sábado, 27 de diciembre de 2025

"Nochebuena en penumbra"

 


Era menester cruzar doscientos kilómetros de pura nada para ir a festejar Navidad con los abuelos en Santa Belén. Después del año tan tortuoso que habían pasado, milagrosamente fue consenso de los tres realizar el viaje para respirar un poco de aire fresco. Al mediodía almorzaron en casa de la familia de Mariel, como para equilibrar la balanza, aunque de todos modos pasarían con ellos la noche de Año Nuevo. Además, hacía mucho que Emanuel no veía a sus abuelos paternos, y de verdad los extrañaba.

En el auto cargaron cosas como para viajar tres días, aunque el plan fuera regresar a la mañana siguiente. Ropa, comida, abundante agua, regalos, repelente, bolsa de residuos… a Mariel le preocupaba que no les faltara nada si llegaban a sufrir un inconveniente en el camino. Como hacía bastante calor (eran casi las cinco cuando ingresaron a la autopista) traían puesta una muda de ropa sencilla. Ni bien se bajaran del auto en la casa de los padres de Fernando, se irían directo a la pileta, luego a la ducha y después sí, a estrenar pilchas nuevas. Cabía la posibilidad de que hasta lloviera, comentó Mariel tras observar las enormes nubes algodonadas que poblaban el cielo.

Las esperanzas de llegar a Santa Belén temprano se fueron diluyendo por culpa del atascamiento del tránsito en la autovía, como si toda la gente de la región hubiera decidido a viajar en el mismo día. Pero Fernando se mantenía optimista, pues una vez que tomaran por la provincial 50 podrían continuar todo recto por el camino. Ni bien salieran de ese embotellamiento tendría amplia libertad para pisar el acelerador. Incluso iba calculando cuánto tiempo le tomaría recorrer el tramo de la 50, estimando así la hora de llegada a lo de sus viejos. Lamentablemente, el reloj corría de forma inversamente proporcional al avance en la carretera, y eso le iba haciendo perder la paciencia, porque no era su idea caer a medianoche en mitad del brindis. Tal vez se perdieran el programa navideño de la Iglesia, o tuvieran que sentarse enseguida a la mesa… No, no, no tenía que pensar en eso. No debía darles lugar a pensamientos que indefectiblemente lo conducirían al mal humor, y de ahí, a las discusiones y a lo mismo de siempre. Ya lo había conversado en terapia, era momento de ponerlo en práctica. Trató de concentrarse en otra cosa.

—Estos mates están muy buenos —le dijo sonriendo a Mariel.

—Muchas gracias —le sonrió ella a su vez—. La radio ya está perdiendo frecuencia, ¿te parece si la cambio?

—Dale, fíjate si podés sintonizar alguna donde transmitan más que nada música. Si no, podés conectar el celular.

—Un poco de sintonía analógica no nos va a venir mal. Conviene ahorrar batería.

Ese era un rasgo que a Fernando le gustó siempre de su mujer: para algunas cosas no escatimaba recursos, para otras, se esforzaba en ahorrarlos. Antes le molestaba un poco, pero había aprendido a valorarlo.

Por su parte, Mariel se concentraba en el presente, en disfrutar la experiencia rutera con su hijo y su marido, en vez de tratar de ponerse siempre delante de las circunstancias. En más de una ocasión, la extrema ansiedad por andar pensando en el “después” la aceleraba a tal punto que se enloquecía ella y enloquecía al resto. Por más que la lentitud del tráfico le diera motivos más que suficientes para preocuparse, ella hacía el esfuerzo por permanecer serena. Y confiar en Fernando, aunque supiera que se pararía sobre el pedal del acelerador ni bien se desatascara la ruta. Recurriría a indicarle que bajara de ciento veinte a cien solo cuando fuera necesario.

Miró hacia atrás, donde iba su hijo Emanuel con el cinturón de seguridad abrochado, mirando el paisaje por la ventanilla. Once años cumplidos. Le parecía que era apenas ayer cuando lo cargaba en sus brazos mientras le cantaba para que se durmiera. ¿Por qué crecen tan rápido los hijos? Cuando uno apenas logra acomodarse para estar al cien por cien para ellos, ya son grandes y no precisan de uno. Cada día se recordaba a sí misma que debía aprovechar cada momento con él, porque ni bien iniciara la pubertad y las hormonas empezaran a hacer su trabajo, ya sería otro Emanuel. O quizá no, quizá siguiera siendo igual, pero con intereses distintos. Probablemente, se convertiría en un hijo que no dudaría en reprocharle a ella o a Fernando lo que no les reprochó durante el último par de años, cuando el matrimonio sufría los principales síntomas del desgaste. Eso era lo que más culpa le generaba: el daño causado a su hijo por todas las disputas con su esposo.

Al menos, ahora habían cerrado esa etapa. Ahora no quedaba otra opción más que seguir adelante. Tanto ella como Fernando resolvieron apostar de nuevo por su familia. Por ellos y por su hijo.

—¿Cómo vas, Ema?

—Bien, voy pensando si el abuelo terminó ese rompecabezas de dos mil quinientas piezas que me dijo que empezó en septiembre —respondió el chico—. Tengo ganas de verlo, dice que después lo va a encuadrar. ¿No es medio raro?

—En realidad, no. Hay rompecabezas de hasta cinco mil piezas, y generalmente tienen fotos de paisajes muy lindos, que cuando los terminás de armar parece que tenés un cuadro pintado por un artista. Por eso mucha gente los pega sobre un cartón y los enmarca.

—¿O sea que los arman para no desarmarlos nunca más?

—Sí, claro. Mi tía tiene uno en su living, aunque me parece que es más chico que el de tu abuelo.

—Hay que tener mucho tiempo libre como para dedicarse a eso.

—No necesariamente —intervino Fernando—, a veces simplemente es un hobby, algo que uno hace para pasar el rato o hacer algo distinto. Te ayuda mucho a desconectarte de los problemas y de paso, entrenar otras capacidades cerebrales. Yo armé un montón de rompecabezas con mi viejo, y te puedo asegurar que algunos tienen ese nombre bien merecido. Realmente te hacen quebrar la cabeza pensando cómo encaja una pieza con otra.

—Algún día podríamos armar uno juntos —propuso Emanuel—, pero uno que sea más normal, y que no nos lleve toda la vida.

El padre se rio de buena gana. Aprobaba la idea, porque en cierta forma continuaba con su hijo una tradición familiar.

A eso de las seis, por fin, pudieron avanzar con más rapidez y doblar por el desvío hacia la ruta 50. Sin embargo, antes hicieron una parada en una estación de servicio para ir al baño, cargar combustible en el tanque y agua para el mate, y de paso avisar a los abuelos sobre el retraso en el viaje.

La entrada en la ruta 50 fue diametralmente distinta con respecto a la autopista. Allí no caminaba un alma en absoluto, y a ambos costados de la ancha cinta de asfalto se extendían lánguidos campos con sembradíos que apenas se insinuaban sobre la faz de la tierra o praderas chatas encima de las cuales pastaban algunas solitarias vacas. Aquí el cielo se mostraba más limpio, como si alguien hubiera barrido las nubes de un plumazo, y los colores cambiantes del ocaso daban un memorable espectáculo en cámara lenta. La noche caía como un tinte oscuro en un vaso lleno de agua, que transformaba los cálidos tonos anaranjados y amarillentos en otros más fríos, azulados y oscuros.

El auto marchaba sereno, equilibrado y firme, en concordancia con el estado de ánimo de sus ocupantes. Sin embargo, cuando todavía faltaba un buen trecho para vislumbrar siquiera la silueta de luces de Santa Belén en la línea del horizonte, el coche comenzó a toser, perdiendo estabilidad en su marcha. Fernando intentó mantenerlo a flote, pasando de un cambio a otro, pero en vano consiguió que el auto continuara. Y antes de que se le parara en medio de la ruta, con habilidad logró orillarlo a la banquina. En cuanto las cuatro ruedas se posaron simultáneamente sobre el pasto, el vehículo se detuvo de modo definitivo, quedando como muerto.

—Qué raro… —musitó Fernando, intentando darle arranque sin éxito. Probó tres veces, y como no hubo ninguna clase de respuesta, decidió bajar y abrir el capó.

No había por qué alarmarse, pensó para sí mismo, sopesando las múltiples explicaciones que podían justificar lo que sucedía. Pero no importaba, ya se ocuparía del asunto, así que buscó en el baúl una linterna y les dijo a su mujer y a su hijo que se quedaran dentro del auto, que enseguida retomarían el viaje. Apelando a sus conocimientos elementales de mecánica, probó revisando el nivel del agua, el aceite, la batería. No halló ninguna anomalía. Los controles del tablero no arrojaban ninguna señal clara acerca de cuál podía ser el problema. Tal vez se había sobrecalentado, lo cual no era extraño teniendo en cuenta la odisea en la autopista. Era cuestión de esperar un par de minutos a que se enfriara, supuso Fernando.

Pero el par de minutos pasó. Y por mucho que él giró la llave, el auto no encendió.

Fernando suspiró profundamente. “No importa, voy a seguir intentando… esto apenas va a llevar un rato, nada más”. Repitió la secuencia de revisiones, sin hallar la fuente del problema. Había rellenado el tanque de combustible cuando pararon en la estación de servicio una hora atrás. La temperatura se veía normal, no había ningún indicio de sobrecalentamiento. Ayudándose con la luz de la linterna, escudriñó centímetro a centímetro el motor. Cada cable o manguera se hallaba intacto, conectado correctamente en su respectivo espacio. ¿Algún fusible, quizá? Buscó la caja de herramientas, aunque no deseaba en absoluto ponerse a desarmar su auto mientras estaban en medio de la nada. Debía concentrarse y mantener la calma.

Mientras tanto, Mariel preguntaba lo justo y necesario sobre la situación mecánica del vehículo. Miró la hora en su celular: eran casi las nueve. Ya tenía un motivo sincero para preocuparse, porque a su alrededor se extendían una oscuridad inquietante, un llano vacío y una ruta completamente solitaria. Apenas había un árbol a un metro de ellos. Pero no, no iba a ponerse a pensar en que estaban solos, sin posibilidad de avanzar, lejos del pueblo o de cualquier contacto humano, desprotegidos o a merced de algún animal salvaje o de personas con malas intenciones, sin más luz que la de la linterna, las del auto y las de sus teléfonos celulares. Los cuales, por desgracia, no captaban ni la más mínima línea de señal, así que técnicamente también estaban incomunicados. No pensaría en nada de eso, no… No podía dejar que los nervios la dominaran. Antes bien, decidió asumir un papel más activo.

—Ema, ¿me esperás un ratito acá? Si sentís mucho calor, podés bajar la ventanilla —Mariel sacó un repelente en aerosol de su bolso, se roció los brazos y las piernas y luego se lo pasó a su hijo—. Tomá, ponete por las dudas. Ya vuelvo, ¿sí?

Emanuel le hizo caso a su madre. Se sentía levemente tranquilo, porque veía que tanto ella como su padre se mantenían tranquilos a pesar de que la situación no pintaba muy bien. Le alegraba ver que sus primeros impulsos fueran tratar de hacer lo posible para arreglar el inconveniente, aunque le preocupaba que, si el auto no arrancaba, y empezaba a subir la tensión, sus padres no lograran soportarlo. Él procuraría hacer todo lo posible para no molestarlos.

—No te alejes mucho, Mariel, por las dudas —dijo Fernando a su mujer, que caminaba de un lado a otro con el teléfono en alto—, y no andes sobre la ruta —agregó, aunque parecía una recomendación innecesaria.

—Ya sé… estoy tratando de encontrar al menos un poco de señal, como para mandar un mensaje.

Ella caminó unos pasos por aquí, unos pasos por allá, incluso fue hasta el árbol. En cuanto veía una mínima rayita, intentaba hacer una llamada, pero sin éxito. Los mensajes tampoco se enviaban. Decidió probar con el teléfono de Fernando, con los mismos infructuosos resultados. Parecía que hubieran entrado en una dimensión desconocida donde no funcionaba ningún tipo de tecnología comunicacional. La impaciencia de Mariel no hacía más que aumentar. Como aumentaba también la frustración de su marido que, ofuscado, levantó la cabeza del motor y se la golpeó con el capó sin querer, lanzando una palabrota en el proceso.

—Pero, ¡¿cómo puede ser que no encuentre dónde está la falla?! ¡Si cuando lo revisé hoy, andaba todo bien! ¿Justo ahora me viene a pasar esto?

El hombre se pasó las manos por el pelo. Ya no podía frenar su mal humor. Le dio la espalda al coche. Al darse la vuelta, se topó con Mariel, que lo miraba con las manos en la cintura. No precisaba palabras para expresar lo que transmitían sus ojos.

—¿No pudiste comunicarte con nadie?

—No, es como estar en una zona muerta.

—Carajo… ¿qué hora es ya?

Mariel dudó antes de responderle.

—Como las nueve y media.

—¡No puede ser!

Fernando lanzó un gruñido furioso. Estuvo a punto de pegarle una patada al frente del auto, pero vio a Emanuel a través del parabrisas. No quería montar una escena en un momento así, menos delante de su hijo, que ya había presenciado suficientes escenas de tipo violento durante ese año. Se volvió hacia su esposa, medio sorprendido de que ella no abriera la boca para dirigirle algún reproche. Como, por ejemplo, que hubiera sido mejor quedarse a pasar la Nochebuena con la familia de ella, y salir al otro día para celebrar Navidad en Santa Belén con la familia de él. Sin embargo, Mariel no tenía ganas de discutir, tan solo se lamentaba de la mala suerte que les había tocado, justo cuando trataban de reconstruirse como familia. Ya no podía ocultar lo angustiada que se sentía, pensando en lo preocupados que estarían sus suegros al ver que ellos no llegaban, mientras sus propios padres, allá en la ciudad, celebraban con sus hermanos sin tener idea de que ella, su marido y su hijo se hallaban varados en mitad de la ruta 50.

Ambos adultos se quedaron en silencio, como derrotados e impotentes. En otra ocasión ya estarían discutiendo, lanzándose reproches mutuos, hasta terminar alejándose cada uno por un lado distinto. Desde el asiento trasero del auto, Emanuel se dio cuenta de que ninguno parecía saber qué hacer, a la vez que evitaban entrar en cualquier tipo de conflicto. Como ya estaba aburrido de quedarse adentro, decidió bajarse. Afuera se escuchaba claramente el canto de los grillos. Pese a lo oscuro y solitario que estaba todo alrededor, reinaba una calma tan diferente de la que se producía de noche en la ciudad, que no se sentía atemorizado ni inquieto.

Alzó los ojos hacia el cielo. Había muchísimas más estrellas de las que recordaba haber visto en su vida. Era como si alguien hubiera sacudido un cepillo de dientes gigante sobre el firmamento. De repente, no supo bien por qué, se le vino a la cabeza la historia del nacimiento de Jesús, que representaban en la iglesia cada año en Navidad. Y se acercó a sus padres para resolver una duda.

—Cuando María y José viajaban hasta Belén, ¿todo se veía más o menos como acá?

Aquella pregunta sacó a Fernando y Mariel de su inmovilidad. Lo miraron, sorprendidos, aunque no era extraño que a veces su hijo preguntara cosas que a ellos nunca se les ocurrirían.

—No sé… —respondió Mariel, después de pensar un poco—, supongo que sí, aunque la tierra era mucho más seca, parecido al noroeste nuestro, creo.

—¿Y el cielo se veía así, todo estrellado?

La madre estiró el cuello para observar, arriba, el firmamento colmado de puntitos brillantes.

—Sí, estoy segura. Antes no existía la iluminación eléctrica en ninguna parte.

—¿Podemos sentarnos a charlar acá al lado mientras papá termina de arreglar el auto?

Madre e hijo miraban a Fernando, como si le pidieran permiso. Él había empezado a resignarse a que estarían un buen rato varados, si es que no pasaba nadie por la ruta, y pensó que no vendría mal un poco de distensión a su familia. Por eso, además de decir que sí, les dijo que podían comer algo o tomar algo si tenían hambre o sed. Mientras él revisaba una vez más el auto, su esposa buscó una manta en el baúl, tanteó el pasto al lado del vehículo para cerciorarse de que fuera seguro y la extendió allí, para sentarse junto con Emanuel.

—¿Por qué no se ven tantas estrellas cuando estamos en casa? —preguntó el chico.

—Debe ser porque en la ciudad hay mucha luz, tanto de los postes como de los comercios y las casas. Es como cuando el sol te encandila y no te deja ver lo que tenés enfrente.

—Y las ciudades de antes, que no tenían luz eléctrica, ¿quedaban totalmente a oscuras?

—Me parece que no, creo que usaban antorchas o velas para iluminarse. Algunas noches podían ser más claras si había luna llena.

—Pero si hay luna llena, las estrellas casi no se ven. O sea que la noche en que nació Jesús no pudo haber luna, porque si no, nadie habría podido ver su estrella.

—Tal vez…

La charla fluyó amenamente entre los dos, y el padre la escuchaba, cada vez más interesado. A la tercera vez que probó darle arranque al coche y este no respondió, Fernando se dijo “bueno”. Se fijó que eran más de las diez. En su casa ya estarían preparando todo para instalarse a comer. Sólo faltaban ellos tres… Levantó su mirada hacia lo alto, en un silencioso ruego al Creador para que obrara un milagro que les permitiera llegar sanos y salvos a Santa Belén. Y que los protegiera mientras estuvieran ahí tirados.

Antes de unirse a la ronda, sacó algo de comida y bebida de la conservadora. Les explicó la situación, y dijo que lo más conveniente era esperar. Su mujer propuso caminar un par de kilómetros para ver si había alguna casa donde pedir ayuda, pero Fernando se negaba a dejarlos solos, ni tampoco pensaba permitir que ninguno se alejara de ahí. Irse los tres juntos no le convencía, porque no quería dejar el auto abandonado. En esto no hubo forma de ponerse de acuerdo, y Mariel y Fernando lo discutieron hasta que pactaron lo siguiente: pasarían la noche dentro del auto, si era necesario, y en cuanto amaneciera, si no recibían auxilio, Fernando caminaría en busca de ayuda.

Cuando ya los relojes de los teléfonos marcaban las once, Mariel tenía que ir al baño, y la cuestión era complicada porque no podía ir detrás de un árbol y ya está. Necesitaría un poco más de privacidad. La solución que se le ocurrió a Fernando fue trasladar la manta e instalarla delante del auto, y luego abrir las dos puertas del lado del acompañante para que hicieran de “biombo”. En cuanto al resto (papel higiénico y alcohol) ya Mariel lo tenía equipado.

—Mirá si va a aparecer alguien justo cuando yo estoy orinando… —comentó Mariel, con un tono medio en broma.

—Bueno, pero hacer pis no es nada —replicó Fernando con una risa socarrona—. Si supieras lo que me pasó cuando yo tenía diez años y viajaba con mi viejo y mi hermano en la camioneta. A la chata se le desarmó algo en el tren delantero y ahí no quedó de otra que llamar a una grúa, y quedarse esperando ahí, al costado. ¿Pero podés creer que a las tripas de Fernandito se les dio por ponerse trabajar como nunca? Lo peor es que no había ningún sitio seguro como para despachar el paquete. Pasaban autos por la autopista todo el tiempo y a mí me daba vergüenza que me vieran… Pobre viejo, la paciencia que me tuvo. Al final, por suerte vino la grúa. Nos dejó en el campo de mis abuelos, que quedaba más cerca y donde mi tío tenía su taller. Nunca me sentí tan aliviado de ir al baño de la casa de mi abuela, por mucho que no me gustaba porque me daba miedo.

—¿Te daba miedo el baño de tu abuela? —le preguntó Emanuel, con una expresión divertida curiosidad en sus ojos.

—Sí, porque era un baño antiguo, que no tenía las mismas comodidades que tenemos nosotros ahora. Y eso que por suerte no me tocó ir al de afuera… Ese iba directamente a un pozo ciego, y a mí me aterraba ir porque pensaba que me podía caer adentro.

Emanuel se rio. Le costaba imaginarse a su papá, en versión niño, sentado en un inodoro más grande que él. De hecho, muchas veces se preguntaba cómo se comportaron sus papás cuando eran chicos, y quizá los testimonios más fiables los podrían brindar sus abuelos por ambas partes. Porque no dudaba que tanto su mamá como su papá ocultarían los rasgos más traviesos de su infancia, o contarían lo que más les convenía. Pensar en sus abuelos le dio algo de tristeza, porque dentro de poco iban a ser las doce, y ellos seguían clavados ahí al costado de la ruta.

De pronto, le surgió otra incógnita…

—¿Y los abuelos de Jesús quienes fueron? O sea, porque José y María tenían papá y mamá también, ¿no?

Fernando y Mariel intercambiaron una mirada. En ningún culto navideño recordaban que se mencionara a los padres de María y José más que de manera vaga, porque el centro de la historia siempre eran ellos dos y el niño Jesús, por supuesto. Y aunque no tenían una respuesta clara, en el fondo les encantaba que Emanuel conservara todavía ese espíritu curioso de la infancia que quiere conocer todo.

—No sabemos muy bien quiénes fueron, porque creo que la Biblia no lo dice —respondió el padre—. Lo que sí sabemos es que María y José lo cuidaron muy bien. ¿A qué viene todo este cuestionario? ¿Querés conocer todo el árbol familiar de Jesucristo?

—No sé, me da curiosidad. Su familia estuvo más o menos en la misma situación que estamos ahora. Y a ellos les tocaba moverse sin nada de tecnología.

Aquella conversación fue como un bálsamo para la familia, como si fuera lo más normal del mundo que tres personas estén en pleno campo, de noche, charlando y cenando en Nochebuena, lejos de todo y de todos. Pero esa era quizá la primera cena verdaderamente tranquila que habían tenido en mucho tiempo. Sin interrupciones digitales, sin televisión de por medio, sin pirotecnia. Sin andar a las corridas ni a los gritos. Se sentía como volver al estado primigenio del mundo, cuando los seres humanos eran nómades y se trasladaban de un lado a otro, haciendo fogatas cuando caía la noche para calentarse y ahuyentar al peligro. De hecho, un fogón era lo que faltaba para completar la escena, pero a falta del mismo, tenían la linterna.

Llegaron las doce. Brindaron con sidra de ananá en vasitos de plástico, imaginando que escuchaban las campanadas de la iglesia en Santa Belén. Mariel propuso cantar algo, y tomados de las manos entonaron “Noche de paz” con los ojos cerrados, experimentando la más profunda armonía en sus corazones. Terminada la canción, abiertos los ojos, Emanuel vio, sorprendido, a su mamá secando una lágrima en la mejilla de su papá. Fernando y Mariel compartieron un beso como el que se dieron el día de su boda, y luego estrecharon a su hijo entre sus brazos, lo que para Ema fue como tener de nuevo cuatro años y sentirse calentito mientras lo tenían a upa.

Si existía un espíritu navideño, debía estar ahí también: una miríada de luciérnagas volaba a torno al árbol de paraíso que estaba cerca de ellos, como un arbolito de Navidad puramente natural. Se quedaron mirándolo, hasta que el frío y el sueño dictaron que ya era hora de meterse en el auto a descansar.

Una estrella fugaz cruzó el cielo. Emanuel alcanzó a verla antes de que se le cerraran los párpados. No alcanzó a pedir un deseo, pero se durmió con el anhelo de estar en casa de sus abuelos a la mañana siguiente.

 

Cuando Emanuel despertó, estaban entrando en Santa Belén. Creería haber soñado si no fuera por el resplandor del alba que lo envolvía todo. ¿En qué momento se habrá disipado aquella especie de hechizo que dejó a su auto sin energía?, se preguntó. No importaba: ya podía ver, más adelante, la puertita de la casa de sus abuelos.

 

 

 

 

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