domingo, 9 de noviembre de 2025

"La enredadera"

 

Desde que había roto su taza favorita por tropezarse con una de esas malditas ramas, la cosa se había vuelto personal.

Aquel general retirado pretendía dedicar sus últimos años al descanso y la contemplación, después de una vida al servicio de la Patria. El precio de esa quinta le había resultado más que razonable, teniendo en cuenta las comodidades de la casa, el amplio parque, la enorme pileta y los árboles frondosos que bloqueaban la vista del exterior. Además de un buen muro de ladrillos que circundaba la propiedad, manteniendo a raya a los curiosos y a los intrusos.

Era una propiedad perfecta… salvo por la enredadera, que trepaba por una esquina del muro y se extendía hacia el ala oeste de la casa. Pero eso no parecía tan amenazante al principio, cuando el general la compró. De hecho, los agentes de la inmobiliaria habían hecho limpiar todo el terreno antes de la venta, quitando hasta la enredadera.

No era tan raro que volviera a crecer, después de todo la naturaleza suele ser persistente. Sin embargo, el problema de la invasiva planta trepadora ya resultaba alevoso: se la cortaba de un lado, crecía del otro. Y con más ahínco, con más fuerza, con más longitud. Jardineros de todo tipo pasaron por la propiedad, y ninguno había logrado erradicarla para siempre.

Hasta que un día la esposa del general fue a visitar a uno de sus hijos que vivía en el exterior, por lo cual estuvo varios días fuera. Ella volvió antes de lo previsto, porque su marido no le devolvía las llamadas. La señora sospechaba una infidelidad o un accidente, pero lo que se encontró fue muy distinto.

Algunos dicen que quiso quemar la casa, pero fue detenida a último momento. Otros dicen que decidió no venderla para que no representara un peligro para otras personas. Todos cuentan, estupefactos, que la mujer se mudó de allí, dejando la propiedad a merced de la enredadera. Muchos han escuchado, de boca de ella misma, que el general se suicidó, colgándose de una viga, pero pocos lo creen sinceramente. La mayoría está segura de que en realidad lo estranguló aquella diabólica planta, pero nadie lo afirma en voz alta.

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