Cuando algo desaparece
o se pierde bajo ciertas circunstancias, creo que pocas personas se resisten al
impulso de buscarlo. Sobre todo, cuando se trata de cosas que poseen un valor
que va mucho más allá del monetario. A la inversa, cuando algo misterioso,
desconocido o llamativo es encontrado, también se inicia una búsqueda, no tanto
para hallar el objeto en sí, sino para encontrar su origen y entender por qué y
cómo terminó en el sitio donde fue hallado.
Un tema que me
interesa mucho, especialmente en cuanto a ficción, es el de los libros (o
cualquier otro tipo de obra artística) perdidos o censurados. Lo prohibido
ejerce bastante atracción, creo, quizá por ello: estar prohibido, que no
se puede hacer, no se puede tener, de lo que no se puede hablar. La censura, a
su manera, puede ser total o parcial, provocando que algunas partes de tal o
cual obra no lleguen hasta el público. Quienes efectúan la censura o la
prohibición siempre echan mano de todos los recursos que pueden para
justificarla, alegando en la mayoría de los casos que es “por un bien mayor”. Pero
muchos no quieren obedecer al mandato. Se resisten porque conocen el contenido
de la obra y saben que fue censurada o prohibida porque sus ideas pueden atacar
o atacan directamente al status quo; o bien quieren conocer de qué se
trata para comprobar por sí mismos si la prohibición está justificada. Si es
realmente para tanto.
Uno de los más
renombrados escritores de ciencia ficción, Ray Bradbury, publicó Fahrenheit
451, una novela que presenta un futuro distópico en el cual todos
los libros, cualquier tipo de libro, se encuentran terminantemente vetados de
la sociedad. Todo libro que ande dando vueltas por ahí debe ser destruido. Y
¡ay! de cualquier persona que tenga una biblioteca en su casa y no quiera
deshacerse de ella, pues entonces los bomberos le harán una visita… no para
apagar un incendio, sino para provocarlo. Porque en esta novela son los
bomberos quienes producen los incendios, a pesar de que las casas están
fabricadas con materiales ignífugos. Y su misión es ir allí donde haya libros,
para quemarlos. Incluso cada hogar dispone de un incinerador, por si de
casualidad te topabas con algún tomo indeseado. La historia sigue a Guy Montag,
un bombero que se siente medianamente a gusto con su trabajo, hasta que una
serie de hechos lo hará cambiar de parecer. Hay un momento donde comete una
transgresión: esconde libros, no los quema, lo cual traerá importantes
consecuencias para su desarrollo como personaje y también para el resto de la
historia.
Por suerte, un
futuro como el que plantea Bradbury está lejos de ocurrir. En el peor de los
escenarios, lo más probable es que las pantallas ocupen toda la atención
humana, y los libros simplemente queden relegados a un mueble, juntando polvo.
Nadie se tomaría la molestia de quemarlos. Sin embargo, hubo un tiempo,
particularmente en la Argentina, donde corrías un gran peligro si poseías determinados
libros. Arriesgabas tu pellejo, tus cosas, tu familia. Y si no te manejabas
con cierto cuidado, podía ser el fin.
La mayoría de
los países cuenta con una o más fechas determinadas que refieren a episodios
traumáticos de su historia. En Argentina, una de esas fecha es el 24 de marzo
de 1976, que marcó el inicio de la sexta y última dictadura cívico-militar, la
cual todavía hoy, más de cuarenta años después, sigue vigente en la memoria
colectiva a través de varios debates. Dentro de todo el rango de temas que
existe alrededor de este hecho, yo me voy a centrar en uno: la censura y la
prohibición de libros, eje fundamental en la historia de mi primera novela.
No estoy muy
segura del momento exacto en el que surgió la idea, pero me parece que fue en
el año 2018, mientras cursaba Literatura argentina II en el profesorado. Parte
del programa de cátedra era el abordaje de la literatura durante la dictadura, cuando
muchos escritores fueron perseguidos por sus ideas. Más de uno fue censurado o
prohibido, y prácticamente la mayoría se marcharon al exilio.
Yo quería
escribir una novela que hablara sobre un conjunto de libros escondidos debajo
del piso entablado de una casa, relatando su rescate, su posterior abandono, y
luego su revalorización. Quería que el hilo principal de la trama fuera el
misterio de su origen: quién los puso ahí, y por qué. Algo que tenía claro
desde el principio era la estructura tripartita, es decir, que la historia y la
trama se desenvolverían en tres partes, tres épocas históricas, tres
personajes. Cada personaje debía ser representativo de alguno de los múltiples
oficios que giran en torno a los libros y la lectura, pues tenía el anhelo de
homenajear no sólo a escritores, bibliotecarios y profesores de lengua y
literatura, sino también a periodistas, libreros, editores, y más. Así que
definí a la tríada de protagonistas a partir de estos oficios. Solo me faltaba
el contexto de cada uno, y esto fue lo más difícil al principio, porque no
estaba segura de qué línea de tiempo establecerme. Primero, porque ello me
obligaba a situarme en uno o dos años determinados del siglo XX, y me preocupaba
no poseer el suficiente conocimiento de esos años como para no cometer
anacronismos. Me preocupaba el lugar desde el que me situaría como autora para
contar la historia, porque sentía que la representación del pasado estaría
demasiado influida por mi mirada desde la actualidad. Sumado a que todavía soy
una escritora joven y, creo, no lo suficientemente experta como para escribir
sobre un tiempo histórico que no viví.
Después de
muchas vueltas mentales, decidí encuadrar la historia dentro de los últimos
cuarenta años, tomando como punto de inicio los finales de la década del ’70.
La dictadura cívico-militar, con su Proceso de Reorganización Nacional, resultó
el marco propicio para lo que yo quería contar, y además permitía justificar
los elementos principales de la trama. Cuando retomé la escritura de la novela,
allá por el verano de 2023-2024, pude terminar de darle forma a mi obra,
primero echándole bastante cabeza (es decir, evaluando en mi mente todos los
pormenores), y luego escribiendo a conciencia (muchos de los puntos que no
tenía del todo resueltos en la pre-escritura se fueron resolviendo en el propio
proceso). La experiencia ha sido muy enriquecedora, porque era la primera vez
que encaraba un escrito tan extenso, acostumbrada como estoy a la escritura de
cuentos. La satisfacción que sentí al completar La biblioteca del entablado
fue increíble. Y cuando salió publicada, ni les cuento.
Me propuse que
la estructura de la novela no siguiera el tradicional modelo lineal, es decir,
contando la historia en orden cronológico. Eso lo tenía pensado también desde
el principio: dislocar la narrativa de una forma fragmentaria (un rasgo común
en las novelas de la dictadura), recurriendo a otros tipos de texto para
ampliarla y enriquecerla: noticia, entrevista, carta, necrológica. De esta
manera, me puse a construir un mosaico, donde cada pieza, además de ofrecer
nueva información, complementara a las demás. Creo que fue una apuesta
arriesgada, porque no siempre es fácil salirse de los moldes, pero me parece
que, entre todo, quedó bien. A través de los capítulos se van entretejiendo
episodios que abarcan los tres tiempos, brindando nuevos detalles. En varios
momentos tuve que pensar y repensar cómo conectar algunos puntos de la trama
sin que parecieran forzados (por eso la novela se me hace más difícil que el
cuento).
Entre las ideas
iniciales, pensé en que los libros escondidos fueran inventados, con nombres
ficticios, aunque obviamente inspirados en obras reales. Pero terminé
descartando esa idea, porque la mención de libros verdaderos le daría a la
novela un anclaje más verosímil, por más que se trate de una ficción. Al fin y
al cabo, La biblioteca del entablado no es más que un artificio montado
sobre bases verídicas. Y lleno de simbolismos, para variar, que combinan
elementos de Fahrenheit 451, de los relatos y testimonios sobre la
dictadura, y de diferentes rincones de la literatura.
Entonces,
decidí usar los nombres de libros reales para la “colección del entablado”. Y
para eso, tuve que documentarme ampliamente. Consulté varias páginas web y
algunas bases de datos, pero las dos grandes fuentes de información fueron Un
golpe a los libros: represión a la cultura durante la última dictadura militar (2007),
de Hernán Invernizzi y Judith Gociol, por un lado, y por otro, Libros que
muerden: literatura infantil y juvenil censurada durante la última dictadura
cívico-militar 1976-1983, de Gabriela Pesclevi. El primero es fruto de un
trabajo documental surgido tras el descubrimiento de un montón de documentos
(actas, memos, considerandos, circulares, etc.) redactados por el gobierno de
facto, y que estaban arrumbados en el sótano de un ex banco. El segundo es más
que nada un catálogo de libros que, como bien lo dice el título, pertenecen a
la literatura infantil y juvenil, aunque también abordan otros casos análogos.
Un golpe a
los libros es una lectura muy recomendada para quienes quieran conocer cómo
se ejercía la represión sobre la cultura, porque
propone que a la desaparición de
personas se corresponde el proyecto, también sistemático, de desaparición de
símbolos, discursos, imágenes y tradiciones. Si por una parte estaban los
campos de concentración, las prisiones y los grupos de tareas; por la otra, se
afianzaba una compleja infraestructura de control cultural y educativo: equipos
de censura, análisis biográficos, memos de inteligencia, abogados,
intelectuales, académicos, planes editoriales, decretos, presupuestos,
oficinas… (Invernizzi y Gociol, 2007).
A partir de su
investigación sobre los documentos confidenciales olvidados en aquel sótano,
los autores explican de qué manera se organizó el gobierno de facto para
controlar y moldear la cultura del país. Convencidos de que la lucha contra las
guerrillas no se terminaba con la exterminación de las mismas, los militares se
proponían eliminar cualquier posible foco de lo que ellos llamaban “captación
ideológica” para el marxismo, la subversión y otras yerbas similares. O sea,
acabar con el mal de raíz. Definieron como “campo de batalla” el corazón y la
mente del pueblo argentino, y como “enemigo” a todo lo que fuera “subversivo”:
peronismo, marxismo, socialismo, feminismo y cualquier otra ideología que no
coincidiera con los valores que ellos definían como los únicos válidos (Dios,
Patria, Familia, y otras cosas). Valiéndose de distintas dependencias estatales
y militares (ayudados además por múltiples colaboradores civiles e
intelectuales), organizaron una compleja y bien ordenada superestructura que
persiguió con todo su yugo a todos aquellos que se desenvolvían dentro del
campo de la cultura. Así surgieron las llamadas “listas negras” de escritores,
editoriales, librerías, armadas según su nivel de subversión. Muchas
prohibiciones salían por decreto, a veces regían en todo el territorio
nacional, o bien se daban en una o más provincias.
Otra fuente muy
preciada de información fue el ya mencionado catálogo Libros que muerden,
que presenta los casos de diversos libros de literatura y juvenil, entre otros,
que sufrieron la prohibición o algún tipo de censura. A veces, por ciertas
interpretaciones hechas a raíz de los colores (como en Cinco dedos,
donde una mano roja vence a otra verde), por denuncias efectuadas generalmente
por colegas (como le pasó a Laura Devetach), o a veces por el origen de sus
autores (como La tacita azul de Arkadi Gaidar), incluso si ni siquiera
son libros de literatura (este es el caso de El niño zurdo, un trabajo
pedagógico sobre los niños que escriben con la mano izquierda, o Los grandes
maestros soviéticos, un libro sobre ajedrez: cualquier cosa que viniera de
la URSS se ganaba enseguida el veto). Ni hablar si se trataba de obras con
apellidos de reconocidos íconos peronistas o de izquierda. O de cuentitos
donde, por ejemplo, el papá ayudaba a lavar los platos a su hija, o donde un
nene plantaba un cuaderno en su patio y le crecía un árbol lleno de cuadernos,
los cuales regalaba a sus compañeros de escuela. Hoy podrá parecer extremo, y
hasta ridículo, que ciertas cosas que hoy tenemos normalizadas o a las que no
juzgamos para nada peligrosas, fueran dignas de censura. Pero hay que entender
esto dentro del contexto de su época, y nuestro país no era un caso aislado:
alrededor del globo, dos grandes potencias se disputaban el privilegio de imponer
su sistema social, económico y político sobre el resto del mundo. Y obviamente,
el bloque occidental capitalista echaba mano de todos los recursos posibles
para evitar que el enemigo le ganara terreno. Eso, sumado a la creciente ola de
violencia política y guerrillera en el territorio, fueron parte del caldo de
cultivo para la gestación y desarrollo de la última dictadura cívico-militar en
Argentina.
Hoy en día han
proliferado los discursos disidentes, emperrados en discutir que no fueron 30.000
desaparecidos o en justificar el terrorismo de Estado porque “los guerrilleros
también secuestraban, torturaban y mataban personas”. Y su empeño es por hacer
la contra nomás, para joder, pero desde la comodidad y cuasi-anonimato de las
pantallas. A mí no me interesa meterme en esos debates. Y si bien me sucede que
dudo sobre el relato general que se me ha transmitido particularmente desde la
escuela, reconociendo que por mi edad y por mi nula experiencia en un hecho así
soy fácilmente manipulable, hay algo que sí tengo en claro: no se puede
comparar, en poder y recursos, una organización particular de gente con el
Estado. Discutir un número, ya sea diez, veinte, treinta mil, me parece irrelevante:
hablamos de personas a las que sacaron de su casa a la fuerza, a las que
torturaron, a las que les quitaron sus hijos, a las que ejecutaron a sangre
fría y enterraron así nomás o tiraron al río.
Ojalá nadie
tenga que vivir algo así para entender lo que fue. Yo no lo viví, ojalá nunca
me pase. Pero hay algo que se llama empatía, que estaría bueno aplicar un poco.
Para ir
cerrando, quisiera dejarles la lista de los libros que conforman la colección
del entablado son los siguientes:
·
Los zapatos voladores, de Margarita
Belgrano. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1976.
·
El salón vacío, de Margarita Belgrano. Buenos
Aires: Centro Editor de América Latina, 1978.
·
El peronismo y la Iglesia, de Hugo
Gambini. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1971.
·
Cinco dedos, Colectivo Libros para Niños
de Berlín. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1975.
·
Ganarse la muerte, de Griselda
Gambaro. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1976.
·
Dulce de leche, libro de lectura para cuarto
grado de Carlos Joaquín Durán y Noemí Beatriz Tornadú. Buenos Aires:
Estrada, 1974.
·
Aire libre de María Elena Walsh. Buenos
Aires: Estrada, 1967.
·
Mi amigo el pespir de José Murillo. Buenos
Aires: Editorial Guadalupe, 1977.
·
Introducción a la Sociología, de Duilio
Biancucci. Buenos Aries: Editorial Guadalupe, 1974.
·
Estudio de la Realidad Social Argentina
(E.R.S.A.) Tomo 1, de Elena Roca. Buenos Aires: Kapelusz, 1975.
·
El niño zurdo, de Pierre Kingebiel. Madrid:
Kapelusz, 1979.
·
Las edades moderna y contemporánea, de
Juan Bustinza y Gabriel Ribas. Buenos Aires: Kapelusz, 1973.
·
El nacimiento, los niños y el amor, de
Agnés Rosensthiel. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto.
·
Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa
Bornemann. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto, 1975.
·
Cuentos para chicos traviesos, de Jacques
Prévert. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto, 1974.
·
El castillo de los destinos cruzados, de
Ítalo Calvino. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto, 1977.
·
La Biblia Latinoamericana, de Ramón
Ricciardi y Bernardo Hurault. España: Ediciones Paulinas, 1974.
·
Nuestros muchachos, de Álvaro Yunque.
Buenos Aires: Plus Ultra, 1976.
·
El amor sigue siendo niño, de Álvaro
Yunque. Buenos Aires: Plus Ultra, 1976.
·
Niños de hoy, de Álvaro Yunque. Buenos
Aires: Plus Ultra, 1975.
·
El pueblo que no quería ser gris, de
Beatriz Doumerc y Áyax Barnes. Buenos Aires: Rompan Fila, 1975.
·
Cómo se hacen los niños, de Beatriz
Doumerc y Áyax Barnes. Buenos Aires: Schapire Editor, 1974.
·
La línea, de Beatriz Doumerc y Áyax
Barnes. Buenos Aires: Granica, 1975.
·
Chile no es un cuento, de Augusto Bianco.
Buenos Aires: Rompan Fila Ediciones, 1973.
·
El Che Guevara, de Hugo Gambini. Buenos Aires:
Paidós, 1968.
·
La razón de mi vida, de Eva Perón. Buenos
Aires: Peuser, 1952.
·
La torre de cubos, de Laura Devetach. Buenos
Aires: Huemul, 1973.
·
Renacó y los últimos huemules, de José
Murillo, en colaboración con Ana María Ramb. Buenos Aires: Ediciones Pespir,
1975.
·
La tacita azul, de Arkadi Gaidar. Moscú:
Editorial Progreso, 1974.
·
El Principito, de Antoine de
Saint-Exupéry. Buenos Aires: Emecé, 1951.
·
Los grandes maestros soviéticos, de
Alexander Kolov. Buenos Aires: Editorial Aymi, 1974.


