Unos débiles halos de luz solar cruzan el salón real de punta a punta, iluminándolo. Por delante de las pesadas cortinas color carmín, se alza el trono donde el rey está sentado, esperando. Sus pies apenas sobresalen de la rica túnica celeste. Sobre sus rodillas reposan, entrecruzadas, sus manos. Y su cabeza, levemente inclinada hacia atrás, permite apreciar la corona que representa su potestad y señorío. En su rostro no se reflejan ni hastío ni molestia, ni alegría ni gozo; permanece impasible mientras aguarda a que se acerquen los súbditos con sus peticiones.
Dos
sirvientes fieles e intachables presiden al rey. Se encargan de indicar a los
peticionantes cuándo pueden usar la palabra y cuándo deben guardar silencio.
El
primer sirviente se adelanta, y con un gesto de su mano derecha, indica a la
mujer que está al frente de la fila que se acerque. Se trata de una campesina robusta,
con un vestido azul cuyos remiendos se disimulan en la amplia falda. Por debajo
de su cofia le cuelgan dos gruesas trenzas rubias. Cuando ella llega a la línea
imaginaria trazada entre los dos sirvientes, se detiene.
—Inclinaos
ante su Majestad —exige el segundo sirviente, señalando respetuosamente al rey.
La
señora se apresta a cumplir la orden. Las trenzas parecen dos enormes espigas
de trigo que están por tocar el piso cuando ella se inclina.
—¿Cuál
es tu petición, súbdita del reino de Durmion? —pregunta el primer sirviente con
voz de portento, sacando pecho.
Los
ojos enormes de la mujer se levantan, suplicantes, hacia el rey, y bajan antes
de pronunciar su pedido.
—Su
Majestad —dice la campesina—, una tormenta terrible se ha desatado sobre mi
casa, y ha destruido parte de su techo. No tenemos recursos suficientes para
arreglarlo, pero si su Majestad nos ayuda, le recompensaremos con una parte de
la próxima cosecha.
Cuando
ella termina de hablar, el primer sirviente le indica, con la mano izquierda,
que permanezca en silencio. Al mismo tiempo que el segundo sirviente, dirige su
mirada hacia el rey Durmion, quien parece evaluar profundamente la solicitud de
la dama de las trenzas. Finalmente, inclina la cabeza hacia adelante.
Los
dos sirvientes vuelven a sus posiciones.
—Tu
petición ha sido: concedida. Puedes retirarte en paz.
Conteniendo
un salto de alegría, la mujer exclama “¡Muchas gracias!” y se va.
—Que
pase el siguiente —anuncia el segundo sirviente.
El
próximo en acercarse es un hombre robusto, cubierto con una piel de oso, que
carga un saco rojo con una extraña inscripción en él. Entre la cabeza de oso que
le tapa la frente y el cráneo, y la espesa barba que le tapa la boca y la
barbilla, sólo se puede distinguir el brillo en sus ojos oscuros, por encima de
una prominente nariz. Tenía un andar pesado como el de un verdadero gigante del
bosque.
Repitiendo
el mismo protocolo que con la solicitante anterior, el sujeto de aspecto
salvaje se detiene justo en el límite invisible trazado por los sirvientes.
—Inclinaos
ante su Majestad —exige el primer sirviente.
El
peludo visitante deja un momento el saco rojo sobre el suelo, y se inclina con
dificultad por su culpa de su prominente barriga.
—¿Cuál
es tu petición, súbdito del reino de Durmion? —pregunta el segundo sirviente,
mientras lo mira con recelo.
La
voz del tipo con la piel de oso retumba en el salón.
—Gran
rey Durmion, he venido a avisar que una enorme bestia de cuatro patas, afilados
colmillos y mirada asesina está asolando los hermosos bosques de su reino.
Asusta y devora a los animales, y eso produce que los cazadores vuelvan con las
manos vacías a sus casas. Yo me ofrezco a acabar con tan terrible monstruo, ya
lo he enfrentado una vez, pero ha resultado ser demasiado fuerte para mí solo.
Si su Majestad me provee de hombres bien pertrechados, de seguro podremos
vencerlo, y nuestra victoria será en Vuestro nombre; así también, le traeremos
la cabeza del susodicho monstruo.
El
segundo sirviente alza levemente su mano izquierda para anunciar el momento del
silencio, y en sincronía con el primer sirviente, se gira para mirar hacia el
rey. Este no se tarda mucho en su deliberación: de inmediato inclina su cabeza,
aprobando la solicitud del hombre-oso.
—Tu
petición ha sido: concedida —. Anunció el segundo sirviente—. Todo lo que
necesites para tu empresa te será entregado mañana a primera hora. Puedes
retirarte tranquilo.
Con
un vuelo casi elegante de su capa de piel, el cazador se retiró, exhibiendo una
mirada casi triunfal que resaltaba el brillo en sus ojos negros. Cuando hubo
desaparecido por la puerta, el primer sirviente tomó la palabra:
—Que
pase el siguiente.
Ante
los dos sirvientes se presenta una dama con el vestido más elegante que todos
en el salón del trono hayan visto. De un color púrpura intenso, emite destellos
cada vez que es alcanzado por uno de los haces de luz. Sus zapatos charolados e
impecables producen un simpático taconeo a medida que avanza hacia las
escalinatas del trono. No dejan de llamar la atención su tez bronceada, que
resalta con el maquillaje, y sus ondulados cabellos peinados con esmero que le
llegan hasta la cintura. Con el porte y la soberbia de una prrincesa, se
detiene ante los sirvientes y responde automáticamente a las normas de
etiqueta. Apenas el primer sirviente acaba de formular la pregunta de rigor,
ella responde sin titubeos:
—Estimado
y Excelentísimo rey Durmion. Me presento personalmente para extender a usted y
a su destacada corte una invitación a tomar el té, en una velada que mi familia
piensa celebrar en honor de su Majestad. Nos alegraría muchísimo que pudiera
asistir.
Ya
los sirvientes se giran para continuar con el protocolo, pero el rey no tiene
tiempo de deliberar en silencio la invitación, porque de repente dos voces
extrañas irrumpen en el salón del trono. ¡Son las Hechiceras! Ellas entran sin
pedir permiso, poderosas, orgullosas y altas vuelan en círculos alrededor de
los presentes, exclamando órdenes y haciendo flamear las cortinas. Todo es
confusión en el trono del rey Durmion: este se yergue sin previo aviso, abre la
boca pero en vez de proferir gritos dando órdenes, la abertura de sus labios se
expande más y más formando un hueco oscuro… pronto es un agujero que ocupa toda
su cabeza hasta convertirse en un agujero negro, y el rey inhala, inhala en un
viento tan fuerte que todo, desde los sirvientes, la dama, las cortinas, las
paredes del salón, ladrillo por ladrillo, es succionado hacia la negrura sin
fondo instalada en la garganta del rey Durmion…
—¡A
ver, vamos juntando que en un rato comemos!
En
realidad, faltaban por lo menos quince minutos para la cena, pero la madre prefería
azuzarlos con tiempo para no estar a último momento llamando cincuenta veces a
los chicos para comer, y evitar que estos guardaran todo así nomas en el apuro.
A la cuñada le dio un poco de lástima: ¡se veían tan lindos jugando con
Eduardo!
En
lo que el tío Eduardo terminaba de bostezar y desperezarse, los chicos ya
habían llevado la muñeca de trapo a su casita, a la que le faltaba un pedazo de
techo porque alguien le pegó un codazo sin querer; el oso de peluche con el
corazón que decía “Te quiero” fue a parar al sillón doble, frente a la puerta
balcón que daba al patio, desde donde el perro lo miraba con expresión
hambrienta; y la muñeca talla especial que le habían regalado a la hermanita
menor para Navidad volvió a la habitación que le correspondía.
—Me
alegra que puedan echar a volar la imaginación con lo que tienen a mano, sin
tanta pantalla de por medio —comentó la madre a su cuñada—, sino siempre están
metidos jugando a esos juegos raros de fantasía medieval y qué sé yo.
—También
es bueno que pasen tiempo jugando con sus familiares —agregó la cuñada— ¿no es
cierto, Eduardo?
Con
la corona de cartón de una famosa hamburguesería puesta todavía sobre la cabeza,
Eduardo las miraba soñoliento. Asintió por simple inercia.
Había
despertado de un sueño demasiado extraño.

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