielo se iba tiñendo de un gris ceniciento a medida que el sol se diluía en el horizonte. Lo inundaba de rojo mientras la penumbra se extendía sobre la llanura. Los añosos árboles contestaban con su rumor de hojas al viento del este, que levantaba finas cortinas de polvo por encima del camino y las lanzaba sobre el bar. Desde adentro se oyeron unas voces, y un mestizo salió, medio abombado por el calor del día. Abrió las ventanas para que entrara el fresco, entró de vuelta a buscar un trapo para repasar el par de mesas que había fuera, bajo el techo de paja sobre la galería, y luego se tomó un segundo para mirar, más allá del palenque donde caracoleaba un par de caballos, la difusa línea casi anaranjada que trazaba el límite entre el firmamento nocturno y la tierra sombría. Unas pinceladas de nubes oscuras parecían traer el anuncio de las próximas lluvias, y eso al mestizo le preocupaba, porque al otro día tenía franco y quería quedarse en el pueblo, entre la gente, rodeado de casas, enterarse de las novedades, ver pasar el tren por la estación. ¡Se sentía tan solitario ese bar, tan en el medio de la nada! Incluso con sus resabios de pulpería, y rústica como su dueño, no dejaba de sentirse como parte de una historia pasada, como uno de los últimos bastiones de aquel siglo que iba tocando a su fin. ¿Qué grandezas traería la modernidad con el cambio de siglo?

El muchacho dejó estas cavilaciones a un lado cuando oyó a don Martín que lo llamaba para encender los faroles adentro. Este don Martín era un viejo de edad indeterminada, pero que mantenía ese aire de gaucho… de los gauchos “de antes”. Tenía una barba entre grisácea y blanquecina que no alcanzaba a ocultar una cicatriz de cortada en su rostro. A pesar de su paso cansino y melancólico, mantenía una lucidez impresionante, producto quizá de una sabiduría forjada no por la escuela de las letras y los números, sino por la escuela de una vida transitada en los márgenes de la sociedad. No era un hombre de allí, aunque no se sabía cuándo había llegado ni de dónde venía. Se mostraba frío y distante ante cualquier autoridad o funcionario público, pero no se metía en problemas. A veces, si estaba de humor y andaba acompañado de unos tragos, contaba unas historias tan impresionantes que parecían más bien sacadas de un libro, pero las narraba tan bien que sin dudas algo de cierto debían tener.

De a poco fueron llegando algunos paisanos. Se desviaban del camino, bajaban del caballo, lo ataban y se mandaban para adentro. Venían tan seguido que ya cada uno tenía su mesa designada, como en un aula. Pedían caña o vino, algo para picar, y después de un rato de conversación, arrancaban las partidas de truco con un mazo de naipes propio o a veces prestado por don Martín. Y así pasaban las horas, hasta que la clientela se retiraba, ya fuera por cansancio o cuando los ánimos se caldeaban demasiado entre carteadas y bebidas. En cuanto destellaba el brillo de algún facón, de inmediato el pulpero daba unas palmadas y llamaba al orden, valiéndose del respaldo de los brazos vigorosos del mestizo para echar a los contendientes. Se le tenía mucho respeto a don Martín, aunque a muchos les sorprendía esta intransigencia en contra de las peleas. Varios clientes sospechaban, por su porte y por la cortada en el rostro, que el buen anciano habría tenido sus buenos tiempos de riñas de gallos. Hasta cabía la posibilidad de que hubiera dejado mostrando el sebo a alguno en su juventud. Quizá ese pasado le pesaba y ahora de viejo pretendía dejarlo atrás.

Cuando se apagaron del todo los fulgores del ocaso, y la noche se cerró como un telón sobre el desierto pampeano, dos hombres desensillaron fuera de la pulpería-bar. Uno, de piel tostada, cabello castaño oscuro, profusa barba y patillas, era el Benjamín, que siempre andaba de camisa abierta hasta el pecho porque se sentía asfixiado si la tenía cerrada hasta el cuello. Por la abertura de la camisa y las mangas arremangadas le asomaba una profusa pelambre. Completaba su facha con unos pantalones de lino y alpargatas. Por el contrario, su compañero, al que llamaban el Aniceto Gallo, no tenía un pelo de sonso. Apenas en la base de la nuca le crecía una ralea de cabellos oscuros. El resto de la cabeza se lo cubría con una boina roja. Siempre andaba bien empilchado.

Ni bien cruzaron el umbral de la puerta, dos paisanos sentados en una mesa contra la ventana los saludaron de manera entusiasta.

—Eh, Aniceto, Benjamín, ¡por acá! ¿Cómo les va? Justo nos faltaban dos para completar un partidito de truco, ¿se prenden? —los invitó un morocho con cara de vivo.

—Ya les tenemos las sillas preparadas y todo —agregó otro, flacucho y con los rulos hasta los hombros.

Los aludidos tomaron asiento sin demora.

—Yo me quedo un rato nomás, no pensaba salir esta noche, pero el Gallo me convenció —dijo el Benjamín—, está el Alfonso en casa descompuesto del estómago y mañana tengo que ayudar a los viejos con la carneada.

—Le habrá caído mal la buseca del otro día, me parece —comentó el flacucho—. ¿Y cómo anda el Nacho, se fue a estudiar de dotor nomás?

—Sí, al viejo no le quedó de otra que largarlo, de empecinao que estaba. Pasa que la vieja lo convenció de que el Nacho no iba a servir para el campo, y que a lo mejor le convenía a la familia tener un médico recibido.

—Al Alfonso le vendría bien ahora.

Todos rieron.

—Che, ¿y es cierto que el Pedro va a tener otro hijo? —preguntó el morocho.

—Por ahora no sabemos, pero para mí que sí, por más que la señora de él diga que es hinchazón solamente.

—El domingo fui al cementerio para visitar la tumba de mi santa madre —dijo el flacucho con tono solemne— y vi a tus tías en la del Juan.

—Sí, van todos los domingos, a veces las acompaña mi vieja, pero últimamente prefiere quedarse en casa. Y eso que pasaron varios años de lo del Juan, pero a ella no se le olvida nunca, porque era el primer hijo. Y después nos tuvo a todos nosotros, como para compensar.

—Che, pero hay que querer compensar un hijo con seis más… —comentó el morocho con sorna— aunque bueno, al menos se asegura mano de obra pa’l campo. Y si los hijos le siguen los pasos, van a tener una manada de changos por todos lados.

Benjamín negó enérgicamente con la cabeza.

—Tampoco da para tanto, amigo. Los conozco bien a mis hermanos. Fijate que el otro día, nomás, el Luis andaba de guapo en la jineteada y por poco el pingo no le alcanza las terlipes con una patada.

—Bueno, alguno habrá de caer algún día con pichones, me figuro —agregó el flacucho— no digo que críe siete, pero con uno o dos va andar bien.

—Mirá, Aniceto, mejor dejá de decir macanas y prestáme atención al juego, que ya nos ganaron otra mano —lo reprendió Benjamín.

La charla, entonces, quedó en pausa.

Desde afuera se oía el concierto nocturno de los grillos, y cada tanto, algunas ráfagas se introducían al bar, refrescando el ambiente y meciendo cabellos y deshaciendo humos de cigarrillo. Acomodado en una esquina, el mestizo templaba suavemente una guitarra. Don Martín acomodó unas mercaderías en un estante y luego se acodó sobre el mostrador, mirando en panorámico el recinto, con esa expresión de su cara que lo hacía parecer un libro abierto, uno cuya historia no terminaba nunca de escribirse.   

El chillido de un ave, prolongado y agudo, interrumpió las risas de la clientela, dejando un breve silencio, como de anuncio funesto. Algunas cabezas se giraron, sin mucho interés, y después retomaron sus actividades, sin prestar mucha más atención.

Nadie oyó llegar al hombre, ni tampoco lo vieron pasar a través de las ventanas abiertas, sino que cruzó el umbral de la puerta como si se hubiera materializado por una invocación. A primera vista se lo podía tomar por indio, por la piel terrosa, los ojos achinados y el pelo liso y negro como crin de caballo. Pero mirado más de cerca, se le notaba un porte más provinciano, mezcla de sangre criolla e indiana. Tenía un andar ligero, los tostados brazos desnudos oscilaban pegados a su cuerpo. Había algo de melancólico y desafiante en sus ojos negros. Lo más llamativo, además de ese aire solemne y resignado por ser hijo de los primeros dueños de la tierra americana, era un cuerito que llevaba colgado del cuello. Un cuerito con pelo y todo, como si se lo hubiera cortado en limpio a alguna fiera del monte.

El recién llegado tomó asiento en una mesa cerca de la barra y pidió simplemente agua. Su presencia se convirtió en objeto de murmullos y nuevo tema de conversación.  En el pueblo no lo conocían, pero algunos lo habían visto trabajando en una de las estancias grandes de la zona, hará cosa de unos meses. Por lo general, pasaba desapercibido, la gente no se fijaba mucho en él y seguía con lo suyo.

Lo mismo ocurrió en el bar, como si el indio se hubiera mimetizado con el ambiente. Quedó al margen en las charlas de los paisanos, que derivaron hacia la situación política actual, los negocios, las cosas del querer, y alguien mencionó algo de un puma dando vueltas por ahí.

Al escuchar la palabra “puma”, el Aniceto cazó la bola en el aire.

—Hey —dijo, después de haber ganado otra partida de truco junto con Benjamín—, ¿escucharon la historia de lo que les pasó a los hermanos Leguiza?

Los hermanos Leguiza eran un par de muchachos tenidos por pendencieros, especialmente amigos de lo ajeno y aficionados a estar en boca de todos por lo menos una vez a la semana.

—¿Cuál de todas? —preguntó el morocho.

—La del domingo pasado, a la noche. Parece que ellos mismos la contaron, del puro susto que tuvieron. Resulta que los Leguiza habían salido de noche tarde, volviendo a casa después del cumpleaños de un pariente, y en mitad del camino les salió un puma que les rugió con ganas. Así, de la nada nomá’. Los caballos corcovearon, el mayor cayó al suelo y se cortó con una piedra. El otro lo fue a ayudar, prestándose como para salir corriendo. Pero no vieron más al puma, como si hubiera sido una aparición. Igualmente, montaron y salieron al galope como alma que lleva el diablo.

—Ah, sí, —repuso el flacucho— yo algo sabía, aunque escuché otra versión. Según lo que me contó mi tío, los Leguiza merodeaban por el monte, como quien no quiere la cosa, para ver si encontraban algo que llevarse. Ahí debe ser cuando se les apareció el puma. Y el rajuñón del mayor es porque lo arañó el bicho, que dicen que no tenía cola.

—¿Cómo no va a tener cola un puma, si es como un gato, pero más grande y bravo? —preguntó Benjamín.

—Y yo qué sé, capaz algún loco se la habrá cortado —comentó Aniceto.

—A mí suena más o menos cierta la historia —agregó el morocho—, no me convence mucho la versión de los Leguiza, pero sí lo del animalito ése. En el pueblo muchos se han quejado de que algo anda matando gallinas y perros, y debe ser algún tipo de fiera del monte, aunque nadie la alcanzó a ver.

—Eso es una exageración, pueden ser comadrejas o perros cimarrones que andan sueltos.

—¿Y vos cómo sabés, Benjamín?

Benjamín se lo quedó mirando, sin responder, como si el otro hubiera hecho una pregunta con una respuesta demasiado obvia. Sin el menor deseo de darle continuidad al asunto, se levantó dispuesto a marcharse.

—Yo me voy, ya es bastante tarde.

—Pero pará, que vamos a jugar el desempate con los muchachos —reclamó el Aniceto.

—No, no, en serio me tengo que ir.

Sin hacer caso de las protestas de sus amigos, Benjamín sacó unos pesos de su bolsillo y los dejó sobre la mesa, para pagar su parte de la consumición.

—¿Y ahora qué te pasa a vos? —le replicó el morocho, agarrándolo del brazo.

—Soltáme, ya les dije que no me podía quedar mucho porque tengo que trabajar mañana.

—Sí, pero otras veces también tenías que laburar al otro día y no te importaba mucho quedarte —dijo el flacucho.

A todo esto, el misterioso hombre de aspectos aborígenes permanecía atento a la escena. Ni siquiera se había terminado el vaso con agua. Lo único que había hecho hasta ese momento fue mirar de reojo hacia la mesa que ocupaban los cuatro amigos o quedarse con la mirada fija en la nada, mientras acariciaba con las yemas de sus dedos el cuerito de su collar. Se puso de pie cuando Benjamín se levantó de su silla y discutía con sus amigos, y antes de que este se escurriera hacia la puerta, en dos o tres trancos se le plantó enfrente.

—¿Qué querés? —le espetó Benjamín, molesto.

—Mataste las gallinas de mi patrón el viernes pasado —lo acusó el medio indio— y lastimaste a mi hermano cuando las quiso defender.

Benjamín frunció el ceño, pero meneó la cabeza negativamente y ni siquiera se dignó a rechazar la acusación. Intentó esquivar al indiano para irse, pero este, con agilidad, le cortó el paso y además le dio un empujón tomándolo por el hombro para alejarlo de la entrada. Ahí fue cuando Benjamín se empezó a emperrar… literalmente, ante la vista de los otros paisanos, de don Martín y del mestizo.

Lejos de preparar los puños, desenvainar un cuchillo o desenfundar una pistola, el Benjamín gruñó de un modo antinatural. Pronto le empezó a crecer más pelo del que ya tenía. Los dedos de sus manos fueron adquiriendo la forma de garras, al mismo tiempo que su espalda se arqueaba, obligándolo a sostenerse sobre sus brazos y piernas a medida que estos se convertían en patas. La boca y la nariz se le estiraron de manera grotesca para terminar en un hocico grande, oscuro como el resto de su pelaje, con una boca llena de colmillos. Sus ojos cafés ahora poseían un brillo amarillento y transmitían una energía puramente salvaje.

Mientras tanto, el hombre indio permaneció impasible, sin mostrar una pizca de miedo, como si su propósito hubiera sido desenmascarar al lobizón en persona. Antes de que la bestia saltara sobre él, se agachó, rodó sobre el cuerito desde el lado izquierdo, y al levantarse, como por obra de una brujería, estaba convertido en puma. En su nueva forma animal, eludió al lobizón y por poco no le alcanza la cara con un zarpazo. Al esquivarlo, el lobizón chocó contra unas sillas que a su vez hicieron volcar una mesa, produciendo un desastre de vidrios rotos y vino regado por el suelo. De inmediato, los hombres dejaron sus asientos y se alejaron lo más posible de los dos animales, que pasaron un rato gruñéndose mutuamente.

El lobizón corrió para pegarle una dentellada al gran felino, pero este se ladeó y enseguida le encajó un arañazo en el costado. El oponente canino arremetió de nuevo, para terminar empujado violentamente contra las banquetas de la barra, aunque eso no lo hizo perder equilibrio, y evitó que el puma se le acerque valiéndose de unos zarpazos al aire. Era evidente que, mientras el Benjamín al emperrarse había perdido toda conciencia de su humanidad, el indio al transformarse en puma la mantenía fresca, y eso le ayudaba a calcular mejor sus movimientos. Se movía con ligereza, concentrado siempre en el lobizón, y usando el espacio a su favor. Pero el lobizón, en su brutalidad, no era fácil de vencer.

Al principio los hombres contemplaron, paralizados y fascinados a la vez, aquella pelea a cuatro patas. Pero a medida que los peludos contendientes se cargaban el mobiliario de la pulpería, varios hombres reaccionaron por puro instinto: saltaban por la ventana más cercana, sin fijarse si se olvidaban de algo. Algunos lograban sobreponerse al miedo, con tal de ver en qué terminaba todo aquello.

Entre los pocos que no se habían ido, estaban los tres amigos del Benjamín, que empezaron a discutir sobre qué hacer. Por un lado, querían ayudarlo, pero incluso intervenir en una pelea entre dos hombres resultaba peligroso si había cuchillos de por medio. Ninguno disponía de un arma de fuego, menos que menos de balas de plata bendecidas en siete iglesias. El Aniceto llevaba un facón plateado, pero que ni siquiera había sido salpicado con agua bendita, y la última vez que había estado en una capilla fue para su bautismo. Otro problema era que ninguno sabía cómo se mataba a un puma-hombre, de seguro era alguna magia de indios.

Detrás del mostrador, don Martín se resolvió a buscar el rifle que había comprado tiempo atrás, para evitar las pendencias dentro de su local si el método pacifista-dialógico no funcionaba. Nunca se imaginó que le tocaría utilizarlo en semejante brete. A pesar de no disponer de balas de plata, confiaba en que al menos podría detener o ahuyentar a alguno de esos bichos, que andaban dejando pelos, sangre y rasguños por todas partes. Como ni el lobizón ni el puma se quedaban quietos ni un instante, no le importaba si mataba a alguno o a los dos, con tal de que no saliera nadie más lastimado. Así que cargó, apuntó y disparó.

Los perdigones fueron a pegarle, desgraciadamente, al lomo del lobizón, que con un aullido lastimero quedó tendido cerca de la puerta, sin que por eso se considerara rendido. Seguía gruñendo y mostrando los amarillentos colmillos. El puma, fatigado pero alerta, parecía prepararse para dar el salto fatal de muerte. Parecía que la suerte estaba echada.

Sin embargo, en un impulso de fidelidad propio de la lealtad entre humanos, el Aniceto pensó que no eran justas las condiciones de aquella victoria para el indio-puma. Saltando por encima de una mesa volcada, movido por la adrenalina, sacó el facón y le tendió una larga puñalada al felino entre las costillas. Este dio un rugido de dolor y se encaró con su atacante, quien corrió de inmediato hacia afuera, con la intención de que el animal lo siguiera. El Aniceto se internó en la noche indómita, sintiendo cómo el puma le desgarraba el pantalón con los dientes, hasta que lo sintió desplomarse detrás de él. Guardando una prudente distancia, el joven se detuvo y miró hacia atrás. Con el facón todavía en la mano, se fue acercando, mientras el mestizo salía del bar, también armado.

Tirado de costado en el suelo, el puma había vuelto a ser hombre. La herida en el costillar debió de haberle alcanzado algún órgano vital, porque pronto dejaron de oírse sus quejidos y el vientre se quedó quieto, señal de que había dado el último respiro. El mestizo, en un gesto de cristiana piedad, rezó algo breve, mientras Aniceto entraba a la pulpería.

Adentro, la cosa no iba mejor para el lobizón, caído en el mismo sitio donde le habían disparado. No había recuperado su forma humana, pero ahora parecía más un perro lastimero que un lobo embravecido. El morocho y el flaco debatían entre sí para decidir si había que llamar a un médico o a un veterinario. Si el Benjamín salía vivo de esta, lo más probable era que no volviera a caminar.

—Vea, patrón… ¿mañana qué le decimos a la policía? —le preguntó el mestizo a don Martín.

 El viejo patrón, con el rifle todavía entre las manos, miraba hacia lo profundo de la noche, como sumido en añejos recuerdos de guitarras y fogones.

En su época, los duelos eran otra cosa…

 

 

 

 

martes, 13 de enero de 2026

"La ciudad y las palabras" - [Poesía]

 



Palabras en la calle, en la vereda,

en los carteles y vidrieras,

cursiva o imprenta

a color o en blanco y negro.

Pequeñas, grandes, medianas,

fundidas entre logos,

publicidades, señales y luces,

todas gritando, implorando, ordenando:

¡Siga!, ¡Pase!, ¡Pare!, ¡entre y no salga

hasta haber comprado algo!

Palabras metafóricas, figurativas

que pelean entre ellas

por atrapar, cautivar, retener

la mirada de los transeúntes,

de los peatones, de conductores.

Palabras literales, reales, imperativas

que se cuelgan de pasacalles,

de carteles verdes o mensajes multiplicados

por la vía pública.

Palabras en movimiento

que aparecen y desaparecen,

que corren, que te ven correr.

todas las fuentes y tamaños,

Palabras para todos los gustos

con signos, sin signos,

siempre con exclamación,

jamás con preguntas.

Palabras reproducidas a las órdenes

del lenguaje del consumismo,

o del tránsito, o del espacio.

Palabras camufladas

en los rincones, en ese centímetro

descolorido en el que nadie ve

o que todos miran sin mirar.

Palabras con personalidad propia,

con persistencia en la memoria

remota del público, de la tv, del internet.

Palabras que saltan de pantallas

o gigantografías,

a veces a la sombra

de las omnipresentes imágenes.

Las palabras son las joyas de la

Corona,

los accesorios con los que la ciudad

se adorna con la lengua.

La ciudad se come el idioma

y lo escupe por todas partes.

La ciudad quiere verse y sentirse humana

con lo más humano que hay:

la Palabra.

Y quiere ser significante y significado

De humanidad.

Empecemos por acá

Bienvenid@s

  Buenos días/tardes/noches, según cuándo estén leyendo esto. Quisiera darles la bienvenida a mi pequeño y humilde blog, este diminuto aster...