lunes, 3 de marzo de 2025

[Cuento] "En la corte del rey Durmion"


Unos débiles halos de luz solar cruzan el salón real de punta a punta, iluminándolo. Por delante de las pesadas cortinas color carmín, se alza el trono donde el rey está sentado, esperando. Sus pies apenas sobresalen de la rica túnica celeste. Sobre sus rodillas reposan, entrecruzadas, sus manos. Y su cabeza, levemente inclinada hacia atrás, permite apreciar la corona que representa su potestad y señorío. En su rostro no se reflejan ni hastío ni molestia, ni alegría ni gozo; permanece impasible mientras aguarda a que se acerquen los súbditos con sus peticiones.

Dos sirvientes fieles e intachables presiden al rey. Se encargan de indicar a los peticionantes cuándo pueden usar la palabra y cuándo deben guardar silencio.

El primer sirviente se adelanta, y con un gesto de su mano derecha, indica a la mujer que está al frente de la fila que se acerque. Se trata de una campesina robusta, con un vestido azul cuyos remiendos se disimulan en la amplia falda. Por debajo de su cofia le cuelgan dos gruesas trenzas rubias. Cuando ella llega a la línea imaginaria trazada entre los dos sirvientes, se detiene.

—Inclinaos ante su Majestad —exige el segundo sirviente, señalando respetuosamente al rey.

La señora se apresta a cumplir la orden. Las trenzas parecen dos enormes espigas de trigo que están por tocar el piso cuando ella se inclina.

—¿Cuál es tu petición, súbdita del reino de Durmion? —pregunta el primer sirviente con voz de portento, sacando pecho.

Los ojos enormes de la mujer se levantan, suplicantes, hacia el rey, y bajan antes de pronunciar su pedido.

—Su Majestad —dice la campesina—, una tormenta terrible se ha desatado sobre mi casa, y ha destruido parte de su techo. No tenemos recursos suficientes para arreglarlo, pero si su Majestad nos ayuda, le recompensaremos con una parte de la próxima cosecha.

Cuando ella termina de hablar, el primer sirviente le indica, con la mano izquierda, que permanezca en silencio. Al mismo tiempo que el segundo sirviente, dirige su mirada hacia el rey Durmion, quien parece evaluar profundamente la solicitud de la dama de las trenzas. Finalmente, inclina la cabeza hacia adelante.

Los dos sirvientes vuelven a sus posiciones.

—Tu petición ha sido: concedida. Puedes retirarte en paz.

Conteniendo un salto de alegría, la mujer exclama “¡Muchas gracias!” y se va.

—Que pase el siguiente —anuncia el segundo sirviente.

El próximo en acercarse es un hombre robusto, cubierto con una piel de oso, que carga un saco rojo con una extraña inscripción en él. Entre la cabeza de oso que le tapa la frente y el cráneo, y la espesa barba que le tapa la boca y la barbilla, sólo se puede distinguir el brillo en sus ojos oscuros, por encima de una prominente nariz. Tenía un andar pesado como el de un verdadero gigante del bosque.

Repitiendo el mismo protocolo que con la solicitante anterior, el sujeto de aspecto salvaje se detiene justo en el límite invisible trazado por los sirvientes.

—Inclinaos ante su Majestad —exige el primer sirviente.

El peludo visitante deja un momento el saco rojo sobre el suelo, y se inclina con dificultad por su culpa de su prominente barriga.

—¿Cuál es tu petición, súbdito del reino de Durmion? —pregunta el segundo sirviente, mientras lo mira con recelo.

La voz del tipo con la piel de oso retumba en el salón.

—Gran rey Durmion, he venido a avisar que una enorme bestia de cuatro patas, afilados colmillos y mirada asesina está asolando los hermosos bosques de su reino. Asusta y devora a los animales, y eso produce que los cazadores vuelvan con las manos vacías a sus casas. Yo me ofrezco a acabar con tan terrible monstruo, ya lo he enfrentado una vez, pero ha resultado ser demasiado fuerte para mí solo. Si su Majestad me provee de hombres bien pertrechados, de seguro podremos vencerlo, y nuestra victoria será en Vuestro nombre; así también, le traeremos la cabeza del susodicho monstruo.

El segundo sirviente alza levemente su mano izquierda para anunciar el momento del silencio, y en sincronía con el primer sirviente, se gira para mirar hacia el rey. Este no se tarda mucho en su deliberación: de inmediato inclina su cabeza, aprobando la solicitud del hombre-oso.

—Tu petición ha sido: concedida —. Anunció el segundo sirviente—. Todo lo que necesites para tu empresa te será entregado mañana a primera hora. Puedes retirarte tranquilo.

Con un vuelo casi elegante de su capa de piel, el cazador se retiró, exhibiendo una mirada casi triunfal que resaltaba el brillo en sus ojos negros. Cuando hubo desaparecido por la puerta, el primer sirviente tomó la palabra:

—Que pase el siguiente.

Ante los dos sirvientes se presenta una dama con el vestido más elegante que todos en el salón del trono hayan visto. De un color púrpura intenso, emite destellos cada vez que es alcanzado por uno de los haces de luz. Sus zapatos charolados e impecables producen un simpático taconeo a medida que avanza hacia las escalinatas del trono. No dejan de llamar la atención su tez bronceada, que resalta con el maquillaje, y sus ondulados cabellos peinados con esmero que le llegan hasta la cintura. Con el porte y la soberbia de una prrincesa, se detiene ante los sirvientes y responde automáticamente a las normas de etiqueta. Apenas el primer sirviente acaba de formular la pregunta de rigor, ella responde sin titubeos:

—Estimado y Excelentísimo rey Durmion. Me presento personalmente para extender a usted y a su destacada corte una invitación a tomar el té, en una velada que mi familia piensa celebrar en honor de su Majestad. Nos alegraría muchísimo que pudiera asistir.

Ya los sirvientes se giran para continuar con el protocolo, pero el rey no tiene tiempo de deliberar en silencio la invitación, porque de repente dos voces extrañas irrumpen en el salón del trono. ¡Son las Hechiceras! Ellas entran sin pedir permiso, poderosas, orgullosas y altas vuelan en círculos alrededor de los presentes, exclamando órdenes y haciendo flamear las cortinas. Todo es confusión en el trono del rey Durmion: este se yergue sin previo aviso, abre la boca pero en vez de proferir gritos dando órdenes, la abertura de sus labios se expande más y más formando un hueco oscuro… pronto es un agujero que ocupa toda su cabeza hasta convertirse en un agujero negro, y el rey inhala, inhala en un viento tan fuerte que todo, desde los sirvientes, la dama, las cortinas, las paredes del salón, ladrillo por ladrillo, es succionado hacia la negrura sin fondo instalada en la garganta del rey Durmion…

 

 

—¡A ver, vamos juntando que en un rato comemos!

En realidad, faltaban por lo menos quince minutos para la cena, pero la madre prefería azuzarlos con tiempo para no estar a último momento llamando cincuenta veces a los chicos para comer, y evitar que estos guardaran todo así nomas en el apuro. A la cuñada le dio un poco de lástima: ¡se veían tan lindos jugando con Eduardo!

En lo que el tío Eduardo terminaba de bostezar y desperezarse, los chicos ya habían llevado la muñeca de trapo a su casita, a la que le faltaba un pedazo de techo porque alguien le pegó un codazo sin querer; el oso de peluche con el corazón que decía “Te quiero” fue a parar al sillón doble, frente a la puerta balcón que daba al patio, desde donde el perro lo miraba con expresión hambrienta; y la muñeca talla especial que le habían regalado a la hermanita menor para Navidad volvió a la habitación que le correspondía.

—Me alegra que puedan echar a volar la imaginación con lo que tienen a mano, sin tanta pantalla de por medio —comentó la madre a su cuñada—, sino siempre están metidos jugando a esos juegos raros de fantasía medieval y qué sé yo.

—También es bueno que pasen tiempo jugando con sus familiares —agregó la cuñada— ¿no es cierto, Eduardo?

Con la corona de cartón de una famosa hamburguesería puesta todavía sobre la cabeza, Eduardo las miraba soñoliento. Asintió por simple inercia.

Había despertado de un sueño demasiado extraño.   

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