Aurelio,
arquetipo de murciélago
persuasivo,
pinchó
neumático,
y
persuadido de euforia
resolutiva,
quiso
cambiarlo.
Pero vio,
con sanguíneo
furor,
que no
estaba equipado.
Eulogia,
su seguidora,
estudiosa
de la ecuación,
eufórica
de la persuasión,
lo riñe,
como con
menstruación
asintomática,
y le dice:
“Si no
llegamos,
¿cómo
impulsaremos
la
educación
de las
comunidades
neuróticas?”.
Aurelio,
estudiando
el clavo
enquistado
en el
neumático,
desquitando
con el pie
su ira
sobre él,
profiere
un enunciado
algo
desubicado:
“¡Qué
porquería!”.
Un
conocido, profesor de secundario,
auténtico
enunciador
de
oscuridades
y
denunciador
de
cuidadores
negligentes,
pasa en su
auto
y se
detiene para ayudarlo.
Para empezar,
examina
el clavo
en el neumático,
intenta
quitárselo
pero cae
de espaldas
en la
calle.
Un
arquitecto
en
camioneta
logra
esquivarlo
dando el
esquinazo,
y le grita:
“¡Voy a
denunciarlos!”.
“Anunciemos
el retraso”,
propuso
Eulogia,
y Aurelio
aceptó
sin
cuestionar.
El
profesor llamó
a la grúa,
y al no
conseguirla,
con su
auto los remolcó.
Y Eulogia
lo fue guiando
para que
no se fuera
a
equivocar.
Al pasar
por el parquecito
del
Marquesito,
este los
saludó
con
impetuosa opulencia,
mientras
miraba el superclásico:
Surrealismo
simultáneo
vs.
Muestrario
resucitado.
Más allá
se corta la calle
por el
desfile superlativo
de
pañuelitos refugiados,
renunciados
y denunciados.
Por la
regulación meticulosa
de
oficiales insuperados
los coches
perjudicados
doblan por
el camino
estipulado.
Entre
ellos va la grúa,
con
Aurelio, Eulogia
y el
profesor desvinculado.
Luego se
detienen con precaución
ante la
concurrencia
por la
competencia
de
equitación.
Y lloriquean
por tal retraso
que
destruirá su reputación
ante la
Supervisora
de la
degustación.
Aurelio,
todo un gesticulador,
hace
varias alusiones
al
conductor,
y recurre
entonces
al
estimulador
paquetito
de cauciones.
El chofer
supeditado
baja el
pie al acelerador
y aprieta
la mano
sobre el
volante.
Si no
fuera por el hidrante
esto sería
una historia
de
superación.
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