Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la
trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y
agonía?
Jorge Luis Borges, “Ajedrez”
Tuve la oportunidad de encontrarlo
en el bar La Biela, de Recoleta. Lo vi nada más entrar, sentado solo, con sus
ojos bañados en noche que miraban a la nada… o al infinito. Tenía un aire
sereno, como el de alguien que lleva cierto rato meditando, aunque a la vez
ligeramente preocupado, no sé por qué. Antes de tomar asiento me presenté, y
luego de los saludos rituales, saqué mi anotador rebosante de preguntas para el
maestro. Había esperado ansiosamente ese momento, había tanto que quería saber…
si él realmente escribió “Instantes”, por qué no le gustaba Tolkien, si le
importaba el Nobel de Literatura, cómo se sintió cuando lo nombraron “Inspector
de Aves de corral” en el gobierno peronista, cuáles son sus libros favoritos…
en fin, un montón de cosas para las que no sé si nos iba a dar el tiempo, yo de
preguntarle y él de responder.
—Creo que debemos procurar ser
breves… La tiranía del reloj, ¿sabe?
—Entiendo, aunque temo que nos
gobierna una fuerza superior a todos los relojes.
Una forma rara de empezar… Aunque
me dije “Bueno, es Borges”. Miré la primera pregunta garabateada en mi
anotador, pero de repente me asaltó la incertidumbre. ¿Por dónde debería
arrancar la entrevista: su vida, sus influencias, la literatura, sus libros…?
Borges pareció darse cuenta de lo que pasaba al verme dudar, porque dijo:
—No se moleste tanto en preguntarme
cosas. Lamento decepcionarle, pero en este momento no me siento capaz de
responderlas.
Dejé el anotador y le miré de
inmediato.
—¿Se siente incómodo? Puedo volver
otro día…
—Es igual, no va a valer la pena.
Pero el problema no es usted, sino yo. No se trata de un cliché, sino de una
cuestión mucho más profunda y difícil de explicar.
“¿Estará pronunciando una elaborada
excusa para que lo deje tranquilo?” pensé para mis adentros. Tanto que había
esperado esta entrevista, con miedo de que no saliera como esperaba… Supuse,
tratando de no desanimarme, que debido a su edad quizá ya estaba cansado de
tantas entrevistas.
—Lo siento, no quise importunarlo
—dije, guardando el anotador en mi mochila.
Él me detuvo con un gesto cuando
iba a pararme.
—Espere, no quiero que se vaya
creyendo que no tengo ganas de hablar con usted. Es solo que a veces nuestra
conciencia puede desarrollarse tanto que explora límites impensados, y en esa
exploración, si se transgrede el límite, la conciencia de identidad se
distorsiona y se altera.
Me acomodé en la silla, intentando
disimular que no entendía del todo lo que me estaba diciendo.
—Usted vino aquí para
entrevistarme. O sea, para entrevistar a Jorge Luis Borges. Para usted, yo soy
él. Pero ahora yo no me siento seguro de serlo. ¿Por qué resulta que no puedo
responder sus preguntas? Porque usted seguramente querrá preguntarme sobre episodios
de mi vida, sobre recuerdos particulares. Pero yo no me siento dueño de esos
recuerdos. Siento como si no fueran míos… lo mismo que mis libros.
Podría decir “yo escribí Ficciones, El Aleph, Historia Universal de la
infamia” y continuar con una larga lista de poemas, cuentos o ensayos.
Podría hablarle sobre lo que tratan y todo eso. Sin embargo, nunca terminaría
de sentirme, en este aquí y ahora, como un autor auténtico. ¿Qué importa si yo
escribí o no “Instantes”? Podría afirmarlo, con total certeza. Podría afirmar
que no me cae bien Sábato o comentar que almuerzo en casa de Bioy Casares todos
los días. Podría decir lo que quisiera, hasta las sandeces más impropias de
Borges. Podría engañarle a usted, o a cualquiera más allá de usted. Pero no
podría engañarme a mí mismo, porque yo sé bien que nada de eso son mi vivencia
y mi pensamiento genuinos, porque yo soy una cáscara que llenan de cosas que
debe repetir, imitando un estilo, una forma…
Ante semejante discurso tuve que
poner a trabajar mis neuronas a todo vapor para no perderme el hilo. Cualquier
persona pensaría que este tipo era en realidad un impostor o un imitador de
Borges, y de repente le había dado como un “sincericidio”. Yo, sin embargo,
sospeché que quizá se tratara de un juego, o de una prueba, o de alguna especie
de experimento para hacer la experiencia más entretenida, en vez de una
meliflua entrevista convencional.
Intenté seguirle la corriente.
—Ya veo… ¿se refiere a que se
siente el Otro?
—Me parece que no me ha entendido
del todo. No puedo hablarle de recuerdos que no son míos. No son mis tigres, no
son mis laberintos, no son mis espejos, no soy el Otro… Pero como le dije, no
es fácil explicar esta sensación.
—¿Lo más próximo sería estar siendo
soñado por alguien más, como en “Las ruinas circulares”?
Borges realizó un gesto vago.
—Temo que esto sea peor que estar
en un sueño. O mejor, porque el final es distinto.
Me recorrió un frío detrás de la
nuca. Un miedo inexplicable me invadió, pero no pude evitar que mi boca
pronunciara la última pregunta.
—¿Qué puede ser mejor o peor que
existir dentro de un sueño?
Él parpadeó, como aceptando el
destino inevitable.
—Existir dentro de un cuento.
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