jueves, 20 de febrero de 2025

Reseña literaria #14: "La caja vacía", de Paula Cardozo

         Desde el momento en que empecé a leer este libro, se me vinieron a la mente las Gnosiennes de Erik Satie, inundando la lectura con ese piano entre melancólico y misterioso. La premisa me atrapó desde el principio, conduciéndome hasta los vericuetos más profundos del drama de Aubrey Herbert, quien se encuentra internado en un hospital psiquiátrico tras cometer un asesinato: el de su padre, el famoso tenor Pregonas. Narrada a través de las entradas en el diario del paciente y de las entrevistas con el psiquiatra, el dr. Borowski, la historia nos muestra la búsqueda de sí mismo que emprende el protagonista, revisando su pasado para entender lo que ocurre en el presente.

No temo afirmar que es una de las mejores novelas que leí desde que empecé a escribir reseñas. El conflicto parental me parece a mí uno de los temas más potentes de la ficción, y acá está muy bien desarrollado. De un modo metafóricamente análogo a Cronos, el tenor Pregonas devora a su hijo o, más bien, lo absorbe, para que Aubrey Herbert se convierta en él y perpetúe así la fama del padre. El hijo está destinado a convertirse en el padre, gozando del mismo reconocimiento, pero a costa de perder su historia y su identidad. Y eso es lo que busca desesperadamente el joven: regresar al pasado, recuperar su pasado, retornar al niño que era antes de que cayera sobre él lo que después llamaría “la sombra de Pregonas”.

Lo que detona el desequilibrio en Aubrey Herbert es la afonía: al perder su voz, se pierde a sí mismo, o ese que su padre pretendía que fuera. Entonces se produce el quiebre, en ese momento que también es muy potente si hablamos de conflictos parentales: el asesinato, físico o simbólico, del padre. El protagonista necesita liberarse, por todos los medios, del tenor Pregonas y de su constante acecho, para ser Aubrey Herbert, para ser su propio hombre y no una continuación de su progenitor. Porque encima su madre, Samantha, murió cuando él era pequeño, y por desgracia no hubo nadie más que pudiera mediar en la relación entre padre e hijo y evitar que el tenor Pregonas moldeara al muchacho para que fuera su continuador.

La novela está cargada de metáforas y de símbolos que orbitan todo el tiempo en la narración. Uno de ellos es la caja, la caja vacía, que además de tener un significado concreto (la caja donde se guardaba el traje del tenor Pregonas, lo que representa su figura) sino también un significado metafórico en relación a cómo se siente el protagonista o cómo se ve su situación. Su cuerpo es habitado por otro, pero el habitante original no tiene historia ni identidad.

Las entrevistas con el Dr. Borowski, si bien son breves y escuetas, aportan detalles suficientes para complementar lo que paciente revela en su diario con mucha más profundidad. Así, nos deja conocer lo que fue, lo que es, lo que debió ser, lo que no debía ser. Hay mucho juego con las apariencias y con las incógnitas que van surgiendo a lo largo de todo el proceso que atraviesa Aubrey Herbert durante su internación, hasta que por fin consigue su objetivo, y entonces aguardamos un buen final, donde comience a vivir como él mismo, libre de la sombra del tenor Pregonas. Pero…

Podría decir mucho más de La caja vacía, aunque no quisiera hacer ningún spoiler y preferiría que pudieran leerla y experimentarla por su cuenta. No es muy larga, y si te gustan las novelas psicológicas, seguro te va a interesar.

Quisiera cerrar con un agradecimiento a Paula Cardozo y a Creativa por permitirme leer y reseñar este libro.

¡Nos leemos pronto!

 

 

 

martes, 18 de febrero de 2025

El Elefante en la Colina: el significado es invisible a los ojos

 



Lo esencial es invisible a los ojos.

 

¿Quién no conoce esta frase? Incluso si no leíste El Principito, es probable que la hayas visto por lo menos una vez en algún lado. Como todo aquello repetido hasta el cansancio, a veces termina perdiendo sentido. O el sentido es lo que cada persona le atribuye, como ahora, que yo quiero relacionarla con el tema del que voy a hablar hoy: la percepción. Justamente, a lo que alude esta célebre frase es que las cosas verdaderamente importantes no se perciben a través de los ojos, sino con el corazón o el alma. Va más allá de lo que observamos a simple vista. A veces, por ejemplo, miramos un dibujo o una pintura y pareciera que nunca vamos a terminar de completar una interpretación de lo que miramos, porque siempre hay un detalle que se nos escapa. De hecho, justo en el principio del libro, Saint-Exupéry nos habla de su dibujo de la boa que se tragó un elefante, y que todos pensaron que era un sombrero (otro símbolo clásico de su obra, como la rosa, el cordero o el zorro). Nadie ve al elefante dentro de la boa hasta que el chico realiza un nuevo dibujo donde se pone de manifiesto. O sea, tenemos un problema de percepción, porque los adultos no ven lo que el niño quiso representar. Creo que también es una forma en la que el autor pone de manifiesto la limitada imaginación de los adultos, que simplemente ven las cosas desde una perspectiva simple, aburrida y rutinaria, por eso no son capaces de ver más que un sombrero y no el elefante dentro de la boa.

Pasa que, bueno, cualquiera que no sepa nada del Principito y que tampoco haya visto la ilustración antes, caerá en la trampa. Pues no hay ninguna pista ni indicio de que estamos viendo otra cosa. Y no vamos a conocer el sentido oculto de la imagen hasta que alguien nos lo explica, mostrándonos la segunda versión del dibujo, con el elefante dibujado de manera reconocible. ¿Cuántas veces no hemos entendido algo hasta que alguien nos lo explica? O, mejor dicho, ¿cuántas veces hemos tenido que buscar ayuda para lograr comprender lo que se escapa a nuestra percepción?

Lo mismo pasa cuando leemos. El lenguaje no es tan transparente como creemos, porque un texto dice mucho más de lo que está escrito literalmente. Si lo sabré yo, que soy escritora y profesora de Lengua y Literatura. Hay mucho que el texto no nos dice, pero lo insinúa. Y es nuestro trabajo realizar inferencias sobre eso que se halla implícito, y que no se manifiesta en la primera lectura. Ahí es donde entra en juego nuestra capacidad de asociación, revisando y prestando cuidadosa atención a cada palabra y cada frase para ver cómo se relacionan.

Esto me sucedió con un cuento de Ernest Hemingway, “Colinas como elefantes blancos”. Empecé a leer a este autor cuando compré una edición sencilla de El viejo y el mar, su libro más célebre, en la Feria del Libro de Buenos Aires. Al tiempo me encontré con sus cuentos, y el que más me llamó la atención fue ése, porque la primera vez que lo leí me quedé con una duda sobre lo que ocurría. La historia es muy simple: trata sobre una pareja que espera un tren hacia Madrid. No se nos dice a qué van a esa ciudad, aunque es claro que hay cierta tensión en ellos. Al parecer, la muchacha tiene que realizarse una operación de la que depende la estabilidad de la relación, pero nunca se especifica cuál es. Y yo tendría que haberme dado cuenta… sólo que en ese momento no fui capaz de razonarlo por mí misma. 

Así que terminé haciendo algo que normalmente no hago: busqué en Internet. Intenté no ir por el camino tan obvio: primero, busqué “elefante blanco”. Es una expresión que tiene su origen en las culturas del sudeste asiático, donde los elefantes blancos o albinos eran considerados sagrados y muy valiosos, a tal punto que los reyes los mantenían como símbolo de riqueza y poder. El problema es que estos animales tenían una dieta muy particular y requerían de cuidados especiales, por lo cual resultaba carísimo tener uno. Algo así como tener un Lamborghini o cualquier auto de alta gama hoy en día. Lo peor es que a veces los monarcas les regalaban un ejemplar a aquellos nobles caídos en desgracia o a los que querían castigar de manera sutil. Así, estos pobres nobles estaban obligados a aceptar al elefante blanco por una cuestión de honor, pero mantener al animal probablemente los terminaría de llevar a la ruina por los enormes costos económicos que conllevaba. 


De ahí que, actualmente, la expresión “elefante blanco” se usa para referirse a aquellos proyectos o bienes que, a pesar de parecer valiosos o grandiosos, terminan siendo imprácticos, caros o difíciles de sostener. Por ejemplo, como resultado relacionado, me salió la película Elefante Blanco, de 2012, protagonizada por Ricardo Darín. En la película aparece un hospital inconcluso y abandonado, que en la vida real sí existió, y fue demolido además en 2016.

No obstante, la pista del elefante blanco no me bastó. De modo que, inevitablemente, terminé buscando el significado del cuento de Hemingway. Y la explicación, la verdad, era muy simple. Si yo me hubiera esforzado en poner a trabajar mi materia gris, me habría ahorrado toda la búsqueda. Porque, a pesar de que no estuviera escrito explícitamente, el significado estaba implícito. Las pistas, las evidencias, las tenía al alcance en el cuento mismo. Entonces, al releerlo luego de mi breve investigación, por fin até cabos. ¡Me sentí tan tonta! Y al mismo tiempo, me dije, bueno, sirvió de aprendizaje. Entendí que, a veces, uno lee en modo automático, sin prestar suficiente atención a lo que lee. Y el lenguaje, en manos de un escritor hábil, puede resultar muy tramposo. Como lector, te agarra desprevenido. Eso es algo que le puede pasar a cualquiera, y no sólo en la literatura: también en el cine, en el arte, en la música, hay un montón de obras que quizá no fueron comprendidas a fondo en su momento. La interpretación de sus significados más profundos apareció después, gracias a la fruición de quienes se empeñaron en analizarlas. Por supuesto, en este caso no se precisaba un análisis tan complejo.

La literatura es el arte de la alusión y la sutileza en el lenguaje. Ernest Hemingway supo trabajarlo bien, a través de una técnica narrativa llamada “teoría del iceberg” o también “teoría de la omisión”, mediante la cual deja implícitos el contenido y el significado de su historia en vez de explicarlos explícitamente. De este modo, Hemingway creía que solamente una parte de la información debe ser visible en la superficie de la narrativa, como la punta de un iceberg, mientras que la otra parte se mantiene por debajo, no revelados directamente, pero implícitos. La gracia es que el lector se involucre en su proceso de comprensión lectora de la misma manera en que un buen detective se involucra en su investigación de un crimen. Y es que Hemingway confiaba en la capacidad del lector para inferir y deducir significados a partir de los detalles concretos que presentaba en sus escritos. Eso es lo que le da profundidad y complejidad a una obra literaria. Para ejemplo, quizá sirve este microcuento del propio Hemingway: “Vendo zapatos de bebé. Sin uso”. Supongo que no hace falta explicar el tipo de historia que podemos inferir detrás de esas dos oraciones tan breves. Probablemente, con leves diferencias, la mayoría de los lectores coincidirían en el hecho principal, y lo demás serían factores contextuales, derivados del conocimiento y de las propias experiencias de cada uno. 

Cuando leemos no solo decodificamos lo escrito, sino que también se da un doble proceso de asociación: por un lado, vamos asociando lo que leemos con la ya leído dentro del propio texto y, por otro lado, asociamos ese texto que vamos leyendo con otros que ya hemos leído. Es decir, hay una asociación interna y una asociación externa de significados. A partir de ahí, es cuando logramos construir redes de sentido más amplias, lo que ayuda, a su vez, a ampliar nuestra percepción. Aprendemos a fijarnos más en los detalles y a pensar cómo encaja cada uno en la trama de la obra.

En “Tizas muertas”, uno de los cuentos que componen mi primer libro, La respuesta en sus ojos, yo aplico esa técnica de Hemingway, casi por accidente. Cuando me senté a escribir el cuento, con la idea ya definida de lo que quería contar, se me ocurrió omitir los detalles más importantes de los personajes, poniendo apenas unas alusiones indirectas, aunque no explícitas. Al igual que Hemingway, yo estaba segura de que los lectores lo descubrirían. Recuerdo, de hecho, cuando le pasé el cuento a una de mis primas, y ella después de leerlo me contó que había formulado como tres teorías distintas sobre el cuento hasta que llegó al final. Eso me hizo sentir orgullosa. La técnica funcionaba. 

Así como en el resto de las artes, como la pintura o el cine, una obra literaria nos puede exigir mucho más que una lectura superficial. Por eso creo que libros como El principito son lecturas obligatorias para la vida en general. Saint-Exupéry nos habla de algo más que la soledad de un aviador accidentado en el desierto o la travesía de un niño por el espacio y la inmensidad. Es un texto que, a pesar de ser breve, es muy profundo, y esa profundidad no se alcanza ni cerca con la primera lectura, sino con las sucesivas re-lecturas a través del tiempo. Quizá lo leíste una vez de chico y no lo entendiste del todo. Y no importa, porque probablemente puedas comprender más cuando lo leas de vuelta, ya siendo más grande. De ese modo, paulatinamente, y a medida que se vayan escribiendo más páginas en tu libro de vida, vas a comprender mejor esta frase, tan vaciada de contenido debido a la reproducción masiva constante: Lo esencial es invisible a los ojos.

En una sociedad dominada por los medios masivos y las redes sociales como Tik Tok, donde se atrofia cada vez más nuestra capacidad de atención y retención de información ligado al imperio indiscutible de la imagen, creo que se ha achicado muchísimo nuestra percepción. Últimamente parece que la gente necesita que le expliquen todo debido a la carencia de estímulos propios para buscar las explicaciones por sí misma. El adormecimiento de las capacidades perceptivas genera algo como lo que me pasó a mí con “Colinas como elefantes blancos”: el significado del cuento estaba ahí, invisible pero no inexistente. Me pasó desapercibido en la primera lectura porque yo no tenía las antenas atentas. Sin embargo, creo que eso no me volverá a pasar.

Para terminar, admito que no sé si no está muy agarrada de los pelos esta asociación entre una frase del Principito y la teoría de la omisión de Hemingway, aunque espero haberla explicado lo más claramente posible. Y si no dije de qué se trata “Colinas como elefantes blancos”, es porque confío en que ustedes, lectores, podrán darse cuenta cuando lo lean.

Nos leemos pronto.



sábado, 15 de febrero de 2025

Reseña literaria #14: "Los jazmines de la muerte", de Fernanda Salguero

 


Y volvemos con las reseñas, esta vez de otro libro cargado de flores y cadáveres. A diferencia de El perfume, no tenemos un asesino serial con un olfato prominente, sino una serie de asesinatos cuyo hedor no puede ser disfrazado por el aroma de los jazmines.

La historia gira en torno a la familia Izvecolcavi, su casona, sus dramas familiares y económicos y todas las personas que la rodean. El patriarca, Abelardo, es un tipo de carácter difícil y sumamente posesivo. Amasó su fortuna gracias a la administración de una estación de trenes, y gestiona sus negocios de la misma forma que su familia. Un tipo bastante controlador al que le preocupa más la reputación de su apellido y las apariencias que la felicidad de sus seres queridos. Además de que es capaz de hacer cualquier cosa con tal de obtener lo que quiere o proteger sus intereses. Eso se nos muestra ya desde el primer capítulo, de hecho. Junto con Arlet, su esposa, tienen cinco hijas: Melania, Eider, Samay, Dolores y Zenda, tres de las cuales están casadas, y todas tienen una relación muy conflictiva con su padre, ya sea por términos económicos, por querer tomar parte en la empresa, o simplemente porque se sienten muy limitadas para hacer lo que realmente desean. Abelardo me pareció uno de esos tipos que le controlan la vida a su familia y se sienten con el derecho de hacerlo sólo por ser el “proveedor”. Pero no sólo tiene una mala relación con su esposa o con sus hijas, sino con Greta, su hermana, a quien no le permite ir a la casa o ver a sus sobrinas.

Aparte de los Itzecolcavi, entre quienes frecuentan la casona con el hermoso jardín de jazmines tenemos a Joel Nill, vecino y ex socio de Abelardo; Eladio el mayordomo; Arsenio el jardinero; Yelina y Abril, mucamas; Silvia, la cocinera; y Ariel, ayudante del jardinero. Además de Fausto, el abogado; Ignacio, el secretario; Ivo, representante de los trabajadores. Sin olvidar a los maridos de Melania, Eider y Samay. Hay un montón de personajes, y a veces se hace un poco mareante seguir las acciones de todos.  

Algo que afecta la experiencia de lectura es la ausencia de diálogos. Toda la novela está narrada en estilo indirecto, es decir que no se muestra lo que se dice, sólo se nos cuenta. Un sabio amigo mío dice siempre: “Mostrá, no contés”. Hay muchas conversaciones y discusiones que me hubiera gustado leer directamente con las palabras y las expresiones de los propios personajes. Eso habría ayudado mucho además a reconocerlos por su vocabulario, por su forma de hablar, y así ver transparentada también su personalidad. Los diálogos le darían equilibrio a la obra, haciendo que la lectura no se haga tan densa por la presencia de tanta prosa.

Otra cuestión que me ha resultado llamativa dentro de la estructura narrativa es la distribución desigual de la información. Más de la mitad del libro se consume en capítulos que relatan la historia de los personajes principales, con especial foco en las hijas y su madre. Aunque nos ponen en contexto sobre cómo son las mujeres de la familia, sus vidas, sus dramas, sus pasiones y sus conflictos con Abelardo, estos capítulos provocan la dilatación del nudo dramático. Había llegado un momento en el que me pregunté hacia dónde me quería llevar la novela, hasta que ocurrió el primer homicidio (al que le seguirán otros tantos), y se empieza a desarrollar la trama policial, que se siente muy apresurada en comparación con la primera parte.

Las novelas policiales o de misterio y suspenso me parecen las más difíciles de escribir, porque el autor (que sabe cómo ocurrió el crimen y quién es el criminal) debe cuidarse muy bien de ir dosificando la información a lo largo de las páginas mientras los detectives van indagando, interrogando a los sospechosos, buscando pistas, analizando evidencia, etc. A partir de la investigación detectivesca es como se van revelando, por ejemplo, cómo son realmente las relaciones dentro de una familia que aparenta ser perfecta y tener la vida solucionada. Odios, rencores, infidelidades, problemas de dinero, todo terminará saliendo a la luz tarde o temprano. Y lo cierto es que la familia Itzecolcavi, más la gente que la rodea, dan bastante tela para cortar en una investigación por múltiples homicidios: todos son sospechosos, cualquiera puede ser culpable.

A lo que voy es que quizá hubiera sido mejor si la narración de las historias personales de cada personaje estuviera entrelazada e integrada con la investigación policial. De esta manera, la trama fluiría de manera más orgánica, manteniendo el suspenso en el lector. Además, causaría más impacto conocer a los personajes a través de la intervención de los detectives. Escritoras y escritores tenemos que aprender a jugar con las impresiones y expectativas de los lectores, pintando a los protagonistas de una forma, pero después deshaciendo esa pintura para revelar la verdadera cara de cada uno. Así, sería mucho más impactante, por ejemplo, descubrir que alguien de la familia tiene una relación homosexual clandestina, a espaldas obviamente de su cónyuge. Es decir, no produce el mismo efecto conocer, desde el principio, todo sobre los personajes antes del crimen, que si se nos va dando a conocer a medida que se va investigando el mismo. Por otra parte, en cada homicidio podría haber una o dos pistas que conduzcan a diferentes sospechosos y sean una oportunidad para escarbar en su pasado.

Entonces, los dos aspectos más importantes en los que la novela podría mejorar serían principalmente esos dos: la inclusión de diálogos (que en el género policial son muy importantes, de hecho) y la reorganización de la narrativa. En cuanto a la historia, a nivel general, me parece muy buena, si bien tiene algunos cabos sueltos. Pero en lo que refiere a ambientación, a las relaciones sociales y de clase, a los conflictos e intereses, la esencia de Los jazmines de la muerte tiene un tono que me recuerda mucho a las novelas de Agatha Christie. Hay potencial en la obra, solamente hay que saber explotarlo.

Como observación adicional, aprendí un poco sobre los jazmines y sus cuidados. Cada capítulo lleva como título el nombre científico de una variedad de jazmín y de otros tipos de plantas. En cada uno se incluye una nota al pie que explica qué es cada uno. Me gusta el simbolismo de las flores aplicado a los personajes y, claro, también a las escenas del crimen.

No sé si Los jazmines de la muerte sea la primera novela de Fernanda Salguero, pero como todo en la vida, siempre podemos mejorar. Desde este espacio, mi intención es brindar una crítica constructiva partiendo de mi experiencia de lectura y escritura. Como dije, la historia y el trasfondo de los personajes me parecen interesantes, lo otro son cuestiones formales que es importante tener en cuenta para proyectos futuros, o en caso de que sé la oportunidad de hacer una re-escritura de la novela. 

Para ir cerrando, quiero agradecer a la autora y al equipo de Creativa Servicios por permitirme leer y reseñar este libro.

¡Nos leemos pronto!

 

lunes, 10 de febrero de 2025

Literatura y Cine #1: Mantener la esencia de una historia en otro formato

 

Tiempo atrás, yo fui una de esas personas que decía “ah, la película es apenas la punta del iceberg con respecto al libro, porque el libro cuenta mucho más”. Es decir, yo tenía esa visión limitada sobre la relación entre película y libro, que tendía a menospreciar al filme por no ajustarse cien por ciento a la obra literaria o por no revelar toda la información tal cual está mostrada en el texto. Hoy en día es muy común que, si una novela alcanza cierto nivel de éxito, es muy probable que sea llevada al cine, con buenos o regulares resultados, ya que lo que motiva la adaptación cinematográfica suele ser más la especulación de ganar más dinero con la historia, que de producir una experiencia estética. Creo que el prejuicio sobre las películas basadas en libros suele alimentarse también de las “malas adaptaciones”, que en el peor de los casos ni siquiera respetan la visión del autor. Pero a veces hay casos a la inversa: una película puede acabar puliendo o mejorando algunos detalles del libro, generando una mayor aceptación del público.

Volviendo, sin embargo, al punto de vista del principio, puedo decir que actualmente mi mirada sobre la relación entre literatura y cine se ha ampliado y enriquecido. En eso me ayudó mucho el Seminario de Literaturas Comparadas, una de las materias que cursé en el Profesorado de Lengua y Literatura. Gracias esa materia pude comprender, entre varios otros conceptos, el del proceso de “adaptación cinematográfica”. No se trata solamente de empezar a grabar las escenas en base a lo que dice en el libro. Hay un montón de transformaciones que ocurren en el medio. Por un lado, el texto novelístico deberá ser transformado en un guion cinematográfico, que como tipología textual tiene características y funciones bien diferenciadas. El guion debe estar bien escrito, y no limitarse a seguir lo que dice la novela. Por otro lado, tenemos lo que se llama el elemento humano: para la realización de una película intervienen muchas más personas que para la publicación de un libro. Tendremos al director o directora, que será quien dirija cada etapa de la producción siguiendo una determinada impronta creativa. Tendremos al elenco de actores y actrices que se encargarán de interpretar a los distintos personajes de la historia. Tendremos también a los extras, los que salen de fondo, además de toda la gente que trabaja detrás de cámaras o en post producción. A eso hay que sumarle el trabajo con la escenografía, los fondos, la variación de escenarios, más los recursos tecnológicos y audiovisuales con los que se darán los detalles finales a la obra. Todo esto ajustado a un presupuesto que, ya sea con seis, siete u ocho ceros, determinará cuánto se puede hacer y cómo… y claro, no nos olvidemos de los corporativos del estudio cinematográfico, capaces de sacrificar el arduo trabajo de los cineastas con tal de no tener pérdidas económicas.

Como vemos, no es moco de pavo realizar una película, esté o no basada en otra obra, sea libro, cómic, historieta, videojuego, etc. Y más especialmente en los tiempos que corren, donde una gran parte de las películas que aparecen cada año son el refrito del refrito del refrito; donde ya no parece haber lugar para las historias originales. Aunque esto no siempre es del todo así. Un canal de Youtube llamado La Zona Cero hizo una revisión de la producción cinematográfica de las últimas décadas, en busca del momento en que el cine dejó de enfocarse en historias originales para producir secuelas o lo que dentro del género de superhéroes se conoce como “universos cinematográficos”. Lo que cuenta allí es sinceramente sorprendente. Si les interesa, pueden acceder al video en este enlace.

Bueno, otra vez me estoy yendo por las ramas. Lo importante es que haya quedado claro que entre libro y película hay un proceso de transformación mucho más complejo de lo que se supone. Y en dicho proceso median un montón de otras cosas más, sobre todo la ideología del director y de su equipo creativo. Sí, dije ideología, pero no me refiero solamente a las ideologías políticas, progresistas, feministas y un largo etcétera, sino que hablo de ideologías en general. Todo tiene una base ideológica, incluso lo que no manifiesta tenerla. Va más allá de situarse en uno u otro bando de lo que sea. La ideología refiere a nuestra mirada sobre el mundo, sobre cómo interpretamos ese mundo y qué representaciones le damos al mundo en el arte. De ahí que, por ejemplo, nos pueda gustar o no cierta adaptación cinematográfica de tal libro porque algo en la historia no coincide con la imagen que nosotros tenemos de esa historia. Puede tratarse de algún detalle de los personajes, un cambio en algún elemento de la trama, lo que sea. Como estamos viendo una obra que supuestamente retrata otra obra que ya existe, va a pesar mucho nuestra interpretación de la obra existente por sobre la obra nueva. Eso no sucedería si la película fuera una historia original, que no esté basada o inspirada en ningún otro libro o película anterior, porque ahí estaríamos en punto cero, ya que no habría otra obra en el medio con la que compararla.

En otras palabras, sucede lo que pasa muy seguido en la literatura: una cosa puede ser lo que el autor quiso decir, y otra muy distinta es lo que el lector entiende. Y esto pasa porque, más allá de qué tan directo o no haya sido el autor con sus ideas, el lector decodifica el texto según su propio sistema de creencias y valores. Es decir, que no siempre autor y lector piensan lo mismo, y me parece perfecto que no todos pensemos lo mismo. Muchas veces me ha sorprendido, en las reseñas que han recibido mis libros, la diversidad de interpretaciones que cada persona les da. No me importa en absoluto si eso coincide o no con lo que yo quería transmitir en lo que escribí (incluso si dicen que no les gustó), lo que me interesa es la experiencia del lector; la diversidad de experiencias de lectura que puede propiciar lo que yo escribí. Habrá partes que resonarán más o menos en el interior de quien lee, habrá partes que gustarán más o menos, y eso tiene que ver con la vida misma de cada persona. Con la realidad que le toca vivir y con su historia personal. Y, obviamente, con todo lo que ha leído antes, con lo que más le gusta leer, con lo que no. Lo mismo ocurre con el cine.

Entonces, ya desde el principio, podemos comprender que la película, a pesar de basarse en una obra ya establecida, de todas maneras será dirigida y producida a partir de la visión, la impronta y el estilo estético que el director quiera darle.

El proceso de adaptación también tiene que ver con el material con el que se está trabajando. Tenemos un libro, una novela, por ejemplo, como punto de partida, y una película como punto de llegada. Cuando se trata de la adaptación de una obra literaria a un producto cinematográfico, también estamos hablando de un proceso de traducción entre sistemas de signos. Tanto la literatura como el cine son sistemas de signos, cada uno posee particularidades estéticas propias que hacen uso de los recursos que sus respectivos medios les ofrecen. Tienen sus propios lenguajes: la literatura se sirve del lenguaje verbal escrito, y el cine, a su vez, tendrá a su disposición el lenguaje audiovisual, el cual, bien usado, puede ampliar muchísimo las posibilidades narrativas de una obra, porque hasta los mínimos detalles de lo no verbal nos pueden estar diciendo algo sobre lo que ocurre en la obra. Eso, a fin de cuentas, es lo que debería primar en todo caso: una historia bien contada. Y para tener una historia bien contada, se necesita de dos elementos fundamentales: la forma y el contenido.

Pilares no sólo de libros y películas sino también de cualquier tipo de obra narrativa, el contenido es la historia, lo que se cuenta, los hechos y los personajes que transcurren dentro de esa historia, y la forma tiene que ver con el medio de expresión, cómo se transmite el contenido. Por ejemplo, dentro del contenido se engloba todo lo que se refiere al género literario, al espacio-tiempo donde se ubica la acción, a los personajes y su caracterización, mientras que la forma establecerá el punto de vista narrativo, el orden de los hechos, la organización de la trama, el tratamiento del tiempo, el tipo de narrador, el enfoque, y mucho más. Tanto forma como contenido tienen sus propios planos y sus elementos bien diferenciados. Esto lo pude estudiar mucho más a fondo en mi trabajo final del Seminario de Literaturas Comparadas, del que me gustaría hacer una reescritura para compartir acá en el blog, y en parte es lo que me inspira a escribir este artículo. En ese trabajo, en palabras generales, analicé el proceso de adaptación entre la obra teatral La Tempestad de William Shakespeare, y la película Los libros de Próspero, de Peter Greenaway. Próximamente espero publicar un resumen de ese análisis, que viene a ejemplificar la postura que tengo hoy con respecto a la relación entre literatura y cine, y que es lo que quiero expresar en el presente artículo: mantener la esencia de una historia a pesar del cambio de formato, ampliando a su vez el modo de contarla.

Cada obra manifiesta un cierto conjunto de creencias y valores acerca del mundo en que vivimos; creencias y valores que se transmiten a través de las representaciones de la realidad, de los símbolos y los signos que se presentan allí. Eso sería, para mí, la esencia de una obra, aquello que se conserva aún después del proceso de adaptación. Es lo que queda igual en el momento de realizar una comparación entre un producto u otro, aunque la mera comparación no me parece un criterio absoluto para juzgar la calidad de una película basada en un libro. No es justo que nos fijemos solamente en la fidelidad del filme con respecto al texto literario, antes bien podemos hacer el esfuerzo de mirar con más profundidad dentro de cada obra, así como también analizar las relaciones que establecen esas dos obras, no sólo entre sí, sino también con otras obras dentro de sus respectivas esferas. Es normal que, puestos a comparar libro y película, salgan a relucir enseguida las diferencias. Los cambios producidos dentro del proceso de adaptación suelen obedecer, entre muchos factores, a las particularidades del medio de llegada. O sea, además de razones técnicas, tecnológicas o de presupuesto, hay que tener en cuenta que lo que funciona en un medio no necesariamente va a funcionar en el otro. Por decir un ejemplo: el uso de onomatopeyas quizás no resulte tan efectivo en un cuento como en una historieta, ya que las onomatopeyas están más ligadas a los medios gráficos y por eso no producen el mismo impacto en los textos escritos.

Otra cuestión de peso es lo referido al público objetivo y al mercado por el que circulará la obra, pues público y mercado son elementos que influirán en su nivel de éxito. Librerías y salas de cine son lugares muy distintos entre sí. Y lo que le puede funcionar a un libro, no necesariamente le va a funcionar a una película.

Para mí, es importante que la película tenga una identidad propia, y que guarde cierta autonomía con respecto al libro. O sea, que nadie te venga a decir “ay no pero tenés que leerte el libro para entender la película”. No, no, mi ciela, la película tiene que poder defenderse por sí misma. Debe saber explicar muy bien cuáles son las reglas que rigen su mundo y por qué pasa lo que pasa. Incluso si la película es parte de una gran franquicia, debe ser tratada como un producto único. Algo parecido ocurre con los libros: la peor maña de las editoriales es poner el póster de la película como portada de la novela si la película ha sido un éxito total. A pesar de que se trata de una estrategia de marketing, yo sigo defendiendo la autonomía del libro. Por ejemplo, hace unas semanas, me pasé un largo rato buscando una edición de La pregunta de sus ojos, de Eduardo Sacheri, que no tuviera como portada el póster de El secreto de sus ojos. Pude encontrar, por suerte, una edición con una portada distinta. Por mucho que me gusten la novela y la película, prefiero que ambas mantengan su autonomía artística.

Me gusta poner como ejemplo la relación entre La pregunta de sus ojos y El secreto de sus ojos, porque me parece un caso muy claro de cómo mantener la esencia de una historia a pesar del cambio de formato. Quizá le da un plus el hecho de que el autor de la novela estuvo co-escribiendo el guion de la película junto con Campanella, el director. Sí, hay bastantes cambios de la novela al guion, pero esos cambios no alteran la sustancia del contenido. Para empezar, el protagonista, en el libro, se llama Benjamín Chaparro, mientras que en la película se apellida Espósito. Las relaciones de Chaparro / Espósito con los demás personajes también poseen ligeras diferencias, pero todos participan de una manera u otra en los sucesos. Salvo Irene, que en el libro está un poco más distante que la Irene de la película (pero eso no modifica el amor que hay entre los dos). El vínculo del protagonista con Ricardo Morales sigue igual, aunque sí está más profundizado en el libro. Además, la forma en que atrapan al asesino y quién lo hace pisar el palito, pese a sus diferencias, funcionan en ambas obras. Y el final, si bien mantiene la misma premisa, es diferente en su ejecución. Sin embargo, acá no se trata de evaluar cuál es mejor o cuál es peor. Estoy segura de que muchos de los cambios en la película se hicieron pensando en la especificidad del medio y del público, los cuales resultaron acertados y le valieron a la película un Óscar a Mejor Película Extranjera y un montón de premios más. En otras palabras, podríamos decir que un libro, si se adapta bien, puede convertirse en una excelente película.

Ese es otro punto importante: la calidad de la adaptación. Si contás con buenos guionistas, con un buen director y con un buen elenco, hay muchas posibilidades de que salga bien. Porque hay que saber cómo adaptar un libro a una producción audiovisual sin que este pierda su esencia y que la historia se pueda transmitir tal cual.

Quisiera poner, como caso hipotético, la adaptación de Atlántida revelada, novela de Esteban Corio que reseñé el año pasado en este blog. Es un libro con una estructura amplia, pues intervienen varios personajes, se desarrolla en varios lugares a la vez, intervienen muchos elementos. En palabras generales, contiene demasiado contenido para una sola película. Por lo tanto, yo creo que una buena adaptación sería, directamente, una trilogía. O sea, tres películas, lo cual para una novela de un autor independiente sería una aspiración muy grande. Pero, ¿por qué no? Si Corio lograra vender bien su idea a un estudio cinematográfico, me tomo el atrevimiento de decirlo, tendría muchas posibilidades de convertir su historia en una saga exitosa (en el caso de que él lo quiera). Lo digo otra vez: todo depende de cómo se adapte.


No soy cineasta ni guionista, pero mi propuesta se basa más que nada en mi experiencia como espectadora, como alguien que ve películas y que percibe cómo esas películas son recibidas por el resto del público. No quiero hacer spoilers de la novela ya que recomiendo encarecidamente su lectura (también recomiendo leer mi reseña). Voy a tratar algunos puntos muy por encima, sin dar muchos detalles. Si bien en la novela hay, por lo menos, dos tramas principales, hay una tercera trama final que resume de muy buena manera el argumento que sostiene la historia: la colaboración y la cooperación entre las naciones del mundo en búsqueda de un bien mayor.

Ahora bien, ¿por qué tres películas en vez de una? En primer lugar, porque esta estructura narrativa permitiría, a mi ver, distribuir de manera más óptima las tres tramas que mencioné, de modo que cada una se pueda desarrollar con el tiempo justo y no se tenga que resolver todo de manera acelerada. En segundo lugar, evitaría la sobrecarga de información, revelando poco a poco datos y detalles de la historia para mantener así la atención y la tensión del público. En tercer lugar, cada película poseería un tono y un enfoque propios, a pesar de formar parte de una trilogía lineal. Es decir, que ni la segunda ni la tercera película repetirían la fórmula de la primera, porque cada una tendría su propia fórmula.

Veamos entonces cómo quedaría estructurada la propuesta:

·         Primera película: introducción al mundo de la novela y la historia de Héctor:

Al tratarse del inicio de la saga, tiene que sentar las bases principales de la historia, ponernos en contexto de cómo es el mundo en que se desarrolla y cuáles son su reglas.

La película se centraría en Héctor, uno de los protagonistas principales de la novela. Héctor, además de humano, es un atlante terrestre, un descendiente de los antiguos habitantes de la mítica Atlántida, perdida en el mar muchos milenios atrás. Después de un incidente mientras practicaba un deporte acuático en el río, donde casi se ahoga, descubre que puede respirar debajo del agua. A partir de ahí, su madre le irá revelando toda la verdad sobre sus orígenes y su destino.

De este modo, la idea es que a través de Héctor y de su camino del héroe, se nos cuente quiénes son los atlantes, de dónde vinieron, qué fue de la Atlántida y por qué sus habitantes se dividieron en dos grupos: los terrestres y los subacuáticos; además de explicar que ambas ramas están distanciadas, pero cuyos gobernantes actualmente están dispuestos a colaborar en búsqueda de un bien mayor.

Como resultado de todo este proceso, Héctor se propondrá encontrar los restos de la Atlántida para reunir a las dos ramas de atlantes y resolver el misterio de la ciudad perdida. Por lo tanto, sería una película más enfocada en la exploración y la aventura, pues nos mostraría el viaje y la travesía del chico junto a su familia y un guía especializado. Gracias a su descubrimiento, Héctor se encontrará con algo que será muy útil para el futuro.

También podría mostrarnos, de manera incipiente, un poco de los atlantes, pero sin ahondar demasiado en ellos, ya que protagonizarán la siguiente película. A lo sumo, se puede mencionar medio por arriba la tarea que llevan a cabo los notables junto con la ONU para la revelación de los atlantes a la humanidad. En este caso, se trataría de dar las pistas mínimas, para dejar al público con ganas de más.

·         Segunda película: puesta en marcha del plan “Un planeta, dos razas”:

En este caso, se desenvuelve la trama paralela a la de Héctor. Conoceremos al Consejo de notables de los atlantes subacuáticos, que se reúne para debatir una cuestión muy importante: salir de su anonimato milenario para darse a conocer ante los humanos, y de ese modo aunar esfuerzos para proteger la Tierra, ya que las amenazas ambientales como la contaminación, el calentamiento global y el cambio climático ponen en peligro la supervivencia de las dos especies en el planeta. La no interferencia en los asuntos de los humanos de hecho es un mandato ancestral de su raza, pero dicho mandato ya no puede ser sostenido en la actualidad. Por lo tanto, debaten y votan distintas propuestas para llevar a cabo sus primeros contactos con la civilización humana, desde las más agresivas hasta las más pacíficas. Afortunadamente, gana la opción más pacífica, que es comunicarse con la organización internacional más importante del mundo humano: la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Sin embargo, pese a la aceptación de la mayoría, cierto sector de los notables no está del todo de acuerdo con esta resolución, ya que prefiere mantener el status quo de siempre, y en secreto se dedicarán a sabotear el plan.

Por su parte, los atlantes terrestres, que en calidad de híbridos están dispersos entre los humanos, también se manejan con un consejo de notables, uno de los cuales se mantiene en comunicación con un notable de los subacuáticos. Al haber desobedecido al mandato ancestral de no interferencia al mezclarse con los humanos, la relación entre atlantes terrestres y subacuáticos siempre fue muy tensa. A tal punto de que los terrestres tienen que esconderse para no ser capturados y reconvertidos. A ellos también les preocupa la forma en que sus pares del fondo del mar decidan emerger a la superficie, pues de producirse una guerra entre las dos especies (una verdadera guerra mundial), ellos serían los más desfavorecidos por su condición de híbridos.

Así, la película nos mostraría cada paso de los atlantes para tomar contacto con gente de la ONU y, una vez dadas las explicaciones pertinentes, elaborar un plan llamado “Un planeta, dos razas” que establecería las bases de convivencia entre atlantes y humanos. También nos mostraría cómo el sector discordante de los atlantes movería los hilos para hacer fracasar ese plan, intentando sabotear la reunión que se llevaría a cabo entre mandatarios de varios países y notables atlantes.

Con base en todo esto, la segunda película tendría un tono diferente de la primera, porque ya no sería tanto de aventura o exploración sino más bien de acción, espionaje y suspenso, y se enfocaría en más de un personaje. Además, para el final, se podría recurrir a un gancho o cliffhanger: aunque sale todo bien… un meteorito con alta capacidad destructiva se acerca al planeta Tierra.

 

·         Tercera película: todos juntos por el planeta Tierra

Como broche de oro y cerecita sobre el pastel, la película final de la saga se descolgaría con todo: un meteorito se dirige al planeta, con el riesgo de producir efectos devastadores a nivel global, de manera similar al que cayó milenios atrás. Sin embargo, esta vez la Tierra podría tener su revancha contra la amenaza meteórica gracias a la cooperación entre las dos formas de vida más poderosas que la habitan. Esta tercera película pondría a prueba la premisa que sostiene Atlántida revelada: la cooperación y la colaboración mutuas entre todos, sin ninguna clase de distinción. Así, tanto humanos como atlantes subacuáticos y terrestres utilizarán su capacidad armamentística completa contra un enemigo común. Algo un poco al estilo Armaggedon, por lo que fácilmente tendría un tono full apocalíptico o de catástrofe.

Pero además de mostrarnos cómo trabajan en equipo ambas especies, la peli volvería con Héctor, que a modo de Plan B (por si el plan A falla) se aventura a regresar a las ruinas de la Atlántida pues allí hay algo que podría resultar de mucha ayuda. El final de esta película, para mí, es con el que deberían tener el mayor de los cuidados al tratarse del cierre definitivo de la saga, sobre todo en lo que refiere a ciertas conveniencias presentes en la novela. Aunque no dudo de que, con un buen trabajo de escritura, de dirección y de producción, estos aspectos podrían pulirse muy bien para la transposición a las pantallas.

 

Esto es apenas cómo yo armaría una adaptación cinematográfica de Atlántida revelada, y me baso más que nada en mi interpretación de la novela, lo cual quiere decir que no necesariamente es la única ni que, de querer Esteban Corio llevarla a cabo, tenga que ser así. Puede que incluso él tenga otras ideas completamente distintas a las mías, y eso es respetable porque, después de todo, es el autor del libro.

Para ir cerrando y que no se nos haga largo el carrete, espero que hayan disfrutado la lectura y que, más allá de la opinión propia, podamos tener otra perspectiva sobre la relación entre literatura y cine, que es mucho más que una simple adaptación.

 

 

 

 

 

Empecemos por acá

Bienvenid@s

  Buenos días/tardes/noches, según cuándo estén leyendo esto. Quisiera darles la bienvenida a mi pequeño y humilde blog, este diminuto aster...