Lo esencial es
invisible a los ojos.
¿Quién no
conoce esta frase? Incluso si no leíste El Principito, es probable que
la hayas visto por lo menos una vez en algún lado. Como todo aquello repetido
hasta el cansancio, a veces termina perdiendo sentido. O el sentido es lo que
cada persona le atribuye, como ahora, que yo quiero relacionarla con el tema
del que voy a hablar hoy: la percepción. Justamente, a lo que alude esta
célebre frase es que las cosas verdaderamente importantes no se perciben a
través de los ojos, sino con el corazón o el alma. Va más allá de lo que
observamos a simple vista. A veces, por ejemplo, miramos un dibujo o una
pintura y pareciera que nunca vamos a terminar de completar una interpretación
de lo que miramos, porque siempre hay un detalle que se nos escapa. De hecho,
justo en el principio del libro, Saint-Exupéry nos habla de su dibujo de la boa
que se tragó un elefante, y que todos pensaron que era un sombrero (otro
símbolo clásico de su obra, como la rosa, el cordero o el zorro). Nadie ve al
elefante dentro de la boa hasta que el chico realiza un nuevo dibujo donde se
pone de manifiesto. O sea, tenemos un problema de percepción, porque los
adultos no ven lo que el niño quiso representar. Creo que también es una forma
en la que el autor pone de manifiesto la limitada imaginación de los adultos,
que simplemente ven las cosas desde una perspectiva simple, aburrida y
rutinaria, por eso no son capaces de ver más que un sombrero y no el elefante
dentro de la boa.
Pasa que,
bueno, cualquiera que no sepa nada del Principito y que tampoco haya visto la
ilustración antes, caerá en la trampa. Pues no hay ninguna pista ni indicio de
que estamos viendo otra cosa. Y no vamos a conocer el sentido oculto de la
imagen hasta que alguien nos lo explica, mostrándonos la segunda versión del
dibujo, con el elefante dibujado de manera reconocible. ¿Cuántas veces no hemos
entendido algo hasta que alguien nos lo explica? O, mejor dicho, ¿cuántas veces
hemos tenido que buscar ayuda para lograr comprender lo que se escapa a nuestra
percepción?
Lo mismo pasa
cuando leemos. El lenguaje no es tan transparente como creemos, porque un texto
dice mucho más de lo que está escrito literalmente. Si lo sabré yo, que soy
escritora y profesora de Lengua y Literatura. Hay mucho que el texto no nos
dice, pero lo insinúa. Y es nuestro trabajo realizar inferencias sobre eso que
se halla implícito, y que no se manifiesta en la primera lectura. Ahí es donde
entra en juego nuestra capacidad de asociación, revisando y prestando cuidadosa
atención a cada palabra y cada frase para ver cómo se relacionan.
Esto me sucedió con un cuento de Ernest Hemingway, “Colinas como elefantes blancos”. Empecé a leer a este autor cuando compré una edición sencilla de El viejo y el mar, su libro más célebre, en la Feria del Libro de Buenos Aires. Al tiempo me encontré con sus cuentos, y el que más me llamó la atención fue ése, porque la primera vez que lo leí me quedé con una duda sobre lo que ocurría. La historia es muy simple: trata sobre una pareja que espera un tren hacia Madrid. No se nos dice a qué van a esa ciudad, aunque es claro que hay cierta tensión en ellos. Al parecer, la muchacha tiene que realizarse una operación de la que depende la estabilidad de la relación, pero nunca se especifica cuál es. Y yo tendría que haberme dado cuenta… sólo que en ese momento no fui capaz de razonarlo por mí misma.
Así que terminé haciendo algo que normalmente no hago: busqué en Internet. Intenté no ir por el camino tan obvio: primero, busqué “elefante blanco”. Es una expresión que tiene su origen en las culturas del sudeste asiático, donde los elefantes blancos o albinos eran considerados sagrados y muy valiosos, a tal punto que los reyes los mantenían como símbolo de riqueza y poder. El problema es que estos animales tenían una dieta muy particular y requerían de cuidados especiales, por lo cual resultaba carísimo tener uno. Algo así como tener un Lamborghini o cualquier auto de alta gama hoy en día. Lo peor es que a veces los monarcas les regalaban un ejemplar a aquellos nobles caídos en desgracia o a los que querían castigar de manera sutil. Así, estos pobres nobles estaban obligados a aceptar al elefante blanco por una cuestión de honor, pero mantener al animal probablemente los terminaría de llevar a la ruina por los enormes costos económicos que conllevaba.De ahí que, actualmente, la expresión “elefante blanco” se usa para referirse a aquellos proyectos o bienes que, a pesar de parecer valiosos o grandiosos, terminan siendo imprácticos, caros o difíciles de sostener. Por ejemplo, como resultado relacionado, me salió la película Elefante Blanco, de 2012, protagonizada por Ricardo Darín. En la película aparece un hospital inconcluso y abandonado, que en la vida real sí existió, y fue demolido además en 2016.
No obstante, la
pista del elefante blanco no me bastó. De modo que, inevitablemente, terminé
buscando el significado del cuento de Hemingway. Y la explicación, la verdad,
era muy simple. Si yo me hubiera esforzado en poner a trabajar mi materia gris,
me habría ahorrado toda la búsqueda. Porque, a pesar de que no estuviera
escrito explícitamente, el significado estaba implícito. Las
pistas, las evidencias, las tenía al alcance en el cuento mismo. Entonces, al
releerlo luego de mi breve investigación, por fin até cabos. ¡Me sentí tan tonta!
Y al mismo tiempo, me dije, bueno, sirvió de aprendizaje. Entendí que, a veces,
uno lee en modo automático, sin prestar suficiente atención a lo que lee. Y el
lenguaje, en manos de un escritor hábil, puede resultar muy tramposo. Como
lector, te agarra desprevenido. Eso es algo que le puede pasar a cualquiera, y
no sólo en la literatura: también en el cine, en el arte, en la música, hay un
montón de obras que quizá no fueron comprendidas a fondo en su momento. La
interpretación de sus significados más profundos apareció después, gracias a la
fruición de quienes se empeñaron en analizarlas. Por supuesto, en este caso no
se precisaba un análisis tan complejo.
Cuando leemos
no solo decodificamos lo escrito, sino que también se da un doble proceso de
asociación: por un lado, vamos asociando lo que leemos con la ya leído dentro
del propio texto y, por otro lado, asociamos ese texto que vamos leyendo con
otros que ya hemos leído. Es decir, hay una asociación interna y una asociación
externa de significados. A partir de ahí, es cuando logramos construir redes de
sentido más amplias, lo que ayuda, a su vez, a ampliar nuestra percepción. Aprendemos
a fijarnos más en los detalles y a pensar cómo encaja cada uno en la trama de
la obra.
Así como en el
resto de las artes, como la pintura o el cine, una obra literaria nos puede
exigir mucho más que una lectura superficial. Por eso creo que libros como El
principito son lecturas obligatorias para la vida en general. Saint-Exupéry
nos habla de algo más que la soledad de un aviador accidentado en el desierto o
la travesía de un niño por el espacio y la inmensidad. Es un texto que, a pesar
de ser breve, es muy profundo, y esa profundidad no se alcanza ni cerca con la
primera lectura, sino con las sucesivas re-lecturas a través del tiempo. Quizá
lo leíste una vez de chico y no lo entendiste del todo. Y no importa, porque
probablemente puedas comprender más cuando lo leas de vuelta, ya siendo más
grande. De ese modo, paulatinamente, y a medida que se vayan escribiendo más
páginas en tu libro de vida, vas a comprender mejor esta frase, tan vaciada de
contenido debido a la reproducción masiva constante: Lo esencial es
invisible a los ojos.
En una sociedad
dominada por los medios masivos y las redes sociales como Tik Tok, donde se
atrofia cada vez más nuestra capacidad de atención y retención de información
ligado al imperio indiscutible de la imagen, creo que se ha achicado muchísimo
nuestra percepción. Últimamente parece que la gente necesita que le expliquen
todo debido a la carencia de estímulos propios para buscar las explicaciones
por sí misma. El adormecimiento de las capacidades perceptivas genera algo como
lo que me pasó a mí con “Colinas como elefantes blancos”: el significado del
cuento estaba ahí, invisible pero no inexistente. Me pasó desapercibido en la
primera lectura porque yo no tenía las antenas atentas. Sin embargo, creo que
eso no me volverá a pasar.
Para terminar,
admito que no sé si no está muy agarrada de los pelos esta asociación entre una
frase del Principito y la teoría de la omisión de Hemingway, aunque
espero haberla explicado lo más claramente posible. Y si no dije de qué se
trata “Colinas como elefantes blancos”, es porque confío en que ustedes,
lectores, podrán darse cuenta cuando lo lean.
Nos leemos
pronto.





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