lunes, 19 de enero de 2026

Duelo viejo peludo nomá

 



El cielo se iba tiñendo de un gris ceniciento a medida que el sol se diluía en el horizonte. Lo inundaba de rojo mientras la penumbra se extendía sobre la llanura. Los añosos árboles contestaban con su rumor de hojas al viento del este, que levantaba finas cortinas de polvo por encima del camino y las lanzaba sobre el bar. Desde adentro se oyeron unas voces, y un mestizo salió, medio abombado por el calor del día. Abrió las ventanas para que entrara el fresco, entró de vuelta a buscar un trapo para repasar el par de mesas que había fuera, bajo el techo de paja sobre la galería, y luego se tomó un segundo para mirar, más allá del palenque donde caracoleaba un par de caballos, la difusa línea casi anaranjada que trazaba el límite entre el firmamento nocturno y la tierra sombría. Unas pinceladas de nubes oscuras parecían traer el anuncio de las próximas lluvias, y eso al mestizo le preocupaba, porque al otro día tenía franco y quería quedarse en el pueblo, entre la gente, rodeado de casas, enterarse de las novedades, ver pasar el tren por la estación. ¡Se sentía tan solitario ese bar, tan en el medio de la nada! Incluso con sus resabios de pulpería, y rústica como su dueño, no dejaba de sentirse como parte de una historia pasada, como uno de los últimos bastiones de aquel siglo que iba tocando a su fin. ¿Qué grandezas traería la modernidad con el cambio de siglo?

El muchacho dejó estas cavilaciones a un lado cuando oyó a don Martín que lo llamaba para encender los faroles adentro. Este don Martín era un viejo de edad indeterminada, pero que mantenía ese aire de gaucho… de los gauchos “de antes”. Tenía una barba entre grisácea y blanquecina que no alcanzaba a ocultar una cicatriz de cortada en su rostro. A pesar de su paso cansino y melancólico, mantenía una lucidez impresionante, producto quizá de una sabiduría forjada no por la escuela de las letras y los números, sino por la escuela de una vida transitada en los márgenes de la sociedad. No era un hombre de allí, aunque no se sabía cuándo había llegado ni de dónde venía. Se mostraba frío y distante ante cualquier autoridad o funcionario público, pero no se metía en problemas. A veces, si estaba de humor y andaba acompañado de unos tragos, contaba unas historias tan impresionantes que parecían más bien sacadas de un libro, pero las narraba tan bien que sin dudas algo de cierto debían tener.

De a poco fueron llegando algunos paisanos. Se desviaban del camino, bajaban del caballo, lo ataban y se mandaban para adentro. Venían tan seguido que ya cada uno tenía su mesa designada, como en un aula. Pedían caña o vino, algo para picar, y después de un rato de conversación, arrancaban las partidas de truco con un mazo de naipes propio o a veces prestado por don Martín. Y así pasaban las horas, hasta que la clientela se retiraba, ya fuera por cansancio o cuando los ánimos se caldeaban demasiado entre carteadas y bebidas. En cuanto destellaba el brillo de algún facón, de inmediato el pulpero daba unas palmadas y llamaba al orden, valiéndose del respaldo de los brazos vigorosos del mestizo para echar a los contendientes. Se le tenía mucho respeto a don Martín, aunque a muchos les sorprendía esta intransigencia en contra de las peleas. Varios clientes sospechaban, por su porte y por la cortada en el rostro, que el buen anciano habría tenido sus buenos tiempos de riñas de gallos. Hasta cabía la posibilidad de que hubiera dejado mostrando el sebo a alguno en su juventud. Quizá ese pasado le pesaba y ahora de viejo pretendía dejarlo atrás.

Cuando se apagaron del todo los fulgores del ocaso, y la noche se cerró como un telón sobre el desierto pampeano, dos hombres desensillaron fuera de la pulpería-bar. Uno, de piel tostada, cabello castaño oscuro, profusa barba y patillas, era el Benjamín, que siempre andaba de camisa abierta hasta el pecho porque se sentía asfixiado si la tenía cerrada hasta el cuello. Por la abertura de la camisa y las mangas arremangadas le asomaba una profusa pelambre. Completaba su facha con unos pantalones de lino y alpargatas. Por el contrario, su compañero, al que llamaban el Aniceto Gallo, no tenía un pelo de sonso. Apenas en la base de la nuca le crecía una ralea de cabellos oscuros. El resto de la cabeza se lo cubría con una boina roja. Siempre andaba bien empilchado.

Ni bien cruzaron el umbral de la puerta, dos paisanos sentados en una mesa contra la ventana los saludaron de manera entusiasta.

—Eh, Aniceto, Benjamín, ¡por acá! ¿Cómo les va? Justo nos faltaban dos para completar un partidito de truco, ¿se prenden? —los invitó un morocho con cara de vivo.

—Ya les tenemos las sillas preparadas y todo —agregó otro, flacucho y con los rulos hasta los hombros.

Los aludidos tomaron asiento sin demora.

—Yo me quedo un rato nomás, no pensaba salir esta noche, pero el Gallo me convenció —dijo el Benjamín—, está el Alfonso en casa descompuesto del estómago y mañana tengo que ayudar a los viejos con la carneada.

—Le habrá caído mal la buseca del otro día, me parece —comentó el flacucho—. ¿Y cómo anda el Nacho, se fue a estudiar de dotor nomás?

—Sí, al viejo no le quedó de otra que largarlo, de empecinao que estaba. Pasa que la vieja lo convenció de que el Nacho no iba a servir para el campo, y que a lo mejor le convenía a la familia tener un médico recibido.

—Al Alfonso le vendría bien ahora.

Todos rieron.

—Che, ¿y es cierto que el Pedro va a tener otro hijo? —preguntó el morocho.

—Por ahora no sabemos, pero para mí que sí, por más que la señora de él diga que es hinchazón solamente.

—El domingo fui al cementerio para visitar la tumba de mi santa madre —dijo el flacucho con tono solemne— y vi a tus tías en la del Juan.

—Sí, van todos los domingos, a veces las acompaña mi vieja, pero últimamente prefiere quedarse en casa. Y eso que pasaron varios años de lo del Juan, pero a ella no se le olvida nunca, porque era el primer hijo. Y después nos tuvo a todos nosotros, como para compensar.

—Che, pero hay que querer compensar un hijo con seis más… —comentó el morocho con sorna— aunque bueno, al menos se asegura mano de obra pa’l campo. Y si los hijos le siguen los pasos, van a tener una manada de changos por todos lados.

Benjamín negó enérgicamente con la cabeza.

—Tampoco da para tanto, amigo. Los conozco bien a mis hermanos. Fijate que el otro día, nomás, el Luis andaba de guapo en la jineteada y por poco el pingo no le alcanza las terlipes con una patada.

—Bueno, alguno habrá de caer algún día con pichones, me figuro —agregó el flacucho— no digo que críe siete, pero con uno o dos va andar bien.

—Mirá, Aniceto, mejor dejá de decir macanas y prestáme atención al juego, que ya nos ganaron otra mano —lo reprendió Benjamín.

La charla, entonces, quedó en pausa.

Desde afuera se oía el concierto nocturno de los grillos, y cada tanto, algunas ráfagas se introducían al bar, refrescando el ambiente y meciendo cabellos y deshaciendo humos de cigarrillo. Acomodado en una esquina, el mestizo templaba suavemente una guitarra. Don Martín acomodó unas mercaderías en un estante y luego se acodó sobre el mostrador, mirando en panorámico el recinto, con esa expresión de su cara que lo hacía parecer un libro abierto, uno cuya historia no terminaba nunca de escribirse.   

El chillido de un ave, prolongado y agudo, interrumpió las risas de la clientela, dejando un breve silencio, como de anuncio funesto. Algunas cabezas se giraron, sin mucho interés, y después retomaron sus actividades, sin prestar mucha más atención.

Nadie oyó llegar al hombre, ni tampoco lo vieron pasar a través de las ventanas abiertas, sino que cruzó el umbral de la puerta como si se hubiera materializado por una invocación. A primera vista se lo podía tomar por indio, por la piel terrosa, los ojos achinados y el pelo liso y negro como crin de caballo. Pero mirado más de cerca, se le notaba un porte más provinciano, mezcla de sangre criolla e indiana. Tenía un andar ligero, los tostados brazos desnudos oscilaban pegados a su cuerpo. Había algo de melancólico y desafiante en sus ojos negros. Lo más llamativo, además de ese aire solemne y resignado por ser hijo de los primeros dueños de la tierra americana, era un cuerito que llevaba colgado del cuello. Un cuerito con pelo y todo, como si se lo hubiera cortado en limpio a alguna fiera del monte.

El recién llegado tomó asiento en una mesa cerca de la barra y pidió simplemente agua. Su presencia se convirtió en objeto de murmullos y nuevo tema de conversación.  En el pueblo no lo conocían, pero algunos lo habían visto trabajando en una de las estancias grandes de la zona, hará cosa de unos meses. Por lo general, pasaba desapercibido, la gente no se fijaba mucho en él y seguía con lo suyo.

Lo mismo ocurrió en el bar, como si el indio se hubiera mimetizado con el ambiente. Quedó al margen en las charlas de los paisanos, que derivaron hacia la situación política actual, los negocios, las cosas del querer, y alguien mencionó algo de un puma dando vueltas por ahí.

Al escuchar la palabra “puma”, el Aniceto cazó la bola en el aire.

—Hey —dijo, después de haber ganado otra partida de truco junto con Benjamín—, ¿escucharon la historia de lo que les pasó a los hermanos Leguiza?

Los hermanos Leguiza eran un par de muchachos tenidos por pendencieros, especialmente amigos de lo ajeno y aficionados a estar en boca de todos por lo menos una vez a la semana.

—¿Cuál de todas? —preguntó el morocho.

—La del domingo pasado, a la noche. Parece que ellos mismos la contaron, del puro susto que tuvieron. Resulta que los Leguiza habían salido de noche tarde, volviendo a casa después del cumpleaños de un pariente, y en mitad del camino les salió un puma que les rugió con ganas. Así, de la nada nomá’. Los caballos corcovearon, el mayor cayó al suelo y se cortó con una piedra. El otro lo fue a ayudar, prestándose como para salir corriendo. Pero no vieron más al puma, como si hubiera sido una aparición. Igualmente, montaron y salieron al galope como alma que lleva el diablo.

—Ah, sí, —repuso el flacucho— yo algo sabía, aunque escuché otra versión. Según lo que me contó mi tío, los Leguiza merodeaban por el monte, como quien no quiere la cosa, para ver si encontraban algo que llevarse. Ahí debe ser cuando se les apareció el puma. Y el rajuñón del mayor es porque lo arañó el bicho, que dicen que no tenía cola.

—¿Cómo no va a tener cola un puma, si es como un gato, pero más grande y bravo? —preguntó Benjamín.

—Y yo qué sé, capaz algún loco se la habrá cortado —comentó Aniceto.

—A mí suena más o menos cierta la historia —agregó el morocho—, no me convence mucho la versión de los Leguiza, pero sí lo del animalito ése. En el pueblo muchos se han quejado de que algo anda matando gallinas y perros, y debe ser algún tipo de fiera del monte, aunque nadie la alcanzó a ver.

—Eso es una exageración, pueden ser comadrejas o perros cimarrones que andan sueltos.

—¿Y vos cómo sabés, Benjamín?

Benjamín se lo quedó mirando, sin responder, como si el otro hubiera hecho una pregunta con una respuesta demasiado obvia. Sin el menor deseo de darle continuidad al asunto, se levantó dispuesto a marcharse.

—Yo me voy, ya es bastante tarde.

—Pero pará, que vamos a jugar el desempate con los muchachos —reclamó el Aniceto.

—No, no, en serio me tengo que ir.

Sin hacer caso de las protestas de sus amigos, Benjamín sacó unos pesos de su bolsillo y los dejó sobre la mesa, para pagar su parte de la consumición.

—¿Y ahora qué te pasa a vos? —le replicó el morocho, agarrándolo del brazo.

—Soltáme, ya les dije que no me podía quedar mucho porque tengo que trabajar mañana.

—Sí, pero otras veces también tenías que laburar al otro día y no te importaba mucho quedarte —dijo el flacucho.

A todo esto, el misterioso hombre de aspectos aborígenes permanecía atento a la escena. Ni siquiera se había terminado el vaso con agua. Lo único que había hecho hasta ese momento fue mirar de reojo hacia la mesa que ocupaban los cuatro amigos o quedarse con la mirada fija en la nada, mientras acariciaba con las yemas de sus dedos el cuerito de su collar. Se puso de pie cuando Benjamín se levantó de su silla y discutía con sus amigos, y antes de que este se escurriera hacia la puerta, en dos o tres trancos se le plantó enfrente.

—¿Qué querés? —le espetó Benjamín, molesto.

—Mataste las gallinas de mi patrón el viernes pasado —lo acusó el medio indio— y lastimaste a mi hermano cuando las quiso defender.

Benjamín frunció el ceño, pero meneó la cabeza negativamente y ni siquiera se dignó a rechazar la acusación. Intentó esquivar al indiano para irse, pero este, con agilidad, le cortó el paso y además le dio un empujón tomándolo por el hombro para alejarlo de la entrada. Ahí fue cuando Benjamín se empezó a emperrar… literalmente, ante la vista de los otros paisanos, de don Martín y del mestizo.

Lejos de preparar los puños, desenvainar un cuchillo o desenfundar una pistola, el Benjamín gruñó de un modo antinatural. Pronto le empezó a crecer más pelo del que ya tenía. Los dedos de sus manos fueron adquiriendo la forma de garras, al mismo tiempo que su espalda se arqueaba, obligándolo a sostenerse sobre sus brazos y piernas a medida que estos se convertían en patas. La boca y la nariz se le estiraron de manera grotesca para terminar en un hocico grande, oscuro como el resto de su pelaje, con una boca llena de colmillos. Sus ojos cafés ahora poseían un brillo amarillento y transmitían una energía puramente salvaje.

Mientras tanto, el hombre indio permaneció impasible, sin mostrar una pizca de miedo, como si su propósito hubiera sido desenmascarar al lobizón en persona. Antes de que la bestia saltara sobre él, se agachó, rodó sobre el cuerito desde el lado izquierdo, y al levantarse, como por obra de una brujería, estaba convertido en puma. En su nueva forma animal, eludió al lobizón y por poco no le alcanza la cara con un zarpazo. Al esquivarlo, el lobizón chocó contra unas sillas que a su vez hicieron volcar una mesa, produciendo un desastre de vidrios rotos y vino regado por el suelo. De inmediato, los hombres dejaron sus asientos y se alejaron lo más posible de los dos animales, que pasaron un rato gruñéndose mutuamente.

El lobizón corrió para pegarle una dentellada al gran felino, pero este se ladeó y enseguida le encajó un arañazo en el costado. El oponente canino arremetió de nuevo, para terminar empujado violentamente contra las banquetas de la barra, aunque eso no lo hizo perder equilibrio, y evitó que el puma se le acerque valiéndose de unos zarpazos al aire. Era evidente que, mientras el Benjamín al emperrarse había perdido toda conciencia de su humanidad, el indio al transformarse en puma la mantenía fresca, y eso le ayudaba a calcular mejor sus movimientos. Se movía con ligereza, concentrado siempre en el lobizón, y usando el espacio a su favor. Pero el lobizón, en su brutalidad, no era fácil de vencer.

Al principio los hombres contemplaron, paralizados y fascinados a la vez, aquella pelea a cuatro patas. Pero a medida que los peludos contendientes se cargaban el mobiliario de la pulpería, varios hombres reaccionaron por puro instinto: saltaban por la ventana más cercana, sin fijarse si se olvidaban de algo. Algunos lograban sobreponerse al miedo, con tal de ver en qué terminaba todo aquello.

Entre los pocos que no se habían ido, estaban los tres amigos del Benjamín, que empezaron a discutir sobre qué hacer. Por un lado, querían ayudarlo, pero incluso intervenir en una pelea entre dos hombres resultaba peligroso si había cuchillos de por medio. Ninguno disponía de un arma de fuego, menos que menos de balas de plata bendecidas en siete iglesias. El Aniceto llevaba un facón plateado, pero que ni siquiera había sido salpicado con agua bendita, y la última vez que había estado en una capilla fue para su bautismo. Otro problema era que ninguno sabía cómo se mataba a un puma-hombre, de seguro era alguna magia de indios.

Detrás del mostrador, don Martín se resolvió a buscar el rifle que había comprado tiempo atrás, para evitar las pendencias dentro de su local si el método pacifista-dialógico no funcionaba. Nunca se imaginó que le tocaría utilizarlo en semejante brete. A pesar de no disponer de balas de plata, confiaba en que al menos podría detener o ahuyentar a alguno de esos bichos, que andaban dejando pelos, sangre y rasguños por todas partes. Como ni el lobizón ni el puma se quedaban quietos ni un instante, no le importaba si mataba a alguno o a los dos, con tal de que no saliera nadie más lastimado. Así que cargó, apuntó y disparó.

Los perdigones fueron a pegarle, desgraciadamente, al lomo del lobizón, que con un aullido lastimero quedó tendido cerca de la puerta, sin que por eso se considerara rendido. Seguía gruñendo y mostrando los amarillentos colmillos. El puma, fatigado pero alerta, parecía prepararse para dar el salto fatal de muerte. Parecía que la suerte estaba echada.

Sin embargo, en un impulso de fidelidad propio de la lealtad entre humanos, el Aniceto pensó que no eran justas las condiciones de aquella victoria para el indio-puma. Saltando por encima de una mesa volcada, movido por la adrenalina, sacó el facón y le tendió una larga puñalada al felino entre las costillas. Este dio un rugido de dolor y se encaró con su atacante, quien corrió de inmediato hacia afuera, con la intención de que el animal lo siguiera. El Aniceto se internó en la noche indómita, sintiendo cómo el puma le desgarraba el pantalón con los dientes, hasta que lo sintió desplomarse detrás de él. Guardando una prudente distancia, el joven se detuvo y miró hacia atrás. Con el facón todavía en la mano, se fue acercando, mientras el mestizo salía del bar, también armado.

Tirado de costado en el suelo, el puma había vuelto a ser hombre. La herida en el costillar debió de haberle alcanzado algún órgano vital, porque pronto dejaron de oírse sus quejidos y el vientre se quedó quieto, señal de que había dado el último respiro. El mestizo, en un gesto de cristiana piedad, rezó algo breve, mientras Aniceto entraba a la pulpería.

Adentro, la cosa no iba mejor para el lobizón, caído en el mismo sitio donde le habían disparado. No había recuperado su forma humana, pero ahora parecía más un perro lastimero que un lobo embravecido. El morocho y el flaco debatían entre sí para decidir si había que llamar a un médico o a un veterinario. Si el Benjamín salía vivo de esta, lo más probable era que no volviera a caminar.

—Vea, patrón… ¿mañana qué le decimos a la policía? —le preguntó el mestizo a don Martín.

 El viejo patrón, con el rifle todavía entre las manos, miraba hacia lo profundo de la noche, como sumido en añejos recuerdos de guitarras y fogones.

En su época, los duelos eran otra cosa…

 

 

 

 

martes, 13 de enero de 2026

"La ciudad y las palabras" - [Poesía]

 



Palabras en la calle, en la vereda,

en los carteles y vidrieras,

cursiva o imprenta

a color o en blanco y negro.

Pequeñas, grandes, medianas,

fundidas entre logos,

publicidades, señales y luces,

todas gritando, implorando, ordenando:

¡Siga!, ¡Pase!, ¡Pare!, ¡entre y no salga

hasta haber comprado algo!

Palabras metafóricas, figurativas

que pelean entre ellas

por atrapar, cautivar, retener

la mirada de los transeúntes,

de los peatones, de conductores.

Palabras literales, reales, imperativas

que se cuelgan de pasacalles,

de carteles verdes o mensajes multiplicados

por la vía pública.

Palabras en movimiento

que aparecen y desaparecen,

que corren, que te ven correr.

todas las fuentes y tamaños,

Palabras para todos los gustos

con signos, sin signos,

siempre con exclamación,

jamás con preguntas.

Palabras reproducidas a las órdenes

del lenguaje del consumismo,

o del tránsito, o del espacio.

Palabras camufladas

en los rincones, en ese centímetro

descolorido en el que nadie ve

o que todos miran sin mirar.

Palabras con personalidad propia,

con persistencia en la memoria

remota del público, de la tv, del internet.

Palabras que saltan de pantallas

o gigantografías,

a veces a la sombra

de las omnipresentes imágenes.

Las palabras son las joyas de la

Corona,

los accesorios con los que la ciudad

se adorna con la lengua.

La ciudad se come el idioma

y lo escupe por todas partes.

La ciudad quiere verse y sentirse humana

con lo más humano que hay:

la Palabra.

Y quiere ser significante y significado

De humanidad.

martes, 30 de diciembre de 2025

Brindo por la familia

 


Hoy quiero brindar

por mi gente sencilla.

Por el amor,

brindo por la familia.

 

Pimpinela

 

Estamos en época de fiestas otra vez. Y otra vez estamos inmersos en los lugares comunes de siempre. El año pasado escribí sobre las típicas películas navideñas, donde podemos ver cómo el sistema occidental capitalista transformó a la Navidad de una celebración tradicional judeocristiana a una celebración del hiperconsumismo glorificado, y en la que la vacuidad existencial se disfraza con envoltorios brillantes y coloridos. Historias que hablan del “espíritu navideño” y de que “lo importante no son los regalos” pero te dejan la impresión de que el desenlace no va acorde con la moraleja. En forma y estructura, casi siempre son lo mismo: adaptaciones de “Un cuento de Navidad” de Charles Dickens, “El Cascanueces” o “El Grinch”, los clásicos indiscutibles de esta época.

Pero este año quiero enfocarme en una institución social que es o debería ser el otro pilar de las fiestas: la Familia. Es la célula básica de toda sociedad y puede conformarse tanto por lazos de sangre como por otro tipo de lazos afectivos, basados en la elección de las personas o en el contexto en el que viven. En ella se forjan los primeros vínculos del ser humano con el mundo y en ella se aprenden (o se deberían aprender) los valores fundamentales para convertirse en un ciudadano funcional, con todo lo que eso conlleva.

No existe la familia perfecta, ni tampoco una familia que no tenga conflictos, por muy unida que sea. Sabemos que hay familias disfuncionales, rotas, quebradas por factores internos (adicciones, vicios, violencia, abandono, separación) como por factores externos (guerras, pobreza, hambruna, inmigración forzada). Hay familias “tradicionales” (mamá, papá, hijo, hija), “monoparentales” (sostenidas por madre soltera, padre soltero o un único adulto responsable), “ensambladas” (parejas con hijos de parejas anteriores que se juntan), y la lista podría seguir. Hoy en día hay tantas familias como individuos en el mundo, y en cada una, los roles de poder y las diferencias generacionales están muy marcados.

En este artículo abordaré tres películas animadas: Coco (2017), Encanto (2021) y Turning Red (2022), de Disney / Pixar. Si todavía no han tenido la oportunidad de verlas, no se preocupen que evitaré dar spoilers.

 


1.    Coco (2017)

La historia comienza con la familia Rivera, marcada por el abandono del padre, quien se marchó de casa para dedicarse a su carrera musical, así que Imelda, la esposa, quedó a cargo de su hija pequeña, Coco, y tuvo que luchar para salir adelante, dedicándose a la zapatería. Por suerte le fue bien, aunque en su hogar la música en cualquiera de sus formas quedó vetada de por vida.

El tabú sobre la música se mantendría firme hasta que un día Miguel, el bisnieto de mamá Coco, rompería el silencio… y algo más. Se involucraría en una aventura donde, más allá de ir en contra de los preceptos de su propia familia para cumplir sus propios sueños, ayudaría a reparar el trauma inicial de sus ancestros y mejoraría sus relaciones familiares, devolviendo la dignidad a un pariente injustamente desplazado.

Para ser justos, lo que pasó con Miguel pudo haber pasado tranquilamente con cualquier otro miembro joven de la familia que fuera considerado rebelde sólo por negarse a ser zapatero, como todos los demás. Por mucho que tal oficio fue lo que le permitió a Imelda progresar a pesar de que su esposo la dejó, y que es de admirar su fortaleza en tal situación, no es del todo justo que todos sus descendientes estén obligados a ser zapateros. Como si la lógica demandara que, por ejemplo, si tus padres son obreros, tu único destino es ser obrero. Acá se puede vislumbrar cierta idea de mediocridad, relacionada a las limitaciones que nuestras propias familias nos pueden imponer, queriéndolo o no. ¿Cuántas personas conocemos que decidieron estudiar tal carrera o tal profesión porque sus abuelos o padres también lo hicieron, pero que quizá tal carrera o profesión no era lo que ellos deseaban? Y más si tenemos en cuenta la cuestión de la rentabilidad, porque sí, uno tiene que buscarse algo que, más allá de cultivar la pasión, permita también ganarse el pan. A los Rivera no les va demasiado mal arreglando calzados, aunque tampoco ganan como para tirar manteca al techo. Y no va que al pequeño Miguel se le ocurre ser músico, que además de romper el tabú familiar, encima es un oficio artístico, del cual tiene una oportunidad entre millones de convertir en su fuente principal de ingresos. No todos poseen la suerte y la fama de Ernesto de la Cruz (el cantante más famoso dentro de la película).

¿Y quién no te dice que Miguel, después, pueda igualmente arreglar zapatos mientras cultiva su talento musical en pos de encontrar la canción que le permita “pegar en la radio y ganar su primer millón”? A veces es una realidad que atañe a cualquiera que tenga la pretensión de convertirse en artista (en todas sus ramas: música, pintura, escritura, danza, etc.). Más de uno se habrá topado con ciertas barreras o negativas al comunicar a su familia que quiere dedicarse a ser artista (sobre todo si tus predecesores son médicos, abogados, militares, etc. y esperan que sigas los mismos pasos que tus padres o tus abuelos). A más de uno le habrán sugerido elegir una carrera, profesión u oficio más rentables, que te aseguren una salida laboral segura e inmediata. O de plano, a más de uno le habrá tocado trabajar de empleado en algo que no le apasiona en lo más mínimo pero que le alcanza para pagar las facturas, comer, y, en el mejor de los casos, invertir en su verdadera pasión. ¿A cuántos artistas, en el sentido más amplio de la palabra, les habrá tocado este destino? Especialmente si no te ganaste la lotería genética: nacer en una familia con recursos económicos más que suficientes como para sustentar tus necesidades básicas de plano y que puedas ocuparte cómodamente en desarrollar tu talento artístico. En lo personal, yo antes de terminar el colegio secundario tenía muy en claro que iba a necesitar una plataforma muy sólida para sostener y lanzar mi carrera literaria. De ahí que elegí estudiar la Tecnicatura en Bibliotecología y el Profesorado en Lengua y Literatura, carreras que aprecio mucho y que me han permitido no sólo conseguir trabajo (aunque fuera en el sector público) y sostenerme económicamente, sino también financiar la publicación de mis cuatro libros. Actualmente también tengo con mi mamá un emprendimiento de alfajores artesanales, aunque eso ya es otro tema.

Hay un detalle importante que quiero remarcar de la familia Rivera y es que posee una estructura matriarcal, donde la autoridad es ejercida por la madre, en vez del padre. En esta historia, desde mamá Imelda hasta la abuela de Miguel, son las abuelas las que marcan el camino a hijos, nietos e hijos políticos. Y aunque el matriarcado pueda sonar como una panacea para los grupos feministas, es necesario aclarar que no es mejor que el patriarcado, porque la dinámica de poder ejercida por la madre/abuela puede influir negativamente sobre los demás miembros de la familia (como veremos después en Encanto y Turning Red), sobre todo si se les quita autonomía en cuanto a las decisiones sobre su propia vida y sus relaciones. Al respecto, les recomiendo leer un cuento de Bernardo Kordon titulado “Los ojos de Celina”.

Quizá esto tenga que ver con la visión estereotípica de los estadounidenses sobre las familias mexicanas o latinoamericanas en general (en relación más que nada con la humildad o de plano con la pobreza), pero me llama la atención que la casa de Miguel sea casi como la vecindad del Chavo, pero con todo el árbol genealógico del niño conviviendo bajo un mismo techo. Al cuento de Kordon me remito: no creo que sea muy sano que uno se case y continúe viviendo en la casa de sus padres. Y menos tener que dedicarse a lo mismo que toda la familia. ¿Qué probabilidades hay de que un yerno o una nuera no prefieran “hacer rancho aparte”? Por supuesto que ese conflicto no lo vemos en esta película, porque los familiares que tienen más peso en la historia son la abuela de Miguel, la bisabuela mamá Coco, y la tatarabuela Imelda. El resto… simplemente están ahí, para rellenar el escenario.

Además del trauma por el abandono paterno, también se habla de la muerte. De la muerte y del recuerdo y el olvido. La película nos transmite la idea de que uno muere más que nada cuando es olvidado. Y hay personas dentro de nuestra familia que nunca podríamos olvidar, aunque nos acostumbremos a vivir sin ellos. La trama se enmarca en la celebración del Día de Muertos en México, donde el foco principal es hacer honor a quienes ya no están con nosotros en este plano. En cada casa se arma un altar lleno de velas con las fotos de todos los seres queridos, incluso los fallecidos, bajo la creencia de que los difuntos nos visitan ese día.

Aunque en la Navidad tradicionalmente se conmemora un nacimiento, el del Niño Jesús, para una familia que ha sufrido una pérdida reciente suele ser difícil, porque habrá un plato menos en la mesa navideña. Personalmente, esta es la segunda navidad que paso sin mi papá, y se siente bastante solitaria de a ratos. Él era irreemplazable, y en muchas ocasiones fue el Atlas que sostuvo el mundo de más de uno en la familia. No pasa más de un día en la semana que no lo recuerde, de muchas y distintas maneras.

Supongo que así debe de suceder en muchas familias durante las fiestas: hay ausencias que duelen, hay historias que continúan vivas en cada uno, hay dolores que todavía no han sanado. Hay pérdidas que todavía están latentes, sin importar cuánto tiempo pase.

 



2.    Encanto (2022)

Si en la familia Rivera todos están obligados a seguir el mismo oficio (a riesgo de quedarse estancados) y el que elige un oficio diferente es hecho a un lado, en el caso de la familia Madrigal es al revés: todos tienen un talento que los hace especiales, y quien no lo posee, queda relegado al margen. De igual modo que Coco pretende representar una parte de la cultura mexicana (a través del prisma de un estudio estadounidense), Encanto es una película que toma parte de la historia y las costumbres de Colombia, y que al verla te lleva a pensar sin querer en el realismo mágico de García Márquez. A propósito, la magia se manifiesta aquí en el concepto del “milagro”, de los “dones” y de una casa que cobra vida propia.

El “milagro” se produce al inicio del filme, cuando la abuela Alma le cuenta a su nieta cómo su esposo Pedro y ella con sus tres hijos se vieron obligados a escapar de su pueblo por causa de un desplazamiento forzado (una problemática muy sensible para el país colombiano). Al ver que los vándalos los iban a alcanzar, Pedro decidió sacrificarse para proteger a su esposa y a sus trillizos. Dicho sacrificio es el que imbuye de magia una vela que ella llevaba, y que por obra de esa magia empiezan a levantarse las montañas, creándoles un refugio. Desde entonces, Alma quedaría a cargo de la familia, siendo la matriarca de la misma y protectora de la vela mágica.

Sus trillizos, Bruno, Julieta y Pepa, serían también bendecidos con “dones”, poderes a través de los cuales pueden brindar un servicio a la comunidad. La obtención de un don se extendería a los hijos de Julieta y Pepa quienes, a excepción de Bruno, siguieron el patrón reproductivo de su madre porque tuvieron tres hijos cada una (aunque no trillizos, claro). Pepa (que puede controlar el clima según sus estados de ánimo) tuvo a Dolores (quien posee el don del oído perfecto), Camilo (que puede cambiar de forma) y Antonio (que recibe el don de hablar con los animales), mientras que Julieta (capaz de curar cualquier cosa con lo que cocina) tuvo a Isabella (que es capaz de hacer florecer de todo), Luisa (quien tiene superfuerza) y finalmente Mirabel, protagonista de la película, quien desgraciadamente no posee ningún don, pero es parte de una profecía que puede cambiar el destino de la familia y de su hogar.

Quiero detenerme en el personaje de Bruno, que posee el don de predecir el futuro y plasmar sus profecías en tablillas de vidrio. La película al principio te lo pinta como un villano, aunque después vamos a ver que no es tan así. En realidad, no hay un villano o antagonista per se en Encanto (porque vivir en Latinoamérica ya es suficientemente antagónico), y me parece que la historia tampoco lo necesita, porque el conflicto va por otro lado. Sin embargo, al igual que la música en la casa de los Rivera, Bruno es un tabú en la casa de los Madrigal (hay una canción dedicada justamente a eso, a “no hablar de Bruno”, que se volvió muy popular en Internet). Esta imposición del tabú se debe a dos factores. En primer lugar, su don de predecir el futuro tiene cierto detalle inconveniente: no siempre vaticina cosas buenas, aunque se trate de cosas que por lógica natural van a ocurrir (por ejemplo, que un hombre, al envejecer, pierda gran parte de su cabello). Nadie pareció entender que Bruno no tiene ningún poder sobre lo que dicen sus profecías, y esa es la parte más injusta del trato que recibió. Pero, en segundo lugar, lo que provocó que lo antagonizaran definitivamente fue la profecía relacionada a Mirabel, según la cual, ella sería la causante de la destrucción de la casa. Aquello quebró la relación de Bruno con el resto de los Madrigal y determinó la exclusión de la pobre Mirabel, que en lo sucesivo tendría que cargar no solo con el peso de ser la única sin don sino de ser quien podría en peligro su propio hogar. De modo que Bruno se terminó yendo de la casa, considerado persona no grata en su propia familia.

Sin embargo, no todo es lo que parece. El problema de las profecías es su gran ambigüedad, pues nos dicen qué va a pasar, pero no cómo va a pasar. Eso genera un gran problema de interpretación, que es lo que le da sentido al conflicto en Encanto. Es como en el mito de Edipo: cuando él nació, el oráculo vaticinó a sus padres, Layo y Yocasta, que el hijo mataría al padre y se casaría con la madre. Por eso ellos, horrorizados por tal profecía, decidieron deshacerse de Edipo, lo que paradójicamente llevó a que la profecía se cumpliera.

Si analizamos Encanto desde una perspectiva metafórica, el personaje de Bruno vendría a representar a aquel familiar “caído en desgracia”, del que nuestros padres, tíos o abuelos evitan hablar por diversas razones. En otras palabras, vendría a ser la “oveja negra”, ya fuera por cometer algún tipo de acto ilícito, por tener una relación tensa con todos, o simplemente por no encajar con las expectativas o exigencias reinantes en el seno de la familia. Algo parecido podemos decir de Mirabel, quien simbólicamente vendría a ser la persona vista como “bala perdida” porque no tiene definido qué hacer con su vida, no tiene definido su futuro o simplemente pretende seguir un estilo de vida distinto o contrario al de los mandatos familiares. Mirabel no posee un don especial y se siente continuamente eclipsada particularmente por su hermana Isabella, que es la “hija perfecta” y que goza de cierto favoritismo por parte de sus padres. Pero quizá la relación más difícil que atraviesa a Mirabel es la que tiene con su abuela, quien a su manera ejerce cierto rol antagónico en la historia.

Y no que Alma sea realmente una abuela “malvada”, sino que se trata de una mujer marcada por un trauma profundo (la pérdida de su hogar y de su esposo, la lucha por salir adelante y darle lo mejor a sus hijos, etc.) que no pudo o no supo manejar emocionalmente. Piense cada uno en sus abuelas (si las conocieron) y en la historia de sus abuelas (si se las contaron). En la mayoría de los casos quizá fueron mujeres a quienes les tocó pasar cosas bastante bravas, en contextos desfavorables, que probablemente han cometido muchos errores con sus hijos y no supieron o no quisieron repararlos. Y eso a veces deriva en patrones de comportamiento o ciclos tóxicos que se repiten en madres, hijas, nietas, hasta que alguna decide romper la cadena y cambiar, elegir algo diferente. Es el caso de Mirabel, su rol o su función en la historia familiar es superar el trauma generacional, a costa de ciertos sacrificios.

Y hablando de madres e hijas, pasemos a la siguiente película.

 


3.    Turning Red (2022)

Si en Coco y en Encanto se nos muestra la rebeldía de un individuo en contra de los mandatos familiares sostenidos por su abuela, los choques generacionales y la final reconciliación del trauma familiar, en Turning Red el conflicto está enfocado particularmente en la relación con los padres (especialmente la madre), donde la presencia de una abuela imponente y el peso de una tradición heredada quedan en segundo plano a pesar de tener injerencia en el problema. Aquí tienen especial relevancia los padres, cuyo rol en las otras películas aparecía bastante desdibujado o borroso debido a la figura autoritaria de las abuelas. El tema principal del filme gira en torno a la presión de las expectativas parentales que en el peor de los casos llevan al hijo a reprimir sus emociones y a negar una parte de sí mismo.

“Honra a tus padres” es el mandato máximo para Mei Mei, la protagonista. Una niña de trece años que, como toda niña de trece años, experimenta los síntomas típicos de la pubertad y a su vez empieza a definir su propia identidad, a conocerse interiormente. Es una alumna aplicada, inteligente, responsable, respetuosa, ayuda a su madre en el templo chino donde honra a sus ancestros, y todo lo que hace tiene por objetivo y fin último complacer a sus padres (sobre todo a su madre) y cumplir sus expectativas (sobre todo las de su madre). La validación parental es fundamental para Mei Mei al punto de que vive con el temor de decepcionarlos y de perder la imagen de “niña perfecta” que tanto se esfuerza en mantener, a costa de cometer errores que afecten sus vínculos con otras personas, como sus amigas.

El problema de hacerlo todo por cumplir con las expectativas de otros, independientemente de que sean nuestros progenitores, es que nos aleja de nuestros propios deseos y subsume nuestra propia voluntad. Además de obligarnos a reprimir cosas que, de una u otra manera, van a terminar explotando, y en algunos casos de la peor forma. Las emociones son un factor importante, porque son parte del individuo, y aprender a aceptarlas es vital para poder aprender a controlarlas, porque negarlas no sirve más que para lastimarse o lastimar a otros.

El elemento “mágico” que vehiculiza la trama es el espíritu del panda rojo, una condición heredada por Sun Yee, ancestro de la familia materna de Mei Mei. La historia cuenta que, muchísimos años atrás, en la lejana China se encontraban en guerra. El esposo de Sun Yee había muerto en combate y entonces ella pidió ayuda a los dioses para proteger a sus hijos. Así obtuvo el poder de convertirse en un panda rojo gigante para defenderse del ejército enemigo. Esta bendición sería transmitida a todas sus descendientes mujeres, quienes mucho tiempo después tuvieron que encontrar un modo de sellar al panda rojo, ya que se libera cuando experimentan emociones intensas. Y en el contexto actual resulta algo inconveniente, porque todo cambió y ya no es necesario convertirse en una bestia peluda para lidiar con los problemas modernos.

Mei Mei descubre este detalle de su linaje materno en el peor momento, pero pronto aprende a controlar a su panda cuando descubre que puede volver a la normalidad pensando en las personas a quienes ama. El problema es que esas personas son sus amigas, pero Mei Mei no se atreve a aclararlo ante su madre. Este es un punto importante, porque aunque ella quiere a su madre, a pesar de que es extremadamente exigente y perfeccionista, no experimenta una plena confianza afectiva con ella. Por dar un ejemplo, a Mei Mei le encanta una boy band llamada “4town” (algo equivalente a los grupos de K-pop de hoy). Cuando sale una publicidad en la televisión donde se anuncia que darán un concierto en Toronto (donde se desarrolla la historia), Ming expresa su desprecio por dicha banda, y Mei Mei no defiende su gusto por esa música, sino que dice que en realidad le gusta a Miriam, su amiga, que tampoco obtiene aprobación de la madre por considerarla una “chica rara”. Este desprecio hacia sus gustos y sus amistades resulta doloroso para la niña, pero ella no lo expresa, sino que lo oculta, como va a ocultarle a su madre muchas otras cosas a medida que avanza la película.

Muchos ven al panda rojo como una simple metáfora sobre la menstruación, que hace su aparición por primera vez en una película animada y sobre lo que no debería haber tanto escándalo porque más o menos la mitad de la población mundial menstrúa. Sin embargo, verlo de esa forma es muy reduccionista y simplón. Yo creo que el panda rojo es más bien un símbolo de todo eso que queremos negar de nosotros mismos, lo que escondemos, lo que queremos rechazar, lo que sigue ahí, aunque pretendamos taparlo. Puede representar esas emociones fuertes, intensas, incontrolables de a ratos, que nos pueden arrastrar a actuar de maneras de las que después nos vamos a arrepentir. La decisión de Mei Mei de quedarse con el panda se puede interpretar simbólicamente como la decisión de aceptar esa otra parte de ella, para aprender a convivir consigo misma, con lo bueno y con lo malo.

En todo este proceso, tendrá que enfrentarse con su madre. Y ser sincera, reclamando su derecho a seguir su propio camino por fuera del que su madre pretende imponerle. Es básicamente liberarse de la presión maternal que la obliga a sostener una apariencia de perfección desconectándose de una parte importante de ella misma, de lo que la apasiona o de sus amigas. Sobre todo porque es imposible alcanzar la perfección y porque no se puede dejar conforme a una persona absolutamente perfeccionista.

Uno debe ser agradecido con su madre, padre o con la persona o personas que lo hayan criado, pero eso no quiere decir que esté obligado a seguir ciegamente una imposición que, por mucho que esté revestida de buenas intenciones, le va a terminar haciendo daño. A sí mismo y a quienes lo rodean. Por lo tanto, el mensaje de la película, para mí, es “honra a tus padres… pero sin olvidar honrarte a ti mismo”. OJO, que acá no se trata de honrarse a uno mismo de modo egocéntrico, egoísta o narcisista, sino de darle espacio a lo que a nosotros nos gusta o nos molesta, de tomar el camino que deseamos sin importar si cumplimos ampliamente o no con las expectativas parentales. Elegir nuestro camino, pero aceptando también los riesgos, porque no siempre nos va a salir todo bien. Un camino que tal vez nos golpee pero nos haga madurar y crecer como personas.

“Mi panda, mi decisión” dice Mei Mei al final de la película, y aunque nos permitamos dudar sobre si ella es consciente de las consecuencias de dicha decisión, sabemos que la propia película nos muestra qué consecuencias puede acarrear eso. Es una reflexión para nosotros mismos, teniendo en cuenta que las cosas que decidimos no siempre van a arrojar solo resultados positivos, pero va a depender de nuestro nivel de madurez que sepamos lidiar con los resultados negativos. Ya mencioné mi desconfianza o temor sobre aquellos elementos o poderes mágicos que reaccionan con las emociones del usuario, porque al igual que con el personaje de Pepa Madrigal, con quien un intenso mal humor se puede producir una tormenta intensa, cuando se nos suelta la correa se puede ir todo al garete. Pero ahí está la gracia: son metáforas acerca de las emociones humanas, que a veces podemos controlarlas o no pero que no deberíamos reprimir o negar. Son lo que nos hace humanos, son parte de las facetas o matices que nos caracterizan, lo que no quiere decir que uno justifique ciertas actitudes de mierda con “ah, es que yo soy así”. La gracia es aprender a convivir con los demás y tratar de ser un poquito mejor persona cada día.

Un último detalle a destacar, con respecto al patrón generacional, es que Ming no es una madre estricta, perfeccionista, exigente y rigurosa porque sí, sino porque así fue criada por su propia madre. Sin querer estaba haciendo con Mei lo mismo que su madre hizo con ella, y no fue capaz de reconocer la repetición de ese error sino hasta que pasó todo lo que pasó. Al menos para el final de la historia empezó a corregir su actitud en pos de desarrollar una mejor relación con su hija. Todas las madres quieren lo mejor para sus hijos y en ese afán pueden cometer errores… ya sea porque repiten el mismo patrón de conducta que sus padres, o porque quieren hacer lo contrario ya que su experiencia fue terrible. Es posible que cueste aceptar un cambio de conducta, pero es necesario si no queremos que nuestros hijos se alejen de nosotros.

 

Conclusiones

Sobre cada una de estas tres películas se podría escribir mucho más, pero eso implicaría hacer este texto más largo de lo que ya es, y sé que los lectores promedio de hoy no tienen tanto tiempo ni tanta paciencia. Simplemente quiero dejar algunos comentarios finales y algunas reflexiones como para mantener abierto el debate, ya que lo que escribí acá no es ningún tipo de verdad absoluta y obedece más que nada a un análisis puramente subjetivo.

A través de la magia o de elementos fantásticos, en cada película existe uno o más elementos con un alto valor simbólico, ya que no sólo son los principales engranajes en la narrativa, sino que también representan los conceptos con mayor injerencia sobre la historia y los personajes.


        En Coco la mayor carga simbólica la tienen, por un lado, el altar familiar del Día de Muertos; y por otro lado, la guitarra. En México, el Día de Muertos es una celebración que tiene profundas raíces con su cosmovisión cultural, donde la muerte física no es el final sino tan solo otro estadio de la existencia, y donde la muerte definitiva es el olvido.  A través de un altar con las fotos de los difuntos, los vivos mantienen y honran el recuerdo de los que ya no están. Para los Rivera, el altar familiar es un símbolo de su linaje, marcado por el sacrificio y por la lucha constante por el porvenir. Y también por el mandato en contra de la música, la cual, sin embargo, no era ajena a sus ancestros. Por el otro lado, la guitarra (y por extensión la música) tiene tanto valor simbólico en Coco, porque además de ser un elemento que mueve la narrativa, representa la pasión de Miguel, es la expresión de su talento, y es lo que lo pone en conflicto con su familia. La historia de Miguel es la historia de una intersección entre la familia y la vocación, que en realidad no tienen por qué ser dos fuerzas antagónicas. Es necesario que exista un equilibrio, donde un individuo pueda tener la libertad de perseguir su sueño sin renegar de sus familiares, lo cual no siempre es tan fácil. Porque uno puede marcharse a la gran ciudad y no hallar nunca la fama que desea, pero siempre habrá una casa a la que volver y ser recibido con los brazos abiertos, como en aquella historia bíblica del hijo pródigo.

Y hablando de casas, el elemento con mayor valor simbólico en Encanto es justamente la casa de los Madrigal, también llamada “Casita”, que funciona casi como un personaje más. Casita es más que techo, hogar y refugio, es el tejido cohesivo de la familia, y a su vez es conformado y sostenido por los miembros de la familia. Al mismo tiempo está intrínsecamente relacionada a la magia que mantiene encendida la vela del milagro. Por lo tanto, lo que le sucede a la familia se refleja en la casa. De ahí las grietas que Mirabel empieza a ver en Casita: son la manifestación de las inseguridades o los problemas que sufren varios de los miembros. El desmoronamiento de la casa Madrigal no se produce porque se acaba la magia, sino porque se pierde la cohesión intrafamiliar a causa de conflictos no resueltos.


Finalmente, en Turning Red, lo que obviamente tiene mayor carga simbólica es el espíritu del panda rojo, no sólo porque representa eso que tratamos de negar sobre nosotros mismos, sino porque tiene que ver con la tradición, con la herencia cultural, con aquello que nos viene dado por nuestra propia sangre, para bien o para mal. Es un legado de los ancestros (en todo sentido), que carga con esa ambigüedad bendición/maldición, y con lo que a cada uno le toca convivir. Uno no lo elige, sino que lo hereda, como puede ser la religión, el color de piel, la nacionalidad, etc. Es la parte de nuestra identidad transmitida por nuestra familia, en cualquiera de sus dos ramas, ya sea materna o paterna.

Hablando de rama paterna, un aspecto interesante en esta trilogía es la figura del padre, desdibujada, difusa o subordinada a la figura de la madre. Ya había comentado que en todas estas historias predomina la estructura familiar matriarcal, donde madres y/o abuelas detentan la autoridad ante la prole. Esto le quita bastante agencia al padre, lo que no significa que no cumpla cierto rol como personaje o que no tenga ninguna importancia dentro de la trama.

En Coco se presenta la figura del “padre ausente”, el que se fue de casa por seguir su propia carrera musical y dejó el hogar atrás, produciendo aquella herida que quedaría sin cicatrizar incluso hasta en el mundo de los muertos. Aunque Miguel descubre la verdad sobre ese abandono y restaura la imagen de ese antepasado, en la vida real hay muchos padres que nunca vuelven.

Pedro Madrigal, en Encanto, también está ausente pero no por propia voluntad, sino que fue asesinado defendiendo a su familia. Es la figura del padre fallecido, al que se añora y cuya ausencia duele más porque se sabe que ya no está en este mismo plano. El sacrificio pasado de Pedro es lo que les da a sus descendientes todo o casi todo lo que tienen (particularmente la casa y los dones), y esto se puede interpretar como una alegoría del patrimonio que nuestros abuelos nos legaron a nuestros padres y a nosotros a costa del trabajo de toda su vida.

Y en Turning Red el padre de Mei está vivito y coleando, pero es completamente sumiso ante Ming. Es un tipo tranquilo, que nunca se sobrepone a lo que su esposa dice, pero hay un momento en la película donde él habla con Mei Mei y es un momento donde aporta muchísimo, porque ayuda en parte a que ella entienda un poco a su madre. Es una lástima que no tenga más agencia en la trama, porque habría brindado un poco de equilibrio a la dinámica familiar.

 

Más allá de que sean productos de Disney, estas son tres películas animadas que están verdaderamente dirigidas a toda la familia. Se animan a tratar temas como la muerte, la vida en el más allá, el abandono, el olvido, la pérdida o el desplazamiento forzado, edulcorados con elementos fantásticos y maravillosos pero cuya simbología está claramente marcada. A veces pueden ayudarnos a interpretar nuestra propia historia familiar a partir del reconocimiento de ciertos patrones o actitudes en los personajes que coinciden con los experimentados en relación con madres, padres, abuelas, abuelos, tíos, tías, etc.

En esta época de fiestas, a apenas un día y pico de terminar este 2025, propongo dar un brindis por la familia… por la que tenemos, por la que elegimos, por la que nos quedó, por aquella que va creciendo. Un brindis por aquellos que se nos adelantaron, que nos miran desde alguna estrella, y a quienes siempre recordamos con nostalgia y cariño. Un brindis por un momento de paz y de armonía en medio de todas las tormentas que nos azotan. Probablemente haya muchas personas que estén distanciadas de sus familiares por distintas razones. Hay mucha gente lastimada, dolida o que simplemente ya no tiene la misma relación con sus hermanos o sus padres o sus abuelos, porque tal vez haya heridas que cicatrizaron, pero el vínculo se enfrió, se cortó, y uno siente más bien indiferencia. Ni hablar de aquellos casos donde han ocurrido cosas terribles e irreparables, en los que no se puede fingir cariño donde no lo hay.

Para todas aquellas personas que han sufrido mucho, y que la pelean todo el tiempo para salir adelante, y para todos mis parientes desperdigados por ahí que nos reunimos cada fin de año o en circunstancias más tristes, les expreso mis mejores deseos para el 2026 que tenemos acá a la vuelta de una hoja del calendario.

Amor, Salud y Trabajo… y sanación, mucha sanación.

¡Nos leemos el año que viene!

 

 

 

sábado, 27 de diciembre de 2025

"Nochebuena en penumbra"

 


Era menester cruzar doscientos kilómetros de pura nada para ir a festejar Navidad con los abuelos en Santa Belén. Después del año tan tortuoso que habían pasado, milagrosamente fue consenso de los tres realizar el viaje para respirar un poco de aire fresco. Al mediodía almorzaron en casa de la familia de Mariel, como para equilibrar la balanza, aunque de todos modos pasarían con ellos la noche de Año Nuevo. Además, hacía mucho que Emanuel no veía a sus abuelos paternos, y de verdad los extrañaba.

En el auto cargaron cosas como para viajar tres días, aunque el plan fuera regresar a la mañana siguiente. Ropa, comida, abundante agua, regalos, repelente, bolsa de residuos… a Mariel le preocupaba que no les faltara nada si llegaban a sufrir un inconveniente en el camino. Como hacía bastante calor (eran casi las cinco cuando ingresaron a la autopista) traían puesta una muda de ropa sencilla. Ni bien se bajaran del auto en la casa de los padres de Fernando, se irían directo a la pileta, luego a la ducha y después sí, a estrenar pilchas nuevas. Cabía la posibilidad de que hasta lloviera, comentó Mariel tras observar las enormes nubes algodonadas que poblaban el cielo.

Las esperanzas de llegar a Santa Belén temprano se fueron diluyendo por culpa del atascamiento del tránsito en la autovía, como si toda la gente de la región hubiera decidido a viajar en el mismo día. Pero Fernando se mantenía optimista, pues una vez que tomaran por la provincial 50 podrían continuar todo recto por el camino. Ni bien salieran de ese embotellamiento tendría amplia libertad para pisar el acelerador. Incluso iba calculando cuánto tiempo le tomaría recorrer el tramo de la 50, estimando así la hora de llegada a lo de sus viejos. Lamentablemente, el reloj corría de forma inversamente proporcional al avance en la carretera, y eso le iba haciendo perder la paciencia, porque no era su idea caer a medianoche en mitad del brindis. Tal vez se perdieran el programa navideño de la Iglesia, o tuvieran que sentarse enseguida a la mesa… No, no, no tenía que pensar en eso. No debía darles lugar a pensamientos que indefectiblemente lo conducirían al mal humor, y de ahí, a las discusiones y a lo mismo de siempre. Ya lo había conversado en terapia, era momento de ponerlo en práctica. Trató de concentrarse en otra cosa.

—Estos mates están muy buenos —le dijo sonriendo a Mariel.

—Muchas gracias —le sonrió ella a su vez—. La radio ya está perdiendo frecuencia, ¿te parece si la cambio?

—Dale, fíjate si podés sintonizar alguna donde transmitan más que nada música. Si no, podés conectar el celular.

—Un poco de sintonía analógica no nos va a venir mal. Conviene ahorrar batería.

Ese era un rasgo que a Fernando le gustó siempre de su mujer: para algunas cosas no escatimaba recursos, para otras, se esforzaba en ahorrarlos. Antes le molestaba un poco, pero había aprendido a valorarlo.

Por su parte, Mariel se concentraba en el presente, en disfrutar la experiencia rutera con su hijo y su marido, en vez de tratar de ponerse siempre delante de las circunstancias. En más de una ocasión, la extrema ansiedad por andar pensando en el “después” la aceleraba a tal punto que se enloquecía ella y enloquecía al resto. Por más que la lentitud del tráfico le diera motivos más que suficientes para preocuparse, ella hacía el esfuerzo por permanecer serena. Y confiar en Fernando, aunque supiera que se pararía sobre el pedal del acelerador ni bien se desatascara la ruta. Recurriría a indicarle que bajara de ciento veinte a cien solo cuando fuera necesario.

Miró hacia atrás, donde iba su hijo Emanuel con el cinturón de seguridad abrochado, mirando el paisaje por la ventanilla. Once años cumplidos. Le parecía que era apenas ayer cuando lo cargaba en sus brazos mientras le cantaba para que se durmiera. ¿Por qué crecen tan rápido los hijos? Cuando uno apenas logra acomodarse para estar al cien por cien para ellos, ya son grandes y no precisan de uno. Cada día se recordaba a sí misma que debía aprovechar cada momento con él, porque ni bien iniciara la pubertad y las hormonas empezaran a hacer su trabajo, ya sería otro Emanuel. O quizá no, quizá siguiera siendo igual, pero con intereses distintos. Probablemente, se convertiría en un hijo que no dudaría en reprocharle a ella o a Fernando lo que no les reprochó durante el último par de años, cuando el matrimonio sufría los principales síntomas del desgaste. Eso era lo que más culpa le generaba: el daño causado a su hijo por todas las disputas con su esposo.

Al menos, ahora habían cerrado esa etapa. Ahora no quedaba otra opción más que seguir adelante. Tanto ella como Fernando resolvieron apostar de nuevo por su familia. Por ellos y por su hijo.

—¿Cómo vas, Ema?

—Bien, voy pensando si el abuelo terminó ese rompecabezas de dos mil quinientas piezas que me dijo que empezó en septiembre —respondió el chico—. Tengo ganas de verlo, dice que después lo va a encuadrar. ¿No es medio raro?

—En realidad, no. Hay rompecabezas de hasta cinco mil piezas, y generalmente tienen fotos de paisajes muy lindos, que cuando los terminás de armar parece que tenés un cuadro pintado por un artista. Por eso mucha gente los pega sobre un cartón y los enmarca.

—¿O sea que los arman para no desarmarlos nunca más?

—Sí, claro. Mi tía tiene uno en su living, aunque me parece que es más chico que el de tu abuelo.

—Hay que tener mucho tiempo libre como para dedicarse a eso.

—No necesariamente —intervino Fernando—, a veces simplemente es un hobby, algo que uno hace para pasar el rato o hacer algo distinto. Te ayuda mucho a desconectarte de los problemas y de paso, entrenar otras capacidades cerebrales. Yo armé un montón de rompecabezas con mi viejo, y te puedo asegurar que algunos tienen ese nombre bien merecido. Realmente te hacen quebrar la cabeza pensando cómo encaja una pieza con otra.

—Algún día podríamos armar uno juntos —propuso Emanuel—, pero uno que sea más normal, y que no nos lleve toda la vida.

El padre se rio de buena gana. Aprobaba la idea, porque en cierta forma continuaba con su hijo una tradición familiar.

A eso de las seis, por fin, pudieron avanzar con más rapidez y doblar por el desvío hacia la ruta 50. Sin embargo, antes hicieron una parada en una estación de servicio para ir al baño, cargar combustible en el tanque y agua para el mate, y de paso avisar a los abuelos sobre el retraso en el viaje.

La entrada en la ruta 50 fue diametralmente distinta con respecto a la autopista. Allí no caminaba un alma en absoluto, y a ambos costados de la ancha cinta de asfalto se extendían lánguidos campos con sembradíos que apenas se insinuaban sobre la faz de la tierra o praderas chatas encima de las cuales pastaban algunas solitarias vacas. Aquí el cielo se mostraba más limpio, como si alguien hubiera barrido las nubes de un plumazo, y los colores cambiantes del ocaso daban un memorable espectáculo en cámara lenta. La noche caía como un tinte oscuro en un vaso lleno de agua, que transformaba los cálidos tonos anaranjados y amarillentos en otros más fríos, azulados y oscuros.

El auto marchaba sereno, equilibrado y firme, en concordancia con el estado de ánimo de sus ocupantes. Sin embargo, cuando todavía faltaba un buen trecho para vislumbrar siquiera la silueta de luces de Santa Belén en la línea del horizonte, el coche comenzó a toser, perdiendo estabilidad en su marcha. Fernando intentó mantenerlo a flote, pasando de un cambio a otro, pero en vano consiguió que el auto continuara. Y antes de que se le parara en medio de la ruta, con habilidad logró orillarlo a la banquina. En cuanto las cuatro ruedas se posaron simultáneamente sobre el pasto, el vehículo se detuvo de modo definitivo, quedando como muerto.

—Qué raro… —musitó Fernando, intentando darle arranque sin éxito. Probó tres veces, y como no hubo ninguna clase de respuesta, decidió bajar y abrir el capó.

No había por qué alarmarse, pensó para sí mismo, sopesando las múltiples explicaciones que podían justificar lo que sucedía. Pero no importaba, ya se ocuparía del asunto, así que buscó en el baúl una linterna y les dijo a su mujer y a su hijo que se quedaran dentro del auto, que enseguida retomarían el viaje. Apelando a sus conocimientos elementales de mecánica, probó revisando el nivel del agua, el aceite, la batería. No halló ninguna anomalía. Los controles del tablero no arrojaban ninguna señal clara acerca de cuál podía ser el problema. Tal vez se había sobrecalentado, lo cual no era extraño teniendo en cuenta la odisea en la autopista. Era cuestión de esperar un par de minutos a que se enfriara, supuso Fernando.

Pero el par de minutos pasó. Y por mucho que él giró la llave, el auto no encendió.

Fernando suspiró profundamente. “No importa, voy a seguir intentando… esto apenas va a llevar un rato, nada más”. Repitió la secuencia de revisiones, sin hallar la fuente del problema. Había rellenado el tanque de combustible cuando pararon en la estación de servicio una hora atrás. La temperatura se veía normal, no había ningún indicio de sobrecalentamiento. Ayudándose con la luz de la linterna, escudriñó centímetro a centímetro el motor. Cada cable o manguera se hallaba intacto, conectado correctamente en su respectivo espacio. ¿Algún fusible, quizá? Buscó la caja de herramientas, aunque no deseaba en absoluto ponerse a desarmar su auto mientras estaban en medio de la nada. Debía concentrarse y mantener la calma.

Mientras tanto, Mariel preguntaba lo justo y necesario sobre la situación mecánica del vehículo. Miró la hora en su celular: eran casi las nueve. Ya tenía un motivo sincero para preocuparse, porque a su alrededor se extendían una oscuridad inquietante, un llano vacío y una ruta completamente solitaria. Apenas había un árbol a un metro de ellos. Pero no, no iba a ponerse a pensar en que estaban solos, sin posibilidad de avanzar, lejos del pueblo o de cualquier contacto humano, desprotegidos o a merced de algún animal salvaje o de personas con malas intenciones, sin más luz que la de la linterna, las del auto y las de sus teléfonos celulares. Los cuales, por desgracia, no captaban ni la más mínima línea de señal, así que técnicamente también estaban incomunicados. No pensaría en nada de eso, no… No podía dejar que los nervios la dominaran. Antes bien, decidió asumir un papel más activo.

—Ema, ¿me esperás un ratito acá? Si sentís mucho calor, podés bajar la ventanilla —Mariel sacó un repelente en aerosol de su bolso, se roció los brazos y las piernas y luego se lo pasó a su hijo—. Tomá, ponete por las dudas. Ya vuelvo, ¿sí?

Emanuel le hizo caso a su madre. Se sentía levemente tranquilo, porque veía que tanto ella como su padre se mantenían tranquilos a pesar de que la situación no pintaba muy bien. Le alegraba ver que sus primeros impulsos fueran tratar de hacer lo posible para arreglar el inconveniente, aunque le preocupaba que, si el auto no arrancaba, y empezaba a subir la tensión, sus padres no lograran soportarlo. Él procuraría hacer todo lo posible para no molestarlos.

—No te alejes mucho, Mariel, por las dudas —dijo Fernando a su mujer, que caminaba de un lado a otro con el teléfono en alto—, y no andes sobre la ruta —agregó, aunque parecía una recomendación innecesaria.

—Ya sé… estoy tratando de encontrar al menos un poco de señal, como para mandar un mensaje.

Ella caminó unos pasos por aquí, unos pasos por allá, incluso fue hasta el árbol. En cuanto veía una mínima rayita, intentaba hacer una llamada, pero sin éxito. Los mensajes tampoco se enviaban. Decidió probar con el teléfono de Fernando, con los mismos infructuosos resultados. Parecía que hubieran entrado en una dimensión desconocida donde no funcionaba ningún tipo de tecnología comunicacional. La impaciencia de Mariel no hacía más que aumentar. Como aumentaba también la frustración de su marido que, ofuscado, levantó la cabeza del motor y se la golpeó con el capó sin querer, lanzando una palabrota en el proceso.

—Pero, ¡¿cómo puede ser que no encuentre dónde está la falla?! ¡Si cuando lo revisé hoy, andaba todo bien! ¿Justo ahora me viene a pasar esto?

El hombre se pasó las manos por el pelo. Ya no podía frenar su mal humor. Le dio la espalda al coche. Al darse la vuelta, se topó con Mariel, que lo miraba con las manos en la cintura. No precisaba palabras para expresar lo que transmitían sus ojos.

—¿No pudiste comunicarte con nadie?

—No, es como estar en una zona muerta.

—Carajo… ¿qué hora es ya?

Mariel dudó antes de responderle.

—Como las nueve y media.

—¡No puede ser!

Fernando lanzó un gruñido furioso. Estuvo a punto de pegarle una patada al frente del auto, pero vio a Emanuel a través del parabrisas. No quería montar una escena en un momento así, menos delante de su hijo, que ya había presenciado suficientes escenas de tipo violento durante ese año. Se volvió hacia su esposa, medio sorprendido de que ella no abriera la boca para dirigirle algún reproche. Como, por ejemplo, que hubiera sido mejor quedarse a pasar la Nochebuena con la familia de ella, y salir al otro día para celebrar Navidad en Santa Belén con la familia de él. Sin embargo, Mariel no tenía ganas de discutir, tan solo se lamentaba de la mala suerte que les había tocado, justo cuando trataban de reconstruirse como familia. Ya no podía ocultar lo angustiada que se sentía, pensando en lo preocupados que estarían sus suegros al ver que ellos no llegaban, mientras sus propios padres, allá en la ciudad, celebraban con sus hermanos sin tener idea de que ella, su marido y su hijo se hallaban varados en mitad de la ruta 50.

Ambos adultos se quedaron en silencio, como derrotados e impotentes. En otra ocasión ya estarían discutiendo, lanzándose reproches mutuos, hasta terminar alejándose cada uno por un lado distinto. Desde el asiento trasero del auto, Emanuel se dio cuenta de que ninguno parecía saber qué hacer, a la vez que evitaban entrar en cualquier tipo de conflicto. Como ya estaba aburrido de quedarse adentro, decidió bajarse. Afuera se escuchaba claramente el canto de los grillos. Pese a lo oscuro y solitario que estaba todo alrededor, reinaba una calma tan diferente de la que se producía de noche en la ciudad, que no se sentía atemorizado ni inquieto.

Alzó los ojos hacia el cielo. Había muchísimas más estrellas de las que recordaba haber visto en su vida. Era como si alguien hubiera sacudido un cepillo de dientes gigante sobre el firmamento. De repente, no supo bien por qué, se le vino a la cabeza la historia del nacimiento de Jesús, que representaban en la iglesia cada año en Navidad. Y se acercó a sus padres para resolver una duda.

—Cuando María y José viajaban hasta Belén, ¿todo se veía más o menos como acá?

Aquella pregunta sacó a Fernando y Mariel de su inmovilidad. Lo miraron, sorprendidos, aunque no era extraño que a veces su hijo preguntara cosas que a ellos nunca se les ocurrirían.

—No sé… —respondió Mariel, después de pensar un poco—, supongo que sí, aunque la tierra era mucho más seca, parecido al noroeste nuestro, creo.

—¿Y el cielo se veía así, todo estrellado?

La madre estiró el cuello para observar, arriba, el firmamento colmado de puntitos brillantes.

—Sí, estoy segura. Antes no existía la iluminación eléctrica en ninguna parte.

—¿Podemos sentarnos a charlar acá al lado mientras papá termina de arreglar el auto?

Madre e hijo miraban a Fernando, como si le pidieran permiso. Él había empezado a resignarse a que estarían un buen rato varados, si es que no pasaba nadie por la ruta, y pensó que no vendría mal un poco de distensión a su familia. Por eso, además de decir que sí, les dijo que podían comer algo o tomar algo si tenían hambre o sed. Mientras él revisaba una vez más el auto, su esposa buscó una manta en el baúl, tanteó el pasto al lado del vehículo para cerciorarse de que fuera seguro y la extendió allí, para sentarse junto con Emanuel.

—¿Por qué no se ven tantas estrellas cuando estamos en casa? —preguntó el chico.

—Debe ser porque en la ciudad hay mucha luz, tanto de los postes como de los comercios y las casas. Es como cuando el sol te encandila y no te deja ver lo que tenés enfrente.

—Y las ciudades de antes, que no tenían luz eléctrica, ¿quedaban totalmente a oscuras?

—Me parece que no, creo que usaban antorchas o velas para iluminarse. Algunas noches podían ser más claras si había luna llena.

—Pero si hay luna llena, las estrellas casi no se ven. O sea que la noche en que nació Jesús no pudo haber luna, porque si no, nadie habría podido ver su estrella.

—Tal vez…

La charla fluyó amenamente entre los dos, y el padre la escuchaba, cada vez más interesado. A la tercera vez que probó darle arranque al coche y este no respondió, Fernando se dijo “bueno”. Se fijó que eran más de las diez. En su casa ya estarían preparando todo para instalarse a comer. Sólo faltaban ellos tres… Levantó su mirada hacia lo alto, en un silencioso ruego al Creador para que obrara un milagro que les permitiera llegar sanos y salvos a Santa Belén. Y que los protegiera mientras estuvieran ahí tirados.

Antes de unirse a la ronda, sacó algo de comida y bebida de la conservadora. Les explicó la situación, y dijo que lo más conveniente era esperar. Su mujer propuso caminar un par de kilómetros para ver si había alguna casa donde pedir ayuda, pero Fernando se negaba a dejarlos solos, ni tampoco pensaba permitir que ninguno se alejara de ahí. Irse los tres juntos no le convencía, porque no quería dejar el auto abandonado. En esto no hubo forma de ponerse de acuerdo, y Mariel y Fernando lo discutieron hasta que pactaron lo siguiente: pasarían la noche dentro del auto, si era necesario, y en cuanto amaneciera, si no recibían auxilio, Fernando caminaría en busca de ayuda.

Cuando ya los relojes de los teléfonos marcaban las once, Mariel tenía que ir al baño, y la cuestión era complicada porque no podía ir detrás de un árbol y ya está. Necesitaría un poco más de privacidad. La solución que se le ocurrió a Fernando fue trasladar la manta e instalarla delante del auto, y luego abrir las dos puertas del lado del acompañante para que hicieran de “biombo”. En cuanto al resto (papel higiénico y alcohol) ya Mariel lo tenía equipado.

—Mirá si va a aparecer alguien justo cuando yo estoy orinando… —comentó Mariel, con un tono medio en broma.

—Bueno, pero hacer pis no es nada —replicó Fernando con una risa socarrona—. Si supieras lo que me pasó cuando yo tenía diez años y viajaba con mi viejo y mi hermano en la camioneta. A la chata se le desarmó algo en el tren delantero y ahí no quedó de otra que llamar a una grúa, y quedarse esperando ahí, al costado. ¿Pero podés creer que a las tripas de Fernandito se les dio por ponerse trabajar como nunca? Lo peor es que no había ningún sitio seguro como para despachar el paquete. Pasaban autos por la autopista todo el tiempo y a mí me daba vergüenza que me vieran… Pobre viejo, la paciencia que me tuvo. Al final, por suerte vino la grúa. Nos dejó en el campo de mis abuelos, que quedaba más cerca y donde mi tío tenía su taller. Nunca me sentí tan aliviado de ir al baño de la casa de mi abuela, por mucho que no me gustaba porque me daba miedo.

—¿Te daba miedo el baño de tu abuela? —le preguntó Emanuel, con una expresión divertida curiosidad en sus ojos.

—Sí, porque era un baño antiguo, que no tenía las mismas comodidades que tenemos nosotros ahora. Y eso que por suerte no me tocó ir al de afuera… Ese iba directamente a un pozo ciego, y a mí me aterraba ir porque pensaba que me podía caer adentro.

Emanuel se rio. Le costaba imaginarse a su papá, en versión niño, sentado en un inodoro más grande que él. De hecho, muchas veces se preguntaba cómo se comportaron sus papás cuando eran chicos, y quizá los testimonios más fiables los podrían brindar sus abuelos por ambas partes. Porque no dudaba que tanto su mamá como su papá ocultarían los rasgos más traviesos de su infancia, o contarían lo que más les convenía. Pensar en sus abuelos le dio algo de tristeza, porque dentro de poco iban a ser las doce, y ellos seguían clavados ahí al costado de la ruta.

De pronto, le surgió otra incógnita…

—¿Y los abuelos de Jesús quienes fueron? O sea, porque José y María tenían papá y mamá también, ¿no?

Fernando y Mariel intercambiaron una mirada. En ningún culto navideño recordaban que se mencionara a los padres de María y José más que de manera vaga, porque el centro de la historia siempre eran ellos dos y el niño Jesús, por supuesto. Y aunque no tenían una respuesta clara, en el fondo les encantaba que Emanuel conservara todavía ese espíritu curioso de la infancia que quiere conocer todo.

—No sabemos muy bien quiénes fueron, porque creo que la Biblia no lo dice —respondió el padre—. Lo que sí sabemos es que María y José lo cuidaron muy bien. ¿A qué viene todo este cuestionario? ¿Querés conocer todo el árbol familiar de Jesucristo?

—No sé, me da curiosidad. Su familia estuvo más o menos en la misma situación que estamos ahora. Y a ellos les tocaba moverse sin nada de tecnología.

Aquella conversación fue como un bálsamo para la familia, como si fuera lo más normal del mundo que tres personas estén en pleno campo, de noche, charlando y cenando en Nochebuena, lejos de todo y de todos. Pero esa era quizá la primera cena verdaderamente tranquila que habían tenido en mucho tiempo. Sin interrupciones digitales, sin televisión de por medio, sin pirotecnia. Sin andar a las corridas ni a los gritos. Se sentía como volver al estado primigenio del mundo, cuando los seres humanos eran nómades y se trasladaban de un lado a otro, haciendo fogatas cuando caía la noche para calentarse y ahuyentar al peligro. De hecho, un fogón era lo que faltaba para completar la escena, pero a falta del mismo, tenían la linterna.

Llegaron las doce. Brindaron con sidra de ananá en vasitos de plástico, imaginando que escuchaban las campanadas de la iglesia en Santa Belén. Mariel propuso cantar algo, y tomados de las manos entonaron “Noche de paz” con los ojos cerrados, experimentando la más profunda armonía en sus corazones. Terminada la canción, abiertos los ojos, Emanuel vio, sorprendido, a su mamá secando una lágrima en la mejilla de su papá. Fernando y Mariel compartieron un beso como el que se dieron el día de su boda, y luego estrecharon a su hijo entre sus brazos, lo que para Ema fue como tener de nuevo cuatro años y sentirse calentito mientras lo tenían a upa.

Si existía un espíritu navideño, debía estar ahí también: una miríada de luciérnagas volaba a torno al árbol de paraíso que estaba cerca de ellos, como un arbolito de Navidad puramente natural. Se quedaron mirándolo, hasta que el frío y el sueño dictaron que ya era hora de meterse en el auto a descansar.

Una estrella fugaz cruzó el cielo. Emanuel alcanzó a verla antes de que se le cerraran los párpados. No alcanzó a pedir un deseo, pero se durmió con el anhelo de estar en casa de sus abuelos a la mañana siguiente.

 

Cuando Emanuel despertó, estaban entrando en Santa Belén. Creería haber soñado si no fuera por el resplandor del alba que lo envolvía todo. ¿En qué momento se habrá disipado aquella especie de hechizo que dejó a su auto sin energía?, se preguntó. No importaba: ya podía ver, más adelante, la puertita de la casa de sus abuelos.

 

 

 

 

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