martes, 30 de diciembre de 2025

Brindo por la familia

 


Hoy quiero brindar

por mi gente sencilla.

Por el amor,

brindo por la familia.

 

Pimpinela

 

Estamos en época de fiestas otra vez. Y otra vez estamos inmersos en los lugares comunes de siempre. El año pasado escribí sobre las típicas películas navideñas, donde podemos ver cómo el sistema occidental capitalista transformó a la Navidad de una celebración tradicional judeocristiana a una celebración del hiperconsumismo glorificado, y en la que la vacuidad existencial se disfraza con envoltorios brillantes y coloridos. Historias que hablan del “espíritu navideño” y de que “lo importante no son los regalos” pero te dejan la impresión de que el desenlace no va acorde con la moraleja. En forma y estructura, casi siempre son lo mismo: adaptaciones de “Un cuento de Navidad” de Charles Dickens, “El Cascanueces” o “El Grinch”, los clásicos indiscutibles de esta época.

Pero este año quiero enfocarme en una institución social que es o debería ser el otro pilar de las fiestas: la Familia. Es la célula básica de toda sociedad y puede conformarse tanto por lazos de sangre como por otro tipo de lazos afectivos, basados en la elección de las personas o en el contexto en el que viven. En ella se forjan los primeros vínculos del ser humano con el mundo y en ella se aprenden (o se deberían aprender) los valores fundamentales para convertirse en un ciudadano funcional, con todo lo que eso conlleva.

No existe la familia perfecta, ni tampoco una familia que no tenga conflictos, por muy unida que sea. Sabemos que hay familias disfuncionales, rotas, quebradas por factores internos (adicciones, vicios, violencia, abandono, separación) como por factores externos (guerras, pobreza, hambruna, inmigración forzada). Hay familias “tradicionales” (mamá, papá, hijo, hija), “monoparentales” (sostenidas por madre soltera, padre soltero o un único adulto responsable), “ensambladas” (parejas con hijos de parejas anteriores que se juntan), y la lista podría seguir. Hoy en día hay tantas familias como individuos en el mundo, y en cada una, los roles de poder y las diferencias generacionales están muy marcados.

En este artículo abordaré tres películas animadas: Coco (2017), Encanto (2021) y Turning Red (2022), de Disney / Pixar. Si todavía no han tenido la oportunidad de verlas, no se preocupen que evitaré dar spoilers.

 


1.    Coco (2017)

La historia comienza con la familia Rivera, marcada por el abandono del padre, quien se marchó de casa para dedicarse a su carrera musical, así que Imelda, la esposa, quedó a cargo de su hija pequeña, Coco, y tuvo que luchar para salir adelante, dedicándose a la zapatería. Por suerte le fue bien, aunque en su hogar la música en cualquiera de sus formas quedó vetada de por vida.

El tabú sobre la música se mantendría firme hasta que un día Miguel, el bisnieto de mamá Coco, rompería el silencio… y algo más. Se involucraría en una aventura donde, más allá de ir en contra de los preceptos de su propia familia para cumplir sus propios sueños, ayudaría a reparar el trauma inicial de sus ancestros y mejoraría sus relaciones familiares, devolviendo la dignidad a un pariente injustamente desplazado.

Para ser justos, lo que pasó con Miguel pudo haber pasado tranquilamente con cualquier otro miembro joven de la familia que fuera considerado rebelde sólo por negarse a ser zapatero, como todos los demás. Por mucho que tal oficio fue lo que le permitió a Imelda progresar a pesar de que su esposo la dejó, y que es de admirar su fortaleza en tal situación, no es del todo justo que todos sus descendientes estén obligados a ser zapateros. Como si la lógica demandara que, por ejemplo, si tus padres son obreros, tu único destino es ser obrero. Acá se puede vislumbrar cierta idea de mediocridad, relacionada a las limitaciones que nuestras propias familias nos pueden imponer, queriéndolo o no. ¿Cuántas personas conocemos que decidieron estudiar tal carrera o tal profesión porque sus abuelos o padres también lo hicieron, pero que quizá tal carrera o profesión no era lo que ellos deseaban? Y más si tenemos en cuenta la cuestión de la rentabilidad, porque sí, uno tiene que buscarse algo que, más allá de cultivar la pasión, permita también ganarse el pan. A los Rivera no les va demasiado mal arreglando calzados, aunque tampoco ganan como para tirar manteca al techo. Y no va que al pequeño Miguel se le ocurre ser músico, que además de romper el tabú familiar, encima es un oficio artístico, del cual tiene una oportunidad entre millones de convertir en su fuente principal de ingresos. No todos poseen la suerte y la fama de Ernesto de la Cruz (el cantante más famoso dentro de la película).

¿Y quién no te dice que Miguel, después, pueda igualmente arreglar zapatos mientras cultiva su talento musical en pos de encontrar la canción que le permita “pegar en la radio y ganar su primer millón”? A veces es una realidad que atañe a cualquiera que tenga la pretensión de convertirse en artista (en todas sus ramas: música, pintura, escritura, danza, etc.). Más de uno se habrá topado con ciertas barreras o negativas al comunicar a su familia que quiere dedicarse a ser artista (sobre todo si tus predecesores son médicos, abogados, militares, etc. y esperan que sigas los mismos pasos que tus padres o tus abuelos). A más de uno le habrán sugerido elegir una carrera, profesión u oficio más rentables, que te aseguren una salida laboral segura e inmediata. O de plano, a más de uno le habrá tocado trabajar de empleado en algo que no le apasiona en lo más mínimo pero que le alcanza para pagar las facturas, comer, y, en el mejor de los casos, invertir en su verdadera pasión. ¿A cuántos artistas, en el sentido más amplio de la palabra, les habrá tocado este destino? Especialmente si no te ganaste la lotería genética: nacer en una familia con recursos económicos más que suficientes como para sustentar tus necesidades básicas de plano y que puedas ocuparte cómodamente en desarrollar tu talento artístico. En lo personal, yo antes de terminar el colegio secundario tenía muy en claro que iba a necesitar una plataforma muy sólida para sostener y lanzar mi carrera literaria. De ahí que elegí estudiar la Tecnicatura en Bibliotecología y el Profesorado en Lengua y Literatura, carreras que aprecio mucho y que me han permitido no sólo conseguir trabajo (aunque fuera en el sector público) y sostenerme económicamente, sino también financiar la publicación de mis cuatro libros. Actualmente también tengo con mi mamá un emprendimiento de alfajores artesanales, aunque eso ya es otro tema.

Hay un detalle importante que quiero remarcar de la familia Rivera y es que posee una estructura matriarcal, donde la autoridad es ejercida por la madre, en vez del padre. En esta historia, desde mamá Imelda hasta la abuela de Miguel, son las abuelas las que marcan el camino a hijos, nietos e hijos políticos. Y aunque el matriarcado pueda sonar como una panacea para los grupos feministas, es necesario aclarar que no es mejor que el patriarcado, porque la dinámica de poder ejercida por la madre/abuela puede influir negativamente sobre los demás miembros de la familia (como veremos después en Encanto y Turning Red), sobre todo si se les quita autonomía en cuanto a las decisiones sobre su propia vida y sus relaciones. Al respecto, les recomiendo leer un cuento de Bernardo Kordon titulado “Los ojos de Celina”.

Quizá esto tenga que ver con la visión estereotípica de los estadounidenses sobre las familias mexicanas o latinoamericanas en general (en relación más que nada con la humildad o de plano con la pobreza), pero me llama la atención que la casa de Miguel sea casi como la vecindad del Chavo, pero con todo el árbol genealógico del niño conviviendo bajo un mismo techo. Al cuento de Kordon me remito: no creo que sea muy sano que uno se case y continúe viviendo en la casa de sus padres. Y menos tener que dedicarse a lo mismo que toda la familia. ¿Qué probabilidades hay de que un yerno o una nuera no prefieran “hacer rancho aparte”? Por supuesto que ese conflicto no lo vemos en esta película, porque los familiares que tienen más peso en la historia son la abuela de Miguel, la bisabuela mamá Coco, y la tatarabuela Imelda. El resto… simplemente están ahí, para rellenar el escenario.

Además del trauma por el abandono paterno, también se habla de la muerte. De la muerte y del recuerdo y el olvido. La película nos transmite la idea de que uno muere más que nada cuando es olvidado. Y hay personas dentro de nuestra familia que nunca podríamos olvidar, aunque nos acostumbremos a vivir sin ellos. La trama se enmarca en la celebración del Día de Muertos en México, donde el foco principal es hacer honor a quienes ya no están con nosotros en este plano. En cada casa se arma un altar lleno de velas con las fotos de todos los seres queridos, incluso los fallecidos, bajo la creencia de que los difuntos nos visitan ese día.

Aunque en la Navidad tradicionalmente se conmemora un nacimiento, el del Niño Jesús, para una familia que ha sufrido una pérdida reciente suele ser difícil, porque habrá un plato menos en la mesa navideña. Personalmente, esta es la segunda navidad que paso sin mi papá, y se siente bastante solitaria de a ratos. Él era irreemplazable, y en muchas ocasiones fue el Atlas que sostuvo el mundo de más de uno en la familia. No pasa más de un día en la semana que no lo recuerde, de muchas y distintas maneras.

Supongo que así debe de suceder en muchas familias durante las fiestas: hay ausencias que duelen, hay historias que continúan vivas en cada uno, hay dolores que todavía no han sanado. Hay pérdidas que todavía están latentes, sin importar cuánto tiempo pase.

 



2.    Encanto (2022)

Si en la familia Rivera todos están obligados a seguir el mismo oficio (a riesgo de quedarse estancados) y el que elige un oficio diferente es hecho a un lado, en el caso de la familia Madrigal es al revés: todos tienen un talento que los hace especiales, y quien no lo posee, queda relegado al margen. De igual modo que Coco pretende representar una parte de la cultura mexicana (a través del prisma de un estudio estadounidense), Encanto es una película que toma parte de la historia y las costumbres de Colombia, y que al verla te lleva a pensar sin querer en el realismo mágico de García Márquez. A propósito, la magia se manifiesta aquí en el concepto del “milagro”, de los “dones” y de una casa que cobra vida propia.

El “milagro” se produce al inicio del filme, cuando la abuela Alma le cuenta a su nieta cómo su esposo Pedro y ella con sus tres hijos se vieron obligados a escapar de su pueblo por causa de un desplazamiento forzado (una problemática muy sensible para el país colombiano). Al ver que los vándalos los iban a alcanzar, Pedro decidió sacrificarse para proteger a su esposa y a sus trillizos. Dicho sacrificio es el que imbuye de magia una vela que ella llevaba, y que por obra de esa magia empiezan a levantarse las montañas, creándoles un refugio. Desde entonces, Alma quedaría a cargo de la familia, siendo la matriarca de la misma y protectora de la vela mágica.

Sus trillizos, Bruno, Julieta y Pepa, serían también bendecidos con “dones”, poderes a través de los cuales pueden brindar un servicio a la comunidad. La obtención de un don se extendería a los hijos de Julieta y Pepa quienes, a excepción de Bruno, siguieron el patrón reproductivo de su madre porque tuvieron tres hijos cada una (aunque no trillizos, claro). Pepa (que puede controlar el clima según sus estados de ánimo) tuvo a Dolores (quien posee el don del oído perfecto), Camilo (que puede cambiar de forma) y Antonio (que recibe el don de hablar con los animales), mientras que Julieta (capaz de curar cualquier cosa con lo que cocina) tuvo a Isabella (que es capaz de hacer florecer de todo), Luisa (quien tiene superfuerza) y finalmente Mirabel, protagonista de la película, quien desgraciadamente no posee ningún don, pero es parte de una profecía que puede cambiar el destino de la familia y de su hogar.

Quiero detenerme en el personaje de Bruno, que posee el don de predecir el futuro y plasmar sus profecías en tablillas de vidrio. La película al principio te lo pinta como un villano, aunque después vamos a ver que no es tan así. En realidad, no hay un villano o antagonista per se en Encanto (porque vivir en Latinoamérica ya es suficientemente antagónico), y me parece que la historia tampoco lo necesita, porque el conflicto va por otro lado. Sin embargo, al igual que la música en la casa de los Rivera, Bruno es un tabú en la casa de los Madrigal (hay una canción dedicada justamente a eso, a “no hablar de Bruno”, que se volvió muy popular en Internet). Esta imposición del tabú se debe a dos factores. En primer lugar, su don de predecir el futuro tiene cierto detalle inconveniente: no siempre vaticina cosas buenas, aunque se trate de cosas que por lógica natural van a ocurrir (por ejemplo, que un hombre, al envejecer, pierda gran parte de su cabello). Nadie pareció entender que Bruno no tiene ningún poder sobre lo que dicen sus profecías, y esa es la parte más injusta del trato que recibió. Pero, en segundo lugar, lo que provocó que lo antagonizaran definitivamente fue la profecía relacionada a Mirabel, según la cual, ella sería la causante de la destrucción de la casa. Aquello quebró la relación de Bruno con el resto de los Madrigal y determinó la exclusión de la pobre Mirabel, que en lo sucesivo tendría que cargar no solo con el peso de ser la única sin don sino de ser quien podría en peligro su propio hogar. De modo que Bruno se terminó yendo de la casa, considerado persona no grata en su propia familia.

Sin embargo, no todo es lo que parece. El problema de las profecías es su gran ambigüedad, pues nos dicen qué va a pasar, pero no cómo va a pasar. Eso genera un gran problema de interpretación, que es lo que le da sentido al conflicto en Encanto. Es como en el mito de Edipo: cuando él nació, el oráculo vaticinó a sus padres, Layo y Yocasta, que el hijo mataría al padre y se casaría con la madre. Por eso ellos, horrorizados por tal profecía, decidieron deshacerse de Edipo, lo que paradójicamente llevó a que la profecía se cumpliera.

Si analizamos Encanto desde una perspectiva metafórica, el personaje de Bruno vendría a representar a aquel familiar “caído en desgracia”, del que nuestros padres, tíos o abuelos evitan hablar por diversas razones. En otras palabras, vendría a ser la “oveja negra”, ya fuera por cometer algún tipo de acto ilícito, por tener una relación tensa con todos, o simplemente por no encajar con las expectativas o exigencias reinantes en el seno de la familia. Algo parecido podemos decir de Mirabel, quien simbólicamente vendría a ser la persona vista como “bala perdida” porque no tiene definido qué hacer con su vida, no tiene definido su futuro o simplemente pretende seguir un estilo de vida distinto o contrario al de los mandatos familiares. Mirabel no posee un don especial y se siente continuamente eclipsada particularmente por su hermana Isabella, que es la “hija perfecta” y que goza de cierto favoritismo por parte de sus padres. Pero quizá la relación más difícil que atraviesa a Mirabel es la que tiene con su abuela, quien a su manera ejerce cierto rol antagónico en la historia.

Y no que Alma sea realmente una abuela “malvada”, sino que se trata de una mujer marcada por un trauma profundo (la pérdida de su hogar y de su esposo, la lucha por salir adelante y darle lo mejor a sus hijos, etc.) que no pudo o no supo manejar emocionalmente. Piense cada uno en sus abuelas (si las conocieron) y en la historia de sus abuelas (si se las contaron). En la mayoría de los casos quizá fueron mujeres a quienes les tocó pasar cosas bastante bravas, en contextos desfavorables, que probablemente han cometido muchos errores con sus hijos y no supieron o no quisieron repararlos. Y eso a veces deriva en patrones de comportamiento o ciclos tóxicos que se repiten en madres, hijas, nietas, hasta que alguna decide romper la cadena y cambiar, elegir algo diferente. Es el caso de Mirabel, su rol o su función en la historia familiar es superar el trauma generacional, a costa de ciertos sacrificios.

Y hablando de madres e hijas, pasemos a la siguiente película.

 


3.    Turning Red (2022)

Si en Coco y en Encanto se nos muestra la rebeldía de un individuo en contra de los mandatos familiares sostenidos por su abuela, los choques generacionales y la final reconciliación del trauma familiar, en Turning Red el conflicto está enfocado particularmente en la relación con los padres (especialmente la madre), donde la presencia de una abuela imponente y el peso de una tradición heredada quedan en segundo plano a pesar de tener injerencia en el problema. Aquí tienen especial relevancia los padres, cuyo rol en las otras películas aparecía bastante desdibujado o borroso debido a la figura autoritaria de las abuelas. El tema principal del filme gira en torno a la presión de las expectativas parentales que en el peor de los casos llevan al hijo a reprimir sus emociones y a negar una parte de sí mismo.

“Honra a tus padres” es el mandato máximo para Mei Mei, la protagonista. Una niña de trece años que, como toda niña de trece años, experimenta los síntomas típicos de la pubertad y a su vez empieza a definir su propia identidad, a conocerse interiormente. Es una alumna aplicada, inteligente, responsable, respetuosa, ayuda a su madre en el templo chino donde honra a sus ancestros, y todo lo que hace tiene por objetivo y fin último complacer a sus padres (sobre todo a su madre) y cumplir sus expectativas (sobre todo las de su madre). La validación parental es fundamental para Mei Mei al punto de que vive con el temor de decepcionarlos y de perder la imagen de “niña perfecta” que tanto se esfuerza en mantener, a costa de cometer errores que afecten sus vínculos con otras personas, como sus amigas.

El problema de hacerlo todo por cumplir con las expectativas de otros, independientemente de que sean nuestros progenitores, es que nos aleja de nuestros propios deseos y subsume nuestra propia voluntad. Además de obligarnos a reprimir cosas que, de una u otra manera, van a terminar explotando, y en algunos casos de la peor forma. Las emociones son un factor importante, porque son parte del individuo, y aprender a aceptarlas es vital para poder aprender a controlarlas, porque negarlas no sirve más que para lastimarse o lastimar a otros.

El elemento “mágico” que vehiculiza la trama es el espíritu del panda rojo, una condición heredada por Sun Yee, ancestro de la familia materna de Mei Mei. La historia cuenta que, muchísimos años atrás, en la lejana China se encontraban en guerra. El esposo de Sun Yee había muerto en combate y entonces ella pidió ayuda a los dioses para proteger a sus hijos. Así obtuvo el poder de convertirse en un panda rojo gigante para defenderse del ejército enemigo. Esta bendición sería transmitida a todas sus descendientes mujeres, quienes mucho tiempo después tuvieron que encontrar un modo de sellar al panda rojo, ya que se libera cuando experimentan emociones intensas. Y en el contexto actual resulta algo inconveniente, porque todo cambió y ya no es necesario convertirse en una bestia peluda para lidiar con los problemas modernos.

Mei Mei descubre este detalle de su linaje materno en el peor momento, pero pronto aprende a controlar a su panda cuando descubre que puede volver a la normalidad pensando en las personas a quienes ama. El problema es que esas personas son sus amigas, pero Mei Mei no se atreve a aclararlo ante su madre. Este es un punto importante, porque aunque ella quiere a su madre, a pesar de que es extremadamente exigente y perfeccionista, no experimenta una plena confianza afectiva con ella. Por dar un ejemplo, a Mei Mei le encanta una boy band llamada “4town” (algo equivalente a los grupos de K-pop de hoy). Cuando sale una publicidad en la televisión donde se anuncia que darán un concierto en Toronto (donde se desarrolla la historia), Ming expresa su desprecio por dicha banda, y Mei Mei no defiende su gusto por esa música, sino que dice que en realidad le gusta a Miriam, su amiga, que tampoco obtiene aprobación de la madre por considerarla una “chica rara”. Este desprecio hacia sus gustos y sus amistades resulta doloroso para la niña, pero ella no lo expresa, sino que lo oculta, como va a ocultarle a su madre muchas otras cosas a medida que avanza la película.

Muchos ven al panda rojo como una simple metáfora sobre la menstruación, que hace su aparición por primera vez en una película animada y sobre lo que no debería haber tanto escándalo porque más o menos la mitad de la población mundial menstrúa. Sin embargo, verlo de esa forma es muy reduccionista y simplón. Yo creo que el panda rojo es más bien un símbolo de todo eso que queremos negar de nosotros mismos, lo que escondemos, lo que queremos rechazar, lo que sigue ahí, aunque pretendamos taparlo. Puede representar esas emociones fuertes, intensas, incontrolables de a ratos, que nos pueden arrastrar a actuar de maneras de las que después nos vamos a arrepentir. La decisión de Mei Mei de quedarse con el panda se puede interpretar simbólicamente como la decisión de aceptar esa otra parte de ella, para aprender a convivir consigo misma, con lo bueno y con lo malo.

En todo este proceso, tendrá que enfrentarse con su madre. Y ser sincera, reclamando su derecho a seguir su propio camino por fuera del que su madre pretende imponerle. Es básicamente liberarse de la presión maternal que la obliga a sostener una apariencia de perfección desconectándose de una parte importante de ella misma, de lo que la apasiona o de sus amigas. Sobre todo porque es imposible alcanzar la perfección y porque no se puede dejar conforme a una persona absolutamente perfeccionista.

Uno debe ser agradecido con su madre, padre o con la persona o personas que lo hayan criado, pero eso no quiere decir que esté obligado a seguir ciegamente una imposición que, por mucho que esté revestida de buenas intenciones, le va a terminar haciendo daño. A sí mismo y a quienes lo rodean. Por lo tanto, el mensaje de la película, para mí, es “honra a tus padres… pero sin olvidar honrarte a ti mismo”. OJO, que acá no se trata de honrarse a uno mismo de modo egocéntrico, egoísta o narcisista, sino de darle espacio a lo que a nosotros nos gusta o nos molesta, de tomar el camino que deseamos sin importar si cumplimos ampliamente o no con las expectativas parentales. Elegir nuestro camino, pero aceptando también los riesgos, porque no siempre nos va a salir todo bien. Un camino que tal vez nos golpee pero nos haga madurar y crecer como personas.

“Mi panda, mi decisión” dice Mei Mei al final de la película, y aunque nos permitamos dudar sobre si ella es consciente de las consecuencias de dicha decisión, sabemos que la propia película nos muestra qué consecuencias puede acarrear eso. Es una reflexión para nosotros mismos, teniendo en cuenta que las cosas que decidimos no siempre van a arrojar solo resultados positivos, pero va a depender de nuestro nivel de madurez que sepamos lidiar con los resultados negativos. Ya mencioné mi desconfianza o temor sobre aquellos elementos o poderes mágicos que reaccionan con las emociones del usuario, porque al igual que con el personaje de Pepa Madrigal, con quien un intenso mal humor se puede producir una tormenta intensa, cuando se nos suelta la correa se puede ir todo al garete. Pero ahí está la gracia: son metáforas acerca de las emociones humanas, que a veces podemos controlarlas o no pero que no deberíamos reprimir o negar. Son lo que nos hace humanos, son parte de las facetas o matices que nos caracterizan, lo que no quiere decir que uno justifique ciertas actitudes de mierda con “ah, es que yo soy así”. La gracia es aprender a convivir con los demás y tratar de ser un poquito mejor persona cada día.

Un último detalle a destacar, con respecto al patrón generacional, es que Ming no es una madre estricta, perfeccionista, exigente y rigurosa porque sí, sino porque así fue criada por su propia madre. Sin querer estaba haciendo con Mei lo mismo que su madre hizo con ella, y no fue capaz de reconocer la repetición de ese error sino hasta que pasó todo lo que pasó. Al menos para el final de la historia empezó a corregir su actitud en pos de desarrollar una mejor relación con su hija. Todas las madres quieren lo mejor para sus hijos y en ese afán pueden cometer errores… ya sea porque repiten el mismo patrón de conducta que sus padres, o porque quieren hacer lo contrario ya que su experiencia fue terrible. Es posible que cueste aceptar un cambio de conducta, pero es necesario si no queremos que nuestros hijos se alejen de nosotros.

 

Conclusiones

Sobre cada una de estas tres películas se podría escribir mucho más, pero eso implicaría hacer este texto más largo de lo que ya es, y sé que los lectores promedio de hoy no tienen tanto tiempo ni tanta paciencia. Simplemente quiero dejar algunos comentarios finales y algunas reflexiones como para mantener abierto el debate, ya que lo que escribí acá no es ningún tipo de verdad absoluta y obedece más que nada a un análisis puramente subjetivo.

A través de la magia o de elementos fantásticos, en cada película existe uno o más elementos con un alto valor simbólico, ya que no sólo son los principales engranajes en la narrativa, sino que también representan los conceptos con mayor injerencia sobre la historia y los personajes.


        En Coco la mayor carga simbólica la tienen, por un lado, el altar familiar del Día de Muertos; y por otro lado, la guitarra. En México, el Día de Muertos es una celebración que tiene profundas raíces con su cosmovisión cultural, donde la muerte física no es el final sino tan solo otro estadio de la existencia, y donde la muerte definitiva es el olvido.  A través de un altar con las fotos de los difuntos, los vivos mantienen y honran el recuerdo de los que ya no están. Para los Rivera, el altar familiar es un símbolo de su linaje, marcado por el sacrificio y por la lucha constante por el porvenir. Y también por el mandato en contra de la música, la cual, sin embargo, no era ajena a sus ancestros. Por el otro lado, la guitarra (y por extensión la música) tiene tanto valor simbólico en Coco, porque además de ser un elemento que mueve la narrativa, representa la pasión de Miguel, es la expresión de su talento, y es lo que lo pone en conflicto con su familia. La historia de Miguel es la historia de una intersección entre la familia y la vocación, que en realidad no tienen por qué ser dos fuerzas antagónicas. Es necesario que exista un equilibrio, donde un individuo pueda tener la libertad de perseguir su sueño sin renegar de sus familiares, lo cual no siempre es tan fácil. Porque uno puede marcharse a la gran ciudad y no hallar nunca la fama que desea, pero siempre habrá una casa a la que volver y ser recibido con los brazos abiertos, como en aquella historia bíblica del hijo pródigo.

Y hablando de casas, el elemento con mayor valor simbólico en Encanto es justamente la casa de los Madrigal, también llamada “Casita”, que funciona casi como un personaje más. Casita es más que techo, hogar y refugio, es el tejido cohesivo de la familia, y a su vez es conformado y sostenido por los miembros de la familia. Al mismo tiempo está intrínsecamente relacionada a la magia que mantiene encendida la vela del milagro. Por lo tanto, lo que le sucede a la familia se refleja en la casa. De ahí las grietas que Mirabel empieza a ver en Casita: son la manifestación de las inseguridades o los problemas que sufren varios de los miembros. El desmoronamiento de la casa Madrigal no se produce porque se acaba la magia, sino porque se pierde la cohesión intrafamiliar a causa de conflictos no resueltos.


Finalmente, en Turning Red, lo que obviamente tiene mayor carga simbólica es el espíritu del panda rojo, no sólo porque representa eso que tratamos de negar sobre nosotros mismos, sino porque tiene que ver con la tradición, con la herencia cultural, con aquello que nos viene dado por nuestra propia sangre, para bien o para mal. Es un legado de los ancestros (en todo sentido), que carga con esa ambigüedad bendición/maldición, y con lo que a cada uno le toca convivir. Uno no lo elige, sino que lo hereda, como puede ser la religión, el color de piel, la nacionalidad, etc. Es la parte de nuestra identidad transmitida por nuestra familia, en cualquiera de sus dos ramas, ya sea materna o paterna.

Hablando de rama paterna, un aspecto interesante en esta trilogía es la figura del padre, desdibujada, difusa o subordinada a la figura de la madre. Ya había comentado que en todas estas historias predomina la estructura familiar matriarcal, donde madres y/o abuelas detentan la autoridad ante la prole. Esto le quita bastante agencia al padre, lo que no significa que no cumpla cierto rol como personaje o que no tenga ninguna importancia dentro de la trama.

En Coco se presenta la figura del “padre ausente”, el que se fue de casa por seguir su propia carrera musical y dejó el hogar atrás, produciendo aquella herida que quedaría sin cicatrizar incluso hasta en el mundo de los muertos. Aunque Miguel descubre la verdad sobre ese abandono y restaura la imagen de ese antepasado, en la vida real hay muchos padres que nunca vuelven.

Pedro Madrigal, en Encanto, también está ausente pero no por propia voluntad, sino que fue asesinado defendiendo a su familia. Es la figura del padre fallecido, al que se añora y cuya ausencia duele más porque se sabe que ya no está en este mismo plano. El sacrificio pasado de Pedro es lo que les da a sus descendientes todo o casi todo lo que tienen (particularmente la casa y los dones), y esto se puede interpretar como una alegoría del patrimonio que nuestros abuelos nos legaron a nuestros padres y a nosotros a costa del trabajo de toda su vida.

Y en Turning Red el padre de Mei está vivito y coleando, pero es completamente sumiso ante Ming. Es un tipo tranquilo, que nunca se sobrepone a lo que su esposa dice, pero hay un momento en la película donde él habla con Mei Mei y es un momento donde aporta muchísimo, porque ayuda en parte a que ella entienda un poco a su madre. Es una lástima que no tenga más agencia en la trama, porque habría brindado un poco de equilibrio a la dinámica familiar.

 

Más allá de que sean productos de Disney, estas son tres películas animadas que están verdaderamente dirigidas a toda la familia. Se animan a tratar temas como la muerte, la vida en el más allá, el abandono, el olvido, la pérdida o el desplazamiento forzado, edulcorados con elementos fantásticos y maravillosos pero cuya simbología está claramente marcada. A veces pueden ayudarnos a interpretar nuestra propia historia familiar a partir del reconocimiento de ciertos patrones o actitudes en los personajes que coinciden con los experimentados en relación con madres, padres, abuelas, abuelos, tíos, tías, etc.

En esta época de fiestas, a apenas un día y pico de terminar este 2025, propongo dar un brindis por la familia… por la que tenemos, por la que elegimos, por la que nos quedó, por aquella que va creciendo. Un brindis por aquellos que se nos adelantaron, que nos miran desde alguna estrella, y a quienes siempre recordamos con nostalgia y cariño. Un brindis por un momento de paz y de armonía en medio de todas las tormentas que nos azotan. Probablemente haya muchas personas que estén distanciadas de sus familiares por distintas razones. Hay mucha gente lastimada, dolida o que simplemente ya no tiene la misma relación con sus hermanos o sus padres o sus abuelos, porque tal vez haya heridas que cicatrizaron, pero el vínculo se enfrió, se cortó, y uno siente más bien indiferencia. Ni hablar de aquellos casos donde han ocurrido cosas terribles e irreparables, en los que no se puede fingir cariño donde no lo hay.

Para todas aquellas personas que han sufrido mucho, y que la pelean todo el tiempo para salir adelante, y para todos mis parientes desperdigados por ahí que nos reunimos cada fin de año o en circunstancias más tristes, les expreso mis mejores deseos para el 2026 que tenemos acá a la vuelta de una hoja del calendario.

Amor, Salud y Trabajo… y sanación, mucha sanación.

¡Nos leemos el año que viene!

 

 

 

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