martes, 18 de febrero de 2025

El Elefante en la Colina: el significado es invisible a los ojos

 



Lo esencial es invisible a los ojos.

 

¿Quién no conoce esta frase? Incluso si no leíste El Principito, es probable que la hayas visto por lo menos una vez en algún lado. Como todo aquello repetido hasta el cansancio, a veces termina perdiendo sentido. O el sentido es lo que cada persona le atribuye, como ahora, que yo quiero relacionarla con el tema del que voy a hablar hoy: la percepción. Justamente, a lo que alude esta célebre frase es que las cosas verdaderamente importantes no se perciben a través de los ojos, sino con el corazón o el alma. Va más allá de lo que observamos a simple vista. A veces, por ejemplo, miramos un dibujo o una pintura y pareciera que nunca vamos a terminar de completar una interpretación de lo que miramos, porque siempre hay un detalle que se nos escapa. De hecho, justo en el principio del libro, Saint-Exupéry nos habla de su dibujo de la boa que se tragó un elefante, y que todos pensaron que era un sombrero (otro símbolo clásico de su obra, como la rosa, el cordero o el zorro). Nadie ve al elefante dentro de la boa hasta que el chico realiza un nuevo dibujo donde se pone de manifiesto. O sea, tenemos un problema de percepción, porque los adultos no ven lo que el niño quiso representar. Creo que también es una forma en la que el autor pone de manifiesto la limitada imaginación de los adultos, que simplemente ven las cosas desde una perspectiva simple, aburrida y rutinaria, por eso no son capaces de ver más que un sombrero y no el elefante dentro de la boa.

Pasa que, bueno, cualquiera que no sepa nada del Principito y que tampoco haya visto la ilustración antes, caerá en la trampa. Pues no hay ninguna pista ni indicio de que estamos viendo otra cosa. Y no vamos a conocer el sentido oculto de la imagen hasta que alguien nos lo explica, mostrándonos la segunda versión del dibujo, con el elefante dibujado de manera reconocible. ¿Cuántas veces no hemos entendido algo hasta que alguien nos lo explica? O, mejor dicho, ¿cuántas veces hemos tenido que buscar ayuda para lograr comprender lo que se escapa a nuestra percepción?

Lo mismo pasa cuando leemos. El lenguaje no es tan transparente como creemos, porque un texto dice mucho más de lo que está escrito literalmente. Si lo sabré yo, que soy escritora y profesora de Lengua y Literatura. Hay mucho que el texto no nos dice, pero lo insinúa. Y es nuestro trabajo realizar inferencias sobre eso que se halla implícito, y que no se manifiesta en la primera lectura. Ahí es donde entra en juego nuestra capacidad de asociación, revisando y prestando cuidadosa atención a cada palabra y cada frase para ver cómo se relacionan.

Esto me sucedió con un cuento de Ernest Hemingway, “Colinas como elefantes blancos”. Empecé a leer a este autor cuando compré una edición sencilla de El viejo y el mar, su libro más célebre, en la Feria del Libro de Buenos Aires. Al tiempo me encontré con sus cuentos, y el que más me llamó la atención fue ése, porque la primera vez que lo leí me quedé con una duda sobre lo que ocurría. La historia es muy simple: trata sobre una pareja que espera un tren hacia Madrid. No se nos dice a qué van a esa ciudad, aunque es claro que hay cierta tensión en ellos. Al parecer, la muchacha tiene que realizarse una operación de la que depende la estabilidad de la relación, pero nunca se especifica cuál es. Y yo tendría que haberme dado cuenta… sólo que en ese momento no fui capaz de razonarlo por mí misma. 

Así que terminé haciendo algo que normalmente no hago: busqué en Internet. Intenté no ir por el camino tan obvio: primero, busqué “elefante blanco”. Es una expresión que tiene su origen en las culturas del sudeste asiático, donde los elefantes blancos o albinos eran considerados sagrados y muy valiosos, a tal punto que los reyes los mantenían como símbolo de riqueza y poder. El problema es que estos animales tenían una dieta muy particular y requerían de cuidados especiales, por lo cual resultaba carísimo tener uno. Algo así como tener un Lamborghini o cualquier auto de alta gama hoy en día. Lo peor es que a veces los monarcas les regalaban un ejemplar a aquellos nobles caídos en desgracia o a los que querían castigar de manera sutil. Así, estos pobres nobles estaban obligados a aceptar al elefante blanco por una cuestión de honor, pero mantener al animal probablemente los terminaría de llevar a la ruina por los enormes costos económicos que conllevaba. 


De ahí que, actualmente, la expresión “elefante blanco” se usa para referirse a aquellos proyectos o bienes que, a pesar de parecer valiosos o grandiosos, terminan siendo imprácticos, caros o difíciles de sostener. Por ejemplo, como resultado relacionado, me salió la película Elefante Blanco, de 2012, protagonizada por Ricardo Darín. En la película aparece un hospital inconcluso y abandonado, que en la vida real sí existió, y fue demolido además en 2016.

No obstante, la pista del elefante blanco no me bastó. De modo que, inevitablemente, terminé buscando el significado del cuento de Hemingway. Y la explicación, la verdad, era muy simple. Si yo me hubiera esforzado en poner a trabajar mi materia gris, me habría ahorrado toda la búsqueda. Porque, a pesar de que no estuviera escrito explícitamente, el significado estaba implícito. Las pistas, las evidencias, las tenía al alcance en el cuento mismo. Entonces, al releerlo luego de mi breve investigación, por fin até cabos. ¡Me sentí tan tonta! Y al mismo tiempo, me dije, bueno, sirvió de aprendizaje. Entendí que, a veces, uno lee en modo automático, sin prestar suficiente atención a lo que lee. Y el lenguaje, en manos de un escritor hábil, puede resultar muy tramposo. Como lector, te agarra desprevenido. Eso es algo que le puede pasar a cualquiera, y no sólo en la literatura: también en el cine, en el arte, en la música, hay un montón de obras que quizá no fueron comprendidas a fondo en su momento. La interpretación de sus significados más profundos apareció después, gracias a la fruición de quienes se empeñaron en analizarlas. Por supuesto, en este caso no se precisaba un análisis tan complejo.

La literatura es el arte de la alusión y la sutileza en el lenguaje. Ernest Hemingway supo trabajarlo bien, a través de una técnica narrativa llamada “teoría del iceberg” o también “teoría de la omisión”, mediante la cual deja implícitos el contenido y el significado de su historia en vez de explicarlos explícitamente. De este modo, Hemingway creía que solamente una parte de la información debe ser visible en la superficie de la narrativa, como la punta de un iceberg, mientras que la otra parte se mantiene por debajo, no revelados directamente, pero implícitos. La gracia es que el lector se involucre en su proceso de comprensión lectora de la misma manera en que un buen detective se involucra en su investigación de un crimen. Y es que Hemingway confiaba en la capacidad del lector para inferir y deducir significados a partir de los detalles concretos que presentaba en sus escritos. Eso es lo que le da profundidad y complejidad a una obra literaria. Para ejemplo, quizá sirve este microcuento del propio Hemingway: “Vendo zapatos de bebé. Sin uso”. Supongo que no hace falta explicar el tipo de historia que podemos inferir detrás de esas dos oraciones tan breves. Probablemente, con leves diferencias, la mayoría de los lectores coincidirían en el hecho principal, y lo demás serían factores contextuales, derivados del conocimiento y de las propias experiencias de cada uno. 

Cuando leemos no solo decodificamos lo escrito, sino que también se da un doble proceso de asociación: por un lado, vamos asociando lo que leemos con la ya leído dentro del propio texto y, por otro lado, asociamos ese texto que vamos leyendo con otros que ya hemos leído. Es decir, hay una asociación interna y una asociación externa de significados. A partir de ahí, es cuando logramos construir redes de sentido más amplias, lo que ayuda, a su vez, a ampliar nuestra percepción. Aprendemos a fijarnos más en los detalles y a pensar cómo encaja cada uno en la trama de la obra.

En “Tizas muertas”, uno de los cuentos que componen mi primer libro, La respuesta en sus ojos, yo aplico esa técnica de Hemingway, casi por accidente. Cuando me senté a escribir el cuento, con la idea ya definida de lo que quería contar, se me ocurrió omitir los detalles más importantes de los personajes, poniendo apenas unas alusiones indirectas, aunque no explícitas. Al igual que Hemingway, yo estaba segura de que los lectores lo descubrirían. Recuerdo, de hecho, cuando le pasé el cuento a una de mis primas, y ella después de leerlo me contó que había formulado como tres teorías distintas sobre el cuento hasta que llegó al final. Eso me hizo sentir orgullosa. La técnica funcionaba. 

Así como en el resto de las artes, como la pintura o el cine, una obra literaria nos puede exigir mucho más que una lectura superficial. Por eso creo que libros como El principito son lecturas obligatorias para la vida en general. Saint-Exupéry nos habla de algo más que la soledad de un aviador accidentado en el desierto o la travesía de un niño por el espacio y la inmensidad. Es un texto que, a pesar de ser breve, es muy profundo, y esa profundidad no se alcanza ni cerca con la primera lectura, sino con las sucesivas re-lecturas a través del tiempo. Quizá lo leíste una vez de chico y no lo entendiste del todo. Y no importa, porque probablemente puedas comprender más cuando lo leas de vuelta, ya siendo más grande. De ese modo, paulatinamente, y a medida que se vayan escribiendo más páginas en tu libro de vida, vas a comprender mejor esta frase, tan vaciada de contenido debido a la reproducción masiva constante: Lo esencial es invisible a los ojos.

En una sociedad dominada por los medios masivos y las redes sociales como Tik Tok, donde se atrofia cada vez más nuestra capacidad de atención y retención de información ligado al imperio indiscutible de la imagen, creo que se ha achicado muchísimo nuestra percepción. Últimamente parece que la gente necesita que le expliquen todo debido a la carencia de estímulos propios para buscar las explicaciones por sí misma. El adormecimiento de las capacidades perceptivas genera algo como lo que me pasó a mí con “Colinas como elefantes blancos”: el significado del cuento estaba ahí, invisible pero no inexistente. Me pasó desapercibido en la primera lectura porque yo no tenía las antenas atentas. Sin embargo, creo que eso no me volverá a pasar.

Para terminar, admito que no sé si no está muy agarrada de los pelos esta asociación entre una frase del Principito y la teoría de la omisión de Hemingway, aunque espero haberla explicado lo más claramente posible. Y si no dije de qué se trata “Colinas como elefantes blancos”, es porque confío en que ustedes, lectores, podrán darse cuenta cuando lo lean.

Nos leemos pronto.



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