—¡Ah, detective Longman, no lo oí llegar!
La ancha y alta silueta del
detective se recortaba sobre el marco de la puerta. Ensutado en su saco largo y
su característico sombrero negro, el gran hombre ostentaba un porte regio,
favorecido por los años. A pesar de la edad, su mirada aún mantenía aquella
agudeza que le resultaba muy útil en su trabajo. ¿Cuántos crímenes había
resuelto gracias a su habilidad para observar aquellos detalles que nadie más
parecía capaz de captar?
Desde su escritorio, Holzmann
lo invitó a tomar asiento. Longman se quitó el sombrero, colgó su abrigo, y
aceptó el whiskey que le ofrecía su anfitrión. Al sentarse dejó escapar un
suspiro hondo, como el de un anciano que por fin puede descansar un poco tras
una larguísima jornada laboral.
—El caso anterior sí que fue
todo un desafío, ¿no le parece, Longman? Gracias al cielo contamos con usted
para resolverlo, como siempre.
—Sí. Creo que, para ser mi
último caso, resultó bastante memorable.
Holzmann casi escupió la
bebida.
—¿Cómo…? ¿Su “último caso”?
—Así es. Voy a retirarme, por
eso estimé conveniente venir a hablar con usted antes.
—Pero, señor Longman, ¿es
esto alguna clase de broma?
—Usted me conoce bien, y sabe
que mi sentido del humor es más bien estoico. Le aseguro que no estoy
bromeando.
—Pero, ¿retirarse justo
ahora, con una carrera que cumple veinticinco años de contundentes casos
resueltos? ¿Ahora, cuando su labor ha sido reconocida a nivel nacional, y van a
inaugurar una estatua en su homenaje en la plaza central de la ciudad? ¿Y su nombre
es mencionado en los principales periódicos del país? Ah, y no olvide a ese
joven periodista que va a sacar un libro sobre su vida y obra.
—Justamente por eso he
decidido mi retiro. Me parece que he cumplido los principales objetivos de una
vida dedicada a resolver crímenes. He dejado una huella perdurable en la
nación, y es justo que reclame el descanso que me corresponde.
—Oh, detective Longman, no
puede abandonar todo así como así. Piense en el documental que van a filmar
sobre sus casos más famosos: todavía podemos adherir alguno más para la serie.
Y los productores estarían encantados de acceder a su testimonio pues, ¿quién
mejor que usted para narrarlos?
—Mire, señor Holzmann,
aprecio mucho la fama y la notoriedad que me han dispensado los grandes medios
de comunicación. Pero cada vez me siento más ahogado, más presionado, y ya con
mis años es justo que decida tomarme un respiro y cambiar de ambiente. Por eso,
se lo reitero: he tomado la resolución de renunciar a mi puesto de detective.
Sabemos que el crimen nunca descansa, pero lo mismo, siempre habrá detectives
dispuestos a combatirlo.
—Sin embargo, ningún otro
policía posee su talento, su carisma y su experiencia. ¿Qué será de la estación
de policía sin un digno sucesor suyo?
—Las generaciones van
cambiando, hay muchos detectives jóvenes con ambición y buena voluntad.
Recuerde que yo alguna vez también fui joven. No se obtiene experiencia si no
es, claramente, trabajando. Mis buenos resultados son fruto de la gran cantidad
de errores que he cometido a lo largo de mi carrera. Mi anhelo es que ello
sirva de guía para los que vendrán después de mí. Sería muy egoísta que yo
pretendiera acaparar todos los espacios que otros puedan aprovechar para
crecer.
—Escúcheme, señor Longman, le
digo que no puede retirarse aún. ¿Qué voy a hacer yo sin usted? No le permito
que me abandone de esta manera, tenemos muchos proyectos juntos.
Holzmann enrojecía a medida
que continuaba hablando encolerizado.
Lejos de sentirse intimidado,
el detective Longman mantuvo su expresión serena y resignada. Discretamente,
comenzó el ademán de buscar algo en su bolsillo.
—Supuse que no me haría caso
—dijo, en cuanto el otro terminó su perorata de reproches—, yo no le importo
más de lo que le importa todo lo que puede obtener a través de mí.
Apenas alcanzó Holzmann a
fruncir el ceño, cuando vio el cañón del revólver apuntándole al pecho.
—No vas a hacerlo —dijo
fríamente—. Me necesitas, porque sin mí no serías nada. No puedes matarme.
—No me importa. Ambos ya le
sacamos suficiente jugo a la existencia. Y yo ya me cansé de ser el que vive
únicamente en los libros.
Y el detective Longman
disparó.
***
Más tarde ese día, cuando los
forenses examinaban la escena del crimen, los policías encargados del caso no
terminaban de resolver sus dudas. El saco y el sombrero aún estaban colgados
del perchero. El cadáver yacía tendido en la silla, con el agujero carmesí en
medio de la camisa. Pero el revólver estaba sobre el escritorio, al lado de la
mano izquierda de Holzmann, y con las huellas de Holzmann en él.
—¿Y tú qué dices? —le
preguntó un oficial al otro— ¿Suicidio u homicidio?
—Creo que está más que claro.
No todos los días muere el escritor de novelas policiales más famoso del país.
¿Ha leído alguno de sus libros?
—No tengo mucho tiempo para
leer, la verdad. Pero mi hija mayor se los sabe de pe a pa. Según ella, en los
últimos libros se notaba que la fórmula ya se le estaba gastando al escritor.
Sin embargo, seguían pidiéndole más… No me extraña que terminara quedando medio
esquizofrénico.
