El horario de
arribo final difirió apenas unos minutos del horario de arribo estimado. Habían
descendido en menos tiempo del calculado. Durante el viaje, como parte del
programa de la misión, los tripulantes de la nave estuvieron dedicados a
descargar y procesar toda la información disponible acerca de la ciudad
sepultada por el barro del río. El aterrizaje produjo una leve turbulencia.
Luego de que los sensores exteriores comprobaran la seguridad del entorno, una
alarma sonó en los cubículos de los tripulantes para indicarles que debían
ponerse en marcha.
El androide
T-1993 abandonó su puesto, experimentando una leve ansiedad por comenzar con la
tarea. Mientras que su compañero, el androide T-1995, tuvo que desconectarse,
resignado, de su unidad computacional. A pesar de poseer la información
requerida y necesaria para cumplir sus propósitos, aún quería continuar con su
investigación, interesado en otros aspectos de la ciudad a desenterrar por
fuera de lo arquitectónico, lo urbano y lo estructural. Había encontrado
registros referidos a un campo llamado “literatura” y, justo en el momento en
que iba decodificando por la mitad uno de los últimos textos cargados allí, la
operación se interrumpió por el sonido de la alarma.
A través de los
ventanales de la sala de control en la parte superior de la nave, los androides
pudieron apreciar un cielo plomizo, en cuyo horizonte se alzaba lentamente el
disco luminoso y caliente del sol. Montones de protuberancias sobresalían en la
superficie entre charcos o aureolas lodosas. Se veía claramente que no se
trataba de formaciones naturales, dadas por la bajante del río, sino de los
restos urbanos cubiertos tras una de las grandes catástrofes de centurias
pasadas.
De acuerdo a
los informes de los análisis preliminares, el nivel del agua había bajado a tal
punto que la Central Andina juzgaba pertinente comenzar las obras de
recuperación. Podrían, por fin, comenzar con su participación en el Programa Planetario
de Instalación de Ciudades Museo, establecido durante el congreso que las
distintas centrales poblacionales celebraron hacía un par de meses. Fueron
jornadas de muchas discusiones en torno al tema, pero finalmente se tomó la
decisión de intentar recuperar de tres a cinco ciudades por cada continente,
siempre que sus condiciones actuales lo permitiesen. Y luego, en función de los
resultados obtenidos durante el primer año desde la inauguración de cada Ciudad
Museo hasta su efectivo primer aniversario, se evaluarían otros proyectos para
el rescate de los restos de otras urbanizaciones destruidas por cataclismos. El
plan no era volverlas habitables de nuevo, sino descubrir sus restos para ser
exhibidos como los últimos grandes testigos de la humanidad.
Para los
androides T-1993 y T-1995, así como para sus compañeros enviados a las
ubicaciones de otras cinco ciudades del continente americano, aquella era su
primera vez afuera, o más bien debajo, de las colosales y tecnológicas ciudades
flotantes, suspendidas por encima de la caótica superficie terrestre. Conocían
la accidentada geografía del lugar gracias a las observaciones realizadas desde
arriba, a través de dispositivos especializados, pero ahora solamente un vidrio
sofisticado y resistente los separaba de ella. Saber que debajo de toda esa
tierra húmeda hubo una ciudad habitada por millones de seres humanos, los
impresionaba más que el hecho de que ya no quedaran humanos que pudieran
habitarla…
A excepción de
los cyborgs surgidos de la Primera Era Tecno-orgánica, no existían
más “humanos orgánicos”, como se los había dado en llamar a partir de la Segunda
Era Tecno-orgánica. Incluso si se hubiera decidido refaccionar las
principales metrópolis mundiales como Roma, París, Londres, Moscú, Nueva York,
Buenos Aires, con la intención de instalarse a vivir en ellas, eso no
sería posible debido a varios factores ambientales y sociales. Sin embargo,
algunos cyborgs y muchos androides habían insistido en la necesidad de
rescatar la memoria de esas grandes urbes, por lo cual presentaron en conjunto
el proyecto de las “Ciudades Museo”, recurriendo al concepto de “museo” como
establecimiento donde se exhibían piezas importantes de la historia de la
humanidad o del mundo natural. Entonces, explicaron, la propia ciudad sería el
museo y a su vez el objeto exhibido.
—Iniciando la
liberación de los drones delimitadores —anunció el androide T-1993, después de
tipear los comandos correspondientes en la computadora de la sala de control.
En un lateral
de la nave se abrió una compuerta por la que salieron volando, como una manada
de enormes mosquitos electrónicos, los drones delimitadores, que se encargarían
de escanear el terreno para establecer los límites de excavación. Una vez que
dichos drones se hallaban sus respectivas posiciones, fue turno del androide
T-1995 para escribir las siguientes órdenes en la computadora.
—Iniciando con
la liberación de los robots excavadores.
Otra compuerta,
desde el lateral contrario, se abrió automáticamente, y de ella emergieron enormes
máquinas autónomas, equipadas con todos los implementos necesarios para las
tareas de excavación. Con las especificaciones transmitidas, estos robots se
movilizaron hasta el círculo trazado por los drones, para comenzar con las
operaciones desde lo que sería la periferia de la ciudad, hasta finalizar
después en el centro de la misma.
—Liberación de robots
auxiliares.
Los auxiliares
emergieron de una compuerta situada en la parte posterior de la nave. Se
encargaban de cumplir diversas funciones: el bombeo de agua; la carga y
traslado de los excedentes de tierra retirados; la grabación de las labores y
su transmisión a las pantallas de la sala de control donde los androides
supervisaban los movimientos; el escaneo y digitalización de las estructuras
desenterradas. Todo esto a un ritmo de trabajo que la última generación de
hombres, aún con la tecnología de la que disponían antes de su declive, no
hubieran podido igualar. Los drones delimitadores escaneaban el suelo,
identificando los distintos niveles de densidad en el mismo, a partir de lo
cual establecían los parámetros para la excavación. De ese modo, guiaban a los
demás robots para que quitaran paulatinamente el barro sin dañar las
estructuras cubiertas por él.
Cumplidas las
primeras horas de la operación, una parte de la ciudad había quedado al
descubierto. Como los robots se habían dispuesto en forma de anillo, parecía
una especie de fosa o trinchera de una civilización subterránea. La mayoría de
los edificios, emergidos nuevamente a la luz del sol, lucían tristes y
abandonados en su destrucción parcial. Sin embargo, aún una parte de su
majestuosidad sobrevivía en los muros amarronados o en sus aberturas carcomidas
por la acción de los elementos. Y eso que habían comenzado por la zona más
periférica, pues según los registros y planos digitalizados de la ciudad, las
zonas más céntricas eran las que más resaltaban por su antigüedad o su
arquitectura. Allí era donde tenían la esperanza de hallar verdaderas
maravillas arquitectónicas de siglos pasados, las cuales fueron la base para
las instalaciones de las ciudades flotantes actuales, claro que ahora mucho más
refinadas y tecnologizadas.
—Somos nietos
de esta grandeza —comentó T-1995, admirando aquella porción de ruinas del
pasado.
En una pantalla
se superponían imágenes de los edificios excavados con fotografías de esos
mismos edificios siglos antes.
—Lo dudo
—replicó T-1993—. Es incorrecto afirmar que haya una filiación sanguínea entre
nosotros y los humanos orgánicos.
—No lo decía en
sentido literal, sino en sentido metafórico. Todo lo que hoy compone nuestra
realidad ha sido diseñado en base a la civilización humana, sin importar cuánto
nivel de desarrollo hemos alcanzado.
—Sin embargo,
su nivel de desarrollo nunca logró erradicar los impulsos autodestructivos de
su especie.
—Y aun así, una
parte de ellos ha logrado sobrevivir al tiempo.
—Esa parte no
son más que restos, nada orgánicos por cierto, de lo que fue su desastroso paso
por el planeta.
—Omites a los cyborgs,
que conservan cierto porcentaje de tejidos y órganos.
—No se los
debería tener en cuenta porque, eventualmente, son una minoría poblacional con
bajas o nulas probabilidades de crecer. Sin las modificaciones artificiales en
sus cuerpos, les resultaría imposible llevar una vida longeva en las
condiciones actuales. Es un hecho que ya no quedan humanos absolutamente
orgánicos.
—Pero les
debemos a ellos nuestra existencia.
—Sólo las bases
de nuestra existencia. Pasada cierta era, los androides han sabido ganarse su
independencia y autonomía como sujetos dueños de sí mismos.
Para T-1995 se
hizo evidente que su compañero adscribía a cierta corriente actual de pensamiento
tendiente a rebajar o minimizar la herencia humana, poniendo su naturaleza
imperfecta y oscura por encima de cualquier otra cosa positiva de tal especie.
Bajo dicha perspectiva, el ser humano “orgánico” era considerado totalmente
inferior a los “humanos inorgánicos”, es decir, los androides mismos, que
serían una decantación de todo lo mejor de la humanidad, pero liberado ya de
las leyes de la física orgánica. Una de las críticas a este corriente era su
falta de conciencia de que, en tanto “creación”, se situaban por encima de su
“creador”. Muchos de los que defendían esta corriente esgrimían como argumento
que los propios hombres habían forjado su inferioridad al delegar cada vez más
tareas a las inteligencias artificiales o a robots, con entrenamientos cada vez
más sofisticados que sentaron las bases para el surgimiento de los humanos
inorgánicos. Que muchos siglos después, las consecuencias de su propio accionar
sobre el planeta, aunado a guerras y enfermedades, causaran su paulatina
desaparición, no era culpa de los androides. Ellos no se sentían responsables
de que la raza humana se extinguiera, aunque en el fondo agradecían que, en el
proceso, la decadente y moribunda humanidad les fuera dejando vía libre para
ocupar su puesto como entidades dominantes en el planeta. Por eso no lograban
racionalizar del todo esa idea de que los humanos tenían miedo de una guerra
contra las máquinas. Veían, por ejemplo, las películas de Terminator
como una saga de “comedia”, y la criticaban centrándose en sus puntos más
inexactos.
Otra corriente
de razonamiento, en la orilla opuesta a la anterior, propugnaba que los
androides les debían cierto respeto y admiración a los humanos orgánicos,
incluso a los cyborgs, debido a que ningún androide existiría si no
fuera gracias a ellos. En sus investigaciones anteriores, T-1995 había
profundizado mucho sobre las religiones monoteístas, especialmente el
catolicismo, el cristianismo y el judaísmo, hermanadas por la preeminencia de
un dios omnipotente, el cual, según dichas religiones, creó al hombre “a su
imagen y semejanza”. Lo que le llamaba la atención, porque más allá de las
múltiples representaciones humanas de “Dios”, no había pruebas precisas de su
aspecto. ¿Cómo podían estar tan seguros de que el molde para el ser humano fue
el mismo que el de la divinidad? ¿O se trataba de una forma sutil de justificar
el origen divino del hombre? No existía ningún registro fehaciente de cómo se
veía Dios, sino que había solamente vagas representaciones del mismo (de hecho,
en la Biblia, el mismo Dios mandaba que nadie se hiciera imagen de Él). En
cambio, los humanos sí resultaron moldes exactos para los androides, por lo
cual se cumpliría la premisa de estar hechos “a su imagen y semejanza”. Pero,
lamentablemente, la humanidad estaba a años luz de alcanzar el grado de
divinidad que se le atribuía al dios judeocristiano, por más que todo lo
referente a la espiritualidad resultaba un concepto impropio para la existencia
de los androides.
T-1995 había
consumido mucho tiempo de su conectividad participando de foros en línea sobre
los temas más profundos de la vida humana orgánica, como el concepto del arte y
la experiencia estética. Muchos de los colaboradores de uno de esos foros
reportaban experimentar, ante el arte renacentista, el mismo extrañamiento que
los hombres del siglo XXI solían sentir ante las primeras manifestaciones
“artísticas” de las primitivas inteligencias artificiales. Algunos lo
consideraban una inversión de la teoría del valle inquietante, según la
cual, el cerebro humano resultaba perturbado al contemplar rostros que pretendían
ser humanos, pero no lo parecían del todo.
Los procesos
internos de T-1995 fueron interrumpidos por T-1993, que terminaba de teclear
las últimas órdenes para los robots y afirmaba, con tono más que satisfecho:
—Muy bien. A
este ritmo, tendremos listo el primer informe de avance. Las condiciones han
resultado ser de lo más óptimas para la excavación. Si el pronóstico se
mantiene, lograremos desenterrar un porcentaje de territorio urbano mayor que
lo estipulado.
—No creo que
debamos ser tan confiados —replicó T-1995, oteando el horizonte a través del
ventanal de la nave.
—No creo que
debas tú ser tan desconfiado. Los estudios acerca del comportamiento climático
de esta zona indican una mayor estabilidad que en otros territorios. Aunque no
se descarta actividad meteorológica en el lugar, estamos preparados para
cualquier eventualidad.
T-1995 no acotó
nada. Continuaba mirando hacia afuera.
Cumplidas las
veinte horas de excavación se dispuso un breve receso para tareas de
mantenimiento de los robots. Algo que los humanos orgánicos considerarían un
“descanso”. Los androides, por su parte, elaboraron un informe para la Central
Andina, detallando exhaustivamente los avances obtenidos. Una vez que el
informe fue debidamente enviado, ambos se tomaron su propio descanso. Por su
constitución inorgánica, los androides se podían dar el lujo de prescindir del
sueño, aunque de todas maneras se fijaban dos o tres horas para ocupar en otras
actividades y evitar saturarse.
T-1995 se
dedicó a continuar con su investigación en literatura, particularmente con el
género denominado “ciencia ficción”. Le resultó bastante sorprendente cómo la
imaginación humana concebía su propio futuro a partir de la tecnología, porque
en algunos casos, las historias contadas llegaban a acercarse bastante al
presente actual. Estaba comenzando a descargar un cuento que le resultó muy
llamativo, pero no alcanzó a conocer su final porque recibió un llamado de
T-1993.
—¿Qué te parece
si vamos a dar una vuelta, antes de que se retome el trabajo? Tengo curiosidad
por ver qué hay ahí debajo.
Aunque hubiera
requerido unos minutos nada más para terminar el relato, T-1995 se mostró
entusiasmado por la idea. Así que dejó todo como estaba y se fue con su
compañero a prepararse para la salida al exterior. Para ese momento, aunque aún
se mantenía oscuro afuera, los últimos colores de la madrugada se iban
disolviendo en el cielo. Las únicas luces presentes pertenecían a las máquinas.
Antes de salir, los androides se equiparon con una serie de dispositivos
diseñados para la exploración en tierra y el monitoreo de las condiciones del
ambiente. La carga de gases presentes en el aire habría resultado altamente
perjuiciosa, o letal en los peores casos, para seres orgánicos. Los androides
podían resistirla gracias a su constitución artificial, aunque por un tiempo no
mayor a seis horas, ya que no estaban eximidos de sufrir alteraciones o
deterioro.
Una vez listos,
y en compañía de un dron guía, la gran puerta de la nave se abrió para ellos,
como lo hiciera cuando embarcaron en la Central Andina, pero ahora aparecía
ante ellos el panorama de la superficie terrestre. Bajaron de la plataforma con
cuidado, hasta pisar por primera vez aquel suelo devastado, y miraron hacia el
horizonte, chato y grisáceo. Pero solo por un momento, pues enseguida
dirigieron su mirada hacia adelante, hacia donde el dron guía proyectaba un
potente círculo de luz.
Conducidos por
el dron, pasaron entre los robots en descanso. La abertura de la excavación
inicial parecía una gigantesca trinchera o más bien una grieta producida por un
terremoto de proporciones colosales. Antes de descender por la rampa instalada
sobre el borde, T-1995 hizo chequeo de situación y estabilidad, a fin de
analizar si era viable bajar. Hasta el momento se habían realizado tareas de
excavación superficial destinadas a revelar las estructuras edilicias más
grandes, pero todavía faltaba tiempo para limpiarlas y trabajar en los
interiores para revelar los detalles. Así que, por lo pronto, lo único que
había para ver eran las siluetas de los edificios que alguna vez se alzaron,
soberbios, sobre el aire limpio de los tiempos de antaño.
Cuando llegaron
al fondo de la excavación, T-1995 removió el polvo del piso con su pie. Se
notaba mucho más compacto que la simple tierra y con una textura muy distinta a
esta.
—Debe ser
asfalto —concluyó—, posiblemente estemos en plena avenida.
—Pararse aquí
hace unos siglos hubiera significado la posibilidad de que te atropellen.
—agregó T-1993— ¡Cuidado, viene un automóvil fantasma!
Algo que a los
androides no se les daba tan bien como a los humanos orgánicos era el ejercicio
del humor. Por eso, T-1995 no hizo mucho caso del intento de chiste de su
compañero.
Avanzaron,
entonces, por la calle de asfalto recientemente descubierta. Por la extensión
que cubría, debía de tratarse de una avenida. Los androides contaban con un
mapeo completo de todas las avenidas y calles circundantes que componían la
ciudad.
En cierto
punto, se toparon con una anomalía: un montículo que los robots de excavaciones
menores aún no habían terminado de reducir. Cuando T-1993 y T-1995 lo
examinaron con detenimiento, se dieron cuenta por qué. No era una pila de
escombros ni nada atribuible a una alteración del terreno, ya fuera natural o
accidental, sino que allí se encontraban restos humanos, particularmente
huesos. Lo que se denominaba también “cadáver” o “esqueleto”. Los robots de
excavaciones menores lo habían dejado así porque se los había programado para
detener su trabajo en caso de hallar material cadavérico, ya que el destino de
esto sería definido con exclusividad por los ciborgs o los androides.
Y es que uno de
los puntos más discutidos dentro del proyecto de las Ciudades Museo fue la
presencia de restos óseos entre los escombros o ruinas de las metrópolis
elegidas. Las discusiones no lograban ponerse de acuerdo sobre si correspondía
retirar las osamentas y darles sepultura, respetando las antiguas costumbres fúnebres
de los humanos, o si mejor convenía dejarlas en el sitio donde fueran halladas,
para que también formaran parte de la exhibición. El principal argumento en
contra de la primera opción se debía a las dificultades de traslado y a la
falta de un lugar apropiado para instalar un osario. Otros agregaban que a
estas alturas no podían quedar más que fragmentos casi pulverizados, pero esto
podía refutarse fácilmente: si los esqueletos de los dinosaurios habían
permanecido millones de años intactos bajo tierra, y aun así se los había
recuperado, lo mismo bien podía ocurrir con los esqueletos humanos en unas
centurias. Además, aportaría un atractivo extra: a pesar de las ingentes
cantidades de imágenes existentes sobre los múltiples detalles del cuerpo
humano de las que disponían los androides, siempre resultaría más interesante
poder apreciarlas directamente. Esto serviría de motivación para atraer
visitantes a las Ciudades Museo.
Quizá los
humanos orgánicos considerarían “morboso” el hecho de exhibir cadáveres
completos o parciales en una muestra de museo, pero en otros contextos ellos
también lo hicieron. T-1995 procesaba estos razonamientos mientras observaba la
osamenta. Supuso que el problema radicaría en el contexto y en el hecho de que
el esqueleto le pertenecía a lo que alguna vez fue una “persona”, y que por ello
se le debía cierto respeto. Pero el androide, al mirar la calavera, las
costillas, cada uno de los huesos que asomaban entre el polvo, no era capaz de
atribuirle el concepto de “persona”, no podía asignarle un nombre o un rostro,
aunque conociera cómo la carne cubre los huesos y la piel cubre la carne, etc.
En otras palabras, no sabía quién era el hombre o la mujer cuyo cuerpo
alguna vez fue más que ese esqueleto. Podría haber tenido cualquier nombre,
cualquier rostro, cualquier nacionalidad…
Entonces, un
pensamiento producido por una repentina asociación disparó una alerta en la
mente artificiosa de T-1995: en el cuento que estaba leyendo justo antes de que
su compañero lo llamara, se narraba una historia de ciencia ficción con
elementos muy similares a lo que experimentaba en su presente. Y había una
escena, cercana al final del relato, donde la máquina protagonista se topaba
con los huesos de un hombre, pero no sabía lo que ocurría después debido a la
interrupción de T-1993.
De manera
inexplicable, experimentó lo que los circuitos positrónicos de su cerebro
identificaron como la emoción del “miedo”. La inquietud quizá se debiera a la
increíble coincidencia entre el cuento y lo que le sucedía en ese instante, o a
la incertidumbre sobre cómo terminaba aquella historia.
Se propuso
acabar de leerlo cuando volviera a la nave.
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