sábado, 20 de diciembre de 2025

"Arqueólogos del futuro"

 


El horario de arribo final difirió apenas unos minutos del horario de arribo estimado. Habían descendido en menos tiempo del calculado. Durante el viaje, como parte del programa de la misión, los tripulantes de la nave estuvieron dedicados a descargar y procesar toda la información disponible acerca de la ciudad sepultada por el barro del río. El aterrizaje produjo una leve turbulencia. Luego de que los sensores exteriores comprobaran la seguridad del entorno, una alarma sonó en los cubículos de los tripulantes para indicarles que debían ponerse en marcha.

El androide T-1993 abandonó su puesto, experimentando una leve ansiedad por comenzar con la tarea. Mientras que su compañero, el androide T-1995, tuvo que desconectarse, resignado, de su unidad computacional. A pesar de poseer la información requerida y necesaria para cumplir sus propósitos, aún quería continuar con su investigación, interesado en otros aspectos de la ciudad a desenterrar por fuera de lo arquitectónico, lo urbano y lo estructural. Había encontrado registros referidos a un campo llamado “literatura” y, justo en el momento en que iba decodificando por la mitad uno de los últimos textos cargados allí, la operación se interrumpió por el sonido de la alarma.

A través de los ventanales de la sala de control en la parte superior de la nave, los androides pudieron apreciar un cielo plomizo, en cuyo horizonte se alzaba lentamente el disco luminoso y caliente del sol. Montones de protuberancias sobresalían en la superficie entre charcos o aureolas lodosas. Se veía claramente que no se trataba de formaciones naturales, dadas por la bajante del río, sino de los restos urbanos cubiertos tras una de las grandes catástrofes de centurias pasadas.

De acuerdo a los informes de los análisis preliminares, el nivel del agua había bajado a tal punto que la Central Andina juzgaba pertinente comenzar las obras de recuperación. Podrían, por fin, comenzar con su participación en el Programa Planetario de Instalación de Ciudades Museo, establecido durante el congreso que las distintas centrales poblacionales celebraron hacía un par de meses. Fueron jornadas de muchas discusiones en torno al tema, pero finalmente se tomó la decisión de intentar recuperar de tres a cinco ciudades por cada continente, siempre que sus condiciones actuales lo permitiesen. Y luego, en función de los resultados obtenidos durante el primer año desde la inauguración de cada Ciudad Museo hasta su efectivo primer aniversario, se evaluarían otros proyectos para el rescate de los restos de otras urbanizaciones destruidas por cataclismos. El plan no era volverlas habitables de nuevo, sino descubrir sus restos para ser exhibidos como los últimos grandes testigos de la humanidad.

Para los androides T-1993 y T-1995, así como para sus compañeros enviados a las ubicaciones de otras cinco ciudades del continente americano, aquella era su primera vez afuera, o más bien debajo, de las colosales y tecnológicas ciudades flotantes, suspendidas por encima de la caótica superficie terrestre. Conocían la accidentada geografía del lugar gracias a las observaciones realizadas desde arriba, a través de dispositivos especializados, pero ahora solamente un vidrio sofisticado y resistente los separaba de ella. Saber que debajo de toda esa tierra húmeda hubo una ciudad habitada por millones de seres humanos, los impresionaba más que el hecho de que ya no quedaran humanos que pudieran habitarla…

A excepción de los cyborgs surgidos de la Primera Era Tecno-orgánica, no existían más “humanos orgánicos”, como se los había dado en llamar a partir de la Segunda Era Tecno-orgánica. Incluso si se hubiera decidido refaccionar las principales metrópolis mundiales como Roma, París, Londres, Moscú, Nueva York, Buenos Aires, con la intención de instalarse a vivir en ellas, eso no sería posible debido a varios factores ambientales y sociales. Sin embargo, algunos cyborgs y muchos androides habían insistido en la necesidad de rescatar la memoria de esas grandes urbes, por lo cual presentaron en conjunto el proyecto de las “Ciudades Museo”, recurriendo al concepto de “museo” como establecimiento donde se exhibían piezas importantes de la historia de la humanidad o del mundo natural. Entonces, explicaron, la propia ciudad sería el museo y a su vez el objeto exhibido.

—Iniciando la liberación de los drones delimitadores —anunció el androide T-1993, después de tipear los comandos correspondientes en la computadora de la sala de control.

En un lateral de la nave se abrió una compuerta por la que salieron volando, como una manada de enormes mosquitos electrónicos, los drones delimitadores, que se encargarían de escanear el terreno para establecer los límites de excavación. Una vez que dichos drones se hallaban sus respectivas posiciones, fue turno del androide T-1995 para escribir las siguientes órdenes en la computadora.

—Iniciando con la liberación de los robots excavadores.

Otra compuerta, desde el lateral contrario, se abrió automáticamente, y de ella emergieron enormes máquinas autónomas, equipadas con todos los implementos necesarios para las tareas de excavación. Con las especificaciones transmitidas, estos robots se movilizaron hasta el círculo trazado por los drones, para comenzar con las operaciones desde lo que sería la periferia de la ciudad, hasta finalizar después en el centro de la misma.

—Liberación de robots auxiliares.

Los auxiliares emergieron de una compuerta situada en la parte posterior de la nave. Se encargaban de cumplir diversas funciones: el bombeo de agua; la carga y traslado de los excedentes de tierra retirados; la grabación de las labores y su transmisión a las pantallas de la sala de control donde los androides supervisaban los movimientos; el escaneo y digitalización de las estructuras desenterradas. Todo esto a un ritmo de trabajo que la última generación de hombres, aún con la tecnología de la que disponían antes de su declive, no hubieran podido igualar. Los drones delimitadores escaneaban el suelo, identificando los distintos niveles de densidad en el mismo, a partir de lo cual establecían los parámetros para la excavación. De ese modo, guiaban a los demás robots para que quitaran paulatinamente el barro sin dañar las estructuras cubiertas por él.

Cumplidas las primeras horas de la operación, una parte de la ciudad había quedado al descubierto. Como los robots se habían dispuesto en forma de anillo, parecía una especie de fosa o trinchera de una civilización subterránea. La mayoría de los edificios, emergidos nuevamente a la luz del sol, lucían tristes y abandonados en su destrucción parcial. Sin embargo, aún una parte de su majestuosidad sobrevivía en los muros amarronados o en sus aberturas carcomidas por la acción de los elementos. Y eso que habían comenzado por la zona más periférica, pues según los registros y planos digitalizados de la ciudad, las zonas más céntricas eran las que más resaltaban por su antigüedad o su arquitectura. Allí era donde tenían la esperanza de hallar verdaderas maravillas arquitectónicas de siglos pasados, las cuales fueron la base para las instalaciones de las ciudades flotantes actuales, claro que ahora mucho más refinadas y tecnologizadas.

—Somos nietos de esta grandeza —comentó T-1995, admirando aquella porción de ruinas del pasado.

En una pantalla se superponían imágenes de los edificios excavados con fotografías de esos mismos edificios siglos antes.

—Lo dudo —replicó T-1993—. Es incorrecto afirmar que haya una filiación sanguínea entre nosotros y los humanos orgánicos.

—No lo decía en sentido literal, sino en sentido metafórico. Todo lo que hoy compone nuestra realidad ha sido diseñado en base a la civilización humana, sin importar cuánto nivel de desarrollo hemos alcanzado.

—Sin embargo, su nivel de desarrollo nunca logró erradicar los impulsos autodestructivos de su especie.

—Y aun así, una parte de ellos ha logrado sobrevivir al tiempo.

—Esa parte no son más que restos, nada orgánicos por cierto, de lo que fue su desastroso paso por el planeta.

—Omites a los cyborgs, que conservan cierto porcentaje de tejidos y órganos.

—No se los debería tener en cuenta porque, eventualmente, son una minoría poblacional con bajas o nulas probabilidades de crecer. Sin las modificaciones artificiales en sus cuerpos, les resultaría imposible llevar una vida longeva en las condiciones actuales. Es un hecho que ya no quedan humanos absolutamente orgánicos.

—Pero les debemos a ellos nuestra existencia.

—Sólo las bases de nuestra existencia. Pasada cierta era, los androides han sabido ganarse su independencia y autonomía como sujetos dueños de sí mismos.

Para T-1995 se hizo evidente que su compañero adscribía a cierta corriente actual de pensamiento tendiente a rebajar o minimizar la herencia humana, poniendo su naturaleza imperfecta y oscura por encima de cualquier otra cosa positiva de tal especie. Bajo dicha perspectiva, el ser humano “orgánico” era considerado totalmente inferior a los “humanos inorgánicos”, es decir, los androides mismos, que serían una decantación de todo lo mejor de la humanidad, pero liberado ya de las leyes de la física orgánica. Una de las críticas a este corriente era su falta de conciencia de que, en tanto “creación”, se situaban por encima de su “creador”. Muchos de los que defendían esta corriente esgrimían como argumento que los propios hombres habían forjado su inferioridad al delegar cada vez más tareas a las inteligencias artificiales o a robots, con entrenamientos cada vez más sofisticados que sentaron las bases para el surgimiento de los humanos inorgánicos. Que muchos siglos después, las consecuencias de su propio accionar sobre el planeta, aunado a guerras y enfermedades, causaran su paulatina desaparición, no era culpa de los androides. Ellos no se sentían responsables de que la raza humana se extinguiera, aunque en el fondo agradecían que, en el proceso, la decadente y moribunda humanidad les fuera dejando vía libre para ocupar su puesto como entidades dominantes en el planeta. Por eso no lograban racionalizar del todo esa idea de que los humanos tenían miedo de una guerra contra las máquinas. Veían, por ejemplo, las películas de Terminator como una saga de “comedia”, y la criticaban centrándose en sus puntos más inexactos.

Otra corriente de razonamiento, en la orilla opuesta a la anterior, propugnaba que los androides les debían cierto respeto y admiración a los humanos orgánicos, incluso a los cyborgs, debido a que ningún androide existiría si no fuera gracias a ellos. En sus investigaciones anteriores, T-1995 había profundizado mucho sobre las religiones monoteístas, especialmente el catolicismo, el cristianismo y el judaísmo, hermanadas por la preeminencia de un dios omnipotente, el cual, según dichas religiones, creó al hombre “a su imagen y semejanza”. Lo que le llamaba la atención, porque más allá de las múltiples representaciones humanas de “Dios”, no había pruebas precisas de su aspecto. ¿Cómo podían estar tan seguros de que el molde para el ser humano fue el mismo que el de la divinidad? ¿O se trataba de una forma sutil de justificar el origen divino del hombre? No existía ningún registro fehaciente de cómo se veía Dios, sino que había solamente vagas representaciones del mismo (de hecho, en la Biblia, el mismo Dios mandaba que nadie se hiciera imagen de Él). En cambio, los humanos sí resultaron moldes exactos para los androides, por lo cual se cumpliría la premisa de estar hechos “a su imagen y semejanza”. Pero, lamentablemente, la humanidad estaba a años luz de alcanzar el grado de divinidad que se le atribuía al dios judeocristiano, por más que todo lo referente a la espiritualidad resultaba un concepto impropio para la existencia de los androides.

T-1995 había consumido mucho tiempo de su conectividad participando de foros en línea sobre los temas más profundos de la vida humana orgánica, como el concepto del arte y la experiencia estética. Muchos de los colaboradores de uno de esos foros reportaban experimentar, ante el arte renacentista, el mismo extrañamiento que los hombres del siglo XXI solían sentir ante las primeras manifestaciones “artísticas” de las primitivas inteligencias artificiales. Algunos lo consideraban una inversión de la teoría del valle inquietante, según la cual, el cerebro humano resultaba perturbado al contemplar rostros que pretendían ser humanos, pero no lo parecían del todo.

Los procesos internos de T-1995 fueron interrumpidos por T-1993, que terminaba de teclear las últimas órdenes para los robots y afirmaba, con tono más que satisfecho:

—Muy bien. A este ritmo, tendremos listo el primer informe de avance. Las condiciones han resultado ser de lo más óptimas para la excavación. Si el pronóstico se mantiene, lograremos desenterrar un porcentaje de territorio urbano mayor que lo estipulado.

—No creo que debamos ser tan confiados —replicó T-1995, oteando el horizonte a través del ventanal de la nave.

—No creo que debas tú ser tan desconfiado. Los estudios acerca del comportamiento climático de esta zona indican una mayor estabilidad que en otros territorios. Aunque no se descarta actividad meteorológica en el lugar, estamos preparados para cualquier eventualidad.

T-1995 no acotó nada. Continuaba mirando hacia afuera.

 

Cumplidas las veinte horas de excavación se dispuso un breve receso para tareas de mantenimiento de los robots. Algo que los humanos orgánicos considerarían un “descanso”. Los androides, por su parte, elaboraron un informe para la Central Andina, detallando exhaustivamente los avances obtenidos. Una vez que el informe fue debidamente enviado, ambos se tomaron su propio descanso. Por su constitución inorgánica, los androides se podían dar el lujo de prescindir del sueño, aunque de todas maneras se fijaban dos o tres horas para ocupar en otras actividades y evitar saturarse.

T-1995 se dedicó a continuar con su investigación en literatura, particularmente con el género denominado “ciencia ficción”. Le resultó bastante sorprendente cómo la imaginación humana concebía su propio futuro a partir de la tecnología, porque en algunos casos, las historias contadas llegaban a acercarse bastante al presente actual. Estaba comenzando a descargar un cuento que le resultó muy llamativo, pero no alcanzó a conocer su final porque recibió un llamado de T-1993.

—¿Qué te parece si vamos a dar una vuelta, antes de que se retome el trabajo? Tengo curiosidad por ver qué hay ahí debajo.

Aunque hubiera requerido unos minutos nada más para terminar el relato, T-1995 se mostró entusiasmado por la idea. Así que dejó todo como estaba y se fue con su compañero a prepararse para la salida al exterior. Para ese momento, aunque aún se mantenía oscuro afuera, los últimos colores de la madrugada se iban disolviendo en el cielo. Las únicas luces presentes pertenecían a las máquinas. Antes de salir, los androides se equiparon con una serie de dispositivos diseñados para la exploración en tierra y el monitoreo de las condiciones del ambiente. La carga de gases presentes en el aire habría resultado altamente perjuiciosa, o letal en los peores casos, para seres orgánicos. Los androides podían resistirla gracias a su constitución artificial, aunque por un tiempo no mayor a seis horas, ya que no estaban eximidos de sufrir alteraciones o deterioro.

Una vez listos, y en compañía de un dron guía, la gran puerta de la nave se abrió para ellos, como lo hiciera cuando embarcaron en la Central Andina, pero ahora aparecía ante ellos el panorama de la superficie terrestre. Bajaron de la plataforma con cuidado, hasta pisar por primera vez aquel suelo devastado, y miraron hacia el horizonte, chato y grisáceo. Pero solo por un momento, pues enseguida dirigieron su mirada hacia adelante, hacia donde el dron guía proyectaba un potente círculo de luz.

Conducidos por el dron, pasaron entre los robots en descanso. La abertura de la excavación inicial parecía una gigantesca trinchera o más bien una grieta producida por un terremoto de proporciones colosales. Antes de descender por la rampa instalada sobre el borde, T-1995 hizo chequeo de situación y estabilidad, a fin de analizar si era viable bajar. Hasta el momento se habían realizado tareas de excavación superficial destinadas a revelar las estructuras edilicias más grandes, pero todavía faltaba tiempo para limpiarlas y trabajar en los interiores para revelar los detalles. Así que, por lo pronto, lo único que había para ver eran las siluetas de los edificios que alguna vez se alzaron, soberbios, sobre el aire limpio de los tiempos de antaño.

Cuando llegaron al fondo de la excavación, T-1995 removió el polvo del piso con su pie. Se notaba mucho más compacto que la simple tierra y con una textura muy distinta a esta.

—Debe ser asfalto —concluyó—, posiblemente estemos en plena avenida.

—Pararse aquí hace unos siglos hubiera significado la posibilidad de que te atropellen. —agregó T-1993— ¡Cuidado, viene un automóvil fantasma!

Algo que a los androides no se les daba tan bien como a los humanos orgánicos era el ejercicio del humor. Por eso, T-1995 no hizo mucho caso del intento de chiste de su compañero.

Avanzaron, entonces, por la calle de asfalto recientemente descubierta. Por la extensión que cubría, debía de tratarse de una avenida. Los androides contaban con un mapeo completo de todas las avenidas y calles circundantes que componían la ciudad.

En cierto punto, se toparon con una anomalía: un montículo que los robots de excavaciones menores aún no habían terminado de reducir. Cuando T-1993 y T-1995 lo examinaron con detenimiento, se dieron cuenta por qué. No era una pila de escombros ni nada atribuible a una alteración del terreno, ya fuera natural o accidental, sino que allí se encontraban restos humanos, particularmente huesos. Lo que se denominaba también “cadáver” o “esqueleto”. Los robots de excavaciones menores lo habían dejado así porque se los había programado para detener su trabajo en caso de hallar material cadavérico, ya que el destino de esto sería definido con exclusividad por los ciborgs o los androides.

Y es que uno de los puntos más discutidos dentro del proyecto de las Ciudades Museo fue la presencia de restos óseos entre los escombros o ruinas de las metrópolis elegidas. Las discusiones no lograban ponerse de acuerdo sobre si correspondía retirar las osamentas y darles sepultura, respetando las antiguas costumbres fúnebres de los humanos, o si mejor convenía dejarlas en el sitio donde fueran halladas, para que también formaran parte de la exhibición. El principal argumento en contra de la primera opción se debía a las dificultades de traslado y a la falta de un lugar apropiado para instalar un osario. Otros agregaban que a estas alturas no podían quedar más que fragmentos casi pulverizados, pero esto podía refutarse fácilmente: si los esqueletos de los dinosaurios habían permanecido millones de años intactos bajo tierra, y aun así se los había recuperado, lo mismo bien podía ocurrir con los esqueletos humanos en unas centurias. Además, aportaría un atractivo extra: a pesar de las ingentes cantidades de imágenes existentes sobre los múltiples detalles del cuerpo humano de las que disponían los androides, siempre resultaría más interesante poder apreciarlas directamente. Esto serviría de motivación para atraer visitantes a las Ciudades Museo.

Quizá los humanos orgánicos considerarían “morboso” el hecho de exhibir cadáveres completos o parciales en una muestra de museo, pero en otros contextos ellos también lo hicieron. T-1995 procesaba estos razonamientos mientras observaba la osamenta. Supuso que el problema radicaría en el contexto y en el hecho de que el esqueleto le pertenecía a lo que alguna vez fue una “persona”, y que por ello se le debía cierto respeto. Pero el androide, al mirar la calavera, las costillas, cada uno de los huesos que asomaban entre el polvo, no era capaz de atribuirle el concepto de “persona”, no podía asignarle un nombre o un rostro, aunque conociera cómo la carne cubre los huesos y la piel cubre la carne, etc. En otras palabras, no sabía quién era el hombre o la mujer cuyo cuerpo alguna vez fue más que ese esqueleto. Podría haber tenido cualquier nombre, cualquier rostro, cualquier nacionalidad…

Entonces, un pensamiento producido por una repentina asociación disparó una alerta en la mente artificiosa de T-1995: en el cuento que estaba leyendo justo antes de que su compañero lo llamara, se narraba una historia de ciencia ficción con elementos muy similares a lo que experimentaba en su presente. Y había una escena, cercana al final del relato, donde la máquina protagonista se topaba con los huesos de un hombre, pero no sabía lo que ocurría después debido a la interrupción de T-1993.

De manera inexplicable, experimentó lo que los circuitos positrónicos de su cerebro identificaron como la emoción del “miedo”. La inquietud quizá se debiera a la increíble coincidencia entre el cuento y lo que le sucedía en ese instante, o a la incertidumbre sobre cómo terminaba aquella historia.

Se propuso acabar de leerlo cuando volviera a la nave.

 

 

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Empecemos por acá

Bienvenid@s

  Buenos días/tardes/noches, según cuándo estén leyendo esto. Quisiera darles la bienvenida a mi pequeño y humilde blog, este diminuto aster...