domingo, 15 de septiembre de 2024

Reseña Literaria del Domingo #5: "Rueda", de Iván Quinteros

 


No sé por qué mi primera impresión de este libro fue que era de poesía, pero tuve la sorpresa de encontrarme con un libro de cuentos.

Acá encontraremos relatos con dinamismo y simplicidad, y con historias que poseen un marcado componente humano, centrado en temas como el dinero, la venganza, el amor, el heroísmo, la delincuencia. Es un libro de lectura ágil, pero que no te deja del todo indiferente, porque representa situaciones con las que te podés sentir identificado en algunos casos, o realidades con las que no estamos familiarizados.

Creo que algo a destacar es el desarrollo de los vínculos, de las relaciones entre las personas.

Como una rueda, justamente, a veces las relaciones pueden girar en torno a la violencia, aun tratándose de familiares, de modo que se repiten ciclos (“El rumor”); o relaciones familiares distantes pero cercanas a la vez (“Sin garantía”).

O son ciclos que cortan un tiempo y luego comienzan de nuevo, como en “Padre e hijo”. A veces, la rueda puede dar un giro brusco, como en “El destino de Ernesto” o “Los bailarines” (acá se dan varios giros, de hecho).

Uno de mis cuentos favoritos fue “El dinero y la felicidad”, donde el eje, lo que va relacionando a un personaje con otro, es un bolso con plata, y es un eje que se mantiene igual, aunque le cambien la rueda, hasta que alguien se aviva de cambiar el eje.

“Ojos de gato” es un ejemplo de cómo el mal que hacemos nos vuelve, y no queda sin consecuencias -aunque ahí ya no habría una rueda sino boomerang-.

Finalmente nos encontramos con el cuento homónimo, el que le da título al libro: “Rueda”, y me parece que simboliza la rueda de la vida, que a veces más que rueda es como un engranaje, y uno que está hecho para encajar en otro lado.

Muchas gracias a Iván Quinteros y a Creativa Servicios por darme la oportunidad de leer y reseñar este libro.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

Reseña del Domingo #4: "Dentro de la sociedad panóptica", de Antonella Pizzo


 

“Todos los usuarios son responsables de la dinámica que se da en las redes sociales. Comienza con el tipo de uso que les damos como consumidores y termina con los grupos que, en masa, potencian aquello que luego repudiamos. A la culpa la posicionamos en las redes, pero las redes somos todos. Las plataformas no tienen vida propia, los usuarios se la damos y les proporcionamos el significado que queremos que tengan. Si hoy son protagonistas es porque las consumimos como tal. Las redes sociales no serían lo que son si no hubiese personas alimentándolas de lo que hoy representan.”

Me quedo con esta cita porque me parece que representa y resume en gran medida el tema del libro. Muchas veces he escuchado que se responsabiliza a los objetos, los dispositivos, de cosas que más que nada son responsabilidad de los usuarios, las personas. Y si las redes están como están, más allá de los algoritmos, es porque las personas las vuelven así.

En este libro, la autora aborda, desde una mirada analítica y filosófica, cómo es moverse y convivir dentro de la “sociedad panóptica”, en la que todo el tiempo somos observados. Así, va pasando sobre los principales problemas y cuestiones que atraviesan la vida en internet: la sobreexposición de uno mismo en las plataformas, las apariencias de éxito, la negatividad y la positividad, el odio, la masificación, la pérdida de individualidad, la cultura de la cancelación.

Me parece una lectura super recomendable y necesaria como para desautomatizarnos un poco de nuestra vida digital, tomar algo de distancia de ella para verla críticamente, y reflexionar sobre cómo influye todo esto en nuestra vida en general.

Muchas gracias a Antonella Pizzo y a Creativa Servicios por permitirme leer y reseñar este libro.

martes, 9 de julio de 2024

Reseña Literaria del (post) Domingo #3

 


Reseña: El misterio del estrella rosa, de Olivia Shane

(Hoy es martes 9 de julio, Día de la independencia en Argentina, y como no llegué a tener lista la reseña para el domingo pasado, la publico hoy. ¡Feliz día de la independencia!)

Esta es una novela policial y romántica a partes iguales, aunque quizá más romántica que policial. La historia nos presenta a Aaron, un policía que trabaja de encubierto en un teatro, y a Rebeca, una periodista que va a entrevistar a un joven músico que se presentará en ese mismo teatro. Tras el descubrimiento del cadáver del mánager del músico, asesinado de una puñalada, ambos protagonistas se verán envueltos en una investigación que los conectará con un caso no resuelto de hacia veinte atrás: el homicidio de la vicepresidenta de un importante banco. Lo que conecta estos dos casos es la forma de la herida dejada por el arma homicida.

El relato divide la narración en primera persona entre Aaron y Rebeca, lo que nos permite conocer no solo sus puntos de vista sobre los hechos, sino también conocer el trasfondo de cada uno.

Hasta un poco más de la mitad de la novela, la trama policial avanza más despacio con respecto a la romántica. Primero porque, lógicamente, hallar pruebas y conseguir testimonios de los testigos (en especial del primer homicidio) toma su tiempo. Y segundo, porque desde el primer momento en que Aaron y Rebeca se ven, se produce entre ellos una atracción tan fuerte que muchas veces los hace perder el foco en la investigación. Sumado a que cierto incidente los lleva a pasar mucho más tiempo juntos, es una hoguera próxima a estallar. Cuando sus respectivos jefes los presionan por resultados, ahí es cuando se ponen las pilas de verdad.

A partir de ahí se acercan rápidamente a la resolución del misterio, sobre todo cuando se concentran en una pista clave de la escena del crimen. El final es adecuado, a pesar de lo apresurado, pero para la historia es un buen cierre.

En resumen, me parece una buena novela; las ganas de saber cómo se conectan ambos homicidios y quién es el culpable te mantienen leyendo.


domingo, 9 de junio de 2024

Reseña Literaria del Domingo #2

 

Reseña: No es el Aleph, de Gustavo Fiumano

 

Lo que me llevó a elegir este libro fue justamente su título, porque enseguida lo relacioné con Borges, y estaba ansiosa por saber de qué manera el cuento insignia de este libro se relacionaba con el concepto borgeano. A pesar de que fue para un lado diferente del que planteaban mis expectativas, me gustó mucho porque lo que se compara con el Aleph en ese cuento es un aparatito que, en cierta forma, se le parece mucho.

En cuanto a temática, a lo largo de la lectura paseamos por diversos temas y géneros, con un equilibrio entre situaciones cotidianas y elementos fantásticos. Por otro lado, es una obra con mucha argentinidad, porque está atravesada por los grandes temas argentinos: el fútbol, la política y las caras bonitas.

Además, está escrito de forma simple, llevadera, y vas saltando de un cuento a otro sin problemas. Abundan personajes totalmente humanos que viven todo tipo de situaciones o se cuestionan cosas propias de nuestro tiempo, como nuestra relación con la tecnología.

Entre mis cuentos favoritos podría mencionar “El cuaderno”, “Bucle”, “No es el Aleph”, “Desde adentro”, “La historia de un cuento”, como los principales.

 Muchas gracias a Gustavo Fiumano y al equipo de @creativaservicios en Instagram por permitirme leer y reseñar este libro. 



domingo, 26 de mayo de 2024

Reseña Literaria del Domingo #1

 


Reseña: Crimen en clave claytrónica, de Esteban Corio

 

Sinopsis:

“Para el lector que por primera vez se acerca al género: este libro de relatos le permitirá sumergirse en los aspectos más atrapantes de la ciencia ficción, de manera dinámica y sin tener que recorrer cientos de páginas a través de una trama que puede resultarle demasiado agotadora en su debut en este género. A manera de degustación preliminar de un gran banquete, esta obra le acerca los ingredientes más usados y hará que se familiarice con ellos, para luego encarar lecturas de más extensión.

Para el lector usual del género, este libro le acercará a conceptos SciFi que tal vez no conozca o no haya leído aún y le permitirá entonces elegir sus próximas novelas largas que estén relacionadas con esos conceptos.”

 

Tal como dice en la sinopsis, este es un libro pensado para lectores principiantes de la ciencia ficción. Por ello, los cuentos que vamos a encontrar aquí son sencillos, de lectura ágil, y cuyo tema principal está a la vista. Algunos parecen pequeñas novelas ultra-comprimidas, y dan ganas de conocer más sobre el mundo y sus personajes.

La ciencia ficción como género tiene temas propios, y en el libro esos temas están combinados con otros temas, y presentan una variedad de escenarios, personajes y tramas.

Comenzando por historias policiales donde la tecnología tiene un enorme peso, como en “La testigo” y “Crimen en clave claytrónica”.

O historias que nos presentan futuros ideales en los que realizar una carrera de senderismo se puede volver mucho más fácil, pero con un sistema vulnerable a alteraciones (“Misión 2057”) o un futuro postapocalíptico en el que la tierra fue arrasada por una raza extraterrestre, y los humanos sobrevivientes vuelven para redescubrir placeres perdidos (“Un sorbo del pasado”).

En “La caverna”, dos exploradores se encuentran con una nave espacial en lo profundo de una gruta, y eso los llevará a tomar contacto con una especie muy avanzada… con consecuencias inesperadas.

Y, finalmente, en “Un gran amigo”, un joven entabla amistad con un gigante, quien le ayuda a escapar mandándolo al futuro cuando los romanos invaden su aldea, a donde termina volviendo en busca de venganza por la muerte de sus padres.

Cada cuento viene con una ilustración que representa las escenas principales del mismo. Además, están narrados en tercera persona, pero de vez en cuando se cambia el punto de vista de los personajes si la historia lo requiere. Por otro lado, a modo de pequeñas novelitas, los relatos están divididos en mini capítulos, lo que va organizando los hechos de forma más clara.

Un detalle que me llama la atención es con los diálogos: veo que hay una mezcla entre voseo y tuteo, es decir, se usan las formas verbales del tú y del vos indistintamente. Entiendo que las historias se desarrollan en distintos lugares del mundo (Rosario, Tokio, Vietnam, etc.), pero esto me resulta un poco chocante. Hay una especie de estilo muy neutro en el modo en que los personajes se expresan, como si faltara un poco más de impresión de personalidad en cada diálogo.

Sin embargo, este detalle no imposibilita disfrutar de cada cuento. Y para quienes quieran empezar a leer ciencia ficción, me parece un libro muy recomendable.

Espero tener la oportunidad de leer más libros de Esteban Corio en el futuro.

Pueden seguir al autor en Instagram: @esteban.escritor. Y a @creativaservicios, donde pueden conocer a más autores y autoras independientes.

 

lunes, 16 de octubre de 2023

Bibliotecas 2: Biblioteca incompleta

 


Bibliotecas 2: Biblioteca incompleta

 

En el libro “Bibliotecas”, Selva Almada cuenta esta curiosa anécdota:

Aunque sea canchero entre los escritores robar libros de librerías o de otras bibliotecas, confieso que nunca hurté un libro, o, mejor dicho, solo uno, una sola vez. La piel de caballo, de Ricardo Zelarayán. Me lo prestó un viejo amigo y fue una lectura fundamental y reveladora. Así que me lo fui quedando. Él también quería mucho ese libro y a su autor y lo había robado de una biblioteca de pueblo: en la primera página estaba el sello delator. Así que para mis adentros me excusaba con aquello de quien roba a un ladrón…

 

Hasta donde yo tengo uso de razón, no creo haber robado nunca un libro. Pero sí tengo un caso parecido como el que cuenta Selva, con dos libros que me prestó una persona muy querida de Bogotá, que me los dio cuando estuve de visita por allá. Uno se llamaba “Cómo No escribir una novela” y el otro, “50 cosas que debes saber sobre literatura”, libros bastante buenos, sobre todo el primero. Y sumamente útiles, también, para mi carrera literaria. Así que me los traje al país, con la perspectiva de, en un futuro próximo, viajar de vuelta a Colombia y regresarlos a su dueño… el tema es que, por varias cuestiones personales y económicas que no vienen al caso, aún los tengo conmigo. Y no veo posibilidad de poder tomar un avión hasta allá, a como viene la corrida del dólar en Argentina…

Sin embargo, todavía guardo la esperanza de encontrarme con la persona que me prestó esos libros y poder devolvérselos personalmente, entregárselos en mano. Por el momento, les doy asilo en mi biblioteca, y pienso en el retorno pendiente, cada vez que veo sus lomos, como un exiliado que añora el regreso a su patria algún día.

Por eso, creo que es como una especie de karma que falten dos libros en mi biblioteca: libros que presté a dos amigas mías (uno a cada una), ya va a ser algo de dos años, me parece. Se los presté de buena fe, porque confío en las responsabilidades y virtudes de la amistad (yo normalmente soy muy reacia a prestar libros, confieso ser bastante posesiva con ellos). Ya les he dejado todo tipo de avisos, algunos medio en broma haciendo alusión a los Morosos Incobrables, pero ahí seguimos en la dulce espera. Por lo menos, creo, espero, anhelo, deseo, que los mantengan en buenas condiciones, porque encima, aunque los tengo registrados en el Inventario de mi Biblioteca Personal, no he podido estamparles mi sello ni pegarles la oblea justamente porque estaban en poder de mis queridas amigas durante el proceso.

Y, ahora que lo pienso, ¿será que primero yo debería devolver los libros que debo, para que así me devuelvan los míos? No importa si son distintas las condiciones de préstamo o las personas involucradas. La vida tiene esas vueltas de tuerca bastante caprichosas…

domingo, 17 de septiembre de 2023

Colectivos 2: Pasear, Estudiar, Trabajar

 


Colectivos 2: Pasear, Estudiar y Trabajar

Los tres grandes verbos significantes en mi relación con los colectivos/ómnibus son esos: pasear, estudiar, trabajar, aunque no es algo único en mi caso. Digamos que también están presentes en las vidas de todos: siempre que nos subimos a un colectivo, del tipo que fuere, es para ir de paseo, para ir a la escuela/colegio/facultad, o para ir al trabajo (.

Haciendo una segmentación de mi vida en forma cronológica, tocaría empezar por mi infancia y mi adolescencia, con los correspondientes límites que marcan la finalización de la escuela primaria en 6° grado y la finalización de la secundaria en 6° año (siempre me gustó ese balance entre ambos niveles educativos: 6 años por un lado, 6 años por otro, a pesar de que aún hoy en día no es así en todos lados, pero dejaremos eso para otro momento).

En aquella época, subirme a un colectivo siempre significaba ir a conocer un lugar nuevo, ampliar lo que podría llamarse mi “mapa mental geográfico” para descubrir qué había más allá de mi pueblo. Así, conocí la ciudad de Gualeguaychú en un viaje de 3° grado, Capital Federal en el viaje de 6° grado, Mar del Plata en la instancia nacional de los Juegos Culturales Evita del año 2009, Bariloche en el viaje de egresados en 2012, o en ese mismo año, Santa Fe gracias a las Olimpíadas de Historia, por mencionar algunos ejemplos. Claro que hubo otros pueblos o ciudades de los que quizá no me acuerdo mucho. Pero el mayor punto en común de esos viajes era el mismo: ir de paseo, de visita, hacer turismo. Pasear, entonces, es la acción principal de los colectivos durante mi infancia y adolescencia.

Luego de terminar el secundario, a partir del año 2013 comenzaría una nueva etapa en mi vida y, con ello, también un nuevo paradigma en cuanto al uso del servicio de colectivos. Me mudé a Concepción del Uruguay, y ya el hecho de mudarme de ciudad estableció la necesidad de usar los ómnibus, o sea los colectivos de larga distancia, de manera muchísimo más frecuente que en años anteriores. Por suerte, no tenía necesidad de viajar todos los días, ya que había conseguido alquilar un departamento. Casi siempre me iba a Urdinarrain los fines de semana, así que prácticamente el objetivo para sacar un pasaje de colectivo seguía siendo ir de paseo, pero de por medio estaba el estudio, porque me tocaba volver a la ciudad para seguir con la carrera.

En Concepción es cuando comencé a utilizar los colectivos de línea, los urbanos, y todavía me acuerdo la interesante aventura que fueron los primeros viajes, cuando empezaba a familiarizarme con el recorrido de la línea 4 / Hospital-Zapata-Centro (el que más usaba). Aunque durante gran parte de los años de cursada tenía la facilidad de ir caminando, ya los últimos años, cuando me quedaban unas últimas materias por cursar y me había mudado bastante lejos del centro, ahí me tocaba tomarme el colectivo para ir hasta la facultad.

Viví casi ininterrumpidamente durante 10 en Concepción, y digo “casi” porque en el año 2018, por varias cuestiones que no vienen al caso, me volví a Urdinarrain y ahí sí, viajaba todos o casi todos los días a Concepción. Ese año, más que ningún otro, me subía a los ómnibus para ir a estudiar, el segundo gran verbo. Fue una etapa linda y no tan linda a la vez. La ventaja era que tenía horarios para ir y volver de Urdinarrain a Concepción en el mismo día (algo que hoy día, lamentablemente, se ha perdido sin remedio después de la pandemia). Claro que era bastante gasto, aunque en esa época me lo podía costear. Me sentía una especie de peregrina, de mochilera. Pero la parte no tan linda era tener que cargar con la mochila y todos los demás menesteres, o tener que quedarme esperando hasta la medianoche, que era la hora en que salía el colectivo de vuelta para Urdinarrain. Me tocaba lidiar con varias horas muertas, y con el cansancio típico de tener que ir de un lado para otro. Y depender de que el colectivo no se rompa, no se retrase, o no esté de paro.

Para el año 2019, consciente de que, si quería hacer las prácticas docentes, no me iba a servir ese sistema de viaje diario, decidí volver a mudarme a Concepción. Y ese año traería una gran novedad: conseguí mi primera suplencia como bibliotecaria en una biblioteca escolar de Basavilbaso (hoy escala ineludible si tengo que viajar de Urdi a Concepción, pero luego hablaremos de eso). Durante este año es cuando toma fuerza el tercer gran verbo: trabajar -palabra que provoca ñáñaras en ciertos sectores de la población-. La movilidad era mixta: algunos días viajaba en auto con maestras (más que nada jardineras) con quienes compartía gastos, pero otros días me tocaba, inevitablemente, depender de los colectivos. La gran desventaja eran los horarios rotativos: algunos días me tocaba ir de mañana, y otros, de tarde.

Sin dudas, viajar en auto es bastante más cómodo que en colectivo… Sin embargo, cuando el auto es ajeno, la cosa cambia. Si el dueño del auto no viaja, si se le rompe el auto, o si hubo elecciones y en tu escuela te toca trabajar igual porque en esa escuela no se vota (vaya suerte la mía: justo me tocó trabajar en la única escuela donde no se votaba), te las tenés que arreglar como puedas. Por el turno tarde no había tanto problema, por lo general para ir y volver había colectivos en horarios accesibles. El tema venía si me tocaba ir en el turno mañana, para volver. A las doce yo salía de la escuela, y colectivos a Concepción había recién a las 2 de la tarde. Y en la terminal no había (ni hay hoy tampoco) un mísero café o pub donde tomar algo y pasar el rato hasta que llegue el colectivo. Así que me pegaba tremendos clavos en una terminal vacía y silenciosa como la siesta, con una recepción de datos deficiente, y no me quedaba de otra que comprarme algo para hacerme unos sándwiches y esperar.

¡Cuántas veces habré rezongado, anhelando tener mi propio auto, y así aumentar exponencialmente mi porcentaje de autonomía!

Igual, no me quejo, tuve trabajo todo ese año y afortunadamente, por lo general, no tuve demasiados inconvenientes para llegar a la escuela. Pero cuando finalizó esa suplencia, me dije: “ojalá que mi próxima suplencia sea dentro de la ciudad. No pienso tomar cargos afuera a menos que disponga de movilidad propia”. Bueno, en marzo de 2020, a tres días de que decretaron los (primeros) quince días de aislamiento por las causas que todos ya conocemos, conseguí un cargo en otra biblioteca escolar que quedaba en el centro de la ciudad. Un año después, cuando volvimos a la presencialidad, otra vez me subiría a un colectivo todos los días para ir a trabajar… pero al menos no para salir a la ruta, y contaba con los taxis si por algún motivo perdía el colectivo.

Luego de tres años de trabajar en primaria, este año subí de nivel y tomé horas de Lengua y Literatura en una escuela secundaria… en medio del campo. Y aún no disponía de transporte propio, pero al menos tenía ciertas facilidades para viajar, sobre todo en cuanto a costos. Solamente debía tomarme un colectivo de línea desde el barrio de la Defensa Sur, donde vivía, hasta el Monumento Urquiza, y allí me subía a otro colectivo que en este caso transportaba a los alumnos, y por ende me salía totalmente gratis. Lo malo era la limitación en los horarios: tenía que salir a las once menos cuarto de mi casa, lo cual me impedía almorzar debidamente, y a la vuelta, entre un colectivo y otro (sobre todo para volver a casa desde el Monumento, y ése venía lleno como lata de sardinas), llegaba recontra cansada a casa.

Hoy, por suerte, ya no dependo de colectivos ni de autos ajenos para ir a trabajar. Y, la verdad, no extraño eso para nada. Ahora, la función de los colectivos en mi vida vuelve al primer gran verbo: pasear, entre otras funciones intermedias como lo son hacer trámites, pero no descarto que estudiar o trabajar puedan volver. La vida da muchos giros. 


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