Era menester cruzar doscientos
kilómetros de pura nada para ir a festejar Navidad con los abuelos en Santa
Belén. Después del año tan tortuoso que habían pasado, milagrosamente fue
consenso de los tres realizar el viaje para respirar un poco de aire fresco. Al
mediodía almorzaron en casa de la familia de Mariel, como para equilibrar la
balanza, aunque de todos modos pasarían con ellos la noche de Año Nuevo.
Además, hacía mucho que Emanuel no veía a sus abuelos paternos, y de verdad los
extrañaba.
En el auto cargaron cosas como para
viajar tres días, aunque el plan fuera regresar a la mañana siguiente. Ropa,
comida, abundante agua, regalos, repelente, bolsa de residuos… a Mariel le
preocupaba que no les faltara nada si llegaban a sufrir un inconveniente en el
camino. Como hacía bastante calor (eran casi las cinco cuando ingresaron a la
autopista) traían puesta una muda de ropa sencilla. Ni bien se bajaran del auto
en la casa de los padres de Fernando, se irían directo a la pileta, luego a la
ducha y después sí, a estrenar pilchas nuevas. Cabía la posibilidad de que
hasta lloviera, comentó Mariel tras observar las enormes nubes algodonadas que
poblaban el cielo.
Las esperanzas de llegar a Santa
Belén temprano se fueron diluyendo por culpa del atascamiento del tránsito en
la autovía, como si toda la gente de la región hubiera decidido a viajar en el
mismo día. Pero Fernando se mantenía optimista, pues una vez que tomaran por la
provincial 50 podrían continuar todo recto por el camino. Ni bien salieran de
ese embotellamiento tendría amplia libertad para pisar el acelerador. Incluso iba
calculando cuánto tiempo le tomaría recorrer el tramo de la 50, estimando así
la hora de llegada a lo de sus viejos. Lamentablemente, el reloj corría de
forma inversamente proporcional al avance en la carretera, y eso le iba
haciendo perder la paciencia, porque no era su idea caer a medianoche en mitad
del brindis. Tal vez se perdieran el programa navideño de la Iglesia, o
tuvieran que sentarse enseguida a la mesa… No, no, no tenía que pensar en eso.
No debía darles lugar a pensamientos que indefectiblemente lo conducirían al
mal humor, y de ahí, a las discusiones y a lo mismo de siempre. Ya lo había
conversado en terapia, era momento de ponerlo en práctica. Trató de
concentrarse en otra cosa.
—Estos mates están muy buenos —le
dijo sonriendo a Mariel.
—Muchas gracias —le sonrió ella a
su vez—. La radio ya está perdiendo frecuencia, ¿te parece si la cambio?
—Dale, fíjate si podés sintonizar
alguna donde transmitan más que nada música. Si no, podés conectar el celular.
—Un poco de sintonía analógica no
nos va a venir mal. Conviene ahorrar batería.
Ese era un rasgo que a Fernando le
gustó siempre de su mujer: para algunas cosas no escatimaba recursos, para otras,
se esforzaba en ahorrarlos. Antes le molestaba un poco, pero había aprendido a
valorarlo.
Por su parte, Mariel se concentraba
en el presente, en disfrutar la experiencia rutera con su hijo y su marido, en
vez de tratar de ponerse siempre delante de las circunstancias. En más de una
ocasión, la extrema ansiedad por andar pensando en el “después” la aceleraba a
tal punto que se enloquecía ella y enloquecía al resto. Por más que la lentitud
del tráfico le diera motivos más que suficientes para preocuparse, ella hacía
el esfuerzo por permanecer serena. Y confiar en Fernando, aunque supiera que se
pararía sobre el pedal del acelerador ni bien se desatascara la ruta.
Recurriría a indicarle que bajara de ciento veinte a cien solo cuando fuera
necesario.
Miró hacia atrás, donde iba su hijo
Emanuel con el cinturón de seguridad abrochado, mirando el paisaje por la
ventanilla. Once años cumplidos. Le parecía que era apenas ayer cuando lo
cargaba en sus brazos mientras le cantaba para que se durmiera. ¿Por qué crecen
tan rápido los hijos? Cuando uno apenas logra acomodarse para estar al cien por
cien para ellos, ya son grandes y no precisan de uno. Cada día se recordaba a
sí misma que debía aprovechar cada momento con él, porque ni bien iniciara la
pubertad y las hormonas empezaran a hacer su trabajo, ya sería otro Emanuel. O
quizá no, quizá siguiera siendo igual, pero con intereses distintos.
Probablemente, se convertiría en un hijo que no dudaría en reprocharle a ella o
a Fernando lo que no les reprochó durante el último par de años, cuando el
matrimonio sufría los principales síntomas del desgaste. Eso era lo que más
culpa le generaba: el daño causado a su hijo por todas las disputas con su
esposo.
Al menos, ahora habían cerrado esa
etapa. Ahora no quedaba otra opción más que seguir adelante. Tanto ella como
Fernando resolvieron apostar de nuevo por su familia. Por ellos y por su hijo.
—¿Cómo vas, Ema?
—Bien, voy pensando si el abuelo
terminó ese rompecabezas de dos mil quinientas piezas que me dijo que empezó en
septiembre —respondió el chico—. Tengo ganas de verlo, dice que después lo va a
encuadrar. ¿No es medio raro?
—En realidad, no. Hay rompecabezas
de hasta cinco mil piezas, y generalmente tienen fotos de paisajes muy lindos,
que cuando los terminás de armar parece que tenés un cuadro pintado por un
artista. Por eso mucha gente los pega sobre un cartón y los enmarca.
—¿O sea que los arman para no
desarmarlos nunca más?
—Sí, claro. Mi tía tiene uno en su
living, aunque me parece que es más chico que el de tu abuelo.
—Hay que tener mucho tiempo libre
como para dedicarse a eso.
—No necesariamente —intervino
Fernando—, a veces simplemente es un hobby, algo que uno hace para pasar el
rato o hacer algo distinto. Te ayuda mucho a desconectarte de los problemas y de
paso, entrenar otras capacidades cerebrales. Yo armé un montón de rompecabezas
con mi viejo, y te puedo asegurar que algunos tienen ese nombre bien merecido.
Realmente te hacen quebrar la cabeza pensando cómo encaja una pieza con otra.
—Algún día podríamos armar uno
juntos —propuso Emanuel—, pero uno que sea más normal, y que no nos lleve toda
la vida.
El padre se rio de buena gana. Aprobaba
la idea, porque en cierta forma continuaba con su hijo una tradición familiar.
A eso de las seis, por fin,
pudieron avanzar con más rapidez y doblar por el desvío hacia la ruta 50. Sin
embargo, antes hicieron una parada en una estación de servicio para ir al baño,
cargar combustible en el tanque y agua para el mate, y de paso avisar a los
abuelos sobre el retraso en el viaje.
La entrada en la ruta 50 fue
diametralmente distinta con respecto a la autopista. Allí no caminaba un alma
en absoluto, y a ambos costados de la ancha cinta de asfalto se extendían
lánguidos campos con sembradíos que apenas se insinuaban sobre la faz de la
tierra o praderas chatas encima de las cuales pastaban algunas solitarias
vacas. Aquí el cielo se mostraba más limpio, como si alguien hubiera barrido
las nubes de un plumazo, y los colores cambiantes del ocaso daban un memorable
espectáculo en cámara lenta. La noche caía como un tinte oscuro en un vaso
lleno de agua, que transformaba los cálidos tonos anaranjados y amarillentos en
otros más fríos, azulados y oscuros.
El auto marchaba sereno,
equilibrado y firme, en concordancia con el estado de ánimo de sus ocupantes.
Sin embargo, cuando todavía faltaba un buen trecho para vislumbrar siquiera la
silueta de luces de Santa Belén en la línea del horizonte, el coche comenzó a
toser, perdiendo estabilidad en su marcha. Fernando intentó mantenerlo a flote,
pasando de un cambio a otro, pero en vano consiguió que el auto continuara. Y
antes de que se le parara en medio de la ruta, con habilidad logró orillarlo a
la banquina. En cuanto las cuatro ruedas se posaron simultáneamente sobre el
pasto, el vehículo se detuvo de modo definitivo, quedando como muerto.
—Qué raro… —musitó Fernando,
intentando darle arranque sin éxito. Probó tres veces, y como no hubo ninguna
clase de respuesta, decidió bajar y abrir el capó.
No había por qué alarmarse, pensó
para sí mismo, sopesando las múltiples explicaciones que podían justificar lo
que sucedía. Pero no importaba, ya se ocuparía del asunto, así que buscó en el
baúl una linterna y les dijo a su mujer y a su hijo que se quedaran dentro del
auto, que enseguida retomarían el viaje. Apelando a sus conocimientos
elementales de mecánica, probó revisando el nivel del agua, el aceite, la
batería. No halló ninguna anomalía. Los controles del tablero no arrojaban
ninguna señal clara acerca de cuál podía ser el problema. Tal vez se había
sobrecalentado, lo cual no era extraño teniendo en cuenta la odisea en la
autopista. Era cuestión de esperar un par de minutos a que se enfriara, supuso
Fernando.
Pero el par de minutos pasó. Y por
mucho que él giró la llave, el auto no encendió.
Fernando suspiró profundamente. “No
importa, voy a seguir intentando… esto apenas va a llevar un rato, nada más”.
Repitió la secuencia de revisiones, sin hallar la fuente del problema. Había
rellenado el tanque de combustible cuando pararon en la estación de servicio
una hora atrás. La temperatura se veía normal, no había ningún indicio de
sobrecalentamiento. Ayudándose con la luz de la linterna, escudriñó centímetro
a centímetro el motor. Cada cable o manguera se hallaba intacto, conectado
correctamente en su respectivo espacio. ¿Algún fusible, quizá? Buscó la caja de
herramientas, aunque no deseaba en absoluto ponerse a desarmar su auto mientras
estaban en medio de la nada. Debía concentrarse y mantener la calma.
Mientras tanto, Mariel preguntaba
lo justo y necesario sobre la situación mecánica del vehículo. Miró la hora en
su celular: eran casi las nueve. Ya tenía un motivo sincero para preocuparse,
porque a su alrededor se extendían una oscuridad inquietante, un llano vacío y
una ruta completamente solitaria. Apenas había un árbol a un metro de ellos.
Pero no, no iba a ponerse a pensar en que estaban solos, sin posibilidad de
avanzar, lejos del pueblo o de cualquier contacto humano, desprotegidos o a
merced de algún animal salvaje o de personas con malas intenciones, sin más luz
que la de la linterna, las del auto y las de sus teléfonos celulares. Los
cuales, por desgracia, no captaban ni la más mínima línea de señal, así que
técnicamente también estaban incomunicados. No pensaría en nada de eso, no… No
podía dejar que los nervios la dominaran. Antes bien, decidió asumir un papel
más activo.
—Ema, ¿me esperás un ratito acá? Si
sentís mucho calor, podés bajar la ventanilla —Mariel sacó un repelente en
aerosol de su bolso, se roció los brazos y las piernas y luego se lo pasó a su
hijo—. Tomá, ponete por las dudas. Ya vuelvo, ¿sí?
Emanuel le hizo caso a su madre. Se
sentía levemente tranquilo, porque veía que tanto ella como su padre se
mantenían tranquilos a pesar de que la situación no pintaba muy bien. Le
alegraba ver que sus primeros impulsos fueran tratar de hacer lo posible para
arreglar el inconveniente, aunque le preocupaba que, si el auto no arrancaba, y
empezaba a subir la tensión, sus padres no lograran soportarlo. Él procuraría
hacer todo lo posible para no molestarlos.
—No te alejes mucho, Mariel, por
las dudas —dijo Fernando a su mujer, que caminaba de un lado a otro con el
teléfono en alto—, y no andes sobre la ruta —agregó, aunque parecía una
recomendación innecesaria.
—Ya sé… estoy tratando de encontrar
al menos un poco de señal, como para mandar un mensaje.
Ella caminó unos pasos por aquí,
unos pasos por allá, incluso fue hasta el árbol. En cuanto veía una mínima
rayita, intentaba hacer una llamada, pero sin éxito. Los mensajes tampoco se
enviaban. Decidió probar con el teléfono de Fernando, con los mismos
infructuosos resultados. Parecía que hubieran entrado en una dimensión
desconocida donde no funcionaba ningún tipo de tecnología comunicacional. La
impaciencia de Mariel no hacía más que aumentar. Como aumentaba también la
frustración de su marido que, ofuscado, levantó la cabeza del motor y se la
golpeó con el capó sin querer, lanzando una palabrota en el proceso.
—Pero, ¡¿cómo puede ser que no
encuentre dónde está la falla?! ¡Si cuando lo revisé hoy, andaba todo bien!
¿Justo ahora me viene a pasar esto?
El hombre se pasó las manos por el
pelo. Ya no podía frenar su mal humor. Le dio la espalda al coche. Al darse la
vuelta, se topó con Mariel, que lo miraba con las manos en la cintura. No
precisaba palabras para expresar lo que transmitían sus ojos.
—¿No pudiste comunicarte con nadie?
—No, es como estar en una zona
muerta.
—Carajo… ¿qué hora es ya?
Mariel dudó antes de responderle.
—Como las nueve y media.
—¡No puede ser!
Fernando lanzó un gruñido furioso.
Estuvo a punto de pegarle una patada al frente del auto, pero vio a Emanuel a
través del parabrisas. No quería montar una escena en un momento así, menos delante
de su hijo, que ya había presenciado suficientes escenas de tipo violento
durante ese año. Se volvió hacia su esposa, medio sorprendido de que ella no
abriera la boca para dirigirle algún reproche. Como, por ejemplo, que hubiera
sido mejor quedarse a pasar la Nochebuena con la familia de ella, y salir al
otro día para celebrar Navidad en Santa Belén con la familia de él. Sin
embargo, Mariel no tenía ganas de discutir, tan solo se lamentaba de la mala
suerte que les había tocado, justo cuando trataban de reconstruirse como
familia. Ya no podía ocultar lo angustiada que se sentía, pensando en lo
preocupados que estarían sus suegros al ver que ellos no llegaban, mientras sus
propios padres, allá en la ciudad, celebraban con sus hermanos sin tener idea
de que ella, su marido y su hijo se hallaban varados en mitad de la ruta 50.
Ambos adultos se quedaron en
silencio, como derrotados e impotentes. En otra ocasión ya estarían
discutiendo, lanzándose reproches mutuos, hasta terminar alejándose cada uno
por un lado distinto. Desde el asiento trasero del auto, Emanuel se dio cuenta
de que ninguno parecía saber qué hacer, a la vez que evitaban entrar en
cualquier tipo de conflicto. Como ya estaba aburrido de quedarse adentro,
decidió bajarse. Afuera se escuchaba claramente el canto de los grillos. Pese a
lo oscuro y solitario que estaba todo alrededor, reinaba una calma tan
diferente de la que se producía de noche en la ciudad, que no se sentía
atemorizado ni inquieto.
Alzó los ojos hacia el cielo. Había
muchísimas más estrellas de las que recordaba haber visto en su vida. Era como
si alguien hubiera sacudido un cepillo de dientes gigante sobre el firmamento.
De repente, no supo bien por qué, se le vino a la cabeza la historia del
nacimiento de Jesús, que representaban en la iglesia cada año en Navidad. Y se
acercó a sus padres para resolver una duda.
—Cuando María y José viajaban hasta
Belén, ¿todo se veía más o menos como acá?
Aquella pregunta sacó a Fernando y
Mariel de su inmovilidad. Lo miraron, sorprendidos, aunque no era extraño que a
veces su hijo preguntara cosas que a ellos nunca se les ocurrirían.
—No sé… —respondió Mariel, después
de pensar un poco—, supongo que sí, aunque la tierra era mucho más seca,
parecido al noroeste nuestro, creo.
—¿Y el cielo se veía así, todo
estrellado?
La madre estiró el cuello para
observar, arriba, el firmamento colmado de puntitos brillantes.
—Sí, estoy segura. Antes no existía
la iluminación eléctrica en ninguna parte.
—¿Podemos sentarnos a charlar acá
al lado mientras papá termina de arreglar el auto?
Madre e hijo miraban a Fernando,
como si le pidieran permiso. Él había empezado a resignarse a que estarían un
buen rato varados, si es que no pasaba nadie por la ruta, y pensó que no
vendría mal un poco de distensión a su familia. Por eso, además de decir que
sí, les dijo que podían comer algo o tomar algo si tenían hambre o sed. Mientras
él revisaba una vez más el auto, su esposa buscó una manta en el baúl, tanteó
el pasto al lado del vehículo para cerciorarse de que fuera seguro y la
extendió allí, para sentarse junto con Emanuel.
—¿Por qué no se ven tantas
estrellas cuando estamos en casa? —preguntó el chico.
—Debe ser porque en la ciudad hay
mucha luz, tanto de los postes como de los comercios y las casas. Es como
cuando el sol te encandila y no te deja ver lo que tenés enfrente.
—Y las ciudades de antes, que no
tenían luz eléctrica, ¿quedaban totalmente a oscuras?
—Me parece que no, creo que usaban
antorchas o velas para iluminarse. Algunas noches podían ser más claras si
había luna llena.
—Pero si hay luna llena, las
estrellas casi no se ven. O sea que la noche en que nació Jesús no pudo haber
luna, porque si no, nadie habría podido ver su estrella.
—Tal vez…
La charla fluyó amenamente entre
los dos, y el padre la escuchaba, cada vez más interesado. A la tercera vez que
probó darle arranque al coche y este no respondió, Fernando se dijo “bueno”. Se
fijó que eran más de las diez. En su casa ya estarían preparando todo para
instalarse a comer. Sólo faltaban ellos tres… Levantó su mirada hacia lo alto,
en un silencioso ruego al Creador para que obrara un milagro que les permitiera
llegar sanos y salvos a Santa Belén. Y que los protegiera mientras estuvieran
ahí tirados.
Antes de unirse a la ronda, sacó
algo de comida y bebida de la conservadora. Les explicó la situación, y dijo
que lo más conveniente era esperar. Su mujer propuso caminar un par de
kilómetros para ver si había alguna casa donde pedir ayuda, pero Fernando se
negaba a dejarlos solos, ni tampoco pensaba permitir que ninguno se alejara de
ahí. Irse los tres juntos no le convencía, porque no quería dejar el auto
abandonado. En esto no hubo forma de ponerse de acuerdo, y Mariel y Fernando lo
discutieron hasta que pactaron lo siguiente: pasarían la noche dentro del auto,
si era necesario, y en cuanto amaneciera, si no recibían auxilio, Fernando
caminaría en busca de ayuda.
Cuando ya los relojes de los
teléfonos marcaban las once, Mariel tenía que ir al baño, y la cuestión era
complicada porque no podía ir detrás de un árbol y ya está. Necesitaría un poco
más de privacidad. La solución que se le ocurrió a Fernando fue trasladar la
manta e instalarla delante del auto, y luego abrir las dos puertas del lado del
acompañante para que hicieran de “biombo”. En cuanto al resto (papel higiénico
y alcohol) ya Mariel lo tenía equipado.
—Mirá si va a aparecer alguien
justo cuando yo estoy orinando… —comentó Mariel, con un tono medio en broma.
—Bueno, pero hacer pis no es nada
—replicó Fernando con una risa socarrona—. Si supieras lo que me pasó cuando yo
tenía diez años y viajaba con mi viejo y mi hermano en la camioneta. A la chata
se le desarmó algo en el tren delantero y ahí no quedó de otra que llamar a una
grúa, y quedarse esperando ahí, al costado. ¿Pero podés creer que a las tripas
de Fernandito se les dio por ponerse trabajar como nunca? Lo peor es que no
había ningún sitio seguro como para despachar el paquete. Pasaban autos por la
autopista todo el tiempo y a mí me daba vergüenza que me vieran… Pobre viejo,
la paciencia que me tuvo. Al final, por suerte vino la grúa. Nos dejó en el
campo de mis abuelos, que quedaba más cerca y donde mi tío tenía su taller.
Nunca me sentí tan aliviado de ir al baño de la casa de mi abuela, por mucho
que no me gustaba porque me daba miedo.
—¿Te daba miedo el baño de tu
abuela? —le preguntó Emanuel, con una expresión divertida curiosidad en sus
ojos.
—Sí, porque era un baño antiguo,
que no tenía las mismas comodidades que tenemos nosotros ahora. Y eso que por
suerte no me tocó ir al de afuera… Ese iba directamente a un pozo ciego, y a mí
me aterraba ir porque pensaba que me podía caer adentro.
Emanuel se rio. Le costaba
imaginarse a su papá, en versión niño, sentado en un inodoro más grande que él.
De hecho, muchas veces se preguntaba cómo se comportaron sus papás cuando eran
chicos, y quizá los testimonios más fiables los podrían brindar sus abuelos por
ambas partes. Porque no dudaba que tanto su mamá como su papá ocultarían los
rasgos más traviesos de su infancia, o contarían lo que más les convenía.
Pensar en sus abuelos le dio algo de tristeza, porque dentro de poco iban a ser
las doce, y ellos seguían clavados ahí al costado de la ruta.
De pronto, le surgió otra
incógnita…
—¿Y los abuelos de Jesús quienes
fueron? O sea, porque José y María tenían papá y mamá también, ¿no?
Fernando y Mariel intercambiaron
una mirada. En ningún culto navideño recordaban que se mencionara a los padres
de María y José más que de manera vaga, porque el centro de la historia siempre
eran ellos dos y el niño Jesús, por supuesto. Y aunque no tenían una respuesta
clara, en el fondo les encantaba que Emanuel conservara todavía ese espíritu
curioso de la infancia que quiere conocer todo.
—No sabemos muy bien quiénes
fueron, porque creo que la Biblia no lo dice —respondió el padre—. Lo que sí
sabemos es que María y José lo cuidaron muy bien. ¿A qué viene todo este
cuestionario? ¿Querés conocer todo el árbol familiar de Jesucristo?
—No sé, me da curiosidad. Su
familia estuvo más o menos en la misma situación que estamos ahora. Y a ellos les
tocaba moverse sin nada de tecnología.
Aquella conversación fue como un
bálsamo para la familia, como si fuera lo más normal del mundo que tres personas
estén en pleno campo, de noche, charlando y cenando en Nochebuena, lejos de
todo y de todos. Pero esa era quizá la primera cena verdaderamente tranquila
que habían tenido en mucho tiempo. Sin interrupciones digitales, sin televisión
de por medio, sin pirotecnia. Sin andar a las corridas ni a los gritos. Se
sentía como volver al estado primigenio del mundo, cuando los seres humanos
eran nómades y se trasladaban de un lado a otro, haciendo fogatas cuando caía
la noche para calentarse y ahuyentar al peligro. De hecho, un fogón era lo que
faltaba para completar la escena, pero a falta del mismo, tenían la linterna.
Llegaron las doce. Brindaron con
sidra de ananá en vasitos de plástico, imaginando que escuchaban las campanadas
de la iglesia en Santa Belén. Mariel propuso cantar algo, y tomados de las
manos entonaron “Noche de paz” con los ojos cerrados, experimentando la más
profunda armonía en sus corazones. Terminada la canción, abiertos los ojos,
Emanuel vio, sorprendido, a su mamá secando una lágrima en la mejilla de su
papá. Fernando y Mariel compartieron un beso como el que se dieron el día de su
boda, y luego estrecharon a su hijo entre sus brazos, lo que para Ema fue como
tener de nuevo cuatro años y sentirse calentito mientras lo tenían a upa.
Si existía un espíritu navideño,
debía estar ahí también: una miríada de luciérnagas volaba a torno al árbol de
paraíso que estaba cerca de ellos, como un arbolito de Navidad puramente
natural. Se quedaron mirándolo, hasta que el frío y el sueño dictaron que ya
era hora de meterse en el auto a descansar.
Una estrella fugaz cruzó el cielo.
Emanuel alcanzó a verla antes de que se le cerraran los párpados. No alcanzó a
pedir un deseo, pero se durmió con el anhelo de estar en casa de sus abuelos a
la mañana siguiente.
Cuando Emanuel despertó, estaban
entrando en Santa Belén. Creería haber soñado si no fuera por el resplandor del
alba que lo envolvía todo. ¿En qué momento se habrá disipado aquella especie de
hechizo que dejó a su auto sin energía?, se preguntó. No importaba: ya podía
ver, más adelante, la puertita de la casa de sus abuelos.
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