martes, 25 de marzo de 2025

Libros que muerden: “La biblioteca del entablado"


Cuando algo desaparece o se pierde bajo ciertas circunstancias, creo que pocas personas se resisten al impulso de buscarlo. Sobre todo, cuando se trata de cosas que poseen un valor que va mucho más allá del monetario. A la inversa, cuando algo misterioso, desconocido o llamativo es encontrado, también se inicia una búsqueda, no tanto para hallar el objeto en sí, sino para encontrar su origen y entender por qué y cómo terminó en el sitio donde fue hallado. 

Un tema que me interesa mucho, especialmente en cuanto a ficción, es el de los libros (o cualquier otro tipo de obra artística) perdidos o censurados. Lo prohibido ejerce bastante atracción, creo, quizá por ello: estar prohibido, que no se puede hacer, no se puede tener, de lo que no se puede hablar. La censura, a su manera, puede ser total o parcial, provocando que algunas partes de tal o cual obra no lleguen hasta el público. Quienes efectúan la censura o la prohibición siempre echan mano de todos los recursos que pueden para justificarla, alegando en la mayoría de los casos que es “por un bien mayor”. Pero muchos no quieren obedecer al mandato. Se resisten porque conocen el contenido de la obra y saben que fue censurada o prohibida porque sus ideas pueden atacar o atacan directamente al status quo; o bien quieren conocer de qué se trata para comprobar por sí mismos si la prohibición está justificada. Si es realmente para tanto.

Uno de los más renombrados escritores de ciencia ficción, Ray Bradbury, publicó Fahrenheit 451, una novela que presenta un futuro distópico en el cual todos los libros, cualquier tipo de libro, se encuentran terminantemente vetados de la sociedad. Todo libro que ande dando vueltas por ahí debe ser destruido. Y ¡ay! de cualquier persona que tenga una biblioteca en su casa y no quiera deshacerse de ella, pues entonces los bomberos le harán una visita… no para apagar un incendio, sino para provocarlo. Porque en esta novela son los bomberos quienes producen los incendios, a pesar de que las casas están fabricadas con materiales ignífugos. Y su misión es ir allí donde haya libros, para quemarlos. Incluso cada hogar dispone de un incinerador, por si de casualidad te topabas con algún tomo indeseado. La historia sigue a Guy Montag, un bombero que se siente medianamente a gusto con su trabajo, hasta que una serie de hechos lo hará cambiar de parecer. Hay un momento donde comete una transgresión: esconde libros, no los quema, lo cual traerá importantes consecuencias para su desarrollo como personaje y también para el resto de la historia.

Por suerte, un futuro como el que plantea Bradbury está lejos de ocurrir. En el peor de los escenarios, lo más probable es que las pantallas ocupen toda la atención humana, y los libros simplemente queden relegados a un mueble, juntando polvo. Nadie se tomaría la molestia de quemarlos. Sin embargo, hubo un tiempo, particularmente en la Argentina, donde corrías un gran peligro si poseías determinados libros. Arriesgabas tu pellejo, tus cosas, tu familia. Y si no te manejabas con cierto cuidado, podía ser el fin.

La mayoría de los países cuenta con una o más fechas determinadas que refieren a episodios traumáticos de su historia. En Argentina, una de esas fecha es el 24 de marzo de 1976, que marcó el inicio de la sexta y última dictadura cívico-militar, la cual todavía hoy, más de cuarenta años después, sigue vigente en la memoria colectiva a través de varios debates. Dentro de todo el rango de temas que existe alrededor de este hecho, yo me voy a centrar en uno: la censura y la prohibición de libros, eje fundamental en la historia de mi primera novela.

No estoy muy segura del momento exacto en el que surgió la idea, pero me parece que fue en el año 2018, mientras cursaba Literatura argentina II en el profesorado. Parte del programa de cátedra era el abordaje de la literatura durante la dictadura, cuando muchos escritores fueron perseguidos por sus ideas. Más de uno fue censurado o prohibido, y prácticamente la mayoría se marcharon al exilio.

Yo quería escribir una novela que hablara sobre un conjunto de libros escondidos debajo del piso entablado de una casa, relatando su rescate, su posterior abandono, y luego su revalorización. Quería que el hilo principal de la trama fuera el misterio de su origen: quién los puso ahí, y por qué. Algo que tenía claro desde el principio era la estructura tripartita, es decir, que la historia y la trama se desenvolverían en tres partes, tres épocas históricas, tres personajes. Cada personaje debía ser representativo de alguno de los múltiples oficios que giran en torno a los libros y la lectura, pues tenía el anhelo de homenajear no sólo a escritores, bibliotecarios y profesores de lengua y literatura, sino también a periodistas, libreros, editores, y más. Así que definí a la tríada de protagonistas a partir de estos oficios. Solo me faltaba el contexto de cada uno, y esto fue lo más difícil al principio, porque no estaba segura de qué línea de tiempo establecerme. Primero, porque ello me obligaba a situarme en uno o dos años determinados del siglo XX, y me preocupaba no poseer el suficiente conocimiento de esos años como para no cometer anacronismos. Me preocupaba el lugar desde el que me situaría como autora para contar la historia, porque sentía que la representación del pasado estaría demasiado influida por mi mirada desde la actualidad. Sumado a que todavía soy una escritora joven y, creo, no lo suficientemente experta como para escribir sobre un tiempo histórico que no viví.

Después de muchas vueltas mentales, decidí encuadrar la historia dentro de los últimos cuarenta años, tomando como punto de inicio los finales de la década del ’70. La dictadura cívico-militar, con su Proceso de Reorganización Nacional, resultó el marco propicio para lo que yo quería contar, y además permitía justificar los elementos principales de la trama. Cuando retomé la escritura de la novela, allá por el verano de 2023-2024, pude terminar de darle forma a mi obra, primero echándole bastante cabeza (es decir, evaluando en mi mente todos los pormenores), y luego escribiendo a conciencia (muchos de los puntos que no tenía del todo resueltos en la pre-escritura se fueron resolviendo en el propio proceso). La experiencia ha sido muy enriquecedora, porque era la primera vez que encaraba un escrito tan extenso, acostumbrada como estoy a la escritura de cuentos. La satisfacción que sentí al completar La biblioteca del entablado fue increíble. Y cuando salió publicada, ni les cuento.

Me propuse que la estructura de la novela no siguiera el tradicional modelo lineal, es decir, contando la historia en orden cronológico. Eso lo tenía pensado también desde el principio: dislocar la narrativa de una forma fragmentaria (un rasgo común en las novelas de la dictadura), recurriendo a otros tipos de texto para ampliarla y enriquecerla: noticia, entrevista, carta, necrológica. De esta manera, me puse a construir un mosaico, donde cada pieza, además de ofrecer nueva información, complementara a las demás. Creo que fue una apuesta arriesgada, porque no siempre es fácil salirse de los moldes, pero me parece que, entre todo, quedó bien. A través de los capítulos se van entretejiendo episodios que abarcan los tres tiempos, brindando nuevos detalles. En varios momentos tuve que pensar y repensar cómo conectar algunos puntos de la trama sin que parecieran forzados (por eso la novela se me hace más difícil que el cuento).

Entre las ideas iniciales, pensé en que los libros escondidos fueran inventados, con nombres ficticios, aunque obviamente inspirados en obras reales. Pero terminé descartando esa idea, porque la mención de libros verdaderos le daría a la novela un anclaje más verosímil, por más que se trate de una ficción. Al fin y al cabo, La biblioteca del entablado no es más que un artificio montado sobre bases verídicas. Y lleno de simbolismos, para variar, que combinan elementos de Fahrenheit 451, de los relatos y testimonios sobre la dictadura, y de diferentes rincones de la literatura.

Entonces, decidí usar los nombres de libros reales para la “colección del entablado”. Y para eso, tuve que documentarme ampliamente. Consulté varias páginas web y algunas bases de datos, pero las dos grandes fuentes de información fueron Un golpe a los libros: represión a la cultura durante la última dictadura militar (2007), de Hernán Invernizzi y Judith Gociol, por un lado, y por otro, Libros que muerden: literatura infantil y juvenil censurada durante la última dictadura cívico-militar 1976-1983, de Gabriela Pesclevi. El primero es fruto de un trabajo documental surgido tras el descubrimiento de un montón de documentos (actas, memos, considerandos, circulares, etc.) redactados por el gobierno de facto, y que estaban arrumbados en el sótano de un ex banco. El segundo es más que nada un catálogo de libros que, como bien lo dice el título, pertenecen a la literatura infantil y juvenil, aunque también abordan otros casos análogos.

Un golpe a los libros es una lectura muy recomendada para quienes quieran conocer cómo se ejercía la represión sobre la cultura, porque

propone que a la desaparición de personas se corresponde el proyecto, también sistemático, de desaparición de símbolos, discursos, imágenes y tradiciones. Si por una parte estaban los campos de concentración, las prisiones y los grupos de tareas; por la otra, se afianzaba una compleja infraestructura de control cultural y educativo: equipos de censura, análisis biográficos, memos de inteligencia, abogados, intelectuales, académicos, planes editoriales, decretos, presupuestos, oficinas… (Invernizzi y Gociol, 2007).

A partir de su investigación sobre los documentos confidenciales olvidados en aquel sótano, los autores explican de qué manera se organizó el gobierno de facto para controlar y moldear la cultura del país. Convencidos de que la lucha contra las guerrillas no se terminaba con la exterminación de las mismas, los militares se proponían eliminar cualquier posible foco de lo que ellos llamaban “captación ideológica” para el marxismo, la subversión y otras yerbas similares. O sea, acabar con el mal de raíz. Definieron como “campo de batalla” el corazón y la mente del pueblo argentino, y como “enemigo” a todo lo que fuera “subversivo”: peronismo, marxismo, socialismo, feminismo y cualquier otra ideología que no coincidiera con los valores que ellos definían como los únicos válidos (Dios, Patria, Familia, y otras cosas). Valiéndose de distintas dependencias estatales y militares (ayudados además por múltiples colaboradores civiles e intelectuales), organizaron una compleja y bien ordenada superestructura que persiguió con todo su yugo a todos aquellos que se desenvolvían dentro del campo de la cultura. Así surgieron las llamadas “listas negras” de escritores, editoriales, librerías, armadas según su nivel de subversión. Muchas prohibiciones salían por decreto, a veces regían en todo el territorio nacional, o bien se daban en una o más provincias.

Otra fuente muy preciada de información fue el ya mencionado catálogo Libros que muerden, que presenta los casos de diversos libros de literatura y juvenil, entre otros, que sufrieron la prohibición o algún tipo de censura. A veces, por ciertas interpretaciones hechas a raíz de los colores (como en Cinco dedos, donde una mano roja vence a otra verde), por denuncias efectuadas generalmente por colegas (como le pasó a Laura Devetach), o a veces por el origen de sus autores (como La tacita azul de Arkadi Gaidar), incluso si ni siquiera son libros de literatura (este es el caso de El niño zurdo, un trabajo pedagógico sobre los niños que escriben con la mano izquierda, o Los grandes maestros soviéticos, un libro sobre ajedrez: cualquier cosa que viniera de la URSS se ganaba enseguida el veto). Ni hablar si se trataba de obras con apellidos de reconocidos íconos peronistas o de izquierda. O de cuentitos donde, por ejemplo, el papá ayudaba a lavar los platos a su hija, o donde un nene plantaba un cuaderno en su patio y le crecía un árbol lleno de cuadernos, los cuales regalaba a sus compañeros de escuela. Hoy podrá parecer extremo, y hasta ridículo, que ciertas cosas que hoy tenemos normalizadas o a las que no juzgamos para nada peligrosas, fueran dignas de censura. Pero hay que entender esto dentro del contexto de su época, y nuestro país no era un caso aislado: alrededor del globo, dos grandes potencias se disputaban el privilegio de imponer su sistema social, económico y político sobre el resto del mundo. Y obviamente, el bloque occidental capitalista echaba mano de todos los recursos posibles para evitar que el enemigo le ganara terreno. Eso, sumado a la creciente ola de violencia política y guerrillera en el territorio, fueron parte del caldo de cultivo para la gestación y desarrollo de la última dictadura cívico-militar en Argentina.

Hoy en día han proliferado los discursos disidentes, emperrados en discutir que no fueron 30.000 desaparecidos o en justificar el terrorismo de Estado porque “los guerrilleros también secuestraban, torturaban y mataban personas”. Y su empeño es por hacer la contra nomás, para joder, pero desde la comodidad y cuasi-anonimato de las pantallas. A mí no me interesa meterme en esos debates. Y si bien me sucede que dudo sobre el relato general que se me ha transmitido particularmente desde la escuela, reconociendo que por mi edad y por mi nula experiencia en un hecho así soy fácilmente manipulable, hay algo que sí tengo en claro: no se puede comparar, en poder y recursos, una organización particular de gente con el Estado. Discutir un número, ya sea diez, veinte, treinta mil, me parece irrelevante: hablamos de personas a las que sacaron de su casa a la fuerza, a las que torturaron, a las que les quitaron sus hijos, a las que ejecutaron a sangre fría y enterraron así nomás o tiraron al río.

Ojalá nadie tenga que vivir algo así para entender lo que fue. Yo no lo viví, ojalá nunca me pase. Pero hay algo que se llama empatía, que estaría bueno aplicar un poco.

Para ir cerrando, quisiera dejarles la lista de los libros que conforman la colección del entablado son los siguientes:

·         Los zapatos voladores, de Margarita Belgrano. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1976.

·         El salón vacío, de Margarita Belgrano. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1978.

·         El peronismo y la Iglesia, de Hugo Gambini. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1971.

·         Cinco dedos, Colectivo Libros para Niños de Berlín. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1975.

·         Ganarse la muerte, de Griselda Gambaro. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1976.

·         Dulce de leche, libro de lectura para cuarto grado de Carlos Joaquín Durán y Noemí Beatriz Tornadú. Buenos Aires: Estrada, 1974.

·         Aire libre de María Elena Walsh. Buenos Aires: Estrada, 1967.

·         Mi amigo el pespir de José Murillo. Buenos Aires: Editorial Guadalupe, 1977.

·         Introducción a la Sociología, de Duilio Biancucci. Buenos Aries: Editorial Guadalupe, 1974.

·         Estudio de la Realidad Social Argentina (E.R.S.A.) Tomo 1, de Elena Roca. Buenos Aires: Kapelusz, 1975.

·         El niño zurdo, de Pierre Kingebiel. Madrid: Kapelusz, 1979.

·         Las edades moderna y contemporánea, de Juan Bustinza y Gabriel Ribas. Buenos Aires: Kapelusz, 1973.

·         El nacimiento, los niños y el amor, de Agnés Rosensthiel. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto.

·         Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto, 1975.

·         Cuentos para chicos traviesos, de Jacques Prévert. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto, 1974.

·         El castillo de los destinos cruzados, de Ítalo Calvino. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto, 1977.

·         La Biblia Latinoamericana, de Ramón Ricciardi y Bernardo Hurault. España: Ediciones Paulinas, 1974.

·         Nuestros muchachos, de Álvaro Yunque. Buenos Aires: Plus Ultra, 1976.

·         El amor sigue siendo niño, de Álvaro Yunque. Buenos Aires: Plus Ultra, 1976.

·         Niños de hoy, de Álvaro Yunque. Buenos Aires: Plus Ultra, 1975.

·         El pueblo que no quería ser gris, de Beatriz Doumerc y Áyax Barnes. Buenos Aires: Rompan Fila, 1975.

·         Cómo se hacen los niños, de Beatriz Doumerc y Áyax Barnes. Buenos Aires: Schapire Editor, 1974.

·         La línea, de Beatriz Doumerc y Áyax Barnes. Buenos Aires: Granica, 1975.

·         Chile no es un cuento, de Augusto Bianco. Buenos Aires: Rompan Fila Ediciones, 1973.

·         El Che Guevara, de Hugo Gambini. Buenos Aires: Paidós, 1968.

·         La razón de mi vida, de Eva Perón. Buenos Aires: Peuser, 1952.

·         La torre de cubos, de Laura Devetach. Buenos Aires: Huemul, 1973.

·         Renacó y los últimos huemules, de José Murillo, en colaboración con Ana María Ramb. Buenos Aires: Ediciones Pespir, 1975.

·         La tacita azul, de Arkadi Gaidar. Moscú: Editorial Progreso, 1974.

·         El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Buenos Aires: Emecé, 1951.

·         Los grandes maestros soviéticos, de Alexander Kolov. Buenos Aires: Editorial Aymi, 1974.

 

 

 

Reseña literaria #15: "Estoy entre dos títulos pero no me decido por ninguno", de Facundo Pistola

 

En este nuevo tomo de cuentos, Severino Camposanto vuelve a las andadas. Logró convencer a su amigo Renato Ortiz de que le financie otro libro porque tiene una enfermedad terminal, y encima le pide que le escriba un prólogo… pero Renato le termina redactando más bien un reclamo por las regalías del libro anterior y por las tomografías que serían la prueba de su supuesta enfermedad terminal, los cuales Severino nunca le envió. Este inicio me resultó bastante divertido, porque da cuenta de la continuidad existente entre este libro y el anterior, Los sollozos del camposanto.  


El narrador vueltero, al que no le importa gastar dos o tres párrafos para decir algo que tranquilamente podría tomar uno, regresa con las pilas recargadas. A veces interrumpe el hilo de la narración para intercalar observaciones sobre la realidad y reflexiones sobre la vida o para proyectar una especie de diálogo con el lector, como si fuera plenamente consciente de su rol como figura discursiva y como si supiera lo que el lector está pensando mientras lee. Hay cuentos, como aquel donde relata cómo conoció a Belén o cuando acompañó a su amigo a la capital, en los que Severino Camposanto se fusiona con la figura del narrador para hablar desde el yo. Tampoco faltan las sutiles intervenciones de Renato Ortiz, ya sea en notas a pie de página, o falsificando la respuesta de un doctor al que Severino le envió una carta en el libro anterior.

El humor, la ironía, el discurso de complicidad con el lector están presentes también. Las distintas historias que se relatan aquí aluden tanto al mundo interior y personal de este alter ego de Facundo Pistola que es Severino, como al mundo exterior, ese que nos rodea todos los días.

No quisiera rizar más el rizo, pero voy a cerrar recomendando ampliamente la lectura de Estoy entre dos títulos pero no me decido por ninguno. Por cierto, ¿cuáles serían esos otros títulos posibles para el libro? Tal vez nunca lo sepamos.

Muchísimas gracias a Facundo Pistola y al equipo de Creativa Servicios por permitirme leer y reseñar este libro. Hace mucho que no publicaba una reseña, pero hace unas semanas arranqué a chambear fuerte en la escuela, y ya saben cómo es la vida de cualquier docente. Sin embargo, tengo muchas ideas y escritos pendientes, así que no pienso abandonar el blog como sucedió el otro año.

Esto ha sido todo por ahora. Espero que hayan pasado un buen fin de semana. ¡Nos leemos pronto!

lunes, 3 de marzo de 2025

[Cuento] "En la corte del rey Durmion"


Unos débiles halos de luz solar cruzan el salón real de punta a punta, iluminándolo. Por delante de las pesadas cortinas color carmín, se alza el trono donde el rey está sentado, esperando. Sus pies apenas sobresalen de la rica túnica celeste. Sobre sus rodillas reposan, entrecruzadas, sus manos. Y su cabeza, levemente inclinada hacia atrás, permite apreciar la corona que representa su potestad y señorío. En su rostro no se reflejan ni hastío ni molestia, ni alegría ni gozo; permanece impasible mientras aguarda a que se acerquen los súbditos con sus peticiones.

Dos sirvientes fieles e intachables presiden al rey. Se encargan de indicar a los peticionantes cuándo pueden usar la palabra y cuándo deben guardar silencio.

El primer sirviente se adelanta, y con un gesto de su mano derecha, indica a la mujer que está al frente de la fila que se acerque. Se trata de una campesina robusta, con un vestido azul cuyos remiendos se disimulan en la amplia falda. Por debajo de su cofia le cuelgan dos gruesas trenzas rubias. Cuando ella llega a la línea imaginaria trazada entre los dos sirvientes, se detiene.

—Inclinaos ante su Majestad —exige el segundo sirviente, señalando respetuosamente al rey.

La señora se apresta a cumplir la orden. Las trenzas parecen dos enormes espigas de trigo que están por tocar el piso cuando ella se inclina.

—¿Cuál es tu petición, súbdita del reino de Durmion? —pregunta el primer sirviente con voz de portento, sacando pecho.

Los ojos enormes de la mujer se levantan, suplicantes, hacia el rey, y bajan antes de pronunciar su pedido.

—Su Majestad —dice la campesina—, una tormenta terrible se ha desatado sobre mi casa, y ha destruido parte de su techo. No tenemos recursos suficientes para arreglarlo, pero si su Majestad nos ayuda, le recompensaremos con una parte de la próxima cosecha.

Cuando ella termina de hablar, el primer sirviente le indica, con la mano izquierda, que permanezca en silencio. Al mismo tiempo que el segundo sirviente, dirige su mirada hacia el rey Durmion, quien parece evaluar profundamente la solicitud de la dama de las trenzas. Finalmente, inclina la cabeza hacia adelante.

Los dos sirvientes vuelven a sus posiciones.

—Tu petición ha sido: concedida. Puedes retirarte en paz.

Conteniendo un salto de alegría, la mujer exclama “¡Muchas gracias!” y se va.

—Que pase el siguiente —anuncia el segundo sirviente.

El próximo en acercarse es un hombre robusto, cubierto con una piel de oso, que carga un saco rojo con una extraña inscripción en él. Entre la cabeza de oso que le tapa la frente y el cráneo, y la espesa barba que le tapa la boca y la barbilla, sólo se puede distinguir el brillo en sus ojos oscuros, por encima de una prominente nariz. Tenía un andar pesado como el de un verdadero gigante del bosque.

Repitiendo el mismo protocolo que con la solicitante anterior, el sujeto de aspecto salvaje se detiene justo en el límite invisible trazado por los sirvientes.

—Inclinaos ante su Majestad —exige el primer sirviente.

El peludo visitante deja un momento el saco rojo sobre el suelo, y se inclina con dificultad por su culpa de su prominente barriga.

—¿Cuál es tu petición, súbdito del reino de Durmion? —pregunta el segundo sirviente, mientras lo mira con recelo.

La voz del tipo con la piel de oso retumba en el salón.

—Gran rey Durmion, he venido a avisar que una enorme bestia de cuatro patas, afilados colmillos y mirada asesina está asolando los hermosos bosques de su reino. Asusta y devora a los animales, y eso produce que los cazadores vuelvan con las manos vacías a sus casas. Yo me ofrezco a acabar con tan terrible monstruo, ya lo he enfrentado una vez, pero ha resultado ser demasiado fuerte para mí solo. Si su Majestad me provee de hombres bien pertrechados, de seguro podremos vencerlo, y nuestra victoria será en Vuestro nombre; así también, le traeremos la cabeza del susodicho monstruo.

El segundo sirviente alza levemente su mano izquierda para anunciar el momento del silencio, y en sincronía con el primer sirviente, se gira para mirar hacia el rey. Este no se tarda mucho en su deliberación: de inmediato inclina su cabeza, aprobando la solicitud del hombre-oso.

—Tu petición ha sido: concedida —. Anunció el segundo sirviente—. Todo lo que necesites para tu empresa te será entregado mañana a primera hora. Puedes retirarte tranquilo.

Con un vuelo casi elegante de su capa de piel, el cazador se retiró, exhibiendo una mirada casi triunfal que resaltaba el brillo en sus ojos negros. Cuando hubo desaparecido por la puerta, el primer sirviente tomó la palabra:

—Que pase el siguiente.

Ante los dos sirvientes se presenta una dama con el vestido más elegante que todos en el salón del trono hayan visto. De un color púrpura intenso, emite destellos cada vez que es alcanzado por uno de los haces de luz. Sus zapatos charolados e impecables producen un simpático taconeo a medida que avanza hacia las escalinatas del trono. No dejan de llamar la atención su tez bronceada, que resalta con el maquillaje, y sus ondulados cabellos peinados con esmero que le llegan hasta la cintura. Con el porte y la soberbia de una prrincesa, se detiene ante los sirvientes y responde automáticamente a las normas de etiqueta. Apenas el primer sirviente acaba de formular la pregunta de rigor, ella responde sin titubeos:

—Estimado y Excelentísimo rey Durmion. Me presento personalmente para extender a usted y a su destacada corte una invitación a tomar el té, en una velada que mi familia piensa celebrar en honor de su Majestad. Nos alegraría muchísimo que pudiera asistir.

Ya los sirvientes se giran para continuar con el protocolo, pero el rey no tiene tiempo de deliberar en silencio la invitación, porque de repente dos voces extrañas irrumpen en el salón del trono. ¡Son las Hechiceras! Ellas entran sin pedir permiso, poderosas, orgullosas y altas vuelan en círculos alrededor de los presentes, exclamando órdenes y haciendo flamear las cortinas. Todo es confusión en el trono del rey Durmion: este se yergue sin previo aviso, abre la boca pero en vez de proferir gritos dando órdenes, la abertura de sus labios se expande más y más formando un hueco oscuro… pronto es un agujero que ocupa toda su cabeza hasta convertirse en un agujero negro, y el rey inhala, inhala en un viento tan fuerte que todo, desde los sirvientes, la dama, las cortinas, las paredes del salón, ladrillo por ladrillo, es succionado hacia la negrura sin fondo instalada en la garganta del rey Durmion…

 

 

—¡A ver, vamos juntando que en un rato comemos!

En realidad, faltaban por lo menos quince minutos para la cena, pero la madre prefería azuzarlos con tiempo para no estar a último momento llamando cincuenta veces a los chicos para comer, y evitar que estos guardaran todo así nomas en el apuro. A la cuñada le dio un poco de lástima: ¡se veían tan lindos jugando con Eduardo!

En lo que el tío Eduardo terminaba de bostezar y desperezarse, los chicos ya habían llevado la muñeca de trapo a su casita, a la que le faltaba un pedazo de techo porque alguien le pegó un codazo sin querer; el oso de peluche con el corazón que decía “Te quiero” fue a parar al sillón doble, frente a la puerta balcón que daba al patio, desde donde el perro lo miraba con expresión hambrienta; y la muñeca talla especial que le habían regalado a la hermanita menor para Navidad volvió a la habitación que le correspondía.

—Me alegra que puedan echar a volar la imaginación con lo que tienen a mano, sin tanta pantalla de por medio —comentó la madre a su cuñada—, sino siempre están metidos jugando a esos juegos raros de fantasía medieval y qué sé yo.

—También es bueno que pasen tiempo jugando con sus familiares —agregó la cuñada— ¿no es cierto, Eduardo?

Con la corona de cartón de una famosa hamburguesería puesta todavía sobre la cabeza, Eduardo las miraba soñoliento. Asintió por simple inercia.

Había despertado de un sueño demasiado extraño.   

Empecemos por acá

Bienvenid@s

  Buenos días/tardes/noches, según cuándo estén leyendo esto. Quisiera darles la bienvenida a mi pequeño y humilde blog, este diminuto aster...