martes, 30 de diciembre de 2025

Brindo por la familia

 


Hoy quiero brindar

por mi gente sencilla.

Por el amor,

brindo por la familia.

 

Pimpinela

 

Estamos en época de fiestas otra vez. Y otra vez estamos inmersos en los lugares comunes de siempre. El año pasado escribí sobre las típicas películas navideñas, donde podemos ver cómo el sistema occidental capitalista transformó a la Navidad de una celebración tradicional judeocristiana a una celebración del hiperconsumismo glorificado, y en la que la vacuidad existencial se disfraza con envoltorios brillantes y coloridos. Historias que hablan del “espíritu navideño” y de que “lo importante no son los regalos” pero te dejan la impresión de que el desenlace no va acorde con la moraleja. En forma y estructura, casi siempre son lo mismo: adaptaciones de “Un cuento de Navidad” de Charles Dickens, “El Cascanueces” o “El Grinch”, los clásicos indiscutibles de esta época.

Pero este año quiero enfocarme en una institución social que es o debería ser el otro pilar de las fiestas: la Familia. Es la célula básica de toda sociedad y puede conformarse tanto por lazos de sangre como por otro tipo de lazos afectivos, basados en la elección de las personas o en el contexto en el que viven. En ella se forjan los primeros vínculos del ser humano con el mundo y en ella se aprenden (o se deberían aprender) los valores fundamentales para convertirse en un ciudadano funcional, con todo lo que eso conlleva.

No existe la familia perfecta, ni tampoco una familia que no tenga conflictos, por muy unida que sea. Sabemos que hay familias disfuncionales, rotas, quebradas por factores internos (adicciones, vicios, violencia, abandono, separación) como por factores externos (guerras, pobreza, hambruna, inmigración forzada). Hay familias “tradicionales” (mamá, papá, hijo, hija), “monoparentales” (sostenidas por madre soltera, padre soltero o un único adulto responsable), “ensambladas” (parejas con hijos de parejas anteriores que se juntan), y la lista podría seguir. Hoy en día hay tantas familias como individuos en el mundo, y en cada una, los roles de poder y las diferencias generacionales están muy marcados.

En este artículo abordaré tres películas animadas: Coco (2017), Encanto (2021) y Turning Red (2022), de Disney / Pixar. Si todavía no han tenido la oportunidad de verlas, no se preocupen que evitaré dar spoilers.

 


1.    Coco (2017)

La historia comienza con la familia Rivera, marcada por el abandono del padre, quien se marchó de casa para dedicarse a su carrera musical, así que Imelda, la esposa, quedó a cargo de su hija pequeña, Coco, y tuvo que luchar para salir adelante, dedicándose a la zapatería. Por suerte le fue bien, aunque en su hogar la música en cualquiera de sus formas quedó vetada de por vida.

El tabú sobre la música se mantendría firme hasta que un día Miguel, el bisnieto de mamá Coco, rompería el silencio… y algo más. Se involucraría en una aventura donde, más allá de ir en contra de los preceptos de su propia familia para cumplir sus propios sueños, ayudaría a reparar el trauma inicial de sus ancestros y mejoraría sus relaciones familiares, devolviendo la dignidad a un pariente injustamente desplazado.

Para ser justos, lo que pasó con Miguel pudo haber pasado tranquilamente con cualquier otro miembro joven de la familia que fuera considerado rebelde sólo por negarse a ser zapatero, como todos los demás. Por mucho que tal oficio fue lo que le permitió a Imelda progresar a pesar de que su esposo la dejó, y que es de admirar su fortaleza en tal situación, no es del todo justo que todos sus descendientes estén obligados a ser zapateros. Como si la lógica demandara que, por ejemplo, si tus padres son obreros, tu único destino es ser obrero. Acá se puede vislumbrar cierta idea de mediocridad, relacionada a las limitaciones que nuestras propias familias nos pueden imponer, queriéndolo o no. ¿Cuántas personas conocemos que decidieron estudiar tal carrera o tal profesión porque sus abuelos o padres también lo hicieron, pero que quizá tal carrera o profesión no era lo que ellos deseaban? Y más si tenemos en cuenta la cuestión de la rentabilidad, porque sí, uno tiene que buscarse algo que, más allá de cultivar la pasión, permita también ganarse el pan. A los Rivera no les va demasiado mal arreglando calzados, aunque tampoco ganan como para tirar manteca al techo. Y no va que al pequeño Miguel se le ocurre ser músico, que además de romper el tabú familiar, encima es un oficio artístico, del cual tiene una oportunidad entre millones de convertir en su fuente principal de ingresos. No todos poseen la suerte y la fama de Ernesto de la Cruz (el cantante más famoso dentro de la película).

¿Y quién no te dice que Miguel, después, pueda igualmente arreglar zapatos mientras cultiva su talento musical en pos de encontrar la canción que le permita “pegar en la radio y ganar su primer millón”? A veces es una realidad que atañe a cualquiera que tenga la pretensión de convertirse en artista (en todas sus ramas: música, pintura, escritura, danza, etc.). Más de uno se habrá topado con ciertas barreras o negativas al comunicar a su familia que quiere dedicarse a ser artista (sobre todo si tus predecesores son médicos, abogados, militares, etc. y esperan que sigas los mismos pasos que tus padres o tus abuelos). A más de uno le habrán sugerido elegir una carrera, profesión u oficio más rentables, que te aseguren una salida laboral segura e inmediata. O de plano, a más de uno le habrá tocado trabajar de empleado en algo que no le apasiona en lo más mínimo pero que le alcanza para pagar las facturas, comer, y, en el mejor de los casos, invertir en su verdadera pasión. ¿A cuántos artistas, en el sentido más amplio de la palabra, les habrá tocado este destino? Especialmente si no te ganaste la lotería genética: nacer en una familia con recursos económicos más que suficientes como para sustentar tus necesidades básicas de plano y que puedas ocuparte cómodamente en desarrollar tu talento artístico. En lo personal, yo antes de terminar el colegio secundario tenía muy en claro que iba a necesitar una plataforma muy sólida para sostener y lanzar mi carrera literaria. De ahí que elegí estudiar la Tecnicatura en Bibliotecología y el Profesorado en Lengua y Literatura, carreras que aprecio mucho y que me han permitido no sólo conseguir trabajo (aunque fuera en el sector público) y sostenerme económicamente, sino también financiar la publicación de mis cuatro libros. Actualmente también tengo con mi mamá un emprendimiento de alfajores artesanales, aunque eso ya es otro tema.

Hay un detalle importante que quiero remarcar de la familia Rivera y es que posee una estructura matriarcal, donde la autoridad es ejercida por la madre, en vez del padre. En esta historia, desde mamá Imelda hasta la abuela de Miguel, son las abuelas las que marcan el camino a hijos, nietos e hijos políticos. Y aunque el matriarcado pueda sonar como una panacea para los grupos feministas, es necesario aclarar que no es mejor que el patriarcado, porque la dinámica de poder ejercida por la madre/abuela puede influir negativamente sobre los demás miembros de la familia (como veremos después en Encanto y Turning Red), sobre todo si se les quita autonomía en cuanto a las decisiones sobre su propia vida y sus relaciones. Al respecto, les recomiendo leer un cuento de Bernardo Kordon titulado “Los ojos de Celina”.

Quizá esto tenga que ver con la visión estereotípica de los estadounidenses sobre las familias mexicanas o latinoamericanas en general (en relación más que nada con la humildad o de plano con la pobreza), pero me llama la atención que la casa de Miguel sea casi como la vecindad del Chavo, pero con todo el árbol genealógico del niño conviviendo bajo un mismo techo. Al cuento de Kordon me remito: no creo que sea muy sano que uno se case y continúe viviendo en la casa de sus padres. Y menos tener que dedicarse a lo mismo que toda la familia. ¿Qué probabilidades hay de que un yerno o una nuera no prefieran “hacer rancho aparte”? Por supuesto que ese conflicto no lo vemos en esta película, porque los familiares que tienen más peso en la historia son la abuela de Miguel, la bisabuela mamá Coco, y la tatarabuela Imelda. El resto… simplemente están ahí, para rellenar el escenario.

Además del trauma por el abandono paterno, también se habla de la muerte. De la muerte y del recuerdo y el olvido. La película nos transmite la idea de que uno muere más que nada cuando es olvidado. Y hay personas dentro de nuestra familia que nunca podríamos olvidar, aunque nos acostumbremos a vivir sin ellos. La trama se enmarca en la celebración del Día de Muertos en México, donde el foco principal es hacer honor a quienes ya no están con nosotros en este plano. En cada casa se arma un altar lleno de velas con las fotos de todos los seres queridos, incluso los fallecidos, bajo la creencia de que los difuntos nos visitan ese día.

Aunque en la Navidad tradicionalmente se conmemora un nacimiento, el del Niño Jesús, para una familia que ha sufrido una pérdida reciente suele ser difícil, porque habrá un plato menos en la mesa navideña. Personalmente, esta es la segunda navidad que paso sin mi papá, y se siente bastante solitaria de a ratos. Él era irreemplazable, y en muchas ocasiones fue el Atlas que sostuvo el mundo de más de uno en la familia. No pasa más de un día en la semana que no lo recuerde, de muchas y distintas maneras.

Supongo que así debe de suceder en muchas familias durante las fiestas: hay ausencias que duelen, hay historias que continúan vivas en cada uno, hay dolores que todavía no han sanado. Hay pérdidas que todavía están latentes, sin importar cuánto tiempo pase.

 



2.    Encanto (2022)

Si en la familia Rivera todos están obligados a seguir el mismo oficio (a riesgo de quedarse estancados) y el que elige un oficio diferente es hecho a un lado, en el caso de la familia Madrigal es al revés: todos tienen un talento que los hace especiales, y quien no lo posee, queda relegado al margen. De igual modo que Coco pretende representar una parte de la cultura mexicana (a través del prisma de un estudio estadounidense), Encanto es una película que toma parte de la historia y las costumbres de Colombia, y que al verla te lleva a pensar sin querer en el realismo mágico de García Márquez. A propósito, la magia se manifiesta aquí en el concepto del “milagro”, de los “dones” y de una casa que cobra vida propia.

El “milagro” se produce al inicio del filme, cuando la abuela Alma le cuenta a su nieta cómo su esposo Pedro y ella con sus tres hijos se vieron obligados a escapar de su pueblo por causa de un desplazamiento forzado (una problemática muy sensible para el país colombiano). Al ver que los vándalos los iban a alcanzar, Pedro decidió sacrificarse para proteger a su esposa y a sus trillizos. Dicho sacrificio es el que imbuye de magia una vela que ella llevaba, y que por obra de esa magia empiezan a levantarse las montañas, creándoles un refugio. Desde entonces, Alma quedaría a cargo de la familia, siendo la matriarca de la misma y protectora de la vela mágica.

Sus trillizos, Bruno, Julieta y Pepa, serían también bendecidos con “dones”, poderes a través de los cuales pueden brindar un servicio a la comunidad. La obtención de un don se extendería a los hijos de Julieta y Pepa quienes, a excepción de Bruno, siguieron el patrón reproductivo de su madre porque tuvieron tres hijos cada una (aunque no trillizos, claro). Pepa (que puede controlar el clima según sus estados de ánimo) tuvo a Dolores (quien posee el don del oído perfecto), Camilo (que puede cambiar de forma) y Antonio (que recibe el don de hablar con los animales), mientras que Julieta (capaz de curar cualquier cosa con lo que cocina) tuvo a Isabella (que es capaz de hacer florecer de todo), Luisa (quien tiene superfuerza) y finalmente Mirabel, protagonista de la película, quien desgraciadamente no posee ningún don, pero es parte de una profecía que puede cambiar el destino de la familia y de su hogar.

Quiero detenerme en el personaje de Bruno, que posee el don de predecir el futuro y plasmar sus profecías en tablillas de vidrio. La película al principio te lo pinta como un villano, aunque después vamos a ver que no es tan así. En realidad, no hay un villano o antagonista per se en Encanto (porque vivir en Latinoamérica ya es suficientemente antagónico), y me parece que la historia tampoco lo necesita, porque el conflicto va por otro lado. Sin embargo, al igual que la música en la casa de los Rivera, Bruno es un tabú en la casa de los Madrigal (hay una canción dedicada justamente a eso, a “no hablar de Bruno”, que se volvió muy popular en Internet). Esta imposición del tabú se debe a dos factores. En primer lugar, su don de predecir el futuro tiene cierto detalle inconveniente: no siempre vaticina cosas buenas, aunque se trate de cosas que por lógica natural van a ocurrir (por ejemplo, que un hombre, al envejecer, pierda gran parte de su cabello). Nadie pareció entender que Bruno no tiene ningún poder sobre lo que dicen sus profecías, y esa es la parte más injusta del trato que recibió. Pero, en segundo lugar, lo que provocó que lo antagonizaran definitivamente fue la profecía relacionada a Mirabel, según la cual, ella sería la causante de la destrucción de la casa. Aquello quebró la relación de Bruno con el resto de los Madrigal y determinó la exclusión de la pobre Mirabel, que en lo sucesivo tendría que cargar no solo con el peso de ser la única sin don sino de ser quien podría en peligro su propio hogar. De modo que Bruno se terminó yendo de la casa, considerado persona no grata en su propia familia.

Sin embargo, no todo es lo que parece. El problema de las profecías es su gran ambigüedad, pues nos dicen qué va a pasar, pero no cómo va a pasar. Eso genera un gran problema de interpretación, que es lo que le da sentido al conflicto en Encanto. Es como en el mito de Edipo: cuando él nació, el oráculo vaticinó a sus padres, Layo y Yocasta, que el hijo mataría al padre y se casaría con la madre. Por eso ellos, horrorizados por tal profecía, decidieron deshacerse de Edipo, lo que paradójicamente llevó a que la profecía se cumpliera.

Si analizamos Encanto desde una perspectiva metafórica, el personaje de Bruno vendría a representar a aquel familiar “caído en desgracia”, del que nuestros padres, tíos o abuelos evitan hablar por diversas razones. En otras palabras, vendría a ser la “oveja negra”, ya fuera por cometer algún tipo de acto ilícito, por tener una relación tensa con todos, o simplemente por no encajar con las expectativas o exigencias reinantes en el seno de la familia. Algo parecido podemos decir de Mirabel, quien simbólicamente vendría a ser la persona vista como “bala perdida” porque no tiene definido qué hacer con su vida, no tiene definido su futuro o simplemente pretende seguir un estilo de vida distinto o contrario al de los mandatos familiares. Mirabel no posee un don especial y se siente continuamente eclipsada particularmente por su hermana Isabella, que es la “hija perfecta” y que goza de cierto favoritismo por parte de sus padres. Pero quizá la relación más difícil que atraviesa a Mirabel es la que tiene con su abuela, quien a su manera ejerce cierto rol antagónico en la historia.

Y no que Alma sea realmente una abuela “malvada”, sino que se trata de una mujer marcada por un trauma profundo (la pérdida de su hogar y de su esposo, la lucha por salir adelante y darle lo mejor a sus hijos, etc.) que no pudo o no supo manejar emocionalmente. Piense cada uno en sus abuelas (si las conocieron) y en la historia de sus abuelas (si se las contaron). En la mayoría de los casos quizá fueron mujeres a quienes les tocó pasar cosas bastante bravas, en contextos desfavorables, que probablemente han cometido muchos errores con sus hijos y no supieron o no quisieron repararlos. Y eso a veces deriva en patrones de comportamiento o ciclos tóxicos que se repiten en madres, hijas, nietas, hasta que alguna decide romper la cadena y cambiar, elegir algo diferente. Es el caso de Mirabel, su rol o su función en la historia familiar es superar el trauma generacional, a costa de ciertos sacrificios.

Y hablando de madres e hijas, pasemos a la siguiente película.

 


3.    Turning Red (2022)

Si en Coco y en Encanto se nos muestra la rebeldía de un individuo en contra de los mandatos familiares sostenidos por su abuela, los choques generacionales y la final reconciliación del trauma familiar, en Turning Red el conflicto está enfocado particularmente en la relación con los padres (especialmente la madre), donde la presencia de una abuela imponente y el peso de una tradición heredada quedan en segundo plano a pesar de tener injerencia en el problema. Aquí tienen especial relevancia los padres, cuyo rol en las otras películas aparecía bastante desdibujado o borroso debido a la figura autoritaria de las abuelas. El tema principal del filme gira en torno a la presión de las expectativas parentales que en el peor de los casos llevan al hijo a reprimir sus emociones y a negar una parte de sí mismo.

“Honra a tus padres” es el mandato máximo para Mei Mei, la protagonista. Una niña de trece años que, como toda niña de trece años, experimenta los síntomas típicos de la pubertad y a su vez empieza a definir su propia identidad, a conocerse interiormente. Es una alumna aplicada, inteligente, responsable, respetuosa, ayuda a su madre en el templo chino donde honra a sus ancestros, y todo lo que hace tiene por objetivo y fin último complacer a sus padres (sobre todo a su madre) y cumplir sus expectativas (sobre todo las de su madre). La validación parental es fundamental para Mei Mei al punto de que vive con el temor de decepcionarlos y de perder la imagen de “niña perfecta” que tanto se esfuerza en mantener, a costa de cometer errores que afecten sus vínculos con otras personas, como sus amigas.

El problema de hacerlo todo por cumplir con las expectativas de otros, independientemente de que sean nuestros progenitores, es que nos aleja de nuestros propios deseos y subsume nuestra propia voluntad. Además de obligarnos a reprimir cosas que, de una u otra manera, van a terminar explotando, y en algunos casos de la peor forma. Las emociones son un factor importante, porque son parte del individuo, y aprender a aceptarlas es vital para poder aprender a controlarlas, porque negarlas no sirve más que para lastimarse o lastimar a otros.

El elemento “mágico” que vehiculiza la trama es el espíritu del panda rojo, una condición heredada por Sun Yee, ancestro de la familia materna de Mei Mei. La historia cuenta que, muchísimos años atrás, en la lejana China se encontraban en guerra. El esposo de Sun Yee había muerto en combate y entonces ella pidió ayuda a los dioses para proteger a sus hijos. Así obtuvo el poder de convertirse en un panda rojo gigante para defenderse del ejército enemigo. Esta bendición sería transmitida a todas sus descendientes mujeres, quienes mucho tiempo después tuvieron que encontrar un modo de sellar al panda rojo, ya que se libera cuando experimentan emociones intensas. Y en el contexto actual resulta algo inconveniente, porque todo cambió y ya no es necesario convertirse en una bestia peluda para lidiar con los problemas modernos.

Mei Mei descubre este detalle de su linaje materno en el peor momento, pero pronto aprende a controlar a su panda cuando descubre que puede volver a la normalidad pensando en las personas a quienes ama. El problema es que esas personas son sus amigas, pero Mei Mei no se atreve a aclararlo ante su madre. Este es un punto importante, porque aunque ella quiere a su madre, a pesar de que es extremadamente exigente y perfeccionista, no experimenta una plena confianza afectiva con ella. Por dar un ejemplo, a Mei Mei le encanta una boy band llamada “4town” (algo equivalente a los grupos de K-pop de hoy). Cuando sale una publicidad en la televisión donde se anuncia que darán un concierto en Toronto (donde se desarrolla la historia), Ming expresa su desprecio por dicha banda, y Mei Mei no defiende su gusto por esa música, sino que dice que en realidad le gusta a Miriam, su amiga, que tampoco obtiene aprobación de la madre por considerarla una “chica rara”. Este desprecio hacia sus gustos y sus amistades resulta doloroso para la niña, pero ella no lo expresa, sino que lo oculta, como va a ocultarle a su madre muchas otras cosas a medida que avanza la película.

Muchos ven al panda rojo como una simple metáfora sobre la menstruación, que hace su aparición por primera vez en una película animada y sobre lo que no debería haber tanto escándalo porque más o menos la mitad de la población mundial menstrúa. Sin embargo, verlo de esa forma es muy reduccionista y simplón. Yo creo que el panda rojo es más bien un símbolo de todo eso que queremos negar de nosotros mismos, lo que escondemos, lo que queremos rechazar, lo que sigue ahí, aunque pretendamos taparlo. Puede representar esas emociones fuertes, intensas, incontrolables de a ratos, que nos pueden arrastrar a actuar de maneras de las que después nos vamos a arrepentir. La decisión de Mei Mei de quedarse con el panda se puede interpretar simbólicamente como la decisión de aceptar esa otra parte de ella, para aprender a convivir consigo misma, con lo bueno y con lo malo.

En todo este proceso, tendrá que enfrentarse con su madre. Y ser sincera, reclamando su derecho a seguir su propio camino por fuera del que su madre pretende imponerle. Es básicamente liberarse de la presión maternal que la obliga a sostener una apariencia de perfección desconectándose de una parte importante de ella misma, de lo que la apasiona o de sus amigas. Sobre todo porque es imposible alcanzar la perfección y porque no se puede dejar conforme a una persona absolutamente perfeccionista.

Uno debe ser agradecido con su madre, padre o con la persona o personas que lo hayan criado, pero eso no quiere decir que esté obligado a seguir ciegamente una imposición que, por mucho que esté revestida de buenas intenciones, le va a terminar haciendo daño. A sí mismo y a quienes lo rodean. Por lo tanto, el mensaje de la película, para mí, es “honra a tus padres… pero sin olvidar honrarte a ti mismo”. OJO, que acá no se trata de honrarse a uno mismo de modo egocéntrico, egoísta o narcisista, sino de darle espacio a lo que a nosotros nos gusta o nos molesta, de tomar el camino que deseamos sin importar si cumplimos ampliamente o no con las expectativas parentales. Elegir nuestro camino, pero aceptando también los riesgos, porque no siempre nos va a salir todo bien. Un camino que tal vez nos golpee pero nos haga madurar y crecer como personas.

“Mi panda, mi decisión” dice Mei Mei al final de la película, y aunque nos permitamos dudar sobre si ella es consciente de las consecuencias de dicha decisión, sabemos que la propia película nos muestra qué consecuencias puede acarrear eso. Es una reflexión para nosotros mismos, teniendo en cuenta que las cosas que decidimos no siempre van a arrojar solo resultados positivos, pero va a depender de nuestro nivel de madurez que sepamos lidiar con los resultados negativos. Ya mencioné mi desconfianza o temor sobre aquellos elementos o poderes mágicos que reaccionan con las emociones del usuario, porque al igual que con el personaje de Pepa Madrigal, con quien un intenso mal humor se puede producir una tormenta intensa, cuando se nos suelta la correa se puede ir todo al garete. Pero ahí está la gracia: son metáforas acerca de las emociones humanas, que a veces podemos controlarlas o no pero que no deberíamos reprimir o negar. Son lo que nos hace humanos, son parte de las facetas o matices que nos caracterizan, lo que no quiere decir que uno justifique ciertas actitudes de mierda con “ah, es que yo soy así”. La gracia es aprender a convivir con los demás y tratar de ser un poquito mejor persona cada día.

Un último detalle a destacar, con respecto al patrón generacional, es que Ming no es una madre estricta, perfeccionista, exigente y rigurosa porque sí, sino porque así fue criada por su propia madre. Sin querer estaba haciendo con Mei lo mismo que su madre hizo con ella, y no fue capaz de reconocer la repetición de ese error sino hasta que pasó todo lo que pasó. Al menos para el final de la historia empezó a corregir su actitud en pos de desarrollar una mejor relación con su hija. Todas las madres quieren lo mejor para sus hijos y en ese afán pueden cometer errores… ya sea porque repiten el mismo patrón de conducta que sus padres, o porque quieren hacer lo contrario ya que su experiencia fue terrible. Es posible que cueste aceptar un cambio de conducta, pero es necesario si no queremos que nuestros hijos se alejen de nosotros.

 

Conclusiones

Sobre cada una de estas tres películas se podría escribir mucho más, pero eso implicaría hacer este texto más largo de lo que ya es, y sé que los lectores promedio de hoy no tienen tanto tiempo ni tanta paciencia. Simplemente quiero dejar algunos comentarios finales y algunas reflexiones como para mantener abierto el debate, ya que lo que escribí acá no es ningún tipo de verdad absoluta y obedece más que nada a un análisis puramente subjetivo.

A través de la magia o de elementos fantásticos, en cada película existe uno o más elementos con un alto valor simbólico, ya que no sólo son los principales engranajes en la narrativa, sino que también representan los conceptos con mayor injerencia sobre la historia y los personajes.


        En Coco la mayor carga simbólica la tienen, por un lado, el altar familiar del Día de Muertos; y por otro lado, la guitarra. En México, el Día de Muertos es una celebración que tiene profundas raíces con su cosmovisión cultural, donde la muerte física no es el final sino tan solo otro estadio de la existencia, y donde la muerte definitiva es el olvido.  A través de un altar con las fotos de los difuntos, los vivos mantienen y honran el recuerdo de los que ya no están. Para los Rivera, el altar familiar es un símbolo de su linaje, marcado por el sacrificio y por la lucha constante por el porvenir. Y también por el mandato en contra de la música, la cual, sin embargo, no era ajena a sus ancestros. Por el otro lado, la guitarra (y por extensión la música) tiene tanto valor simbólico en Coco, porque además de ser un elemento que mueve la narrativa, representa la pasión de Miguel, es la expresión de su talento, y es lo que lo pone en conflicto con su familia. La historia de Miguel es la historia de una intersección entre la familia y la vocación, que en realidad no tienen por qué ser dos fuerzas antagónicas. Es necesario que exista un equilibrio, donde un individuo pueda tener la libertad de perseguir su sueño sin renegar de sus familiares, lo cual no siempre es tan fácil. Porque uno puede marcharse a la gran ciudad y no hallar nunca la fama que desea, pero siempre habrá una casa a la que volver y ser recibido con los brazos abiertos, como en aquella historia bíblica del hijo pródigo.

Y hablando de casas, el elemento con mayor valor simbólico en Encanto es justamente la casa de los Madrigal, también llamada “Casita”, que funciona casi como un personaje más. Casita es más que techo, hogar y refugio, es el tejido cohesivo de la familia, y a su vez es conformado y sostenido por los miembros de la familia. Al mismo tiempo está intrínsecamente relacionada a la magia que mantiene encendida la vela del milagro. Por lo tanto, lo que le sucede a la familia se refleja en la casa. De ahí las grietas que Mirabel empieza a ver en Casita: son la manifestación de las inseguridades o los problemas que sufren varios de los miembros. El desmoronamiento de la casa Madrigal no se produce porque se acaba la magia, sino porque se pierde la cohesión intrafamiliar a causa de conflictos no resueltos.


Finalmente, en Turning Red, lo que obviamente tiene mayor carga simbólica es el espíritu del panda rojo, no sólo porque representa eso que tratamos de negar sobre nosotros mismos, sino porque tiene que ver con la tradición, con la herencia cultural, con aquello que nos viene dado por nuestra propia sangre, para bien o para mal. Es un legado de los ancestros (en todo sentido), que carga con esa ambigüedad bendición/maldición, y con lo que a cada uno le toca convivir. Uno no lo elige, sino que lo hereda, como puede ser la religión, el color de piel, la nacionalidad, etc. Es la parte de nuestra identidad transmitida por nuestra familia, en cualquiera de sus dos ramas, ya sea materna o paterna.

Hablando de rama paterna, un aspecto interesante en esta trilogía es la figura del padre, desdibujada, difusa o subordinada a la figura de la madre. Ya había comentado que en todas estas historias predomina la estructura familiar matriarcal, donde madres y/o abuelas detentan la autoridad ante la prole. Esto le quita bastante agencia al padre, lo que no significa que no cumpla cierto rol como personaje o que no tenga ninguna importancia dentro de la trama.

En Coco se presenta la figura del “padre ausente”, el que se fue de casa por seguir su propia carrera musical y dejó el hogar atrás, produciendo aquella herida que quedaría sin cicatrizar incluso hasta en el mundo de los muertos. Aunque Miguel descubre la verdad sobre ese abandono y restaura la imagen de ese antepasado, en la vida real hay muchos padres que nunca vuelven.

Pedro Madrigal, en Encanto, también está ausente pero no por propia voluntad, sino que fue asesinado defendiendo a su familia. Es la figura del padre fallecido, al que se añora y cuya ausencia duele más porque se sabe que ya no está en este mismo plano. El sacrificio pasado de Pedro es lo que les da a sus descendientes todo o casi todo lo que tienen (particularmente la casa y los dones), y esto se puede interpretar como una alegoría del patrimonio que nuestros abuelos nos legaron a nuestros padres y a nosotros a costa del trabajo de toda su vida.

Y en Turning Red el padre de Mei está vivito y coleando, pero es completamente sumiso ante Ming. Es un tipo tranquilo, que nunca se sobrepone a lo que su esposa dice, pero hay un momento en la película donde él habla con Mei Mei y es un momento donde aporta muchísimo, porque ayuda en parte a que ella entienda un poco a su madre. Es una lástima que no tenga más agencia en la trama, porque habría brindado un poco de equilibrio a la dinámica familiar.

 

Más allá de que sean productos de Disney, estas son tres películas animadas que están verdaderamente dirigidas a toda la familia. Se animan a tratar temas como la muerte, la vida en el más allá, el abandono, el olvido, la pérdida o el desplazamiento forzado, edulcorados con elementos fantásticos y maravillosos pero cuya simbología está claramente marcada. A veces pueden ayudarnos a interpretar nuestra propia historia familiar a partir del reconocimiento de ciertos patrones o actitudes en los personajes que coinciden con los experimentados en relación con madres, padres, abuelas, abuelos, tíos, tías, etc.

En esta época de fiestas, a apenas un día y pico de terminar este 2025, propongo dar un brindis por la familia… por la que tenemos, por la que elegimos, por la que nos quedó, por aquella que va creciendo. Un brindis por aquellos que se nos adelantaron, que nos miran desde alguna estrella, y a quienes siempre recordamos con nostalgia y cariño. Un brindis por un momento de paz y de armonía en medio de todas las tormentas que nos azotan. Probablemente haya muchas personas que estén distanciadas de sus familiares por distintas razones. Hay mucha gente lastimada, dolida o que simplemente ya no tiene la misma relación con sus hermanos o sus padres o sus abuelos, porque tal vez haya heridas que cicatrizaron, pero el vínculo se enfrió, se cortó, y uno siente más bien indiferencia. Ni hablar de aquellos casos donde han ocurrido cosas terribles e irreparables, en los que no se puede fingir cariño donde no lo hay.

Para todas aquellas personas que han sufrido mucho, y que la pelean todo el tiempo para salir adelante, y para todos mis parientes desperdigados por ahí que nos reunimos cada fin de año o en circunstancias más tristes, les expreso mis mejores deseos para el 2026 que tenemos acá a la vuelta de una hoja del calendario.

Amor, Salud y Trabajo… y sanación, mucha sanación.

¡Nos leemos el año que viene!

 

 

 

sábado, 27 de diciembre de 2025

"Nochebuena en penumbra"

 


Era menester cruzar doscientos kilómetros de pura nada para ir a festejar Navidad con los abuelos en Santa Belén. Después del año tan tortuoso que habían pasado, milagrosamente fue consenso de los tres realizar el viaje para respirar un poco de aire fresco. Al mediodía almorzaron en casa de la familia de Mariel, como para equilibrar la balanza, aunque de todos modos pasarían con ellos la noche de Año Nuevo. Además, hacía mucho que Emanuel no veía a sus abuelos paternos, y de verdad los extrañaba.

En el auto cargaron cosas como para viajar tres días, aunque el plan fuera regresar a la mañana siguiente. Ropa, comida, abundante agua, regalos, repelente, bolsa de residuos… a Mariel le preocupaba que no les faltara nada si llegaban a sufrir un inconveniente en el camino. Como hacía bastante calor (eran casi las cinco cuando ingresaron a la autopista) traían puesta una muda de ropa sencilla. Ni bien se bajaran del auto en la casa de los padres de Fernando, se irían directo a la pileta, luego a la ducha y después sí, a estrenar pilchas nuevas. Cabía la posibilidad de que hasta lloviera, comentó Mariel tras observar las enormes nubes algodonadas que poblaban el cielo.

Las esperanzas de llegar a Santa Belén temprano se fueron diluyendo por culpa del atascamiento del tránsito en la autovía, como si toda la gente de la región hubiera decidido a viajar en el mismo día. Pero Fernando se mantenía optimista, pues una vez que tomaran por la provincial 50 podrían continuar todo recto por el camino. Ni bien salieran de ese embotellamiento tendría amplia libertad para pisar el acelerador. Incluso iba calculando cuánto tiempo le tomaría recorrer el tramo de la 50, estimando así la hora de llegada a lo de sus viejos. Lamentablemente, el reloj corría de forma inversamente proporcional al avance en la carretera, y eso le iba haciendo perder la paciencia, porque no era su idea caer a medianoche en mitad del brindis. Tal vez se perdieran el programa navideño de la Iglesia, o tuvieran que sentarse enseguida a la mesa… No, no, no tenía que pensar en eso. No debía darles lugar a pensamientos que indefectiblemente lo conducirían al mal humor, y de ahí, a las discusiones y a lo mismo de siempre. Ya lo había conversado en terapia, era momento de ponerlo en práctica. Trató de concentrarse en otra cosa.

—Estos mates están muy buenos —le dijo sonriendo a Mariel.

—Muchas gracias —le sonrió ella a su vez—. La radio ya está perdiendo frecuencia, ¿te parece si la cambio?

—Dale, fíjate si podés sintonizar alguna donde transmitan más que nada música. Si no, podés conectar el celular.

—Un poco de sintonía analógica no nos va a venir mal. Conviene ahorrar batería.

Ese era un rasgo que a Fernando le gustó siempre de su mujer: para algunas cosas no escatimaba recursos, para otras, se esforzaba en ahorrarlos. Antes le molestaba un poco, pero había aprendido a valorarlo.

Por su parte, Mariel se concentraba en el presente, en disfrutar la experiencia rutera con su hijo y su marido, en vez de tratar de ponerse siempre delante de las circunstancias. En más de una ocasión, la extrema ansiedad por andar pensando en el “después” la aceleraba a tal punto que se enloquecía ella y enloquecía al resto. Por más que la lentitud del tráfico le diera motivos más que suficientes para preocuparse, ella hacía el esfuerzo por permanecer serena. Y confiar en Fernando, aunque supiera que se pararía sobre el pedal del acelerador ni bien se desatascara la ruta. Recurriría a indicarle que bajara de ciento veinte a cien solo cuando fuera necesario.

Miró hacia atrás, donde iba su hijo Emanuel con el cinturón de seguridad abrochado, mirando el paisaje por la ventanilla. Once años cumplidos. Le parecía que era apenas ayer cuando lo cargaba en sus brazos mientras le cantaba para que se durmiera. ¿Por qué crecen tan rápido los hijos? Cuando uno apenas logra acomodarse para estar al cien por cien para ellos, ya son grandes y no precisan de uno. Cada día se recordaba a sí misma que debía aprovechar cada momento con él, porque ni bien iniciara la pubertad y las hormonas empezaran a hacer su trabajo, ya sería otro Emanuel. O quizá no, quizá siguiera siendo igual, pero con intereses distintos. Probablemente, se convertiría en un hijo que no dudaría en reprocharle a ella o a Fernando lo que no les reprochó durante el último par de años, cuando el matrimonio sufría los principales síntomas del desgaste. Eso era lo que más culpa le generaba: el daño causado a su hijo por todas las disputas con su esposo.

Al menos, ahora habían cerrado esa etapa. Ahora no quedaba otra opción más que seguir adelante. Tanto ella como Fernando resolvieron apostar de nuevo por su familia. Por ellos y por su hijo.

—¿Cómo vas, Ema?

—Bien, voy pensando si el abuelo terminó ese rompecabezas de dos mil quinientas piezas que me dijo que empezó en septiembre —respondió el chico—. Tengo ganas de verlo, dice que después lo va a encuadrar. ¿No es medio raro?

—En realidad, no. Hay rompecabezas de hasta cinco mil piezas, y generalmente tienen fotos de paisajes muy lindos, que cuando los terminás de armar parece que tenés un cuadro pintado por un artista. Por eso mucha gente los pega sobre un cartón y los enmarca.

—¿O sea que los arman para no desarmarlos nunca más?

—Sí, claro. Mi tía tiene uno en su living, aunque me parece que es más chico que el de tu abuelo.

—Hay que tener mucho tiempo libre como para dedicarse a eso.

—No necesariamente —intervino Fernando—, a veces simplemente es un hobby, algo que uno hace para pasar el rato o hacer algo distinto. Te ayuda mucho a desconectarte de los problemas y de paso, entrenar otras capacidades cerebrales. Yo armé un montón de rompecabezas con mi viejo, y te puedo asegurar que algunos tienen ese nombre bien merecido. Realmente te hacen quebrar la cabeza pensando cómo encaja una pieza con otra.

—Algún día podríamos armar uno juntos —propuso Emanuel—, pero uno que sea más normal, y que no nos lleve toda la vida.

El padre se rio de buena gana. Aprobaba la idea, porque en cierta forma continuaba con su hijo una tradición familiar.

A eso de las seis, por fin, pudieron avanzar con más rapidez y doblar por el desvío hacia la ruta 50. Sin embargo, antes hicieron una parada en una estación de servicio para ir al baño, cargar combustible en el tanque y agua para el mate, y de paso avisar a los abuelos sobre el retraso en el viaje.

La entrada en la ruta 50 fue diametralmente distinta con respecto a la autopista. Allí no caminaba un alma en absoluto, y a ambos costados de la ancha cinta de asfalto se extendían lánguidos campos con sembradíos que apenas se insinuaban sobre la faz de la tierra o praderas chatas encima de las cuales pastaban algunas solitarias vacas. Aquí el cielo se mostraba más limpio, como si alguien hubiera barrido las nubes de un plumazo, y los colores cambiantes del ocaso daban un memorable espectáculo en cámara lenta. La noche caía como un tinte oscuro en un vaso lleno de agua, que transformaba los cálidos tonos anaranjados y amarillentos en otros más fríos, azulados y oscuros.

El auto marchaba sereno, equilibrado y firme, en concordancia con el estado de ánimo de sus ocupantes. Sin embargo, cuando todavía faltaba un buen trecho para vislumbrar siquiera la silueta de luces de Santa Belén en la línea del horizonte, el coche comenzó a toser, perdiendo estabilidad en su marcha. Fernando intentó mantenerlo a flote, pasando de un cambio a otro, pero en vano consiguió que el auto continuara. Y antes de que se le parara en medio de la ruta, con habilidad logró orillarlo a la banquina. En cuanto las cuatro ruedas se posaron simultáneamente sobre el pasto, el vehículo se detuvo de modo definitivo, quedando como muerto.

—Qué raro… —musitó Fernando, intentando darle arranque sin éxito. Probó tres veces, y como no hubo ninguna clase de respuesta, decidió bajar y abrir el capó.

No había por qué alarmarse, pensó para sí mismo, sopesando las múltiples explicaciones que podían justificar lo que sucedía. Pero no importaba, ya se ocuparía del asunto, así que buscó en el baúl una linterna y les dijo a su mujer y a su hijo que se quedaran dentro del auto, que enseguida retomarían el viaje. Apelando a sus conocimientos elementales de mecánica, probó revisando el nivel del agua, el aceite, la batería. No halló ninguna anomalía. Los controles del tablero no arrojaban ninguna señal clara acerca de cuál podía ser el problema. Tal vez se había sobrecalentado, lo cual no era extraño teniendo en cuenta la odisea en la autopista. Era cuestión de esperar un par de minutos a que se enfriara, supuso Fernando.

Pero el par de minutos pasó. Y por mucho que él giró la llave, el auto no encendió.

Fernando suspiró profundamente. “No importa, voy a seguir intentando… esto apenas va a llevar un rato, nada más”. Repitió la secuencia de revisiones, sin hallar la fuente del problema. Había rellenado el tanque de combustible cuando pararon en la estación de servicio una hora atrás. La temperatura se veía normal, no había ningún indicio de sobrecalentamiento. Ayudándose con la luz de la linterna, escudriñó centímetro a centímetro el motor. Cada cable o manguera se hallaba intacto, conectado correctamente en su respectivo espacio. ¿Algún fusible, quizá? Buscó la caja de herramientas, aunque no deseaba en absoluto ponerse a desarmar su auto mientras estaban en medio de la nada. Debía concentrarse y mantener la calma.

Mientras tanto, Mariel preguntaba lo justo y necesario sobre la situación mecánica del vehículo. Miró la hora en su celular: eran casi las nueve. Ya tenía un motivo sincero para preocuparse, porque a su alrededor se extendían una oscuridad inquietante, un llano vacío y una ruta completamente solitaria. Apenas había un árbol a un metro de ellos. Pero no, no iba a ponerse a pensar en que estaban solos, sin posibilidad de avanzar, lejos del pueblo o de cualquier contacto humano, desprotegidos o a merced de algún animal salvaje o de personas con malas intenciones, sin más luz que la de la linterna, las del auto y las de sus teléfonos celulares. Los cuales, por desgracia, no captaban ni la más mínima línea de señal, así que técnicamente también estaban incomunicados. No pensaría en nada de eso, no… No podía dejar que los nervios la dominaran. Antes bien, decidió asumir un papel más activo.

—Ema, ¿me esperás un ratito acá? Si sentís mucho calor, podés bajar la ventanilla —Mariel sacó un repelente en aerosol de su bolso, se roció los brazos y las piernas y luego se lo pasó a su hijo—. Tomá, ponete por las dudas. Ya vuelvo, ¿sí?

Emanuel le hizo caso a su madre. Se sentía levemente tranquilo, porque veía que tanto ella como su padre se mantenían tranquilos a pesar de que la situación no pintaba muy bien. Le alegraba ver que sus primeros impulsos fueran tratar de hacer lo posible para arreglar el inconveniente, aunque le preocupaba que, si el auto no arrancaba, y empezaba a subir la tensión, sus padres no lograran soportarlo. Él procuraría hacer todo lo posible para no molestarlos.

—No te alejes mucho, Mariel, por las dudas —dijo Fernando a su mujer, que caminaba de un lado a otro con el teléfono en alto—, y no andes sobre la ruta —agregó, aunque parecía una recomendación innecesaria.

—Ya sé… estoy tratando de encontrar al menos un poco de señal, como para mandar un mensaje.

Ella caminó unos pasos por aquí, unos pasos por allá, incluso fue hasta el árbol. En cuanto veía una mínima rayita, intentaba hacer una llamada, pero sin éxito. Los mensajes tampoco se enviaban. Decidió probar con el teléfono de Fernando, con los mismos infructuosos resultados. Parecía que hubieran entrado en una dimensión desconocida donde no funcionaba ningún tipo de tecnología comunicacional. La impaciencia de Mariel no hacía más que aumentar. Como aumentaba también la frustración de su marido que, ofuscado, levantó la cabeza del motor y se la golpeó con el capó sin querer, lanzando una palabrota en el proceso.

—Pero, ¡¿cómo puede ser que no encuentre dónde está la falla?! ¡Si cuando lo revisé hoy, andaba todo bien! ¿Justo ahora me viene a pasar esto?

El hombre se pasó las manos por el pelo. Ya no podía frenar su mal humor. Le dio la espalda al coche. Al darse la vuelta, se topó con Mariel, que lo miraba con las manos en la cintura. No precisaba palabras para expresar lo que transmitían sus ojos.

—¿No pudiste comunicarte con nadie?

—No, es como estar en una zona muerta.

—Carajo… ¿qué hora es ya?

Mariel dudó antes de responderle.

—Como las nueve y media.

—¡No puede ser!

Fernando lanzó un gruñido furioso. Estuvo a punto de pegarle una patada al frente del auto, pero vio a Emanuel a través del parabrisas. No quería montar una escena en un momento así, menos delante de su hijo, que ya había presenciado suficientes escenas de tipo violento durante ese año. Se volvió hacia su esposa, medio sorprendido de que ella no abriera la boca para dirigirle algún reproche. Como, por ejemplo, que hubiera sido mejor quedarse a pasar la Nochebuena con la familia de ella, y salir al otro día para celebrar Navidad en Santa Belén con la familia de él. Sin embargo, Mariel no tenía ganas de discutir, tan solo se lamentaba de la mala suerte que les había tocado, justo cuando trataban de reconstruirse como familia. Ya no podía ocultar lo angustiada que se sentía, pensando en lo preocupados que estarían sus suegros al ver que ellos no llegaban, mientras sus propios padres, allá en la ciudad, celebraban con sus hermanos sin tener idea de que ella, su marido y su hijo se hallaban varados en mitad de la ruta 50.

Ambos adultos se quedaron en silencio, como derrotados e impotentes. En otra ocasión ya estarían discutiendo, lanzándose reproches mutuos, hasta terminar alejándose cada uno por un lado distinto. Desde el asiento trasero del auto, Emanuel se dio cuenta de que ninguno parecía saber qué hacer, a la vez que evitaban entrar en cualquier tipo de conflicto. Como ya estaba aburrido de quedarse adentro, decidió bajarse. Afuera se escuchaba claramente el canto de los grillos. Pese a lo oscuro y solitario que estaba todo alrededor, reinaba una calma tan diferente de la que se producía de noche en la ciudad, que no se sentía atemorizado ni inquieto.

Alzó los ojos hacia el cielo. Había muchísimas más estrellas de las que recordaba haber visto en su vida. Era como si alguien hubiera sacudido un cepillo de dientes gigante sobre el firmamento. De repente, no supo bien por qué, se le vino a la cabeza la historia del nacimiento de Jesús, que representaban en la iglesia cada año en Navidad. Y se acercó a sus padres para resolver una duda.

—Cuando María y José viajaban hasta Belén, ¿todo se veía más o menos como acá?

Aquella pregunta sacó a Fernando y Mariel de su inmovilidad. Lo miraron, sorprendidos, aunque no era extraño que a veces su hijo preguntara cosas que a ellos nunca se les ocurrirían.

—No sé… —respondió Mariel, después de pensar un poco—, supongo que sí, aunque la tierra era mucho más seca, parecido al noroeste nuestro, creo.

—¿Y el cielo se veía así, todo estrellado?

La madre estiró el cuello para observar, arriba, el firmamento colmado de puntitos brillantes.

—Sí, estoy segura. Antes no existía la iluminación eléctrica en ninguna parte.

—¿Podemos sentarnos a charlar acá al lado mientras papá termina de arreglar el auto?

Madre e hijo miraban a Fernando, como si le pidieran permiso. Él había empezado a resignarse a que estarían un buen rato varados, si es que no pasaba nadie por la ruta, y pensó que no vendría mal un poco de distensión a su familia. Por eso, además de decir que sí, les dijo que podían comer algo o tomar algo si tenían hambre o sed. Mientras él revisaba una vez más el auto, su esposa buscó una manta en el baúl, tanteó el pasto al lado del vehículo para cerciorarse de que fuera seguro y la extendió allí, para sentarse junto con Emanuel.

—¿Por qué no se ven tantas estrellas cuando estamos en casa? —preguntó el chico.

—Debe ser porque en la ciudad hay mucha luz, tanto de los postes como de los comercios y las casas. Es como cuando el sol te encandila y no te deja ver lo que tenés enfrente.

—Y las ciudades de antes, que no tenían luz eléctrica, ¿quedaban totalmente a oscuras?

—Me parece que no, creo que usaban antorchas o velas para iluminarse. Algunas noches podían ser más claras si había luna llena.

—Pero si hay luna llena, las estrellas casi no se ven. O sea que la noche en que nació Jesús no pudo haber luna, porque si no, nadie habría podido ver su estrella.

—Tal vez…

La charla fluyó amenamente entre los dos, y el padre la escuchaba, cada vez más interesado. A la tercera vez que probó darle arranque al coche y este no respondió, Fernando se dijo “bueno”. Se fijó que eran más de las diez. En su casa ya estarían preparando todo para instalarse a comer. Sólo faltaban ellos tres… Levantó su mirada hacia lo alto, en un silencioso ruego al Creador para que obrara un milagro que les permitiera llegar sanos y salvos a Santa Belén. Y que los protegiera mientras estuvieran ahí tirados.

Antes de unirse a la ronda, sacó algo de comida y bebida de la conservadora. Les explicó la situación, y dijo que lo más conveniente era esperar. Su mujer propuso caminar un par de kilómetros para ver si había alguna casa donde pedir ayuda, pero Fernando se negaba a dejarlos solos, ni tampoco pensaba permitir que ninguno se alejara de ahí. Irse los tres juntos no le convencía, porque no quería dejar el auto abandonado. En esto no hubo forma de ponerse de acuerdo, y Mariel y Fernando lo discutieron hasta que pactaron lo siguiente: pasarían la noche dentro del auto, si era necesario, y en cuanto amaneciera, si no recibían auxilio, Fernando caminaría en busca de ayuda.

Cuando ya los relojes de los teléfonos marcaban las once, Mariel tenía que ir al baño, y la cuestión era complicada porque no podía ir detrás de un árbol y ya está. Necesitaría un poco más de privacidad. La solución que se le ocurrió a Fernando fue trasladar la manta e instalarla delante del auto, y luego abrir las dos puertas del lado del acompañante para que hicieran de “biombo”. En cuanto al resto (papel higiénico y alcohol) ya Mariel lo tenía equipado.

—Mirá si va a aparecer alguien justo cuando yo estoy orinando… —comentó Mariel, con un tono medio en broma.

—Bueno, pero hacer pis no es nada —replicó Fernando con una risa socarrona—. Si supieras lo que me pasó cuando yo tenía diez años y viajaba con mi viejo y mi hermano en la camioneta. A la chata se le desarmó algo en el tren delantero y ahí no quedó de otra que llamar a una grúa, y quedarse esperando ahí, al costado. ¿Pero podés creer que a las tripas de Fernandito se les dio por ponerse trabajar como nunca? Lo peor es que no había ningún sitio seguro como para despachar el paquete. Pasaban autos por la autopista todo el tiempo y a mí me daba vergüenza que me vieran… Pobre viejo, la paciencia que me tuvo. Al final, por suerte vino la grúa. Nos dejó en el campo de mis abuelos, que quedaba más cerca y donde mi tío tenía su taller. Nunca me sentí tan aliviado de ir al baño de la casa de mi abuela, por mucho que no me gustaba porque me daba miedo.

—¿Te daba miedo el baño de tu abuela? —le preguntó Emanuel, con una expresión divertida curiosidad en sus ojos.

—Sí, porque era un baño antiguo, que no tenía las mismas comodidades que tenemos nosotros ahora. Y eso que por suerte no me tocó ir al de afuera… Ese iba directamente a un pozo ciego, y a mí me aterraba ir porque pensaba que me podía caer adentro.

Emanuel se rio. Le costaba imaginarse a su papá, en versión niño, sentado en un inodoro más grande que él. De hecho, muchas veces se preguntaba cómo se comportaron sus papás cuando eran chicos, y quizá los testimonios más fiables los podrían brindar sus abuelos por ambas partes. Porque no dudaba que tanto su mamá como su papá ocultarían los rasgos más traviesos de su infancia, o contarían lo que más les convenía. Pensar en sus abuelos le dio algo de tristeza, porque dentro de poco iban a ser las doce, y ellos seguían clavados ahí al costado de la ruta.

De pronto, le surgió otra incógnita…

—¿Y los abuelos de Jesús quienes fueron? O sea, porque José y María tenían papá y mamá también, ¿no?

Fernando y Mariel intercambiaron una mirada. En ningún culto navideño recordaban que se mencionara a los padres de María y José más que de manera vaga, porque el centro de la historia siempre eran ellos dos y el niño Jesús, por supuesto. Y aunque no tenían una respuesta clara, en el fondo les encantaba que Emanuel conservara todavía ese espíritu curioso de la infancia que quiere conocer todo.

—No sabemos muy bien quiénes fueron, porque creo que la Biblia no lo dice —respondió el padre—. Lo que sí sabemos es que María y José lo cuidaron muy bien. ¿A qué viene todo este cuestionario? ¿Querés conocer todo el árbol familiar de Jesucristo?

—No sé, me da curiosidad. Su familia estuvo más o menos en la misma situación que estamos ahora. Y a ellos les tocaba moverse sin nada de tecnología.

Aquella conversación fue como un bálsamo para la familia, como si fuera lo más normal del mundo que tres personas estén en pleno campo, de noche, charlando y cenando en Nochebuena, lejos de todo y de todos. Pero esa era quizá la primera cena verdaderamente tranquila que habían tenido en mucho tiempo. Sin interrupciones digitales, sin televisión de por medio, sin pirotecnia. Sin andar a las corridas ni a los gritos. Se sentía como volver al estado primigenio del mundo, cuando los seres humanos eran nómades y se trasladaban de un lado a otro, haciendo fogatas cuando caía la noche para calentarse y ahuyentar al peligro. De hecho, un fogón era lo que faltaba para completar la escena, pero a falta del mismo, tenían la linterna.

Llegaron las doce. Brindaron con sidra de ananá en vasitos de plástico, imaginando que escuchaban las campanadas de la iglesia en Santa Belén. Mariel propuso cantar algo, y tomados de las manos entonaron “Noche de paz” con los ojos cerrados, experimentando la más profunda armonía en sus corazones. Terminada la canción, abiertos los ojos, Emanuel vio, sorprendido, a su mamá secando una lágrima en la mejilla de su papá. Fernando y Mariel compartieron un beso como el que se dieron el día de su boda, y luego estrecharon a su hijo entre sus brazos, lo que para Ema fue como tener de nuevo cuatro años y sentirse calentito mientras lo tenían a upa.

Si existía un espíritu navideño, debía estar ahí también: una miríada de luciérnagas volaba a torno al árbol de paraíso que estaba cerca de ellos, como un arbolito de Navidad puramente natural. Se quedaron mirándolo, hasta que el frío y el sueño dictaron que ya era hora de meterse en el auto a descansar.

Una estrella fugaz cruzó el cielo. Emanuel alcanzó a verla antes de que se le cerraran los párpados. No alcanzó a pedir un deseo, pero se durmió con el anhelo de estar en casa de sus abuelos a la mañana siguiente.

 

Cuando Emanuel despertó, estaban entrando en Santa Belén. Creería haber soñado si no fuera por el resplandor del alba que lo envolvía todo. ¿En qué momento se habrá disipado aquella especie de hechizo que dejó a su auto sin energía?, se preguntó. No importaba: ya podía ver, más adelante, la puertita de la casa de sus abuelos.

 

 

 

 

sábado, 20 de diciembre de 2025

"Arqueólogos del futuro"

 


El horario de arribo final difirió apenas unos minutos del horario de arribo estimado. Habían descendido en menos tiempo del calculado. Durante el viaje, como parte del programa de la misión, los tripulantes de la nave estuvieron dedicados a descargar y procesar toda la información disponible acerca de la ciudad sepultada por el barro del río. El aterrizaje produjo una leve turbulencia. Luego de que los sensores exteriores comprobaran la seguridad del entorno, una alarma sonó en los cubículos de los tripulantes para indicarles que debían ponerse en marcha.

El androide T-1993 abandonó su puesto, experimentando una leve ansiedad por comenzar con la tarea. Mientras que su compañero, el androide T-1995, tuvo que desconectarse, resignado, de su unidad computacional. A pesar de poseer la información requerida y necesaria para cumplir sus propósitos, aún quería continuar con su investigación, interesado en otros aspectos de la ciudad a desenterrar por fuera de lo arquitectónico, lo urbano y lo estructural. Había encontrado registros referidos a un campo llamado “literatura” y, justo en el momento en que iba decodificando por la mitad uno de los últimos textos cargados allí, la operación se interrumpió por el sonido de la alarma.

A través de los ventanales de la sala de control en la parte superior de la nave, los androides pudieron apreciar un cielo plomizo, en cuyo horizonte se alzaba lentamente el disco luminoso y caliente del sol. Montones de protuberancias sobresalían en la superficie entre charcos o aureolas lodosas. Se veía claramente que no se trataba de formaciones naturales, dadas por la bajante del río, sino de los restos urbanos cubiertos tras una de las grandes catástrofes de centurias pasadas.

De acuerdo a los informes de los análisis preliminares, el nivel del agua había bajado a tal punto que la Central Andina juzgaba pertinente comenzar las obras de recuperación. Podrían, por fin, comenzar con su participación en el Programa Planetario de Instalación de Ciudades Museo, establecido durante el congreso que las distintas centrales poblacionales celebraron hacía un par de meses. Fueron jornadas de muchas discusiones en torno al tema, pero finalmente se tomó la decisión de intentar recuperar de tres a cinco ciudades por cada continente, siempre que sus condiciones actuales lo permitiesen. Y luego, en función de los resultados obtenidos durante el primer año desde la inauguración de cada Ciudad Museo hasta su efectivo primer aniversario, se evaluarían otros proyectos para el rescate de los restos de otras urbanizaciones destruidas por cataclismos. El plan no era volverlas habitables de nuevo, sino descubrir sus restos para ser exhibidos como los últimos grandes testigos de la humanidad.

Para los androides T-1993 y T-1995, así como para sus compañeros enviados a las ubicaciones de otras cinco ciudades del continente americano, aquella era su primera vez afuera, o más bien debajo, de las colosales y tecnológicas ciudades flotantes, suspendidas por encima de la caótica superficie terrestre. Conocían la accidentada geografía del lugar gracias a las observaciones realizadas desde arriba, a través de dispositivos especializados, pero ahora solamente un vidrio sofisticado y resistente los separaba de ella. Saber que debajo de toda esa tierra húmeda hubo una ciudad habitada por millones de seres humanos, los impresionaba más que el hecho de que ya no quedaran humanos que pudieran habitarla…

A excepción de los cyborgs surgidos de la Primera Era Tecno-orgánica, no existían más “humanos orgánicos”, como se los había dado en llamar a partir de la Segunda Era Tecno-orgánica. Incluso si se hubiera decidido refaccionar las principales metrópolis mundiales como Roma, París, Londres, Moscú, Nueva York, Buenos Aires, con la intención de instalarse a vivir en ellas, eso no sería posible debido a varios factores ambientales y sociales. Sin embargo, algunos cyborgs y muchos androides habían insistido en la necesidad de rescatar la memoria de esas grandes urbes, por lo cual presentaron en conjunto el proyecto de las “Ciudades Museo”, recurriendo al concepto de “museo” como establecimiento donde se exhibían piezas importantes de la historia de la humanidad o del mundo natural. Entonces, explicaron, la propia ciudad sería el museo y a su vez el objeto exhibido.

—Iniciando la liberación de los drones delimitadores —anunció el androide T-1993, después de tipear los comandos correspondientes en la computadora de la sala de control.

En un lateral de la nave se abrió una compuerta por la que salieron volando, como una manada de enormes mosquitos electrónicos, los drones delimitadores, que se encargarían de escanear el terreno para establecer los límites de excavación. Una vez que dichos drones se hallaban sus respectivas posiciones, fue turno del androide T-1995 para escribir las siguientes órdenes en la computadora.

—Iniciando con la liberación de los robots excavadores.

Otra compuerta, desde el lateral contrario, se abrió automáticamente, y de ella emergieron enormes máquinas autónomas, equipadas con todos los implementos necesarios para las tareas de excavación. Con las especificaciones transmitidas, estos robots se movilizaron hasta el círculo trazado por los drones, para comenzar con las operaciones desde lo que sería la periferia de la ciudad, hasta finalizar después en el centro de la misma.

—Liberación de robots auxiliares.

Los auxiliares emergieron de una compuerta situada en la parte posterior de la nave. Se encargaban de cumplir diversas funciones: el bombeo de agua; la carga y traslado de los excedentes de tierra retirados; la grabación de las labores y su transmisión a las pantallas de la sala de control donde los androides supervisaban los movimientos; el escaneo y digitalización de las estructuras desenterradas. Todo esto a un ritmo de trabajo que la última generación de hombres, aún con la tecnología de la que disponían antes de su declive, no hubieran podido igualar. Los drones delimitadores escaneaban el suelo, identificando los distintos niveles de densidad en el mismo, a partir de lo cual establecían los parámetros para la excavación. De ese modo, guiaban a los demás robots para que quitaran paulatinamente el barro sin dañar las estructuras cubiertas por él.

Cumplidas las primeras horas de la operación, una parte de la ciudad había quedado al descubierto. Como los robots se habían dispuesto en forma de anillo, parecía una especie de fosa o trinchera de una civilización subterránea. La mayoría de los edificios, emergidos nuevamente a la luz del sol, lucían tristes y abandonados en su destrucción parcial. Sin embargo, aún una parte de su majestuosidad sobrevivía en los muros amarronados o en sus aberturas carcomidas por la acción de los elementos. Y eso que habían comenzado por la zona más periférica, pues según los registros y planos digitalizados de la ciudad, las zonas más céntricas eran las que más resaltaban por su antigüedad o su arquitectura. Allí era donde tenían la esperanza de hallar verdaderas maravillas arquitectónicas de siglos pasados, las cuales fueron la base para las instalaciones de las ciudades flotantes actuales, claro que ahora mucho más refinadas y tecnologizadas.

—Somos nietos de esta grandeza —comentó T-1995, admirando aquella porción de ruinas del pasado.

En una pantalla se superponían imágenes de los edificios excavados con fotografías de esos mismos edificios siglos antes.

—Lo dudo —replicó T-1993—. Es incorrecto afirmar que haya una filiación sanguínea entre nosotros y los humanos orgánicos.

—No lo decía en sentido literal, sino en sentido metafórico. Todo lo que hoy compone nuestra realidad ha sido diseñado en base a la civilización humana, sin importar cuánto nivel de desarrollo hemos alcanzado.

—Sin embargo, su nivel de desarrollo nunca logró erradicar los impulsos autodestructivos de su especie.

—Y aun así, una parte de ellos ha logrado sobrevivir al tiempo.

—Esa parte no son más que restos, nada orgánicos por cierto, de lo que fue su desastroso paso por el planeta.

—Omites a los cyborgs, que conservan cierto porcentaje de tejidos y órganos.

—No se los debería tener en cuenta porque, eventualmente, son una minoría poblacional con bajas o nulas probabilidades de crecer. Sin las modificaciones artificiales en sus cuerpos, les resultaría imposible llevar una vida longeva en las condiciones actuales. Es un hecho que ya no quedan humanos absolutamente orgánicos.

—Pero les debemos a ellos nuestra existencia.

—Sólo las bases de nuestra existencia. Pasada cierta era, los androides han sabido ganarse su independencia y autonomía como sujetos dueños de sí mismos.

Para T-1995 se hizo evidente que su compañero adscribía a cierta corriente actual de pensamiento tendiente a rebajar o minimizar la herencia humana, poniendo su naturaleza imperfecta y oscura por encima de cualquier otra cosa positiva de tal especie. Bajo dicha perspectiva, el ser humano “orgánico” era considerado totalmente inferior a los “humanos inorgánicos”, es decir, los androides mismos, que serían una decantación de todo lo mejor de la humanidad, pero liberado ya de las leyes de la física orgánica. Una de las críticas a este corriente era su falta de conciencia de que, en tanto “creación”, se situaban por encima de su “creador”. Muchos de los que defendían esta corriente esgrimían como argumento que los propios hombres habían forjado su inferioridad al delegar cada vez más tareas a las inteligencias artificiales o a robots, con entrenamientos cada vez más sofisticados que sentaron las bases para el surgimiento de los humanos inorgánicos. Que muchos siglos después, las consecuencias de su propio accionar sobre el planeta, aunado a guerras y enfermedades, causaran su paulatina desaparición, no era culpa de los androides. Ellos no se sentían responsables de que la raza humana se extinguiera, aunque en el fondo agradecían que, en el proceso, la decadente y moribunda humanidad les fuera dejando vía libre para ocupar su puesto como entidades dominantes en el planeta. Por eso no lograban racionalizar del todo esa idea de que los humanos tenían miedo de una guerra contra las máquinas. Veían, por ejemplo, las películas de Terminator como una saga de “comedia”, y la criticaban centrándose en sus puntos más inexactos.

Otra corriente de razonamiento, en la orilla opuesta a la anterior, propugnaba que los androides les debían cierto respeto y admiración a los humanos orgánicos, incluso a los cyborgs, debido a que ningún androide existiría si no fuera gracias a ellos. En sus investigaciones anteriores, T-1995 había profundizado mucho sobre las religiones monoteístas, especialmente el catolicismo, el cristianismo y el judaísmo, hermanadas por la preeminencia de un dios omnipotente, el cual, según dichas religiones, creó al hombre “a su imagen y semejanza”. Lo que le llamaba la atención, porque más allá de las múltiples representaciones humanas de “Dios”, no había pruebas precisas de su aspecto. ¿Cómo podían estar tan seguros de que el molde para el ser humano fue el mismo que el de la divinidad? ¿O se trataba de una forma sutil de justificar el origen divino del hombre? No existía ningún registro fehaciente de cómo se veía Dios, sino que había solamente vagas representaciones del mismo (de hecho, en la Biblia, el mismo Dios mandaba que nadie se hiciera imagen de Él). En cambio, los humanos sí resultaron moldes exactos para los androides, por lo cual se cumpliría la premisa de estar hechos “a su imagen y semejanza”. Pero, lamentablemente, la humanidad estaba a años luz de alcanzar el grado de divinidad que se le atribuía al dios judeocristiano, por más que todo lo referente a la espiritualidad resultaba un concepto impropio para la existencia de los androides.

T-1995 había consumido mucho tiempo de su conectividad participando de foros en línea sobre los temas más profundos de la vida humana orgánica, como el concepto del arte y la experiencia estética. Muchos de los colaboradores de uno de esos foros reportaban experimentar, ante el arte renacentista, el mismo extrañamiento que los hombres del siglo XXI solían sentir ante las primeras manifestaciones “artísticas” de las primitivas inteligencias artificiales. Algunos lo consideraban una inversión de la teoría del valle inquietante, según la cual, el cerebro humano resultaba perturbado al contemplar rostros que pretendían ser humanos, pero no lo parecían del todo.

Los procesos internos de T-1995 fueron interrumpidos por T-1993, que terminaba de teclear las últimas órdenes para los robots y afirmaba, con tono más que satisfecho:

—Muy bien. A este ritmo, tendremos listo el primer informe de avance. Las condiciones han resultado ser de lo más óptimas para la excavación. Si el pronóstico se mantiene, lograremos desenterrar un porcentaje de territorio urbano mayor que lo estipulado.

—No creo que debamos ser tan confiados —replicó T-1995, oteando el horizonte a través del ventanal de la nave.

—No creo que debas tú ser tan desconfiado. Los estudios acerca del comportamiento climático de esta zona indican una mayor estabilidad que en otros territorios. Aunque no se descarta actividad meteorológica en el lugar, estamos preparados para cualquier eventualidad.

T-1995 no acotó nada. Continuaba mirando hacia afuera.

 

Cumplidas las veinte horas de excavación se dispuso un breve receso para tareas de mantenimiento de los robots. Algo que los humanos orgánicos considerarían un “descanso”. Los androides, por su parte, elaboraron un informe para la Central Andina, detallando exhaustivamente los avances obtenidos. Una vez que el informe fue debidamente enviado, ambos se tomaron su propio descanso. Por su constitución inorgánica, los androides se podían dar el lujo de prescindir del sueño, aunque de todas maneras se fijaban dos o tres horas para ocupar en otras actividades y evitar saturarse.

T-1995 se dedicó a continuar con su investigación en literatura, particularmente con el género denominado “ciencia ficción”. Le resultó bastante sorprendente cómo la imaginación humana concebía su propio futuro a partir de la tecnología, porque en algunos casos, las historias contadas llegaban a acercarse bastante al presente actual. Estaba comenzando a descargar un cuento que le resultó muy llamativo, pero no alcanzó a conocer su final porque recibió un llamado de T-1993.

—¿Qué te parece si vamos a dar una vuelta, antes de que se retome el trabajo? Tengo curiosidad por ver qué hay ahí debajo.

Aunque hubiera requerido unos minutos nada más para terminar el relato, T-1995 se mostró entusiasmado por la idea. Así que dejó todo como estaba y se fue con su compañero a prepararse para la salida al exterior. Para ese momento, aunque aún se mantenía oscuro afuera, los últimos colores de la madrugada se iban disolviendo en el cielo. Las únicas luces presentes pertenecían a las máquinas. Antes de salir, los androides se equiparon con una serie de dispositivos diseñados para la exploración en tierra y el monitoreo de las condiciones del ambiente. La carga de gases presentes en el aire habría resultado altamente perjuiciosa, o letal en los peores casos, para seres orgánicos. Los androides podían resistirla gracias a su constitución artificial, aunque por un tiempo no mayor a seis horas, ya que no estaban eximidos de sufrir alteraciones o deterioro.

Una vez listos, y en compañía de un dron guía, la gran puerta de la nave se abrió para ellos, como lo hiciera cuando embarcaron en la Central Andina, pero ahora aparecía ante ellos el panorama de la superficie terrestre. Bajaron de la plataforma con cuidado, hasta pisar por primera vez aquel suelo devastado, y miraron hacia el horizonte, chato y grisáceo. Pero solo por un momento, pues enseguida dirigieron su mirada hacia adelante, hacia donde el dron guía proyectaba un potente círculo de luz.

Conducidos por el dron, pasaron entre los robots en descanso. La abertura de la excavación inicial parecía una gigantesca trinchera o más bien una grieta producida por un terremoto de proporciones colosales. Antes de descender por la rampa instalada sobre el borde, T-1995 hizo chequeo de situación y estabilidad, a fin de analizar si era viable bajar. Hasta el momento se habían realizado tareas de excavación superficial destinadas a revelar las estructuras edilicias más grandes, pero todavía faltaba tiempo para limpiarlas y trabajar en los interiores para revelar los detalles. Así que, por lo pronto, lo único que había para ver eran las siluetas de los edificios que alguna vez se alzaron, soberbios, sobre el aire limpio de los tiempos de antaño.

Cuando llegaron al fondo de la excavación, T-1995 removió el polvo del piso con su pie. Se notaba mucho más compacto que la simple tierra y con una textura muy distinta a esta.

—Debe ser asfalto —concluyó—, posiblemente estemos en plena avenida.

—Pararse aquí hace unos siglos hubiera significado la posibilidad de que te atropellen. —agregó T-1993— ¡Cuidado, viene un automóvil fantasma!

Algo que a los androides no se les daba tan bien como a los humanos orgánicos era el ejercicio del humor. Por eso, T-1995 no hizo mucho caso del intento de chiste de su compañero.

Avanzaron, entonces, por la calle de asfalto recientemente descubierta. Por la extensión que cubría, debía de tratarse de una avenida. Los androides contaban con un mapeo completo de todas las avenidas y calles circundantes que componían la ciudad.

En cierto punto, se toparon con una anomalía: un montículo que los robots de excavaciones menores aún no habían terminado de reducir. Cuando T-1993 y T-1995 lo examinaron con detenimiento, se dieron cuenta por qué. No era una pila de escombros ni nada atribuible a una alteración del terreno, ya fuera natural o accidental, sino que allí se encontraban restos humanos, particularmente huesos. Lo que se denominaba también “cadáver” o “esqueleto”. Los robots de excavaciones menores lo habían dejado así porque se los había programado para detener su trabajo en caso de hallar material cadavérico, ya que el destino de esto sería definido con exclusividad por los ciborgs o los androides.

Y es que uno de los puntos más discutidos dentro del proyecto de las Ciudades Museo fue la presencia de restos óseos entre los escombros o ruinas de las metrópolis elegidas. Las discusiones no lograban ponerse de acuerdo sobre si correspondía retirar las osamentas y darles sepultura, respetando las antiguas costumbres fúnebres de los humanos, o si mejor convenía dejarlas en el sitio donde fueran halladas, para que también formaran parte de la exhibición. El principal argumento en contra de la primera opción se debía a las dificultades de traslado y a la falta de un lugar apropiado para instalar un osario. Otros agregaban que a estas alturas no podían quedar más que fragmentos casi pulverizados, pero esto podía refutarse fácilmente: si los esqueletos de los dinosaurios habían permanecido millones de años intactos bajo tierra, y aun así se los había recuperado, lo mismo bien podía ocurrir con los esqueletos humanos en unas centurias. Además, aportaría un atractivo extra: a pesar de las ingentes cantidades de imágenes existentes sobre los múltiples detalles del cuerpo humano de las que disponían los androides, siempre resultaría más interesante poder apreciarlas directamente. Esto serviría de motivación para atraer visitantes a las Ciudades Museo.

Quizá los humanos orgánicos considerarían “morboso” el hecho de exhibir cadáveres completos o parciales en una muestra de museo, pero en otros contextos ellos también lo hicieron. T-1995 procesaba estos razonamientos mientras observaba la osamenta. Supuso que el problema radicaría en el contexto y en el hecho de que el esqueleto le pertenecía a lo que alguna vez fue una “persona”, y que por ello se le debía cierto respeto. Pero el androide, al mirar la calavera, las costillas, cada uno de los huesos que asomaban entre el polvo, no era capaz de atribuirle el concepto de “persona”, no podía asignarle un nombre o un rostro, aunque conociera cómo la carne cubre los huesos y la piel cubre la carne, etc. En otras palabras, no sabía quién era el hombre o la mujer cuyo cuerpo alguna vez fue más que ese esqueleto. Podría haber tenido cualquier nombre, cualquier rostro, cualquier nacionalidad…

Entonces, un pensamiento producido por una repentina asociación disparó una alerta en la mente artificiosa de T-1995: en el cuento que estaba leyendo justo antes de que su compañero lo llamara, se narraba una historia de ciencia ficción con elementos muy similares a lo que experimentaba en su presente. Y había una escena, cercana al final del relato, donde la máquina protagonista se topaba con los huesos de un hombre, pero no sabía lo que ocurría después debido a la interrupción de T-1993.

De manera inexplicable, experimentó lo que los circuitos positrónicos de su cerebro identificaron como la emoción del “miedo”. La inquietud quizá se debiera a la increíble coincidencia entre el cuento y lo que le sucedía en ese instante, o a la incertidumbre sobre cómo terminaba aquella historia.

Se propuso acabar de leerlo cuando volviera a la nave.

 

 

 

 

 

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