Hoy quiero brindar
por mi gente sencilla.
Por el amor,
brindo por la familia.
Pimpinela
Estamos en
época de fiestas otra vez. Y otra vez estamos inmersos en los lugares comunes
de siempre. El año pasado escribí sobre las típicas películas navideñas, donde
podemos ver cómo el sistema occidental capitalista transformó a la Navidad de
una celebración tradicional judeocristiana a una celebración del
hiperconsumismo glorificado, y en la que la vacuidad existencial se disfraza
con envoltorios brillantes y coloridos. Historias que hablan del “espíritu
navideño” y de que “lo importante no son los regalos” pero te dejan la
impresión de que el desenlace no va acorde con la moraleja. En forma y
estructura, casi siempre son lo mismo: adaptaciones de “Un cuento de Navidad”
de Charles Dickens, “El Cascanueces” o “El Grinch”, los clásicos indiscutibles
de esta época.
Pero este año
quiero enfocarme en una institución social que es o debería ser el otro pilar
de las fiestas: la Familia. Es la célula básica de toda sociedad y puede
conformarse tanto por lazos de sangre como por otro tipo de lazos afectivos,
basados en la elección de las personas o en el contexto en el que viven. En
ella se forjan los primeros vínculos del ser humano con el mundo y en ella se
aprenden (o se deberían aprender) los valores fundamentales para convertirse en
un ciudadano funcional, con todo lo que eso conlleva.
No existe la
familia perfecta, ni tampoco una familia que no tenga conflictos, por muy unida
que sea. Sabemos que hay familias disfuncionales, rotas, quebradas por factores
internos (adicciones, vicios, violencia, abandono, separación) como por
factores externos (guerras, pobreza, hambruna, inmigración forzada). Hay
familias “tradicionales” (mamá, papá, hijo, hija), “monoparentales” (sostenidas
por madre soltera, padre soltero o un único adulto responsable), “ensambladas”
(parejas con hijos de parejas anteriores que se juntan), y la lista podría
seguir. Hoy en día hay tantas familias como individuos en el mundo, y en cada
una, los roles de poder y las diferencias generacionales están muy marcados.
En este
artículo abordaré tres películas animadas: Coco (2017), Encanto (2021)
y Turning Red (2022), de Disney / Pixar. Si todavía no han tenido la
oportunidad de verlas, no se preocupen que evitaré dar spoilers.
1.
Coco (2017)
La historia comienza con la familia Rivera, marcada por el abandono del padre, quien se marchó de casa para dedicarse a su carrera musical, así que Imelda, la esposa, quedó a cargo de su hija pequeña, Coco, y tuvo que luchar para salir adelante, dedicándose a la zapatería. Por suerte le fue bien, aunque en su hogar la música en cualquiera de sus formas quedó vetada de por vida.
El tabú sobre
la música se mantendría firme hasta que un día Miguel, el bisnieto de mamá
Coco, rompería el silencio… y algo más. Se involucraría en una aventura donde,
más allá de ir en contra de los preceptos de su propia familia para cumplir sus
propios sueños, ayudaría a reparar el trauma inicial de sus ancestros y
mejoraría sus relaciones familiares, devolviendo la dignidad a un pariente
injustamente desplazado.
Para ser
justos, lo que pasó con Miguel pudo haber pasado tranquilamente con cualquier
otro miembro joven de la familia que fuera considerado rebelde sólo por negarse
a ser zapatero, como todos los demás. Por mucho que tal oficio fue lo que le
permitió a Imelda progresar a pesar de que su esposo la dejó, y que es de
admirar su fortaleza en tal situación, no es del todo justo que todos sus
descendientes estén obligados a ser zapateros. Como si la lógica demandara que,
por ejemplo, si tus padres son obreros, tu único destino es ser obrero. Acá se
puede vislumbrar cierta idea de mediocridad, relacionada a las limitaciones que
nuestras propias familias nos pueden imponer, queriéndolo o no. ¿Cuántas
personas conocemos que decidieron estudiar tal carrera o tal profesión porque
sus abuelos o padres también lo hicieron, pero que quizá tal carrera o
profesión no era lo que ellos deseaban? Y más si tenemos en cuenta la cuestión
de la rentabilidad, porque sí, uno tiene que buscarse algo que, más allá
de cultivar la pasión, permita también ganarse el pan. A los Rivera no les va
demasiado mal arreglando calzados, aunque tampoco ganan como para tirar manteca
al techo. Y no va que al pequeño Miguel se le ocurre ser músico, que además de
romper el tabú familiar, encima es un oficio artístico, del cual tiene una
oportunidad entre millones de convertir en su fuente principal de ingresos. No
todos poseen la suerte y la fama de Ernesto de la Cruz (el cantante más famoso
dentro de la película).
¿Y quién no te
dice que Miguel, después, pueda igualmente arreglar zapatos mientras cultiva su
talento musical en pos de encontrar la canción que le permita “pegar en la
radio y ganar su primer millón”? A veces es una realidad que atañe a cualquiera
que tenga la pretensión de convertirse en artista (en todas sus ramas: música,
pintura, escritura, danza, etc.). Más de uno se habrá topado con ciertas
barreras o negativas al comunicar a su familia que quiere dedicarse a ser
artista (sobre todo si tus predecesores son médicos, abogados, militares, etc.
y esperan que sigas los mismos pasos que tus padres o tus abuelos). A más de
uno le habrán sugerido elegir una carrera, profesión u oficio más rentables,
que te aseguren una salida laboral segura e inmediata. O de plano, a más de uno
le habrá tocado trabajar de empleado en algo que no le apasiona en lo más
mínimo pero que le alcanza para pagar las facturas, comer, y, en el mejor de
los casos, invertir en su verdadera pasión. ¿A cuántos artistas, en el sentido
más amplio de la palabra, les habrá tocado este destino? Especialmente si no te
ganaste la lotería genética: nacer en una familia con recursos
económicos más que suficientes como para sustentar tus necesidades básicas de
plano y que puedas ocuparte cómodamente en desarrollar tu talento artístico. En
lo personal, yo antes de terminar el colegio secundario tenía muy en claro que
iba a necesitar una plataforma muy sólida para sostener y lanzar mi carrera
literaria. De ahí que elegí estudiar la Tecnicatura en Bibliotecología y el
Profesorado en Lengua y Literatura, carreras que aprecio mucho y que me han
permitido no sólo conseguir trabajo (aunque fuera en el sector público) y
sostenerme económicamente, sino también financiar la publicación de mis cuatro
libros. Actualmente también tengo con mi mamá un emprendimiento de alfajores artesanales,
aunque eso ya es otro tema.
Hay un detalle
importante que quiero remarcar de la familia Rivera y es que posee una
estructura matriarcal, donde la autoridad es ejercida por la madre, en
vez del padre. En esta historia, desde mamá Imelda hasta la abuela de Miguel,
son las abuelas las que marcan el camino a hijos, nietos e hijos políticos. Y
aunque el matriarcado pueda sonar como una panacea para los grupos feministas,
es necesario aclarar que no es mejor que el patriarcado, porque la dinámica de
poder ejercida por la madre/abuela puede influir negativamente sobre los demás
miembros de la familia (como veremos después en Encanto y Turning Red),
sobre todo si se les quita autonomía en cuanto a las decisiones sobre su propia
vida y sus relaciones. Al respecto, les recomiendo leer un cuento de Bernardo
Kordon titulado “Los
ojos de Celina”.
Quizá esto tenga
que ver con la visión estereotípica de los estadounidenses sobre las familias
mexicanas o latinoamericanas en general (en relación más que nada con la
humildad o de plano con la pobreza), pero me llama la atención que la casa de
Miguel sea casi como la vecindad del Chavo, pero con todo el árbol genealógico
del niño conviviendo bajo un mismo techo. Al cuento de Kordon me remito: no
creo que sea muy sano que uno se case y continúe viviendo en la casa de sus
padres. Y menos tener que dedicarse a lo mismo que toda la familia. ¿Qué
probabilidades hay de que un yerno o una nuera no prefieran “hacer rancho
aparte”? Por supuesto que ese conflicto no lo vemos en esta película, porque
los familiares que tienen más peso en la historia son la abuela de Miguel, la
bisabuela mamá Coco, y la tatarabuela Imelda. El resto… simplemente están ahí,
para rellenar el escenario.
Además del
trauma por el abandono paterno, también se habla de la muerte. De la muerte y
del recuerdo y el olvido. La película nos transmite la idea de que uno muere
más que nada cuando es olvidado. Y hay personas dentro de nuestra familia que
nunca podríamos olvidar, aunque nos acostumbremos a vivir sin ellos. La trama
se enmarca en la celebración del Día de Muertos en México, donde el foco
principal es hacer honor a quienes ya no están con nosotros en este plano. En
cada casa se arma un altar lleno de velas con las fotos de todos los seres
queridos, incluso los fallecidos, bajo la creencia de que los difuntos nos visitan
ese día.
Aunque en la
Navidad tradicionalmente se conmemora un nacimiento, el del Niño Jesús, para
una familia que ha sufrido una pérdida reciente suele ser difícil, porque habrá
un plato menos en la mesa navideña. Personalmente, esta es la segunda navidad
que paso sin mi papá, y se siente bastante solitaria de a ratos. Él era
irreemplazable, y en muchas ocasiones fue el Atlas que sostuvo el mundo de más
de uno en la familia. No pasa más de un día en la semana que no lo recuerde, de
muchas y distintas maneras.
Supongo que así
debe de suceder en muchas familias durante las fiestas: hay ausencias que
duelen, hay historias que continúan vivas en cada uno, hay dolores que todavía
no han sanado. Hay pérdidas que todavía están latentes, sin importar cuánto
tiempo pase.
2.
Encanto (2022)
Si en la
familia Rivera todos están obligados a seguir el mismo oficio (a riesgo de
quedarse estancados) y el que elige un oficio diferente es hecho a un lado, en
el caso de la familia Madrigal es al revés: todos tienen un talento que los
hace especiales, y quien no lo posee, queda relegado al margen. De igual modo
que Coco pretende representar una parte de la cultura mexicana (a través
del prisma de un estudio estadounidense), Encanto es una película que
toma parte de la historia y las costumbres de Colombia, y que al verla te lleva
a pensar sin querer en el realismo mágico de García Márquez. A propósito, la
magia se manifiesta aquí en el concepto del “milagro”, de los “dones” y de una
casa que cobra vida propia.
El “milagro” se
produce al inicio del filme, cuando la abuela Alma le cuenta a su nieta cómo su
esposo Pedro y ella con sus tres hijos se vieron obligados a escapar de su
pueblo por causa de un desplazamiento forzado (una problemática muy sensible
para el país colombiano). Al ver que los vándalos los iban a alcanzar, Pedro
decidió sacrificarse para proteger a su esposa y a sus trillizos. Dicho
sacrificio es el que imbuye de magia una vela que ella llevaba, y que por obra
de esa magia empiezan a levantarse las montañas, creándoles un refugio. Desde
entonces, Alma quedaría a cargo de la familia, siendo la matriarca de la misma
y protectora de la vela mágica.
Sus trillizos,
Bruno, Julieta y Pepa, serían también bendecidos con “dones”, poderes a través
de los cuales pueden brindar un servicio a la comunidad. La obtención de un don
se extendería a los hijos de Julieta y Pepa quienes, a excepción de Bruno,
siguieron el patrón reproductivo de su madre porque tuvieron tres hijos cada
una (aunque no trillizos, claro). Pepa (que puede controlar el clima según sus
estados de ánimo) tuvo a Dolores (quien posee el don del oído perfecto), Camilo
(que puede cambiar de forma) y Antonio (que recibe el don de hablar con los
animales), mientras que Julieta (capaz de curar cualquier cosa con lo que
cocina) tuvo a Isabella (que es capaz de hacer florecer de todo), Luisa (quien
tiene superfuerza) y finalmente Mirabel, protagonista de la película, quien
desgraciadamente no posee ningún don, pero es parte de una profecía que puede
cambiar el destino de la familia y de su hogar.
Quiero
detenerme en el personaje de Bruno, que posee el don de predecir el futuro y
plasmar sus profecías en tablillas de vidrio. La película al principio te lo
pinta como un villano, aunque después vamos a ver que no es tan así. En
realidad, no hay un villano o antagonista per se en Encanto
(porque vivir en Latinoamérica ya es suficientemente antagónico), y me parece
que la historia tampoco lo necesita, porque el conflicto va por otro lado. Sin
embargo, al igual que la música en la casa de los Rivera, Bruno es un tabú en
la casa de los Madrigal (hay una canción dedicada justamente a eso, a “no
hablar de Bruno”, que se volvió muy popular en Internet). Esta imposición del
tabú se debe a dos factores. En primer lugar, su don de predecir el futuro
tiene cierto detalle inconveniente: no siempre vaticina cosas buenas, aunque se
trate de cosas que por lógica natural van a ocurrir (por ejemplo, que un
hombre, al envejecer, pierda gran parte de su cabello). Nadie pareció entender
que Bruno no tiene ningún poder sobre lo que dicen sus profecías, y esa es la
parte más injusta del trato que recibió. Pero, en segundo lugar, lo que provocó
que lo antagonizaran definitivamente fue la profecía relacionada a Mirabel,
según la cual, ella sería la causante de la destrucción de la casa. Aquello
quebró la relación de Bruno con el resto de los Madrigal y determinó la
exclusión de la pobre Mirabel, que en lo sucesivo tendría que cargar no solo
con el peso de ser la única sin don sino de ser quien podría en peligro su
propio hogar. De modo que Bruno se terminó yendo de la casa, considerado persona
no grata en su propia familia.
Sin embargo, no
todo es lo que parece. El problema de las profecías es su gran ambigüedad, pues
nos dicen qué va a pasar, pero no cómo va a pasar. Eso genera un
gran problema de interpretación, que es lo que le da sentido al conflicto en Encanto.
Es como en el mito de Edipo: cuando él nació, el oráculo vaticinó a sus padres,
Layo y Yocasta, que el hijo mataría al padre y se casaría con la madre. Por eso
ellos, horrorizados por tal profecía, decidieron deshacerse de Edipo, lo que
paradójicamente llevó a que la profecía se cumpliera.
Si analizamos Encanto
desde una perspectiva metafórica, el personaje de Bruno vendría a representar a
aquel familiar “caído en desgracia”, del que nuestros padres, tíos o abuelos
evitan hablar por diversas razones. En otras palabras, vendría a ser la “oveja
negra”, ya fuera por cometer algún tipo de acto ilícito, por tener una relación
tensa con todos, o simplemente por no encajar con las expectativas o exigencias
reinantes en el seno de la familia. Algo parecido podemos decir de Mirabel,
quien simbólicamente vendría a ser la persona vista como “bala perdida” porque
no tiene definido qué hacer con su vida, no tiene definido su futuro o
simplemente pretende seguir un estilo de vida distinto o contrario al de los
mandatos familiares. Mirabel no posee un don especial y se siente continuamente
eclipsada particularmente por su hermana Isabella, que es la “hija perfecta” y
que goza de cierto favoritismo por parte de sus padres. Pero quizá la relación
más difícil que atraviesa a Mirabel es la que tiene con su abuela, quien a su
manera ejerce cierto rol antagónico en la historia.
Y no que Alma
sea realmente una abuela “malvada”, sino que se trata de una mujer marcada por
un trauma profundo (la pérdida de su hogar y de su esposo, la lucha por salir
adelante y darle lo mejor a sus hijos, etc.) que no pudo o no supo manejar
emocionalmente. Piense cada uno en sus abuelas (si las conocieron) y en la
historia de sus abuelas (si se las contaron). En la mayoría de los casos quizá
fueron mujeres a quienes les tocó pasar cosas bastante bravas, en contextos
desfavorables, que probablemente han cometido muchos errores con sus hijos y no
supieron o no quisieron repararlos. Y eso a veces deriva en patrones de
comportamiento o ciclos tóxicos que se repiten en madres, hijas, nietas, hasta
que alguna decide romper la cadena y cambiar, elegir algo diferente. Es el caso
de Mirabel, su rol o su función en la historia familiar es superar el trauma
generacional, a costa de ciertos sacrificios.
Y hablando de
madres e hijas, pasemos a la siguiente película.
3.
Turning Red (2022)
Si en Coco
y en Encanto se nos muestra la rebeldía de un individuo en contra de los
mandatos familiares sostenidos por su abuela, los choques generacionales y la
final reconciliación del trauma familiar, en Turning Red el conflicto
está enfocado particularmente en la relación con los padres (especialmente la
madre), donde la presencia de una abuela imponente y el peso de una tradición heredada
quedan en segundo plano a pesar de tener injerencia en el problema. Aquí tienen
especial relevancia los padres, cuyo rol en las otras películas aparecía
bastante desdibujado o borroso debido a la figura autoritaria de las abuelas.
El tema principal del filme gira en torno a la presión de las expectativas
parentales que en el peor de los casos llevan al hijo a reprimir sus emociones
y a negar una parte de sí mismo.
“Honra a tus
padres” es el mandato máximo para Mei Mei, la protagonista. Una niña de trece
años que, como toda niña de trece años, experimenta los síntomas típicos de la
pubertad y a su vez empieza a definir su propia identidad, a conocerse interiormente.
Es una alumna aplicada, inteligente, responsable, respetuosa, ayuda a su madre
en el templo chino donde honra a sus ancestros, y todo lo que hace tiene por
objetivo y fin último complacer a sus padres (sobre todo a su madre) y cumplir
sus expectativas (sobre todo las de su madre). La validación parental es
fundamental para Mei Mei al punto de que vive con el temor de decepcionarlos y
de perder la imagen de “niña perfecta” que tanto se esfuerza en mantener, a
costa de cometer errores que afecten sus vínculos con otras personas, como sus
amigas.
El problema de
hacerlo todo por cumplir con las expectativas de otros, independientemente de
que sean nuestros progenitores, es que nos aleja de nuestros propios deseos y
subsume nuestra propia voluntad. Además de obligarnos a reprimir cosas que, de
una u otra manera, van a terminar explotando, y en algunos casos de la peor
forma. Las emociones son un factor importante, porque son parte del individuo,
y aprender a aceptarlas es vital para poder aprender a controlarlas, porque
negarlas no sirve más que para lastimarse o lastimar a otros.
El elemento
“mágico” que vehiculiza la trama es el espíritu del panda rojo, una condición
heredada por Sun Yee, ancestro de la familia materna de Mei Mei. La historia
cuenta que, muchísimos años atrás, en la lejana China se encontraban en guerra.
El esposo de Sun Yee había muerto en combate y entonces ella pidió ayuda a los
dioses para proteger a sus hijos. Así obtuvo el poder de convertirse en un
panda rojo gigante para defenderse del ejército enemigo. Esta bendición sería
transmitida a todas sus descendientes mujeres, quienes mucho tiempo después
tuvieron que encontrar un modo de sellar al panda rojo, ya que se libera cuando
experimentan emociones intensas. Y en el contexto actual resulta algo
inconveniente, porque todo cambió y ya no es necesario convertirse en una
bestia peluda para lidiar con los problemas modernos.
Mei Mei
descubre este detalle de su linaje materno en el peor momento, pero pronto
aprende a controlar a su panda cuando descubre que puede volver a la normalidad
pensando en las personas a quienes ama. El problema es que esas personas son
sus amigas, pero Mei Mei no se atreve a aclararlo ante su madre. Este es un
punto importante, porque aunque ella quiere a su madre, a pesar de que es
extremadamente exigente y perfeccionista, no experimenta una plena confianza
afectiva con ella. Por dar un ejemplo, a Mei Mei le encanta una boy band
llamada “4town” (algo equivalente a los grupos de K-pop de hoy). Cuando sale
una publicidad en la televisión donde se anuncia que darán un concierto en
Toronto (donde se desarrolla la historia), Ming expresa su desprecio por dicha
banda, y Mei Mei no defiende su gusto por esa música, sino que dice que en
realidad le gusta a Miriam, su amiga, que tampoco obtiene aprobación de la
madre por considerarla una “chica rara”. Este desprecio hacia sus gustos y sus
amistades resulta doloroso para la niña, pero ella no lo expresa, sino que lo
oculta, como va a ocultarle a su madre muchas otras cosas a medida que avanza
la película.
Muchos ven al
panda rojo como una simple metáfora sobre la menstruación, que hace su
aparición por primera vez en una película animada y sobre lo que no debería
haber tanto escándalo porque más o menos la mitad de la población mundial
menstrúa. Sin embargo, verlo de esa forma es muy reduccionista y simplón. Yo
creo que el panda rojo es más bien un símbolo de todo eso que queremos negar de
nosotros mismos, lo que escondemos, lo que queremos rechazar, lo que sigue ahí,
aunque pretendamos taparlo. Puede representar esas emociones fuertes, intensas,
incontrolables de a ratos, que nos pueden arrastrar a actuar de maneras de las
que después nos vamos a arrepentir. La decisión de Mei Mei de quedarse con el
panda se puede interpretar simbólicamente como la decisión de aceptar esa otra
parte de ella, para aprender a convivir consigo misma, con lo bueno y con lo
malo.
En todo este
proceso, tendrá que enfrentarse con su madre. Y ser sincera, reclamando su
derecho a seguir su propio camino por fuera del que su madre pretende
imponerle. Es básicamente liberarse de la presión maternal que la obliga a
sostener una apariencia de perfección desconectándose de una parte importante
de ella misma, de lo que la apasiona o de sus amigas. Sobre todo porque es
imposible alcanzar la perfección y porque no se puede dejar conforme a una
persona absolutamente perfeccionista.
Uno debe ser
agradecido con su madre, padre o con la persona o personas que lo hayan criado,
pero eso no quiere decir que esté obligado a seguir ciegamente una imposición
que, por mucho que esté revestida de buenas intenciones, le va a terminar
haciendo daño. A sí mismo y a quienes lo rodean. Por lo tanto, el mensaje de la
película, para mí, es “honra a tus padres… pero sin olvidar honrarte a ti
mismo”. OJO, que acá no se trata de honrarse a uno mismo de modo egocéntrico,
egoísta o narcisista, sino de darle espacio a lo que a nosotros nos gusta o nos
molesta, de tomar el camino que deseamos sin importar si cumplimos ampliamente
o no con las expectativas parentales. Elegir nuestro camino, pero aceptando
también los riesgos, porque no siempre nos va a salir todo bien. Un camino que
tal vez nos golpee pero nos haga madurar y crecer como personas.
“Mi panda, mi
decisión” dice Mei Mei al final de la película, y aunque nos permitamos dudar
sobre si ella es consciente de las consecuencias de dicha decisión, sabemos que
la propia película nos muestra qué consecuencias puede acarrear eso. Es una
reflexión para nosotros mismos, teniendo en cuenta que las cosas que decidimos
no siempre van a arrojar solo resultados positivos, pero va a depender de
nuestro nivel de madurez que sepamos lidiar con los resultados negativos. Ya
mencioné mi desconfianza o temor sobre aquellos elementos o poderes mágicos que
reaccionan con las emociones del usuario, porque al igual que con el personaje
de Pepa Madrigal, con quien un intenso mal humor se puede producir una tormenta
intensa, cuando se nos suelta la correa se puede ir todo al garete. Pero ahí
está la gracia: son metáforas acerca de las emociones humanas, que a veces
podemos controlarlas o no pero que no deberíamos reprimir o negar. Son lo que
nos hace humanos, son parte de las facetas o matices que nos caracterizan, lo
que no quiere decir que uno justifique ciertas actitudes de mierda con “ah, es
que yo soy así”. La gracia es aprender a convivir con los demás y tratar de ser
un poquito mejor persona cada día.
Un último
detalle a destacar, con respecto al patrón generacional, es que Ming no es una
madre estricta, perfeccionista, exigente y rigurosa porque sí, sino porque así
fue criada por su propia madre. Sin querer estaba haciendo con Mei lo mismo que
su madre hizo con ella, y no fue capaz de reconocer la repetición de ese error
sino hasta que pasó todo lo que pasó. Al menos para el final de la historia
empezó a corregir su actitud en pos de desarrollar una mejor relación con su
hija. Todas las madres quieren lo mejor para sus hijos y en ese afán pueden
cometer errores… ya sea porque repiten el mismo patrón de conducta que sus
padres, o porque quieren hacer lo contrario ya que su experiencia fue terrible.
Es posible que cueste aceptar un cambio de conducta, pero es necesario si no
queremos que nuestros hijos se alejen de nosotros.
Conclusiones
Sobre cada una
de estas tres películas se podría escribir mucho más, pero eso implicaría hacer
este texto más largo de lo que ya es, y sé que los lectores promedio de hoy no
tienen tanto tiempo ni tanta paciencia. Simplemente quiero dejar algunos
comentarios finales y algunas reflexiones como para mantener abierto el debate,
ya que lo que escribí acá no es ningún tipo de verdad absoluta y obedece más
que nada a un análisis puramente subjetivo.
A través de la
magia o de elementos fantásticos, en cada película existe uno o más elementos
con un alto valor simbólico, ya que no sólo son los principales engranajes en
la narrativa, sino que también representan los conceptos con mayor injerencia
sobre la historia y los personajes.
En Coco la mayor carga simbólica la tienen, por un lado, el altar familiar del Día de Muertos; y por otro lado, la guitarra. En México, el Día de Muertos es una celebración que tiene profundas raíces con su cosmovisión cultural, donde la muerte física no es el final sino tan solo otro estadio de la existencia, y donde la muerte definitiva es el olvido. A través de un altar con las fotos de los difuntos, los vivos mantienen y honran el recuerdo de los que ya no están. Para los Rivera, el altar familiar es un símbolo de su linaje, marcado por el sacrificio y por la lucha constante por el porvenir. Y también por el mandato en contra de la música, la cual, sin embargo, no era ajena a sus ancestros. Por el otro lado, la guitarra (y por extensión la música) tiene tanto valor simbólico en Coco, porque además de ser un elemento que mueve la narrativa, representa la pasión de Miguel, es la expresión de su talento, y es lo que lo pone en conflicto con su familia. La historia de Miguel es la historia de una intersección entre la familia y la vocación, que en realidad no tienen por qué ser dos fuerzas antagónicas. Es necesario que exista un equilibrio, donde un individuo pueda tener la libertad de perseguir su sueño sin renegar de sus familiares, lo cual no siempre es tan fácil. Porque uno puede marcharse a la gran ciudad y no hallar nunca la fama que desea, pero siempre habrá una casa a la que volver y ser recibido con los brazos abiertos, como en aquella historia bíblica del hijo pródigo.
Hablando de
rama paterna, un aspecto interesante en esta trilogía es la figura del padre,
desdibujada, difusa o subordinada a la figura de la madre. Ya había comentado
que en todas estas historias predomina la estructura familiar matriarcal, donde
madres y/o abuelas detentan la autoridad ante la prole. Esto le quita bastante
agencia al padre, lo que no significa que no cumpla cierto rol como personaje o
que no tenga ninguna importancia dentro de la trama.
En Coco
se presenta la figura del “padre ausente”, el que se fue de casa por seguir su
propia carrera musical y dejó el hogar atrás, produciendo aquella herida que
quedaría sin cicatrizar incluso hasta en el mundo de los muertos. Aunque Miguel
descubre la verdad sobre ese abandono y restaura la imagen de ese antepasado,
en la vida real hay muchos padres que nunca vuelven.
Pedro Madrigal,
en Encanto, también está ausente pero no por propia voluntad, sino que
fue asesinado defendiendo a su familia. Es la figura del padre fallecido, al
que se añora y cuya ausencia duele más porque se sabe que ya no está en este
mismo plano. El sacrificio pasado de Pedro es lo que les da a sus descendientes
todo o casi todo lo que tienen (particularmente la casa y los dones), y esto se
puede interpretar como una alegoría del patrimonio que nuestros abuelos nos
legaron a nuestros padres y a nosotros a costa del trabajo de toda su vida.
Y en Turning
Red el padre de Mei está vivito y coleando, pero es completamente sumiso ante
Ming. Es un tipo tranquilo, que nunca se sobrepone a lo que su esposa dice,
pero hay un momento en la película donde él habla con Mei Mei y es un momento
donde aporta muchísimo, porque ayuda en parte a que ella entienda un poco a su
madre. Es una lástima que no tenga más agencia en la trama, porque habría
brindado un poco de equilibrio a la dinámica familiar.
Más allá de que
sean productos de Disney, estas son tres películas animadas que están
verdaderamente dirigidas a toda la familia. Se animan a tratar temas como la
muerte, la vida en el más allá, el abandono, el olvido, la pérdida o el
desplazamiento forzado, edulcorados con elementos fantásticos y maravillosos
pero cuya simbología está claramente marcada. A veces pueden ayudarnos a interpretar
nuestra propia historia familiar a partir del reconocimiento de ciertos
patrones o actitudes en los personajes que coinciden con los experimentados en
relación con madres, padres, abuelas, abuelos, tíos, tías, etc.
En esta época
de fiestas, a apenas un día y pico de terminar este 2025, propongo dar un
brindis por la familia… por la que tenemos, por la que elegimos, por la que nos
quedó, por aquella que va creciendo. Un brindis por aquellos que se nos
adelantaron, que nos miran desde alguna estrella, y a quienes siempre
recordamos con nostalgia y cariño. Un brindis por un momento de paz y de
armonía en medio de todas las tormentas que nos azotan. Probablemente haya
muchas personas que estén distanciadas de sus familiares por distintas razones.
Hay mucha gente lastimada, dolida o que simplemente ya no tiene la misma
relación con sus hermanos o sus padres o sus abuelos, porque tal vez haya
heridas que cicatrizaron, pero el vínculo se enfrió, se cortó, y uno siente más
bien indiferencia. Ni hablar de aquellos casos donde han ocurrido cosas
terribles e irreparables, en los que no se puede fingir cariño donde no lo hay.
Para todas
aquellas personas que han sufrido mucho, y que la pelean todo el tiempo para
salir adelante, y para todos mis parientes desperdigados por ahí que nos
reunimos cada fin de año o en circunstancias más tristes, les expreso mis
mejores deseos para el 2026 que tenemos acá a la vuelta de una hoja del
calendario.
Amor, Salud y
Trabajo… y sanación, mucha sanación.
¡Nos leemos el
año que viene!