
Tiempo atrás,
yo fui una de esas personas que decía “ah, la película es apenas la punta del
iceberg con respecto al libro, porque el libro cuenta mucho más”. Es decir, yo
tenía esa visión limitada sobre la relación entre película y libro, que tendía
a menospreciar al filme por no ajustarse cien por ciento a la obra literaria o
por no revelar toda la información tal cual está mostrada en el texto. Hoy en
día es muy común que, si una novela alcanza cierto nivel de éxito, es muy
probable que sea llevada al cine, con buenos o regulares resultados, ya que lo
que motiva la adaptación cinematográfica suele ser más la especulación de ganar
más dinero con la historia, que de producir una experiencia estética. Creo que
el prejuicio sobre las películas basadas en libros suele alimentarse también de
las “malas adaptaciones”, que en el peor de los casos ni siquiera respetan la
visión del autor. Pero a veces hay casos a la inversa: una película puede
acabar puliendo o mejorando algunos detalles del libro, generando una mayor
aceptación del público.
Volviendo, sin
embargo, al punto de vista del principio, puedo decir que actualmente mi mirada
sobre la relación entre literatura y cine se ha ampliado y enriquecido. En eso
me ayudó mucho el Seminario de Literaturas Comparadas, una de las materias que
cursé en el Profesorado de Lengua y Literatura. Gracias esa materia pude
comprender, entre varios otros conceptos, el del proceso de “adaptación
cinematográfica”. No se trata solamente de empezar a grabar las escenas en base
a lo que dice en el libro. Hay un montón de transformaciones que ocurren en el
medio. Por un lado, el texto novelístico deberá ser transformado en un guion
cinematográfico, que como tipología textual tiene características y funciones
bien diferenciadas. El guion debe estar bien escrito, y no limitarse a seguir
lo que dice la novela. Por otro lado, tenemos lo que se llama el elemento
humano: para la realización de una película intervienen muchas más personas que
para la publicación de un libro. Tendremos al director o directora, que será
quien dirija cada etapa de la producción siguiendo una determinada impronta
creativa. Tendremos al elenco de actores y actrices que se encargarán de
interpretar a los distintos personajes de la historia. Tendremos también a los
extras, los que salen de fondo, además de toda la gente que trabaja detrás de
cámaras o en post producción. A eso hay que sumarle el trabajo con la
escenografía, los fondos, la variación de escenarios, más los recursos
tecnológicos y audiovisuales con los que se darán los detalles finales a la
obra. Todo esto ajustado a un presupuesto que, ya sea con seis, siete u ocho
ceros, determinará cuánto se puede hacer y cómo… y claro, no nos olvidemos de
los corporativos del estudio cinematográfico, capaces de sacrificar el arduo
trabajo de los cineastas con tal de no tener pérdidas económicas.
Como vemos, no
es moco de pavo realizar una película, esté o no basada en otra obra, sea
libro, cómic, historieta, videojuego, etc. Y más especialmente en los tiempos
que corren, donde una gran parte de las películas que aparecen cada año son el
refrito del refrito del refrito; donde ya no parece haber lugar para las
historias originales. Aunque esto no siempre es del todo así. Un canal de
Youtube llamado La Zona Cero hizo una revisión de la producción cinematográfica
de las últimas décadas, en busca del momento en que el cine dejó de enfocarse
en historias originales para producir secuelas o lo que dentro del género de
superhéroes se conoce como “universos cinematográficos”. Lo que cuenta allí es
sinceramente sorprendente. Si les interesa, pueden acceder al video en este
enlace.
Bueno, otra vez
me estoy yendo por las ramas. Lo importante es que haya quedado claro que entre
libro y película hay un proceso de transformación mucho más complejo de lo que
se supone. Y en dicho proceso median un montón de otras cosas más, sobre todo
la ideología del director y de su equipo creativo. Sí, dije ideología,
pero no me refiero solamente a las ideologías políticas, progresistas,
feministas y un largo etcétera, sino que hablo de ideologías en general. Todo
tiene una base ideológica, incluso lo que no manifiesta tenerla. Va más allá de
situarse en uno u otro bando de lo que sea. La ideología refiere a nuestra
mirada sobre el mundo, sobre cómo interpretamos ese mundo y qué
representaciones le damos al mundo en el arte. De ahí que, por ejemplo, nos
pueda gustar o no cierta adaptación cinematográfica de tal libro porque algo en
la historia no coincide con la imagen que nosotros tenemos de esa
historia. Puede tratarse de algún detalle de los personajes, un cambio en algún
elemento de la trama, lo que sea. Como estamos viendo una obra que
supuestamente retrata otra obra que ya existe, va a pesar mucho nuestra
interpretación de la obra existente por sobre la obra nueva. Eso no sucedería
si la película fuera una historia original, que no esté basada o inspirada en
ningún otro libro o película anterior, porque ahí estaríamos en punto cero, ya
que no habría otra obra en el medio con la que compararla.
En otras
palabras, sucede lo que pasa muy seguido en la literatura: una cosa puede ser
lo que el autor quiso decir, y otra muy distinta es lo que el lector entiende.
Y esto pasa porque, más allá de qué tan directo o no haya sido el autor con sus
ideas, el lector decodifica el texto según su propio sistema de creencias y
valores. Es decir, que no siempre autor y lector piensan lo mismo, y me parece
perfecto que no todos pensemos lo mismo. Muchas veces me ha sorprendido, en las
reseñas que han recibido mis libros, la diversidad de interpretaciones que cada
persona les da. No me importa en absoluto si eso coincide o no con lo que yo
quería transmitir en lo que escribí (incluso si dicen que no les gustó), lo que
me interesa es la experiencia del lector; la diversidad de experiencias de
lectura que puede propiciar lo que yo escribí. Habrá partes que resonarán más o
menos en el interior de quien lee, habrá partes que gustarán más o menos, y eso
tiene que ver con la vida misma de cada persona. Con la realidad que le toca
vivir y con su historia personal. Y, obviamente, con todo lo que ha leído
antes, con lo que más le gusta leer, con lo que no. Lo mismo ocurre con el cine.
Entonces, ya
desde el principio, podemos comprender que la película, a pesar de basarse en
una obra ya establecida, de todas maneras será dirigida y producida a partir de
la visión, la impronta y el estilo estético que el director quiera darle.
El proceso de
adaptación también tiene que ver con el material con el que se está trabajando.
Tenemos un libro, una novela, por ejemplo, como punto de partida, y una
película como punto de llegada. Cuando se trata de la adaptación de una obra
literaria a un producto cinematográfico, también estamos hablando de un proceso
de traducción entre sistemas de signos. Tanto la literatura como el cine
son sistemas de signos, cada uno posee particularidades estéticas propias que
hacen uso de los recursos que sus respectivos medios les ofrecen. Tienen sus
propios lenguajes: la literatura se sirve del lenguaje verbal escrito, y
el cine, a su vez, tendrá a su disposición el lenguaje audiovisual, el cual,
bien usado, puede ampliar muchísimo las posibilidades narrativas de una obra,
porque hasta los mínimos detalles de lo no verbal nos pueden estar diciendo
algo sobre lo que ocurre en la obra. Eso, a fin de cuentas, es lo que debería
primar en todo caso: una historia bien contada. Y para tener una historia bien
contada, se necesita de dos elementos fundamentales: la forma y el contenido.
Pilares no sólo
de libros y películas sino también de cualquier tipo de obra narrativa, el contenido
es la historia, lo que se cuenta, los hechos y los personajes que
transcurren dentro de esa historia, y la forma tiene que ver con el
medio de expresión, cómo se transmite el contenido. Por ejemplo, dentro
del contenido se engloba todo lo que se refiere al género literario, al
espacio-tiempo donde se ubica la acción, a los personajes y su caracterización,
mientras que la forma establecerá el punto de vista narrativo, el orden
de los hechos, la organización de la trama, el tratamiento del tiempo, el tipo
de narrador, el enfoque, y mucho más. Tanto forma como contenido tienen sus
propios planos y sus elementos bien diferenciados. Esto lo pude estudiar mucho
más a fondo en mi trabajo final del Seminario de Literaturas Comparadas, del
que me gustaría hacer una reescritura para compartir acá en el blog, y en parte
es lo que me inspira a escribir este artículo. En ese trabajo, en palabras
generales, analicé el proceso de adaptación entre la obra teatral La
Tempestad de William Shakespeare, y la película Los libros de Próspero,
de Peter Greenaway. Próximamente espero publicar un resumen de ese análisis,
que viene a ejemplificar la postura que tengo hoy con respecto a la relación
entre literatura y cine, y que es lo que quiero expresar en el presente
artículo: mantener la esencia de una historia a pesar del cambio de formato,
ampliando a su vez el modo de contarla.
Cada obra
manifiesta un cierto conjunto de creencias y valores acerca del mundo en que
vivimos; creencias y valores que se transmiten a través de las representaciones
de la realidad, de los símbolos y los signos que se presentan allí. Eso sería,
para mí, la esencia de una obra, aquello que se conserva aún después del
proceso de adaptación. Es lo que queda igual en el momento de realizar una
comparación entre un producto u otro, aunque la mera comparación no me parece
un criterio absoluto para juzgar la calidad de una película basada en un libro.
No es justo que nos fijemos solamente en la fidelidad del filme con respecto al
texto literario, antes bien podemos hacer el esfuerzo de mirar con más
profundidad dentro de cada obra, así como también analizar las relaciones que
establecen esas dos obras, no sólo entre sí, sino también con otras obras
dentro de sus respectivas esferas. Es normal que, puestos a comparar libro y
película, salgan a relucir enseguida las diferencias. Los cambios producidos
dentro del proceso de adaptación suelen obedecer, entre muchos factores, a las
particularidades del medio de llegada. O sea, además de razones técnicas,
tecnológicas o de presupuesto, hay que tener en cuenta que lo que funciona en
un medio no necesariamente va a funcionar en el otro. Por decir un ejemplo: el
uso de onomatopeyas quizás no resulte tan efectivo en un cuento como en una
historieta, ya que las onomatopeyas están más ligadas a los medios gráficos y
por eso no producen el mismo impacto en los textos escritos.
Otra cuestión
de peso es lo referido al público objetivo y al mercado por el que circulará la
obra, pues público y mercado son elementos que influirán en su nivel de éxito.
Librerías y salas de cine son lugares muy distintos entre sí. Y lo que le puede
funcionar a un libro, no necesariamente le va a funcionar a una película.
Para mí, es
importante que la película tenga una identidad propia, y que guarde cierta
autonomía con respecto al libro. O sea, que nadie te venga a decir “ay no pero
tenés que leerte el libro para entender la película”. No, no, mi ciela,
la película tiene que poder defenderse por sí misma. Debe saber explicar muy
bien cuáles son las reglas que rigen su mundo y por qué pasa lo que pasa.
Incluso si la película es parte de una gran franquicia, debe ser tratada como
un producto único. Algo parecido ocurre con los libros: la peor maña de las
editoriales es poner el póster de la película como portada de la novela si la
película ha sido un éxito total. A pesar de que se trata de una estrategia de
marketing, yo sigo defendiendo la autonomía del libro. Por ejemplo, hace unas
semanas, me pasé un largo rato buscando una edición de La pregunta de sus
ojos, de Eduardo Sacheri, que no tuviera como portada el póster de El
secreto de sus ojos. Pude encontrar, por suerte, una edición con una
portada distinta. Por mucho que me gusten la novela y la película, prefiero que
ambas mantengan su autonomía artística.
Me gusta poner
como ejemplo la relación entre La pregunta de sus ojos y El secreto
de sus ojos, porque me parece un caso muy claro de cómo mantener la esencia
de una historia a pesar del cambio de formato. Quizá le da un plus el hecho de
que el autor de la novela estuvo co-escribiendo el guion de la película junto
con Campanella, el director. Sí, hay bastantes cambios de la novela al guion,
pero esos cambios no alteran la sustancia del contenido. Para empezar, el
protagonista, en el libro, se llama Benjamín Chaparro, mientras que en la
película se apellida Espósito. Las relaciones de Chaparro / Espósito con los
demás personajes también poseen ligeras diferencias, pero todos participan de
una manera u otra en los sucesos. Salvo Irene, que en el libro está un poco más
distante que la Irene de la película (pero eso no modifica el amor que hay
entre los dos). El vínculo del protagonista con Ricardo Morales sigue igual,
aunque sí está más profundizado en el libro. Además, la forma en que atrapan al
asesino y quién lo hace pisar el palito, pese a sus diferencias, funcionan en
ambas obras. Y el final, si bien mantiene la misma premisa, es diferente en su
ejecución. Sin embargo, acá no se trata de evaluar cuál es mejor o cuál es
peor. Estoy segura de que muchos de los cambios en la película se hicieron
pensando en la especificidad del medio y del público, los cuales resultaron acertados
y le valieron a la película un Óscar a Mejor Película Extranjera y un montón de
premios más. En otras palabras, podríamos decir que un libro, si se adapta
bien, puede convertirse en una excelente película.
Ese es otro
punto importante: la calidad de la adaptación. Si contás con buenos guionistas,
con un buen director y con un buen elenco, hay muchas posibilidades de que
salga bien. Porque hay que saber cómo adaptar un libro a una producción
audiovisual sin que este pierda su esencia y que la historia se pueda
transmitir tal cual.
Quisiera poner,
como caso hipotético, la adaptación de Atlántida revelada, novela de
Esteban Corio que reseñé el año pasado en este blog. Es un libro con una estructura
amplia, pues intervienen varios personajes, se desarrolla en varios lugares a
la vez, intervienen muchos elementos. En palabras generales, contiene demasiado
contenido para una sola película. Por lo tanto, yo creo que una buena
adaptación sería, directamente, una trilogía. O sea, tres películas, lo
cual para una novela de un autor independiente sería una aspiración muy grande.
Pero, ¿por qué no? Si Corio lograra vender bien su idea a un estudio
cinematográfico, me tomo el atrevimiento de decirlo, tendría muchas
posibilidades de convertir su historia en una saga exitosa (en el caso de que
él lo quiera). Lo digo otra vez: todo depende de cómo se adapte.

No soy cineasta
ni guionista, pero mi propuesta se basa más que nada en mi experiencia como
espectadora, como alguien que ve películas y que percibe cómo esas películas
son recibidas por el resto del público. No quiero hacer spoilers de la novela
ya que recomiendo encarecidamente su lectura (también recomiendo leer mi reseña). Voy a tratar algunos puntos muy por encima, sin dar muchos detalles.
Si bien en la novela hay, por lo menos, dos tramas principales, hay una tercera
trama final que resume de muy buena manera el argumento que sostiene la
historia: la colaboración y la cooperación entre las naciones del mundo en
búsqueda de un bien mayor.
Ahora bien,
¿por qué tres películas en vez de una? En primer lugar, porque esta estructura
narrativa permitiría, a mi ver, distribuir de manera más óptima las tres tramas
que mencioné, de modo que cada una se pueda desarrollar con el tiempo justo y
no se tenga que resolver todo de manera acelerada. En segundo lugar, evitaría
la sobrecarga de información, revelando poco a poco datos y detalles de la
historia para mantener así la atención y la tensión del público. En tercer
lugar, cada película poseería un tono y un enfoque propios, a pesar de formar
parte de una trilogía lineal. Es decir, que ni la segunda ni la tercera
película repetirían la fórmula de la primera, porque cada una tendría su propia
fórmula.
Veamos entonces
cómo quedaría estructurada la propuesta:
·
Primera película: introducción al mundo de la
novela y la historia de Héctor:
Al tratarse del
inicio de la saga, tiene que sentar las bases principales de la historia,
ponernos en contexto de cómo es el mundo en que se desarrolla y cuáles son su
reglas.
La película se
centraría en Héctor, uno de los protagonistas principales de la novela. Héctor,
además de humano, es un atlante terrestre, un descendiente de los
antiguos habitantes de la mítica Atlántida, perdida en el mar muchos milenios
atrás. Después de un incidente mientras practicaba un deporte acuático en el
río, donde casi se ahoga, descubre que puede respirar debajo del agua. A partir
de ahí, su madre le irá revelando toda la verdad sobre sus orígenes y su
destino.
De este modo,
la idea es que a través de Héctor y de su camino del héroe, se nos cuente
quiénes son los atlantes, de dónde vinieron, qué fue de la Atlántida y
por qué sus habitantes se dividieron en dos grupos: los terrestres y los
subacuáticos; además de explicar que ambas ramas están distanciadas, pero cuyos
gobernantes actualmente están dispuestos a colaborar en búsqueda de un bien
mayor.
Como resultado
de todo este proceso, Héctor se propondrá encontrar los restos de la Atlántida
para reunir a las dos ramas de atlantes y resolver el misterio de la ciudad
perdida. Por lo tanto, sería una película más enfocada en la exploración y
la aventura, pues nos mostraría el viaje y la travesía del chico junto a
su familia y un guía especializado. Gracias a su descubrimiento, Héctor se
encontrará con algo que será muy útil para el futuro.
También podría
mostrarnos, de manera incipiente, un poco de los atlantes, pero sin ahondar
demasiado en ellos, ya que protagonizarán la siguiente película. A lo sumo, se
puede mencionar medio por arriba la tarea que llevan a cabo los notables junto
con la ONU para la revelación de los atlantes a la humanidad. En este caso, se
trataría de dar las pistas mínimas, para dejar al público con ganas de más.
·
Segunda película: puesta en marcha del plan
“Un planeta, dos razas”:
En este caso,
se desenvuelve la trama paralela a la de Héctor. Conoceremos al Consejo de
notables de los atlantes subacuáticos, que se reúne para debatir una cuestión
muy importante: salir de su anonimato milenario para darse a conocer ante los
humanos, y de ese modo aunar esfuerzos para proteger la Tierra, ya que las
amenazas ambientales como la contaminación, el calentamiento global y el cambio
climático ponen en peligro la supervivencia de las dos especies en el planeta.
La no interferencia en los asuntos de los humanos de hecho es un mandato
ancestral de su raza, pero dicho mandato ya no puede ser sostenido en la
actualidad. Por lo tanto, debaten y votan distintas propuestas para llevar a
cabo sus primeros contactos con la civilización humana, desde las más agresivas
hasta las más pacíficas. Afortunadamente, gana la opción más pacífica, que es
comunicarse con la organización internacional más importante del mundo humano:
la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Sin embargo, pese a la aceptación
de la mayoría, cierto sector de los notables no está del todo de acuerdo con
esta resolución, ya que prefiere mantener el status quo de siempre, y en
secreto se dedicarán a sabotear el plan.
Por su parte,
los atlantes terrestres, que en calidad de híbridos están dispersos entre los
humanos, también se manejan con un consejo de notables, uno de los cuales se
mantiene en comunicación con un notable de los subacuáticos. Al haber
desobedecido al mandato ancestral de no interferencia al mezclarse con
los humanos, la relación entre atlantes terrestres y subacuáticos siempre fue
muy tensa. A tal punto de que los terrestres tienen que esconderse para no ser
capturados y reconvertidos. A ellos también les preocupa la forma en que sus
pares del fondo del mar decidan emerger a la superficie, pues de producirse una
guerra entre las dos especies (una verdadera guerra mundial), ellos
serían los más desfavorecidos por su condición de híbridos.
Así, la
película nos mostraría cada paso de los atlantes para tomar contacto con gente
de la ONU y, una vez dadas las explicaciones pertinentes, elaborar un plan
llamado “Un planeta, dos razas” que establecería las bases de convivencia entre
atlantes y humanos. También nos mostraría cómo el sector discordante de los
atlantes movería los hilos para hacer fracasar ese plan, intentando sabotear la
reunión que se llevaría a cabo entre mandatarios de varios países y notables
atlantes.
Con base en
todo esto, la segunda película tendría un tono diferente de la primera, porque
ya no sería tanto de aventura o exploración sino más bien de acción,
espionaje y suspenso, y se enfocaría en más de un personaje. Además,
para el final, se podría recurrir a un gancho o cliffhanger: aunque sale
todo bien… un meteorito con alta capacidad destructiva se acerca al planeta
Tierra.
·
Tercera película: todos juntos por el planeta
Tierra
Como broche de
oro y cerecita sobre el pastel, la película final de la saga se descolgaría con
todo: un meteorito se dirige al planeta, con el riesgo de producir efectos
devastadores a nivel global, de manera similar al que cayó milenios atrás. Sin
embargo, esta vez la Tierra podría tener su revancha contra la amenaza
meteórica gracias a la cooperación entre las dos formas de vida más poderosas
que la habitan. Esta tercera película pondría a prueba la premisa que sostiene Atlántida
revelada: la cooperación y la colaboración mutuas entre todos, sin ninguna
clase de distinción. Así, tanto humanos como atlantes subacuáticos y terrestres
utilizarán su capacidad armamentística completa contra un enemigo común. Algo
un poco al estilo Armaggedon, por lo que fácilmente tendría un tono full
apocalíptico o de catástrofe.
Pero además de
mostrarnos cómo trabajan en equipo ambas especies, la peli volvería con Héctor,
que a modo de Plan B (por si el plan A falla) se aventura a regresar a las
ruinas de la Atlántida pues allí hay algo que podría resultar de mucha ayuda.
El final de esta película, para mí, es con el que deberían tener el mayor de
los cuidados al tratarse del cierre definitivo de la saga, sobre todo en lo que
refiere a ciertas conveniencias presentes en la novela. Aunque no dudo de que,
con un buen trabajo de escritura, de dirección y de producción, estos aspectos
podrían pulirse muy bien para la transposición a las pantallas.
Esto es apenas
cómo yo armaría una adaptación cinematográfica de Atlántida revelada, y
me baso más que nada en mi interpretación de la novela, lo cual quiere
decir que no necesariamente es la única ni que, de querer Esteban Corio
llevarla a cabo, tenga que ser así. Puede que incluso él tenga otras ideas
completamente distintas a las mías, y eso es respetable porque, después de
todo, es el autor del libro.
Para ir
cerrando y que no se nos haga largo el carrete, espero que hayan disfrutado la
lectura y que, más allá de la opinión propia, podamos tener otra perspectiva
sobre la relación entre literatura y cine, que es mucho más que una simple
adaptación.