lunes, 10 de febrero de 2025

Literatura y Cine #1: Mantener la esencia de una historia en otro formato

 

Tiempo atrás, yo fui una de esas personas que decía “ah, la película es apenas la punta del iceberg con respecto al libro, porque el libro cuenta mucho más”. Es decir, yo tenía esa visión limitada sobre la relación entre película y libro, que tendía a menospreciar al filme por no ajustarse cien por ciento a la obra literaria o por no revelar toda la información tal cual está mostrada en el texto. Hoy en día es muy común que, si una novela alcanza cierto nivel de éxito, es muy probable que sea llevada al cine, con buenos o regulares resultados, ya que lo que motiva la adaptación cinematográfica suele ser más la especulación de ganar más dinero con la historia, que de producir una experiencia estética. Creo que el prejuicio sobre las películas basadas en libros suele alimentarse también de las “malas adaptaciones”, que en el peor de los casos ni siquiera respetan la visión del autor. Pero a veces hay casos a la inversa: una película puede acabar puliendo o mejorando algunos detalles del libro, generando una mayor aceptación del público.

Volviendo, sin embargo, al punto de vista del principio, puedo decir que actualmente mi mirada sobre la relación entre literatura y cine se ha ampliado y enriquecido. En eso me ayudó mucho el Seminario de Literaturas Comparadas, una de las materias que cursé en el Profesorado de Lengua y Literatura. Gracias esa materia pude comprender, entre varios otros conceptos, el del proceso de “adaptación cinematográfica”. No se trata solamente de empezar a grabar las escenas en base a lo que dice en el libro. Hay un montón de transformaciones que ocurren en el medio. Por un lado, el texto novelístico deberá ser transformado en un guion cinematográfico, que como tipología textual tiene características y funciones bien diferenciadas. El guion debe estar bien escrito, y no limitarse a seguir lo que dice la novela. Por otro lado, tenemos lo que se llama el elemento humano: para la realización de una película intervienen muchas más personas que para la publicación de un libro. Tendremos al director o directora, que será quien dirija cada etapa de la producción siguiendo una determinada impronta creativa. Tendremos al elenco de actores y actrices que se encargarán de interpretar a los distintos personajes de la historia. Tendremos también a los extras, los que salen de fondo, además de toda la gente que trabaja detrás de cámaras o en post producción. A eso hay que sumarle el trabajo con la escenografía, los fondos, la variación de escenarios, más los recursos tecnológicos y audiovisuales con los que se darán los detalles finales a la obra. Todo esto ajustado a un presupuesto que, ya sea con seis, siete u ocho ceros, determinará cuánto se puede hacer y cómo… y claro, no nos olvidemos de los corporativos del estudio cinematográfico, capaces de sacrificar el arduo trabajo de los cineastas con tal de no tener pérdidas económicas.

Como vemos, no es moco de pavo realizar una película, esté o no basada en otra obra, sea libro, cómic, historieta, videojuego, etc. Y más especialmente en los tiempos que corren, donde una gran parte de las películas que aparecen cada año son el refrito del refrito del refrito; donde ya no parece haber lugar para las historias originales. Aunque esto no siempre es del todo así. Un canal de Youtube llamado La Zona Cero hizo una revisión de la producción cinematográfica de las últimas décadas, en busca del momento en que el cine dejó de enfocarse en historias originales para producir secuelas o lo que dentro del género de superhéroes se conoce como “universos cinematográficos”. Lo que cuenta allí es sinceramente sorprendente. Si les interesa, pueden acceder al video en este enlace.

Bueno, otra vez me estoy yendo por las ramas. Lo importante es que haya quedado claro que entre libro y película hay un proceso de transformación mucho más complejo de lo que se supone. Y en dicho proceso median un montón de otras cosas más, sobre todo la ideología del director y de su equipo creativo. Sí, dije ideología, pero no me refiero solamente a las ideologías políticas, progresistas, feministas y un largo etcétera, sino que hablo de ideologías en general. Todo tiene una base ideológica, incluso lo que no manifiesta tenerla. Va más allá de situarse en uno u otro bando de lo que sea. La ideología refiere a nuestra mirada sobre el mundo, sobre cómo interpretamos ese mundo y qué representaciones le damos al mundo en el arte. De ahí que, por ejemplo, nos pueda gustar o no cierta adaptación cinematográfica de tal libro porque algo en la historia no coincide con la imagen que nosotros tenemos de esa historia. Puede tratarse de algún detalle de los personajes, un cambio en algún elemento de la trama, lo que sea. Como estamos viendo una obra que supuestamente retrata otra obra que ya existe, va a pesar mucho nuestra interpretación de la obra existente por sobre la obra nueva. Eso no sucedería si la película fuera una historia original, que no esté basada o inspirada en ningún otro libro o película anterior, porque ahí estaríamos en punto cero, ya que no habría otra obra en el medio con la que compararla.

En otras palabras, sucede lo que pasa muy seguido en la literatura: una cosa puede ser lo que el autor quiso decir, y otra muy distinta es lo que el lector entiende. Y esto pasa porque, más allá de qué tan directo o no haya sido el autor con sus ideas, el lector decodifica el texto según su propio sistema de creencias y valores. Es decir, que no siempre autor y lector piensan lo mismo, y me parece perfecto que no todos pensemos lo mismo. Muchas veces me ha sorprendido, en las reseñas que han recibido mis libros, la diversidad de interpretaciones que cada persona les da. No me importa en absoluto si eso coincide o no con lo que yo quería transmitir en lo que escribí (incluso si dicen que no les gustó), lo que me interesa es la experiencia del lector; la diversidad de experiencias de lectura que puede propiciar lo que yo escribí. Habrá partes que resonarán más o menos en el interior de quien lee, habrá partes que gustarán más o menos, y eso tiene que ver con la vida misma de cada persona. Con la realidad que le toca vivir y con su historia personal. Y, obviamente, con todo lo que ha leído antes, con lo que más le gusta leer, con lo que no. Lo mismo ocurre con el cine.

Entonces, ya desde el principio, podemos comprender que la película, a pesar de basarse en una obra ya establecida, de todas maneras será dirigida y producida a partir de la visión, la impronta y el estilo estético que el director quiera darle.

El proceso de adaptación también tiene que ver con el material con el que se está trabajando. Tenemos un libro, una novela, por ejemplo, como punto de partida, y una película como punto de llegada. Cuando se trata de la adaptación de una obra literaria a un producto cinematográfico, también estamos hablando de un proceso de traducción entre sistemas de signos. Tanto la literatura como el cine son sistemas de signos, cada uno posee particularidades estéticas propias que hacen uso de los recursos que sus respectivos medios les ofrecen. Tienen sus propios lenguajes: la literatura se sirve del lenguaje verbal escrito, y el cine, a su vez, tendrá a su disposición el lenguaje audiovisual, el cual, bien usado, puede ampliar muchísimo las posibilidades narrativas de una obra, porque hasta los mínimos detalles de lo no verbal nos pueden estar diciendo algo sobre lo que ocurre en la obra. Eso, a fin de cuentas, es lo que debería primar en todo caso: una historia bien contada. Y para tener una historia bien contada, se necesita de dos elementos fundamentales: la forma y el contenido.

Pilares no sólo de libros y películas sino también de cualquier tipo de obra narrativa, el contenido es la historia, lo que se cuenta, los hechos y los personajes que transcurren dentro de esa historia, y la forma tiene que ver con el medio de expresión, cómo se transmite el contenido. Por ejemplo, dentro del contenido se engloba todo lo que se refiere al género literario, al espacio-tiempo donde se ubica la acción, a los personajes y su caracterización, mientras que la forma establecerá el punto de vista narrativo, el orden de los hechos, la organización de la trama, el tratamiento del tiempo, el tipo de narrador, el enfoque, y mucho más. Tanto forma como contenido tienen sus propios planos y sus elementos bien diferenciados. Esto lo pude estudiar mucho más a fondo en mi trabajo final del Seminario de Literaturas Comparadas, del que me gustaría hacer una reescritura para compartir acá en el blog, y en parte es lo que me inspira a escribir este artículo. En ese trabajo, en palabras generales, analicé el proceso de adaptación entre la obra teatral La Tempestad de William Shakespeare, y la película Los libros de Próspero, de Peter Greenaway. Próximamente espero publicar un resumen de ese análisis, que viene a ejemplificar la postura que tengo hoy con respecto a la relación entre literatura y cine, y que es lo que quiero expresar en el presente artículo: mantener la esencia de una historia a pesar del cambio de formato, ampliando a su vez el modo de contarla.

Cada obra manifiesta un cierto conjunto de creencias y valores acerca del mundo en que vivimos; creencias y valores que se transmiten a través de las representaciones de la realidad, de los símbolos y los signos que se presentan allí. Eso sería, para mí, la esencia de una obra, aquello que se conserva aún después del proceso de adaptación. Es lo que queda igual en el momento de realizar una comparación entre un producto u otro, aunque la mera comparación no me parece un criterio absoluto para juzgar la calidad de una película basada en un libro. No es justo que nos fijemos solamente en la fidelidad del filme con respecto al texto literario, antes bien podemos hacer el esfuerzo de mirar con más profundidad dentro de cada obra, así como también analizar las relaciones que establecen esas dos obras, no sólo entre sí, sino también con otras obras dentro de sus respectivas esferas. Es normal que, puestos a comparar libro y película, salgan a relucir enseguida las diferencias. Los cambios producidos dentro del proceso de adaptación suelen obedecer, entre muchos factores, a las particularidades del medio de llegada. O sea, además de razones técnicas, tecnológicas o de presupuesto, hay que tener en cuenta que lo que funciona en un medio no necesariamente va a funcionar en el otro. Por decir un ejemplo: el uso de onomatopeyas quizás no resulte tan efectivo en un cuento como en una historieta, ya que las onomatopeyas están más ligadas a los medios gráficos y por eso no producen el mismo impacto en los textos escritos.

Otra cuestión de peso es lo referido al público objetivo y al mercado por el que circulará la obra, pues público y mercado son elementos que influirán en su nivel de éxito. Librerías y salas de cine son lugares muy distintos entre sí. Y lo que le puede funcionar a un libro, no necesariamente le va a funcionar a una película.

Para mí, es importante que la película tenga una identidad propia, y que guarde cierta autonomía con respecto al libro. O sea, que nadie te venga a decir “ay no pero tenés que leerte el libro para entender la película”. No, no, mi ciela, la película tiene que poder defenderse por sí misma. Debe saber explicar muy bien cuáles son las reglas que rigen su mundo y por qué pasa lo que pasa. Incluso si la película es parte de una gran franquicia, debe ser tratada como un producto único. Algo parecido ocurre con los libros: la peor maña de las editoriales es poner el póster de la película como portada de la novela si la película ha sido un éxito total. A pesar de que se trata de una estrategia de marketing, yo sigo defendiendo la autonomía del libro. Por ejemplo, hace unas semanas, me pasé un largo rato buscando una edición de La pregunta de sus ojos, de Eduardo Sacheri, que no tuviera como portada el póster de El secreto de sus ojos. Pude encontrar, por suerte, una edición con una portada distinta. Por mucho que me gusten la novela y la película, prefiero que ambas mantengan su autonomía artística.

Me gusta poner como ejemplo la relación entre La pregunta de sus ojos y El secreto de sus ojos, porque me parece un caso muy claro de cómo mantener la esencia de una historia a pesar del cambio de formato. Quizá le da un plus el hecho de que el autor de la novela estuvo co-escribiendo el guion de la película junto con Campanella, el director. Sí, hay bastantes cambios de la novela al guion, pero esos cambios no alteran la sustancia del contenido. Para empezar, el protagonista, en el libro, se llama Benjamín Chaparro, mientras que en la película se apellida Espósito. Las relaciones de Chaparro / Espósito con los demás personajes también poseen ligeras diferencias, pero todos participan de una manera u otra en los sucesos. Salvo Irene, que en el libro está un poco más distante que la Irene de la película (pero eso no modifica el amor que hay entre los dos). El vínculo del protagonista con Ricardo Morales sigue igual, aunque sí está más profundizado en el libro. Además, la forma en que atrapan al asesino y quién lo hace pisar el palito, pese a sus diferencias, funcionan en ambas obras. Y el final, si bien mantiene la misma premisa, es diferente en su ejecución. Sin embargo, acá no se trata de evaluar cuál es mejor o cuál es peor. Estoy segura de que muchos de los cambios en la película se hicieron pensando en la especificidad del medio y del público, los cuales resultaron acertados y le valieron a la película un Óscar a Mejor Película Extranjera y un montón de premios más. En otras palabras, podríamos decir que un libro, si se adapta bien, puede convertirse en una excelente película.

Ese es otro punto importante: la calidad de la adaptación. Si contás con buenos guionistas, con un buen director y con un buen elenco, hay muchas posibilidades de que salga bien. Porque hay que saber cómo adaptar un libro a una producción audiovisual sin que este pierda su esencia y que la historia se pueda transmitir tal cual.

Quisiera poner, como caso hipotético, la adaptación de Atlántida revelada, novela de Esteban Corio que reseñé el año pasado en este blog. Es un libro con una estructura amplia, pues intervienen varios personajes, se desarrolla en varios lugares a la vez, intervienen muchos elementos. En palabras generales, contiene demasiado contenido para una sola película. Por lo tanto, yo creo que una buena adaptación sería, directamente, una trilogía. O sea, tres películas, lo cual para una novela de un autor independiente sería una aspiración muy grande. Pero, ¿por qué no? Si Corio lograra vender bien su idea a un estudio cinematográfico, me tomo el atrevimiento de decirlo, tendría muchas posibilidades de convertir su historia en una saga exitosa (en el caso de que él lo quiera). Lo digo otra vez: todo depende de cómo se adapte.


No soy cineasta ni guionista, pero mi propuesta se basa más que nada en mi experiencia como espectadora, como alguien que ve películas y que percibe cómo esas películas son recibidas por el resto del público. No quiero hacer spoilers de la novela ya que recomiendo encarecidamente su lectura (también recomiendo leer mi reseña). Voy a tratar algunos puntos muy por encima, sin dar muchos detalles. Si bien en la novela hay, por lo menos, dos tramas principales, hay una tercera trama final que resume de muy buena manera el argumento que sostiene la historia: la colaboración y la cooperación entre las naciones del mundo en búsqueda de un bien mayor.

Ahora bien, ¿por qué tres películas en vez de una? En primer lugar, porque esta estructura narrativa permitiría, a mi ver, distribuir de manera más óptima las tres tramas que mencioné, de modo que cada una se pueda desarrollar con el tiempo justo y no se tenga que resolver todo de manera acelerada. En segundo lugar, evitaría la sobrecarga de información, revelando poco a poco datos y detalles de la historia para mantener así la atención y la tensión del público. En tercer lugar, cada película poseería un tono y un enfoque propios, a pesar de formar parte de una trilogía lineal. Es decir, que ni la segunda ni la tercera película repetirían la fórmula de la primera, porque cada una tendría su propia fórmula.

Veamos entonces cómo quedaría estructurada la propuesta:

·         Primera película: introducción al mundo de la novela y la historia de Héctor:

Al tratarse del inicio de la saga, tiene que sentar las bases principales de la historia, ponernos en contexto de cómo es el mundo en que se desarrolla y cuáles son su reglas.

La película se centraría en Héctor, uno de los protagonistas principales de la novela. Héctor, además de humano, es un atlante terrestre, un descendiente de los antiguos habitantes de la mítica Atlántida, perdida en el mar muchos milenios atrás. Después de un incidente mientras practicaba un deporte acuático en el río, donde casi se ahoga, descubre que puede respirar debajo del agua. A partir de ahí, su madre le irá revelando toda la verdad sobre sus orígenes y su destino.

De este modo, la idea es que a través de Héctor y de su camino del héroe, se nos cuente quiénes son los atlantes, de dónde vinieron, qué fue de la Atlántida y por qué sus habitantes se dividieron en dos grupos: los terrestres y los subacuáticos; además de explicar que ambas ramas están distanciadas, pero cuyos gobernantes actualmente están dispuestos a colaborar en búsqueda de un bien mayor.

Como resultado de todo este proceso, Héctor se propondrá encontrar los restos de la Atlántida para reunir a las dos ramas de atlantes y resolver el misterio de la ciudad perdida. Por lo tanto, sería una película más enfocada en la exploración y la aventura, pues nos mostraría el viaje y la travesía del chico junto a su familia y un guía especializado. Gracias a su descubrimiento, Héctor se encontrará con algo que será muy útil para el futuro.

También podría mostrarnos, de manera incipiente, un poco de los atlantes, pero sin ahondar demasiado en ellos, ya que protagonizarán la siguiente película. A lo sumo, se puede mencionar medio por arriba la tarea que llevan a cabo los notables junto con la ONU para la revelación de los atlantes a la humanidad. En este caso, se trataría de dar las pistas mínimas, para dejar al público con ganas de más.

·         Segunda película: puesta en marcha del plan “Un planeta, dos razas”:

En este caso, se desenvuelve la trama paralela a la de Héctor. Conoceremos al Consejo de notables de los atlantes subacuáticos, que se reúne para debatir una cuestión muy importante: salir de su anonimato milenario para darse a conocer ante los humanos, y de ese modo aunar esfuerzos para proteger la Tierra, ya que las amenazas ambientales como la contaminación, el calentamiento global y el cambio climático ponen en peligro la supervivencia de las dos especies en el planeta. La no interferencia en los asuntos de los humanos de hecho es un mandato ancestral de su raza, pero dicho mandato ya no puede ser sostenido en la actualidad. Por lo tanto, debaten y votan distintas propuestas para llevar a cabo sus primeros contactos con la civilización humana, desde las más agresivas hasta las más pacíficas. Afortunadamente, gana la opción más pacífica, que es comunicarse con la organización internacional más importante del mundo humano: la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Sin embargo, pese a la aceptación de la mayoría, cierto sector de los notables no está del todo de acuerdo con esta resolución, ya que prefiere mantener el status quo de siempre, y en secreto se dedicarán a sabotear el plan.

Por su parte, los atlantes terrestres, que en calidad de híbridos están dispersos entre los humanos, también se manejan con un consejo de notables, uno de los cuales se mantiene en comunicación con un notable de los subacuáticos. Al haber desobedecido al mandato ancestral de no interferencia al mezclarse con los humanos, la relación entre atlantes terrestres y subacuáticos siempre fue muy tensa. A tal punto de que los terrestres tienen que esconderse para no ser capturados y reconvertidos. A ellos también les preocupa la forma en que sus pares del fondo del mar decidan emerger a la superficie, pues de producirse una guerra entre las dos especies (una verdadera guerra mundial), ellos serían los más desfavorecidos por su condición de híbridos.

Así, la película nos mostraría cada paso de los atlantes para tomar contacto con gente de la ONU y, una vez dadas las explicaciones pertinentes, elaborar un plan llamado “Un planeta, dos razas” que establecería las bases de convivencia entre atlantes y humanos. También nos mostraría cómo el sector discordante de los atlantes movería los hilos para hacer fracasar ese plan, intentando sabotear la reunión que se llevaría a cabo entre mandatarios de varios países y notables atlantes.

Con base en todo esto, la segunda película tendría un tono diferente de la primera, porque ya no sería tanto de aventura o exploración sino más bien de acción, espionaje y suspenso, y se enfocaría en más de un personaje. Además, para el final, se podría recurrir a un gancho o cliffhanger: aunque sale todo bien… un meteorito con alta capacidad destructiva se acerca al planeta Tierra.

 

·         Tercera película: todos juntos por el planeta Tierra

Como broche de oro y cerecita sobre el pastel, la película final de la saga se descolgaría con todo: un meteorito se dirige al planeta, con el riesgo de producir efectos devastadores a nivel global, de manera similar al que cayó milenios atrás. Sin embargo, esta vez la Tierra podría tener su revancha contra la amenaza meteórica gracias a la cooperación entre las dos formas de vida más poderosas que la habitan. Esta tercera película pondría a prueba la premisa que sostiene Atlántida revelada: la cooperación y la colaboración mutuas entre todos, sin ninguna clase de distinción. Así, tanto humanos como atlantes subacuáticos y terrestres utilizarán su capacidad armamentística completa contra un enemigo común. Algo un poco al estilo Armaggedon, por lo que fácilmente tendría un tono full apocalíptico o de catástrofe.

Pero además de mostrarnos cómo trabajan en equipo ambas especies, la peli volvería con Héctor, que a modo de Plan B (por si el plan A falla) se aventura a regresar a las ruinas de la Atlántida pues allí hay algo que podría resultar de mucha ayuda. El final de esta película, para mí, es con el que deberían tener el mayor de los cuidados al tratarse del cierre definitivo de la saga, sobre todo en lo que refiere a ciertas conveniencias presentes en la novela. Aunque no dudo de que, con un buen trabajo de escritura, de dirección y de producción, estos aspectos podrían pulirse muy bien para la transposición a las pantallas.

 

Esto es apenas cómo yo armaría una adaptación cinematográfica de Atlántida revelada, y me baso más que nada en mi interpretación de la novela, lo cual quiere decir que no necesariamente es la única ni que, de querer Esteban Corio llevarla a cabo, tenga que ser así. Puede que incluso él tenga otras ideas completamente distintas a las mías, y eso es respetable porque, después de todo, es el autor del libro.

Para ir cerrando y que no se nos haga largo el carrete, espero que hayan disfrutado la lectura y que, más allá de la opinión propia, podamos tener otra perspectiva sobre la relación entre literatura y cine, que es mucho más que una simple adaptación.

 

 

 

 

 

lunes, 20 de enero de 2025

La bosta como mercancía turística: “El auge de la bosta de vaca”, de Damon Knight

 

Según leí en una publicación de Osvaldo Reyes en Instagram, los habitantes de Corea del Norte tienen tiempo hasta hoy, 20 de enero, para entregar 500 kilos de “abono”, que no es otra cosa que heces, o como le solemos decir “bosta”, “popó”, “caca”, etcétera. Todo este subproducto humano (y también el animal) se utilizará para preparar el fertilizante que será usado en la temporada de siembra. El post explica que, si los campesinos no alcanzan la cuota de heces exigida, recibirán un castigo, y su desesperación -por increíble que parezca- los conduce al mercado negro de excremento o a asaltar a los vecinos para robarles el contenido de las letrinas. Así se termina armando una “guerra del abono”.

Tocaría chequear la veracidad de esta información, pero si recordamos que Corea del Norte se encuentra bajo un estricto régimen militar y socialista, bueno… no suena muy descabellado. Por otro lado, lo que llama particularmente la atención es cómo algo sin valor intrínseco alguno y que normalmente tratamos como desecho, puede volverse un material muy codiciado en determinadas circunstancias. En este caso, la obligación gubernamental de entregar una cantidad específica de heces provoca que los habitantes traten de juntarlas de donde puedan, y que en el proceso hasta se forme un mercado clandestino. A nosotros puede sonarnos a locura o a premisa de un programa de comedia, pero la realidad es que es algo mucho más común de lo que creemos.

Por poner un ejemplo de una experiencia reciente en el mundo: de 2019 para atrás, ¿quién se iba a preocupar tan concienzudamente por conseguir alcohol al 70%? Ya sabemos que durante y después del 2020, el alcohol se convirtió en un producto casi de primera necesidad en el contexto de la pandemia de Covid-19, lo mismo que los barbijos o tapabocas. Recuerdo una noticia que escuché por ese tiempo, de un avivado disfrazado de sacerdote que vendía “alcohol bendecido” a los fieles a algo de 1000 pesos el litro. O, si nos venimos un poco más cerca en el tiempo, recordemos la invasión de mosquitos del año pasado. Las ventas de repelentes se fueron al alza, hubo escasez de repelentes e insecticidas, y hasta proliferaron los repelentes caseros en las redes sociales. Eso por dar dos ejemplos de productos “normales”, porque si nos metemos en Internet podemos encontrar cada cosa a la venta que uno dice “¿en serio a quién se le ocurriría comprar esto?”. Y si no me creen, busquen en Google “agua de calzón”.

Como las leyes de la oferta y la demanda son volátiles de acuerdo a las circunstancias que atraviesa una sociedad hiperconsumista, casi cualquier cosa podría convertirse en un ansiado objeto de consumo. Conforme crezca la demanda, el precio irá subiendo, al punto de que los que no puedan pagar tengan que recurrir a medios poco convencionales o directamente ilegales, como el robo, la estafa, comercios paralelos. Y eso estará en auge por lo menos hasta que vuelvan a cambiar las reglas del juego. Básicamente, cuando por esas cosas de la economía, el producto estrella del momento caiga estrellado.

De eso trata el cuento del que les quiero hablar hoy, que se titula El auge de la bosta de vaca, de Damon Knight. El título ya de por sí es llamativo, y más llamativa es su historia. Aquí los extraterrestres existen, pero no vienen a invadirnos ni nada por el estilo: vienen a la Tierra a hacer turismo o como estudiantes de intercambio. Andan en autos lujosos y manejan dinero contante y sonante, el cual gastan sin mucha preocupación en cualquier baratija que los locales puedan ofrecerles.

Al principio se nos presenta al señor y la señora Crawford, que tienen una cestería al costado de una ruta. Un día aparece una pareja de extraterrestres, los hercus, que lejos de fijarse en las cestas, se terminan interesando por una simple bosta que una vaca dejó distraídamente el día anterior. Ante la insistencia del visitante alienígena, el señor Crawford, ni lerdo ni perezoso, le vende el desecho orgánico en veinticinco centavos de dólar. A partir de ahí arrancaría un nuevo negocio, más lucrativo que los canastos.

El cuento da un salto temporal de dos años, en los cuales podemos suponer que la venta bostera fue creciendo y ampliándose hasta el punto de que ahora hay distintas categorías: con una o dos espirales, “reina”, “emperador”, etc. El capitalismo haciendo de las suyas, básicamente. Los señores Crawford llegaron a tener hasta siete rebaños, y en una revista decía que la lechería era un buen negocio “lateral” (o sea, derivado del principal). Pero ahora hay un problema: las ventas de bosta han bajado drásticamente debido a que los hercus se están volviendo a su planeta. Y lo peor es que no piensan regresar a la Tierra. Esto hace que los vendedores terminen despachando valiosas mercancías a precios irrisorios, con tal de no ganar por lo menos un poco con las últimas existencias.

Sobre el final del cuento, pese al ocaso del mercado de la bosta, otro nuevo estará por surgir. Delbert, un empleado del matrimonio Crawford, termina de comer una manzana y la tira al suelo. Al instante, llegan nuevos turistas alienígenas a la tienda, los serpos. A uno de ellos le llama de inmediato la atención ese centro de manzana que Delbert acaba de arrojar al suelo. Al señor Crawford le brillan los ojos, pero el pibe se aviva muy rápido, y renuncia. Cuando volví a leer el cuento, solté una carcajada en esta parte, porque me dije: “por supuesto que va a renunciar, porque sino lo van a tener asqueado de comer manzanas todo el día”. Pero la avivada de Delbert fue mucho más allá: el chico anunció que se iría a vivir con su tío, quien posee justamente un huerto de manzanas. “Hay que estar cerca de la fuente de abastecimiento”, dijo Delbert. Un genio total.

Divertido y crudamente realista a la vez, creo que el cuento metaforiza muy bien cómo funciona el mercado, especialmente en relación al turismo. Los alienígenas representan, obviamente, a aquellos turistas que tienen la posibilidad de visitar países muy diferentes al suyo. O, bueno, en este caso, un planeta diferente al suyo, donde tal vez no existen las vacas y, por ende, no existe la bosta. Por eso les interesa comprarla, porque es algo que no hay en su lugar de su origen, y les parece un objeto curioso. Esa curiosidad es pronto capitalizada por los lugareños, que ven una mina de oro en sus campos atestados de vacas. Imagínense si eso pasara en Argentina, capaz salvamos nuestra economía… Bueno, ya entramos en el terreno de la utopía.

¿Qué casos conocen que sean parecidos al que se relata en el cuento? Pueden dejarlo en los comentarios.

Esto ha sido todo por hoy. Espero que pasen una buena semana y, si no se han ido de vacaciones todavía, recuerden apoyar los negocios locales (tampoco compren cualquier huevada, tengan un poco de criterio).

¡Nos leemos la próxima!

domingo, 19 de enero de 2025

Reseña literaria #13: "Ni tan cuentos, ni tan cortos", de Sergio Breglia

 

Este libro me lo gané en una de las dinámicas que realizaron en la cuenta de Comunidad Creativa en Instagram, motivo por el cual les traigo la reseña de hoy.


Aquí encontraremos una compilación de relatos escritos con sencillez que expresan profundamente la mirada del autor sobre el mundo y sus reflexiones acerca de los aspectos que rodean a la cotidianeidad humana. De hecho, la reflexión inunda la narrativa, la crítica social irrumpe en los diálogos de los personajes, y esto se puede llegar a sentir un poquito invasivo al momento de la lectura. Es como una mezcla de literatura y manifiesto, lo cual no es necesariamente malo, sino que me parece una forma de propiciar la participación crítica del lector. Creo que acá se condensan muchas tomas claras de partido, que van más allá de la política partidaria y tratan de mantener vigentes muchas discusiones sociales todavía no resueltas.

Hay una variedad de historias que ponen el foco en los personajes, sus vivencias y sus cuestionamientos al entorno que las rodea. Jóvenes que añoran su pasado desde un presente muy lejano; personas que se encuentran en situaciones laborales difíciles o inciertas con resoluciones positivas en algunos casos y pendientes en otros; gente que después de pescar en la costa empieza a participar en actividades dedicadas a los barrios carenciados; parejas que atraviesan encuentros y desencuentros o separaciones; personas que tratan de buscarle la vuelta a una experiencia que las excede.

Para mí, los cuentos más creativos por el elemento fantástico que presentan son “Aroma a césped recién cortado” y “Descenso por el lado derecho”.

En varios momentos de la lectura me encontré con escenas nostálgicas, melancólicas, como esas anécdotas que cuentan quienes tienen cierta trayectoria en la vida y conocen el mundo desde antes del Internet. También se notan los mensajes que quiere transmitir el libro, ya sea a través de los diálogos, del discurso directo o del uso de determinados signos (por ejemplo, atribuciones positivas a la izquierda y atribuciones negativas a la derecha). No quiero caer en juicios de valor tipo bueno/malo con base en posturas políticas, prefiero dejar eso al margen y concentrarme más en la experiencia estética, que sí fue buena.

Para ir cerrando, quiero agradecer al equipo de Creativa Servicios que con su comunidad en redes lo dan todo por la difusión de autores y autoras independientes.

miércoles, 8 de enero de 2025

Reseña literaria #12: "A mitad de camino", de Ara Nasilov


Para alguien del palo de la narrativa, leer poesía de tanto en tanto puede ser un acto refrescante, una toma de contacto con otra forma de lenguaje escrito, sostenido en el ritmo, en la musicalidad, en el juego con las palabras y sus sentidos.

En “A mitad de camino”, Ara, la poetisa (hoy nadie parece acordarse de que existe la palabra “poetisa”, pero bueno), nos expone a través de sus poemas la riqueza de su mundo interior y exterior. Vivencias, sentimientos, experiencias, emociones son transmitidos con fuerza y vigor, y muchas veces los versos van dedicadas a representar los paisajes que la rodean o a homenajear a su familia y amigos, además de honrar su fe y a Dios.

El libro está organizado en tres partes bajo un criterio cronológico, y condensa seis años de escritura de la autora. Sirve como una mirada retrospectiva sobre su vida, sobre lo que ha llegado hasta ese momento, y como una mirada anhelante sobre el futuro, con las bases del presente.

El libro me gustó mucho, tiene muchos poemas que me dejaron pensando incluso sobre aspectos de mi vida. También hay otros muy creativos, que juegan con la disposición del espacio o que de las letras del título hacen la inicial de cada verso. O como “Tiroteo”, donde abundan palabras con “tr”, que al momento de leerlo emulan el sonido de disparos.

Muchas gracias al equipo de Creativa Servicios y a Ara Nasilov por permitirme leer y reseñar este libro.

Esto ha sido todo por hoy. Nos leemos pronto. ¡Saludos!

 

 


viernes, 3 de enero de 2025

Venganza o Justicia por mano propia: dos casos de análisis en la ficción

 



 

AVISO: Este texto contiene spoilers de la película El secreto de sus ojos. Si no la han visto aún y tienen la intención de verla, recomiendo leerlo después.

 

 

Aunque puedan parecer sinónimos, la venganza y la justicia por mano propia no son necesariamente lo mismo, pese a ser motivadas por iguales causas. La venganza implica básicamente tomar revancha como respuesta a una ofensa, tratando de satisfacer nuestra rabia o rencor por esa ofensa. Mientras que la justicia por mano propia es cuando una persona se arroga la autoridad de castigar un delito, pasando totalmente por alto las vías legales. Ambas pueden ser comprensibles dentro del contexto en el que ocurren, pero no por eso se las puede considerar válidas o justas. Pueden compartir, como rasgos comunes, la violencia, la desmesura y la impulsión por sentimientos negativos (ira, odio, rencor, etc.). Pero a su vez, las diferencian los objetivos, las acciones y los resultados a los que llegan. De todas maneras, ninguna es recomendable realmente como forma de lidiar con los problemas en sociedad.

Sin embargo, hoy no pretendo llevar a cabo un debate moral, ético o filosófico acerca de este tema, sino abordarlo desde el plano de la ficción, mostrando cómo se representan la venganza o la justicia por mano propia a través de dos personajes distintos. En el primer caso, tenemos al moreno del cuento “El fin”, de Jorge Luis Borges, y en el segundo caso, tenemos a Morales, de la película El secreto de sus ojos, del director Juan José Campanella.

 

La venganza es uno de los tópicos más atrayentes de una obra, sea novela, película, serie u obra de teatro. Como espectadores podemos llegar a sentir interés o cierta compasión por la persona agraviada que busca un resarcimiento por el daño que otros le han hecho, sin importar si los medios de los que se vale para llevarlo a cabo son moral o legalmente correctos. ¿Quién no ha sido alguna vez molestado, humillado, perjudicado en su vida? ¿Quién no ha sentido alguna vez esas ansias de tomar revancha por lo que le hicieron, imaginando muchas formas de retribuirle al otro ese daño? Hay rencores que pueden perdurar por años, envenenando nuestro interior, y que quedan sin resolver. Por eso, quizá, nos da cierta satisfacción ver cómo consiguen su venganza el o la protagonista de un cuento, novela, película, serie, etc. Es natural que nos pongamos de su lado porque conocemos su pasado, su tragedia, lo que lo llevó a actuar así. El problema es qué viene después de cumplida la venganza. Qué nos queda, más allá del simple sentimiento de satisfacción. Cómo culmina ese proceso interno, y cómo afecta a la persona y su entorno.

        Antes de empezar con el cuento de Borges, hay que ponernos un poco en contexto, ya que este cuento está inspirado en el Martín Fierro, de José Hernández, presentándose como una especie de continuación/epílogo de la obra.

En el Canto VII de la primera parte, el gaucho va a una fiesta, se encuentra con amigos, se pasa de copas y se le da por querer pelear. Empieza burlándose de una morena, y después la sigue con el compañero de la misma, para después terminar peleando con el moreno, a quien acaba matando. No había razón alguna para provocar esta pelea. Ni el gaucho ni el moreno se conocían previamente, tampoco se habían cruzado antes. Pero los efectos de alcohol son así: en el calor del momento, uno no se detiene a pensar en sus actos ni menos que menos en las consecuencias de los mismos.

Ahora, mucho después, en el Canto XXX de la segunda parte, mientras están todos en ronda del fogón cantando sus miserias, aparece un joven muchacho de piel morena que enseguida se trenzará en duelo con Martín Fierro. Esta vez ya no se tratará de un duelo a muerte con cuchillos, sino que la contienda se definirá con guitarras, en un intenso contrapunto donde cada contrincante medirá el conocimiento y la habilidad del otro. En este momento, Fierro, más envejecido y sabio, tiene un espíritu mucho menos belicoso que en la parte anterior, y ya no está como para andar peleándose con cualquiera. Tiene el facón bien guardado, y prefiere defenderse con algo menos letal, que es la música. Nuevamente, sale victorioso. Y es luego de admitir su derrota, que este segundo moreno confiesa su verdadera intención:


Y suplico a cuantos me oigan

que me permitan decir

que al decidirme a venir

no sólo jue por cantar

sino porque tengo a más

otro deber que cumplir.

 

Ya saben que de mi madre

fueron diez los que nacieron;

mas ya no existe el primero

y más querido de todos:

murió, por injustos modos,

a manos de un pendenciero.

 

Los nueve hermanos restantes

como guerfanos quedamos.

Dende entonces lo lloramos

sin consuelo, creanmeló,

y al hombre que lo mató,

nunca jamás lo encontramos.

 

Y queden en paz los guesos

de aquel hermano querido.

A moverlos no he venido;

mas si el caso se presienta,

espero en Dios que esta cuenta

se arregle como es debido.

 

Resulta que el moreno del Canto VII de La Ida, era el hermano mayor de este otro, que no busca si no otra cosa que justicia por la muerte injusta del primero.  Lamentablemente, el hermano menor ni siquiera pudo ganarle una payada al asesino. Uno podría creer que, de haber desenvainado los facones, tampoco habría tenido oportunidad contra Martín Fierro. Aunque Hernández nos cuenta un poco la motivación del hermano del moreno, hablando desde su perspectiva de los hechos, no profundiza mucho en la dimensión de su tragedia. No es muy difícil imaginar lo que sentiría cualquier persona al perder un hermano de esa manera. Y que encima la ley nunca recaiga sobre el culpable (algo demasiado frecuente en este mundo). Sin dudas, a algunos lectores les resultará una decepción que no haya un “repechaje” adecuado para el hermano del moreno.

      De hecho, es posible que haya ocurrido esto en Borges. Tan aficionado como era al culto al coraje, probablemente no le convenció el final de La vuelta del Martín Fierro. De ahí habrá salido su cuento “El fin”, donde el hermano del moreno y Martín Fierro se vuelven a encontrar en una pulpería. Y esta vez, nada de contrapunto con guitarras. El Fierro ducho con el facón y presto para el combate nunca desapareció del todo… solo que antes no era el momento. De hecho, Borges le da una justificación plausible: Martín Fierro no quería dar un mal ejemplo a sus hijos.

 

—Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años.

El otro replicó sin apuro:

—Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos. Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas.

 

Finalmente, la mano de Borges le brinda al moreno agraviado la victoria que la pluma de Hernández le negó. Pero tampoco esta victoria es muy gratuita:

 

Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.

 

El hermano del moreno, entonces, obtiene por fin su venganza. Al menos a través de las palabras de otro escritor (que a pesar de haberse criado en el siglo XX, se siente más un escritor del siglo XIX), recupera un poco de dignidad. Sigue sin tener nombre, pero al menos se le da una identidad más definida. Por otro lado, pese a su victoria apócrifa, ahora pasó a quedar marcado, a llevar sobre sí el mismo estigma que su adversario. Y uno podría preguntarse: ¿valió la pena todo esto? ¿Vale la pena dejar de lado aquello que la vida nos puede ofrecer por perseguir una venganza, por más que esté relacionada a un vínculo familiar? Este muchacho podría haber elegido otra cosa, podría haber decidido seguir adelante, intentar conseguir pareja, formar una familia. La muerte de Fierro no resuelve nada en realidad. No le devolverá la vida a su hermano mayor. Tampoco le dará paz, pues ahora él será perseguido por la ley. No tiene ya otro objetivo o meta que conduzca su vida hacia algo más productivo, algo que de verdad le dé sentido y propósito a su existencia.

Este es, quizá, el principal problema de la venganza. Sobre todo, si es impulsada por la pérdida de un ser querido. Matar al asesino de un hermano, de un padre, una madre o un cónyuge solo nos pondría a nosotros a la misma altura que el criminal: nos volveríamos también nosotros unos asesinos, por mucho que nos consideremos o nos consideren “justicieros”. Mal que mal, matamos a una persona. Sigue siendo un crimen, aunque el otro también haya sido un criminal. Y lo justo es que vayamos presos por ello… Por ganar una satisfacción, terminamos perdiendo un montón de otras cosas por el camino.

Ya lo dijo el buen Don Ramón: “La venganza no es buena, mata el alma y la envenena”. La venganza es un desquite, una revancha, el símbolo por excelencia del “ojo por ojo, diente por diente”, que nace de lo más profundo del ser de una persona, motivado por el dolor y el sufrimiento causados por un agravio. Es un impulso casi natural, cuyo objetivo es, de alguna manera, resarcir todo ese dolor y ese sufrimiento. Tiene mucho que ver con la persona, con su personalidad, su temperamento, y especialmente en cómo procesa los sentimientos durante y después de la tragedia.

 

Ahora toca continuar con el caso de la justicia por mano propia, y quiero hacerlo metiéndome de lleno en una de las películas más exitosas del cine argentino: El secreto de sus ojos.


Estrenada en el año 2009, fue dirigida por el reconocido director Juan José Campanella, quien escribió el guion junto con Eduardo Sacheri, autor de la novela en la que se basa la película: La pregunta de sus ojos. En 2010, El secreto de sus ojos ganó el premio Óscar en la categoría de Mejor película extranjera, un reconocimiento al cine argentino que no se daba desde 1985, con La historia oficial. También recibió muchos otros premios, pero no quisiera detenerme mucho en estos detalles. Si llegaste hasta acá, es probable que ya hayas visto la película. Y si no, por favor, mirala cuando puedas. Como ya avisé al principio del artículo, a partir de ahora va a haber muchos spoilers, es decir, voy a hablar más que nada del final. Si no te gusta que te cuenten el final de una historia, dejá la lectura acá. Si te da lo mismo, pues adelante.

El centro del análisis es Ricardo Morales, interpretado por el actor Pablo Rago. Para mí, este no sólo es un personaje muy bien construido, sino uno de los mejores del cine argentino. Es un hombre trabajador y honesto, un buen tipo… cuya vida de repente es golpeada por el asesinato de su esposa, Liliana. El dolor no lo paraliza del todo, ya que hace lo que puede para ayudar al esclarecimiento del caso, pero a largo plazo sí le va a afectar. No es un tipo violento, pues su primer impulso no es querer ir y matar a trompadas al criminal. De hecho, manifiesta no estar de acuerdo con la pena de muerte: “Le darían una inyección y se quedaría lo más pancho…”; ni con la venganza: “El tipo antes de caer al suelo ya está libre de todo y yo me como cincuenta años en prisión. No, que viva muchos años. Así se va a dar cuenta de que todos esos años van a estar llenos de nada".


Esta es una de las escenas clave de la película. Te muestra la integridad del personaje. El tipo no le desea la muerte ni la miseria al asesino de su esposa. Él confía en la ley y la justicia, ya sea la humana o la del karma. Implícitamente afirma que todos los males se pagan en vida, porque la muerte no resuelve nada, ya que liberaría al sujeto de pagar sus culpas como es debido. Dicho de otra manera, la venganza entendida como “ir y matar al asesino” es inútil. Morales es un personaje conmovedor y trágico, porque vemos cómo su pérdida lo deja estancado, detenido en el tiempo, incapaz de poder soltar su dolor y seguir adelante. Incluso cuando Isidoro Gómez por fin es atrapado y encarcelado, cuando parece que todo terminó… de repente vuelve a estar en libertad, favorecido por una decisión política del momento.

No cuesta mucho imaginarse cómo se sentiría Morales al enterarse de la liberación del tipo que mató a su mujer (y que encima aparece en televisión como guardaespaldas de la vicepresidenta). Alguien que supuestamente debería cumplir cadena perpetua… sale de prisión al poco tiempo. ¿A dónde queda, entonces, la confianza en el sistema de justicia? ¿Qué queda de todo eso, más que decepción, enojo, desilusión? Sería comprensible que el pobre hombre estuviera furioso, teniendo en cuenta lo mucho que amaba a Liliana y cómo lo afectó su pérdida. A veces las pasiones más grandes pueden llevarnos a cometer los actos más increíbles sin una pizca de temor o remordimiento.

Sin embargo, veinticinco años después, cuando Espósito lo busca, Morales parece seguir siendo el mismo. Se cambió de domicilio, y en vez de residir en la ciudad, tiene una casa de campo donde vive lo más tranquilo. Más allá de acusar los cambios típicos de la vejez, no ha cambiado nada. Al hablar de vuelta sobre el caso, le confiesa a Espósito que secuestró a Gómez una noche, lo metió en el baúl de su auto y a un costado de las vías, mientras pasaba el tren, lo mató disparándole cuatro veces. Pero esta es una historia que le cuenta más para dejar conforme a Espósito que otra cosa. Y cuando este insiste sobre cómo pudo hacer para vivir todos estos años sin su mujer, Morales simplemente responde: “Pasaron veinticinco años, Espósito. Olvídese”. Tema cerrado, asunto concluido.

Pero Benjamín no se olvida, no ha olvidado nada. Por eso, a poco de haberse marchado, se queda pensando. Y recuerda ese diálogo que tuvieron años atrás. Ya no le parece creíble esa confesión del viudo. Ahí se da cuenta de que algo no encaja, de que hay algo que el otro le está ocultando. Convencido y motivado por un indicio que notó al principio, cuando llegó a la casa, Espósito pega la vuelta para descubrir la pieza que falta.

Para el final, sobran las palabras. Siento que nada de lo que yo pueda escribir alcanzaría para describir lo que me produce esa escena de la película. Esa frase de Morales, que para mí sirve de perfecto epílogo para el caso: Usted dijo perpetua. El ruego de Gómez: “pídale que aunque sea me hable”. Ahí nos damos cuenta de cuán férrea fue la voluntad de Morales al momento de castigar al asesino de su esposa: ni plomo ni tortura, sino una celda silenciosa. Y ni una sola palabra. Nada. Es la nada que anticipan sus palabras veinticinco años atrás: una vida vacía, una vida incompleta, una vida llena de nada. Y prisión perpetua, como lo dictan la ley y la justicia… aunque en la práctica nunca se cumplan.

Es sin dudas loable la determinación de Morales al hacerse cargo de lo que le corresponde al Estado. Por eso, lo considero el ejemplo más claro de justicia por mano propia, que es cuando un ciudadano inflige un castigo a otro que ha cometido un delito, y es llevado a cabo generalmente a través de medios ilegales o ilícitos. Ciertamente, el secuestro y la privación ilegítima de la libertad son ilegales, pero quién puede juzgar a Morales en este caso, si el sistema de justicia le falló, y liberó a un condenado que se supone que no debería salir nunca de prisión. Obviamente, la mayoría nos pondríamos de su lado, comprenderíamos su razonamiento: si Gómez ha sido sentenciado a cadena perpetua, tiene que cumplir cadena perpetua y punto. Da lo mismo si es en una cárcel estatal o en una celda privada.

El tema es que, al igual que la venganza, la justicia por mano propia también tiene su precio. No sólo por las consecuencias legales y penales que podrían tener lugar fuera descubierto. Al convertirse en el carcelero de Gómez, lamentablemente Morales ha tenido que resignar un montón de aspectos de su vida. No volvió a casarse y no tuvo hijos. Se quedó estancado, detenido en el tiempo, solo con su pena. Sin otras personas a su alrededor que pudieran motivarlo a soltar el pasado y pensar en el futuro, es lógico pensar que el anhelo de justicia se haya vuelto una obsesión para él. Y que no le terminara importando nada más que garantizar la condena del tipo que le arrebató la vida a Liliana, porque en cierta forma también lo mató a él. Y por eso, en cierta forma, la prisión de Gómez lo aprisiona. No me parece casual, de hecho, esa toma donde muestran a Morales como si estuviera detrás de los barrotes, como si fuera un prisionero, que es cuando afirma: “Usted dijo perpetua”. Pasa que, básicamente, es prisionero de su causa. Es lo mismo que cuando juramos guardar un secreto y, atados a nuestro juramento, nos vemos obligados a mentir para proteger esa verdad que no puede ser revelada. Por eso Morales le miente a Espósito, porque prefiere que Espósito crea muerto a Gómez y que así no siga indagando. Y por un momento logra convencerlo… pero no contaba con la astuta memoria del Benjamín.



Acá no quisiera caer en juicios de valor ni debates sobre si es moralmente correcto o no ejercer la justicia por mano propia o buscar venganza, porque cada persona puede tener una opinión distinta formada al respecto. Yo me limito a comentar cómo, desde el plano de la ficción en general, cualquiera de las dos funciona para mostrar los matices de la naturaleza humana ante una pérdida, una injusticia, un crimen no resuelto. El moreno y Morales tienen en común la pérdida: uno perdió a su hermano, el otro a su esposa. Los dos son víctimas de la injusticia: Fierro nunca fue preso por el homicidio del hermano mayor del moreno, mientras que Gómez, si bien cayó preso, fue condenado y encarcelado, no cumplió su condena por un fallo del sistema. El crimen del hermano del moreno nunca se resolvió (institucionalmente hablando), y el otro crimen… bueno, sí se llegó a resolver, por lo menos, pero quedó en nada. Ahora, lo que diferencia a los dos protagonistas de este artículo es el accionar que tomaron en sus respectivas historias: el moreno simplemente quería venganza, cobrándose la muerte de su hermano con la muerte del gaucho que lo mató, pero Morales fue más allá, él procuró que la justicia recayera como correspondía sobre el asesino, sin necesidad en absoluto de mancharse las manos.

De un lado o del otro, tanto el moreno innominado como el viudo representan dos conceptos distintos de lo que es un “justiciero”. No obstante, sus destinos están ineludiblemente unidos a los de los “ajusticiados”. Son alcanzados por las consecuencias de sus actos, ya sea de manera directa o indirecta.

 

Sin más que agregar, me voy despidiendo. Muchísimas gracias por leer este artículo, y me gustaría poder leer sus comentarios con lo que opinan al respecto. Yo no soy más que una simple bacteria en esta enorme macrobiota digital que es Internet, y para nada considero tener la verdad absoluta, por eso me parece importante la interacción con los lectores.

Les dejo un gran saludo, y nos leemos pronto.

 

 

 

 

 

 

domingo, 29 de diciembre de 2024

Reseña literaria #11: "Cicatrices", de Alicia Chavez

 


Esta vez no sé cómo empezar la reseña, porque hay varios hilos por los cuales tirar. Al principio de todo, cuando me llegó el libro, la imagen de la portada me sugirió la idea de que iba a tratar sobre un parto por cesárea o algo por el estilo. La cesárea deja una cicatriz. Salí de mi error pronto tras leer el prólogo. La novela no va para ese lado. No son marcas producidas por alguna intervención quirúrgica ni por alguna herida accidental, sino que forman parte de un determinado acto de placer entre los amantes de este libro. Ya he comentado antes que el romance no es de los géneros que más me atrae. Sin embargo, la diferencia en esta novela es el uso de la metáfora vampírica. Los personajes no son realmente vampiros, sino que el gusto por la sangre lejos de obedecer a un impulso alimenticio, se relaciona más a un trastorno parafílico, donde hacerse tajos y lamer la sangre se vuelve otra fuente de placer en el acto sexual. Pero no nos adelantemos.

De ahí vienen las cicatrices de Ana Helena Castillo, la protagonista de esta historia, que se muda a otra ciudad junto con su marido Vicente y su hijastra, Sofía. Los cambios producidos por la mudanza no le sientan muy bien a Helena, que no fue consultada en absoluto por su pareja al respecto, pero le toca acostumbrarse. Por lo demás, no se puede quejar: su carrera literaria está en auge, pasa una buena situación económica y tiene un marido que la quiere.

El tema es que, justo en el primer día de clases de Sofía, Helena se topa con una figura de su pasado. Un tortuoso pasado en el que ella atravesó tormenta tras tormenta: el divorcio con su anterior marido, una demanda por plagio, el descontrol de sus adicciones (principalmente el vino), y la relación con Gael, sospechoso de dos asesinatos. Y es a partir de la reaparición de Gael que la estabilidad presente de Helena se va a ir desmoronando, al punto en que ella termina dejando todo en Cantueso para volver a Sarracenia, su antigua ciudad, como una manera de proteger a Vicente y a Sofía.

La trama es un ida y vuelta, una lucha constante dentro de Helena para no perder pie, mientras lentamente va recayendo en las viejas mañas. Sobre todo, vuelve a caer en los brazos de Gael que, aunque casado, con una vida hecha y un trabajo en una farmacia, no ha perdido del todo sus manías. De hecho, las ha perfeccionado, disponiendo de un espacio exclusivo para sus fechorías.

No tengo mucho más para agregar. La novela me gustó, me mantuvo tensa, me llenó de incógnitas, me hizo cuestionar el comportamiento de Helena, me hizo pensar por qué regresaría con alguien que a todas luces no está bien de la cabeza, y que le puede hacer daño tanto a ella como a las personas que la rodean. Por qué, si había logrado construir una vida estable y funcional al lado de Vicente (yo quisiera un Vicente también :3), Helena no puede evitar que se vaya todo a la mierda. Quizá porque, en el fondo, nunca pudo soltar lo que sentía por Gael, más allá de que ese amor implicara actividades que no están del todo bien. Bueno, supongo que después de todo, esa es la esencia de la novela. Si te gustan las historias de amantes con fetiches cuestionables y de gente luchando con su oscuridad interior, entonces es por acá.

Muchas gracias a Alicia Chávez y al equipo de Creativa Servicios por permitirme leer y reseñar esta novela.

Esta es probablemente la última reseña literaria del 2024, ¡pero no se preocupen! Para el 2025 vamos a tener no sólo más reseñas, sino también artículos donde voy a hablar un poco de literatura y cine, de ficción y de todo un poco. Además, también voy a comenzar a publicar mis propios cuentos, que es lo que más me emociona.

Nos leemos la próxima. ¡Hasta luego!

miércoles, 25 de diciembre de 2024

Un puñado de reflexiones #1: Una navidad sin pobres angelitos

 

Diciembre es, quizás, uno de los meses más esperados y más populares del año en todo el mundo. Especialmente, creo, acá en el Hemisferio Sur: fin de clases (si fuiste buen alumno durante el año y no te llevás ninguna materia a recuperatorio), vacaciones largas (ídem si no tenés que rendir materias, seas de primaria, secundaria o superior), las Fiestas, el comienzo del verano, todo. A eso hay que sumarle las despedidas de año, los cierres, las cenas, el aguinaldo… Sin dudas, es una de las etapas más especiales de nuestro calendario. Y cuando sos chiquito, vivís a full toda esa magia.

Llega diciembre, y en todos lados empieza a proliferar la decoración navideña. Y la figura de un gordo bonachón vestido de rojo va acaparando vidrieras y pantallas. Siempre que arranca el doceavo mes de cada año, se disparan las ofertas, las promociones, la publicidad casi agresivamente decorada. Pan dulce, turrones, budines, garrapiñada, sidras y otros alimentos típicos de esta época invaden las góndolas, siendo publicitados con suficiente anticipación.

Otro indicio bien claro del inicio de esta festividad es que en la televisión (y otros homólogos, como las plataformas de streaming), vuelven a transmitirse algunos de los indiscutibles clásicos navideños: El Grinch (todos conocemos al de Jim Carrey), Mi pobre angelito o El regalo prometido (esa donde Schwarzenegger lo da todo para conseguirle un muñeco de super héroe a su hijo). Además, en los canales de animación tampoco pueden faltar los especiales navideños… que en el 99% de los casos están basados o inspirados en Un cuento de Navidad. Me imagino al pobre Charles Dickens revolviéndose en su tumba cada vez que sacan una nueva versión de su obra (en serio, por favor, ¡piensen en otra cosa para su especial navideño!).

Algo que me llamaba la atención en mi infancia era por qué había nieve y frío y todo eso en los dibujitos, mientras en mi país, en mi ciudad, hacía 30 grados de calor a la sombra. Más de grande entendí que este desfasaje entre lo que veía en mi entorno y lo que veía en la tele se debía principalmente a dos cuestiones: primero, lo más obvio, la diferencia estacional entre Hemisferio Norte y Hemisferio Sur, y lo segundo es la penetración cultural del Norte por sobre el continente americano y el resto del mundo. Y que la mayoría de las producciones audiovisuales proviene de ahí, principalmente de Estados Unidos. Por eso, hoy la Navidad se asocia con ambientes nevados, con Santa Claus/Papá Noel que pasa en su trineo cargado de regalos y tirado por renos, con el arbolito decorado, adornado e iluminado, y con toneladas de comida y bebida, juntadas familiares, paquetes envueltos esmeradamente, y peleas por los terrenos de la abuela.

Claro que no se puede soslayar el profundo sentido religioso de la Navidad, básicamente el hecho que le da origen: el nacimiento de Jesucristo. Para los cristianos, ése es el significado principal de la fecha. Todo lo demás, bueno… acá voy a caer en la denuncia fácil: el capitalismo ha hecho de esta festividad uno de los epítomes del consumismo mundial. Para ejemplo, creo que alcanza con recordar que el creador e impulsor principal en cuanto al marketing del personaje de Santa Claus es la Coca Cola.

Pero acá quiero hablar de la Navidad no desde la rama consumista ni religiosa, sino más desde la rama cultural, más precisamente desde la ficción. ¿Quién no habrá visto alguna vez El Grinch, Mi pobre angelito, El regalo prometido, El Expreso Polar o cualquiera de las adaptaciones de Un cuento de Navidad o cualquiera de las tantas comedias navideñas que suelen salir cada cierto tiempo? La mayor parte de ellas busca transmitir, a su manera, el mismo mensaje: “la Navidad no se trata de regalos o cosas materiales sino de la unión y del amor entre las personas”. Es un mensaje muy bello, ciertamente, pero que a veces, sin querer, termina siendo opacado por la parafernalia consumista navideña. O sea, en otras palabras, la moraleja no termina de ser convincente por la hipocresía implícita dentro de la obra.

Para que se entienda mejor la idea, vamos a analizar un poco El Grinch (en cualquiera de sus versiones). Casi todos conocemos la historia. Los habitantes del pueblo Villa Quién viven los 365 días del año obsesionados con la Navidad en todos sus aspectos. Digamos que prácticamente no celebran otra cosa. La manera en que se toman tan en serio esta festividad podría reflejar cierta crítica al hiper-consumismo actual. Son gente tan centrada en lo más superficial y aparatoso —en otras palabras, lo puramente comercial—, que es lógico que el Grinch pensara que la mejor forma de arruinarles la Navidad era robarles todo. Como si fuera un Santa Claus a la inversa: en vez de traer regalos, se los lleva; incluidos los árboles, las decoraciones, la comida, absolutamente todo. Literalmente desvalija Villa Quien, y sus habitantes no tardan en lamentarse de modo lastimero en cuanto descubren que no queda nada de su “navidad”.

El final lo conocemos todos. No sé si hace falta realizar el aviso de spoilers. Pero a lo que quiero llegar es al clímax, al momento en que se termina de desarrollar el personaje del Grinch. El trineo con los regalos casi, casi que se cae al precipicio… hasta que el Grinch, una vez producida en su interior la transformación espiritual, logra evitar la caída. Entonces el Grinch regresa al pueblo, devuelve los regalos, y todos felices y contentos. Es un final muy bonito, sí, pero medio que te termina empañando el mensaje. No me malinterpreten si digo que hubiera sido más interesante que los regalos sí se terminaran cayendo y que quedaran destruidos. No es de mala leche, pero hubiera sido un buen refuerzo de la moraleja. Además, en la película el Grinch demostró tener una gran habilidad para construir y arreglar cosas: de los restos destruidos de la navidad hubiera podido crear otra. El tema es que, por supuesto, este final alternativo no habría caído muy bien al público. No sería “vendible”. El tema es que, por supuesto, el rescate y la devolución de los regalos son el recurso narrativo para mostrar el cambio en el Grinch. Su “redención” tras la terrible fechoría cometida. A su manera, también funciona como moraleja: cuando robas algo, corresponde que lo devuelvas. Sin embargo, el mensaje principal, el que tiene que ver con que se puede festejar Navidad de manera simple y sin tanto gasto, queda un poco empañado.

De ahí se desprenden dos de los elementos constitutivos de casi cualquier historia navideña: esto de “salvar la Navidad” o lo de “arruinar la Navidad”. Estos elementos, de una u otra manera, giran en torno a lo material: comprar / buscar / recuperar regalos, preparar la fiesta, ayudar a Santa Claus a repartir los regalos, entre otras cosas. A veces, en muy contadas ocasiones, nos podemos encontrar con alguna película, serie o libro que se atreve a salir de los moldes y presenta algo distinto. Por ejemplo, recuerdo un capítulo de Los Simpson en el que se presentaba un segmento ambientado en la Segunda Guerra Mundial. Mientras Homero se queda en casa con los niños, Marge se encuentra en el campo de batalla. Un año antes, Marge había sido reclutada para el ejército en el mismo día en que iba con Lisa a comprar un árbol de navidad. Ese hecho dejó una profunda marca en Lisa, por lo cual la niña empezó a odiar los árboles navideños. Sobre todo porque, en el presente de la historia, la familia no ha recibido noticias de Marge. Lo interesante de este episodio es la subversión del simbolismo del arbolito: de representar algo positivo, pasa a ser el signo de un momento traumático, o relacionado a la pérdida de un ser querido. Festejar Navidad no es tan sencillo cuando hay una persona que falta en la mesa, independiente del motivo que sea.

Si se trata de contar historias con Navidades que no hayan sido tan bonitas como se las muestra en los medios, hay muchísima tela de donde cortar. Por mencionar un ejemplo: el 30 de diciembre de 2004 se produjo un incendio en un boliche de Capital Federal, en el que murieron casi doscientas personas, especialmente jóvenes. Si bien esta tragedia ocurrió cerca de Año Nuevo, no cuesta imaginar lo que debió haber sido la Navidad del 2005 para las familias de las víctimas. Uno o dos platos menos en la mesa familiar, y ausencias que creo que hasta el día de hoy han de seguir doliendo. O, sin irnos tan lejos: ¿quién se animaría a relatar lo que fueron las fiestas en el 2020, un año terrible, donde miles de personas no pudieron siquiera despedir a sus seres queridos? ¿o en la post-pandemia: 2021, 2022? Sin ir más lejos: en mi casa todavía transitamos el luto, porque en abril de este año falleció mi papá, quien fue para todos una gran persona. Y hasta el día de hoy me pregunto cómo, por qué se tuvo que ir. A pesar de que hayan pasado varios meses, todavía duele su ausencia, todavía cuesta aceptar que no está con nosotros. Pero nos toca seguir adelante, honrando su memoria y manteniendo su recuerdo, siempre unidos como familia.

Tal vez sería una apuesta muy arriesgada producir una película o publicar una novela donde no haya una Navidad colorida, llena de regalos, música y alegría, sino una impregnada de nostalgia, de tristeza, de abandono. Una obra que se atreva a representar otra cara de la realidad, las otras realidades posibles que no son superficiales o acartonadas sino profundamente humanas y que están a nuestro alrededor, aunque no nos paremos a mirarlas. Y aún dentro de ese escenario tan desfavorable, puede aparecer algo del espíritu navideño, una mínima luz de esperanza, algo que reduzca un poco lo deprimente. Sé que no es comercialmente atractivo, pero si alguien se animara a presentar una historia bien contada, de manera que cualquier persona pueda empatizar con los personajes, y libre de la hipocresía super consumista, podría llegar a tener tanto éxito como cualquiera de los clásicos navideños de hoy. Sería cuestión de darle una oportunidad.

Más allá de todo, este artículo no es más que un puñado de reflexiones. Sin ánimo de hacer ninguna clase de juicio de valor, porque no soy más que una simple bacteria en esta gran macrobiota digital. Simplemente, quería escribir y compartir algo para estas fechas, como una piedrita que se lanza al agua y que va produciendo algunos ecos en su rebote hasta hundirse en el fondo.

Sin más que agregar, que el ya consabido “¡Felices Fiestas!”, me despido, dejando por acá abajo una historieta para seguir pensando y manteniendo el debate.

 


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