lunes, 16 de marzo de 2026

El Covid-19 y sus metáforas

 


El 11 de marzo de 2020 la Organización Mundial de la Salud declaró la pandemia de Covid-19. Cinco días más tarde, en Argentina, el 16 de marzo de 2020, se anunciaron aquellos primeros quince días de cuarentena que terminaron alargándose por semanas y meses. A seis años de aquel suceso que marcaría para siempre el inicio de una nueva década en el siglo XXI, es posible una reflexión en retrospectiva sobre cómo una enfermedad puede llegar a detener el mundo e impactar en cada uno de sus habitantes. El coronavirus ha demostrado que la medicina y los sistemas de salud pueden ser puestos en jaque a pesar de los grandes avances tecnológicos.

 

Epidemias de enfermedades altamente infecciosas han ocurrido desde siempre, con variaciones según su lugar de origen, expansión, síntomas, mortalidad, etc. Las medidas de prevención y tratamiento han estado sujetas al desarrollo de la medicina y de la ciencia en cada época, y también en cierta medida han sido influenciadas por las condiciones de vida de cada sociedad. Con el paso del tiempo, gracias al desarrollo de distintas disciplinas científicas, fueron tratadas exitosamente muchas enfermedades que resultaban mortales o que eran consideradas incurables por su origen misterioso. Como la tuberculosis en el siglo XIX y principios del XX. El descubrimiento de la patología celular en 1850 permitió comprender que la tuberculosis era causada por una bacteria, lo cual ayudó a desarrollar tratamientos más efectivos, como los antibióticos, para combatirla.

Sin embargo, pese a cada pequeño logro que se apuntó la medicina, la victoria contra las enfermedades nunca es total ni absoluta. Cada cierto tiempo, alguna enfermedad viene para patear el tablero y desafiar a los médicos. Y si se trata de una enfermedad provocada por un virus, ni hablar. Porque los virus no son estáticos, sino que van cambiando, mutando. Y son esas mutaciones las que a veces pueden dar lugar a un nuevo virus con particularidades muy específicas. Es lo que pasa con la gripe, pues anualmente van surgiendo cepas nuevas, lo que obliga a “actualizar” la dosis de vacunación.

Todo tipo de epidemias se han desatado a lo largo de cada siglo. A principios del siglo XX, entre 1918 y 1919, se produjo un gran brote de gripe, por lo cual se recomendaba evitar el contacto estrecho, no darse la mano, usar máscara y guantes, cubrirse la boca… para evitar el contagio. Cien años después, el ciclo se repite. Una nueva variante de la gripe aparece, pero esta vez no se trata de una gripe cualquiera, y empieza a diseminarse más rápido de lo esperado. Aquel virus detectado a fines de 2019 sería conocido popularmente como “coronavirus”, y sería el agente patógeno de una larga epidemia que no dejaría rincón del planeta sin visitar.

El precedente más inmediato fue la epidemia de Gripe A, ocurrida diez años antes.. la cual se podría considerar una especie de “prólogo” a la pandemia.

En un inicio se la llamó “gripe porcina” porque el virus (H1N1/09) poseía una parte genética de virus porcinos, aunque combinado con otros genes aviares y humanos. Se inició en Veracruz, México, en enero de 2009, y fue declarado pandemia por la OMS el 11 de junio de ese año. Si hacemos una comparación estadística entre la Gripe A y el Covid-19, los números resultan apabullantes. Hubo 1,6 millones de casos confirmados de Gripe A, aunque se estimaron alrededor de 1500 millones de infecciones, mientras que de Covid-19 hubo 693 millones de casos confirmados, y con una estimación de 2000 millones de infecciones. En cuanto a las estadísticas sobre muertes confirmadas, la diferencia es abrumadora: por un lado, 19.000 por Gripe A, por otro lado, 7 millones (aunque se estiman alrededor de 20 o más) por Covid-19. Mientras que los grupos más afectados por la Gripe A fueron, según los registros, jóvenes y adultos sanos, los definidos como “grupos de riesgo” en la pandemia eran los adultos mayores, fumadores o personas con enfermedades crónicas (diabetes, hipertensión, problemas cardíacos o pulmonares).

Una de las principales similitudes entre las dos epidemias es que comparten algunos síntomas, como fiebre, tos, cansancio, dolor de garganta y dolores musculares, además de dificultades respiratorias. Con la diferencia de que el Covid-19 agrega la pérdida del gusto y del olfato entre sus síntomas más evidentes. Y en sus formas más graves, puede producir neumonía, síndrome de dificultad respiratoria aguda y complicaciones sistémicas como insuficiencia renal o problemas cardiovasculares.

 Las dos se expandieron rápidamente por el mundo, debido a su alto nivel de contagio y al flujo de personas propio de nuestro mundo globalizado.

Pero sin dudas la que más desbordó en cuanto a medidas sanitarias fue la pandemia de coronavirus. Entre 2009 y 2010, las medidas de prevención contra la Gripe A eran más localizadas y menos disruptivas. Recuerdo que se recomendaba mucho el uso del barbijo, el lavado de manos, y todo lo que ya conocemos bien. Pero nunca tuve la impresión de estar viviendo en “una pandemia”, salvo en julio de 2009 cuando se decretaron quince días de cuarentena general que, sumadas a las dos semanas del receso de invierno, fueron como un mes de “vacaciones”. Por otra parte, en marzo de 2020 el confinamiento obligatorio y preventivo duró más de un mes, y se convirtió en un encierro prolongado que produjo grandes cambios en la vida cotidiana (la llamada “nueva normalidad”). De ahí vendría toda una serie de símbolos y metáforas alrededor de la experiencia pandémica.

En 1978, la escritora, filósofa y ensayista Susan Sontag publicó un ensayo titulado La enfermedad y sus metáforas, motivada por la estigmatización que sufrían los pacientes de cáncer en esa época, ya que ella misma atravesó un tratamiento oncológico por cáncer de útero. Su eje principal son los usos metafóricos de la tuberculosis y el cáncer entre los siglos XIX y XX, pero haciendo un abordaje histórico e integral sobre la metaforización de las enfermedades durante gran parte de la historia humana. Sontag contrasta las metáforas atribuidas al cáncer y la tuberculosis desde distintas perspectivas (médicas, psicológicas, sociales, etc.), siempre analizado dentro del contexto histórico que le corresponde. Por ejemplo, la tuberculosis era considerada una enfermedad “misteriosa” porque no se conocía su causa, y por lo cual se pensaba que podía tener “múltiples causas”. Se creía que el interior del cuerpo se había “mojado” y por eso “había que secarlo”, de ahí que se recomendara a los pacientes trasladarse a lugares con ambientes más frescos y secos. Sin embargo, con el desarrollo de la patología celular en 1850 se comprendió que la tuberculosis era provocada por una bacteria, y después con el descubrimiento de los antibióticos, se halló el modo de curarla. De esta manera, la tuberculosis dejó de ser una enfermedad mortal y ya para el siglo XX había perdido toda su “mistificación”, a la par que en ese mismo siglo se produciría el auge del cáncer como enfermedad misteriosa, temida, temible e incurable… hasta que en la década de los ochenta aparecería otra enfermedad que vendría a disputarle ese puesto.

La segunda parte (por decirlo así) de La enfermedad y sus metáforas sería publicada en 1988, en el auge de la expansión del sida, donde Sontag realiza una ampliación de lo expuesto en la primera parte. Fue la lectura de El sida y sus metáforas lo que me motivó a escribir este artículo, ya que hubo muchos aspectos durante esa lectura que me hicieron pensar mucho en lo que se vivió durante la pandemia.

Aunque el virus del sida y el coronavirus son diferentes, especialmente por sus vías de transmisión (el VIH se transmite por vía sexual o intravenosa, mientras que el Covid-19 lo hace por el aire). La propagación del VIH fue mucho más limitada en comparación con el coronavirus, pero ambos tienen en común el gran nivel de miedo y paranoia que generaron.

El miedo al contagio, en ambos casos, condujo a la estigmatización de aquellas personas consideradas “portadoras” de la enfermedad. Al sida se lo asoció con grupos homosexuales, usuarios de drogas y personas de color o africanas. Debido a los prejuicios sociales, raciales y sexuales de la época, la enfermedad fue considerada un “castigo vergonzoso”, delator de una vida sexual promiscua o de hábitos inmorales. Se culpabilizaba al propio enfermo por el contagio, como “algo que se había buscado”, ya que, como explica Susan Sontag en El sida y sus metáforas, cuando una enfermedad de transmisión sexual se vuelve epidémica, inmediatamente desata fuertes juicios morales sobre los enfermos, de modo que a veces no se los trata como víctimas sino como potenciales “criminales” sanitarios.

El coronavirus, por su parte, no hizo ninguna clase de distinciones sociales ni raciales ni de clase, ni de género, sino que afectó transversalmente a toda la población. Esta vez, el eje del juicio social o moral estaba puesto en el cumplimiento o no de las medidas sanitarias (uso correcto del barbijo, lavado de manos, mantenimiento de la distancia…). Sin embargo, aunque el Covid-19 no provocó rechazo o marginación hacia minorías específicas, se podría decir que alentó ciertas reacciones xenofóbicas hacia los países asiáticos. En particular China, donde el coronavirus fue detectado por primera vez.  Probablemente la mayoría de la gente recuerda lo de la “sopa de murciélago” ... Grosso modo, desde Occidente se culpaba del surgimiento del coronavirus a los chinos por “comer cualquier bicho”, alimentando toda una serie de teorías de lo más descabelladas (sobre todo en las redes sociales). El rechazo hacia la gastronomía o ciertos hábitos alimenticios son una rama de los prejuicios hacia lo extranjero, lo foráneo, lo que no es de acá. Y muchas veces, cuando aparece una nueva enfermedad, siempre se le atribuye al extranjero. Sontag da algunos ejemplos de cómo en algunos países a tal enfermedad se le llama “el mal de” otro país lejano. A nivel global, esto tiene mucho que ver también con las relaciones entre ambos hemisferios. Occidente, y particularmente Europa, dice Sontag, se considera “libre de enfermedades”, por eso supone que los males siempre vienen de zonas periféricas o del llamado “Tercer mundo” (Asia, África, Sudamérica…). Claro que no podemos dejar de mencionar las enfermedades que los europeos llevaron a América, como la viruela y el sarampión, que diezmaron la vida de muchísimos pueblos originarios ya que estos no disponían de defensas contra las mismas.

Las bacterias y los virus viajan con nosotros de un lado a otro. Eso es un hecho inevitable. Y con la globalización (desde la llegada de Colón a América), los medios de transporte han evolucionado de tal manera que se han acortado las distancias y reducido los tiempos. Es lo que Julio Verne habrá querido demostrar en su famosa novela La vuelta al mundo en ochenta días. Y eso que en su tiempo todavía no existían los aviones. Si retrocedemos a 1918-1919, durante la epidemia de gripe, los barcos y los trenes eran los principales medios de transporte, mientras que la aviación y los automotores comenzaban su desarrollo incipiente. Un siglo después, casi se podría decir que es posible darle la vuelta al mundo en mucho menos tiempo que el del libro de Verne. Podemos viajar al otro lado del mundo en cuestión de días, u horas. La facilidad para trasladarse de un lado a otro contribuyó al aumento progresivo de los viajes y del caudal de personas trasladadas. En síntesis, la globalización ha aumentado exponencialmente la circulación de personas, por todas partes y a toda hora. Y si se suelta un virus con alto nivel de contagio en un mundo donde hay gente moviéndose constantemente alrededor del planeta, tendremos la receta perfecta para una pandemia.

Con el sida, la vida privada de las personas era puesta en tela de juicio, cuestionada, vigilada, condicionando el trato hacia quienes lo padecían. Con el coronavirus, la vida pública (presencial) fue clausurada, restringida, limitada. Ya no alcanzaba con cubrirse la boca o no darse la mano, sino que se debía evitar cualquier mínimo contacto o cercanía con el otro. La principal medida sanitaria fue la reclusión de cada ciudadano en su propia casa, mientras que toda práctica de la vida social fuera del hogar estaba terminantemente prohibida. La circulación y la apertura se redujeron a lo estrictamente esencial. Como, por ejemplo, el servicio de salud, que tuvo que enfrentar una crisis sanitaria para la que no estaba del todo preparado.

Así, la primera metáfora que le adjudicaría a la pandemia de Covid-19 es la del aislamiento, porque nos obligó a aislarnos, a separarnos, a distanciarnos unos de otros por la preservación de la propia vida y la de los demás. No fue un aislamiento extremo, como meterse en un búnker sellado bajo tierra, sino que la premisa fue quedarse en casa, conviviendo con familia o mascotas, solo, y no trasponer la puerta hacia la calle a menos que fuera estrictamente necesario. Espacios de trabajo, estudio, ocio, entrenamiento, y demás, fueron cerrados. Los únicos que no cerraron fueron los hospitales, los centros de salud, las clínicas. El personal de salud fue uno de los pocos que tenía permiso de circular. Y les tocaba desarrollar su trabajo en el más complejo de los contextos posibles.

El aislamiento no fue solo una medida de prevención sino también parte, en general, del tratamiento. Al paciente le tocaba quedar internado, y en los casos más terribles, conectado a un respirador. Los pocos seres humanos que veía o escuchaba estaban enfundados en trajes y máscaras, como si el enfermo estuviera permanentemente en un quirófano o como si fuera examinado como un ser que no pertenecía a este mundo.

La reducción drástica y extrema del contacto humano presencial fue directamente proporcional al aumento del contacto digital. Las pantallas, en todas sus formas y tamaños (celular, Tablet, televisor, PC de escritorio, notebook…) se convirtieron en nuestros principales intermediarios, a través de los cuales podíamos informarnos sobre lo que ocurría afuera o contactarnos con nuestros familiares, amigos, colegas del trabajo, etc. El uso técnicamente obligatorio de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) obligó a repensar, reestructurar y readaptar el trabajo en todos los rubros de la sociedad (empresas, escuelas, comercios, oficinas, etc.), especialmente aquellos que no estaban incluidos en la lista de los “servicios esenciales”. Surgieron nuevas demandas que impulsaron el desarrollo de muchas plataformas y aplicaciones distintas, las cuales buscaban adaptarse a la amplia gama de necesidades relacionadas al “Home office”. Podría decirse que aquí se dio el auge de Zoom, Google Meet, Skype, a la vez que servicios de mensajería como WhatsApp, Facebook Messenger o Telegram iban actualizándose continuamente para ofrecer mejores experiencias comunicativas a sus usuarios. Creo que fue en esta época donde Tik Tok empezó a pisar fuerte. Muchos servicios comenzaron a adaptarse para favorecer el menor contacto posible como, por ejemplo, los bancarios (con el tiempo, las tarjetas de débito y crédito empezaron a venir con un chip integrado, por lo cual bastaba acercar la tarjeta al aparato para pagar y listo). No estoy segura si fue a partir de este año que se empezaron a desarrollar aplicaciones para TODO y medio que las empresas o los organismos te hinchaban las guindas con “Descargá nuestra app y hace todo desde el celular” [como si uno tuviera un teléfono con memoria infinita para tantas aplicaciones juntas].

Personalmente, me parece que la pandemia de coronavirus acentuó nuestra ya de por sí extrema dependencia de la tecnología, en detrimento de nuestras capacidades naturales. Si lo pensamos bien, para casi cada tarea que hacemos a diario dependemos de algún tipo de artefacto o elemento artificial, partiendo desde la electricidad. Incluso, no sonaría muy descabellado afirmar que el teléfono se volvió una extensión de nuestro cuerpo. Y en el contexto de la pandemia y del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO), los dispositivos digitales adquirieron un mayor protagonismo en nuestra vida cotidiana, ya de por sí hiperconectada a través de las pantallas.

Las pantallas nos mantuvieron conectados e informados. En cierta forma, nos mantuvieron con vida, al igual que, por ejemplo, los aparatos respiradores para los pacientes críticos. En ese sentido, considero que el aislamiento hogareño, la relación de dependencia humano-máquina, así como la hiperconectividad virtual, son los símbolos más potentes en la narrativa social de la pandemia. El Covid-19 no solo expuso la vulnerabilidad humana en toda su expresión, sino que amenazó severamente los vínculos individuales y colectivos, la cohesión social, la conciencia sobre el cuidado conjunto. El peligro de obligar al individuo a separarse del entorno, de la realidad, de los otros, y vivir el mundo a través de pantallas con miles de filtros de todo tipo, puede llevar a la disolución de la conciencia colectiva y de los lazos (sanos) con el exterior. El otro gran peligro de la pandemia fue la amenaza hacia la salud mental a causa del enclaustramiento. Además de seres sociales, somos muy prácticos. Necesitamos algo que hacer, o de lo contrario es muy probable que nuestra mente empiece a sufrir un serio desequilibrio.

Visto así, el Covid-19 puede considerarse más nocivo que el VIH, porque desestabilizó más profundamente la relación entre el yo y los otros (o incluso la del yo consigo mismo). La paranoia por el sida languidece ante la paranoia por el coronavirus, pues el miedo se extendió hacia todos, ya no sobre un grupo específico. La sospecha podía recaer sobre cualquiera: el que saludó sin barbijo, el que volvió de viaje y no hizo cuarentena, el que tosió o estornudó sin cubrirse con el codo, el que no se lavó las manos, el que mantuvo la distancia, el que salió a correr.

Dentro de la narrativa de la pandemia es inevitable hablar del papel de los medios de comunicación (televisión, radio, prensa escrita, etc.). No había canal donde no se hablara del coronavirus, del reiterado pedido de quedarse en casa, de cuándo iba a salir el presidente a confirmar si la cuarentena se extendía quince días más o no, del aplauso para los médicos que se realizaba todos los días a las nueve, del desarrollo de las vacunas, de las estadísticas… El tema de las estadísticas se había convertido en una especie de obsesión. De hecho, con el sida también se dio esa obsesión por los números: cuántos diagnosticados, cuántos infectados, cuántos fallecidos. Susan Sontag afirma que hasta había más preocupación por los números futuros, o sea, por los casos de sida que todavía estaban por confirmar. Con el coronavirus eso se llevó a la enésima potencia: sospechosos, confirmados, recuperados, fallecidos, con porcentajes, colores, etc.

En paralelo con los medios masivos tradicionales, Internet replicaba y multiplicaba todo tipo de información (y desinformación). Internet es otro punto insoslayable en la narrativa pandémica, pues básicamente se trataba de la gran red de redes que permitía mantener todo a flote. Con respecto a las redes sociales quisiera destacar la amplia circulación de teorías conspirativas, tanto en torno al virus como a las vacunas. Una similitud entre el VIH y el Covid-19 es la teoría sobre su origen artificial, como creaciones de laboratorio que fueron liberadas accidental o deliberadamente. En su ensayo, Susan Sontag menciona una teoría difundida en los años ochenta en varios periódicos internacionales (por un rumor, aparentemente, inventado por la KGB), sobre la creencia de varios habitantes africanos de que el virus del sida fue creado en Estados Unidos con la intención de enviarlo a África y reducir su población, pero en un giro del karma, ese mismo virus terminó volviendo allá a través de soldados estadounidenses. Aunque al parecer se trató de un rumor sin fundamentos, no es un concepto muy descabellado, pues sabemos que las enfermedades han sido usadas como arma de guerra bacteriológica. Por otra parte, una de las teorías conspiranoicas sostenidas con mayor fuerza es la que señala a China como presunto creador del Covid-19. No hay pruebas ni confirmaciones oficiales, pero si hiciéramos una encuesta, es probable que mucha gente considere verídica esta teoría.

Después están todas esas ideas raras sobre las antenas 5G, el grafeno, las vacunas, los supuestos “microchips” que supuestamente nos inyectan con las vacunas para “controlarnos” (como si no hubiera un aparatito que ya se encarga de eso), y un montón de otras patrañas que no son relevantes para el objeto de este artículo. Lo importante es pensar cómo todas esas ideas alarmistas, amarillistas y conspiranoicas alimentaban la paranoia social y afectaban la estabilidad mental de las personas en un contexto tan delicado como el de la pandemia.

En muchos discursos, sobre todo políticos, religiosos o sociales, el virus del sida fue descrito como una “peste” y como un “castigo divino”. Tal como lo explica Sontag, las enfermedades de transmisión sexual siempre se prestaban a la moralización, como ejemplo del mal que podía sobrevenirle a un individuo si caía en una conducta sexual inapropiada. También el coronavirus fue considerado una peste, un castigo divino o el anuncio de un evento apocalíptico, aunque la moralización ya no apuntaba a los hábitos sexuales individuales sino más bien a los hábitos higiénicos de las personas y de la comunidad en general, apelando a la colaboración de todos para poder salir adelante ante la crisis sanitaria global. Sí hubo polémica con las iglesias, porque varias se negaban a suspender sus actividades e incluso sostenían que solo la fe protegería a sus fieles del coronavirus, manteniendo las puertas abiertas como si nada pasara, lo cual fue una muestra grave de negligencia para con la gente.

Las metáforas apocalípticas tampoco faltaron, pues ante cada contingencia de alcance mundial se esparce la creencia de que llega “el fin de los tiempos”. Y bueno, acá seguimos, seis años después, firmes… pero con ciertas roturas internas.

Pero hay un tipo de metáforas que dominan desde hace mucho tiempo los discursos sobre las enfermedades, y esas son las metáforas bélicas. Se habla de “la lucha contra la enfermedad”, se habla de “batallas”, se habla de “enemigos” invisibles, se llama a la unión para “derrotar” a los virus y bacterias. Con estas metáforas se construye la idea de una amenaza común y se refuerza el llamado a la movilización social. El uso de estas metáforas se originó en el contexto de la Primera Guerra Mundial, en una campaña contra la sífilis dirigida hacia los soldados. Desde ahí se fueron extendiendo, hasta ser adoptadas en los discursos relativos al cáncer, donde persisten hasta el día de hoy. En su ensayo, Sontag manifiesta un abierto desprecio por estas metáforas, al punto de que espera que sean las primeras en caer en desuso. Algo que me parece poco probable, porque siempre van a ser funcionales ante cualquier tipo de crisis.

No sabemos si el siglo XXI nos depara otra pandemia, o si eso ya va a quedar para el siglo siguiente (si es que hay siguiente). Mientras tanto, sigue habiendo enfermedades en el mundo. Y es posible que, mientras yo estoy escribiendo, o mientras usted lee, es probable que haya alguna epidemia en otra parte del mundo. Y a pesar de que esa epidemia no nos alcance, creo que el coronavirus nos ha enseñado que no estamos del todo a salvo…

 

 

 

 

 

 

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