martes, 25 de marzo de 2025

Libros que muerden: “La biblioteca del entablado"


Cuando algo desaparece o se pierde bajo ciertas circunstancias, creo que pocas personas se resisten al impulso de buscarlo. Sobre todo, cuando se trata de cosas que poseen un valor que va mucho más allá del monetario. A la inversa, cuando algo misterioso, desconocido o llamativo es encontrado, también se inicia una búsqueda, no tanto para hallar el objeto en sí, sino para encontrar su origen y entender por qué y cómo terminó en el sitio donde fue hallado. 

Un tema que me interesa mucho, especialmente en cuanto a ficción, es el de los libros (o cualquier otro tipo de obra artística) perdidos o censurados. Lo prohibido ejerce bastante atracción, creo, quizá por ello: estar prohibido, que no se puede hacer, no se puede tener, de lo que no se puede hablar. La censura, a su manera, puede ser total o parcial, provocando que algunas partes de tal o cual obra no lleguen hasta el público. Quienes efectúan la censura o la prohibición siempre echan mano de todos los recursos que pueden para justificarla, alegando en la mayoría de los casos que es “por un bien mayor”. Pero muchos no quieren obedecer al mandato. Se resisten porque conocen el contenido de la obra y saben que fue censurada o prohibida porque sus ideas pueden atacar o atacan directamente al status quo; o bien quieren conocer de qué se trata para comprobar por sí mismos si la prohibición está justificada. Si es realmente para tanto.

Uno de los más renombrados escritores de ciencia ficción, Ray Bradbury, publicó Fahrenheit 451, una novela que presenta un futuro distópico en el cual todos los libros, cualquier tipo de libro, se encuentran terminantemente vetados de la sociedad. Todo libro que ande dando vueltas por ahí debe ser destruido. Y ¡ay! de cualquier persona que tenga una biblioteca en su casa y no quiera deshacerse de ella, pues entonces los bomberos le harán una visita… no para apagar un incendio, sino para provocarlo. Porque en esta novela son los bomberos quienes producen los incendios, a pesar de que las casas están fabricadas con materiales ignífugos. Y su misión es ir allí donde haya libros, para quemarlos. Incluso cada hogar dispone de un incinerador, por si de casualidad te topabas con algún tomo indeseado. La historia sigue a Guy Montag, un bombero que se siente medianamente a gusto con su trabajo, hasta que una serie de hechos lo hará cambiar de parecer. Hay un momento donde comete una transgresión: esconde libros, no los quema, lo cual traerá importantes consecuencias para su desarrollo como personaje y también para el resto de la historia.

Por suerte, un futuro como el que plantea Bradbury está lejos de ocurrir. En el peor de los escenarios, lo más probable es que las pantallas ocupen toda la atención humana, y los libros simplemente queden relegados a un mueble, juntando polvo. Nadie se tomaría la molestia de quemarlos. Sin embargo, hubo un tiempo, particularmente en la Argentina, donde corrías un gran peligro si poseías determinados libros. Arriesgabas tu pellejo, tus cosas, tu familia. Y si no te manejabas con cierto cuidado, podía ser el fin.

La mayoría de los países cuenta con una o más fechas determinadas que refieren a episodios traumáticos de su historia. En Argentina, una de esas fecha es el 24 de marzo de 1976, que marcó el inicio de la sexta y última dictadura cívico-militar, la cual todavía hoy, más de cuarenta años después, sigue vigente en la memoria colectiva a través de varios debates. Dentro de todo el rango de temas que existe alrededor de este hecho, yo me voy a centrar en uno: la censura y la prohibición de libros, eje fundamental en la historia de mi primera novela.

No estoy muy segura del momento exacto en el que surgió la idea, pero me parece que fue en el año 2018, mientras cursaba Literatura argentina II en el profesorado. Parte del programa de cátedra era el abordaje de la literatura durante la dictadura, cuando muchos escritores fueron perseguidos por sus ideas. Más de uno fue censurado o prohibido, y prácticamente la mayoría se marcharon al exilio.

Yo quería escribir una novela que hablara sobre un conjunto de libros escondidos debajo del piso entablado de una casa, relatando su rescate, su posterior abandono, y luego su revalorización. Quería que el hilo principal de la trama fuera el misterio de su origen: quién los puso ahí, y por qué. Algo que tenía claro desde el principio era la estructura tripartita, es decir, que la historia y la trama se desenvolverían en tres partes, tres épocas históricas, tres personajes. Cada personaje debía ser representativo de alguno de los múltiples oficios que giran en torno a los libros y la lectura, pues tenía el anhelo de homenajear no sólo a escritores, bibliotecarios y profesores de lengua y literatura, sino también a periodistas, libreros, editores, y más. Así que definí a la tríada de protagonistas a partir de estos oficios. Solo me faltaba el contexto de cada uno, y esto fue lo más difícil al principio, porque no estaba segura de qué línea de tiempo establecerme. Primero, porque ello me obligaba a situarme en uno o dos años determinados del siglo XX, y me preocupaba no poseer el suficiente conocimiento de esos años como para no cometer anacronismos. Me preocupaba el lugar desde el que me situaría como autora para contar la historia, porque sentía que la representación del pasado estaría demasiado influida por mi mirada desde la actualidad. Sumado a que todavía soy una escritora joven y, creo, no lo suficientemente experta como para escribir sobre un tiempo histórico que no viví.

Después de muchas vueltas mentales, decidí encuadrar la historia dentro de los últimos cuarenta años, tomando como punto de inicio los finales de la década del ’70. La dictadura cívico-militar, con su Proceso de Reorganización Nacional, resultó el marco propicio para lo que yo quería contar, y además permitía justificar los elementos principales de la trama. Cuando retomé la escritura de la novela, allá por el verano de 2023-2024, pude terminar de darle forma a mi obra, primero echándole bastante cabeza (es decir, evaluando en mi mente todos los pormenores), y luego escribiendo a conciencia (muchos de los puntos que no tenía del todo resueltos en la pre-escritura se fueron resolviendo en el propio proceso). La experiencia ha sido muy enriquecedora, porque era la primera vez que encaraba un escrito tan extenso, acostumbrada como estoy a la escritura de cuentos. La satisfacción que sentí al completar La biblioteca del entablado fue increíble. Y cuando salió publicada, ni les cuento.

Me propuse que la estructura de la novela no siguiera el tradicional modelo lineal, es decir, contando la historia en orden cronológico. Eso lo tenía pensado también desde el principio: dislocar la narrativa de una forma fragmentaria (un rasgo común en las novelas de la dictadura), recurriendo a otros tipos de texto para ampliarla y enriquecerla: noticia, entrevista, carta, necrológica. De esta manera, me puse a construir un mosaico, donde cada pieza, además de ofrecer nueva información, complementara a las demás. Creo que fue una apuesta arriesgada, porque no siempre es fácil salirse de los moldes, pero me parece que, entre todo, quedó bien. A través de los capítulos se van entretejiendo episodios que abarcan los tres tiempos, brindando nuevos detalles. En varios momentos tuve que pensar y repensar cómo conectar algunos puntos de la trama sin que parecieran forzados (por eso la novela se me hace más difícil que el cuento).

Entre las ideas iniciales, pensé en que los libros escondidos fueran inventados, con nombres ficticios, aunque obviamente inspirados en obras reales. Pero terminé descartando esa idea, porque la mención de libros verdaderos le daría a la novela un anclaje más verosímil, por más que se trate de una ficción. Al fin y al cabo, La biblioteca del entablado no es más que un artificio montado sobre bases verídicas. Y lleno de simbolismos, para variar, que combinan elementos de Fahrenheit 451, de los relatos y testimonios sobre la dictadura, y de diferentes rincones de la literatura.

Entonces, decidí usar los nombres de libros reales para la “colección del entablado”. Y para eso, tuve que documentarme ampliamente. Consulté varias páginas web y algunas bases de datos, pero las dos grandes fuentes de información fueron Un golpe a los libros: represión a la cultura durante la última dictadura militar (2007), de Hernán Invernizzi y Judith Gociol, por un lado, y por otro, Libros que muerden: literatura infantil y juvenil censurada durante la última dictadura cívico-militar 1976-1983, de Gabriela Pesclevi. El primero es fruto de un trabajo documental surgido tras el descubrimiento de un montón de documentos (actas, memos, considerandos, circulares, etc.) redactados por el gobierno de facto, y que estaban arrumbados en el sótano de un ex banco. El segundo es más que nada un catálogo de libros que, como bien lo dice el título, pertenecen a la literatura infantil y juvenil, aunque también abordan otros casos análogos.

Un golpe a los libros es una lectura muy recomendada para quienes quieran conocer cómo se ejercía la represión sobre la cultura, porque

propone que a la desaparición de personas se corresponde el proyecto, también sistemático, de desaparición de símbolos, discursos, imágenes y tradiciones. Si por una parte estaban los campos de concentración, las prisiones y los grupos de tareas; por la otra, se afianzaba una compleja infraestructura de control cultural y educativo: equipos de censura, análisis biográficos, memos de inteligencia, abogados, intelectuales, académicos, planes editoriales, decretos, presupuestos, oficinas… (Invernizzi y Gociol, 2007).

A partir de su investigación sobre los documentos confidenciales olvidados en aquel sótano, los autores explican de qué manera se organizó el gobierno de facto para controlar y moldear la cultura del país. Convencidos de que la lucha contra las guerrillas no se terminaba con la exterminación de las mismas, los militares se proponían eliminar cualquier posible foco de lo que ellos llamaban “captación ideológica” para el marxismo, la subversión y otras yerbas similares. O sea, acabar con el mal de raíz. Definieron como “campo de batalla” el corazón y la mente del pueblo argentino, y como “enemigo” a todo lo que fuera “subversivo”: peronismo, marxismo, socialismo, feminismo y cualquier otra ideología que no coincidiera con los valores que ellos definían como los únicos válidos (Dios, Patria, Familia, y otras cosas). Valiéndose de distintas dependencias estatales y militares (ayudados además por múltiples colaboradores civiles e intelectuales), organizaron una compleja y bien ordenada superestructura que persiguió con todo su yugo a todos aquellos que se desenvolvían dentro del campo de la cultura. Así surgieron las llamadas “listas negras” de escritores, editoriales, librerías, armadas según su nivel de subversión. Muchas prohibiciones salían por decreto, a veces regían en todo el territorio nacional, o bien se daban en una o más provincias.

Otra fuente muy preciada de información fue el ya mencionado catálogo Libros que muerden, que presenta los casos de diversos libros de literatura y juvenil, entre otros, que sufrieron la prohibición o algún tipo de censura. A veces, por ciertas interpretaciones hechas a raíz de los colores (como en Cinco dedos, donde una mano roja vence a otra verde), por denuncias efectuadas generalmente por colegas (como le pasó a Laura Devetach), o a veces por el origen de sus autores (como La tacita azul de Arkadi Gaidar), incluso si ni siquiera son libros de literatura (este es el caso de El niño zurdo, un trabajo pedagógico sobre los niños que escriben con la mano izquierda, o Los grandes maestros soviéticos, un libro sobre ajedrez: cualquier cosa que viniera de la URSS se ganaba enseguida el veto). Ni hablar si se trataba de obras con apellidos de reconocidos íconos peronistas o de izquierda. O de cuentitos donde, por ejemplo, el papá ayudaba a lavar los platos a su hija, o donde un nene plantaba un cuaderno en su patio y le crecía un árbol lleno de cuadernos, los cuales regalaba a sus compañeros de escuela. Hoy podrá parecer extremo, y hasta ridículo, que ciertas cosas que hoy tenemos normalizadas o a las que no juzgamos para nada peligrosas, fueran dignas de censura. Pero hay que entender esto dentro del contexto de su época, y nuestro país no era un caso aislado: alrededor del globo, dos grandes potencias se disputaban el privilegio de imponer su sistema social, económico y político sobre el resto del mundo. Y obviamente, el bloque occidental capitalista echaba mano de todos los recursos posibles para evitar que el enemigo le ganara terreno. Eso, sumado a la creciente ola de violencia política y guerrillera en el territorio, fueron parte del caldo de cultivo para la gestación y desarrollo de la última dictadura cívico-militar en Argentina.

Hoy en día han proliferado los discursos disidentes, emperrados en discutir que no fueron 30.000 desaparecidos o en justificar el terrorismo de Estado porque “los guerrilleros también secuestraban, torturaban y mataban personas”. Y su empeño es por hacer la contra nomás, para joder, pero desde la comodidad y cuasi-anonimato de las pantallas. A mí no me interesa meterme en esos debates. Y si bien me sucede que dudo sobre el relato general que se me ha transmitido particularmente desde la escuela, reconociendo que por mi edad y por mi nula experiencia en un hecho así soy fácilmente manipulable, hay algo que sí tengo en claro: no se puede comparar, en poder y recursos, una organización particular de gente con el Estado. Discutir un número, ya sea diez, veinte, treinta mil, me parece irrelevante: hablamos de personas a las que sacaron de su casa a la fuerza, a las que torturaron, a las que les quitaron sus hijos, a las que ejecutaron a sangre fría y enterraron así nomás o tiraron al río.

Ojalá nadie tenga que vivir algo así para entender lo que fue. Yo no lo viví, ojalá nunca me pase. Pero hay algo que se llama empatía, que estaría bueno aplicar un poco.

Para ir cerrando, quisiera dejarles la lista de los libros que conforman la colección del entablado son los siguientes:

·         Los zapatos voladores, de Margarita Belgrano. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1976.

·         El salón vacío, de Margarita Belgrano. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1978.

·         El peronismo y la Iglesia, de Hugo Gambini. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1971.

·         Cinco dedos, Colectivo Libros para Niños de Berlín. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1975.

·         Ganarse la muerte, de Griselda Gambaro. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1976.

·         Dulce de leche, libro de lectura para cuarto grado de Carlos Joaquín Durán y Noemí Beatriz Tornadú. Buenos Aires: Estrada, 1974.

·         Aire libre de María Elena Walsh. Buenos Aires: Estrada, 1967.

·         Mi amigo el pespir de José Murillo. Buenos Aires: Editorial Guadalupe, 1977.

·         Introducción a la Sociología, de Duilio Biancucci. Buenos Aries: Editorial Guadalupe, 1974.

·         Estudio de la Realidad Social Argentina (E.R.S.A.) Tomo 1, de Elena Roca. Buenos Aires: Kapelusz, 1975.

·         El niño zurdo, de Pierre Kingebiel. Madrid: Kapelusz, 1979.

·         Las edades moderna y contemporánea, de Juan Bustinza y Gabriel Ribas. Buenos Aires: Kapelusz, 1973.

·         El nacimiento, los niños y el amor, de Agnés Rosensthiel. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto.

·         Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto, 1975.

·         Cuentos para chicos traviesos, de Jacques Prévert. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto, 1974.

·         El castillo de los destinos cruzados, de Ítalo Calvino. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto, 1977.

·         La Biblia Latinoamericana, de Ramón Ricciardi y Bernardo Hurault. España: Ediciones Paulinas, 1974.

·         Nuestros muchachos, de Álvaro Yunque. Buenos Aires: Plus Ultra, 1976.

·         El amor sigue siendo niño, de Álvaro Yunque. Buenos Aires: Plus Ultra, 1976.

·         Niños de hoy, de Álvaro Yunque. Buenos Aires: Plus Ultra, 1975.

·         El pueblo que no quería ser gris, de Beatriz Doumerc y Áyax Barnes. Buenos Aires: Rompan Fila, 1975.

·         Cómo se hacen los niños, de Beatriz Doumerc y Áyax Barnes. Buenos Aires: Schapire Editor, 1974.

·         La línea, de Beatriz Doumerc y Áyax Barnes. Buenos Aires: Granica, 1975.

·         Chile no es un cuento, de Augusto Bianco. Buenos Aires: Rompan Fila Ediciones, 1973.

·         El Che Guevara, de Hugo Gambini. Buenos Aires: Paidós, 1968.

·         La razón de mi vida, de Eva Perón. Buenos Aires: Peuser, 1952.

·         La torre de cubos, de Laura Devetach. Buenos Aires: Huemul, 1973.

·         Renacó y los últimos huemules, de José Murillo, en colaboración con Ana María Ramb. Buenos Aires: Ediciones Pespir, 1975.

·         La tacita azul, de Arkadi Gaidar. Moscú: Editorial Progreso, 1974.

·         El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Buenos Aires: Emecé, 1951.

·         Los grandes maestros soviéticos, de Alexander Kolov. Buenos Aires: Editorial Aymi, 1974.

 

 

 

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