Había
un ambiente fresco dentro de la sucursal del PAMI gracias al aire acondicionado.
Los abuelitos, dispuestos ordenadamente en las sillas de la sala de espera,
cubrían charlando el tiempo que les faltaba hasta que llegara su turno. Los
acompañantes, normalmente más jóvenes, se quedaban parados, como si hubiera un
acuerdo tácito de priorizar las sillas para los jubilados. Claro que había
excepciones cuando la oficina no estaba muy llena… lo cual no pasaba muy a
menudo.
Para
entretenerse y no sucumbir al tedio, Iara buscaba un tema para conversar con su
abuela Mara. Por lo general siempre la acompañaba su madre, Lara, pero desde
que empezó a trabajar ya no disponía casi de horarios libres. Al principio, a
Iara no le convencía mucho aquella actividad, pero como la mamá le pagaba la
cuota del teléfono…
—¿Y
cómo era vivir en el Delta, abuela?
Toda
la familia sabía que la nona había crecido en el Delta, y que luego se vino a
la ciudad cuando se casó. Sin embargo, más allá de anécdotas familiares
insustituibles, ella nunca hablaba demasiado de ese lugar, no era esa clase de
gente nostálgica de su terruño natal. Antes de que Mara fuera a responderle a
su nieta, por la puerta del PAMI ingresó un viejo, pero no se parecía a
cualquiera de los jubilados que asistía a la oficina a diario. Este era
llamativamente alto, de espalda recta, ligeramente bronceado, con una piel
apenas arrugada, que contrastaba con las canas blancas de la cabeza. Venía
solo, y con un par de zancadas fue directo a sacar número. No se fijó en
absolutamente nadie, a excepción de una mirada de reojo que dirigió hacia Mara,
o eso le pareció a ella. Sin decir nada, el extraño anciano continuó su camino
hacia el final de la sala de espera, donde una señora más joven, con cierta
impresión, le cedió el asiento.
La
abuela quedó como suspendida, petrificada, ante la mirada de la nieta que aún
esperaba la respuesta a su pregunta.
—¿Abuela?
—Iara le tocó suavemente el brazo— ¿Estás bien?
—¿Eh?
—la brusquedad de su propia reacción hizo que Mara volviera en sí— Sí, m’ijita,
no pasa nada.
Todavía
sin responder a lo que Iara le había preguntado, la abuela se puso a revisar su
cartera de forma obsesiva, como si temiera haberse olvidado de algo. Pero no,
la billetera estaba completa, no faltaban ni el carnet ni ninguno de los
papeles que necesitaba para su trámite; las llaves de la casa continuaban en el
bolsillo interno donde las había guardado; al fondo se hallaba el estuche de
los anteojos, más una bolsita de caramelos ácidos, de la cual no dudó en sacar
uno y mandárselo a la boca. Iara, que conocía a Mara tanto como cualquier nieto
puede conocer a su abuela, no le dio mucha importancia. Cosas de viejos, supuso.
Con
el correr de los minutos, después del segundo jubilado al que le tocó su turno,
Iara pensó que era momento de retomar la conversación. No sólo para distraerse porque
la hora no pasaba nunca, sino también para ayudar a su abuela a salir del
estado de nerviosismo en el que inexplicablemente estaba aún sumida. No le
quitaba los ojos a la pantalla donde anunciaban los siguientes turnos más que
para lanzar alguna que otra mirada discreta en dirección al fondo de la sala,
donde el viejo que había entrado hacía un rato seguía sentado, conversando con
la persona que tenía al lado. Además, no dejaba de consultar su reloj de
pulsera, como si de repente tuviera otros compromisos que atender a tal
horario, aunque en realidad no los tenía. Después, se le daba por ponerse los
anteojos, y sacárselos a los dos segundos. O volver a buscar en la cartera algo
que no se sabía qué era. Sin contar el constante bailotear de las piernas, algo
que Iara sí tenía claro que no era común en su abuela. Todo esto en medio de la
orquesta de las conversaciones de los demás afiliados.
Decidida,
Iara volvió a la carga.
—Abue,
¿cómo era vivir allá en el Delta?
Ante
la mención de la palabra “Delta”, Mara por fin se dio cuenta de que tenía a su
nieta al lado. Quiso, una vez más, echar una ojeada hacia el misterioso viejo,
pero se contuvo.
—Y,
no pasaba la gran cosa. Nosotros vivíamos lejos de Villa Paranacito, estábamos
más cerca del agua porque papá pescaba.
Aquello
no era mucho más de lo que contaba generalmente la abuela, aunque a veces, con
unos traguitos de alguna bebida fuerte de por medio, decía algo más. Lástima
que Iara no tenía nada a mano para convidarla.
—Hace
tiempo vi en un video la historia de unos pescadores que supuestamente habían
visto una luz rara en el río. ¿Alguna vez viste algo así cuando eras chica?
—No,
nunca —respondió cortante Mara, sin poder evitar que se le fueran los ojos, de
nuevo, hacia el anciano.
Ahí
sí, Iara cayó en la cuenta de cómo la vieja parecía mucho más cerrada a hablar
del Delta después de la entrada del singular jubilado. ¿Por qué estaba así de
nerviosa? Entonces, Iara se inclinó levemente sobre su hombro para hablarle al
oído.
—Abu,
¿vos realmente estás bien?
—Sí,
estoy bien.
Y
Mara volvió a clavar la vista en el televisor de pantalla plana. Faltaban tres
números para que le tocara el turno a ella.
—¿Pero
por qué estás tan nerviosa? —preguntó su nieta, siempre en voz baja y usando un
tono de voz más cándido.
Iara
la vio cerrar las manos sobre la cartera, como si tuviera miedo de que le
fueran a robar. Dejaron de temblarle las rodillas.
—No
es nada. Seguro que se me subió la presión, ya se me va a pasar.
A
pura conciencia, Mara logró tranquilizarse. Sin embargo, no siguió hablando.
Los
siguientes turnos fueron rápidamente despachados, como si el tiempo y el PAMI
se hubieran apiadado de la situación de la abuela de Iara. Por desgracia, les
tocó justo el escritorio más cercano al asiento del viejo que ella no paraba de
“vigilar”. La pobre Mara, conforme caminaban hacia allá, donde aguardaba una
empleada algo risueña, se fue poniendo lentamente tan blanca como las puntillas
de su remera. Empezó a sentir tanto frío que estuvo a punto de gritar que
apagaran el aire acondicionado, y el sudor le corría como agua helada por la
espalda y las axilas. Con una fuerza de voluntad nacida del deseo de terminar
con aquello lo más rápido posible, Mara presentó el carnet, los papeles, y dijo
todo lo que necesitaba decir en un borbotón.
La
empleada, sorprendida primero porque estaba acostumbrada a tratar con viejas
parsimoniosas, y preocupada después al verla tan pálida y agitada, le ofreció
un vaso de agua. Pero la abuela insistió en que estaba bien, metiendo como
excusa que quería regresar pronto a su casa para ver una novela que nunca se
perdía. La empleada le creyó o pareció creerle, y siguió con su trabajo. Iara
no le creía ni un poco, porque sabía perfectamente que Mara no era para nada
fanática de las telenovelas. Aquel comportamiento de su abuela logró traspasar
su natural desinterés de adolescente, y la jovencita sintió por primera vez una
preocupación genuina por su abuela.
Ni
bien estuvo todo listo, y con una velocidad que probablemente le pasaría
factura en el cuerpo después, Mara tomó los papeles, los guardó en la cartera,
se levantó de la silla y, sin mirar atrás en ningún momento, salió casi
corriendo de la oficina del PAMI. Iara consiguió alcanzarla a pocos metros, con
los brazos extendidos listos para agarrarla si se desmayaba.
—¡Por
Dios, abuela!
Apoyada
contra una pared, Mara respiraba todo el aire que podía, mientras su nieta no
paraba de hacerle preguntas. Cuando Iara desbloqueó su teléfono con la
intención de llamar a su mamá Lara o a una ambulancia, la abuela le tomó el
brazo y le pidió que no hiciera nada, que ya estaba bien.
—No,
bien las pelotas —. Replicó Iara, sin importarle que su abuela desaprobara su
lenguaje— Yo sé que es la primera vez que te acompaño en esto, pero estoy
segura de que nunca te habrías puesto así si hubieras venido con mamá.
Con
un largo suspiro, Mara recuperó el color en sus mejillas, pero aún no parecía
lista para hablar. Iara no le daba respiro con sus preguntas.
—¿Quién
era ese viejo? ¿Y por qué te pusiste tan nerviosa cuando lo viste?
Lo
único que la anciana pudo hacer fue tomarle las manos con los ojos cerrados.
Después se las soltó, y la tomó con suavidad de los hombros.
—Fue
alguien que conocí en el Delta —respondió Mara cuando finalmente encontró su
voz—, pero es parte de una historia que nunca me vas a creer.
La
chica miró fijamente a su abuela a los ojos. Transmitían una mezcla de miedo,
tristeza y algo que no era capaz de descifrar. De repente, se le encogió el
corazón al pensar que podía estar presenciando la salida a la luz de un trauma
muy escondido en lo profundo de su nona. Y podía ser posible que ella fuese la
primera en enterarse en todos esos años. Haciéndose una idea de la clase de
historia que Mara iba a contarle, Iara trató de calmarse un poco.
—¿Podemos
ir a merendar… y me la contás?
Aquella
sugerencia, después del mal rato que habían pasado, resultó de lo más acertada.
Así que, ya más tranquilas, caminaron hacia el centro en busca de alguna
cafetería que estuviera menos concurrida, y eligieron la mesa más alejada de la
calle para tener algo de privacidad. Ambas pidieron un jugo exprimido de
naranja para cada una y unos tostados. En todo ese rato, Iara aguardó con
paciencia a que Mara comenzara su relato.
—Nunca
supe cómo contarle a alguien lo que pasó, porque es ese tipo de cosas en las
que no hay nadie que pueda apoyarte. Y porque es tan… irreal, que ninguno se
imagina que pueda suceder. Pero ocurrió, y yo lo vi con mis propios ojos, y que
yo tuviera nueve años en ese momento no quiere decir que me lo haya imaginado.
“Bueno,
es cierto que mi casa estaba más adentro del Delta, y teníamos cerca la orilla
de un río. En esa orilla yo iba seguido a jugar con mis hermanos, pasa que
después ellos se hicieron más grandes y estaban para otras cosas. Por eso ya no
me daban tanta bolilla. Pero yo igual, cuando podía escaparme de casa a la hora
de la siesta, me iba a jugar ahí. Uno de esos días me encontré con un nene, de
más o menos mi edad, que estaba jugando a armar un castillo de arena. Yo al
principio lo miraba, después me fui acercando despacito, hasta que
prácticamente estaba ahí al lado de él. Entonces me invitó a jugar; me
sorprendió que no me echara. Me acuerdo perfectamente de esa tarde, hicimos un
castillo digno de un poderoso rey del desierto.
No
tardamos en hacernos buenos amigos. Me contó que su papá siempre dormía la
siesta, y lo dejaba que jugara a esa hora, pero sí o sí tenía que estar de
vuelta en casa antes de que él se levantara. A mí me pareció genial eso, porque
los míos ni ahí me daban tanto permiso. Cuando le pregunté por su mamá, él me
dijo que no la conocía, que no vivía con él. Y después no la mencionaba nunca.
Yo pensaba que capaz ella se había muerto, a esa edad yo más o menos entendía
que eso podía pasar.
Hubo
muchas cosas que, en esos momentos, no me habían resultado llamativas. Recién
años después entendí esas rarezas. Como lo de su mamá, por ejemplo. Al papá…
bueno, sí… al papá lo conocí. Eran los dos muy parecidos, pero nunca los veía
salir juntos. De hecho, parecía que el padre nunca estaba, como si trabajara
mucho, y por eso no mandaba al hijo a la escuela, como se suponía que debían
hacer todos los papás. A mí me sorprendía, igual, que este chico sabía todo lo
que se tiene que aprender en la escuela, porque yo le preguntaba cosas que a mí
me enseñaban las maestras, y él las sabía. Para mí, era un genio. Luego pensé
que debían enseñarle en la casa, creía que su papá le compraba un montón de
libros para compensar que no lo mandara a la escuela -aunque yo lo envidiaba,
porque la escuela no me gustaba mucho.
Durante
una de las crecidas del río, mi papá estaba quebrado de una pierna, y por ello
le tocaba quedarse en casa. A veces iban mis hermanos mayores a buscar
provisiones en la canoa, pero en uno de los viajes la canoa sufrió un
desperfecto. Mi amigo vino a visitarme una tarde, con su propia canoa, y vio la
situación que teníamos. A mí en ningún momento se me ocurrió pedirle ayuda,
pero lo mismo su papá se acercaba cada mañana a preguntarnos si necesitábamos
algo. Eran muy buenos vecinos, sin duda.
Bueno,
para no hacer más largo el relato, voy a pasar a la parte más extraña… porque
desde ahí, se terminó la cosa. Uno de los pescadores que vivía cerca se mudó, y
le alquiló la cabaña a un tipo que si vos lo mirabas ya daba de por sí mala
espina. A la hora de la siesta, cuando mi amigo y yo jugábamos a la orilla del
río como todos los días, ese hombre venía y se sentaba a pocos metros de
nosotros. Hacía como que miraba los pájaros o algo así, aunque cada dos por
tres nos miraba directamente a nosotros. Nos miraba de una manera rara, incómoda.
A mí me parecía raro que, por ser adulto, no estuviera durmiendo la siesta,
como todos los adultos que yo conocía.
Un
par de días antes del suceso en cuestión, había aparecido el papá de mi vecino,
preguntando quién era el sujeto que se sentaba temprano todas las tardes a
mirar el río. Como ni mis papás ni mis hermanos lo habían visto más que un par
de veces, tuve miedo de que el señor nos deschavara a mí y al hijo. Porque
éramos los únicos que lo veíamos a esa hora -donde se suponía que yo debía
estar en mi cama durmiendo la siesta. Pero no, no mencionó ninguna palabra al
respecto, solamente comentó que tenía curiosidad. Aunque agregó algo de
extremar cuidados, y no sé por qué, sentí que parecía dirigirse más a mí.
Hasta
que, bueno, un día bien nublado, cuando yo salí a jugar igual a pesar de que
podía largarse a llover, vi que el hombre extraño ya se encontraba sentado en
su lugar de siempre. Y es que, claro, esperaba la oportunidad… Se valió de una
treta muy sutil, aprovechando el vínculo de amistad con mi vecinito. No sé por
qué el no vino enseguida esa vez, tampoco se me pasó por la cabeza que quizá el
papá le había dicho que no viniera más a jugar a la hora de la siesta. Pero yo creo
que me habría avisado, de alguna manera me habría avisado. Y entonces, bueno,
este hombre raro se aprovechó de eso para venir a decirme que había visto a mi
amigo meterse al monte hacía un buen rato, y que no volvía. Me convenció de ir
a buscarlo, porque tal vez necesitaba ayuda. Yo quise ir a su casa, a avisar a
su papá, y de hecho fuimos. Como no vimos a nadie, yo supuse que el papá de mi
vecino debía estar trabajando. Al menos tuve la lucidez de no aceptar irme con
el tipo raro, y querer correr a mi casa para pedir ayuda ahí, aunque me
retaran. Pero ya para ese momento era tarde. El hombre me tapó la boca, me
levantó como una bolsa de papas y caminó derechito hacia lo profundo del monte.
Pataleé
y luché tanto como pude, aunque te imaginarás que contra un tipo de más o menos
noventa kilos poco podía lograr siendo yo una niña. Lo que me acuerdo del peor
instante fue estar acostada boca arriba, mirando hacia las copas de los
árboles, muda de pánico ante las amenazas atroces que recibía sobre lo que me
iba a pasar si gritaba. No sabía qué iba a suceder, pero estaba paralizada de
miedo, hasta que de repente se oyó una voz. Una voz que tardé en reconocer. Mi
amigo había aparecido, yo no alcanzaba a verlo porque el cuerpo del hombre me
lo impedía. Después sí lo vi bien, cuando el degenerado se movió para encarar
al niño que tenía adelante. De lo que hablaron no me quedó registro, lo más
seguro es que el tipo le gritó: “qué hacés acá”, “rajá o te mato”, “si decís
una palabra de esto…”, y mi amigo le habrá exigido que me deje en paz o algo
por el estilo. Ahora me acuerdo perfectamente cómo se paró el hombre y cómo, en
cuanto dio el primer paso hacia él… mi vecinito empezó a crecer.”
En
un parpadeo, un par de lágrimas se desplazaron por las mejillas de Iara. A
medida que avanzaba la historia de la nona se iban confirmando sus sospechas,
lo cual la fue conmoviendo de tal modo que, hasta ese punto de la narración, no
podía evitar sentirse angustiada. Sin embargo, esa última frase, “mi vecinito
empezó a crecer”, la sacó totalmente de onda.
—¿Cómo?
—preguntó Iara, extrañada, aprovechando para secarse las lágrimas con el puño.
—Esta
es la parte más difícil de contar… —la abuela Mara hizo una pausa para buscar
las palabras correctas, y continuó con un suspiro— Mirá, cuando te digo que
comenzó a crecer de golpe, no lo digo de forma metafórica, no me refiero a que
se convirtió en un hombre porque peleó contra un tipo más fuerte y más grande
que él para salvarme a mí. De verdad creció físicamente, y no sólo en tamaño
sino… cómo te digo… pasó de niño a adolescente, y de adolescente a adulto. Se
fue estirando, ensanchando, le fue saliendo la barba, la cara de nene se
agrandó, se le chuparon los pómulos. De repente, mi amigo se había convertido
en la propia imagen de su papá, pero de manera literal. Yo lo veía con ojos
grandes del asombro. Y el que también estaba asombrado era el viejo degenerado
ese. Quedó mudo y quieto por la sorpresa, y en eso, el papá de mi amigo, o mi
amigo transformado en su papá, no sé cómo decirlo, aprovechó y le encajó un
derechazo que lo dejó noqueado. A mí me temblaba todo el cuerpo. No entendía
qué estaba pasando, todo ocurrió en cosa de minutos. Cuando el vecino se me
acercó, después de asegurarse que el otro no se movía, creo que quiso decirme
algo, pero yo me desmayé. De ahí no me acuerdo de nada más, solamente de que me
desperté delante de la escalera de mi casa.
Iara
no sabía qué pensar. Soltó la primera pregunta que se le vino a la cabeza.
—Y…
¿qué dijeron tus papás cuando te encontraron ahí?
—No
llegaron a enterarse, todavía dormían. Me metí a mi casa rápido, entré al baño
y me senté en el inodoro a pensar en lo que había vivido. Cuando mi mamá golpeó
la puerta, tiré la cadena como para disimular. Pasé unos días horribles, porque
no sabía cómo contar lo que me pasó. Estaba segura de que no me iban a creer, y
que hasta me iban a pegar por decir mentiras. A partir de ahí me tomé en serio
la hora de la siesta, y no me escapé más. Con el tiempo, dejé que aquella
experiencia cayera en el olvido, y la consideré simplemente alguna especie de
alucinación.
—Pero,
¿y tu vecino? ¿Y el pedófilo?
—No
volví a ver a ninguno. Tampoco me atreví a preguntar, o mucho menos ir a la
casa. Apenas unas semanas más tarde, mi papá contó que al parecer los vecinos
se habían mudado. Y nada más.
—¡¿Nada
más?!
—Así
fue… Por mucho tiempo pensé que él no existía, que en realidad nunca existió
sino que fue alguna especie de espíritu o fantasma, hasta que lo vi hoy de
vuelta en el Pami. Viejo y todo, pero seguía siendo el mismo.
Viendo
la cara que ponía su nieta, Mara decidió permitir que el silencio se instalara
entre las dos. Consideraba un esfuerzo inútil intentar convencerla de la
veracidad de su historia. Tenía que darle su tiempo para procesar lo que le
había contado. De modo que se abocó a terminar su merienda, mientras Iara
desbloqueaba su celular en busca de alguna distracción.
Desde
la mesa, que estaba de frente hacia las ventanas, y gracias a la poca
concurrencia del lugar, podía verse para afuera. En un momento en que la abuela
Mara levantó la mirada reconoció la silueta de aquel viejo de la oficina del
Pami. Se hacía el disimulado, mirando el pizarrón con el menú del día. De
inmediato él se movió, quedando fuera de la vista de Iara y de Mara, que
también se había dado vuelta. Cuando lo vieron pasar a través de la otra
ventana, ya no tenía la apariencia de un jubilado: ahora se veía como un hombre
veinte años más joven.
Saludó
a ambas con apenas un guiño, y siguió su camino.

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