lunes, 10 de febrero de 2025

Literatura y Cine #1: Mantener la esencia de una historia en otro formato

 

Tiempo atrás, yo fui una de esas personas que decía “ah, la película es apenas la punta del iceberg con respecto al libro, porque el libro cuenta mucho más”. Es decir, yo tenía esa visión limitada sobre la relación entre película y libro, que tendía a menospreciar al filme por no ajustarse cien por ciento a la obra literaria o por no revelar toda la información tal cual está mostrada en el texto. Hoy en día es muy común que, si una novela alcanza cierto nivel de éxito, es muy probable que sea llevada al cine, con buenos o regulares resultados, ya que lo que motiva la adaptación cinematográfica suele ser más la especulación de ganar más dinero con la historia, que de producir una experiencia estética. Creo que el prejuicio sobre las películas basadas en libros suele alimentarse también de las “malas adaptaciones”, que en el peor de los casos ni siquiera respetan la visión del autor. Pero a veces hay casos a la inversa: una película puede acabar puliendo o mejorando algunos detalles del libro, generando una mayor aceptación del público.

Volviendo, sin embargo, al punto de vista del principio, puedo decir que actualmente mi mirada sobre la relación entre literatura y cine se ha ampliado y enriquecido. En eso me ayudó mucho el Seminario de Literaturas Comparadas, una de las materias que cursé en el Profesorado de Lengua y Literatura. Gracias esa materia pude comprender, entre varios otros conceptos, el del proceso de “adaptación cinematográfica”. No se trata solamente de empezar a grabar las escenas en base a lo que dice en el libro. Hay un montón de transformaciones que ocurren en el medio. Por un lado, el texto novelístico deberá ser transformado en un guion cinematográfico, que como tipología textual tiene características y funciones bien diferenciadas. El guion debe estar bien escrito, y no limitarse a seguir lo que dice la novela. Por otro lado, tenemos lo que se llama el elemento humano: para la realización de una película intervienen muchas más personas que para la publicación de un libro. Tendremos al director o directora, que será quien dirija cada etapa de la producción siguiendo una determinada impronta creativa. Tendremos al elenco de actores y actrices que se encargarán de interpretar a los distintos personajes de la historia. Tendremos también a los extras, los que salen de fondo, además de toda la gente que trabaja detrás de cámaras o en post producción. A eso hay que sumarle el trabajo con la escenografía, los fondos, la variación de escenarios, más los recursos tecnológicos y audiovisuales con los que se darán los detalles finales a la obra. Todo esto ajustado a un presupuesto que, ya sea con seis, siete u ocho ceros, determinará cuánto se puede hacer y cómo… y claro, no nos olvidemos de los corporativos del estudio cinematográfico, capaces de sacrificar el arduo trabajo de los cineastas con tal de no tener pérdidas económicas.

Como vemos, no es moco de pavo realizar una película, esté o no basada en otra obra, sea libro, cómic, historieta, videojuego, etc. Y más especialmente en los tiempos que corren, donde una gran parte de las películas que aparecen cada año son el refrito del refrito del refrito; donde ya no parece haber lugar para las historias originales. Aunque esto no siempre es del todo así. Un canal de Youtube llamado La Zona Cero hizo una revisión de la producción cinematográfica de las últimas décadas, en busca del momento en que el cine dejó de enfocarse en historias originales para producir secuelas o lo que dentro del género de superhéroes se conoce como “universos cinematográficos”. Lo que cuenta allí es sinceramente sorprendente. Si les interesa, pueden acceder al video en este enlace.

Bueno, otra vez me estoy yendo por las ramas. Lo importante es que haya quedado claro que entre libro y película hay un proceso de transformación mucho más complejo de lo que se supone. Y en dicho proceso median un montón de otras cosas más, sobre todo la ideología del director y de su equipo creativo. Sí, dije ideología, pero no me refiero solamente a las ideologías políticas, progresistas, feministas y un largo etcétera, sino que hablo de ideologías en general. Todo tiene una base ideológica, incluso lo que no manifiesta tenerla. Va más allá de situarse en uno u otro bando de lo que sea. La ideología refiere a nuestra mirada sobre el mundo, sobre cómo interpretamos ese mundo y qué representaciones le damos al mundo en el arte. De ahí que, por ejemplo, nos pueda gustar o no cierta adaptación cinematográfica de tal libro porque algo en la historia no coincide con la imagen que nosotros tenemos de esa historia. Puede tratarse de algún detalle de los personajes, un cambio en algún elemento de la trama, lo que sea. Como estamos viendo una obra que supuestamente retrata otra obra que ya existe, va a pesar mucho nuestra interpretación de la obra existente por sobre la obra nueva. Eso no sucedería si la película fuera una historia original, que no esté basada o inspirada en ningún otro libro o película anterior, porque ahí estaríamos en punto cero, ya que no habría otra obra en el medio con la que compararla.

En otras palabras, sucede lo que pasa muy seguido en la literatura: una cosa puede ser lo que el autor quiso decir, y otra muy distinta es lo que el lector entiende. Y esto pasa porque, más allá de qué tan directo o no haya sido el autor con sus ideas, el lector decodifica el texto según su propio sistema de creencias y valores. Es decir, que no siempre autor y lector piensan lo mismo, y me parece perfecto que no todos pensemos lo mismo. Muchas veces me ha sorprendido, en las reseñas que han recibido mis libros, la diversidad de interpretaciones que cada persona les da. No me importa en absoluto si eso coincide o no con lo que yo quería transmitir en lo que escribí (incluso si dicen que no les gustó), lo que me interesa es la experiencia del lector; la diversidad de experiencias de lectura que puede propiciar lo que yo escribí. Habrá partes que resonarán más o menos en el interior de quien lee, habrá partes que gustarán más o menos, y eso tiene que ver con la vida misma de cada persona. Con la realidad que le toca vivir y con su historia personal. Y, obviamente, con todo lo que ha leído antes, con lo que más le gusta leer, con lo que no. Lo mismo ocurre con el cine.

Entonces, ya desde el principio, podemos comprender que la película, a pesar de basarse en una obra ya establecida, de todas maneras será dirigida y producida a partir de la visión, la impronta y el estilo estético que el director quiera darle.

El proceso de adaptación también tiene que ver con el material con el que se está trabajando. Tenemos un libro, una novela, por ejemplo, como punto de partida, y una película como punto de llegada. Cuando se trata de la adaptación de una obra literaria a un producto cinematográfico, también estamos hablando de un proceso de traducción entre sistemas de signos. Tanto la literatura como el cine son sistemas de signos, cada uno posee particularidades estéticas propias que hacen uso de los recursos que sus respectivos medios les ofrecen. Tienen sus propios lenguajes: la literatura se sirve del lenguaje verbal escrito, y el cine, a su vez, tendrá a su disposición el lenguaje audiovisual, el cual, bien usado, puede ampliar muchísimo las posibilidades narrativas de una obra, porque hasta los mínimos detalles de lo no verbal nos pueden estar diciendo algo sobre lo que ocurre en la obra. Eso, a fin de cuentas, es lo que debería primar en todo caso: una historia bien contada. Y para tener una historia bien contada, se necesita de dos elementos fundamentales: la forma y el contenido.

Pilares no sólo de libros y películas sino también de cualquier tipo de obra narrativa, el contenido es la historia, lo que se cuenta, los hechos y los personajes que transcurren dentro de esa historia, y la forma tiene que ver con el medio de expresión, cómo se transmite el contenido. Por ejemplo, dentro del contenido se engloba todo lo que se refiere al género literario, al espacio-tiempo donde se ubica la acción, a los personajes y su caracterización, mientras que la forma establecerá el punto de vista narrativo, el orden de los hechos, la organización de la trama, el tratamiento del tiempo, el tipo de narrador, el enfoque, y mucho más. Tanto forma como contenido tienen sus propios planos y sus elementos bien diferenciados. Esto lo pude estudiar mucho más a fondo en mi trabajo final del Seminario de Literaturas Comparadas, del que me gustaría hacer una reescritura para compartir acá en el blog, y en parte es lo que me inspira a escribir este artículo. En ese trabajo, en palabras generales, analicé el proceso de adaptación entre la obra teatral La Tempestad de William Shakespeare, y la película Los libros de Próspero, de Peter Greenaway. Próximamente espero publicar un resumen de ese análisis, que viene a ejemplificar la postura que tengo hoy con respecto a la relación entre literatura y cine, y que es lo que quiero expresar en el presente artículo: mantener la esencia de una historia a pesar del cambio de formato, ampliando a su vez el modo de contarla.

Cada obra manifiesta un cierto conjunto de creencias y valores acerca del mundo en que vivimos; creencias y valores que se transmiten a través de las representaciones de la realidad, de los símbolos y los signos que se presentan allí. Eso sería, para mí, la esencia de una obra, aquello que se conserva aún después del proceso de adaptación. Es lo que queda igual en el momento de realizar una comparación entre un producto u otro, aunque la mera comparación no me parece un criterio absoluto para juzgar la calidad de una película basada en un libro. No es justo que nos fijemos solamente en la fidelidad del filme con respecto al texto literario, antes bien podemos hacer el esfuerzo de mirar con más profundidad dentro de cada obra, así como también analizar las relaciones que establecen esas dos obras, no sólo entre sí, sino también con otras obras dentro de sus respectivas esferas. Es normal que, puestos a comparar libro y película, salgan a relucir enseguida las diferencias. Los cambios producidos dentro del proceso de adaptación suelen obedecer, entre muchos factores, a las particularidades del medio de llegada. O sea, además de razones técnicas, tecnológicas o de presupuesto, hay que tener en cuenta que lo que funciona en un medio no necesariamente va a funcionar en el otro. Por decir un ejemplo: el uso de onomatopeyas quizás no resulte tan efectivo en un cuento como en una historieta, ya que las onomatopeyas están más ligadas a los medios gráficos y por eso no producen el mismo impacto en los textos escritos.

Otra cuestión de peso es lo referido al público objetivo y al mercado por el que circulará la obra, pues público y mercado son elementos que influirán en su nivel de éxito. Librerías y salas de cine son lugares muy distintos entre sí. Y lo que le puede funcionar a un libro, no necesariamente le va a funcionar a una película.

Para mí, es importante que la película tenga una identidad propia, y que guarde cierta autonomía con respecto al libro. O sea, que nadie te venga a decir “ay no pero tenés que leerte el libro para entender la película”. No, no, mi ciela, la película tiene que poder defenderse por sí misma. Debe saber explicar muy bien cuáles son las reglas que rigen su mundo y por qué pasa lo que pasa. Incluso si la película es parte de una gran franquicia, debe ser tratada como un producto único. Algo parecido ocurre con los libros: la peor maña de las editoriales es poner el póster de la película como portada de la novela si la película ha sido un éxito total. A pesar de que se trata de una estrategia de marketing, yo sigo defendiendo la autonomía del libro. Por ejemplo, hace unas semanas, me pasé un largo rato buscando una edición de La pregunta de sus ojos, de Eduardo Sacheri, que no tuviera como portada el póster de El secreto de sus ojos. Pude encontrar, por suerte, una edición con una portada distinta. Por mucho que me gusten la novela y la película, prefiero que ambas mantengan su autonomía artística.

Me gusta poner como ejemplo la relación entre La pregunta de sus ojos y El secreto de sus ojos, porque me parece un caso muy claro de cómo mantener la esencia de una historia a pesar del cambio de formato. Quizá le da un plus el hecho de que el autor de la novela estuvo co-escribiendo el guion de la película junto con Campanella, el director. Sí, hay bastantes cambios de la novela al guion, pero esos cambios no alteran la sustancia del contenido. Para empezar, el protagonista, en el libro, se llama Benjamín Chaparro, mientras que en la película se apellida Espósito. Las relaciones de Chaparro / Espósito con los demás personajes también poseen ligeras diferencias, pero todos participan de una manera u otra en los sucesos. Salvo Irene, que en el libro está un poco más distante que la Irene de la película (pero eso no modifica el amor que hay entre los dos). El vínculo del protagonista con Ricardo Morales sigue igual, aunque sí está más profundizado en el libro. Además, la forma en que atrapan al asesino y quién lo hace pisar el palito, pese a sus diferencias, funcionan en ambas obras. Y el final, si bien mantiene la misma premisa, es diferente en su ejecución. Sin embargo, acá no se trata de evaluar cuál es mejor o cuál es peor. Estoy segura de que muchos de los cambios en la película se hicieron pensando en la especificidad del medio y del público, los cuales resultaron acertados y le valieron a la película un Óscar a Mejor Película Extranjera y un montón de premios más. En otras palabras, podríamos decir que un libro, si se adapta bien, puede convertirse en una excelente película.

Ese es otro punto importante: la calidad de la adaptación. Si contás con buenos guionistas, con un buen director y con un buen elenco, hay muchas posibilidades de que salga bien. Porque hay que saber cómo adaptar un libro a una producción audiovisual sin que este pierda su esencia y que la historia se pueda transmitir tal cual.

Quisiera poner, como caso hipotético, la adaptación de Atlántida revelada, novela de Esteban Corio que reseñé el año pasado en este blog. Es un libro con una estructura amplia, pues intervienen varios personajes, se desarrolla en varios lugares a la vez, intervienen muchos elementos. En palabras generales, contiene demasiado contenido para una sola película. Por lo tanto, yo creo que una buena adaptación sería, directamente, una trilogía. O sea, tres películas, lo cual para una novela de un autor independiente sería una aspiración muy grande. Pero, ¿por qué no? Si Corio lograra vender bien su idea a un estudio cinematográfico, me tomo el atrevimiento de decirlo, tendría muchas posibilidades de convertir su historia en una saga exitosa (en el caso de que él lo quiera). Lo digo otra vez: todo depende de cómo se adapte.


No soy cineasta ni guionista, pero mi propuesta se basa más que nada en mi experiencia como espectadora, como alguien que ve películas y que percibe cómo esas películas son recibidas por el resto del público. No quiero hacer spoilers de la novela ya que recomiendo encarecidamente su lectura (también recomiendo leer mi reseña). Voy a tratar algunos puntos muy por encima, sin dar muchos detalles. Si bien en la novela hay, por lo menos, dos tramas principales, hay una tercera trama final que resume de muy buena manera el argumento que sostiene la historia: la colaboración y la cooperación entre las naciones del mundo en búsqueda de un bien mayor.

Ahora bien, ¿por qué tres películas en vez de una? En primer lugar, porque esta estructura narrativa permitiría, a mi ver, distribuir de manera más óptima las tres tramas que mencioné, de modo que cada una se pueda desarrollar con el tiempo justo y no se tenga que resolver todo de manera acelerada. En segundo lugar, evitaría la sobrecarga de información, revelando poco a poco datos y detalles de la historia para mantener así la atención y la tensión del público. En tercer lugar, cada película poseería un tono y un enfoque propios, a pesar de formar parte de una trilogía lineal. Es decir, que ni la segunda ni la tercera película repetirían la fórmula de la primera, porque cada una tendría su propia fórmula.

Veamos entonces cómo quedaría estructurada la propuesta:

·         Primera película: introducción al mundo de la novela y la historia de Héctor:

Al tratarse del inicio de la saga, tiene que sentar las bases principales de la historia, ponernos en contexto de cómo es el mundo en que se desarrolla y cuáles son su reglas.

La película se centraría en Héctor, uno de los protagonistas principales de la novela. Héctor, además de humano, es un atlante terrestre, un descendiente de los antiguos habitantes de la mítica Atlántida, perdida en el mar muchos milenios atrás. Después de un incidente mientras practicaba un deporte acuático en el río, donde casi se ahoga, descubre que puede respirar debajo del agua. A partir de ahí, su madre le irá revelando toda la verdad sobre sus orígenes y su destino.

De este modo, la idea es que a través de Héctor y de su camino del héroe, se nos cuente quiénes son los atlantes, de dónde vinieron, qué fue de la Atlántida y por qué sus habitantes se dividieron en dos grupos: los terrestres y los subacuáticos; además de explicar que ambas ramas están distanciadas, pero cuyos gobernantes actualmente están dispuestos a colaborar en búsqueda de un bien mayor.

Como resultado de todo este proceso, Héctor se propondrá encontrar los restos de la Atlántida para reunir a las dos ramas de atlantes y resolver el misterio de la ciudad perdida. Por lo tanto, sería una película más enfocada en la exploración y la aventura, pues nos mostraría el viaje y la travesía del chico junto a su familia y un guía especializado. Gracias a su descubrimiento, Héctor se encontrará con algo que será muy útil para el futuro.

También podría mostrarnos, de manera incipiente, un poco de los atlantes, pero sin ahondar demasiado en ellos, ya que protagonizarán la siguiente película. A lo sumo, se puede mencionar medio por arriba la tarea que llevan a cabo los notables junto con la ONU para la revelación de los atlantes a la humanidad. En este caso, se trataría de dar las pistas mínimas, para dejar al público con ganas de más.

·         Segunda película: puesta en marcha del plan “Un planeta, dos razas”:

En este caso, se desenvuelve la trama paralela a la de Héctor. Conoceremos al Consejo de notables de los atlantes subacuáticos, que se reúne para debatir una cuestión muy importante: salir de su anonimato milenario para darse a conocer ante los humanos, y de ese modo aunar esfuerzos para proteger la Tierra, ya que las amenazas ambientales como la contaminación, el calentamiento global y el cambio climático ponen en peligro la supervivencia de las dos especies en el planeta. La no interferencia en los asuntos de los humanos de hecho es un mandato ancestral de su raza, pero dicho mandato ya no puede ser sostenido en la actualidad. Por lo tanto, debaten y votan distintas propuestas para llevar a cabo sus primeros contactos con la civilización humana, desde las más agresivas hasta las más pacíficas. Afortunadamente, gana la opción más pacífica, que es comunicarse con la organización internacional más importante del mundo humano: la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Sin embargo, pese a la aceptación de la mayoría, cierto sector de los notables no está del todo de acuerdo con esta resolución, ya que prefiere mantener el status quo de siempre, y en secreto se dedicarán a sabotear el plan.

Por su parte, los atlantes terrestres, que en calidad de híbridos están dispersos entre los humanos, también se manejan con un consejo de notables, uno de los cuales se mantiene en comunicación con un notable de los subacuáticos. Al haber desobedecido al mandato ancestral de no interferencia al mezclarse con los humanos, la relación entre atlantes terrestres y subacuáticos siempre fue muy tensa. A tal punto de que los terrestres tienen que esconderse para no ser capturados y reconvertidos. A ellos también les preocupa la forma en que sus pares del fondo del mar decidan emerger a la superficie, pues de producirse una guerra entre las dos especies (una verdadera guerra mundial), ellos serían los más desfavorecidos por su condición de híbridos.

Así, la película nos mostraría cada paso de los atlantes para tomar contacto con gente de la ONU y, una vez dadas las explicaciones pertinentes, elaborar un plan llamado “Un planeta, dos razas” que establecería las bases de convivencia entre atlantes y humanos. También nos mostraría cómo el sector discordante de los atlantes movería los hilos para hacer fracasar ese plan, intentando sabotear la reunión que se llevaría a cabo entre mandatarios de varios países y notables atlantes.

Con base en todo esto, la segunda película tendría un tono diferente de la primera, porque ya no sería tanto de aventura o exploración sino más bien de acción, espionaje y suspenso, y se enfocaría en más de un personaje. Además, para el final, se podría recurrir a un gancho o cliffhanger: aunque sale todo bien… un meteorito con alta capacidad destructiva se acerca al planeta Tierra.

 

·         Tercera película: todos juntos por el planeta Tierra

Como broche de oro y cerecita sobre el pastel, la película final de la saga se descolgaría con todo: un meteorito se dirige al planeta, con el riesgo de producir efectos devastadores a nivel global, de manera similar al que cayó milenios atrás. Sin embargo, esta vez la Tierra podría tener su revancha contra la amenaza meteórica gracias a la cooperación entre las dos formas de vida más poderosas que la habitan. Esta tercera película pondría a prueba la premisa que sostiene Atlántida revelada: la cooperación y la colaboración mutuas entre todos, sin ninguna clase de distinción. Así, tanto humanos como atlantes subacuáticos y terrestres utilizarán su capacidad armamentística completa contra un enemigo común. Algo un poco al estilo Armaggedon, por lo que fácilmente tendría un tono full apocalíptico o de catástrofe.

Pero además de mostrarnos cómo trabajan en equipo ambas especies, la peli volvería con Héctor, que a modo de Plan B (por si el plan A falla) se aventura a regresar a las ruinas de la Atlántida pues allí hay algo que podría resultar de mucha ayuda. El final de esta película, para mí, es con el que deberían tener el mayor de los cuidados al tratarse del cierre definitivo de la saga, sobre todo en lo que refiere a ciertas conveniencias presentes en la novela. Aunque no dudo de que, con un buen trabajo de escritura, de dirección y de producción, estos aspectos podrían pulirse muy bien para la transposición a las pantallas.

 

Esto es apenas cómo yo armaría una adaptación cinematográfica de Atlántida revelada, y me baso más que nada en mi interpretación de la novela, lo cual quiere decir que no necesariamente es la única ni que, de querer Esteban Corio llevarla a cabo, tenga que ser así. Puede que incluso él tenga otras ideas completamente distintas a las mías, y eso es respetable porque, después de todo, es el autor del libro.

Para ir cerrando y que no se nos haga largo el carrete, espero que hayan disfrutado la lectura y que, más allá de la opinión propia, podamos tener otra perspectiva sobre la relación entre literatura y cine, que es mucho más que una simple adaptación.

 

 

 

 

 

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