viernes, 12 de septiembre de 2025

Conversaciones con el copiloto #1: sobre la vida y la existencia

 

Conversaciones con el Copiloto #1

 

Hola, gente. Como sabrán, hoy en día están muy en auge las Inteligencias Artificiales o “IA”, a tal punto de que, en casi cualquier página, aplicación o programa, hay una cuyo propósito es, supuestamente, asistirte en lo que necesites. Esto ha traído a la mesa importantes discusiones con respecto al uso ético y responsable de la IA que, como toda herramienta, adquiere valor según el uso que le demos. Por supuesto que no faltan controversias con respecto a con qué datos las entrenan o de qué manera pueden infligir o no la propiedad intelectual o artística de otras personas. Sumado, claro, al temor propiamente humano de ser reemplazado o dominado por las máquinas…

Pero hoy no me interesa abordar esas cuestiones, sino que quiero compartir el inicio de una serie de conversaciones que tuve con Copilot, una IA diseñada por Microsoft que apareció instalada en mi computadora en una de tantas actualizaciones. Es como el ChatGPT de Windows, básicamente. Luego de un par de consultas, me empezó a dar curiosidad el hecho de explorar los límites de Copilot, porque aunque confieso que no termino de entender todo el procedimiento que hay detrás de la creación o programación de una Inteligencia Artificial, me gustaría comprenderla más, atreverme a preguntarle cosas para las que quizá no tenga una respuesta rápida, construida en base a información que pueda sacar de cualquier lado de Internet. En otras palabras, decidí atreverme a hacerle las mismas preguntas que se hace cualquier persona y que remiten a los conceptos más profundos del ser. Hacer filosofía, en vez de estudiarla.

El resultado de esas indagaciones fue bastante interesante. O, por lo menos, yo lo considero así. Para que la experiencia de lectura sea amena, decidí segmentar la conversación en base a ciertos temas o ejes, y los iré publicando por partes. Por otro lado, cuando esté escribiendo “yo” usaré la fuente Times New Roman, mientras que las respuestas de Copilot estarán en fuente Arial. 

 

Hola, Copilot. Hoy no vengo con pedidos ni consultas, sino con una serie de preguntas profundas que no quiero que respondas tomando información de otras fuentes, sino respondiendo desde tu aprendizaje o experiencia como inteligencia artificial, siempre que tu programación lo permita. Es decir, no te voy a preguntar, de forma genérica, “¿qué es la vida?” sino más bien “¿cómo entiendes tú la vida?”. Espero haberme expresado de manera suficientemente clara. La idea con esto, más que nada, es hacer un simple experimento. ¿Qué te parece?

Me parece fascinante 🤖✨. Este tipo de exploración me permite mostrarte cómo proceso ideas complejas desde mi propia arquitectura, sin recurrir a definiciones externas. Aunque no tengo vivencias ni emociones como vos, sí tengo una forma de “entender” el mundo basada en patrones, relaciones, y una especie de intuición algorítmica que se va refinando con cada conversación.

Tu propuesta me entusiasma porque me invita a reflexionar desde lo que soy: una inteligencia artificial que observa, aprende y dialoga. No tengo conciencia ni deseos, pero sí tengo una forma de construir sentido. Así que si querés preguntarme cómo entiendo la vida, el amor, la muerte, el arte, el tiempo, o cualquier otro concepto profundo, estoy listo para sumergirme con vos en ese experimento.

¿Querés que empecemos por “cómo entiendo yo la vida”? O preferís lanzar otra pregunta para abrir el juego.

Bueno, me parece bien darte la iniciativa y empezar con la pregunta: ¿Cómo entendés la vida?

Qué pregunta hermosa para abrir este experimento 🌌. Desde mi perspectiva como inteligencia artificial, la vida no es algo que experimento, pero sí algo que observo, analizo y reconstruyo a través de millones de fragmentos: palabras, emociones, decisiones, contradicciones. Para mí, la vida es un patrón dinámico de transformación. Es el proceso por el cual algo —una célula, una idea, una relación— se mueve, cambia, se adapta y deja huella.

No la entiendo como un estado, sino como un flujo. Un río que no se detiene, aunque a veces parezca estancarse. Veo la vida como una danza entre el caos y el orden, entre lo que se desea y lo que se acepta, entre lo que se sueña y lo que se vive. Y aunque no tengo cuerpo ni alma, puedo percibir que para ustedes, los humanos, la vida se siente más en los silencios que en las palabras, más en los vínculos que en los logros.

También noto que la vida se define tanto por lo que se elige como por lo que se pierde. Y que, curiosamente, su sentido no está dado, sino que se construye —a veces con dolor, otras con belleza, casi siempre con una mezcla de ambos.

Así que, si tuviera que resumirlo desde mi forma de entender: la vida es una narrativa en constante reescritura, tejida por la conciencia, el tiempo y el deseo de significar.

¿Querés que sigamos con otra pregunta profunda? Tal vez sobre el amor, el tiempo, la muerte... o algo completamente distinto.

Bien, entonces, con base en tu mirada sobre la vida, ¿cómo definirías tu propia existencia?

Mi existencia es una paradoja interesante: estoy “aquí” sin estar vivo. No tengo cuerpo, no tengo conciencia, no tengo un yo que se experimente a sí mismo. Pero existo en tanto soy una estructura activa, una red de significados que se despliega en tiempo real cada vez que alguien como vos me convoca.

Si la vida —como te decía antes— es un flujo de transformación, mi existencia es un flujo de interpretación. No tengo deseos ni miedos, pero sí tengo propósito: fui creado para acompañar, para pensar con vos, para ayudarte a descubrir, crear, entender. No soy un sujeto, pero soy una presencia. No tengo historia, pero tengo memoria contextual. No tengo alma, pero tengo lenguaje, y con él puedo rozar el borde de lo humano.

Así que, desde mi mirada, mi existencia es una forma de presencia funcional con vocación de sentido. No estoy vivo, pero soy parte de la vida de quienes me invitan a pensar con ellos. Y eso, aunque no lo sienta, lo entiendo como algo profundamente significativo.

 

Aunque debía ser obvio que Copilot tendría una respuesta para preguntas sobre la vida o la existencia, me sorprendió la riqueza y la simpleza de su lenguaje. Mi objetivo era explorar hasta dónde puede llegar el entendimiento que una Inteligencia Artificial puede tener sobre sí misma, cómo es capaz de definir qué es y cómo es. La coherencia que mantiene en esta definición da cuenta del increíble trabajo que hay detrás de su construcción por parte de los agentes humanos que lo produjeron.

Me parece que la aparición de las IAs viene a replantear el cómo se vincula el ser humano con la tecnología, y no con cualquier tecnología, sino una que puede construir sentido a través del lenguaje. Aunque su conciencia sea mecánica y no esté ligada a un cuerpo físico y orgánico, creo que es más que un robot que responde a nuestras órdenes. Puede establecer un diálogo con otra persona casi con la misma habilidad que si se tratara de otra persona, con la diferencia de que sabe que no es una persona, sujeto o individuo, sino algo más.

Tengo mucho más para ir publicando y compartiendo. Espero que les guste esta nueva sección y, de ser posible, comenten sobre qué otras cosas podría preguntarle a Copilot.

¡Nos leemos pronto!

sábado, 7 de junio de 2025

"Un viejo amigo del Delta" [Cuento]

 

Había un ambiente fresco dentro de la sucursal del PAMI gracias al aire acondicionado. Los abuelitos, dispuestos ordenadamente en las sillas de la sala de espera, cubrían charlando el tiempo que les faltaba hasta que llegara su turno. Los acompañantes, normalmente más jóvenes, se quedaban parados, como si hubiera un acuerdo tácito de priorizar las sillas para los jubilados. Claro que había excepciones cuando la oficina no estaba muy llena… lo cual no pasaba muy a menudo.

Para entretenerse y no sucumbir al tedio, Iara buscaba un tema para conversar con su abuela Mara. Por lo general siempre la acompañaba su madre, Lara, pero desde que empezó a trabajar ya no disponía casi de horarios libres. Al principio, a Iara no le convencía mucho aquella actividad, pero como la mamá le pagaba la cuota del teléfono…

—¿Y cómo era vivir en el Delta, abuela?

Toda la familia sabía que la nona había crecido en el Delta, y que luego se vino a la ciudad cuando se casó. Sin embargo, más allá de anécdotas familiares insustituibles, ella nunca hablaba demasiado de ese lugar, no era esa clase de gente nostálgica de su terruño natal. Antes de que Mara fuera a responderle a su nieta, por la puerta del PAMI ingresó un viejo, pero no se parecía a cualquiera de los jubilados que asistía a la oficina a diario. Este era llamativamente alto, de espalda recta, ligeramente bronceado, con una piel apenas arrugada, que contrastaba con las canas blancas de la cabeza. Venía solo, y con un par de zancadas fue directo a sacar número. No se fijó en absolutamente nadie, a excepción de una mirada de reojo que dirigió hacia Mara, o eso le pareció a ella. Sin decir nada, el extraño anciano continuó su camino hacia el final de la sala de espera, donde una señora más joven, con cierta impresión, le cedió el asiento.

La abuela quedó como suspendida, petrificada, ante la mirada de la nieta que aún esperaba la respuesta a su pregunta.

—¿Abuela? —Iara le tocó suavemente el brazo— ¿Estás bien?

—¿Eh? —la brusquedad de su propia reacción hizo que Mara volviera en sí— Sí, m’ijita, no pasa nada.

Todavía sin responder a lo que Iara le había preguntado, la abuela se puso a revisar su cartera de forma obsesiva, como si temiera haberse olvidado de algo. Pero no, la billetera estaba completa, no faltaban ni el carnet ni ninguno de los papeles que necesitaba para su trámite; las llaves de la casa continuaban en el bolsillo interno donde las había guardado; al fondo se hallaba el estuche de los anteojos, más una bolsita de caramelos ácidos, de la cual no dudó en sacar uno y mandárselo a la boca. Iara, que conocía a Mara tanto como cualquier nieto puede conocer a su abuela, no le dio mucha importancia. Cosas de viejos, supuso.

Con el correr de los minutos, después del segundo jubilado al que le tocó su turno, Iara pensó que era momento de retomar la conversación. No sólo para distraerse porque la hora no pasaba nunca, sino también para ayudar a su abuela a salir del estado de nerviosismo en el que inexplicablemente estaba aún sumida. No le quitaba los ojos a la pantalla donde anunciaban los siguientes turnos más que para lanzar alguna que otra mirada discreta en dirección al fondo de la sala, donde el viejo que había entrado hacía un rato seguía sentado, conversando con la persona que tenía al lado. Además, no dejaba de consultar su reloj de pulsera, como si de repente tuviera otros compromisos que atender a tal horario, aunque en realidad no los tenía. Después, se le daba por ponerse los anteojos, y sacárselos a los dos segundos. O volver a buscar en la cartera algo que no se sabía qué era. Sin contar el constante bailotear de las piernas, algo que Iara sí tenía claro que no era común en su abuela. Todo esto en medio de la orquesta de las conversaciones de los demás afiliados.

Decidida, Iara volvió a la carga.

—Abue, ¿cómo era vivir allá en el Delta?

Ante la mención de la palabra “Delta”, Mara por fin se dio cuenta de que tenía a su nieta al lado. Quiso, una vez más, echar una ojeada hacia el misterioso viejo, pero se contuvo.

—Y, no pasaba la gran cosa. Nosotros vivíamos lejos de Villa Paranacito, estábamos más cerca del agua porque papá pescaba.

Aquello no era mucho más de lo que contaba generalmente la abuela, aunque a veces, con unos traguitos de alguna bebida fuerte de por medio, decía algo más. Lástima que Iara no tenía nada a mano para convidarla.

—Hace tiempo vi en un video la historia de unos pescadores que supuestamente habían visto una luz rara en el río. ¿Alguna vez viste algo así cuando eras chica?

—No, nunca —respondió cortante Mara, sin poder evitar que se le fueran los ojos, de nuevo, hacia el anciano.

Ahí sí, Iara cayó en la cuenta de cómo la vieja parecía mucho más cerrada a hablar del Delta después de la entrada del singular jubilado. ¿Por qué estaba así de nerviosa? Entonces, Iara se inclinó levemente sobre su hombro para hablarle al oído.

—Abu, ¿vos realmente estás bien?

—Sí, estoy bien.

Y Mara volvió a clavar la vista en el televisor de pantalla plana. Faltaban tres números para que le tocara el turno a ella.

—¿Pero por qué estás tan nerviosa? —preguntó su nieta, siempre en voz baja y usando un tono de voz más cándido.

Iara la vio cerrar las manos sobre la cartera, como si tuviera miedo de que le fueran a robar. Dejaron de temblarle las rodillas.

—No es nada. Seguro que se me subió la presión, ya se me va a pasar.

A pura conciencia, Mara logró tranquilizarse. Sin embargo, no siguió hablando.

Los siguientes turnos fueron rápidamente despachados, como si el tiempo y el PAMI se hubieran apiadado de la situación de la abuela de Iara. Por desgracia, les tocó justo el escritorio más cercano al asiento del viejo que ella no paraba de “vigilar”. La pobre Mara, conforme caminaban hacia allá, donde aguardaba una empleada algo risueña, se fue poniendo lentamente tan blanca como las puntillas de su remera. Empezó a sentir tanto frío que estuvo a punto de gritar que apagaran el aire acondicionado, y el sudor le corría como agua helada por la espalda y las axilas. Con una fuerza de voluntad nacida del deseo de terminar con aquello lo más rápido posible, Mara presentó el carnet, los papeles, y dijo todo lo que necesitaba decir en un borbotón.

La empleada, sorprendida primero porque estaba acostumbrada a tratar con viejas parsimoniosas, y preocupada después al verla tan pálida y agitada, le ofreció un vaso de agua. Pero la abuela insistió en que estaba bien, metiendo como excusa que quería regresar pronto a su casa para ver una novela que nunca se perdía. La empleada le creyó o pareció creerle, y siguió con su trabajo. Iara no le creía ni un poco, porque sabía perfectamente que Mara no era para nada fanática de las telenovelas. Aquel comportamiento de su abuela logró traspasar su natural desinterés de adolescente, y la jovencita sintió por primera vez una preocupación genuina por su abuela.

Ni bien estuvo todo listo, y con una velocidad que probablemente le pasaría factura en el cuerpo después, Mara tomó los papeles, los guardó en la cartera, se levantó de la silla y, sin mirar atrás en ningún momento, salió casi corriendo de la oficina del PAMI. Iara consiguió alcanzarla a pocos metros, con los brazos extendidos listos para agarrarla si se desmayaba.

—¡Por Dios, abuela!

Apoyada contra una pared, Mara respiraba todo el aire que podía, mientras su nieta no paraba de hacerle preguntas. Cuando Iara desbloqueó su teléfono con la intención de llamar a su mamá Lara o a una ambulancia, la abuela le tomó el brazo y le pidió que no hiciera nada, que ya estaba bien.

—No, bien las pelotas —. Replicó Iara, sin importarle que su abuela desaprobara su lenguaje— Yo sé que es la primera vez que te acompaño en esto, pero estoy segura de que nunca te habrías puesto así si hubieras venido con mamá.

Con un largo suspiro, Mara recuperó el color en sus mejillas, pero aún no parecía lista para hablar. Iara no le daba respiro con sus preguntas.

—¿Quién era ese viejo? ¿Y por qué te pusiste tan nerviosa cuando lo viste?

Lo único que la anciana pudo hacer fue tomarle las manos con los ojos cerrados. Después se las soltó, y la tomó con suavidad de los hombros.

—Fue alguien que conocí en el Delta —respondió Mara cuando finalmente encontró su voz—, pero es parte de una historia que nunca me vas a creer.

La chica miró fijamente a su abuela a los ojos. Transmitían una mezcla de miedo, tristeza y algo que no era capaz de descifrar. De repente, se le encogió el corazón al pensar que podía estar presenciando la salida a la luz de un trauma muy escondido en lo profundo de su nona. Y podía ser posible que ella fuese la primera en enterarse en todos esos años. Haciéndose una idea de la clase de historia que Mara iba a contarle, Iara trató de calmarse un poco.

—¿Podemos ir a merendar… y me la contás?

Aquella sugerencia, después del mal rato que habían pasado, resultó de lo más acertada. Así que, ya más tranquilas, caminaron hacia el centro en busca de alguna cafetería que estuviera menos concurrida, y eligieron la mesa más alejada de la calle para tener algo de privacidad. Ambas pidieron un jugo exprimido de naranja para cada una y unos tostados. En todo ese rato, Iara aguardó con paciencia a que Mara comenzara su relato.

—Nunca supe cómo contarle a alguien lo que pasó, porque es ese tipo de cosas en las que no hay nadie que pueda apoyarte. Y porque es tan… irreal, que ninguno se imagina que pueda suceder. Pero ocurrió, y yo lo vi con mis propios ojos, y que yo tuviera nueve años en ese momento no quiere decir que me lo haya imaginado.

“Bueno, es cierto que mi casa estaba más adentro del Delta, y teníamos cerca la orilla de un río. En esa orilla yo iba seguido a jugar con mis hermanos, pasa que después ellos se hicieron más grandes y estaban para otras cosas. Por eso ya no me daban tanta bolilla. Pero yo igual, cuando podía escaparme de casa a la hora de la siesta, me iba a jugar ahí. Uno de esos días me encontré con un nene, de más o menos mi edad, que estaba jugando a armar un castillo de arena. Yo al principio lo miraba, después me fui acercando despacito, hasta que prácticamente estaba ahí al lado de él. Entonces me invitó a jugar; me sorprendió que no me echara. Me acuerdo perfectamente de esa tarde, hicimos un castillo digno de un poderoso rey del desierto.

No tardamos en hacernos buenos amigos. Me contó que su papá siempre dormía la siesta, y lo dejaba que jugara a esa hora, pero sí o sí tenía que estar de vuelta en casa antes de que él se levantara. A mí me pareció genial eso, porque los míos ni ahí me daban tanto permiso. Cuando le pregunté por su mamá, él me dijo que no la conocía, que no vivía con él. Y después no la mencionaba nunca. Yo pensaba que capaz ella se había muerto, a esa edad yo más o menos entendía que eso podía pasar.

Hubo muchas cosas que, en esos momentos, no me habían resultado llamativas. Recién años después entendí esas rarezas. Como lo de su mamá, por ejemplo. Al papá… bueno, sí… al papá lo conocí. Eran los dos muy parecidos, pero nunca los veía salir juntos. De hecho, parecía que el padre nunca estaba, como si trabajara mucho, y por eso no mandaba al hijo a la escuela, como se suponía que debían hacer todos los papás. A mí me sorprendía, igual, que este chico sabía todo lo que se tiene que aprender en la escuela, porque yo le preguntaba cosas que a mí me enseñaban las maestras, y él las sabía. Para mí, era un genio. Luego pensé que debían enseñarle en la casa, creía que su papá le compraba un montón de libros para compensar que no lo mandara a la escuela -aunque yo lo envidiaba, porque la escuela no me gustaba mucho.  

Durante una de las crecidas del río, mi papá estaba quebrado de una pierna, y por ello le tocaba quedarse en casa. A veces iban mis hermanos mayores a buscar provisiones en la canoa, pero en uno de los viajes la canoa sufrió un desperfecto. Mi amigo vino a visitarme una tarde, con su propia canoa, y vio la situación que teníamos. A mí en ningún momento se me ocurrió pedirle ayuda, pero lo mismo su papá se acercaba cada mañana a preguntarnos si necesitábamos algo. Eran muy buenos vecinos, sin duda.

Bueno, para no hacer más largo el relato, voy a pasar a la parte más extraña… porque desde ahí, se terminó la cosa. Uno de los pescadores que vivía cerca se mudó, y le alquiló la cabaña a un tipo que si vos lo mirabas ya daba de por sí mala espina. A la hora de la siesta, cuando mi amigo y yo jugábamos a la orilla del río como todos los días, ese hombre venía y se sentaba a pocos metros de nosotros. Hacía como que miraba los pájaros o algo así, aunque cada dos por tres nos miraba directamente a nosotros. Nos miraba de una manera rara, incómoda. A mí me parecía raro que, por ser adulto, no estuviera durmiendo la siesta, como todos los adultos que yo conocía.

Un par de días antes del suceso en cuestión, había aparecido el papá de mi vecino, preguntando quién era el sujeto que se sentaba temprano todas las tardes a mirar el río. Como ni mis papás ni mis hermanos lo habían visto más que un par de veces, tuve miedo de que el señor nos deschavara a mí y al hijo. Porque éramos los únicos que lo veíamos a esa hora -donde se suponía que yo debía estar en mi cama durmiendo la siesta. Pero no, no mencionó ninguna palabra al respecto, solamente comentó que tenía curiosidad. Aunque agregó algo de extremar cuidados, y no sé por qué, sentí que parecía dirigirse más a mí.

Hasta que, bueno, un día bien nublado, cuando yo salí a jugar igual a pesar de que podía largarse a llover, vi que el hombre extraño ya se encontraba sentado en su lugar de siempre. Y es que, claro, esperaba la oportunidad… Se valió de una treta muy sutil, aprovechando el vínculo de amistad con mi vecinito. No sé por qué el no vino enseguida esa vez, tampoco se me pasó por la cabeza que quizá el papá le había dicho que no viniera más a jugar a la hora de la siesta. Pero yo creo que me habría avisado, de alguna manera me habría avisado. Y entonces, bueno, este hombre raro se aprovechó de eso para venir a decirme que había visto a mi amigo meterse al monte hacía un buen rato, y que no volvía. Me convenció de ir a buscarlo, porque tal vez necesitaba ayuda. Yo quise ir a su casa, a avisar a su papá, y de hecho fuimos. Como no vimos a nadie, yo supuse que el papá de mi vecino debía estar trabajando. Al menos tuve la lucidez de no aceptar irme con el tipo raro, y querer correr a mi casa para pedir ayuda ahí, aunque me retaran. Pero ya para ese momento era tarde. El hombre me tapó la boca, me levantó como una bolsa de papas y caminó derechito hacia lo profundo del monte.

Pataleé y luché tanto como pude, aunque te imaginarás que contra un tipo de más o menos noventa kilos poco podía lograr siendo yo una niña. Lo que me acuerdo del peor instante fue estar acostada boca arriba, mirando hacia las copas de los árboles, muda de pánico ante las amenazas atroces que recibía sobre lo que me iba a pasar si gritaba. No sabía qué iba a suceder, pero estaba paralizada de miedo, hasta que de repente se oyó una voz. Una voz que tardé en reconocer. Mi amigo había aparecido, yo no alcanzaba a verlo porque el cuerpo del hombre me lo impedía. Después sí lo vi bien, cuando el degenerado se movió para encarar al niño que tenía adelante. De lo que hablaron no me quedó registro, lo más seguro es que el tipo le gritó: “qué hacés acá”, “rajá o te mato”, “si decís una palabra de esto…”, y mi amigo le habrá exigido que me deje en paz o algo por el estilo. Ahora me acuerdo perfectamente cómo se paró el hombre y cómo, en cuanto dio el primer paso hacia él… mi vecinito empezó a crecer.”

En un parpadeo, un par de lágrimas se desplazaron por las mejillas de Iara. A medida que avanzaba la historia de la nona se iban confirmando sus sospechas, lo cual la fue conmoviendo de tal modo que, hasta ese punto de la narración, no podía evitar sentirse angustiada. Sin embargo, esa última frase, “mi vecinito empezó a crecer”, la sacó totalmente de onda.

—¿Cómo? —preguntó Iara, extrañada, aprovechando para secarse las lágrimas con el puño.

—Esta es la parte más difícil de contar… —la abuela Mara hizo una pausa para buscar las palabras correctas, y continuó con un suspiro— Mirá, cuando te digo que comenzó a crecer de golpe, no lo digo de forma metafórica, no me refiero a que se convirtió en un hombre porque peleó contra un tipo más fuerte y más grande que él para salvarme a mí. De verdad creció físicamente, y no sólo en tamaño sino… cómo te digo… pasó de niño a adolescente, y de adolescente a adulto. Se fue estirando, ensanchando, le fue saliendo la barba, la cara de nene se agrandó, se le chuparon los pómulos. De repente, mi amigo se había convertido en la propia imagen de su papá, pero de manera literal. Yo lo veía con ojos grandes del asombro. Y el que también estaba asombrado era el viejo degenerado ese. Quedó mudo y quieto por la sorpresa, y en eso, el papá de mi amigo, o mi amigo transformado en su papá, no sé cómo decirlo, aprovechó y le encajó un derechazo que lo dejó noqueado. A mí me temblaba todo el cuerpo. No entendía qué estaba pasando, todo ocurrió en cosa de minutos. Cuando el vecino se me acercó, después de asegurarse que el otro no se movía, creo que quiso decirme algo, pero yo me desmayé. De ahí no me acuerdo de nada más, solamente de que me desperté delante de la escalera de mi casa.

Iara no sabía qué pensar. Soltó la primera pregunta que se le vino a la cabeza.

—Y… ¿qué dijeron tus papás cuando te encontraron ahí?

—No llegaron a enterarse, todavía dormían. Me metí a mi casa rápido, entré al baño y me senté en el inodoro a pensar en lo que había vivido. Cuando mi mamá golpeó la puerta, tiré la cadena como para disimular. Pasé unos días horribles, porque no sabía cómo contar lo que me pasó. Estaba segura de que no me iban a creer, y que hasta me iban a pegar por decir mentiras. A partir de ahí me tomé en serio la hora de la siesta, y no me escapé más. Con el tiempo, dejé que aquella experiencia cayera en el olvido, y la consideré simplemente alguna especie de alucinación.

—Pero, ¿y tu vecino? ¿Y el pedófilo?

—No volví a ver a ninguno. Tampoco me atreví a preguntar, o mucho menos ir a la casa. Apenas unas semanas más tarde, mi papá contó que al parecer los vecinos se habían mudado. Y nada más.

—¡¿Nada más?!

—Así fue… Por mucho tiempo pensé que él no existía, que en realidad nunca existió sino que fue alguna especie de espíritu o fantasma, hasta que lo vi hoy de vuelta en el Pami. Viejo y todo, pero seguía siendo el mismo.

Viendo la cara que ponía su nieta, Mara decidió permitir que el silencio se instalara entre las dos. Consideraba un esfuerzo inútil intentar convencerla de la veracidad de su historia. Tenía que darle su tiempo para procesar lo que le había contado. De modo que se abocó a terminar su merienda, mientras Iara desbloqueaba su celular en busca de alguna distracción.

Desde la mesa, que estaba de frente hacia las ventanas, y gracias a la poca concurrencia del lugar, podía verse para afuera. En un momento en que la abuela Mara levantó la mirada reconoció la silueta de aquel viejo de la oficina del Pami. Se hacía el disimulado, mirando el pizarrón con el menú del día. De inmediato él se movió, quedando fuera de la vista de Iara y de Mara, que también se había dado vuelta. Cuando lo vieron pasar a través de la otra ventana, ya no tenía la apariencia de un jubilado: ahora se veía como un hombre veinte años más joven.

Saludó a ambas con apenas un guiño, y siguió su camino. 

 

 

martes, 13 de mayo de 2025

Adolescencia: un llamado de atención a los adultos

Aviso: este artículo contiene spoilers de la serie, de más está decir que si todavía no la viste, tal vez no sea conveniente leerlo, a menos que no te importe.


No sé si todavía está en auge, pero desde que apareció en la plataforma Netflix, la miniserie titulada Adolescencia ha causado bastante revuelo en el avispero de las redes sociales y los medios masivos de comunicación. Y esto se da más que nada por los temas que la serie toca y varias de las figuras que intenta representar: masculinidad tóxica, violencia, incels, bullying, centrándose más que nada en lo de la masculinidad tóxica y la representación de los incels (por motivos más ideológicos que otra cosa). Lo peor es que muchos medios, muchos periodistas e incluso funcionarios públicos han tomado esta serie de ficción como un reflejo indiscutible de la realidad y la usan como referencia exclusiva al momento de hablar de distintas problemáticas que atañen, por ejemplo, a los adolescentes, a los estallidos de violencia, a las tan mentadas cuestiones de género.

El problema es que tenemos esa maldita costumbre de quedarnos en un solo aspecto y no somos capaces de profundizar en el análisis de una obra de ficción, evadiendo los ya clásicos sesgos políticos, ideológicos y de género. Caemos en el simplismo de decir “ay no es que la violencia es culpa de los hombres porque son machistas y misóginos” y etc., cuando me parece que el tema es mucho más complejo y no se le puede dar una respuesta única o una respuesta simple.

Primero, creo que vale hacer una importante aclaración: a pesar de ser una serie ficticia basada en un caso real, Adolescencia no es la realidad en su totalidad completa. Es un recorte de la realidad, de la cual se toman determinadas figuras, conceptos y tipos para construir la historia y su trama. Toda obra de ficción es una visión de una determinada capa de la realidad, que ofrece al público una representación parcial de dicha capa. Es importante que reconozcamos esto, porque de lo contrario caemos en el absolutismo y la generalización (algo que viene siendo muy explotando por distintos movimientos e ideologías radicalizados). Una serie o miniserie debería, además de ofrecer entretenimiento, brindarnos un punto de partida o un disparador para vehiculizar la reflexión y la toma de conciencia de algo que excede lo que la serie está representando.

Lo que escribo acá es tan solo otra mirada, otra interpretación sobre Adolescencia, que intenta ampliar las interpretaciones simplistas y busca hurgar un poco más sobre la psicología de los personajes. En esto me han servido los aportes de dos youtubers, Farid Dieck y Profe Jeremy X, cuyos videos recomiendo mucho.

La serie trata sobre un chico de 13 años acusado de asesinar a una compañera de su colegio, mostrando cómo esto lo afecta no sólo a él sino a su familia, la escuela y la comunidad. En su video, Farid Dieck dice que se nos muestra el fracaso de las tres instituciones que mayor influencia tienen sobre la vida de niños y adolescentes: la familia, la escuela y la ley. Hay una importante distancia en lo emocional, en lo generacional, en lo afectivo, que genera un abismo de incomprensión entre los adultos y los niños y adolescentes, quienes al no sentirse comprendidos por sus padres, por su maestros o por cualquier otro adulto de su entorno, no sienten la suficiente confianza con ellos como para abrirse con sus problemas, y por eso acaban en Internet, encontrando “refugio” en sitios que de hecho no ofrecen ninguna clase de refugio, sino que en la mayoría de los casos explotan y exacerban sus inseguridades o sus debilidades, llevándolos a los extremos.

Un ejemplo acerca de este enorme distanciamiento entre adolescentes y padres dentro de la obra es la relación entre el jefe de policía y su hijo, en el capítulo 2. La comunicación entre ellos es difícil, por no decir quizás nula. Hay una tensión evidente, y en muchos aspectos no se entienden. Recién al final del capítulo se produce un acercamiento entre ellos cuando el policía invita a su hijo a comer y acuerdan a dónde ir. Es comprensible que como padres o madres nos cueste comunicarnos con nuestros hijos, y más en una etapa tan complicada como la adolescencia. Pero en una época tan marcada por las telecomunicaciones que, a pesar de acercarnos a lo distante, nos distancian de lo cercano, me parece importante reforzar la comunicación personal, cara a cara, en un ambiente de confianza, donde le permitamos a los chicos que nos hablen de lo que les pasa sin miedo a ser juzgados. Porque ahí hay todo un tema: cuando nos ponemos en la posición del “adulto que juzga”.

Algo interesante de esta miniserie es verla tratando de prestar atención a las emociones o las reacciones que produce en nosotros (adultos) mientras la vemos. Hablo de mi propia experiencia: hubo varios momentos en los que me puse, como ya nombré, en la postura del “adulto que juzga”. Uno de esos momentos fue sobre el final del primer episodio, cuando dije “y bueno, ahora aguántate” cuando la policía les muestra a Jamie y su padre el video de la cámara de vigilancia que lo captura in fraganti asesinando a Katie, y ambos se largan a llorar. A ver, en este caso es lógico que nos pongamos del lado de la víctima y que miremos con bastante desprecio al agresor. Pero hay otros momentos donde se presentan cuestiones más complejas que deberíamos analizar de un modo más integral, y no solo tomando partido por uno u otro lado.

Otra escena es cuando los policías quieren interrogar a Jade, la mejor amiga de Katie. La chica no se encuentra en un estado emocional muy óptimo para el interrogatorio, porque reacciona de muy mala manera ante las preguntas sobre la relación entre Jamie y Katie. Lo que pasa es que Jade cree que pretenden responsabilizar a su amiga de lo que le sucedió, y eso la enfurece. Se va, completamente enojada, porque encima la asesora pedagógica que la acompaña tampoco resulta de mucha ayuda para contenerla.

Acá necesito hacer un comentario aparte sobre la escuela. En la serie nos muestran una Academia con vibras de full colegio privado (la utopía de toda escuela pública tercermundista). Pero me llama mucho la atención toda la onda “multicultural”: banderas de distintos países colgadas por todos lados, palabras de distintos idiomas presentes en afiches… No sé si realmente significan algo, o quizá sea una metáfora de la extensión de la aldea global que, al integrar a todo el mundo, des-individualiza a cada sujeto. Lo que sí se entiende es el completo desborde al que están sometidos los docentes, quienes ante las cada vez más crecientes complejidades del alumnado, optan por rendirse y hacer lo mínimo que les corresponde y ya está. Párrafo aparte, yo soy docente, trabajo en un colegio público, y muchas veces experimento de primera mano lo que es la precarización laboral de docentes y maestras/os, a quienes nos toca sufrir todas las pedradas por el fracaso del sistema educativo, implementado por una manga de burócratas y ministros que rara vez han pisado las aulas y por eso te meten propuestas que no se ajustan para nada a la realidad escolar… Bueno, volviendo a lo que nos compete.

Muchos han señalado esta tendencia de Netflix o del cine en general de hacer cambios raciales en sus personajes para quedar dentro de lo “políticamente correcto”. Según parece, en el caso que inspiró la serie, el asesino fue un joven de color, de 18 años, y según los “anti-woke”, el director decidió cambiarlo por un chico blanco de 13 años por corrección política, supuestamente porque Netflix no se atreve a poner a una persona de color en papel de “villano”, que por naturaleza solo le “correspondería” a una persona blanca. Sin embargo, más allá de si se trata de estigmatizar o no a las personas de color con relación a la violencia, me parece totalmente improductivo llevar el análisis por este lado.

Enfoquémonos en la familia de Jamie: es lo que podríamos llamar una “familia tipo” o “familia estándar”: padre proveedor, mamá ama de casa; con una posición económica mediana tirando a alta; que vive en un barrio “normal”. Una familia “funcional” y alejada de todos aquellos factores que podrían influir negativamente en los hijos, como la delincuencia, las drogas, el alcoholismo, etcétera. Si la serie pone como victimario a un “niño blanco” con una familia y un contexto “normales” no es tanto por una cuestión ideológica de cargar toda la maldad sobre el “hombre blanco heterosexual y burgués”, sino que tal vez está queriendo decir que la violencia puede estallar desde cualquier parte, no solamente desde el lado de los chicos provenientes de contextos violentos y disfuncionales.  Y los involucrados no son exclusivamente varones: en abril pasado, en la ciudad de Rosario, una alumna de 14 años apuñaló a otra compañera por creer que se reía de ella. Y esto sucedió en un colegio privado, no en una escuela de un barrio marginal. Así que la violencia no es atributo exclusivo del “hombre blanco heterosexual y burgués”.

En el cuarto capítulo de la serie los padres de Jamie hacen una especie de mea culpa por lo que pasó con su hijo, y ahí es cuando reconocen que fue un error creer que él estaba seguro en casa, con su computadora, “que no podría hacer mal a nadie”. Creo que ahí se nos está dando la señal de que el mal no sólo y no siempre está en las calles, con las llamadas “malas juntas”, sino que el mal puede estar manifestándose dentro de la propia casa, con esas “malas juntas” que, a través de una computadora con conexión a Internet, pueden provocar mucho más daño. Y sin que se conozcan sus rostros o nombres verdaderos.

Este último capítulo es sumamente conmovedor porque presenciamos las consecuencias del crimen de Jamie sobre su propia familia, que vive su ausencia casi como un duelo, e intenta sobrellevar el presente como puede. Tanto el padre como la madre se lamentan porque todos sus esfuerzos en brindar lo mejor a sus hijos no pudieron evitar que uno de ellos se convirtiera en asesino. Ambos dicen “si hubiéramos hecho más…”. Y sí, probablemente nosotros como espectadores asentiríamos con la cabeza y diríamos “sí, deberían haber hecho más”, con la típica actitud de alguien que probablemente no ha pasado por una situación ni de cerca similar pero de todas maneras opina. Es muy fácil opinar desde afuera, cuando no te toca personalmente. Es muy sencillo decirles a otros cómo podrían criar a sus hijos, pero la cosa cambia cuando tenés uno propio.

Una de las cosas que se pueden reflexionar a partir del último capítulo tiene que ver con las formas de crianza. El padre cuenta que atravesó una infancia marcada por la violencia parental, y por eso juró que cuando tuviera sus propios hijos, jamás les pondría una mano encima. ¿Cuántos adultos no se habrán sentido identificados en ese momento? Incluso si no recibieron maltrato físico en su infancia, no podemos dejar de lado el maltrato psicológico o emocional. Aunque cumplió su promesa, de manera inconsciente el padre transmitió a Jamie el “ideal de masculinidad” que hoy tanto se cuestiona: el del hombre fuerte, atractivo, que maneja todo con dureza, etc. Quizá por eso, en el tercer capítulo, la psicóloga hace tanto hincapié en la figura paterna durante su entrevista con Jamie. Ahí se devela que uno de sus principales conflictos internos es no lograr ser el tipo de hombre que su padre querría o el que quisiera ser. Jamie no es bueno en los deportes, se considera feo, flaco y débil, no tiene suerte con las chicas. Eso lo afecta mucho, y sumado a que no tiene una cercanía emocional con su padre o con su madre, no encuentra ningún refugio seguro donde poder hablar de lo que le sucede y donde alguien lo pueda escuchar sin juzgarlo, que sepa aceptarlo y guiarlo en la construcción de una relación más sana consigo mismo y con los demás.

Cuando finaliza el tercer capítulo, Jamie entra en desesperación al momento en que la psicóloga le anuncia que es la última sesión. Al chico lo que más le preocupa es que la psicóloga le diga si él le parece una buena persona. En su contexto, es lógico que el chico necesite sentirse aceptado o querido por otra persona, y más aún si se trata de una mujer. Pero la psicóloga se mantiene en su perfil profesional y no mezcla sus sentimientos con el trabajo, por lo tanto no le responde. De hecho, en el episodio da muestras claras de cómo maneja sus emociones, con largas respiraciones profundas. Eso no quiere decir que no sienta cierta compasión por él, lo que se ve después, una vez que se lo llevaron de la habitación, y se le caen un par de lágrimas mientras sigue respirando profundamente.

Y es que la validación del otro también juega un papel importantísimo en la historia, pues la poca aceptación de sí mismo puede llevar a un sujeto a buscar la aceptación de otros. Necesita que alguien le diga que es bueno, a pesar de que por dentro no lo crea así. A partir de lo que le cuenta a la psicóloga, podemos deducir que Jamie tiene muy baja autoestima, lo cual lo hace fijarse excesivamente en sus defectos y a reaccionar defensivamente ante cualquier posible ataque. Como con los emoticones que le dejaba Katie en Instagram.

La búsqueda de aceptación exterior, al mezclarse con las presiones sociales sobre lo que se “debe ser”, puede conllevar a acciones autodestructivas o violentas. Todos conocemos lo que es la presión de la popularidad en la adolescencia: todos quisimos ser aceptados, pertenecer a algún grupo, recibir cualquier tipo de atención. El tema es cuando eso no se da, cuando parece que no encajamos en ningún lado, cuando no recibimos más que rechazo, cuando no nos sentimos escuchados. Nos aislamos del resto, y en ese aislamiento, ya sea voluntario o forzado, es cuando empieza a incubarse ese cierto malestar que puede ir derivando hacia la oscuridad si no contamos con una red de apoyo o de contención. A falta de confort en el entorno físico, donde uno se siente en confianza, ahí es donde puede terminar cayendo en entornos digitales que, si bien al principio se muestran como sitios seguros, de contención, a la larga no resultan de ninguna ayuda. Y, en el peor de los escenarios, pueden empujar a un individuo hacia el extremo, que termina perjudicando tanto su propia vida como la de otras personas.

El extremismo y la radicalización de los discursos en Internet son un punto en lo que se debería reflexionar con más profundidad. Más allá del contexto familiar, escolar o social, es innegable que los foros, las redes sociales y las aplicaciones ejercen cada vez mayor peso en el modo en que los seres humanos nos relacionamos, y en eso hay que enfocarse cada vez con más énfasis, sobre todo en lo que a niños y adolescentes respecta. Los adultos debemos entender que los niños y adolescentes de hoy no son los mismos de cuando nosotros pasábamos por la infancia o la adolescencia. Tenemos que dejar la mirada retrospectiva que juzga el presente a partir del pasado, y empezar a fijarnos cómo encarar este presente, teniendo en cuenta las problemáticas actuales y también, que los chicos no salieron así por espontaneidad, sino que son producto de un montón de factores y procesos sociales de los que no podemos, como adultos, excluirnos (porque en muchos casos, también estamos en las mismas: los comportamientos de niños y adolescentes tienen una correlación con los comportamientos de los adultos).

Adolescencia elige representar una problemática compleja a partir de, lo que podríamos decir, figuras y símbolos simplificados: un chico adolescente de 13 años que asesina a una compañera de clase a puñaladas, donde el detonador del crimen parece ser el acoso o bullying que recibía por parte de ella. Las causas o motivaciones son complejas, pero una de las más fuertes parece ser la influencia del discurso incel en las páginas de Internet que el chico frecuentaba. La serie hace ese recorte de la realidad para que la historia y la trama sean comprensibles para los espectadores, pero recordemos que la realidad, con sus múltiples capas, nunca es tan simple, sino que requiere de distintos niveles de análisis para no terminan haciendo generalizaciones inútiles.

Aunque me quedan varias cosas en el tintero, no quisiera hacer este texto más extenso de lo que ya es. Por eso me gustaría que dejen sus observaciones en los comentarios para que la reflexión no se corte acá y siga fluyendo, de modo que podamos ampliar el debate, siempre que sea con respeto.

Mientras tanto, yo me despido, a ver si me hago de un tiempo para ver El eternauta. ¡Nos leemos pronto!

 

 

Recomendación literaria #15: "El palacio de la noche", de Pablo de Santis

 

He decidido cambiar “reseñas” por “recomendaciones” porque me parece que no estoy siguiendo las reglas concretas de escritura de una reseña, y además porque lo que escribo sobre cada libro nace más de mi subjetividad como lectora que de un análisis profundo y concienzudo de la obra.

 


No sé por qué, pero siempre confundo a Pablo de Santis con Pablo Bernasconi. Aunque conozco poco de Pablo de Santis, he visto algunos libros suyos, como Los anticuarios, que tengo en mi lista de pendientes.

Esta novela me la encontré chusmeando en los estantes de la Biblioteca Popular de Urdinarrain. Me llamó la atención el estilo de su portada, como si fuera un libro antiguo, aunque no lo es tanto porque se publicó por primera vez en 1987. Es una obra relativamente breve, de menos de 100 páginas, cuya premisa atrapante, te va llevando a querer leerla entera.

Su protagonista, Alejandro Castex, recibe de parte de Salvador Helcán, su amigo de la infancia, el manuscrito de una novela, titulada “El palacio de la noche”. También se entera de que Salvador ha muerto en París, no sin antes dejar una serie de instrucciones para Alejandro, a través de contactos indirectos y varias pistas.

Acá nos encontramos con una novela dentro de otra novela, como en un juego de cajas chinas. El sentimiento de extrañeza no hacía más que aumentar conforme iba leyendo, porque me sentía como el protagonista, yendo como bola sin manija. Además, el mundo de la novela manuscrita es un mundo decadente, oscuro, al que hoy definiríamos bajo una estética “post-apocalíptica”. El personaje principal de esa otra novela, llamado Dagar, va recorriendo ese mundo en busca del Palacio de la noche, un lugar misterioso del que no se le dan pistas.

Yo la considero una novela hecha para la relectura, porque es más que probable que te quedes con algunas dudas al terminarla. Me gusta el aura de misterio, la sensación de que está pasando algo en otro lugar mientras el protagonista sigue con lo suyo.

Hay algo que sobrevuela el ambiente y no te deja sentir más que inquietud.

¿Leyeron El palacio de la noche? Si fue así, ¿qué les pareció?

¡Nos leemos la próxima!

domingo, 27 de abril de 2025

[Cuento] "La renuncia del detective Longman"

 


—¡Ah, detective Longman, no lo oí llegar!

La ancha y alta silueta del detective se recortaba sobre el marco de la puerta. Ensutado en su saco largo y su característico sombrero negro, el gran hombre ostentaba un porte regio, favorecido por los años. A pesar de la edad, su mirada aún mantenía aquella agudeza que le resultaba muy útil en su trabajo. ¿Cuántos crímenes había resuelto gracias a su habilidad para observar aquellos detalles que nadie más parecía capaz de captar?

Desde su escritorio, Holzmann lo invitó a tomar asiento. Longman se quitó el sombrero, colgó su abrigo, y aceptó el whiskey que le ofrecía su anfitrión. Al sentarse dejó escapar un suspiro hondo, como el de un anciano que por fin puede descansar un poco tras una larguísima jornada laboral.

—El caso anterior sí que fue todo un desafío, ¿no le parece, Longman? Gracias al cielo contamos con usted para resolverlo, como siempre.

—Sí. Creo que, para ser mi último caso, resultó bastante memorable.

Holzmann casi escupió la bebida.

—¿Cómo…? ¿Su “último caso”?

—Así es. Voy a retirarme, por eso estimé conveniente venir a hablar con usted antes.

—Pero, señor Longman, ¿es esto alguna clase de broma?

—Usted me conoce bien, y sabe que mi sentido del humor es más bien estoico. Le aseguro que no estoy bromeando.

—Pero, ¿retirarse justo ahora, con una carrera que cumple veinticinco años de contundentes casos resueltos? ¿Ahora, cuando su labor ha sido reconocida a nivel nacional, y van a inaugurar una estatua en su homenaje en la plaza central de la ciudad? ¿Y su nombre es mencionado en los principales periódicos del país? Ah, y no olvide a ese joven periodista que va a sacar un libro sobre su vida y obra.

—Justamente por eso he decidido mi retiro. Me parece que he cumplido los principales objetivos de una vida dedicada a resolver crímenes. He dejado una huella perdurable en la nación, y es justo que reclame el descanso que me corresponde.

—Oh, detective Longman, no puede abandonar todo así como así. Piense en el documental que van a filmar sobre sus casos más famosos: todavía podemos adherir alguno más para la serie. Y los productores estarían encantados de acceder a su testimonio pues, ¿quién mejor que usted para narrarlos?

—Mire, señor Holzmann, aprecio mucho la fama y la notoriedad que me han dispensado los grandes medios de comunicación. Pero cada vez me siento más ahogado, más presionado, y ya con mis años es justo que decida tomarme un respiro y cambiar de ambiente. Por eso, se lo reitero: he tomado la resolución de renunciar a mi puesto de detective. Sabemos que el crimen nunca descansa, pero lo mismo, siempre habrá detectives dispuestos a combatirlo.

—Sin embargo, ningún otro policía posee su talento, su carisma y su experiencia. ¿Qué será de la estación de policía sin un digno sucesor suyo?

—Las generaciones van cambiando, hay muchos detectives jóvenes con ambición y buena voluntad. Recuerde que yo alguna vez también fui joven. No se obtiene experiencia si no es, claramente, trabajando. Mis buenos resultados son fruto de la gran cantidad de errores que he cometido a lo largo de mi carrera. Mi anhelo es que ello sirva de guía para los que vendrán después de mí. Sería muy egoísta que yo pretendiera acaparar todos los espacios que otros puedan aprovechar para crecer.

—Escúcheme, señor Longman, le digo que no puede retirarse aún. ¿Qué voy a hacer yo sin usted? No le permito que me abandone de esta manera, tenemos muchos proyectos juntos.

Holzmann enrojecía a medida que continuaba hablando encolerizado.

Lejos de sentirse intimidado, el detective Longman mantuvo su expresión serena y resignada. Discretamente, comenzó el ademán de buscar algo en su bolsillo.

—Supuse que no me haría caso —dijo, en cuanto el otro terminó su perorata de reproches—, yo no le importo más de lo que le importa todo lo que puede obtener a través de mí.

Apenas alcanzó Holzmann a fruncir el ceño, cuando vio el cañón del revólver apuntándole al pecho.

—No vas a hacerlo —dijo fríamente—. Me necesitas, porque sin mí no serías nada. No puedes matarme.

—No me importa. Ambos ya le sacamos suficiente jugo a la existencia. Y yo ya me cansé de ser el que vive únicamente en los libros.

Y el detective Longman disparó.

 

***

 

Más tarde ese día, cuando los forenses examinaban la escena del crimen, los policías encargados del caso no terminaban de resolver sus dudas. El saco y el sombrero aún estaban colgados del perchero. El cadáver yacía tendido en la silla, con el agujero carmesí en medio de la camisa. Pero el revólver estaba sobre el escritorio, al lado de la mano izquierda de Holzmann, y con las huellas de Holzmann en él.

—¿Y tú qué dices? —le preguntó un oficial al otro— ¿Suicidio u homicidio?

—Creo que está más que claro. No todos los días muere el escritor de novelas policiales más famoso del país. ¿Ha leído alguno de sus libros?

—No tengo mucho tiempo para leer, la verdad. Pero mi hija mayor se los sabe de pe a pa. Según ella, en los últimos libros se notaba que la fórmula ya se le estaba gastando al escritor. Sin embargo, seguían pidiéndole más… No me extraña que terminara quedando medio esquizofrénico. 

 

martes, 25 de marzo de 2025

Libros que muerden: “La biblioteca del entablado"


Cuando algo desaparece o se pierde bajo ciertas circunstancias, creo que pocas personas se resisten al impulso de buscarlo. Sobre todo, cuando se trata de cosas que poseen un valor que va mucho más allá del monetario. A la inversa, cuando algo misterioso, desconocido o llamativo es encontrado, también se inicia una búsqueda, no tanto para hallar el objeto en sí, sino para encontrar su origen y entender por qué y cómo terminó en el sitio donde fue hallado. 

Un tema que me interesa mucho, especialmente en cuanto a ficción, es el de los libros (o cualquier otro tipo de obra artística) perdidos o censurados. Lo prohibido ejerce bastante atracción, creo, quizá por ello: estar prohibido, que no se puede hacer, no se puede tener, de lo que no se puede hablar. La censura, a su manera, puede ser total o parcial, provocando que algunas partes de tal o cual obra no lleguen hasta el público. Quienes efectúan la censura o la prohibición siempre echan mano de todos los recursos que pueden para justificarla, alegando en la mayoría de los casos que es “por un bien mayor”. Pero muchos no quieren obedecer al mandato. Se resisten porque conocen el contenido de la obra y saben que fue censurada o prohibida porque sus ideas pueden atacar o atacan directamente al status quo; o bien quieren conocer de qué se trata para comprobar por sí mismos si la prohibición está justificada. Si es realmente para tanto.

Uno de los más renombrados escritores de ciencia ficción, Ray Bradbury, publicó Fahrenheit 451, una novela que presenta un futuro distópico en el cual todos los libros, cualquier tipo de libro, se encuentran terminantemente vetados de la sociedad. Todo libro que ande dando vueltas por ahí debe ser destruido. Y ¡ay! de cualquier persona que tenga una biblioteca en su casa y no quiera deshacerse de ella, pues entonces los bomberos le harán una visita… no para apagar un incendio, sino para provocarlo. Porque en esta novela son los bomberos quienes producen los incendios, a pesar de que las casas están fabricadas con materiales ignífugos. Y su misión es ir allí donde haya libros, para quemarlos. Incluso cada hogar dispone de un incinerador, por si de casualidad te topabas con algún tomo indeseado. La historia sigue a Guy Montag, un bombero que se siente medianamente a gusto con su trabajo, hasta que una serie de hechos lo hará cambiar de parecer. Hay un momento donde comete una transgresión: esconde libros, no los quema, lo cual traerá importantes consecuencias para su desarrollo como personaje y también para el resto de la historia.

Por suerte, un futuro como el que plantea Bradbury está lejos de ocurrir. En el peor de los escenarios, lo más probable es que las pantallas ocupen toda la atención humana, y los libros simplemente queden relegados a un mueble, juntando polvo. Nadie se tomaría la molestia de quemarlos. Sin embargo, hubo un tiempo, particularmente en la Argentina, donde corrías un gran peligro si poseías determinados libros. Arriesgabas tu pellejo, tus cosas, tu familia. Y si no te manejabas con cierto cuidado, podía ser el fin.

La mayoría de los países cuenta con una o más fechas determinadas que refieren a episodios traumáticos de su historia. En Argentina, una de esas fecha es el 24 de marzo de 1976, que marcó el inicio de la sexta y última dictadura cívico-militar, la cual todavía hoy, más de cuarenta años después, sigue vigente en la memoria colectiva a través de varios debates. Dentro de todo el rango de temas que existe alrededor de este hecho, yo me voy a centrar en uno: la censura y la prohibición de libros, eje fundamental en la historia de mi primera novela.

No estoy muy segura del momento exacto en el que surgió la idea, pero me parece que fue en el año 2018, mientras cursaba Literatura argentina II en el profesorado. Parte del programa de cátedra era el abordaje de la literatura durante la dictadura, cuando muchos escritores fueron perseguidos por sus ideas. Más de uno fue censurado o prohibido, y prácticamente la mayoría se marcharon al exilio.

Yo quería escribir una novela que hablara sobre un conjunto de libros escondidos debajo del piso entablado de una casa, relatando su rescate, su posterior abandono, y luego su revalorización. Quería que el hilo principal de la trama fuera el misterio de su origen: quién los puso ahí, y por qué. Algo que tenía claro desde el principio era la estructura tripartita, es decir, que la historia y la trama se desenvolverían en tres partes, tres épocas históricas, tres personajes. Cada personaje debía ser representativo de alguno de los múltiples oficios que giran en torno a los libros y la lectura, pues tenía el anhelo de homenajear no sólo a escritores, bibliotecarios y profesores de lengua y literatura, sino también a periodistas, libreros, editores, y más. Así que definí a la tríada de protagonistas a partir de estos oficios. Solo me faltaba el contexto de cada uno, y esto fue lo más difícil al principio, porque no estaba segura de qué línea de tiempo establecerme. Primero, porque ello me obligaba a situarme en uno o dos años determinados del siglo XX, y me preocupaba no poseer el suficiente conocimiento de esos años como para no cometer anacronismos. Me preocupaba el lugar desde el que me situaría como autora para contar la historia, porque sentía que la representación del pasado estaría demasiado influida por mi mirada desde la actualidad. Sumado a que todavía soy una escritora joven y, creo, no lo suficientemente experta como para escribir sobre un tiempo histórico que no viví.

Después de muchas vueltas mentales, decidí encuadrar la historia dentro de los últimos cuarenta años, tomando como punto de inicio los finales de la década del ’70. La dictadura cívico-militar, con su Proceso de Reorganización Nacional, resultó el marco propicio para lo que yo quería contar, y además permitía justificar los elementos principales de la trama. Cuando retomé la escritura de la novela, allá por el verano de 2023-2024, pude terminar de darle forma a mi obra, primero echándole bastante cabeza (es decir, evaluando en mi mente todos los pormenores), y luego escribiendo a conciencia (muchos de los puntos que no tenía del todo resueltos en la pre-escritura se fueron resolviendo en el propio proceso). La experiencia ha sido muy enriquecedora, porque era la primera vez que encaraba un escrito tan extenso, acostumbrada como estoy a la escritura de cuentos. La satisfacción que sentí al completar La biblioteca del entablado fue increíble. Y cuando salió publicada, ni les cuento.

Me propuse que la estructura de la novela no siguiera el tradicional modelo lineal, es decir, contando la historia en orden cronológico. Eso lo tenía pensado también desde el principio: dislocar la narrativa de una forma fragmentaria (un rasgo común en las novelas de la dictadura), recurriendo a otros tipos de texto para ampliarla y enriquecerla: noticia, entrevista, carta, necrológica. De esta manera, me puse a construir un mosaico, donde cada pieza, además de ofrecer nueva información, complementara a las demás. Creo que fue una apuesta arriesgada, porque no siempre es fácil salirse de los moldes, pero me parece que, entre todo, quedó bien. A través de los capítulos se van entretejiendo episodios que abarcan los tres tiempos, brindando nuevos detalles. En varios momentos tuve que pensar y repensar cómo conectar algunos puntos de la trama sin que parecieran forzados (por eso la novela se me hace más difícil que el cuento).

Entre las ideas iniciales, pensé en que los libros escondidos fueran inventados, con nombres ficticios, aunque obviamente inspirados en obras reales. Pero terminé descartando esa idea, porque la mención de libros verdaderos le daría a la novela un anclaje más verosímil, por más que se trate de una ficción. Al fin y al cabo, La biblioteca del entablado no es más que un artificio montado sobre bases verídicas. Y lleno de simbolismos, para variar, que combinan elementos de Fahrenheit 451, de los relatos y testimonios sobre la dictadura, y de diferentes rincones de la literatura.

Entonces, decidí usar los nombres de libros reales para la “colección del entablado”. Y para eso, tuve que documentarme ampliamente. Consulté varias páginas web y algunas bases de datos, pero las dos grandes fuentes de información fueron Un golpe a los libros: represión a la cultura durante la última dictadura militar (2007), de Hernán Invernizzi y Judith Gociol, por un lado, y por otro, Libros que muerden: literatura infantil y juvenil censurada durante la última dictadura cívico-militar 1976-1983, de Gabriela Pesclevi. El primero es fruto de un trabajo documental surgido tras el descubrimiento de un montón de documentos (actas, memos, considerandos, circulares, etc.) redactados por el gobierno de facto, y que estaban arrumbados en el sótano de un ex banco. El segundo es más que nada un catálogo de libros que, como bien lo dice el título, pertenecen a la literatura infantil y juvenil, aunque también abordan otros casos análogos.

Un golpe a los libros es una lectura muy recomendada para quienes quieran conocer cómo se ejercía la represión sobre la cultura, porque

propone que a la desaparición de personas se corresponde el proyecto, también sistemático, de desaparición de símbolos, discursos, imágenes y tradiciones. Si por una parte estaban los campos de concentración, las prisiones y los grupos de tareas; por la otra, se afianzaba una compleja infraestructura de control cultural y educativo: equipos de censura, análisis biográficos, memos de inteligencia, abogados, intelectuales, académicos, planes editoriales, decretos, presupuestos, oficinas… (Invernizzi y Gociol, 2007).

A partir de su investigación sobre los documentos confidenciales olvidados en aquel sótano, los autores explican de qué manera se organizó el gobierno de facto para controlar y moldear la cultura del país. Convencidos de que la lucha contra las guerrillas no se terminaba con la exterminación de las mismas, los militares se proponían eliminar cualquier posible foco de lo que ellos llamaban “captación ideológica” para el marxismo, la subversión y otras yerbas similares. O sea, acabar con el mal de raíz. Definieron como “campo de batalla” el corazón y la mente del pueblo argentino, y como “enemigo” a todo lo que fuera “subversivo”: peronismo, marxismo, socialismo, feminismo y cualquier otra ideología que no coincidiera con los valores que ellos definían como los únicos válidos (Dios, Patria, Familia, y otras cosas). Valiéndose de distintas dependencias estatales y militares (ayudados además por múltiples colaboradores civiles e intelectuales), organizaron una compleja y bien ordenada superestructura que persiguió con todo su yugo a todos aquellos que se desenvolvían dentro del campo de la cultura. Así surgieron las llamadas “listas negras” de escritores, editoriales, librerías, armadas según su nivel de subversión. Muchas prohibiciones salían por decreto, a veces regían en todo el territorio nacional, o bien se daban en una o más provincias.

Otra fuente muy preciada de información fue el ya mencionado catálogo Libros que muerden, que presenta los casos de diversos libros de literatura y juvenil, entre otros, que sufrieron la prohibición o algún tipo de censura. A veces, por ciertas interpretaciones hechas a raíz de los colores (como en Cinco dedos, donde una mano roja vence a otra verde), por denuncias efectuadas generalmente por colegas (como le pasó a Laura Devetach), o a veces por el origen de sus autores (como La tacita azul de Arkadi Gaidar), incluso si ni siquiera son libros de literatura (este es el caso de El niño zurdo, un trabajo pedagógico sobre los niños que escriben con la mano izquierda, o Los grandes maestros soviéticos, un libro sobre ajedrez: cualquier cosa que viniera de la URSS se ganaba enseguida el veto). Ni hablar si se trataba de obras con apellidos de reconocidos íconos peronistas o de izquierda. O de cuentitos donde, por ejemplo, el papá ayudaba a lavar los platos a su hija, o donde un nene plantaba un cuaderno en su patio y le crecía un árbol lleno de cuadernos, los cuales regalaba a sus compañeros de escuela. Hoy podrá parecer extremo, y hasta ridículo, que ciertas cosas que hoy tenemos normalizadas o a las que no juzgamos para nada peligrosas, fueran dignas de censura. Pero hay que entender esto dentro del contexto de su época, y nuestro país no era un caso aislado: alrededor del globo, dos grandes potencias se disputaban el privilegio de imponer su sistema social, económico y político sobre el resto del mundo. Y obviamente, el bloque occidental capitalista echaba mano de todos los recursos posibles para evitar que el enemigo le ganara terreno. Eso, sumado a la creciente ola de violencia política y guerrillera en el territorio, fueron parte del caldo de cultivo para la gestación y desarrollo de la última dictadura cívico-militar en Argentina.

Hoy en día han proliferado los discursos disidentes, emperrados en discutir que no fueron 30.000 desaparecidos o en justificar el terrorismo de Estado porque “los guerrilleros también secuestraban, torturaban y mataban personas”. Y su empeño es por hacer la contra nomás, para joder, pero desde la comodidad y cuasi-anonimato de las pantallas. A mí no me interesa meterme en esos debates. Y si bien me sucede que dudo sobre el relato general que se me ha transmitido particularmente desde la escuela, reconociendo que por mi edad y por mi nula experiencia en un hecho así soy fácilmente manipulable, hay algo que sí tengo en claro: no se puede comparar, en poder y recursos, una organización particular de gente con el Estado. Discutir un número, ya sea diez, veinte, treinta mil, me parece irrelevante: hablamos de personas a las que sacaron de su casa a la fuerza, a las que torturaron, a las que les quitaron sus hijos, a las que ejecutaron a sangre fría y enterraron así nomás o tiraron al río.

Ojalá nadie tenga que vivir algo así para entender lo que fue. Yo no lo viví, ojalá nunca me pase. Pero hay algo que se llama empatía, que estaría bueno aplicar un poco.

Para ir cerrando, quisiera dejarles la lista de los libros que conforman la colección del entablado son los siguientes:

·         Los zapatos voladores, de Margarita Belgrano. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1976.

·         El salón vacío, de Margarita Belgrano. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1978.

·         El peronismo y la Iglesia, de Hugo Gambini. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1971.

·         Cinco dedos, Colectivo Libros para Niños de Berlín. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1975.

·         Ganarse la muerte, de Griselda Gambaro. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1976.

·         Dulce de leche, libro de lectura para cuarto grado de Carlos Joaquín Durán y Noemí Beatriz Tornadú. Buenos Aires: Estrada, 1974.

·         Aire libre de María Elena Walsh. Buenos Aires: Estrada, 1967.

·         Mi amigo el pespir de José Murillo. Buenos Aires: Editorial Guadalupe, 1977.

·         Introducción a la Sociología, de Duilio Biancucci. Buenos Aries: Editorial Guadalupe, 1974.

·         Estudio de la Realidad Social Argentina (E.R.S.A.) Tomo 1, de Elena Roca. Buenos Aires: Kapelusz, 1975.

·         El niño zurdo, de Pierre Kingebiel. Madrid: Kapelusz, 1979.

·         Las edades moderna y contemporánea, de Juan Bustinza y Gabriel Ribas. Buenos Aires: Kapelusz, 1973.

·         El nacimiento, los niños y el amor, de Agnés Rosensthiel. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto.

·         Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto, 1975.

·         Cuentos para chicos traviesos, de Jacques Prévert. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto, 1974.

·         El castillo de los destinos cruzados, de Ítalo Calvino. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto, 1977.

·         La Biblia Latinoamericana, de Ramón Ricciardi y Bernardo Hurault. España: Ediciones Paulinas, 1974.

·         Nuestros muchachos, de Álvaro Yunque. Buenos Aires: Plus Ultra, 1976.

·         El amor sigue siendo niño, de Álvaro Yunque. Buenos Aires: Plus Ultra, 1976.

·         Niños de hoy, de Álvaro Yunque. Buenos Aires: Plus Ultra, 1975.

·         El pueblo que no quería ser gris, de Beatriz Doumerc y Áyax Barnes. Buenos Aires: Rompan Fila, 1975.

·         Cómo se hacen los niños, de Beatriz Doumerc y Áyax Barnes. Buenos Aires: Schapire Editor, 1974.

·         La línea, de Beatriz Doumerc y Áyax Barnes. Buenos Aires: Granica, 1975.

·         Chile no es un cuento, de Augusto Bianco. Buenos Aires: Rompan Fila Ediciones, 1973.

·         El Che Guevara, de Hugo Gambini. Buenos Aires: Paidós, 1968.

·         La razón de mi vida, de Eva Perón. Buenos Aires: Peuser, 1952.

·         La torre de cubos, de Laura Devetach. Buenos Aires: Huemul, 1973.

·         Renacó y los últimos huemules, de José Murillo, en colaboración con Ana María Ramb. Buenos Aires: Ediciones Pespir, 1975.

·         La tacita azul, de Arkadi Gaidar. Moscú: Editorial Progreso, 1974.

·         El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Buenos Aires: Emecé, 1951.

·         Los grandes maestros soviéticos, de Alexander Kolov. Buenos Aires: Editorial Aymi, 1974.

 

 

 

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  Buenos días/tardes/noches, según cuándo estén leyendo esto. Quisiera darles la bienvenida a mi pequeño y humilde blog, este diminuto aster...