martes, 13 de mayo de 2025

Adolescencia: un llamado de atención a los adultos

Aviso: este artículo contiene spoilers de la serie, de más está decir que si todavía no la viste, tal vez no sea conveniente leerlo, a menos que no te importe.


No sé si todavía está en auge, pero desde que apareció en la plataforma Netflix, la miniserie titulada Adolescencia ha causado bastante revuelo en el avispero de las redes sociales y los medios masivos de comunicación. Y esto se da más que nada por los temas que la serie toca y varias de las figuras que intenta representar: masculinidad tóxica, violencia, incels, bullying, centrándose más que nada en lo de la masculinidad tóxica y la representación de los incels (por motivos más ideológicos que otra cosa). Lo peor es que muchos medios, muchos periodistas e incluso funcionarios públicos han tomado esta serie de ficción como un reflejo indiscutible de la realidad y la usan como referencia exclusiva al momento de hablar de distintas problemáticas que atañen, por ejemplo, a los adolescentes, a los estallidos de violencia, a las tan mentadas cuestiones de género.

El problema es que tenemos esa maldita costumbre de quedarnos en un solo aspecto y no somos capaces de profundizar en el análisis de una obra de ficción, evadiendo los ya clásicos sesgos políticos, ideológicos y de género. Caemos en el simplismo de decir “ay no es que la violencia es culpa de los hombres porque son machistas y misóginos” y etc., cuando me parece que el tema es mucho más complejo y no se le puede dar una respuesta única o una respuesta simple.

Primero, creo que vale hacer una importante aclaración: a pesar de ser una serie ficticia basada en un caso real, Adolescencia no es la realidad en su totalidad completa. Es un recorte de la realidad, de la cual se toman determinadas figuras, conceptos y tipos para construir la historia y su trama. Toda obra de ficción es una visión de una determinada capa de la realidad, que ofrece al público una representación parcial de dicha capa. Es importante que reconozcamos esto, porque de lo contrario caemos en el absolutismo y la generalización (algo que viene siendo muy explotando por distintos movimientos e ideologías radicalizados). Una serie o miniserie debería, además de ofrecer entretenimiento, brindarnos un punto de partida o un disparador para vehiculizar la reflexión y la toma de conciencia de algo que excede lo que la serie está representando.

Lo que escribo acá es tan solo otra mirada, otra interpretación sobre Adolescencia, que intenta ampliar las interpretaciones simplistas y busca hurgar un poco más sobre la psicología de los personajes. En esto me han servido los aportes de dos youtubers, Farid Dieck y Profe Jeremy X, cuyos videos recomiendo mucho.

La serie trata sobre un chico de 13 años acusado de asesinar a una compañera de su colegio, mostrando cómo esto lo afecta no sólo a él sino a su familia, la escuela y la comunidad. En su video, Farid Dieck dice que se nos muestra el fracaso de las tres instituciones que mayor influencia tienen sobre la vida de niños y adolescentes: la familia, la escuela y la ley. Hay una importante distancia en lo emocional, en lo generacional, en lo afectivo, que genera un abismo de incomprensión entre los adultos y los niños y adolescentes, quienes al no sentirse comprendidos por sus padres, por su maestros o por cualquier otro adulto de su entorno, no sienten la suficiente confianza con ellos como para abrirse con sus problemas, y por eso acaban en Internet, encontrando “refugio” en sitios que de hecho no ofrecen ninguna clase de refugio, sino que en la mayoría de los casos explotan y exacerban sus inseguridades o sus debilidades, llevándolos a los extremos.

Un ejemplo acerca de este enorme distanciamiento entre adolescentes y padres dentro de la obra es la relación entre el jefe de policía y su hijo, en el capítulo 2. La comunicación entre ellos es difícil, por no decir quizás nula. Hay una tensión evidente, y en muchos aspectos no se entienden. Recién al final del capítulo se produce un acercamiento entre ellos cuando el policía invita a su hijo a comer y acuerdan a dónde ir. Es comprensible que como padres o madres nos cueste comunicarnos con nuestros hijos, y más en una etapa tan complicada como la adolescencia. Pero en una época tan marcada por las telecomunicaciones que, a pesar de acercarnos a lo distante, nos distancian de lo cercano, me parece importante reforzar la comunicación personal, cara a cara, en un ambiente de confianza, donde le permitamos a los chicos que nos hablen de lo que les pasa sin miedo a ser juzgados. Porque ahí hay todo un tema: cuando nos ponemos en la posición del “adulto que juzga”.

Algo interesante de esta miniserie es verla tratando de prestar atención a las emociones o las reacciones que produce en nosotros (adultos) mientras la vemos. Hablo de mi propia experiencia: hubo varios momentos en los que me puse, como ya nombré, en la postura del “adulto que juzga”. Uno de esos momentos fue sobre el final del primer episodio, cuando dije “y bueno, ahora aguántate” cuando la policía les muestra a Jamie y su padre el video de la cámara de vigilancia que lo captura in fraganti asesinando a Katie, y ambos se largan a llorar. A ver, en este caso es lógico que nos pongamos del lado de la víctima y que miremos con bastante desprecio al agresor. Pero hay otros momentos donde se presentan cuestiones más complejas que deberíamos analizar de un modo más integral, y no solo tomando partido por uno u otro lado.

Otra escena es cuando los policías quieren interrogar a Jade, la mejor amiga de Katie. La chica no se encuentra en un estado emocional muy óptimo para el interrogatorio, porque reacciona de muy mala manera ante las preguntas sobre la relación entre Jamie y Katie. Lo que pasa es que Jade cree que pretenden responsabilizar a su amiga de lo que le sucedió, y eso la enfurece. Se va, completamente enojada, porque encima la asesora pedagógica que la acompaña tampoco resulta de mucha ayuda para contenerla.

Acá necesito hacer un comentario aparte sobre la escuela. En la serie nos muestran una Academia con vibras de full colegio privado (la utopía de toda escuela pública tercermundista). Pero me llama mucho la atención toda la onda “multicultural”: banderas de distintos países colgadas por todos lados, palabras de distintos idiomas presentes en afiches… No sé si realmente significan algo, o quizá sea una metáfora de la extensión de la aldea global que, al integrar a todo el mundo, des-individualiza a cada sujeto. Lo que sí se entiende es el completo desborde al que están sometidos los docentes, quienes ante las cada vez más crecientes complejidades del alumnado, optan por rendirse y hacer lo mínimo que les corresponde y ya está. Párrafo aparte, yo soy docente, trabajo en un colegio público, y muchas veces experimento de primera mano lo que es la precarización laboral de docentes y maestras/os, a quienes nos toca sufrir todas las pedradas por el fracaso del sistema educativo, implementado por una manga de burócratas y ministros que rara vez han pisado las aulas y por eso te meten propuestas que no se ajustan para nada a la realidad escolar… Bueno, volviendo a lo que nos compete.

Muchos han señalado esta tendencia de Netflix o del cine en general de hacer cambios raciales en sus personajes para quedar dentro de lo “políticamente correcto”. Según parece, en el caso que inspiró la serie, el asesino fue un joven de color, de 18 años, y según los “anti-woke”, el director decidió cambiarlo por un chico blanco de 13 años por corrección política, supuestamente porque Netflix no se atreve a poner a una persona de color en papel de “villano”, que por naturaleza solo le “correspondería” a una persona blanca. Sin embargo, más allá de si se trata de estigmatizar o no a las personas de color con relación a la violencia, me parece totalmente improductivo llevar el análisis por este lado.

Enfoquémonos en la familia de Jamie: es lo que podríamos llamar una “familia tipo” o “familia estándar”: padre proveedor, mamá ama de casa; con una posición económica mediana tirando a alta; que vive en un barrio “normal”. Una familia “funcional” y alejada de todos aquellos factores que podrían influir negativamente en los hijos, como la delincuencia, las drogas, el alcoholismo, etcétera. Si la serie pone como victimario a un “niño blanco” con una familia y un contexto “normales” no es tanto por una cuestión ideológica de cargar toda la maldad sobre el “hombre blanco heterosexual y burgués”, sino que tal vez está queriendo decir que la violencia puede estallar desde cualquier parte, no solamente desde el lado de los chicos provenientes de contextos violentos y disfuncionales.  Y los involucrados no son exclusivamente varones: en abril pasado, en la ciudad de Rosario, una alumna de 14 años apuñaló a otra compañera por creer que se reía de ella. Y esto sucedió en un colegio privado, no en una escuela de un barrio marginal. Así que la violencia no es atributo exclusivo del “hombre blanco heterosexual y burgués”.

En el cuarto capítulo de la serie los padres de Jamie hacen una especie de mea culpa por lo que pasó con su hijo, y ahí es cuando reconocen que fue un error creer que él estaba seguro en casa, con su computadora, “que no podría hacer mal a nadie”. Creo que ahí se nos está dando la señal de que el mal no sólo y no siempre está en las calles, con las llamadas “malas juntas”, sino que el mal puede estar manifestándose dentro de la propia casa, con esas “malas juntas” que, a través de una computadora con conexión a Internet, pueden provocar mucho más daño. Y sin que se conozcan sus rostros o nombres verdaderos.

Este último capítulo es sumamente conmovedor porque presenciamos las consecuencias del crimen de Jamie sobre su propia familia, que vive su ausencia casi como un duelo, e intenta sobrellevar el presente como puede. Tanto el padre como la madre se lamentan porque todos sus esfuerzos en brindar lo mejor a sus hijos no pudieron evitar que uno de ellos se convirtiera en asesino. Ambos dicen “si hubiéramos hecho más…”. Y sí, probablemente nosotros como espectadores asentiríamos con la cabeza y diríamos “sí, deberían haber hecho más”, con la típica actitud de alguien que probablemente no ha pasado por una situación ni de cerca similar pero de todas maneras opina. Es muy fácil opinar desde afuera, cuando no te toca personalmente. Es muy sencillo decirles a otros cómo podrían criar a sus hijos, pero la cosa cambia cuando tenés uno propio.

Una de las cosas que se pueden reflexionar a partir del último capítulo tiene que ver con las formas de crianza. El padre cuenta que atravesó una infancia marcada por la violencia parental, y por eso juró que cuando tuviera sus propios hijos, jamás les pondría una mano encima. ¿Cuántos adultos no se habrán sentido identificados en ese momento? Incluso si no recibieron maltrato físico en su infancia, no podemos dejar de lado el maltrato psicológico o emocional. Aunque cumplió su promesa, de manera inconsciente el padre transmitió a Jamie el “ideal de masculinidad” que hoy tanto se cuestiona: el del hombre fuerte, atractivo, que maneja todo con dureza, etc. Quizá por eso, en el tercer capítulo, la psicóloga hace tanto hincapié en la figura paterna durante su entrevista con Jamie. Ahí se devela que uno de sus principales conflictos internos es no lograr ser el tipo de hombre que su padre querría o el que quisiera ser. Jamie no es bueno en los deportes, se considera feo, flaco y débil, no tiene suerte con las chicas. Eso lo afecta mucho, y sumado a que no tiene una cercanía emocional con su padre o con su madre, no encuentra ningún refugio seguro donde poder hablar de lo que le sucede y donde alguien lo pueda escuchar sin juzgarlo, que sepa aceptarlo y guiarlo en la construcción de una relación más sana consigo mismo y con los demás.

Cuando finaliza el tercer capítulo, Jamie entra en desesperación al momento en que la psicóloga le anuncia que es la última sesión. Al chico lo que más le preocupa es que la psicóloga le diga si él le parece una buena persona. En su contexto, es lógico que el chico necesite sentirse aceptado o querido por otra persona, y más aún si se trata de una mujer. Pero la psicóloga se mantiene en su perfil profesional y no mezcla sus sentimientos con el trabajo, por lo tanto no le responde. De hecho, en el episodio da muestras claras de cómo maneja sus emociones, con largas respiraciones profundas. Eso no quiere decir que no sienta cierta compasión por él, lo que se ve después, una vez que se lo llevaron de la habitación, y se le caen un par de lágrimas mientras sigue respirando profundamente.

Y es que la validación del otro también juega un papel importantísimo en la historia, pues la poca aceptación de sí mismo puede llevar a un sujeto a buscar la aceptación de otros. Necesita que alguien le diga que es bueno, a pesar de que por dentro no lo crea así. A partir de lo que le cuenta a la psicóloga, podemos deducir que Jamie tiene muy baja autoestima, lo cual lo hace fijarse excesivamente en sus defectos y a reaccionar defensivamente ante cualquier posible ataque. Como con los emoticones que le dejaba Katie en Instagram.

La búsqueda de aceptación exterior, al mezclarse con las presiones sociales sobre lo que se “debe ser”, puede conllevar a acciones autodestructivas o violentas. Todos conocemos lo que es la presión de la popularidad en la adolescencia: todos quisimos ser aceptados, pertenecer a algún grupo, recibir cualquier tipo de atención. El tema es cuando eso no se da, cuando parece que no encajamos en ningún lado, cuando no recibimos más que rechazo, cuando no nos sentimos escuchados. Nos aislamos del resto, y en ese aislamiento, ya sea voluntario o forzado, es cuando empieza a incubarse ese cierto malestar que puede ir derivando hacia la oscuridad si no contamos con una red de apoyo o de contención. A falta de confort en el entorno físico, donde uno se siente en confianza, ahí es donde puede terminar cayendo en entornos digitales que, si bien al principio se muestran como sitios seguros, de contención, a la larga no resultan de ninguna ayuda. Y, en el peor de los escenarios, pueden empujar a un individuo hacia el extremo, que termina perjudicando tanto su propia vida como la de otras personas.

El extremismo y la radicalización de los discursos en Internet son un punto en lo que se debería reflexionar con más profundidad. Más allá del contexto familiar, escolar o social, es innegable que los foros, las redes sociales y las aplicaciones ejercen cada vez mayor peso en el modo en que los seres humanos nos relacionamos, y en eso hay que enfocarse cada vez con más énfasis, sobre todo en lo que a niños y adolescentes respecta. Los adultos debemos entender que los niños y adolescentes de hoy no son los mismos de cuando nosotros pasábamos por la infancia o la adolescencia. Tenemos que dejar la mirada retrospectiva que juzga el presente a partir del pasado, y empezar a fijarnos cómo encarar este presente, teniendo en cuenta las problemáticas actuales y también, que los chicos no salieron así por espontaneidad, sino que son producto de un montón de factores y procesos sociales de los que no podemos, como adultos, excluirnos (porque en muchos casos, también estamos en las mismas: los comportamientos de niños y adolescentes tienen una correlación con los comportamientos de los adultos).

Adolescencia elige representar una problemática compleja a partir de, lo que podríamos decir, figuras y símbolos simplificados: un chico adolescente de 13 años que asesina a una compañera de clase a puñaladas, donde el detonador del crimen parece ser el acoso o bullying que recibía por parte de ella. Las causas o motivaciones son complejas, pero una de las más fuertes parece ser la influencia del discurso incel en las páginas de Internet que el chico frecuentaba. La serie hace ese recorte de la realidad para que la historia y la trama sean comprensibles para los espectadores, pero recordemos que la realidad, con sus múltiples capas, nunca es tan simple, sino que requiere de distintos niveles de análisis para no terminan haciendo generalizaciones inútiles.

Aunque me quedan varias cosas en el tintero, no quisiera hacer este texto más extenso de lo que ya es. Por eso me gustaría que dejen sus observaciones en los comentarios para que la reflexión no se corte acá y siga fluyendo, de modo que podamos ampliar el debate, siempre que sea con respeto.

Mientras tanto, yo me despido, a ver si me hago de un tiempo para ver El eternauta. ¡Nos leemos pronto!

 

 

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