Aviso: este artículo contiene spoilers de la serie, de más está decir que si todavía no la viste, tal vez no sea conveniente leerlo, a menos que no te importe.
No sé si
todavía está en auge, pero desde que apareció en la plataforma Netflix, la
miniserie titulada Adolescencia ha causado bastante revuelo en el
avispero de las redes sociales y los medios masivos de comunicación. Y esto se
da más que nada por los temas que la serie toca y varias de las figuras que
intenta representar: masculinidad tóxica, violencia, incels, bullying,
centrándose más que nada en lo de la masculinidad tóxica y la representación de
los incels (por motivos más ideológicos que otra cosa). Lo peor es que
muchos medios, muchos periodistas e incluso funcionarios públicos han tomado
esta serie de ficción como un reflejo indiscutible de la realidad y la
usan como referencia exclusiva al momento de hablar de distintas problemáticas
que atañen, por ejemplo, a los adolescentes, a los estallidos de violencia, a
las tan mentadas cuestiones de género.
El problema es
que tenemos esa maldita costumbre de quedarnos en un solo aspecto y no somos
capaces de profundizar en el análisis de una obra de ficción, evadiendo los ya
clásicos sesgos políticos, ideológicos y de género. Caemos en el simplismo de
decir “ay no es que la violencia es culpa de los hombres porque son machistas y
misóginos” y etc., cuando me parece que el tema es mucho más complejo y no se
le puede dar una respuesta única o una respuesta simple.
Primero, creo
que vale hacer una importante aclaración: a pesar de ser una serie ficticia
basada en un caso real, Adolescencia no es la realidad en su
totalidad completa. Es un recorte de la realidad, de la cual se toman
determinadas figuras, conceptos y tipos para construir la historia y su trama.
Toda obra de ficción es una visión de una determinada capa de la realidad, que
ofrece al público una representación parcial de dicha capa. Es
importante que reconozcamos esto, porque de lo contrario caemos en el absolutismo
y la generalización (algo que viene siendo muy explotando por distintos
movimientos e ideologías radicalizados). Una serie o miniserie debería, además
de ofrecer entretenimiento, brindarnos un punto de partida o un disparador para
vehiculizar la reflexión y la toma de conciencia de algo que excede lo que la
serie está representando.
Lo que escribo
acá es tan solo otra mirada, otra interpretación sobre Adolescencia, que
intenta ampliar las interpretaciones simplistas y busca hurgar un poco más
sobre la psicología de los personajes. En esto me han servido los aportes de
dos youtubers, Farid Dieck y Profe Jeremy X, cuyos videos recomiendo mucho.
La serie trata
sobre un chico de 13 años acusado de asesinar a una compañera de su colegio,
mostrando cómo esto lo afecta no sólo a él sino a su familia, la escuela y la comunidad.
En su video, Farid Dieck dice que se nos muestra el fracaso de las tres
instituciones que mayor influencia tienen sobre la vida de niños y
adolescentes: la familia, la escuela y la ley. Hay una
importante distancia en lo emocional, en lo generacional, en lo afectivo, que
genera un abismo de incomprensión entre los adultos y los niños y adolescentes,
quienes al no sentirse comprendidos por sus padres, por su maestros o por
cualquier otro adulto de su entorno, no sienten la suficiente confianza con
ellos como para abrirse con sus problemas, y por eso acaban en Internet,
encontrando “refugio” en sitios que de hecho no ofrecen ninguna clase de
refugio, sino que en la mayoría de los casos explotan y exacerban sus
inseguridades o sus debilidades, llevándolos a los extremos.
Un ejemplo
acerca de este enorme distanciamiento entre adolescentes y padres dentro de la
obra es la relación entre el jefe de policía y su hijo, en el capítulo 2. La
comunicación entre ellos es difícil, por no decir quizás nula. Hay una tensión
evidente, y en muchos aspectos no se entienden. Recién al final del capítulo se
produce un acercamiento entre ellos cuando el policía invita a su hijo a comer
y acuerdan a dónde ir. Es comprensible que como padres o madres nos cueste
comunicarnos con nuestros hijos, y más en una etapa tan complicada como la
adolescencia. Pero en una época tan marcada por las telecomunicaciones que, a
pesar de acercarnos a lo distante, nos distancian de lo cercano, me parece
importante reforzar la comunicación personal, cara a cara, en un ambiente de
confianza, donde le permitamos a los chicos que nos hablen de lo que les pasa
sin miedo a ser juzgados. Porque ahí hay todo un tema: cuando nos ponemos en la
posición del “adulto que juzga”.
Algo
interesante de esta miniserie es verla tratando de prestar atención a las
emociones o las reacciones que produce en nosotros (adultos) mientras la vemos.
Hablo de mi propia experiencia: hubo varios momentos en los que me puse, como
ya nombré, en la postura del “adulto que juzga”. Uno de esos momentos fue sobre
el final del primer episodio, cuando dije “y bueno, ahora aguántate” cuando la
policía les muestra a Jamie y su padre el video de la cámara de vigilancia que
lo captura in fraganti asesinando a Katie, y ambos se largan a llorar. A
ver, en este caso es lógico que nos pongamos del lado de la víctima y que
miremos con bastante desprecio al agresor. Pero hay otros momentos donde se
presentan cuestiones más complejas que deberíamos analizar de un modo más
integral, y no solo tomando partido por uno u otro lado.
Otra escena es
cuando los policías quieren interrogar a Jade, la mejor amiga de Katie. La
chica no se encuentra en un estado emocional muy óptimo para el interrogatorio,
porque reacciona de muy mala manera ante las preguntas sobre la relación entre
Jamie y Katie. Lo que pasa es que Jade cree que pretenden responsabilizar a su
amiga de lo que le sucedió, y eso la enfurece. Se va, completamente enojada,
porque encima la asesora pedagógica que la acompaña tampoco resulta de mucha
ayuda para contenerla.
Acá necesito
hacer un comentario aparte sobre la escuela. En la serie nos muestran una
Academia con vibras de full colegio privado (la utopía de toda escuela pública
tercermundista). Pero me llama mucho la atención toda la onda “multicultural”:
banderas de distintos países colgadas por todos lados, palabras de distintos
idiomas presentes en afiches… No sé si realmente significan algo, o quizá sea
una metáfora de la extensión de la aldea global que, al integrar a todo el
mundo, des-individualiza a cada sujeto. Lo que sí se entiende es el completo
desborde al que están sometidos los docentes, quienes ante las cada vez más
crecientes complejidades del alumnado, optan por rendirse y hacer lo mínimo que
les corresponde y ya está. Párrafo aparte, yo soy docente, trabajo en un
colegio público, y muchas veces experimento de primera mano lo que es la
precarización laboral de docentes y maestras/os, a quienes nos toca sufrir todas
las pedradas por el fracaso del sistema educativo, implementado por una manga
de burócratas y ministros que rara vez han pisado las aulas y por eso te meten
propuestas que no se ajustan para nada a la realidad escolar… Bueno, volviendo
a lo que nos compete.
Muchos han
señalado esta tendencia de Netflix o del cine en general de hacer cambios
raciales en sus personajes para quedar dentro de lo “políticamente correcto”.
Según parece, en el caso que inspiró la serie, el asesino fue un joven de
color, de 18 años, y según los “anti-woke”, el director decidió cambiarlo por
un chico blanco de 13 años por corrección política, supuestamente porque
Netflix no se atreve a poner a una persona de color en papel de “villano”, que
por naturaleza solo le “correspondería” a una persona blanca. Sin embargo, más
allá de si se trata de estigmatizar o no a las personas de color con relación a
la violencia, me parece totalmente improductivo llevar el análisis por este
lado.
Enfoquémonos en
la familia de Jamie: es lo que podríamos llamar una “familia tipo” o “familia
estándar”: padre proveedor, mamá ama de casa; con una posición económica
mediana tirando a alta; que vive en un barrio “normal”. Una familia “funcional”
y alejada de todos aquellos factores que podrían influir negativamente en los
hijos, como la delincuencia, las drogas, el alcoholismo, etcétera. Si la serie
pone como victimario a un “niño blanco” con una familia y un contexto
“normales” no es tanto por una cuestión ideológica de cargar toda la maldad
sobre el “hombre blanco heterosexual y burgués”, sino que tal vez está
queriendo decir que la violencia puede estallar desde cualquier parte, no
solamente desde el lado de los chicos provenientes de contextos violentos y
disfuncionales. Y los involucrados no
son exclusivamente varones: en abril pasado, en la ciudad de Rosario, una alumna de 14 años apuñaló a otra compañera por creer que se reía de ella. Y
esto sucedió en un colegio privado, no en una escuela de un barrio
marginal. Así que la violencia no es atributo exclusivo del “hombre
blanco heterosexual y burgués”.
En el cuarto
capítulo de la serie los padres de Jamie hacen una especie de mea culpa por
lo que pasó con su hijo, y ahí es cuando reconocen que fue un error creer que
él estaba seguro en casa, con su computadora, “que no podría hacer mal a
nadie”. Creo que ahí se nos está dando la señal de que el mal no sólo y no
siempre está en las calles, con las llamadas “malas juntas”, sino que el mal
puede estar manifestándose dentro de la propia casa, con esas “malas juntas”
que, a través de una computadora con conexión a Internet, pueden provocar mucho
más daño. Y sin que se conozcan sus rostros o nombres verdaderos.
Este último
capítulo es sumamente conmovedor porque presenciamos las consecuencias del
crimen de Jamie sobre su propia familia, que vive su ausencia casi como un
duelo, e intenta sobrellevar el presente como puede. Tanto el padre como la
madre se lamentan porque todos sus esfuerzos en brindar lo mejor a sus hijos no
pudieron evitar que uno de ellos se convirtiera en asesino. Ambos dicen “si
hubiéramos hecho más…”. Y sí, probablemente nosotros como espectadores
asentiríamos con la cabeza y diríamos “sí, deberían haber hecho más”, con la
típica actitud de alguien que probablemente no ha pasado por una situación ni
de cerca similar pero de todas maneras opina. Es muy fácil opinar desde afuera,
cuando no te toca personalmente. Es muy sencillo decirles a otros cómo podrían
criar a sus hijos, pero la cosa cambia cuando tenés uno propio.
Una de las
cosas que se pueden reflexionar a partir del último capítulo tiene que ver con
las formas de crianza. El padre cuenta que atravesó una infancia marcada por la
violencia parental, y por eso juró que cuando tuviera sus propios hijos, jamás
les pondría una mano encima. ¿Cuántos adultos no se habrán sentido
identificados en ese momento? Incluso si no recibieron maltrato físico en su
infancia, no podemos dejar de lado el maltrato psicológico o emocional. Aunque
cumplió su promesa, de manera inconsciente el padre transmitió a Jamie el
“ideal de masculinidad” que hoy tanto se cuestiona: el del hombre fuerte,
atractivo, que maneja todo con dureza, etc. Quizá por eso, en el tercer
capítulo, la psicóloga hace tanto hincapié en la figura paterna durante su
entrevista con Jamie. Ahí se devela que uno de sus principales conflictos
internos es no lograr ser el tipo de hombre que su padre querría o el que
quisiera ser. Jamie no es bueno en los deportes, se considera feo, flaco y
débil, no tiene suerte con las chicas. Eso lo afecta mucho, y sumado a que no
tiene una cercanía emocional con su padre o con su madre, no encuentra ningún
refugio seguro donde poder hablar de lo que le sucede y donde alguien lo pueda
escuchar sin juzgarlo, que sepa aceptarlo y guiarlo en la construcción de una
relación más sana consigo mismo y con los demás.
Cuando finaliza
el tercer capítulo, Jamie entra en desesperación al momento en que la psicóloga
le anuncia que es la última sesión. Al chico lo que más le preocupa es que la
psicóloga le diga si él le parece una buena persona. En su contexto, es lógico
que el chico necesite sentirse aceptado o querido por otra persona, y más aún
si se trata de una mujer. Pero la psicóloga se mantiene en su perfil
profesional y no mezcla sus sentimientos con el trabajo, por lo tanto no le
responde. De hecho, en el episodio da muestras claras de cómo maneja sus
emociones, con largas respiraciones profundas. Eso no quiere decir que no
sienta cierta compasión por él, lo que se ve después, una vez que se lo
llevaron de la habitación, y se le caen un par de lágrimas mientras sigue
respirando profundamente.
Y es que la
validación del otro también juega un papel importantísimo en la historia, pues
la poca aceptación de sí mismo puede llevar a un sujeto a buscar la aceptación
de otros. Necesita que alguien le diga que es bueno, a pesar de que por dentro
no lo crea así. A partir de lo que le cuenta a la psicóloga, podemos deducir
que Jamie tiene muy baja autoestima, lo cual lo hace fijarse excesivamente en
sus defectos y a reaccionar defensivamente ante cualquier posible ataque. Como
con los emoticones que le dejaba Katie en Instagram.
La búsqueda de
aceptación exterior, al mezclarse con las presiones sociales sobre lo que se
“debe ser”, puede conllevar a acciones autodestructivas o violentas. Todos
conocemos lo que es la presión de la popularidad en la adolescencia: todos
quisimos ser aceptados, pertenecer a algún grupo, recibir cualquier tipo de
atención. El tema es cuando eso no se da, cuando parece que no encajamos en
ningún lado, cuando no recibimos más que rechazo, cuando no nos sentimos
escuchados. Nos aislamos del resto, y en ese aislamiento, ya sea voluntario o
forzado, es cuando empieza a incubarse ese cierto malestar que puede ir
derivando hacia la oscuridad si no contamos con una red de apoyo o de
contención. A falta de confort en el entorno físico, donde uno se siente en
confianza, ahí es donde puede terminar cayendo en entornos digitales que, si
bien al principio se muestran como sitios seguros, de contención, a la larga no
resultan de ninguna ayuda. Y, en el peor de los escenarios, pueden empujar a un
individuo hacia el extremo, que termina perjudicando tanto su propia vida como
la de otras personas.
El extremismo y
la radicalización de los discursos en Internet son un punto en lo que se
debería reflexionar con más profundidad. Más allá del contexto familiar,
escolar o social, es innegable que los foros, las redes sociales y las
aplicaciones ejercen cada vez mayor peso en el modo en que los seres humanos
nos relacionamos, y en eso hay que enfocarse cada vez con más énfasis, sobre
todo en lo que a niños y adolescentes respecta. Los adultos debemos entender
que los niños y adolescentes de hoy no son los mismos de cuando nosotros
pasábamos por la infancia o la adolescencia. Tenemos que dejar la mirada
retrospectiva que juzga el presente a partir del pasado, y empezar a fijarnos
cómo encarar este presente, teniendo en cuenta las problemáticas actuales y
también, que los chicos no salieron así por espontaneidad, sino que son
producto de un montón de factores y procesos sociales de los que no podemos,
como adultos, excluirnos (porque en muchos casos, también estamos en las mismas:
los comportamientos de niños y adolescentes tienen una correlación con los
comportamientos de los adultos).
Adolescencia
elige representar una problemática compleja a partir de, lo que podríamos
decir, figuras y símbolos simplificados: un chico adolescente de 13 años que
asesina a una compañera de clase a puñaladas, donde el detonador del crimen
parece ser el acoso o bullying que recibía por parte de ella. Las causas
o motivaciones son complejas, pero una de las más fuertes parece ser la
influencia del discurso incel en las páginas de Internet que el chico
frecuentaba. La serie hace ese recorte de la realidad para que la historia y la
trama sean comprensibles para los espectadores, pero recordemos que la
realidad, con sus múltiples capas, nunca es tan simple, sino que requiere de
distintos niveles de análisis para no terminan haciendo generalizaciones
inútiles.
Aunque me
quedan varias cosas en el tintero, no quisiera hacer este texto más extenso de
lo que ya es. Por eso me gustaría que dejen sus observaciones en los
comentarios para que la reflexión no se corte acá y siga fluyendo, de modo que
podamos ampliar el debate, siempre que sea con respeto.
Mientras tanto,
yo me despido, a ver si me hago de un tiempo para ver El eternauta. ¡Nos
leemos pronto!
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