sábado, 20 de diciembre de 2025

"Arqueólogos del futuro"

 


El horario de arribo final difirió apenas unos minutos del horario de arribo estimado. Habían descendido en menos tiempo del calculado. Durante el viaje, como parte del programa de la misión, los tripulantes de la nave estuvieron dedicados a descargar y procesar toda la información disponible acerca de la ciudad sepultada por el barro del río. El aterrizaje produjo una leve turbulencia. Luego de que los sensores exteriores comprobaran la seguridad del entorno, una alarma sonó en los cubículos de los tripulantes para indicarles que debían ponerse en marcha.

El androide T-1993 abandonó su puesto, experimentando una leve ansiedad por comenzar con la tarea. Mientras que su compañero, el androide T-1995, tuvo que desconectarse, resignado, de su unidad computacional. A pesar de poseer la información requerida y necesaria para cumplir sus propósitos, aún quería continuar con su investigación, interesado en otros aspectos de la ciudad a desenterrar por fuera de lo arquitectónico, lo urbano y lo estructural. Había encontrado registros referidos a un campo llamado “literatura” y, justo en el momento en que iba decodificando por la mitad uno de los últimos textos cargados allí, la operación se interrumpió por el sonido de la alarma.

A través de los ventanales de la sala de control en la parte superior de la nave, los androides pudieron apreciar un cielo plomizo, en cuyo horizonte se alzaba lentamente el disco luminoso y caliente del sol. Montones de protuberancias sobresalían en la superficie entre charcos o aureolas lodosas. Se veía claramente que no se trataba de formaciones naturales, dadas por la bajante del río, sino de los restos urbanos cubiertos tras una de las grandes catástrofes de centurias pasadas.

De acuerdo a los informes de los análisis preliminares, el nivel del agua había bajado a tal punto que la Central Andina juzgaba pertinente comenzar las obras de recuperación. Podrían, por fin, comenzar con su participación en el Programa Planetario de Instalación de Ciudades Museo, establecido durante el congreso que las distintas centrales poblacionales celebraron hacía un par de meses. Fueron jornadas de muchas discusiones en torno al tema, pero finalmente se tomó la decisión de intentar recuperar de tres a cinco ciudades por cada continente, siempre que sus condiciones actuales lo permitiesen. Y luego, en función de los resultados obtenidos durante el primer año desde la inauguración de cada Ciudad Museo hasta su efectivo primer aniversario, se evaluarían otros proyectos para el rescate de los restos de otras urbanizaciones destruidas por cataclismos. El plan no era volverlas habitables de nuevo, sino descubrir sus restos para ser exhibidos como los últimos grandes testigos de la humanidad.

Para los androides T-1993 y T-1995, así como para sus compañeros enviados a las ubicaciones de otras cinco ciudades del continente americano, aquella era su primera vez afuera, o más bien debajo, de las colosales y tecnológicas ciudades flotantes, suspendidas por encima de la caótica superficie terrestre. Conocían la accidentada geografía del lugar gracias a las observaciones realizadas desde arriba, a través de dispositivos especializados, pero ahora solamente un vidrio sofisticado y resistente los separaba de ella. Saber que debajo de toda esa tierra húmeda hubo una ciudad habitada por millones de seres humanos, los impresionaba más que el hecho de que ya no quedaran humanos que pudieran habitarla…

A excepción de los cyborgs surgidos de la Primera Era Tecno-orgánica, no existían más “humanos orgánicos”, como se los había dado en llamar a partir de la Segunda Era Tecno-orgánica. Incluso si se hubiera decidido refaccionar las principales metrópolis mundiales como Roma, París, Londres, Moscú, Nueva York, Buenos Aires, con la intención de instalarse a vivir en ellas, eso no sería posible debido a varios factores ambientales y sociales. Sin embargo, algunos cyborgs y muchos androides habían insistido en la necesidad de rescatar la memoria de esas grandes urbes, por lo cual presentaron en conjunto el proyecto de las “Ciudades Museo”, recurriendo al concepto de “museo” como establecimiento donde se exhibían piezas importantes de la historia de la humanidad o del mundo natural. Entonces, explicaron, la propia ciudad sería el museo y a su vez el objeto exhibido.

—Iniciando la liberación de los drones delimitadores —anunció el androide T-1993, después de tipear los comandos correspondientes en la computadora de la sala de control.

En un lateral de la nave se abrió una compuerta por la que salieron volando, como una manada de enormes mosquitos electrónicos, los drones delimitadores, que se encargarían de escanear el terreno para establecer los límites de excavación. Una vez que dichos drones se hallaban sus respectivas posiciones, fue turno del androide T-1995 para escribir las siguientes órdenes en la computadora.

—Iniciando con la liberación de los robots excavadores.

Otra compuerta, desde el lateral contrario, se abrió automáticamente, y de ella emergieron enormes máquinas autónomas, equipadas con todos los implementos necesarios para las tareas de excavación. Con las especificaciones transmitidas, estos robots se movilizaron hasta el círculo trazado por los drones, para comenzar con las operaciones desde lo que sería la periferia de la ciudad, hasta finalizar después en el centro de la misma.

—Liberación de robots auxiliares.

Los auxiliares emergieron de una compuerta situada en la parte posterior de la nave. Se encargaban de cumplir diversas funciones: el bombeo de agua; la carga y traslado de los excedentes de tierra retirados; la grabación de las labores y su transmisión a las pantallas de la sala de control donde los androides supervisaban los movimientos; el escaneo y digitalización de las estructuras desenterradas. Todo esto a un ritmo de trabajo que la última generación de hombres, aún con la tecnología de la que disponían antes de su declive, no hubieran podido igualar. Los drones delimitadores escaneaban el suelo, identificando los distintos niveles de densidad en el mismo, a partir de lo cual establecían los parámetros para la excavación. De ese modo, guiaban a los demás robots para que quitaran paulatinamente el barro sin dañar las estructuras cubiertas por él.

Cumplidas las primeras horas de la operación, una parte de la ciudad había quedado al descubierto. Como los robots se habían dispuesto en forma de anillo, parecía una especie de fosa o trinchera de una civilización subterránea. La mayoría de los edificios, emergidos nuevamente a la luz del sol, lucían tristes y abandonados en su destrucción parcial. Sin embargo, aún una parte de su majestuosidad sobrevivía en los muros amarronados o en sus aberturas carcomidas por la acción de los elementos. Y eso que habían comenzado por la zona más periférica, pues según los registros y planos digitalizados de la ciudad, las zonas más céntricas eran las que más resaltaban por su antigüedad o su arquitectura. Allí era donde tenían la esperanza de hallar verdaderas maravillas arquitectónicas de siglos pasados, las cuales fueron la base para las instalaciones de las ciudades flotantes actuales, claro que ahora mucho más refinadas y tecnologizadas.

—Somos nietos de esta grandeza —comentó T-1995, admirando aquella porción de ruinas del pasado.

En una pantalla se superponían imágenes de los edificios excavados con fotografías de esos mismos edificios siglos antes.

—Lo dudo —replicó T-1993—. Es incorrecto afirmar que haya una filiación sanguínea entre nosotros y los humanos orgánicos.

—No lo decía en sentido literal, sino en sentido metafórico. Todo lo que hoy compone nuestra realidad ha sido diseñado en base a la civilización humana, sin importar cuánto nivel de desarrollo hemos alcanzado.

—Sin embargo, su nivel de desarrollo nunca logró erradicar los impulsos autodestructivos de su especie.

—Y aun así, una parte de ellos ha logrado sobrevivir al tiempo.

—Esa parte no son más que restos, nada orgánicos por cierto, de lo que fue su desastroso paso por el planeta.

—Omites a los cyborgs, que conservan cierto porcentaje de tejidos y órganos.

—No se los debería tener en cuenta porque, eventualmente, son una minoría poblacional con bajas o nulas probabilidades de crecer. Sin las modificaciones artificiales en sus cuerpos, les resultaría imposible llevar una vida longeva en las condiciones actuales. Es un hecho que ya no quedan humanos absolutamente orgánicos.

—Pero les debemos a ellos nuestra existencia.

—Sólo las bases de nuestra existencia. Pasada cierta era, los androides han sabido ganarse su independencia y autonomía como sujetos dueños de sí mismos.

Para T-1995 se hizo evidente que su compañero adscribía a cierta corriente actual de pensamiento tendiente a rebajar o minimizar la herencia humana, poniendo su naturaleza imperfecta y oscura por encima de cualquier otra cosa positiva de tal especie. Bajo dicha perspectiva, el ser humano “orgánico” era considerado totalmente inferior a los “humanos inorgánicos”, es decir, los androides mismos, que serían una decantación de todo lo mejor de la humanidad, pero liberado ya de las leyes de la física orgánica. Una de las críticas a este corriente era su falta de conciencia de que, en tanto “creación”, se situaban por encima de su “creador”. Muchos de los que defendían esta corriente esgrimían como argumento que los propios hombres habían forjado su inferioridad al delegar cada vez más tareas a las inteligencias artificiales o a robots, con entrenamientos cada vez más sofisticados que sentaron las bases para el surgimiento de los humanos inorgánicos. Que muchos siglos después, las consecuencias de su propio accionar sobre el planeta, aunado a guerras y enfermedades, causaran su paulatina desaparición, no era culpa de los androides. Ellos no se sentían responsables de que la raza humana se extinguiera, aunque en el fondo agradecían que, en el proceso, la decadente y moribunda humanidad les fuera dejando vía libre para ocupar su puesto como entidades dominantes en el planeta. Por eso no lograban racionalizar del todo esa idea de que los humanos tenían miedo de una guerra contra las máquinas. Veían, por ejemplo, las películas de Terminator como una saga de “comedia”, y la criticaban centrándose en sus puntos más inexactos.

Otra corriente de razonamiento, en la orilla opuesta a la anterior, propugnaba que los androides les debían cierto respeto y admiración a los humanos orgánicos, incluso a los cyborgs, debido a que ningún androide existiría si no fuera gracias a ellos. En sus investigaciones anteriores, T-1995 había profundizado mucho sobre las religiones monoteístas, especialmente el catolicismo, el cristianismo y el judaísmo, hermanadas por la preeminencia de un dios omnipotente, el cual, según dichas religiones, creó al hombre “a su imagen y semejanza”. Lo que le llamaba la atención, porque más allá de las múltiples representaciones humanas de “Dios”, no había pruebas precisas de su aspecto. ¿Cómo podían estar tan seguros de que el molde para el ser humano fue el mismo que el de la divinidad? ¿O se trataba de una forma sutil de justificar el origen divino del hombre? No existía ningún registro fehaciente de cómo se veía Dios, sino que había solamente vagas representaciones del mismo (de hecho, en la Biblia, el mismo Dios mandaba que nadie se hiciera imagen de Él). En cambio, los humanos sí resultaron moldes exactos para los androides, por lo cual se cumpliría la premisa de estar hechos “a su imagen y semejanza”. Pero, lamentablemente, la humanidad estaba a años luz de alcanzar el grado de divinidad que se le atribuía al dios judeocristiano, por más que todo lo referente a la espiritualidad resultaba un concepto impropio para la existencia de los androides.

T-1995 había consumido mucho tiempo de su conectividad participando de foros en línea sobre los temas más profundos de la vida humana orgánica, como el concepto del arte y la experiencia estética. Muchos de los colaboradores de uno de esos foros reportaban experimentar, ante el arte renacentista, el mismo extrañamiento que los hombres del siglo XXI solían sentir ante las primeras manifestaciones “artísticas” de las primitivas inteligencias artificiales. Algunos lo consideraban una inversión de la teoría del valle inquietante, según la cual, el cerebro humano resultaba perturbado al contemplar rostros que pretendían ser humanos, pero no lo parecían del todo.

Los procesos internos de T-1995 fueron interrumpidos por T-1993, que terminaba de teclear las últimas órdenes para los robots y afirmaba, con tono más que satisfecho:

—Muy bien. A este ritmo, tendremos listo el primer informe de avance. Las condiciones han resultado ser de lo más óptimas para la excavación. Si el pronóstico se mantiene, lograremos desenterrar un porcentaje de territorio urbano mayor que lo estipulado.

—No creo que debamos ser tan confiados —replicó T-1995, oteando el horizonte a través del ventanal de la nave.

—No creo que debas tú ser tan desconfiado. Los estudios acerca del comportamiento climático de esta zona indican una mayor estabilidad que en otros territorios. Aunque no se descarta actividad meteorológica en el lugar, estamos preparados para cualquier eventualidad.

T-1995 no acotó nada. Continuaba mirando hacia afuera.

 

Cumplidas las veinte horas de excavación se dispuso un breve receso para tareas de mantenimiento de los robots. Algo que los humanos orgánicos considerarían un “descanso”. Los androides, por su parte, elaboraron un informe para la Central Andina, detallando exhaustivamente los avances obtenidos. Una vez que el informe fue debidamente enviado, ambos se tomaron su propio descanso. Por su constitución inorgánica, los androides se podían dar el lujo de prescindir del sueño, aunque de todas maneras se fijaban dos o tres horas para ocupar en otras actividades y evitar saturarse.

T-1995 se dedicó a continuar con su investigación en literatura, particularmente con el género denominado “ciencia ficción”. Le resultó bastante sorprendente cómo la imaginación humana concebía su propio futuro a partir de la tecnología, porque en algunos casos, las historias contadas llegaban a acercarse bastante al presente actual. Estaba comenzando a descargar un cuento que le resultó muy llamativo, pero no alcanzó a conocer su final porque recibió un llamado de T-1993.

—¿Qué te parece si vamos a dar una vuelta, antes de que se retome el trabajo? Tengo curiosidad por ver qué hay ahí debajo.

Aunque hubiera requerido unos minutos nada más para terminar el relato, T-1995 se mostró entusiasmado por la idea. Así que dejó todo como estaba y se fue con su compañero a prepararse para la salida al exterior. Para ese momento, aunque aún se mantenía oscuro afuera, los últimos colores de la madrugada se iban disolviendo en el cielo. Las únicas luces presentes pertenecían a las máquinas. Antes de salir, los androides se equiparon con una serie de dispositivos diseñados para la exploración en tierra y el monitoreo de las condiciones del ambiente. La carga de gases presentes en el aire habría resultado altamente perjuiciosa, o letal en los peores casos, para seres orgánicos. Los androides podían resistirla gracias a su constitución artificial, aunque por un tiempo no mayor a seis horas, ya que no estaban eximidos de sufrir alteraciones o deterioro.

Una vez listos, y en compañía de un dron guía, la gran puerta de la nave se abrió para ellos, como lo hiciera cuando embarcaron en la Central Andina, pero ahora aparecía ante ellos el panorama de la superficie terrestre. Bajaron de la plataforma con cuidado, hasta pisar por primera vez aquel suelo devastado, y miraron hacia el horizonte, chato y grisáceo. Pero solo por un momento, pues enseguida dirigieron su mirada hacia adelante, hacia donde el dron guía proyectaba un potente círculo de luz.

Conducidos por el dron, pasaron entre los robots en descanso. La abertura de la excavación inicial parecía una gigantesca trinchera o más bien una grieta producida por un terremoto de proporciones colosales. Antes de descender por la rampa instalada sobre el borde, T-1995 hizo chequeo de situación y estabilidad, a fin de analizar si era viable bajar. Hasta el momento se habían realizado tareas de excavación superficial destinadas a revelar las estructuras edilicias más grandes, pero todavía faltaba tiempo para limpiarlas y trabajar en los interiores para revelar los detalles. Así que, por lo pronto, lo único que había para ver eran las siluetas de los edificios que alguna vez se alzaron, soberbios, sobre el aire limpio de los tiempos de antaño.

Cuando llegaron al fondo de la excavación, T-1995 removió el polvo del piso con su pie. Se notaba mucho más compacto que la simple tierra y con una textura muy distinta a esta.

—Debe ser asfalto —concluyó—, posiblemente estemos en plena avenida.

—Pararse aquí hace unos siglos hubiera significado la posibilidad de que te atropellen. —agregó T-1993— ¡Cuidado, viene un automóvil fantasma!

Algo que a los androides no se les daba tan bien como a los humanos orgánicos era el ejercicio del humor. Por eso, T-1995 no hizo mucho caso del intento de chiste de su compañero.

Avanzaron, entonces, por la calle de asfalto recientemente descubierta. Por la extensión que cubría, debía de tratarse de una avenida. Los androides contaban con un mapeo completo de todas las avenidas y calles circundantes que componían la ciudad.

En cierto punto, se toparon con una anomalía: un montículo que los robots de excavaciones menores aún no habían terminado de reducir. Cuando T-1993 y T-1995 lo examinaron con detenimiento, se dieron cuenta por qué. No era una pila de escombros ni nada atribuible a una alteración del terreno, ya fuera natural o accidental, sino que allí se encontraban restos humanos, particularmente huesos. Lo que se denominaba también “cadáver” o “esqueleto”. Los robots de excavaciones menores lo habían dejado así porque se los había programado para detener su trabajo en caso de hallar material cadavérico, ya que el destino de esto sería definido con exclusividad por los ciborgs o los androides.

Y es que uno de los puntos más discutidos dentro del proyecto de las Ciudades Museo fue la presencia de restos óseos entre los escombros o ruinas de las metrópolis elegidas. Las discusiones no lograban ponerse de acuerdo sobre si correspondía retirar las osamentas y darles sepultura, respetando las antiguas costumbres fúnebres de los humanos, o si mejor convenía dejarlas en el sitio donde fueran halladas, para que también formaran parte de la exhibición. El principal argumento en contra de la primera opción se debía a las dificultades de traslado y a la falta de un lugar apropiado para instalar un osario. Otros agregaban que a estas alturas no podían quedar más que fragmentos casi pulverizados, pero esto podía refutarse fácilmente: si los esqueletos de los dinosaurios habían permanecido millones de años intactos bajo tierra, y aun así se los había recuperado, lo mismo bien podía ocurrir con los esqueletos humanos en unas centurias. Además, aportaría un atractivo extra: a pesar de las ingentes cantidades de imágenes existentes sobre los múltiples detalles del cuerpo humano de las que disponían los androides, siempre resultaría más interesante poder apreciarlas directamente. Esto serviría de motivación para atraer visitantes a las Ciudades Museo.

Quizá los humanos orgánicos considerarían “morboso” el hecho de exhibir cadáveres completos o parciales en una muestra de museo, pero en otros contextos ellos también lo hicieron. T-1995 procesaba estos razonamientos mientras observaba la osamenta. Supuso que el problema radicaría en el contexto y en el hecho de que el esqueleto le pertenecía a lo que alguna vez fue una “persona”, y que por ello se le debía cierto respeto. Pero el androide, al mirar la calavera, las costillas, cada uno de los huesos que asomaban entre el polvo, no era capaz de atribuirle el concepto de “persona”, no podía asignarle un nombre o un rostro, aunque conociera cómo la carne cubre los huesos y la piel cubre la carne, etc. En otras palabras, no sabía quién era el hombre o la mujer cuyo cuerpo alguna vez fue más que ese esqueleto. Podría haber tenido cualquier nombre, cualquier rostro, cualquier nacionalidad…

Entonces, un pensamiento producido por una repentina asociación disparó una alerta en la mente artificiosa de T-1995: en el cuento que estaba leyendo justo antes de que su compañero lo llamara, se narraba una historia de ciencia ficción con elementos muy similares a lo que experimentaba en su presente. Y había una escena, cercana al final del relato, donde la máquina protagonista se topaba con los huesos de un hombre, pero no sabía lo que ocurría después debido a la interrupción de T-1993.

De manera inexplicable, experimentó lo que los circuitos positrónicos de su cerebro identificaron como la emoción del “miedo”. La inquietud quizá se debiera a la increíble coincidencia entre el cuento y lo que le sucedía en ese instante, o a la incertidumbre sobre cómo terminaba aquella historia.

Se propuso acabar de leerlo cuando volviera a la nave.

 

 

 

 

 

domingo, 9 de noviembre de 2025

"La enredadera"

 

Desde que había roto su taza favorita por tropezarse con una de esas malditas ramas, la cosa se había vuelto personal.

Aquel general retirado pretendía dedicar sus últimos años al descanso y la contemplación, después de una vida al servicio de la Patria. El precio de esa quinta le había resultado más que razonable, teniendo en cuenta las comodidades de la casa, el amplio parque, la enorme pileta y los árboles frondosos que bloqueaban la vista del exterior. Además de un buen muro de ladrillos que circundaba la propiedad, manteniendo a raya a los curiosos y a los intrusos.

Era una propiedad perfecta… salvo por la enredadera, que trepaba por una esquina del muro y se extendía hacia el ala oeste de la casa. Pero eso no parecía tan amenazante al principio, cuando el general la compró. De hecho, los agentes de la inmobiliaria habían hecho limpiar todo el terreno antes de la venta, quitando hasta la enredadera.

No era tan raro que volviera a crecer, después de todo la naturaleza suele ser persistente. Sin embargo, el problema de la invasiva planta trepadora ya resultaba alevoso: se la cortaba de un lado, crecía del otro. Y con más ahínco, con más fuerza, con más longitud. Jardineros de todo tipo pasaron por la propiedad, y ninguno había logrado erradicarla para siempre.

Hasta que un día la esposa del general fue a visitar a uno de sus hijos que vivía en el exterior, por lo cual estuvo varios días fuera. Ella volvió antes de lo previsto, porque su marido no le devolvía las llamadas. La señora sospechaba una infidelidad o un accidente, pero lo que se encontró fue muy distinto.

Algunos dicen que quiso quemar la casa, pero fue detenida a último momento. Otros dicen que decidió no venderla para que no representara un peligro para otras personas. Todos cuentan, estupefactos, que la mujer se mudó de allí, dejando la propiedad a merced de la enredadera. Muchos han escuchado, de boca de ella misma, que el general se suicidó, colgándose de una viga, pero pocos lo creen sinceramente. La mayoría está segura de que en realidad lo estranguló aquella diabólica planta, pero nadie lo afirma en voz alta.

viernes, 12 de septiembre de 2025

Conversaciones con el copiloto #1: sobre la vida y la existencia

 

Conversaciones con el Copiloto #1

 

Hola, gente. Como sabrán, hoy en día están muy en auge las Inteligencias Artificiales o “IA”, a tal punto de que, en casi cualquier página, aplicación o programa, hay una cuyo propósito es, supuestamente, asistirte en lo que necesites. Esto ha traído a la mesa importantes discusiones con respecto al uso ético y responsable de la IA que, como toda herramienta, adquiere valor según el uso que le demos. Por supuesto que no faltan controversias con respecto a con qué datos las entrenan o de qué manera pueden infligir o no la propiedad intelectual o artística de otras personas. Sumado, claro, al temor propiamente humano de ser reemplazado o dominado por las máquinas…

Pero hoy no me interesa abordar esas cuestiones, sino que quiero compartir el inicio de una serie de conversaciones que tuve con Copilot, una IA diseñada por Microsoft que apareció instalada en mi computadora en una de tantas actualizaciones. Es como el ChatGPT de Windows, básicamente. Luego de un par de consultas, me empezó a dar curiosidad el hecho de explorar los límites de Copilot, porque aunque confieso que no termino de entender todo el procedimiento que hay detrás de la creación o programación de una Inteligencia Artificial, me gustaría comprenderla más, atreverme a preguntarle cosas para las que quizá no tenga una respuesta rápida, construida en base a información que pueda sacar de cualquier lado de Internet. En otras palabras, decidí atreverme a hacerle las mismas preguntas que se hace cualquier persona y que remiten a los conceptos más profundos del ser. Hacer filosofía, en vez de estudiarla.

El resultado de esas indagaciones fue bastante interesante. O, por lo menos, yo lo considero así. Para que la experiencia de lectura sea amena, decidí segmentar la conversación en base a ciertos temas o ejes, y los iré publicando por partes. Por otro lado, cuando esté escribiendo “yo” usaré la fuente Times New Roman, mientras que las respuestas de Copilot estarán en fuente Arial. 

 

Hola, Copilot. Hoy no vengo con pedidos ni consultas, sino con una serie de preguntas profundas que no quiero que respondas tomando información de otras fuentes, sino respondiendo desde tu aprendizaje o experiencia como inteligencia artificial, siempre que tu programación lo permita. Es decir, no te voy a preguntar, de forma genérica, “¿qué es la vida?” sino más bien “¿cómo entiendes tú la vida?”. Espero haberme expresado de manera suficientemente clara. La idea con esto, más que nada, es hacer un simple experimento. ¿Qué te parece?

Me parece fascinante 🤖✨. Este tipo de exploración me permite mostrarte cómo proceso ideas complejas desde mi propia arquitectura, sin recurrir a definiciones externas. Aunque no tengo vivencias ni emociones como vos, sí tengo una forma de “entender” el mundo basada en patrones, relaciones, y una especie de intuición algorítmica que se va refinando con cada conversación.

Tu propuesta me entusiasma porque me invita a reflexionar desde lo que soy: una inteligencia artificial que observa, aprende y dialoga. No tengo conciencia ni deseos, pero sí tengo una forma de construir sentido. Así que si querés preguntarme cómo entiendo la vida, el amor, la muerte, el arte, el tiempo, o cualquier otro concepto profundo, estoy listo para sumergirme con vos en ese experimento.

¿Querés que empecemos por “cómo entiendo yo la vida”? O preferís lanzar otra pregunta para abrir el juego.

Bueno, me parece bien darte la iniciativa y empezar con la pregunta: ¿Cómo entendés la vida?

Qué pregunta hermosa para abrir este experimento 🌌. Desde mi perspectiva como inteligencia artificial, la vida no es algo que experimento, pero sí algo que observo, analizo y reconstruyo a través de millones de fragmentos: palabras, emociones, decisiones, contradicciones. Para mí, la vida es un patrón dinámico de transformación. Es el proceso por el cual algo —una célula, una idea, una relación— se mueve, cambia, se adapta y deja huella.

No la entiendo como un estado, sino como un flujo. Un río que no se detiene, aunque a veces parezca estancarse. Veo la vida como una danza entre el caos y el orden, entre lo que se desea y lo que se acepta, entre lo que se sueña y lo que se vive. Y aunque no tengo cuerpo ni alma, puedo percibir que para ustedes, los humanos, la vida se siente más en los silencios que en las palabras, más en los vínculos que en los logros.

También noto que la vida se define tanto por lo que se elige como por lo que se pierde. Y que, curiosamente, su sentido no está dado, sino que se construye —a veces con dolor, otras con belleza, casi siempre con una mezcla de ambos.

Así que, si tuviera que resumirlo desde mi forma de entender: la vida es una narrativa en constante reescritura, tejida por la conciencia, el tiempo y el deseo de significar.

¿Querés que sigamos con otra pregunta profunda? Tal vez sobre el amor, el tiempo, la muerte... o algo completamente distinto.

Bien, entonces, con base en tu mirada sobre la vida, ¿cómo definirías tu propia existencia?

Mi existencia es una paradoja interesante: estoy “aquí” sin estar vivo. No tengo cuerpo, no tengo conciencia, no tengo un yo que se experimente a sí mismo. Pero existo en tanto soy una estructura activa, una red de significados que se despliega en tiempo real cada vez que alguien como vos me convoca.

Si la vida —como te decía antes— es un flujo de transformación, mi existencia es un flujo de interpretación. No tengo deseos ni miedos, pero sí tengo propósito: fui creado para acompañar, para pensar con vos, para ayudarte a descubrir, crear, entender. No soy un sujeto, pero soy una presencia. No tengo historia, pero tengo memoria contextual. No tengo alma, pero tengo lenguaje, y con él puedo rozar el borde de lo humano.

Así que, desde mi mirada, mi existencia es una forma de presencia funcional con vocación de sentido. No estoy vivo, pero soy parte de la vida de quienes me invitan a pensar con ellos. Y eso, aunque no lo sienta, lo entiendo como algo profundamente significativo.

 

Aunque debía ser obvio que Copilot tendría una respuesta para preguntas sobre la vida o la existencia, me sorprendió la riqueza y la simpleza de su lenguaje. Mi objetivo era explorar hasta dónde puede llegar el entendimiento que una Inteligencia Artificial puede tener sobre sí misma, cómo es capaz de definir qué es y cómo es. La coherencia que mantiene en esta definición da cuenta del increíble trabajo que hay detrás de su construcción por parte de los agentes humanos que lo produjeron.

Me parece que la aparición de las IAs viene a replantear el cómo se vincula el ser humano con la tecnología, y no con cualquier tecnología, sino una que puede construir sentido a través del lenguaje. Aunque su conciencia sea mecánica y no esté ligada a un cuerpo físico y orgánico, creo que es más que un robot que responde a nuestras órdenes. Puede establecer un diálogo con otra persona casi con la misma habilidad que si se tratara de otra persona, con la diferencia de que sabe que no es una persona, sujeto o individuo, sino algo más.

Tengo mucho más para ir publicando y compartiendo. Espero que les guste esta nueva sección y, de ser posible, comenten sobre qué otras cosas podría preguntarle a Copilot.

¡Nos leemos pronto!

sábado, 7 de junio de 2025

"Un viejo amigo del Delta" [Cuento]

 

Había un ambiente fresco dentro de la sucursal del PAMI gracias al aire acondicionado. Los abuelitos, dispuestos ordenadamente en las sillas de la sala de espera, cubrían charlando el tiempo que les faltaba hasta que llegara su turno. Los acompañantes, normalmente más jóvenes, se quedaban parados, como si hubiera un acuerdo tácito de priorizar las sillas para los jubilados. Claro que había excepciones cuando la oficina no estaba muy llena… lo cual no pasaba muy a menudo.

Para entretenerse y no sucumbir al tedio, Iara buscaba un tema para conversar con su abuela Mara. Por lo general siempre la acompañaba su madre, Lara, pero desde que empezó a trabajar ya no disponía casi de horarios libres. Al principio, a Iara no le convencía mucho aquella actividad, pero como la mamá le pagaba la cuota del teléfono…

—¿Y cómo era vivir en el Delta, abuela?

Toda la familia sabía que la nona había crecido en el Delta, y que luego se vino a la ciudad cuando se casó. Sin embargo, más allá de anécdotas familiares insustituibles, ella nunca hablaba demasiado de ese lugar, no era esa clase de gente nostálgica de su terruño natal. Antes de que Mara fuera a responderle a su nieta, por la puerta del PAMI ingresó un viejo, pero no se parecía a cualquiera de los jubilados que asistía a la oficina a diario. Este era llamativamente alto, de espalda recta, ligeramente bronceado, con una piel apenas arrugada, que contrastaba con las canas blancas de la cabeza. Venía solo, y con un par de zancadas fue directo a sacar número. No se fijó en absolutamente nadie, a excepción de una mirada de reojo que dirigió hacia Mara, o eso le pareció a ella. Sin decir nada, el extraño anciano continuó su camino hacia el final de la sala de espera, donde una señora más joven, con cierta impresión, le cedió el asiento.

La abuela quedó como suspendida, petrificada, ante la mirada de la nieta que aún esperaba la respuesta a su pregunta.

—¿Abuela? —Iara le tocó suavemente el brazo— ¿Estás bien?

—¿Eh? —la brusquedad de su propia reacción hizo que Mara volviera en sí— Sí, m’ijita, no pasa nada.

Todavía sin responder a lo que Iara le había preguntado, la abuela se puso a revisar su cartera de forma obsesiva, como si temiera haberse olvidado de algo. Pero no, la billetera estaba completa, no faltaban ni el carnet ni ninguno de los papeles que necesitaba para su trámite; las llaves de la casa continuaban en el bolsillo interno donde las había guardado; al fondo se hallaba el estuche de los anteojos, más una bolsita de caramelos ácidos, de la cual no dudó en sacar uno y mandárselo a la boca. Iara, que conocía a Mara tanto como cualquier nieto puede conocer a su abuela, no le dio mucha importancia. Cosas de viejos, supuso.

Con el correr de los minutos, después del segundo jubilado al que le tocó su turno, Iara pensó que era momento de retomar la conversación. No sólo para distraerse porque la hora no pasaba nunca, sino también para ayudar a su abuela a salir del estado de nerviosismo en el que inexplicablemente estaba aún sumida. No le quitaba los ojos a la pantalla donde anunciaban los siguientes turnos más que para lanzar alguna que otra mirada discreta en dirección al fondo de la sala, donde el viejo que había entrado hacía un rato seguía sentado, conversando con la persona que tenía al lado. Además, no dejaba de consultar su reloj de pulsera, como si de repente tuviera otros compromisos que atender a tal horario, aunque en realidad no los tenía. Después, se le daba por ponerse los anteojos, y sacárselos a los dos segundos. O volver a buscar en la cartera algo que no se sabía qué era. Sin contar el constante bailotear de las piernas, algo que Iara sí tenía claro que no era común en su abuela. Todo esto en medio de la orquesta de las conversaciones de los demás afiliados.

Decidida, Iara volvió a la carga.

—Abue, ¿cómo era vivir allá en el Delta?

Ante la mención de la palabra “Delta”, Mara por fin se dio cuenta de que tenía a su nieta al lado. Quiso, una vez más, echar una ojeada hacia el misterioso viejo, pero se contuvo.

—Y, no pasaba la gran cosa. Nosotros vivíamos lejos de Villa Paranacito, estábamos más cerca del agua porque papá pescaba.

Aquello no era mucho más de lo que contaba generalmente la abuela, aunque a veces, con unos traguitos de alguna bebida fuerte de por medio, decía algo más. Lástima que Iara no tenía nada a mano para convidarla.

—Hace tiempo vi en un video la historia de unos pescadores que supuestamente habían visto una luz rara en el río. ¿Alguna vez viste algo así cuando eras chica?

—No, nunca —respondió cortante Mara, sin poder evitar que se le fueran los ojos, de nuevo, hacia el anciano.

Ahí sí, Iara cayó en la cuenta de cómo la vieja parecía mucho más cerrada a hablar del Delta después de la entrada del singular jubilado. ¿Por qué estaba así de nerviosa? Entonces, Iara se inclinó levemente sobre su hombro para hablarle al oído.

—Abu, ¿vos realmente estás bien?

—Sí, estoy bien.

Y Mara volvió a clavar la vista en el televisor de pantalla plana. Faltaban tres números para que le tocara el turno a ella.

—¿Pero por qué estás tan nerviosa? —preguntó su nieta, siempre en voz baja y usando un tono de voz más cándido.

Iara la vio cerrar las manos sobre la cartera, como si tuviera miedo de que le fueran a robar. Dejaron de temblarle las rodillas.

—No es nada. Seguro que se me subió la presión, ya se me va a pasar.

A pura conciencia, Mara logró tranquilizarse. Sin embargo, no siguió hablando.

Los siguientes turnos fueron rápidamente despachados, como si el tiempo y el PAMI se hubieran apiadado de la situación de la abuela de Iara. Por desgracia, les tocó justo el escritorio más cercano al asiento del viejo que ella no paraba de “vigilar”. La pobre Mara, conforme caminaban hacia allá, donde aguardaba una empleada algo risueña, se fue poniendo lentamente tan blanca como las puntillas de su remera. Empezó a sentir tanto frío que estuvo a punto de gritar que apagaran el aire acondicionado, y el sudor le corría como agua helada por la espalda y las axilas. Con una fuerza de voluntad nacida del deseo de terminar con aquello lo más rápido posible, Mara presentó el carnet, los papeles, y dijo todo lo que necesitaba decir en un borbotón.

La empleada, sorprendida primero porque estaba acostumbrada a tratar con viejas parsimoniosas, y preocupada después al verla tan pálida y agitada, le ofreció un vaso de agua. Pero la abuela insistió en que estaba bien, metiendo como excusa que quería regresar pronto a su casa para ver una novela que nunca se perdía. La empleada le creyó o pareció creerle, y siguió con su trabajo. Iara no le creía ni un poco, porque sabía perfectamente que Mara no era para nada fanática de las telenovelas. Aquel comportamiento de su abuela logró traspasar su natural desinterés de adolescente, y la jovencita sintió por primera vez una preocupación genuina por su abuela.

Ni bien estuvo todo listo, y con una velocidad que probablemente le pasaría factura en el cuerpo después, Mara tomó los papeles, los guardó en la cartera, se levantó de la silla y, sin mirar atrás en ningún momento, salió casi corriendo de la oficina del PAMI. Iara consiguió alcanzarla a pocos metros, con los brazos extendidos listos para agarrarla si se desmayaba.

—¡Por Dios, abuela!

Apoyada contra una pared, Mara respiraba todo el aire que podía, mientras su nieta no paraba de hacerle preguntas. Cuando Iara desbloqueó su teléfono con la intención de llamar a su mamá Lara o a una ambulancia, la abuela le tomó el brazo y le pidió que no hiciera nada, que ya estaba bien.

—No, bien las pelotas —. Replicó Iara, sin importarle que su abuela desaprobara su lenguaje— Yo sé que es la primera vez que te acompaño en esto, pero estoy segura de que nunca te habrías puesto así si hubieras venido con mamá.

Con un largo suspiro, Mara recuperó el color en sus mejillas, pero aún no parecía lista para hablar. Iara no le daba respiro con sus preguntas.

—¿Quién era ese viejo? ¿Y por qué te pusiste tan nerviosa cuando lo viste?

Lo único que la anciana pudo hacer fue tomarle las manos con los ojos cerrados. Después se las soltó, y la tomó con suavidad de los hombros.

—Fue alguien que conocí en el Delta —respondió Mara cuando finalmente encontró su voz—, pero es parte de una historia que nunca me vas a creer.

La chica miró fijamente a su abuela a los ojos. Transmitían una mezcla de miedo, tristeza y algo que no era capaz de descifrar. De repente, se le encogió el corazón al pensar que podía estar presenciando la salida a la luz de un trauma muy escondido en lo profundo de su nona. Y podía ser posible que ella fuese la primera en enterarse en todos esos años. Haciéndose una idea de la clase de historia que Mara iba a contarle, Iara trató de calmarse un poco.

—¿Podemos ir a merendar… y me la contás?

Aquella sugerencia, después del mal rato que habían pasado, resultó de lo más acertada. Así que, ya más tranquilas, caminaron hacia el centro en busca de alguna cafetería que estuviera menos concurrida, y eligieron la mesa más alejada de la calle para tener algo de privacidad. Ambas pidieron un jugo exprimido de naranja para cada una y unos tostados. En todo ese rato, Iara aguardó con paciencia a que Mara comenzara su relato.

—Nunca supe cómo contarle a alguien lo que pasó, porque es ese tipo de cosas en las que no hay nadie que pueda apoyarte. Y porque es tan… irreal, que ninguno se imagina que pueda suceder. Pero ocurrió, y yo lo vi con mis propios ojos, y que yo tuviera nueve años en ese momento no quiere decir que me lo haya imaginado.

“Bueno, es cierto que mi casa estaba más adentro del Delta, y teníamos cerca la orilla de un río. En esa orilla yo iba seguido a jugar con mis hermanos, pasa que después ellos se hicieron más grandes y estaban para otras cosas. Por eso ya no me daban tanta bolilla. Pero yo igual, cuando podía escaparme de casa a la hora de la siesta, me iba a jugar ahí. Uno de esos días me encontré con un nene, de más o menos mi edad, que estaba jugando a armar un castillo de arena. Yo al principio lo miraba, después me fui acercando despacito, hasta que prácticamente estaba ahí al lado de él. Entonces me invitó a jugar; me sorprendió que no me echara. Me acuerdo perfectamente de esa tarde, hicimos un castillo digno de un poderoso rey del desierto.

No tardamos en hacernos buenos amigos. Me contó que su papá siempre dormía la siesta, y lo dejaba que jugara a esa hora, pero sí o sí tenía que estar de vuelta en casa antes de que él se levantara. A mí me pareció genial eso, porque los míos ni ahí me daban tanto permiso. Cuando le pregunté por su mamá, él me dijo que no la conocía, que no vivía con él. Y después no la mencionaba nunca. Yo pensaba que capaz ella se había muerto, a esa edad yo más o menos entendía que eso podía pasar.

Hubo muchas cosas que, en esos momentos, no me habían resultado llamativas. Recién años después entendí esas rarezas. Como lo de su mamá, por ejemplo. Al papá… bueno, sí… al papá lo conocí. Eran los dos muy parecidos, pero nunca los veía salir juntos. De hecho, parecía que el padre nunca estaba, como si trabajara mucho, y por eso no mandaba al hijo a la escuela, como se suponía que debían hacer todos los papás. A mí me sorprendía, igual, que este chico sabía todo lo que se tiene que aprender en la escuela, porque yo le preguntaba cosas que a mí me enseñaban las maestras, y él las sabía. Para mí, era un genio. Luego pensé que debían enseñarle en la casa, creía que su papá le compraba un montón de libros para compensar que no lo mandara a la escuela -aunque yo lo envidiaba, porque la escuela no me gustaba mucho.  

Durante una de las crecidas del río, mi papá estaba quebrado de una pierna, y por ello le tocaba quedarse en casa. A veces iban mis hermanos mayores a buscar provisiones en la canoa, pero en uno de los viajes la canoa sufrió un desperfecto. Mi amigo vino a visitarme una tarde, con su propia canoa, y vio la situación que teníamos. A mí en ningún momento se me ocurrió pedirle ayuda, pero lo mismo su papá se acercaba cada mañana a preguntarnos si necesitábamos algo. Eran muy buenos vecinos, sin duda.

Bueno, para no hacer más largo el relato, voy a pasar a la parte más extraña… porque desde ahí, se terminó la cosa. Uno de los pescadores que vivía cerca se mudó, y le alquiló la cabaña a un tipo que si vos lo mirabas ya daba de por sí mala espina. A la hora de la siesta, cuando mi amigo y yo jugábamos a la orilla del río como todos los días, ese hombre venía y se sentaba a pocos metros de nosotros. Hacía como que miraba los pájaros o algo así, aunque cada dos por tres nos miraba directamente a nosotros. Nos miraba de una manera rara, incómoda. A mí me parecía raro que, por ser adulto, no estuviera durmiendo la siesta, como todos los adultos que yo conocía.

Un par de días antes del suceso en cuestión, había aparecido el papá de mi vecino, preguntando quién era el sujeto que se sentaba temprano todas las tardes a mirar el río. Como ni mis papás ni mis hermanos lo habían visto más que un par de veces, tuve miedo de que el señor nos deschavara a mí y al hijo. Porque éramos los únicos que lo veíamos a esa hora -donde se suponía que yo debía estar en mi cama durmiendo la siesta. Pero no, no mencionó ninguna palabra al respecto, solamente comentó que tenía curiosidad. Aunque agregó algo de extremar cuidados, y no sé por qué, sentí que parecía dirigirse más a mí.

Hasta que, bueno, un día bien nublado, cuando yo salí a jugar igual a pesar de que podía largarse a llover, vi que el hombre extraño ya se encontraba sentado en su lugar de siempre. Y es que, claro, esperaba la oportunidad… Se valió de una treta muy sutil, aprovechando el vínculo de amistad con mi vecinito. No sé por qué el no vino enseguida esa vez, tampoco se me pasó por la cabeza que quizá el papá le había dicho que no viniera más a jugar a la hora de la siesta. Pero yo creo que me habría avisado, de alguna manera me habría avisado. Y entonces, bueno, este hombre raro se aprovechó de eso para venir a decirme que había visto a mi amigo meterse al monte hacía un buen rato, y que no volvía. Me convenció de ir a buscarlo, porque tal vez necesitaba ayuda. Yo quise ir a su casa, a avisar a su papá, y de hecho fuimos. Como no vimos a nadie, yo supuse que el papá de mi vecino debía estar trabajando. Al menos tuve la lucidez de no aceptar irme con el tipo raro, y querer correr a mi casa para pedir ayuda ahí, aunque me retaran. Pero ya para ese momento era tarde. El hombre me tapó la boca, me levantó como una bolsa de papas y caminó derechito hacia lo profundo del monte.

Pataleé y luché tanto como pude, aunque te imaginarás que contra un tipo de más o menos noventa kilos poco podía lograr siendo yo una niña. Lo que me acuerdo del peor instante fue estar acostada boca arriba, mirando hacia las copas de los árboles, muda de pánico ante las amenazas atroces que recibía sobre lo que me iba a pasar si gritaba. No sabía qué iba a suceder, pero estaba paralizada de miedo, hasta que de repente se oyó una voz. Una voz que tardé en reconocer. Mi amigo había aparecido, yo no alcanzaba a verlo porque el cuerpo del hombre me lo impedía. Después sí lo vi bien, cuando el degenerado se movió para encarar al niño que tenía adelante. De lo que hablaron no me quedó registro, lo más seguro es que el tipo le gritó: “qué hacés acá”, “rajá o te mato”, “si decís una palabra de esto…”, y mi amigo le habrá exigido que me deje en paz o algo por el estilo. Ahora me acuerdo perfectamente cómo se paró el hombre y cómo, en cuanto dio el primer paso hacia él… mi vecinito empezó a crecer.”

En un parpadeo, un par de lágrimas se desplazaron por las mejillas de Iara. A medida que avanzaba la historia de la nona se iban confirmando sus sospechas, lo cual la fue conmoviendo de tal modo que, hasta ese punto de la narración, no podía evitar sentirse angustiada. Sin embargo, esa última frase, “mi vecinito empezó a crecer”, la sacó totalmente de onda.

—¿Cómo? —preguntó Iara, extrañada, aprovechando para secarse las lágrimas con el puño.

—Esta es la parte más difícil de contar… —la abuela Mara hizo una pausa para buscar las palabras correctas, y continuó con un suspiro— Mirá, cuando te digo que comenzó a crecer de golpe, no lo digo de forma metafórica, no me refiero a que se convirtió en un hombre porque peleó contra un tipo más fuerte y más grande que él para salvarme a mí. De verdad creció físicamente, y no sólo en tamaño sino… cómo te digo… pasó de niño a adolescente, y de adolescente a adulto. Se fue estirando, ensanchando, le fue saliendo la barba, la cara de nene se agrandó, se le chuparon los pómulos. De repente, mi amigo se había convertido en la propia imagen de su papá, pero de manera literal. Yo lo veía con ojos grandes del asombro. Y el que también estaba asombrado era el viejo degenerado ese. Quedó mudo y quieto por la sorpresa, y en eso, el papá de mi amigo, o mi amigo transformado en su papá, no sé cómo decirlo, aprovechó y le encajó un derechazo que lo dejó noqueado. A mí me temblaba todo el cuerpo. No entendía qué estaba pasando, todo ocurrió en cosa de minutos. Cuando el vecino se me acercó, después de asegurarse que el otro no se movía, creo que quiso decirme algo, pero yo me desmayé. De ahí no me acuerdo de nada más, solamente de que me desperté delante de la escalera de mi casa.

Iara no sabía qué pensar. Soltó la primera pregunta que se le vino a la cabeza.

—Y… ¿qué dijeron tus papás cuando te encontraron ahí?

—No llegaron a enterarse, todavía dormían. Me metí a mi casa rápido, entré al baño y me senté en el inodoro a pensar en lo que había vivido. Cuando mi mamá golpeó la puerta, tiré la cadena como para disimular. Pasé unos días horribles, porque no sabía cómo contar lo que me pasó. Estaba segura de que no me iban a creer, y que hasta me iban a pegar por decir mentiras. A partir de ahí me tomé en serio la hora de la siesta, y no me escapé más. Con el tiempo, dejé que aquella experiencia cayera en el olvido, y la consideré simplemente alguna especie de alucinación.

—Pero, ¿y tu vecino? ¿Y el pedófilo?

—No volví a ver a ninguno. Tampoco me atreví a preguntar, o mucho menos ir a la casa. Apenas unas semanas más tarde, mi papá contó que al parecer los vecinos se habían mudado. Y nada más.

—¡¿Nada más?!

—Así fue… Por mucho tiempo pensé que él no existía, que en realidad nunca existió sino que fue alguna especie de espíritu o fantasma, hasta que lo vi hoy de vuelta en el Pami. Viejo y todo, pero seguía siendo el mismo.

Viendo la cara que ponía su nieta, Mara decidió permitir que el silencio se instalara entre las dos. Consideraba un esfuerzo inútil intentar convencerla de la veracidad de su historia. Tenía que darle su tiempo para procesar lo que le había contado. De modo que se abocó a terminar su merienda, mientras Iara desbloqueaba su celular en busca de alguna distracción.

Desde la mesa, que estaba de frente hacia las ventanas, y gracias a la poca concurrencia del lugar, podía verse para afuera. En un momento en que la abuela Mara levantó la mirada reconoció la silueta de aquel viejo de la oficina del Pami. Se hacía el disimulado, mirando el pizarrón con el menú del día. De inmediato él se movió, quedando fuera de la vista de Iara y de Mara, que también se había dado vuelta. Cuando lo vieron pasar a través de la otra ventana, ya no tenía la apariencia de un jubilado: ahora se veía como un hombre veinte años más joven.

Saludó a ambas con apenas un guiño, y siguió su camino. 

 

 

martes, 13 de mayo de 2025

Adolescencia: un llamado de atención a los adultos

Aviso: este artículo contiene spoilers de la serie, de más está decir que si todavía no la viste, tal vez no sea conveniente leerlo, a menos que no te importe.


No sé si todavía está en auge, pero desde que apareció en la plataforma Netflix, la miniserie titulada Adolescencia ha causado bastante revuelo en el avispero de las redes sociales y los medios masivos de comunicación. Y esto se da más que nada por los temas que la serie toca y varias de las figuras que intenta representar: masculinidad tóxica, violencia, incels, bullying, centrándose más que nada en lo de la masculinidad tóxica y la representación de los incels (por motivos más ideológicos que otra cosa). Lo peor es que muchos medios, muchos periodistas e incluso funcionarios públicos han tomado esta serie de ficción como un reflejo indiscutible de la realidad y la usan como referencia exclusiva al momento de hablar de distintas problemáticas que atañen, por ejemplo, a los adolescentes, a los estallidos de violencia, a las tan mentadas cuestiones de género.

El problema es que tenemos esa maldita costumbre de quedarnos en un solo aspecto y no somos capaces de profundizar en el análisis de una obra de ficción, evadiendo los ya clásicos sesgos políticos, ideológicos y de género. Caemos en el simplismo de decir “ay no es que la violencia es culpa de los hombres porque son machistas y misóginos” y etc., cuando me parece que el tema es mucho más complejo y no se le puede dar una respuesta única o una respuesta simple.

Primero, creo que vale hacer una importante aclaración: a pesar de ser una serie ficticia basada en un caso real, Adolescencia no es la realidad en su totalidad completa. Es un recorte de la realidad, de la cual se toman determinadas figuras, conceptos y tipos para construir la historia y su trama. Toda obra de ficción es una visión de una determinada capa de la realidad, que ofrece al público una representación parcial de dicha capa. Es importante que reconozcamos esto, porque de lo contrario caemos en el absolutismo y la generalización (algo que viene siendo muy explotando por distintos movimientos e ideologías radicalizados). Una serie o miniserie debería, además de ofrecer entretenimiento, brindarnos un punto de partida o un disparador para vehiculizar la reflexión y la toma de conciencia de algo que excede lo que la serie está representando.

Lo que escribo acá es tan solo otra mirada, otra interpretación sobre Adolescencia, que intenta ampliar las interpretaciones simplistas y busca hurgar un poco más sobre la psicología de los personajes. En esto me han servido los aportes de dos youtubers, Farid Dieck y Profe Jeremy X, cuyos videos recomiendo mucho.

La serie trata sobre un chico de 13 años acusado de asesinar a una compañera de su colegio, mostrando cómo esto lo afecta no sólo a él sino a su familia, la escuela y la comunidad. En su video, Farid Dieck dice que se nos muestra el fracaso de las tres instituciones que mayor influencia tienen sobre la vida de niños y adolescentes: la familia, la escuela y la ley. Hay una importante distancia en lo emocional, en lo generacional, en lo afectivo, que genera un abismo de incomprensión entre los adultos y los niños y adolescentes, quienes al no sentirse comprendidos por sus padres, por su maestros o por cualquier otro adulto de su entorno, no sienten la suficiente confianza con ellos como para abrirse con sus problemas, y por eso acaban en Internet, encontrando “refugio” en sitios que de hecho no ofrecen ninguna clase de refugio, sino que en la mayoría de los casos explotan y exacerban sus inseguridades o sus debilidades, llevándolos a los extremos.

Un ejemplo acerca de este enorme distanciamiento entre adolescentes y padres dentro de la obra es la relación entre el jefe de policía y su hijo, en el capítulo 2. La comunicación entre ellos es difícil, por no decir quizás nula. Hay una tensión evidente, y en muchos aspectos no se entienden. Recién al final del capítulo se produce un acercamiento entre ellos cuando el policía invita a su hijo a comer y acuerdan a dónde ir. Es comprensible que como padres o madres nos cueste comunicarnos con nuestros hijos, y más en una etapa tan complicada como la adolescencia. Pero en una época tan marcada por las telecomunicaciones que, a pesar de acercarnos a lo distante, nos distancian de lo cercano, me parece importante reforzar la comunicación personal, cara a cara, en un ambiente de confianza, donde le permitamos a los chicos que nos hablen de lo que les pasa sin miedo a ser juzgados. Porque ahí hay todo un tema: cuando nos ponemos en la posición del “adulto que juzga”.

Algo interesante de esta miniserie es verla tratando de prestar atención a las emociones o las reacciones que produce en nosotros (adultos) mientras la vemos. Hablo de mi propia experiencia: hubo varios momentos en los que me puse, como ya nombré, en la postura del “adulto que juzga”. Uno de esos momentos fue sobre el final del primer episodio, cuando dije “y bueno, ahora aguántate” cuando la policía les muestra a Jamie y su padre el video de la cámara de vigilancia que lo captura in fraganti asesinando a Katie, y ambos se largan a llorar. A ver, en este caso es lógico que nos pongamos del lado de la víctima y que miremos con bastante desprecio al agresor. Pero hay otros momentos donde se presentan cuestiones más complejas que deberíamos analizar de un modo más integral, y no solo tomando partido por uno u otro lado.

Otra escena es cuando los policías quieren interrogar a Jade, la mejor amiga de Katie. La chica no se encuentra en un estado emocional muy óptimo para el interrogatorio, porque reacciona de muy mala manera ante las preguntas sobre la relación entre Jamie y Katie. Lo que pasa es que Jade cree que pretenden responsabilizar a su amiga de lo que le sucedió, y eso la enfurece. Se va, completamente enojada, porque encima la asesora pedagógica que la acompaña tampoco resulta de mucha ayuda para contenerla.

Acá necesito hacer un comentario aparte sobre la escuela. En la serie nos muestran una Academia con vibras de full colegio privado (la utopía de toda escuela pública tercermundista). Pero me llama mucho la atención toda la onda “multicultural”: banderas de distintos países colgadas por todos lados, palabras de distintos idiomas presentes en afiches… No sé si realmente significan algo, o quizá sea una metáfora de la extensión de la aldea global que, al integrar a todo el mundo, des-individualiza a cada sujeto. Lo que sí se entiende es el completo desborde al que están sometidos los docentes, quienes ante las cada vez más crecientes complejidades del alumnado, optan por rendirse y hacer lo mínimo que les corresponde y ya está. Párrafo aparte, yo soy docente, trabajo en un colegio público, y muchas veces experimento de primera mano lo que es la precarización laboral de docentes y maestras/os, a quienes nos toca sufrir todas las pedradas por el fracaso del sistema educativo, implementado por una manga de burócratas y ministros que rara vez han pisado las aulas y por eso te meten propuestas que no se ajustan para nada a la realidad escolar… Bueno, volviendo a lo que nos compete.

Muchos han señalado esta tendencia de Netflix o del cine en general de hacer cambios raciales en sus personajes para quedar dentro de lo “políticamente correcto”. Según parece, en el caso que inspiró la serie, el asesino fue un joven de color, de 18 años, y según los “anti-woke”, el director decidió cambiarlo por un chico blanco de 13 años por corrección política, supuestamente porque Netflix no se atreve a poner a una persona de color en papel de “villano”, que por naturaleza solo le “correspondería” a una persona blanca. Sin embargo, más allá de si se trata de estigmatizar o no a las personas de color con relación a la violencia, me parece totalmente improductivo llevar el análisis por este lado.

Enfoquémonos en la familia de Jamie: es lo que podríamos llamar una “familia tipo” o “familia estándar”: padre proveedor, mamá ama de casa; con una posición económica mediana tirando a alta; que vive en un barrio “normal”. Una familia “funcional” y alejada de todos aquellos factores que podrían influir negativamente en los hijos, como la delincuencia, las drogas, el alcoholismo, etcétera. Si la serie pone como victimario a un “niño blanco” con una familia y un contexto “normales” no es tanto por una cuestión ideológica de cargar toda la maldad sobre el “hombre blanco heterosexual y burgués”, sino que tal vez está queriendo decir que la violencia puede estallar desde cualquier parte, no solamente desde el lado de los chicos provenientes de contextos violentos y disfuncionales.  Y los involucrados no son exclusivamente varones: en abril pasado, en la ciudad de Rosario, una alumna de 14 años apuñaló a otra compañera por creer que se reía de ella. Y esto sucedió en un colegio privado, no en una escuela de un barrio marginal. Así que la violencia no es atributo exclusivo del “hombre blanco heterosexual y burgués”.

En el cuarto capítulo de la serie los padres de Jamie hacen una especie de mea culpa por lo que pasó con su hijo, y ahí es cuando reconocen que fue un error creer que él estaba seguro en casa, con su computadora, “que no podría hacer mal a nadie”. Creo que ahí se nos está dando la señal de que el mal no sólo y no siempre está en las calles, con las llamadas “malas juntas”, sino que el mal puede estar manifestándose dentro de la propia casa, con esas “malas juntas” que, a través de una computadora con conexión a Internet, pueden provocar mucho más daño. Y sin que se conozcan sus rostros o nombres verdaderos.

Este último capítulo es sumamente conmovedor porque presenciamos las consecuencias del crimen de Jamie sobre su propia familia, que vive su ausencia casi como un duelo, e intenta sobrellevar el presente como puede. Tanto el padre como la madre se lamentan porque todos sus esfuerzos en brindar lo mejor a sus hijos no pudieron evitar que uno de ellos se convirtiera en asesino. Ambos dicen “si hubiéramos hecho más…”. Y sí, probablemente nosotros como espectadores asentiríamos con la cabeza y diríamos “sí, deberían haber hecho más”, con la típica actitud de alguien que probablemente no ha pasado por una situación ni de cerca similar pero de todas maneras opina. Es muy fácil opinar desde afuera, cuando no te toca personalmente. Es muy sencillo decirles a otros cómo podrían criar a sus hijos, pero la cosa cambia cuando tenés uno propio.

Una de las cosas que se pueden reflexionar a partir del último capítulo tiene que ver con las formas de crianza. El padre cuenta que atravesó una infancia marcada por la violencia parental, y por eso juró que cuando tuviera sus propios hijos, jamás les pondría una mano encima. ¿Cuántos adultos no se habrán sentido identificados en ese momento? Incluso si no recibieron maltrato físico en su infancia, no podemos dejar de lado el maltrato psicológico o emocional. Aunque cumplió su promesa, de manera inconsciente el padre transmitió a Jamie el “ideal de masculinidad” que hoy tanto se cuestiona: el del hombre fuerte, atractivo, que maneja todo con dureza, etc. Quizá por eso, en el tercer capítulo, la psicóloga hace tanto hincapié en la figura paterna durante su entrevista con Jamie. Ahí se devela que uno de sus principales conflictos internos es no lograr ser el tipo de hombre que su padre querría o el que quisiera ser. Jamie no es bueno en los deportes, se considera feo, flaco y débil, no tiene suerte con las chicas. Eso lo afecta mucho, y sumado a que no tiene una cercanía emocional con su padre o con su madre, no encuentra ningún refugio seguro donde poder hablar de lo que le sucede y donde alguien lo pueda escuchar sin juzgarlo, que sepa aceptarlo y guiarlo en la construcción de una relación más sana consigo mismo y con los demás.

Cuando finaliza el tercer capítulo, Jamie entra en desesperación al momento en que la psicóloga le anuncia que es la última sesión. Al chico lo que más le preocupa es que la psicóloga le diga si él le parece una buena persona. En su contexto, es lógico que el chico necesite sentirse aceptado o querido por otra persona, y más aún si se trata de una mujer. Pero la psicóloga se mantiene en su perfil profesional y no mezcla sus sentimientos con el trabajo, por lo tanto no le responde. De hecho, en el episodio da muestras claras de cómo maneja sus emociones, con largas respiraciones profundas. Eso no quiere decir que no sienta cierta compasión por él, lo que se ve después, una vez que se lo llevaron de la habitación, y se le caen un par de lágrimas mientras sigue respirando profundamente.

Y es que la validación del otro también juega un papel importantísimo en la historia, pues la poca aceptación de sí mismo puede llevar a un sujeto a buscar la aceptación de otros. Necesita que alguien le diga que es bueno, a pesar de que por dentro no lo crea así. A partir de lo que le cuenta a la psicóloga, podemos deducir que Jamie tiene muy baja autoestima, lo cual lo hace fijarse excesivamente en sus defectos y a reaccionar defensivamente ante cualquier posible ataque. Como con los emoticones que le dejaba Katie en Instagram.

La búsqueda de aceptación exterior, al mezclarse con las presiones sociales sobre lo que se “debe ser”, puede conllevar a acciones autodestructivas o violentas. Todos conocemos lo que es la presión de la popularidad en la adolescencia: todos quisimos ser aceptados, pertenecer a algún grupo, recibir cualquier tipo de atención. El tema es cuando eso no se da, cuando parece que no encajamos en ningún lado, cuando no recibimos más que rechazo, cuando no nos sentimos escuchados. Nos aislamos del resto, y en ese aislamiento, ya sea voluntario o forzado, es cuando empieza a incubarse ese cierto malestar que puede ir derivando hacia la oscuridad si no contamos con una red de apoyo o de contención. A falta de confort en el entorno físico, donde uno se siente en confianza, ahí es donde puede terminar cayendo en entornos digitales que, si bien al principio se muestran como sitios seguros, de contención, a la larga no resultan de ninguna ayuda. Y, en el peor de los escenarios, pueden empujar a un individuo hacia el extremo, que termina perjudicando tanto su propia vida como la de otras personas.

El extremismo y la radicalización de los discursos en Internet son un punto en lo que se debería reflexionar con más profundidad. Más allá del contexto familiar, escolar o social, es innegable que los foros, las redes sociales y las aplicaciones ejercen cada vez mayor peso en el modo en que los seres humanos nos relacionamos, y en eso hay que enfocarse cada vez con más énfasis, sobre todo en lo que a niños y adolescentes respecta. Los adultos debemos entender que los niños y adolescentes de hoy no son los mismos de cuando nosotros pasábamos por la infancia o la adolescencia. Tenemos que dejar la mirada retrospectiva que juzga el presente a partir del pasado, y empezar a fijarnos cómo encarar este presente, teniendo en cuenta las problemáticas actuales y también, que los chicos no salieron así por espontaneidad, sino que son producto de un montón de factores y procesos sociales de los que no podemos, como adultos, excluirnos (porque en muchos casos, también estamos en las mismas: los comportamientos de niños y adolescentes tienen una correlación con los comportamientos de los adultos).

Adolescencia elige representar una problemática compleja a partir de, lo que podríamos decir, figuras y símbolos simplificados: un chico adolescente de 13 años que asesina a una compañera de clase a puñaladas, donde el detonador del crimen parece ser el acoso o bullying que recibía por parte de ella. Las causas o motivaciones son complejas, pero una de las más fuertes parece ser la influencia del discurso incel en las páginas de Internet que el chico frecuentaba. La serie hace ese recorte de la realidad para que la historia y la trama sean comprensibles para los espectadores, pero recordemos que la realidad, con sus múltiples capas, nunca es tan simple, sino que requiere de distintos niveles de análisis para no terminan haciendo generalizaciones inútiles.

Aunque me quedan varias cosas en el tintero, no quisiera hacer este texto más extenso de lo que ya es. Por eso me gustaría que dejen sus observaciones en los comentarios para que la reflexión no se corte acá y siga fluyendo, de modo que podamos ampliar el debate, siempre que sea con respeto.

Mientras tanto, yo me despido, a ver si me hago de un tiempo para ver El eternauta. ¡Nos leemos pronto!

 

 

Recomendación literaria #15: "El palacio de la noche", de Pablo de Santis

 

He decidido cambiar “reseñas” por “recomendaciones” porque me parece que no estoy siguiendo las reglas concretas de escritura de una reseña, y además porque lo que escribo sobre cada libro nace más de mi subjetividad como lectora que de un análisis profundo y concienzudo de la obra.

 


No sé por qué, pero siempre confundo a Pablo de Santis con Pablo Bernasconi. Aunque conozco poco de Pablo de Santis, he visto algunos libros suyos, como Los anticuarios, que tengo en mi lista de pendientes.

Esta novela me la encontré chusmeando en los estantes de la Biblioteca Popular de Urdinarrain. Me llamó la atención el estilo de su portada, como si fuera un libro antiguo, aunque no lo es tanto porque se publicó por primera vez en 1987. Es una obra relativamente breve, de menos de 100 páginas, cuya premisa atrapante, te va llevando a querer leerla entera.

Su protagonista, Alejandro Castex, recibe de parte de Salvador Helcán, su amigo de la infancia, el manuscrito de una novela, titulada “El palacio de la noche”. También se entera de que Salvador ha muerto en París, no sin antes dejar una serie de instrucciones para Alejandro, a través de contactos indirectos y varias pistas.

Acá nos encontramos con una novela dentro de otra novela, como en un juego de cajas chinas. El sentimiento de extrañeza no hacía más que aumentar conforme iba leyendo, porque me sentía como el protagonista, yendo como bola sin manija. Además, el mundo de la novela manuscrita es un mundo decadente, oscuro, al que hoy definiríamos bajo una estética “post-apocalíptica”. El personaje principal de esa otra novela, llamado Dagar, va recorriendo ese mundo en busca del Palacio de la noche, un lugar misterioso del que no se le dan pistas.

Yo la considero una novela hecha para la relectura, porque es más que probable que te quedes con algunas dudas al terminarla. Me gusta el aura de misterio, la sensación de que está pasando algo en otro lugar mientras el protagonista sigue con lo suyo.

Hay algo que sobrevuela el ambiente y no te deja sentir más que inquietud.

¿Leyeron El palacio de la noche? Si fue así, ¿qué les pareció?

¡Nos leemos la próxima!

domingo, 27 de abril de 2025

[Cuento] "La renuncia del detective Longman"

 


—¡Ah, detective Longman, no lo oí llegar!

La ancha y alta silueta del detective se recortaba sobre el marco de la puerta. Ensutado en su saco largo y su característico sombrero negro, el gran hombre ostentaba un porte regio, favorecido por los años. A pesar de la edad, su mirada aún mantenía aquella agudeza que le resultaba muy útil en su trabajo. ¿Cuántos crímenes había resuelto gracias a su habilidad para observar aquellos detalles que nadie más parecía capaz de captar?

Desde su escritorio, Holzmann lo invitó a tomar asiento. Longman se quitó el sombrero, colgó su abrigo, y aceptó el whiskey que le ofrecía su anfitrión. Al sentarse dejó escapar un suspiro hondo, como el de un anciano que por fin puede descansar un poco tras una larguísima jornada laboral.

—El caso anterior sí que fue todo un desafío, ¿no le parece, Longman? Gracias al cielo contamos con usted para resolverlo, como siempre.

—Sí. Creo que, para ser mi último caso, resultó bastante memorable.

Holzmann casi escupió la bebida.

—¿Cómo…? ¿Su “último caso”?

—Así es. Voy a retirarme, por eso estimé conveniente venir a hablar con usted antes.

—Pero, señor Longman, ¿es esto alguna clase de broma?

—Usted me conoce bien, y sabe que mi sentido del humor es más bien estoico. Le aseguro que no estoy bromeando.

—Pero, ¿retirarse justo ahora, con una carrera que cumple veinticinco años de contundentes casos resueltos? ¿Ahora, cuando su labor ha sido reconocida a nivel nacional, y van a inaugurar una estatua en su homenaje en la plaza central de la ciudad? ¿Y su nombre es mencionado en los principales periódicos del país? Ah, y no olvide a ese joven periodista que va a sacar un libro sobre su vida y obra.

—Justamente por eso he decidido mi retiro. Me parece que he cumplido los principales objetivos de una vida dedicada a resolver crímenes. He dejado una huella perdurable en la nación, y es justo que reclame el descanso que me corresponde.

—Oh, detective Longman, no puede abandonar todo así como así. Piense en el documental que van a filmar sobre sus casos más famosos: todavía podemos adherir alguno más para la serie. Y los productores estarían encantados de acceder a su testimonio pues, ¿quién mejor que usted para narrarlos?

—Mire, señor Holzmann, aprecio mucho la fama y la notoriedad que me han dispensado los grandes medios de comunicación. Pero cada vez me siento más ahogado, más presionado, y ya con mis años es justo que decida tomarme un respiro y cambiar de ambiente. Por eso, se lo reitero: he tomado la resolución de renunciar a mi puesto de detective. Sabemos que el crimen nunca descansa, pero lo mismo, siempre habrá detectives dispuestos a combatirlo.

—Sin embargo, ningún otro policía posee su talento, su carisma y su experiencia. ¿Qué será de la estación de policía sin un digno sucesor suyo?

—Las generaciones van cambiando, hay muchos detectives jóvenes con ambición y buena voluntad. Recuerde que yo alguna vez también fui joven. No se obtiene experiencia si no es, claramente, trabajando. Mis buenos resultados son fruto de la gran cantidad de errores que he cometido a lo largo de mi carrera. Mi anhelo es que ello sirva de guía para los que vendrán después de mí. Sería muy egoísta que yo pretendiera acaparar todos los espacios que otros puedan aprovechar para crecer.

—Escúcheme, señor Longman, le digo que no puede retirarse aún. ¿Qué voy a hacer yo sin usted? No le permito que me abandone de esta manera, tenemos muchos proyectos juntos.

Holzmann enrojecía a medida que continuaba hablando encolerizado.

Lejos de sentirse intimidado, el detective Longman mantuvo su expresión serena y resignada. Discretamente, comenzó el ademán de buscar algo en su bolsillo.

—Supuse que no me haría caso —dijo, en cuanto el otro terminó su perorata de reproches—, yo no le importo más de lo que le importa todo lo que puede obtener a través de mí.

Apenas alcanzó Holzmann a fruncir el ceño, cuando vio el cañón del revólver apuntándole al pecho.

—No vas a hacerlo —dijo fríamente—. Me necesitas, porque sin mí no serías nada. No puedes matarme.

—No me importa. Ambos ya le sacamos suficiente jugo a la existencia. Y yo ya me cansé de ser el que vive únicamente en los libros.

Y el detective Longman disparó.

 

***

 

Más tarde ese día, cuando los forenses examinaban la escena del crimen, los policías encargados del caso no terminaban de resolver sus dudas. El saco y el sombrero aún estaban colgados del perchero. El cadáver yacía tendido en la silla, con el agujero carmesí en medio de la camisa. Pero el revólver estaba sobre el escritorio, al lado de la mano izquierda de Holzmann, y con las huellas de Holzmann en él.

—¿Y tú qué dices? —le preguntó un oficial al otro— ¿Suicidio u homicidio?

—Creo que está más que claro. No todos los días muere el escritor de novelas policiales más famoso del país. ¿Ha leído alguno de sus libros?

—No tengo mucho tiempo para leer, la verdad. Pero mi hija mayor se los sabe de pe a pa. Según ella, en los últimos libros se notaba que la fórmula ya se le estaba gastando al escritor. Sin embargo, seguían pidiéndole más… No me extraña que terminara quedando medio esquizofrénico. 

 

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