Y volvemos con
las reseñas, esta vez de otro libro cargado de flores y cadáveres. A diferencia
de El perfume, no tenemos un asesino serial con un olfato prominente,
sino una serie de asesinatos cuyo hedor no puede ser disfrazado por el aroma de
los jazmines.
La historia
gira en torno a la familia Izvecolcavi, su casona, sus dramas familiares y
económicos y todas las personas que la rodean. El patriarca, Abelardo, es un
tipo de carácter difícil y sumamente posesivo. Amasó su fortuna gracias a la
administración de una estación de trenes, y gestiona sus negocios de la misma
forma que su familia. Un tipo bastante controlador al que le preocupa más la
reputación de su apellido y las apariencias que la felicidad de sus seres
queridos. Además de que es capaz de hacer cualquier cosa con tal de obtener lo que
quiere o proteger sus intereses. Eso se nos muestra ya desde el primer
capítulo, de hecho. Junto con Arlet, su esposa, tienen cinco hijas: Melania,
Eider, Samay, Dolores y Zenda, tres de las cuales están casadas, y todas tienen
una relación muy conflictiva con su padre, ya sea por términos económicos, por
querer tomar parte en la empresa, o simplemente porque se sienten muy limitadas
para hacer lo que realmente desean. Abelardo me pareció uno de esos tipos que
le controlan la vida a su familia y se sienten con el derecho de hacerlo sólo
por ser el “proveedor”. Pero no sólo tiene una mala relación con su esposa o
con sus hijas, sino con Greta, su hermana, a quien no le permite ir a la casa o
ver a sus sobrinas.
Aparte de los
Itzecolcavi, entre quienes frecuentan la casona con el hermoso jardín de
jazmines tenemos a Joel Nill, vecino y ex socio de Abelardo; Eladio el
mayordomo; Arsenio el jardinero; Yelina y Abril, mucamas; Silvia, la cocinera;
y Ariel, ayudante del jardinero. Además de Fausto, el abogado; Ignacio, el
secretario; Ivo, representante de los trabajadores. Sin olvidar a los maridos
de Melania, Eider y Samay. Hay un montón de personajes, y a veces se hace un
poco mareante seguir las acciones de todos.
Algo que afecta
la experiencia de lectura es la ausencia de diálogos. Toda la novela está
narrada en estilo indirecto, es decir que no se muestra lo que se dice,
sólo se nos cuenta. Un sabio amigo mío dice siempre: “Mostrá, no
contés”. Hay muchas conversaciones y discusiones que me hubiera gustado leer
directamente con las palabras y las expresiones de los propios personajes. Eso
habría ayudado mucho además a reconocerlos por su vocabulario, por su forma de
hablar, y así ver transparentada también su personalidad. Los diálogos le
darían equilibrio a la obra, haciendo que la lectura no se haga tan densa por
la presencia de tanta prosa.
Otra cuestión
que me ha resultado llamativa dentro de la estructura narrativa es la
distribución desigual de la información. Más de la mitad del libro se consume
en capítulos que relatan la historia de los personajes principales, con
especial foco en las hijas y su madre. Aunque nos ponen en contexto sobre cómo
son las mujeres de la familia, sus vidas, sus dramas, sus pasiones y sus
conflictos con Abelardo, estos capítulos provocan la dilatación del nudo
dramático. Había llegado un momento en el que me pregunté hacia dónde me quería
llevar la novela, hasta que ocurrió el primer homicidio (al que le seguirán
otros tantos), y se empieza a desarrollar la trama policial, que se siente muy
apresurada en comparación con la primera parte.
Las novelas
policiales o de misterio y suspenso me parecen las más difíciles de escribir,
porque el autor (que sabe cómo ocurrió el crimen y quién es el criminal) debe
cuidarse muy bien de ir dosificando la información a lo largo de las páginas
mientras los detectives van indagando, interrogando a los sospechosos, buscando
pistas, analizando evidencia, etc. A partir de la investigación detectivesca es
como se van revelando, por ejemplo, cómo son realmente las relaciones dentro de
una familia que aparenta ser perfecta y tener la vida solucionada. Odios,
rencores, infidelidades, problemas de dinero, todo terminará saliendo a la luz
tarde o temprano. Y lo cierto es que la familia Itzecolcavi, más la gente que
la rodea, dan bastante tela para cortar en una investigación por múltiples
homicidios: todos son sospechosos, cualquiera puede ser culpable.
A lo que voy es
que quizá hubiera sido mejor si la narración de las historias personales de
cada personaje estuviera entrelazada e integrada con la investigación policial.
De esta manera, la trama fluiría de manera más orgánica, manteniendo el
suspenso en el lector. Además, causaría más impacto conocer a los personajes a
través de la intervención de los detectives. Escritoras y escritores
tenemos que aprender a jugar con las impresiones y expectativas de los
lectores, pintando a los protagonistas de una forma, pero después deshaciendo
esa pintura para revelar la verdadera cara de cada uno. Así, sería mucho más
impactante, por ejemplo, descubrir que alguien de la familia tiene una relación
homosexual clandestina, a espaldas obviamente de su cónyuge. Es decir, no
produce el mismo efecto conocer, desde el principio, todo sobre los personajes
antes del crimen, que si se nos va dando a conocer a medida que se va
investigando el mismo. Por otra parte, en cada homicidio podría haber una o dos
pistas que conduzcan a diferentes sospechosos y sean una oportunidad para
escarbar en su pasado.
Entonces, los
dos aspectos más importantes en los que la novela podría mejorar serían
principalmente esos dos: la inclusión de diálogos (que en el género policial
son muy importantes, de hecho) y la reorganización de la narrativa. En cuanto a
la historia, a nivel general, me parece muy buena, si bien tiene algunos cabos
sueltos. Pero en lo que refiere a ambientación, a las relaciones sociales y de
clase, a los conflictos e intereses, la esencia de Los jazmines de la muerte
tiene un tono que me recuerda mucho a las novelas de Agatha Christie. Hay
potencial en la obra, solamente hay que saber explotarlo.
Como
observación adicional, aprendí un poco sobre los jazmines y sus cuidados. Cada
capítulo lleva como título el nombre científico de una variedad de jazmín y de
otros tipos de plantas. En cada uno se incluye una nota al pie que explica qué
es cada uno. Me gusta el simbolismo de las flores aplicado a los personajes y,
claro, también a las escenas del crimen.
No sé si Los
jazmines de la muerte sea la primera novela de Fernanda Salguero, pero como
todo en la vida, siempre podemos mejorar. Desde este espacio, mi intención es
brindar una crítica constructiva partiendo de mi experiencia de lectura y
escritura. Como dije, la historia y el trasfondo de los personajes me parecen
interesantes, lo otro son cuestiones formales que es importante tener en cuenta
para proyectos futuros, o en caso de que sé la oportunidad de hacer una
re-escritura de la novela.
Para ir
cerrando, quiero agradecer a la autora y al equipo de Creativa Servicios por
permitirme leer y reseñar este libro.
¡Nos leemos pronto!

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