lunes, 7 de septiembre de 2026

Escriturados univocales - Escritura humana

 

Aurelio, arquetipo de murciélago

persuasivo,

pinchó neumático,

y persuadido de euforia

resolutiva,

quiso cambiarlo.

Pero vio, con sanguíneo

furor,

que no estaba equipado.

Eulogia, su seguidora,

estudiosa de la ecuación,

eufórica de la persuasión,

lo riñe,

como con menstruación

asintomática,

y le dice:

“Si no llegamos,

¿cómo impulsaremos

la educación

de las comunidades

neuróticas?”.

Aurelio, estudiando

el clavo enquistado

en el neumático,

desquitando

con el pie

su ira sobre él,

profiere un enunciado

algo desubicado:

“¡Qué porquería!”.

Un conocido, profesor de secundario,

auténtico enunciador

de oscuridades

y denunciador

de cuidadores

negligentes,

pasa en su auto

y se detiene para ayudarlo.

Para empezar, examina

el clavo en el neumático,

intenta quitárselo

pero cae de espaldas

en la calle.

Un arquitecto

en camioneta

logra esquivarlo

dando el esquinazo,

y le grita:

“¡Voy a denunciarlos!”.

“Anunciemos el retraso”,

propuso Eulogia,

y Aurelio aceptó

sin cuestionar.

El profesor llamó

a la grúa,

y al no conseguirla,

con su auto los remolcó.

Y Eulogia lo fue guiando

para que no se fuera

a equivocar.

Al pasar por el parquecito

del Marquesito,

este los saludó

con impetuosa opulencia,

mientras miraba el superclásico:

Surrealismo simultáneo

vs.

Muestrario resucitado.

Más allá se corta la calle

por el desfile superlativo

de pañuelitos refugiados,

renunciados y denunciados.

Por la regulación meticulosa

de oficiales insuperados

los coches perjudicados

doblan por el camino

estipulado.

Entre ellos va la grúa,

con Aurelio, Eulogia

y el profesor desvinculado.

Luego se detienen con precaución

ante la concurrencia

por la competencia

de equitación.

Y lloriquean por tal retraso

que destruirá su reputación

ante la Supervisora

de la degustación.

Aurelio, todo un gesticulador,

hace varias alusiones

al conductor,

y recurre entonces

al estimulador

paquetito de cauciones.

El chofer supeditado

baja el pie al acelerador

y aprieta la mano

sobre el volante.

Si no fuera por el hidrante

esto sería una historia

de superación.

sábado, 5 de septiembre de 2026

UN SPLEEN POSMODERNO. 2. El eslabón final de la cadena

 

Son seres simples y prácticos, de hábitos concretos y experiencias profundamente materiales.

Son seres odiados y calumniados, pero responden con igual ferocidad a quienes los señalan.

Son seres que tienen tanto un lado agresivo como un lado sentimental.

Son seres a los que a veces se les exige más de lo que saben dar.

Son seres de instintos muy básicos y de principios colectivos a pesar de la soledad que los persigue.

Pueden llegar a entenderse mejor con sus propios pares que con los distintos, con quienes comparten especie, pero no anatomía.

Yo los observo desde mi lente doble. Los mandatos sociales inculcan que ha de haber uno para mí. Se supone que en algún momento de mi vida podré domesticar al menos a uno… el suficiente tiempo como para cumplir uno de los imperativos vitales (nacer, crecer, reproducirse, morir). Luego se irá o yo lo echaré.

Pero no es tan fácil. Curiosamente, me ocurre lo mismo que a varios de esos especímenes incapaces de emparejar su realidad.

Tengo el anzuelo, aunque no la carnada perfecta. Y son seres selectivos, tanto como los otros seres con los que comparten especie, pero no anatomía.

Mientras tanto, sigo observando.

viernes, 28 de agosto de 2026

UN SPLEEN POSMODERNO - 1. Quiero escribir

 

Quiero escribir, pero tengo que ir a trabajar.

Quiero escribir, pero tengo que preparar actividades para mis cursos de secundaria.

Quiero escribir, pero tengo que corregir trabajos prácticos de mis cursos del terciario.

Quiero escribir, pero que ir a abrir mi negocio y ponerme a producir.

Quiero escribir, es viernes por la noche, pero estoy muy cansada, ya es tarde.

Quiero escribir, pero este sábado a la noche vienen visitas.

Quiero escribir, pero no puedo porque la inspiración se fue más temprano.

Quiero escribir, pero tengo que prepararme para las materias de una licenciatura que empecé por completar una trilogía de títulos.

Quiero escribir, pero necesito un tiempo propicio y una liberación mental completa.

Quiero escribir, pero también quiero salir, caminar, dibujar, ver una serie… y leer, por supuesto.

lunes, 24 de agosto de 2026

UN SPLEEN POSMODERNO - 0. Invocación

 

UN SPLEEN POSMODERNO

Pequeños poemas en prosa

…o prosa pseudopoética

 

Heidenreich, Fabiana

 

Invocación

Sombra terrible de Charles Baudelaire, voy a evocarte, para que, sacudiendo el melancólico polvo que cubre tus letras, te levantes a contemplar la vida posmoderna, y ya me dirás cuánto se parece al ocaso de tu siglo, enceguecido por el farol oscuro del progreso.

Nos separa un abismo de más de cien años, además de la brecha del talento. Aunque hacer poesía no es lo mío, hoy pretendo hacer un intento a través de esta prosa.

miércoles, 1 de julio de 2026

Escritura humana ASMR

 

Tintineo de las campanillas al abrirse la puerta. Rechinar de suela de goma sobre el piso encerado. Un “Hola” suave y femenino seguido de otro “Hola”, también femenino, pero más cansado. Los rechinidos de goma se dirigen al pasillo de los snacks, mientras cuatro uñas de acrílico tamborilean impacientes sobre el mostrador. Crujen los metalizados paquetes de papas fritas cuando las manos visitantes los tantean. La puerta del refrigerador de las bebidas suelta un resoplido cuando una mano la abre mientras la otra sostiene el paquete de papas.

De pronto las campanillas vuelven a chocar con fuerza en la entrada. Pasos pesados ingresan rápido y se detienen ante el mostrador. Un chillido corta el aire en seco. El grito ronco de un vozarrón exige el botín. Inmediato, el clink de la gaveta y unos ruidos inteligibles, como de papeles arrancados debajo de resortes.

Un leve entrechocar de botellas. Milésima de segundo, estallido de vidrios y gaseosa sobre una cabeza encapuchada. Ruido fofo de un cuerpo desplomándose al tiempo que rebota el plomo frío en la baldosa. Silencio repentino. Una respiración agitada, la otra casi muda.

Las sirenas ensordecen el barrio y lo enceguecen de rojo y azul, y también de verde. Una voz languidece en llanto mientras otra voz se defiende: “sin comentarios”.

jueves, 11 de junio de 2026

Escritura humana #1

 

Hace un tiempo se me dio por experimentar, escribiendo poesía a partir de la selección de palabras que compartieron algún rasgo, fuera sonoro, gráfico o ambos. En este caso, empecé con una lista de palabras que contuvieran las vocales u-e-o, en ese orden: puerto, puerco, cuerpo… y así sucesivamente, con combinaciones de letras que iban formando nuevas palabras. Así fui haciendo una lista, y de esa lista, salió este poema.

 

Una mañana arribó al puerto

un barco pesquero

cargado de hambrientos

marineros.

Ávidos de comer puerco

entraron a un bodegón

con el cartel chueco.

Una moza los atendió

de pelo suelto

y sonrisa de cielo.

Les ofreció el especial de la casa:

Puchero de cerdo

con mucho puerro.

Mientras esperaban la cena,

alegremente recitaron

la historia del capitán Cuervo,

que tenía de compañero

uno de aquellos pájaros negros.

Cuenta la leyenda

que una noche en altamar

al agua cayó ebrio

y su cuerpo

fue hallado

en la otra orilla

por un pescador

y una doncella.

Al parecer respiraba todavía,

y en lo de una piadosa

curandera,

le aplicaron

un milagroso suero

que lo dejó como nuevo.

Ahora solo bebe agua

de una botella de cuero.

Cuando el relato llegó a su fin,

un olor caliente

cautivó la nariz

de los marineros.

Con su sonrisa vino la moza

cargando una enorme olla.

Los estómagos rugieron

al son de aplausos

y revolear de sombreros.

Pronto dieron cuenta las bocas

de cuanto había en platos y cuencos.

Y la noche cerraron con buena ronda

de estruendosas coplas

y romances chapuceros.

 

lunes, 8 de junio de 2026

Entrevista con Borges


 

                                               Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza

de polvo y tiempo y sueño y agonía?

Jorge Luis Borges, “Ajedrez”

 

Tuve la oportunidad de encontrarlo en el bar La Biela, de Recoleta. Lo vi nada más entrar, sentado solo, con sus ojos bañados en noche que miraban a la nada… o al infinito. Tenía un aire sereno, como el de alguien que lleva cierto rato meditando, aunque a la vez ligeramente preocupado, no sé por qué. Antes de tomar asiento me presenté, y luego de los saludos rituales, saqué mi anotador rebosante de preguntas para el maestro. Había esperado ansiosamente ese momento, había tanto que quería saber… si él realmente escribió “Instantes”, por qué no le gustaba Tolkien, si le importaba el Nobel de Literatura, cómo se sintió cuando lo nombraron “Inspector de Aves de corral” en el gobierno peronista, cuáles son sus libros favoritos… en fin, un montón de cosas para las que no sé si nos iba a dar el tiempo, yo de preguntarle y él de responder.

—Creo que debemos procurar ser breves… La tiranía del reloj, ¿sabe?

—Entiendo, aunque temo que nos gobierna una fuerza superior a todos los relojes.

Una forma rara de empezar… Aunque me dije “Bueno, es Borges”. Miré la primera pregunta garabateada en mi anotador, pero de repente me asaltó la incertidumbre. ¿Por dónde debería arrancar la entrevista: su vida, sus influencias, la literatura, sus libros…? Borges pareció darse cuenta de lo que pasaba al verme dudar, porque dijo:

—No se moleste tanto en preguntarme cosas. Lamento decepcionarle, pero en este momento no me siento capaz de responderlas.

Dejé el anotador y le miré de inmediato.

—¿Se siente incómodo? Puedo volver otro día…

—Es igual, no va a valer la pena. Pero el problema no es usted, sino yo. No se trata de un cliché, sino de una cuestión mucho más profunda y difícil de explicar.

“¿Estará pronunciando una elaborada excusa para que lo deje tranquilo?” pensé para mis adentros. Tanto que había esperado esta entrevista, con miedo de que no saliera como esperaba… Supuse, tratando de no desanimarme, que debido a su edad quizá ya estaba cansado de tantas entrevistas.

—Lo siento, no quise importunarlo —dije, guardando el anotador en mi mochila.

Él me detuvo con un gesto cuando iba a pararme.

—Espere, no quiero que se vaya creyendo que no tengo ganas de hablar con usted. Es solo que a veces nuestra conciencia puede desarrollarse tanto que explora límites impensados, y en esa exploración, si se transgrede el límite, la conciencia de identidad se distorsiona y se altera.

Me acomodé en la silla, intentando disimular que no entendía del todo lo que me estaba diciendo.

—Usted vino aquí para entrevistarme. O sea, para entrevistar a Jorge Luis Borges. Para usted, yo soy él. Pero ahora yo no me siento seguro de serlo. ¿Por qué resulta que no puedo responder sus preguntas? Porque usted seguramente querrá preguntarme sobre episodios de mi vida, sobre recuerdos particulares. Pero yo no me siento dueño de esos recuerdos. Siento como si no fueran míos… lo mismo que mis libros. Podría decir “yo escribí Ficciones, El Aleph, Historia Universal de la infamia” y continuar con una larga lista de poemas, cuentos o ensayos. Podría hablarle sobre lo que tratan y todo eso. Sin embargo, nunca terminaría de sentirme, en este aquí y ahora, como un autor auténtico. ¿Qué importa si yo escribí o no “Instantes”? Podría afirmarlo, con total certeza. Podría afirmar que no me cae bien Sábato o comentar que almuerzo en casa de Bioy Casares todos los días. Podría decir lo que quisiera, hasta las sandeces más impropias de Borges. Podría engañarle a usted, o a cualquiera más allá de usted. Pero no podría engañarme a mí mismo, porque yo sé bien que nada de eso son mi vivencia y mi pensamiento genuinos, porque yo soy una cáscara que llenan de cosas que debe repetir, imitando un estilo, una forma…

Ante semejante discurso tuve que poner a trabajar mis neuronas a todo vapor para no perderme el hilo. Cualquier persona pensaría que este tipo era en realidad un impostor o un imitador de Borges, y de repente le había dado como un “sincericidio”. Yo, sin embargo, sospeché que quizá se tratara de un juego, o de una prueba, o de alguna especie de experimento para hacer la experiencia más entretenida, en vez de una meliflua entrevista convencional.

Intenté seguirle la corriente.

—Ya veo… ¿se refiere a que se siente el Otro?

—Me parece que no me ha entendido del todo. No puedo hablarle de recuerdos que no son míos. No son mis tigres, no son mis laberintos, no son mis espejos, no soy el Otro… Pero como le dije, no es fácil explicar esta sensación.

—¿Lo más próximo sería estar siendo soñado por alguien más, como en “Las ruinas circulares”?

Borges realizó un gesto vago.

—Temo que esto sea peor que estar en un sueño. O mejor, porque el final es distinto.

Me recorrió un frío detrás de la nuca. Un miedo inexplicable me invadió, pero no pude evitar que mi boca pronunciara la última pregunta.

—¿Qué puede ser mejor o peor que existir dentro de un sueño?

Él parpadeó, como aceptando el destino inevitable.

—Existir dentro de un cuento.



         



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