El cielo se iba tiñendo de un gris
ceniciento a medida que el sol se diluía en el horizonte. Lo inundaba de rojo
mientras la penumbra se extendía sobre la llanura. Los añosos árboles
contestaban con su rumor de hojas al viento del este, que levantaba finas
cortinas de polvo por encima del camino y las lanzaba sobre el bar. Desde
adentro se oyeron unas voces, y un mestizo salió, medio abombado por el calor
del día. Abrió las ventanas para que entrara el fresco, entró de vuelta a
buscar un trapo para repasar el par de mesas que había fuera, bajo el techo de
paja sobre la galería, y luego se tomó un segundo para mirar, más allá del
palenque donde caracoleaba un par de caballos, la difusa línea casi anaranjada
que trazaba el límite entre el firmamento nocturno y la tierra sombría. Unas
pinceladas de nubes oscuras parecían traer el anuncio de las próximas lluvias,
y eso al mestizo le preocupaba, porque al otro día tenía franco y quería
quedarse en el pueblo, entre la gente, rodeado de casas, enterarse de las
novedades, ver pasar el tren por la estación. ¡Se sentía tan solitario ese bar,
tan en el medio de la nada! Incluso con sus resabios de pulpería, y rústica
como su dueño, no dejaba de sentirse como parte de una historia pasada, como
uno de los últimos bastiones de aquel siglo que iba tocando a su fin. ¿Qué
grandezas traería la modernidad con el cambio de siglo?
El muchacho dejó estas cavilaciones
a un lado cuando oyó a don Martín que lo llamaba para encender los faroles
adentro. Este don Martín era un viejo de edad indeterminada, pero que mantenía
ese aire de gaucho… de los gauchos “de antes”. Tenía una barba entre grisácea y
blanquecina que no alcanzaba a ocultar una cicatriz de cortada en su rostro. A
pesar de su paso cansino y melancólico, mantenía una lucidez impresionante,
producto quizá de una sabiduría forjada no por la escuela de las letras y los
números, sino por la escuela de una vida transitada en los márgenes de la
sociedad. No era un hombre de allí, aunque no se sabía cuándo había llegado ni
de dónde venía. Se mostraba frío y distante ante cualquier autoridad o
funcionario público, pero no se metía en problemas. A veces, si estaba de humor
y andaba acompañado de unos tragos, contaba unas historias tan impresionantes
que parecían más bien sacadas de un libro, pero las narraba tan bien que sin
dudas algo de cierto debían tener.
De a poco fueron llegando algunos
paisanos. Se desviaban del camino, bajaban del caballo, lo ataban y se mandaban
para adentro. Venían tan seguido que ya cada uno tenía su mesa designada, como
en un aula. Pedían caña o vino, algo para picar, y después de un rato de
conversación, arrancaban las partidas de truco con un mazo de naipes propio o a
veces prestado por don Martín. Y así pasaban las horas, hasta que la clientela
se retiraba, ya fuera por cansancio o cuando los ánimos se caldeaban demasiado
entre carteadas y bebidas. En cuanto destellaba el brillo de algún facón, de
inmediato el pulpero daba unas palmadas y llamaba al orden, valiéndose del
respaldo de los brazos vigorosos del mestizo para echar a los contendientes. Se
le tenía mucho respeto a don Martín, aunque a muchos les sorprendía esta
intransigencia en contra de las peleas. Varios clientes sospechaban, por su
porte y por la cortada en el rostro, que el buen anciano habría tenido sus
buenos tiempos de riñas de gallos. Hasta cabía la posibilidad de que hubiera
dejado mostrando el sebo a alguno en su juventud. Quizá ese pasado le
pesaba y ahora de viejo pretendía dejarlo atrás.
Cuando se apagaron del todo los
fulgores del ocaso, y la noche se cerró como un telón sobre el desierto
pampeano, dos hombres desensillaron fuera de la pulpería-bar. Uno, de piel
tostada, cabello castaño oscuro, profusa barba y patillas, era el Benjamín, que
siempre andaba de camisa abierta hasta el pecho porque se sentía asfixiado si
la tenía cerrada hasta el cuello. Por la abertura de la camisa y las mangas
arremangadas le asomaba una profusa pelambre. Completaba su facha con unos
pantalones de lino y alpargatas. Por el contrario, su compañero, al que
llamaban el Aniceto Gallo, no tenía un pelo de sonso. Apenas en la base de la
nuca le crecía una ralea de cabellos oscuros. El resto de la cabeza se lo
cubría con una boina roja. Siempre andaba bien empilchado.
Ni bien cruzaron el umbral de la
puerta, dos paisanos sentados en una mesa contra la ventana los saludaron de
manera entusiasta.
—Eh, Aniceto, Benjamín, ¡por acá!
¿Cómo les va? Justo nos faltaban dos para completar un partidito de truco, ¿se
prenden? —los invitó un morocho con cara de vivo.
—Ya les tenemos las sillas
preparadas y todo —agregó otro, flacucho y con los rulos hasta los hombros.
Los aludidos tomaron asiento sin
demora.
—Yo me quedo un rato nomás, no
pensaba salir esta noche, pero el Gallo me convenció —dijo el Benjamín—, está
el Alfonso en casa descompuesto del estómago y mañana tengo que ayudar a los
viejos con la carneada.
—Le habrá caído mal la buseca del
otro día, me parece —comentó el flacucho—. ¿Y cómo anda el Nacho, se fue a
estudiar de dotor nomás?
—Sí, al viejo no le quedó de otra
que largarlo, de empecinao que estaba. Pasa que la vieja lo convenció de
que el Nacho no iba a servir para el campo, y que a lo mejor le convenía a la
familia tener un médico recibido.
—Al Alfonso le vendría bien ahora.
Todos rieron.
—Che, ¿y es cierto que el Pedro va
a tener otro hijo? —preguntó el morocho.
—Por ahora no sabemos, pero para mí
que sí, por más que la señora de él diga que es hinchazón solamente.
—El domingo fui al cementerio para
visitar la tumba de mi santa madre —dijo el flacucho con tono solemne— y vi a
tus tías en la del Juan.
—Sí, van todos los domingos, a
veces las acompaña mi vieja, pero últimamente prefiere quedarse en casa. Y eso
que pasaron varios años de lo del Juan, pero a ella no se le olvida nunca,
porque era el primer hijo. Y después nos tuvo a todos nosotros, como para
compensar.
—Che, pero hay que querer compensar
un hijo con seis más… —comentó el morocho con sorna— aunque bueno, al menos se
asegura mano de obra pa’l campo. Y si los hijos le siguen los pasos, van a
tener una manada de changos por todos lados.
Benjamín negó enérgicamente con la
cabeza.
—Tampoco da para tanto, amigo. Los
conozco bien a mis hermanos. Fijate que el otro día, nomás, el Luis andaba de
guapo en la jineteada y por poco el pingo no le alcanza las terlipes con una
patada.
—Bueno, alguno habrá de caer algún
día con pichones, me figuro —agregó el flacucho— no digo que críe siete, pero
con uno o dos va andar bien.
—Mirá, Aniceto, mejor dejá de decir
macanas y prestáme atención al juego, que ya nos ganaron otra mano —lo
reprendió Benjamín.
La charla, entonces, quedó en
pausa.
Desde afuera se oía el concierto
nocturno de los grillos, y cada tanto, algunas ráfagas se introducían al bar,
refrescando el ambiente y meciendo cabellos y deshaciendo humos de cigarrillo.
Acomodado en una esquina, el mestizo templaba suavemente una guitarra. Don
Martín acomodó unas mercaderías en un estante y luego se acodó sobre el
mostrador, mirando en panorámico el recinto, con esa expresión de su cara que
lo hacía parecer un libro abierto, uno cuya historia no terminaba nunca de
escribirse.
El chillido de un ave, prolongado y
agudo, interrumpió las risas de la clientela, dejando un breve silencio, como
de anuncio funesto. Algunas cabezas se giraron, sin mucho interés, y después retomaron
sus actividades, sin prestar mucha más atención.
Nadie oyó llegar al hombre, ni
tampoco lo vieron pasar a través de las ventanas abiertas, sino que cruzó el
umbral de la puerta como si se hubiera materializado por una invocación. A
primera vista se lo podía tomar por indio, por la piel terrosa, los ojos
achinados y el pelo liso y negro como crin de caballo. Pero mirado más de
cerca, se le notaba un porte más provinciano, mezcla de sangre criolla e
indiana. Tenía un andar ligero, los tostados brazos desnudos oscilaban pegados
a su cuerpo. Había algo de melancólico y desafiante en sus ojos negros. Lo más
llamativo, además de ese aire solemne y resignado por ser hijo de los primeros
dueños de la tierra americana, era un cuerito que llevaba colgado del cuello.
Un cuerito con pelo y todo, como si se lo hubiera cortado en limpio a alguna
fiera del monte.
El recién llegado tomó asiento en
una mesa cerca de la barra y pidió simplemente agua. Su presencia se convirtió
en objeto de murmullos y nuevo tema de conversación. En el pueblo no lo conocían, pero algunos lo
habían visto trabajando en una de las estancias grandes de la zona, hará cosa
de unos meses. Por lo general, pasaba desapercibido, la gente no se fijaba
mucho en él y seguía con lo suyo.
Lo mismo ocurrió en el bar, como si
el indio se hubiera mimetizado con el ambiente. Quedó al margen en las charlas
de los paisanos, que derivaron hacia la situación política actual, los
negocios, las cosas del querer, y alguien mencionó algo de un puma dando
vueltas por ahí.
Al escuchar la palabra “puma”, el
Aniceto cazó la bola en el aire.
—Hey —dijo, después de haber ganado
otra partida de truco junto con Benjamín—, ¿escucharon la historia de lo que
les pasó a los hermanos Leguiza?
Los hermanos Leguiza eran un par de
muchachos tenidos por pendencieros, especialmente amigos de lo ajeno y
aficionados a estar en boca de todos por lo menos una vez a la semana.
—¿Cuál de todas? —preguntó el
morocho.
—La del domingo pasado, a la noche.
Parece que ellos mismos la contaron, del puro susto que tuvieron. Resulta que
los Leguiza habían salido de noche tarde, volviendo a casa después del
cumpleaños de un pariente, y en mitad del camino les salió un puma que les
rugió con ganas. Así, de la nada nomá’. Los caballos corcovearon, el mayor cayó
al suelo y se cortó con una piedra. El otro lo fue a ayudar, prestándose como
para salir corriendo. Pero no vieron más al puma, como si hubiera sido una
aparición. Igualmente, montaron y salieron al galope como alma que lleva el
diablo.
—Ah, sí, —repuso el flacucho— yo
algo sabía, aunque escuché otra versión. Según lo que me contó mi tío, los
Leguiza merodeaban por el monte, como quien no quiere la cosa, para ver si
encontraban algo que llevarse. Ahí debe ser cuando se les apareció el puma. Y
el rajuñón del mayor es porque lo arañó el bicho, que dicen que no tenía
cola.
—¿Cómo no va a tener cola un puma,
si es como un gato, pero más grande y bravo? —preguntó Benjamín.
—Y yo qué sé, capaz algún loco se
la habrá cortado —comentó Aniceto.
—A mí suena más o menos cierta la
historia —agregó el morocho—, no me convence mucho la versión de los Leguiza,
pero sí lo del animalito ése. En el pueblo muchos se han quejado de que algo
anda matando gallinas y perros, y debe ser algún tipo de fiera del monte,
aunque nadie la alcanzó a ver.
—Eso es una exageración, pueden ser
comadrejas o perros cimarrones que andan sueltos.
—¿Y vos cómo sabés, Benjamín?
Benjamín se lo quedó mirando, sin
responder, como si el otro hubiera hecho una pregunta con una respuesta
demasiado obvia. Sin el menor deseo de darle continuidad al asunto, se levantó
dispuesto a marcharse.
—Yo me voy, ya es bastante tarde.
—Pero pará, que vamos a jugar el
desempate con los muchachos —reclamó el Aniceto.
—No, no, en serio me tengo que ir.
Sin hacer caso de las protestas de
sus amigos, Benjamín sacó unos pesos de su bolsillo y los dejó sobre la mesa,
para pagar su parte de la consumición.
—¿Y ahora qué te pasa a vos? —le
replicó el morocho, agarrándolo del brazo.
—Soltáme, ya les dije que no me
podía quedar mucho porque tengo que trabajar mañana.
—Sí, pero otras veces también
tenías que laburar al otro día y no te importaba mucho quedarte —dijo el
flacucho.
A todo esto, el misterioso hombre
de aspectos aborígenes permanecía atento a la escena. Ni siquiera se había
terminado el vaso con agua. Lo único que había hecho hasta ese momento fue
mirar de reojo hacia la mesa que ocupaban los cuatro amigos o quedarse con la
mirada fija en la nada, mientras acariciaba con las yemas de sus dedos el
cuerito de su collar. Se puso de pie cuando Benjamín se levantó de su silla y
discutía con sus amigos, y antes de que este se escurriera hacia la puerta, en
dos o tres trancos se le plantó enfrente.
—¿Qué querés? —le espetó Benjamín,
molesto.
—Mataste las gallinas de mi patrón
el viernes pasado —lo acusó el medio indio— y lastimaste a mi hermano cuando
las quiso defender.
Benjamín frunció el ceño, pero
meneó la cabeza negativamente y ni siquiera se dignó a rechazar la acusación. Intentó
esquivar al indiano para irse, pero este, con agilidad, le cortó el paso y
además le dio un empujón tomándolo por el hombro para alejarlo de la entrada. Ahí
fue cuando Benjamín se empezó a emperrar… literalmente, ante la vista de los
otros paisanos, de don Martín y del mestizo.
Lejos de preparar los puños,
desenvainar un cuchillo o desenfundar una pistola, el Benjamín gruñó de un modo
antinatural. Pronto le empezó a crecer más pelo del que ya tenía. Los dedos de
sus manos fueron adquiriendo la forma de garras, al mismo tiempo que su espalda
se arqueaba, obligándolo a sostenerse sobre sus brazos y piernas a medida que
estos se convertían en patas. La boca y la nariz se le estiraron de manera
grotesca para terminar en un hocico grande, oscuro como el resto de su pelaje, con
una boca llena de colmillos. Sus ojos cafés ahora poseían un brillo amarillento
y transmitían una energía puramente salvaje.
Mientras tanto, el hombre indio
permaneció impasible, sin mostrar una pizca de miedo, como si su propósito
hubiera sido desenmascarar al lobizón en persona. Antes de que la bestia
saltara sobre él, se agachó, rodó sobre el cuerito desde el lado izquierdo, y
al levantarse, como por obra de una brujería, estaba convertido en puma. En su
nueva forma animal, eludió al lobizón y por poco no le alcanza la cara con un
zarpazo. Al esquivarlo, el lobizón chocó contra unas sillas que a su vez
hicieron volcar una mesa, produciendo un desastre de vidrios rotos y vino
regado por el suelo. De inmediato, los hombres dejaron sus asientos y se
alejaron lo más posible de los dos animales, que pasaron un rato gruñéndose
mutuamente.
El lobizón corrió para pegarle una
dentellada al gran felino, pero este se ladeó y enseguida le encajó un arañazo
en el costado. El oponente canino arremetió de nuevo, para terminar empujado
violentamente contra las banquetas de la barra, aunque eso no lo hizo perder
equilibrio, y evitó que el puma se le acerque valiéndose de unos zarpazos al
aire. Era evidente que, mientras el Benjamín al emperrarse había perdido toda
conciencia de su humanidad, el indio al transformarse en puma la mantenía
fresca, y eso le ayudaba a calcular mejor sus movimientos. Se movía con
ligereza, concentrado siempre en el lobizón, y usando el espacio a su favor.
Pero el lobizón, en su brutalidad, no era fácil de vencer.
Al principio los hombres
contemplaron, paralizados y fascinados a la vez, aquella pelea a cuatro patas.
Pero a medida que los peludos contendientes se cargaban el mobiliario de la
pulpería, varios hombres reaccionaron por puro instinto: saltaban por la ventana
más cercana, sin fijarse si se olvidaban de algo. Algunos lograban sobreponerse
al miedo, con tal de ver en qué terminaba todo aquello.
Entre los pocos que no se habían
ido, estaban los tres amigos del Benjamín, que empezaron a discutir sobre qué
hacer. Por un lado, querían ayudarlo, pero incluso intervenir en una pelea
entre dos hombres resultaba peligroso si había cuchillos de por medio. Ninguno
disponía de un arma de fuego, menos que menos de balas de plata bendecidas en
siete iglesias. El Aniceto llevaba un facón plateado, pero que ni siquiera
había sido salpicado con agua bendita, y la última vez que había estado en una
capilla fue para su bautismo. Otro problema era que ninguno sabía cómo se
mataba a un puma-hombre, de seguro era alguna magia de indios.
Detrás del mostrador, don Martín se
resolvió a buscar el rifle que había comprado tiempo atrás, para evitar las
pendencias dentro de su local si el método pacifista-dialógico no funcionaba.
Nunca se imaginó que le tocaría utilizarlo en semejante brete. A pesar de no
disponer de balas de plata, confiaba en que al menos podría detener o ahuyentar
a alguno de esos bichos, que andaban dejando pelos, sangre y rasguños por todas
partes. Como ni el lobizón ni el puma se quedaban quietos ni un instante, no le
importaba si mataba a alguno o a los dos, con tal de que no saliera nadie más
lastimado. Así que cargó, apuntó y disparó.
Los perdigones fueron a pegarle,
desgraciadamente, al lomo del lobizón, que con un aullido lastimero quedó
tendido cerca de la puerta, sin que por eso se considerara rendido. Seguía
gruñendo y mostrando los amarillentos colmillos. El puma, fatigado pero alerta,
parecía prepararse para dar el salto fatal de muerte. Parecía que la suerte
estaba echada.
Sin embargo, en un impulso de
fidelidad propio de la lealtad entre humanos, el Aniceto pensó que no eran
justas las condiciones de aquella victoria para el indio-puma. Saltando por
encima de una mesa volcada, movido por la adrenalina, sacó el facón y le tendió
una larga puñalada al felino entre las costillas. Este dio un rugido de dolor y
se encaró con su atacante, quien corrió de inmediato hacia afuera, con la
intención de que el animal lo siguiera. El Aniceto se internó en la noche
indómita, sintiendo cómo el puma le desgarraba el pantalón con los dientes,
hasta que lo sintió desplomarse detrás de él. Guardando una prudente distancia,
el joven se detuvo y miró hacia atrás. Con el facón todavía en la mano, se fue
acercando, mientras el mestizo salía del bar, también armado.
Tirado de costado en el suelo, el
puma había vuelto a ser hombre. La herida en el costillar debió de haberle
alcanzado algún órgano vital, porque pronto dejaron de oírse sus quejidos y el
vientre se quedó quieto, señal de que había dado el último respiro. El mestizo,
en un gesto de cristiana piedad, rezó algo breve, mientras Aniceto entraba a la
pulpería.
Adentro, la cosa no iba mejor para
el lobizón, caído en el mismo sitio donde le habían disparado. No había
recuperado su forma humana, pero ahora parecía más un perro lastimero que un
lobo embravecido. El morocho y el flaco debatían entre sí para decidir si había
que llamar a un médico o a un veterinario. Si el Benjamín salía vivo de esta,
lo más probable era que no volviera a caminar.
—Vea, patrón… ¿mañana qué le
decimos a la policía? —le preguntó el mestizo a don Martín.
El viejo patrón, con el rifle todavía entre
las manos, miraba hacia lo profundo de la noche, como sumido en añejos
recuerdos de guitarras y fogones.
En su época, los duelos eran otra
cosa…
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