Tintineo
de las campanillas al abrirse la puerta. Rechinar de suela de goma sobre el
piso encerado. Un “Hola” suave y femenino seguido de otro “Hola”, también
femenino, pero más cansado. Los rechinidos de goma se dirigen al pasillo de los
snacks, mientras cuatro uñas de acrílico tamborilean impacientes sobre
el mostrador. Crujen los metalizados paquetes de papas fritas cuando las manos
visitantes los tantean. La puerta del refrigerador de las bebidas suelta un
resoplido cuando una mano la abre mientras la otra sostiene el paquete de
papas.
De
pronto las campanillas vuelven a chocar con fuerza en la entrada. Pasos pesados
ingresan rápido y se detienen ante el mostrador. Un chillido corta el aire en
seco. El grito ronco de un vozarrón exige el botín. Inmediato, el clink de
la gaveta y unos ruidos inteligibles, como de papeles arrancados debajo de
resortes.
Un
leve entrechocar de botellas. Milésima de segundo, estallido de vidrios y
gaseosa sobre una cabeza encapuchada. Ruido fofo de un cuerpo desplomándose al
tiempo que rebota el plomo frío en la baldosa. Silencio repentino. Una
respiración agitada, la otra casi muda.
Las
sirenas ensordecen el barrio y lo enceguecen de rojo y azul, y también de
verde. Una voz languidece en llanto mientras otra voz se defiende: “sin
comentarios”.