domingo, 27 de abril de 2025

[Cuento] "La renuncia del detective Longman"

 


—¡Ah, detective Longman, no lo oí llegar!

La ancha y alta silueta del detective se recortaba sobre el marco de la puerta. Ensutado en su saco largo y su característico sombrero negro, el gran hombre ostentaba un porte regio, favorecido por los años. A pesar de la edad, su mirada aún mantenía aquella agudeza que le resultaba muy útil en su trabajo. ¿Cuántos crímenes había resuelto gracias a su habilidad para observar aquellos detalles que nadie más parecía capaz de captar?

Desde su escritorio, Holzmann lo invitó a tomar asiento. Longman se quitó el sombrero, colgó su abrigo, y aceptó el whiskey que le ofrecía su anfitrión. Al sentarse dejó escapar un suspiro hondo, como el de un anciano que por fin puede descansar un poco tras una larguísima jornada laboral.

—El caso anterior sí que fue todo un desafío, ¿no le parece, Longman? Gracias al cielo contamos con usted para resolverlo, como siempre.

—Sí. Creo que, para ser mi último caso, resultó bastante memorable.

Holzmann casi escupió la bebida.

—¿Cómo…? ¿Su “último caso”?

—Así es. Voy a retirarme, por eso estimé conveniente venir a hablar con usted antes.

—Pero, señor Longman, ¿es esto alguna clase de broma?

—Usted me conoce bien, y sabe que mi sentido del humor es más bien estoico. Le aseguro que no estoy bromeando.

—Pero, ¿retirarse justo ahora, con una carrera que cumple veinticinco años de contundentes casos resueltos? ¿Ahora, cuando su labor ha sido reconocida a nivel nacional, y van a inaugurar una estatua en su homenaje en la plaza central de la ciudad? ¿Y su nombre es mencionado en los principales periódicos del país? Ah, y no olvide a ese joven periodista que va a sacar un libro sobre su vida y obra.

—Justamente por eso he decidido mi retiro. Me parece que he cumplido los principales objetivos de una vida dedicada a resolver crímenes. He dejado una huella perdurable en la nación, y es justo que reclame el descanso que me corresponde.

—Oh, detective Longman, no puede abandonar todo así como así. Piense en el documental que van a filmar sobre sus casos más famosos: todavía podemos adherir alguno más para la serie. Y los productores estarían encantados de acceder a su testimonio pues, ¿quién mejor que usted para narrarlos?

—Mire, señor Holzmann, aprecio mucho la fama y la notoriedad que me han dispensado los grandes medios de comunicación. Pero cada vez me siento más ahogado, más presionado, y ya con mis años es justo que decida tomarme un respiro y cambiar de ambiente. Por eso, se lo reitero: he tomado la resolución de renunciar a mi puesto de detective. Sabemos que el crimen nunca descansa, pero lo mismo, siempre habrá detectives dispuestos a combatirlo.

—Sin embargo, ningún otro policía posee su talento, su carisma y su experiencia. ¿Qué será de la estación de policía sin un digno sucesor suyo?

—Las generaciones van cambiando, hay muchos detectives jóvenes con ambición y buena voluntad. Recuerde que yo alguna vez también fui joven. No se obtiene experiencia si no es, claramente, trabajando. Mis buenos resultados son fruto de la gran cantidad de errores que he cometido a lo largo de mi carrera. Mi anhelo es que ello sirva de guía para los que vendrán después de mí. Sería muy egoísta que yo pretendiera acaparar todos los espacios que otros puedan aprovechar para crecer.

—Escúcheme, señor Longman, le digo que no puede retirarse aún. ¿Qué voy a hacer yo sin usted? No le permito que me abandone de esta manera, tenemos muchos proyectos juntos.

Holzmann enrojecía a medida que continuaba hablando encolerizado.

Lejos de sentirse intimidado, el detective Longman mantuvo su expresión serena y resignada. Discretamente, comenzó el ademán de buscar algo en su bolsillo.

—Supuse que no me haría caso —dijo, en cuanto el otro terminó su perorata de reproches—, yo no le importo más de lo que le importa todo lo que puede obtener a través de mí.

Apenas alcanzó Holzmann a fruncir el ceño, cuando vio el cañón del revólver apuntándole al pecho.

—No vas a hacerlo —dijo fríamente—. Me necesitas, porque sin mí no serías nada. No puedes matarme.

—No me importa. Ambos ya le sacamos suficiente jugo a la existencia. Y yo ya me cansé de ser el que vive únicamente en los libros.

Y el detective Longman disparó.

 

***

 

Más tarde ese día, cuando los forenses examinaban la escena del crimen, los policías encargados del caso no terminaban de resolver sus dudas. El saco y el sombrero aún estaban colgados del perchero. El cadáver yacía tendido en la silla, con el agujero carmesí en medio de la camisa. Pero el revólver estaba sobre el escritorio, al lado de la mano izquierda de Holzmann, y con las huellas de Holzmann en él.

—¿Y tú qué dices? —le preguntó un oficial al otro— ¿Suicidio u homicidio?

—Creo que está más que claro. No todos los días muere el escritor de novelas policiales más famoso del país. ¿Ha leído alguno de sus libros?

—No tengo mucho tiempo para leer, la verdad. Pero mi hija mayor se los sabe de pe a pa. Según ella, en los últimos libros se notaba que la fórmula ya se le estaba gastando al escritor. Sin embargo, seguían pidiéndole más… No me extraña que terminara quedando medio esquizofrénico. 

 

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