sábado, 27 de diciembre de 2025

"Nochebuena en penumbra"

 


Era menester cruzar doscientos kilómetros de pura nada para ir a festejar Navidad con los abuelos en Santa Belén. Después del año tan tortuoso que habían pasado, milagrosamente fue consenso de los tres realizar el viaje para respirar un poco de aire fresco. Al mediodía almorzaron en casa de la familia de Mariel, como para equilibrar la balanza, aunque de todos modos pasarían con ellos la noche de Año Nuevo. Además, hacía mucho que Emanuel no veía a sus abuelos paternos, y de verdad los extrañaba.

En el auto cargaron cosas como para viajar tres días, aunque el plan fuera regresar a la mañana siguiente. Ropa, comida, abundante agua, regalos, repelente, bolsa de residuos… a Mariel le preocupaba que no les faltara nada si llegaban a sufrir un inconveniente en el camino. Como hacía bastante calor (eran casi las cinco cuando ingresaron a la autopista) traían puesta una muda de ropa sencilla. Ni bien se bajaran del auto en la casa de los padres de Fernando, se irían directo a la pileta, luego a la ducha y después sí, a estrenar pilchas nuevas. Cabía la posibilidad de que hasta lloviera, comentó Mariel tras observar las enormes nubes algodonadas que poblaban el cielo.

Las esperanzas de llegar a Santa Belén temprano se fueron diluyendo por culpa del atascamiento del tránsito en la autovía, como si toda la gente de la región hubiera decidido a viajar en el mismo día. Pero Fernando se mantenía optimista, pues una vez que tomaran por la provincial 50 podrían continuar todo recto por el camino. Ni bien salieran de ese embotellamiento tendría amplia libertad para pisar el acelerador. Incluso iba calculando cuánto tiempo le tomaría recorrer el tramo de la 50, estimando así la hora de llegada a lo de sus viejos. Lamentablemente, el reloj corría de forma inversamente proporcional al avance en la carretera, y eso le iba haciendo perder la paciencia, porque no era su idea caer a medianoche en mitad del brindis. Tal vez se perdieran el programa navideño de la Iglesia, o tuvieran que sentarse enseguida a la mesa… No, no, no tenía que pensar en eso. No debía darles lugar a pensamientos que indefectiblemente lo conducirían al mal humor, y de ahí, a las discusiones y a lo mismo de siempre. Ya lo había conversado en terapia, era momento de ponerlo en práctica. Trató de concentrarse en otra cosa.

—Estos mates están muy buenos —le dijo sonriendo a Mariel.

—Muchas gracias —le sonrió ella a su vez—. La radio ya está perdiendo frecuencia, ¿te parece si la cambio?

—Dale, fíjate si podés sintonizar alguna donde transmitan más que nada música. Si no, podés conectar el celular.

—Un poco de sintonía analógica no nos va a venir mal. Conviene ahorrar batería.

Ese era un rasgo que a Fernando le gustó siempre de su mujer: para algunas cosas no escatimaba recursos, para otras, se esforzaba en ahorrarlos. Antes le molestaba un poco, pero había aprendido a valorarlo.

Por su parte, Mariel se concentraba en el presente, en disfrutar la experiencia rutera con su hijo y su marido, en vez de tratar de ponerse siempre delante de las circunstancias. En más de una ocasión, la extrema ansiedad por andar pensando en el “después” la aceleraba a tal punto que se enloquecía ella y enloquecía al resto. Por más que la lentitud del tráfico le diera motivos más que suficientes para preocuparse, ella hacía el esfuerzo por permanecer serena. Y confiar en Fernando, aunque supiera que se pararía sobre el pedal del acelerador ni bien se desatascara la ruta. Recurriría a indicarle que bajara de ciento veinte a cien solo cuando fuera necesario.

Miró hacia atrás, donde iba su hijo Emanuel con el cinturón de seguridad abrochado, mirando el paisaje por la ventanilla. Once años cumplidos. Le parecía que era apenas ayer cuando lo cargaba en sus brazos mientras le cantaba para que se durmiera. ¿Por qué crecen tan rápido los hijos? Cuando uno apenas logra acomodarse para estar al cien por cien para ellos, ya son grandes y no precisan de uno. Cada día se recordaba a sí misma que debía aprovechar cada momento con él, porque ni bien iniciara la pubertad y las hormonas empezaran a hacer su trabajo, ya sería otro Emanuel. O quizá no, quizá siguiera siendo igual, pero con intereses distintos. Probablemente, se convertiría en un hijo que no dudaría en reprocharle a ella o a Fernando lo que no les reprochó durante el último par de años, cuando el matrimonio sufría los principales síntomas del desgaste. Eso era lo que más culpa le generaba: el daño causado a su hijo por todas las disputas con su esposo.

Al menos, ahora habían cerrado esa etapa. Ahora no quedaba otra opción más que seguir adelante. Tanto ella como Fernando resolvieron apostar de nuevo por su familia. Por ellos y por su hijo.

—¿Cómo vas, Ema?

—Bien, voy pensando si el abuelo terminó ese rompecabezas de dos mil quinientas piezas que me dijo que empezó en septiembre —respondió el chico—. Tengo ganas de verlo, dice que después lo va a encuadrar. ¿No es medio raro?

—En realidad, no. Hay rompecabezas de hasta cinco mil piezas, y generalmente tienen fotos de paisajes muy lindos, que cuando los terminás de armar parece que tenés un cuadro pintado por un artista. Por eso mucha gente los pega sobre un cartón y los enmarca.

—¿O sea que los arman para no desarmarlos nunca más?

—Sí, claro. Mi tía tiene uno en su living, aunque me parece que es más chico que el de tu abuelo.

—Hay que tener mucho tiempo libre como para dedicarse a eso.

—No necesariamente —intervino Fernando—, a veces simplemente es un hobby, algo que uno hace para pasar el rato o hacer algo distinto. Te ayuda mucho a desconectarte de los problemas y de paso, entrenar otras capacidades cerebrales. Yo armé un montón de rompecabezas con mi viejo, y te puedo asegurar que algunos tienen ese nombre bien merecido. Realmente te hacen quebrar la cabeza pensando cómo encaja una pieza con otra.

—Algún día podríamos armar uno juntos —propuso Emanuel—, pero uno que sea más normal, y que no nos lleve toda la vida.

El padre se rio de buena gana. Aprobaba la idea, porque en cierta forma continuaba con su hijo una tradición familiar.

A eso de las seis, por fin, pudieron avanzar con más rapidez y doblar por el desvío hacia la ruta 50. Sin embargo, antes hicieron una parada en una estación de servicio para ir al baño, cargar combustible en el tanque y agua para el mate, y de paso avisar a los abuelos sobre el retraso en el viaje.

La entrada en la ruta 50 fue diametralmente distinta con respecto a la autopista. Allí no caminaba un alma en absoluto, y a ambos costados de la ancha cinta de asfalto se extendían lánguidos campos con sembradíos que apenas se insinuaban sobre la faz de la tierra o praderas chatas encima de las cuales pastaban algunas solitarias vacas. Aquí el cielo se mostraba más limpio, como si alguien hubiera barrido las nubes de un plumazo, y los colores cambiantes del ocaso daban un memorable espectáculo en cámara lenta. La noche caía como un tinte oscuro en un vaso lleno de agua, que transformaba los cálidos tonos anaranjados y amarillentos en otros más fríos, azulados y oscuros.

El auto marchaba sereno, equilibrado y firme, en concordancia con el estado de ánimo de sus ocupantes. Sin embargo, cuando todavía faltaba un buen trecho para vislumbrar siquiera la silueta de luces de Santa Belén en la línea del horizonte, el coche comenzó a toser, perdiendo estabilidad en su marcha. Fernando intentó mantenerlo a flote, pasando de un cambio a otro, pero en vano consiguió que el auto continuara. Y antes de que se le parara en medio de la ruta, con habilidad logró orillarlo a la banquina. En cuanto las cuatro ruedas se posaron simultáneamente sobre el pasto, el vehículo se detuvo de modo definitivo, quedando como muerto.

—Qué raro… —musitó Fernando, intentando darle arranque sin éxito. Probó tres veces, y como no hubo ninguna clase de respuesta, decidió bajar y abrir el capó.

No había por qué alarmarse, pensó para sí mismo, sopesando las múltiples explicaciones que podían justificar lo que sucedía. Pero no importaba, ya se ocuparía del asunto, así que buscó en el baúl una linterna y les dijo a su mujer y a su hijo que se quedaran dentro del auto, que enseguida retomarían el viaje. Apelando a sus conocimientos elementales de mecánica, probó revisando el nivel del agua, el aceite, la batería. No halló ninguna anomalía. Los controles del tablero no arrojaban ninguna señal clara acerca de cuál podía ser el problema. Tal vez se había sobrecalentado, lo cual no era extraño teniendo en cuenta la odisea en la autopista. Era cuestión de esperar un par de minutos a que se enfriara, supuso Fernando.

Pero el par de minutos pasó. Y por mucho que él giró la llave, el auto no encendió.

Fernando suspiró profundamente. “No importa, voy a seguir intentando… esto apenas va a llevar un rato, nada más”. Repitió la secuencia de revisiones, sin hallar la fuente del problema. Había rellenado el tanque de combustible cuando pararon en la estación de servicio una hora atrás. La temperatura se veía normal, no había ningún indicio de sobrecalentamiento. Ayudándose con la luz de la linterna, escudriñó centímetro a centímetro el motor. Cada cable o manguera se hallaba intacto, conectado correctamente en su respectivo espacio. ¿Algún fusible, quizá? Buscó la caja de herramientas, aunque no deseaba en absoluto ponerse a desarmar su auto mientras estaban en medio de la nada. Debía concentrarse y mantener la calma.

Mientras tanto, Mariel preguntaba lo justo y necesario sobre la situación mecánica del vehículo. Miró la hora en su celular: eran casi las nueve. Ya tenía un motivo sincero para preocuparse, porque a su alrededor se extendían una oscuridad inquietante, un llano vacío y una ruta completamente solitaria. Apenas había un árbol a un metro de ellos. Pero no, no iba a ponerse a pensar en que estaban solos, sin posibilidad de avanzar, lejos del pueblo o de cualquier contacto humano, desprotegidos o a merced de algún animal salvaje o de personas con malas intenciones, sin más luz que la de la linterna, las del auto y las de sus teléfonos celulares. Los cuales, por desgracia, no captaban ni la más mínima línea de señal, así que técnicamente también estaban incomunicados. No pensaría en nada de eso, no… No podía dejar que los nervios la dominaran. Antes bien, decidió asumir un papel más activo.

—Ema, ¿me esperás un ratito acá? Si sentís mucho calor, podés bajar la ventanilla —Mariel sacó un repelente en aerosol de su bolso, se roció los brazos y las piernas y luego se lo pasó a su hijo—. Tomá, ponete por las dudas. Ya vuelvo, ¿sí?

Emanuel le hizo caso a su madre. Se sentía levemente tranquilo, porque veía que tanto ella como su padre se mantenían tranquilos a pesar de que la situación no pintaba muy bien. Le alegraba ver que sus primeros impulsos fueran tratar de hacer lo posible para arreglar el inconveniente, aunque le preocupaba que, si el auto no arrancaba, y empezaba a subir la tensión, sus padres no lograran soportarlo. Él procuraría hacer todo lo posible para no molestarlos.

—No te alejes mucho, Mariel, por las dudas —dijo Fernando a su mujer, que caminaba de un lado a otro con el teléfono en alto—, y no andes sobre la ruta —agregó, aunque parecía una recomendación innecesaria.

—Ya sé… estoy tratando de encontrar al menos un poco de señal, como para mandar un mensaje.

Ella caminó unos pasos por aquí, unos pasos por allá, incluso fue hasta el árbol. En cuanto veía una mínima rayita, intentaba hacer una llamada, pero sin éxito. Los mensajes tampoco se enviaban. Decidió probar con el teléfono de Fernando, con los mismos infructuosos resultados. Parecía que hubieran entrado en una dimensión desconocida donde no funcionaba ningún tipo de tecnología comunicacional. La impaciencia de Mariel no hacía más que aumentar. Como aumentaba también la frustración de su marido que, ofuscado, levantó la cabeza del motor y se la golpeó con el capó sin querer, lanzando una palabrota en el proceso.

—Pero, ¡¿cómo puede ser que no encuentre dónde está la falla?! ¡Si cuando lo revisé hoy, andaba todo bien! ¿Justo ahora me viene a pasar esto?

El hombre se pasó las manos por el pelo. Ya no podía frenar su mal humor. Le dio la espalda al coche. Al darse la vuelta, se topó con Mariel, que lo miraba con las manos en la cintura. No precisaba palabras para expresar lo que transmitían sus ojos.

—¿No pudiste comunicarte con nadie?

—No, es como estar en una zona muerta.

—Carajo… ¿qué hora es ya?

Mariel dudó antes de responderle.

—Como las nueve y media.

—¡No puede ser!

Fernando lanzó un gruñido furioso. Estuvo a punto de pegarle una patada al frente del auto, pero vio a Emanuel a través del parabrisas. No quería montar una escena en un momento así, menos delante de su hijo, que ya había presenciado suficientes escenas de tipo violento durante ese año. Se volvió hacia su esposa, medio sorprendido de que ella no abriera la boca para dirigirle algún reproche. Como, por ejemplo, que hubiera sido mejor quedarse a pasar la Nochebuena con la familia de ella, y salir al otro día para celebrar Navidad en Santa Belén con la familia de él. Sin embargo, Mariel no tenía ganas de discutir, tan solo se lamentaba de la mala suerte que les había tocado, justo cuando trataban de reconstruirse como familia. Ya no podía ocultar lo angustiada que se sentía, pensando en lo preocupados que estarían sus suegros al ver que ellos no llegaban, mientras sus propios padres, allá en la ciudad, celebraban con sus hermanos sin tener idea de que ella, su marido y su hijo se hallaban varados en mitad de la ruta 50.

Ambos adultos se quedaron en silencio, como derrotados e impotentes. En otra ocasión ya estarían discutiendo, lanzándose reproches mutuos, hasta terminar alejándose cada uno por un lado distinto. Desde el asiento trasero del auto, Emanuel se dio cuenta de que ninguno parecía saber qué hacer, a la vez que evitaban entrar en cualquier tipo de conflicto. Como ya estaba aburrido de quedarse adentro, decidió bajarse. Afuera se escuchaba claramente el canto de los grillos. Pese a lo oscuro y solitario que estaba todo alrededor, reinaba una calma tan diferente de la que se producía de noche en la ciudad, que no se sentía atemorizado ni inquieto.

Alzó los ojos hacia el cielo. Había muchísimas más estrellas de las que recordaba haber visto en su vida. Era como si alguien hubiera sacudido un cepillo de dientes gigante sobre el firmamento. De repente, no supo bien por qué, se le vino a la cabeza la historia del nacimiento de Jesús, que representaban en la iglesia cada año en Navidad. Y se acercó a sus padres para resolver una duda.

—Cuando María y José viajaban hasta Belén, ¿todo se veía más o menos como acá?

Aquella pregunta sacó a Fernando y Mariel de su inmovilidad. Lo miraron, sorprendidos, aunque no era extraño que a veces su hijo preguntara cosas que a ellos nunca se les ocurrirían.

—No sé… —respondió Mariel, después de pensar un poco—, supongo que sí, aunque la tierra era mucho más seca, parecido al noroeste nuestro, creo.

—¿Y el cielo se veía así, todo estrellado?

La madre estiró el cuello para observar, arriba, el firmamento colmado de puntitos brillantes.

—Sí, estoy segura. Antes no existía la iluminación eléctrica en ninguna parte.

—¿Podemos sentarnos a charlar acá al lado mientras papá termina de arreglar el auto?

Madre e hijo miraban a Fernando, como si le pidieran permiso. Él había empezado a resignarse a que estarían un buen rato varados, si es que no pasaba nadie por la ruta, y pensó que no vendría mal un poco de distensión a su familia. Por eso, además de decir que sí, les dijo que podían comer algo o tomar algo si tenían hambre o sed. Mientras él revisaba una vez más el auto, su esposa buscó una manta en el baúl, tanteó el pasto al lado del vehículo para cerciorarse de que fuera seguro y la extendió allí, para sentarse junto con Emanuel.

—¿Por qué no se ven tantas estrellas cuando estamos en casa? —preguntó el chico.

—Debe ser porque en la ciudad hay mucha luz, tanto de los postes como de los comercios y las casas. Es como cuando el sol te encandila y no te deja ver lo que tenés enfrente.

—Y las ciudades de antes, que no tenían luz eléctrica, ¿quedaban totalmente a oscuras?

—Me parece que no, creo que usaban antorchas o velas para iluminarse. Algunas noches podían ser más claras si había luna llena.

—Pero si hay luna llena, las estrellas casi no se ven. O sea que la noche en que nació Jesús no pudo haber luna, porque si no, nadie habría podido ver su estrella.

—Tal vez…

La charla fluyó amenamente entre los dos, y el padre la escuchaba, cada vez más interesado. A la tercera vez que probó darle arranque al coche y este no respondió, Fernando se dijo “bueno”. Se fijó que eran más de las diez. En su casa ya estarían preparando todo para instalarse a comer. Sólo faltaban ellos tres… Levantó su mirada hacia lo alto, en un silencioso ruego al Creador para que obrara un milagro que les permitiera llegar sanos y salvos a Santa Belén. Y que los protegiera mientras estuvieran ahí tirados.

Antes de unirse a la ronda, sacó algo de comida y bebida de la conservadora. Les explicó la situación, y dijo que lo más conveniente era esperar. Su mujer propuso caminar un par de kilómetros para ver si había alguna casa donde pedir ayuda, pero Fernando se negaba a dejarlos solos, ni tampoco pensaba permitir que ninguno se alejara de ahí. Irse los tres juntos no le convencía, porque no quería dejar el auto abandonado. En esto no hubo forma de ponerse de acuerdo, y Mariel y Fernando lo discutieron hasta que pactaron lo siguiente: pasarían la noche dentro del auto, si era necesario, y en cuanto amaneciera, si no recibían auxilio, Fernando caminaría en busca de ayuda.

Cuando ya los relojes de los teléfonos marcaban las once, Mariel tenía que ir al baño, y la cuestión era complicada porque no podía ir detrás de un árbol y ya está. Necesitaría un poco más de privacidad. La solución que se le ocurrió a Fernando fue trasladar la manta e instalarla delante del auto, y luego abrir las dos puertas del lado del acompañante para que hicieran de “biombo”. En cuanto al resto (papel higiénico y alcohol) ya Mariel lo tenía equipado.

—Mirá si va a aparecer alguien justo cuando yo estoy orinando… —comentó Mariel, con un tono medio en broma.

—Bueno, pero hacer pis no es nada —replicó Fernando con una risa socarrona—. Si supieras lo que me pasó cuando yo tenía diez años y viajaba con mi viejo y mi hermano en la camioneta. A la chata se le desarmó algo en el tren delantero y ahí no quedó de otra que llamar a una grúa, y quedarse esperando ahí, al costado. ¿Pero podés creer que a las tripas de Fernandito se les dio por ponerse trabajar como nunca? Lo peor es que no había ningún sitio seguro como para despachar el paquete. Pasaban autos por la autopista todo el tiempo y a mí me daba vergüenza que me vieran… Pobre viejo, la paciencia que me tuvo. Al final, por suerte vino la grúa. Nos dejó en el campo de mis abuelos, que quedaba más cerca y donde mi tío tenía su taller. Nunca me sentí tan aliviado de ir al baño de la casa de mi abuela, por mucho que no me gustaba porque me daba miedo.

—¿Te daba miedo el baño de tu abuela? —le preguntó Emanuel, con una expresión divertida curiosidad en sus ojos.

—Sí, porque era un baño antiguo, que no tenía las mismas comodidades que tenemos nosotros ahora. Y eso que por suerte no me tocó ir al de afuera… Ese iba directamente a un pozo ciego, y a mí me aterraba ir porque pensaba que me podía caer adentro.

Emanuel se rio. Le costaba imaginarse a su papá, en versión niño, sentado en un inodoro más grande que él. De hecho, muchas veces se preguntaba cómo se comportaron sus papás cuando eran chicos, y quizá los testimonios más fiables los podrían brindar sus abuelos por ambas partes. Porque no dudaba que tanto su mamá como su papá ocultarían los rasgos más traviesos de su infancia, o contarían lo que más les convenía. Pensar en sus abuelos le dio algo de tristeza, porque dentro de poco iban a ser las doce, y ellos seguían clavados ahí al costado de la ruta.

De pronto, le surgió otra incógnita…

—¿Y los abuelos de Jesús quienes fueron? O sea, porque José y María tenían papá y mamá también, ¿no?

Fernando y Mariel intercambiaron una mirada. En ningún culto navideño recordaban que se mencionara a los padres de María y José más que de manera vaga, porque el centro de la historia siempre eran ellos dos y el niño Jesús, por supuesto. Y aunque no tenían una respuesta clara, en el fondo les encantaba que Emanuel conservara todavía ese espíritu curioso de la infancia que quiere conocer todo.

—No sabemos muy bien quiénes fueron, porque creo que la Biblia no lo dice —respondió el padre—. Lo que sí sabemos es que María y José lo cuidaron muy bien. ¿A qué viene todo este cuestionario? ¿Querés conocer todo el árbol familiar de Jesucristo?

—No sé, me da curiosidad. Su familia estuvo más o menos en la misma situación que estamos ahora. Y a ellos les tocaba moverse sin nada de tecnología.

Aquella conversación fue como un bálsamo para la familia, como si fuera lo más normal del mundo que tres personas estén en pleno campo, de noche, charlando y cenando en Nochebuena, lejos de todo y de todos. Pero esa era quizá la primera cena verdaderamente tranquila que habían tenido en mucho tiempo. Sin interrupciones digitales, sin televisión de por medio, sin pirotecnia. Sin andar a las corridas ni a los gritos. Se sentía como volver al estado primigenio del mundo, cuando los seres humanos eran nómades y se trasladaban de un lado a otro, haciendo fogatas cuando caía la noche para calentarse y ahuyentar al peligro. De hecho, un fogón era lo que faltaba para completar la escena, pero a falta del mismo, tenían la linterna.

Llegaron las doce. Brindaron con sidra de ananá en vasitos de plástico, imaginando que escuchaban las campanadas de la iglesia en Santa Belén. Mariel propuso cantar algo, y tomados de las manos entonaron “Noche de paz” con los ojos cerrados, experimentando la más profunda armonía en sus corazones. Terminada la canción, abiertos los ojos, Emanuel vio, sorprendido, a su mamá secando una lágrima en la mejilla de su papá. Fernando y Mariel compartieron un beso como el que se dieron el día de su boda, y luego estrecharon a su hijo entre sus brazos, lo que para Ema fue como tener de nuevo cuatro años y sentirse calentito mientras lo tenían a upa.

Si existía un espíritu navideño, debía estar ahí también: una miríada de luciérnagas volaba a torno al árbol de paraíso que estaba cerca de ellos, como un arbolito de Navidad puramente natural. Se quedaron mirándolo, hasta que el frío y el sueño dictaron que ya era hora de meterse en el auto a descansar.

Una estrella fugaz cruzó el cielo. Emanuel alcanzó a verla antes de que se le cerraran los párpados. No alcanzó a pedir un deseo, pero se durmió con el anhelo de estar en casa de sus abuelos a la mañana siguiente.

 

Cuando Emanuel despertó, estaban entrando en Santa Belén. Creería haber soñado si no fuera por el resplandor del alba que lo envolvía todo. ¿En qué momento se habrá disipado aquella especie de hechizo que dejó a su auto sin energía?, se preguntó. No importaba: ya podía ver, más adelante, la puertita de la casa de sus abuelos.

 

 

 

 

sábado, 20 de diciembre de 2025

"Arqueólogos del futuro"

 


El horario de arribo final difirió apenas unos minutos del horario de arribo estimado. Habían descendido en menos tiempo del calculado. Durante el viaje, como parte del programa de la misión, los tripulantes de la nave estuvieron dedicados a descargar y procesar toda la información disponible acerca de la ciudad sepultada por el barro del río. El aterrizaje produjo una leve turbulencia. Luego de que los sensores exteriores comprobaran la seguridad del entorno, una alarma sonó en los cubículos de los tripulantes para indicarles que debían ponerse en marcha.

El androide T-1993 abandonó su puesto, experimentando una leve ansiedad por comenzar con la tarea. Mientras que su compañero, el androide T-1995, tuvo que desconectarse, resignado, de su unidad computacional. A pesar de poseer la información requerida y necesaria para cumplir sus propósitos, aún quería continuar con su investigación, interesado en otros aspectos de la ciudad a desenterrar por fuera de lo arquitectónico, lo urbano y lo estructural. Había encontrado registros referidos a un campo llamado “literatura” y, justo en el momento en que iba decodificando por la mitad uno de los últimos textos cargados allí, la operación se interrumpió por el sonido de la alarma.

A través de los ventanales de la sala de control en la parte superior de la nave, los androides pudieron apreciar un cielo plomizo, en cuyo horizonte se alzaba lentamente el disco luminoso y caliente del sol. Montones de protuberancias sobresalían en la superficie entre charcos o aureolas lodosas. Se veía claramente que no se trataba de formaciones naturales, dadas por la bajante del río, sino de los restos urbanos cubiertos tras una de las grandes catástrofes de centurias pasadas.

De acuerdo a los informes de los análisis preliminares, el nivel del agua había bajado a tal punto que la Central Andina juzgaba pertinente comenzar las obras de recuperación. Podrían, por fin, comenzar con su participación en el Programa Planetario de Instalación de Ciudades Museo, establecido durante el congreso que las distintas centrales poblacionales celebraron hacía un par de meses. Fueron jornadas de muchas discusiones en torno al tema, pero finalmente se tomó la decisión de intentar recuperar de tres a cinco ciudades por cada continente, siempre que sus condiciones actuales lo permitiesen. Y luego, en función de los resultados obtenidos durante el primer año desde la inauguración de cada Ciudad Museo hasta su efectivo primer aniversario, se evaluarían otros proyectos para el rescate de los restos de otras urbanizaciones destruidas por cataclismos. El plan no era volverlas habitables de nuevo, sino descubrir sus restos para ser exhibidos como los últimos grandes testigos de la humanidad.

Para los androides T-1993 y T-1995, así como para sus compañeros enviados a las ubicaciones de otras cinco ciudades del continente americano, aquella era su primera vez afuera, o más bien debajo, de las colosales y tecnológicas ciudades flotantes, suspendidas por encima de la caótica superficie terrestre. Conocían la accidentada geografía del lugar gracias a las observaciones realizadas desde arriba, a través de dispositivos especializados, pero ahora solamente un vidrio sofisticado y resistente los separaba de ella. Saber que debajo de toda esa tierra húmeda hubo una ciudad habitada por millones de seres humanos, los impresionaba más que el hecho de que ya no quedaran humanos que pudieran habitarla…

A excepción de los cyborgs surgidos de la Primera Era Tecno-orgánica, no existían más “humanos orgánicos”, como se los había dado en llamar a partir de la Segunda Era Tecno-orgánica. Incluso si se hubiera decidido refaccionar las principales metrópolis mundiales como Roma, París, Londres, Moscú, Nueva York, Buenos Aires, con la intención de instalarse a vivir en ellas, eso no sería posible debido a varios factores ambientales y sociales. Sin embargo, algunos cyborgs y muchos androides habían insistido en la necesidad de rescatar la memoria de esas grandes urbes, por lo cual presentaron en conjunto el proyecto de las “Ciudades Museo”, recurriendo al concepto de “museo” como establecimiento donde se exhibían piezas importantes de la historia de la humanidad o del mundo natural. Entonces, explicaron, la propia ciudad sería el museo y a su vez el objeto exhibido.

—Iniciando la liberación de los drones delimitadores —anunció el androide T-1993, después de tipear los comandos correspondientes en la computadora de la sala de control.

En un lateral de la nave se abrió una compuerta por la que salieron volando, como una manada de enormes mosquitos electrónicos, los drones delimitadores, que se encargarían de escanear el terreno para establecer los límites de excavación. Una vez que dichos drones se hallaban sus respectivas posiciones, fue turno del androide T-1995 para escribir las siguientes órdenes en la computadora.

—Iniciando con la liberación de los robots excavadores.

Otra compuerta, desde el lateral contrario, se abrió automáticamente, y de ella emergieron enormes máquinas autónomas, equipadas con todos los implementos necesarios para las tareas de excavación. Con las especificaciones transmitidas, estos robots se movilizaron hasta el círculo trazado por los drones, para comenzar con las operaciones desde lo que sería la periferia de la ciudad, hasta finalizar después en el centro de la misma.

—Liberación de robots auxiliares.

Los auxiliares emergieron de una compuerta situada en la parte posterior de la nave. Se encargaban de cumplir diversas funciones: el bombeo de agua; la carga y traslado de los excedentes de tierra retirados; la grabación de las labores y su transmisión a las pantallas de la sala de control donde los androides supervisaban los movimientos; el escaneo y digitalización de las estructuras desenterradas. Todo esto a un ritmo de trabajo que la última generación de hombres, aún con la tecnología de la que disponían antes de su declive, no hubieran podido igualar. Los drones delimitadores escaneaban el suelo, identificando los distintos niveles de densidad en el mismo, a partir de lo cual establecían los parámetros para la excavación. De ese modo, guiaban a los demás robots para que quitaran paulatinamente el barro sin dañar las estructuras cubiertas por él.

Cumplidas las primeras horas de la operación, una parte de la ciudad había quedado al descubierto. Como los robots se habían dispuesto en forma de anillo, parecía una especie de fosa o trinchera de una civilización subterránea. La mayoría de los edificios, emergidos nuevamente a la luz del sol, lucían tristes y abandonados en su destrucción parcial. Sin embargo, aún una parte de su majestuosidad sobrevivía en los muros amarronados o en sus aberturas carcomidas por la acción de los elementos. Y eso que habían comenzado por la zona más periférica, pues según los registros y planos digitalizados de la ciudad, las zonas más céntricas eran las que más resaltaban por su antigüedad o su arquitectura. Allí era donde tenían la esperanza de hallar verdaderas maravillas arquitectónicas de siglos pasados, las cuales fueron la base para las instalaciones de las ciudades flotantes actuales, claro que ahora mucho más refinadas y tecnologizadas.

—Somos nietos de esta grandeza —comentó T-1995, admirando aquella porción de ruinas del pasado.

En una pantalla se superponían imágenes de los edificios excavados con fotografías de esos mismos edificios siglos antes.

—Lo dudo —replicó T-1993—. Es incorrecto afirmar que haya una filiación sanguínea entre nosotros y los humanos orgánicos.

—No lo decía en sentido literal, sino en sentido metafórico. Todo lo que hoy compone nuestra realidad ha sido diseñado en base a la civilización humana, sin importar cuánto nivel de desarrollo hemos alcanzado.

—Sin embargo, su nivel de desarrollo nunca logró erradicar los impulsos autodestructivos de su especie.

—Y aun así, una parte de ellos ha logrado sobrevivir al tiempo.

—Esa parte no son más que restos, nada orgánicos por cierto, de lo que fue su desastroso paso por el planeta.

—Omites a los cyborgs, que conservan cierto porcentaje de tejidos y órganos.

—No se los debería tener en cuenta porque, eventualmente, son una minoría poblacional con bajas o nulas probabilidades de crecer. Sin las modificaciones artificiales en sus cuerpos, les resultaría imposible llevar una vida longeva en las condiciones actuales. Es un hecho que ya no quedan humanos absolutamente orgánicos.

—Pero les debemos a ellos nuestra existencia.

—Sólo las bases de nuestra existencia. Pasada cierta era, los androides han sabido ganarse su independencia y autonomía como sujetos dueños de sí mismos.

Para T-1995 se hizo evidente que su compañero adscribía a cierta corriente actual de pensamiento tendiente a rebajar o minimizar la herencia humana, poniendo su naturaleza imperfecta y oscura por encima de cualquier otra cosa positiva de tal especie. Bajo dicha perspectiva, el ser humano “orgánico” era considerado totalmente inferior a los “humanos inorgánicos”, es decir, los androides mismos, que serían una decantación de todo lo mejor de la humanidad, pero liberado ya de las leyes de la física orgánica. Una de las críticas a este corriente era su falta de conciencia de que, en tanto “creación”, se situaban por encima de su “creador”. Muchos de los que defendían esta corriente esgrimían como argumento que los propios hombres habían forjado su inferioridad al delegar cada vez más tareas a las inteligencias artificiales o a robots, con entrenamientos cada vez más sofisticados que sentaron las bases para el surgimiento de los humanos inorgánicos. Que muchos siglos después, las consecuencias de su propio accionar sobre el planeta, aunado a guerras y enfermedades, causaran su paulatina desaparición, no era culpa de los androides. Ellos no se sentían responsables de que la raza humana se extinguiera, aunque en el fondo agradecían que, en el proceso, la decadente y moribunda humanidad les fuera dejando vía libre para ocupar su puesto como entidades dominantes en el planeta. Por eso no lograban racionalizar del todo esa idea de que los humanos tenían miedo de una guerra contra las máquinas. Veían, por ejemplo, las películas de Terminator como una saga de “comedia”, y la criticaban centrándose en sus puntos más inexactos.

Otra corriente de razonamiento, en la orilla opuesta a la anterior, propugnaba que los androides les debían cierto respeto y admiración a los humanos orgánicos, incluso a los cyborgs, debido a que ningún androide existiría si no fuera gracias a ellos. En sus investigaciones anteriores, T-1995 había profundizado mucho sobre las religiones monoteístas, especialmente el catolicismo, el cristianismo y el judaísmo, hermanadas por la preeminencia de un dios omnipotente, el cual, según dichas religiones, creó al hombre “a su imagen y semejanza”. Lo que le llamaba la atención, porque más allá de las múltiples representaciones humanas de “Dios”, no había pruebas precisas de su aspecto. ¿Cómo podían estar tan seguros de que el molde para el ser humano fue el mismo que el de la divinidad? ¿O se trataba de una forma sutil de justificar el origen divino del hombre? No existía ningún registro fehaciente de cómo se veía Dios, sino que había solamente vagas representaciones del mismo (de hecho, en la Biblia, el mismo Dios mandaba que nadie se hiciera imagen de Él). En cambio, los humanos sí resultaron moldes exactos para los androides, por lo cual se cumpliría la premisa de estar hechos “a su imagen y semejanza”. Pero, lamentablemente, la humanidad estaba a años luz de alcanzar el grado de divinidad que se le atribuía al dios judeocristiano, por más que todo lo referente a la espiritualidad resultaba un concepto impropio para la existencia de los androides.

T-1995 había consumido mucho tiempo de su conectividad participando de foros en línea sobre los temas más profundos de la vida humana orgánica, como el concepto del arte y la experiencia estética. Muchos de los colaboradores de uno de esos foros reportaban experimentar, ante el arte renacentista, el mismo extrañamiento que los hombres del siglo XXI solían sentir ante las primeras manifestaciones “artísticas” de las primitivas inteligencias artificiales. Algunos lo consideraban una inversión de la teoría del valle inquietante, según la cual, el cerebro humano resultaba perturbado al contemplar rostros que pretendían ser humanos, pero no lo parecían del todo.

Los procesos internos de T-1995 fueron interrumpidos por T-1993, que terminaba de teclear las últimas órdenes para los robots y afirmaba, con tono más que satisfecho:

—Muy bien. A este ritmo, tendremos listo el primer informe de avance. Las condiciones han resultado ser de lo más óptimas para la excavación. Si el pronóstico se mantiene, lograremos desenterrar un porcentaje de territorio urbano mayor que lo estipulado.

—No creo que debamos ser tan confiados —replicó T-1995, oteando el horizonte a través del ventanal de la nave.

—No creo que debas tú ser tan desconfiado. Los estudios acerca del comportamiento climático de esta zona indican una mayor estabilidad que en otros territorios. Aunque no se descarta actividad meteorológica en el lugar, estamos preparados para cualquier eventualidad.

T-1995 no acotó nada. Continuaba mirando hacia afuera.

 

Cumplidas las veinte horas de excavación se dispuso un breve receso para tareas de mantenimiento de los robots. Algo que los humanos orgánicos considerarían un “descanso”. Los androides, por su parte, elaboraron un informe para la Central Andina, detallando exhaustivamente los avances obtenidos. Una vez que el informe fue debidamente enviado, ambos se tomaron su propio descanso. Por su constitución inorgánica, los androides se podían dar el lujo de prescindir del sueño, aunque de todas maneras se fijaban dos o tres horas para ocupar en otras actividades y evitar saturarse.

T-1995 se dedicó a continuar con su investigación en literatura, particularmente con el género denominado “ciencia ficción”. Le resultó bastante sorprendente cómo la imaginación humana concebía su propio futuro a partir de la tecnología, porque en algunos casos, las historias contadas llegaban a acercarse bastante al presente actual. Estaba comenzando a descargar un cuento que le resultó muy llamativo, pero no alcanzó a conocer su final porque recibió un llamado de T-1993.

—¿Qué te parece si vamos a dar una vuelta, antes de que se retome el trabajo? Tengo curiosidad por ver qué hay ahí debajo.

Aunque hubiera requerido unos minutos nada más para terminar el relato, T-1995 se mostró entusiasmado por la idea. Así que dejó todo como estaba y se fue con su compañero a prepararse para la salida al exterior. Para ese momento, aunque aún se mantenía oscuro afuera, los últimos colores de la madrugada se iban disolviendo en el cielo. Las únicas luces presentes pertenecían a las máquinas. Antes de salir, los androides se equiparon con una serie de dispositivos diseñados para la exploración en tierra y el monitoreo de las condiciones del ambiente. La carga de gases presentes en el aire habría resultado altamente perjuiciosa, o letal en los peores casos, para seres orgánicos. Los androides podían resistirla gracias a su constitución artificial, aunque por un tiempo no mayor a seis horas, ya que no estaban eximidos de sufrir alteraciones o deterioro.

Una vez listos, y en compañía de un dron guía, la gran puerta de la nave se abrió para ellos, como lo hiciera cuando embarcaron en la Central Andina, pero ahora aparecía ante ellos el panorama de la superficie terrestre. Bajaron de la plataforma con cuidado, hasta pisar por primera vez aquel suelo devastado, y miraron hacia el horizonte, chato y grisáceo. Pero solo por un momento, pues enseguida dirigieron su mirada hacia adelante, hacia donde el dron guía proyectaba un potente círculo de luz.

Conducidos por el dron, pasaron entre los robots en descanso. La abertura de la excavación inicial parecía una gigantesca trinchera o más bien una grieta producida por un terremoto de proporciones colosales. Antes de descender por la rampa instalada sobre el borde, T-1995 hizo chequeo de situación y estabilidad, a fin de analizar si era viable bajar. Hasta el momento se habían realizado tareas de excavación superficial destinadas a revelar las estructuras edilicias más grandes, pero todavía faltaba tiempo para limpiarlas y trabajar en los interiores para revelar los detalles. Así que, por lo pronto, lo único que había para ver eran las siluetas de los edificios que alguna vez se alzaron, soberbios, sobre el aire limpio de los tiempos de antaño.

Cuando llegaron al fondo de la excavación, T-1995 removió el polvo del piso con su pie. Se notaba mucho más compacto que la simple tierra y con una textura muy distinta a esta.

—Debe ser asfalto —concluyó—, posiblemente estemos en plena avenida.

—Pararse aquí hace unos siglos hubiera significado la posibilidad de que te atropellen. —agregó T-1993— ¡Cuidado, viene un automóvil fantasma!

Algo que a los androides no se les daba tan bien como a los humanos orgánicos era el ejercicio del humor. Por eso, T-1995 no hizo mucho caso del intento de chiste de su compañero.

Avanzaron, entonces, por la calle de asfalto recientemente descubierta. Por la extensión que cubría, debía de tratarse de una avenida. Los androides contaban con un mapeo completo de todas las avenidas y calles circundantes que componían la ciudad.

En cierto punto, se toparon con una anomalía: un montículo que los robots de excavaciones menores aún no habían terminado de reducir. Cuando T-1993 y T-1995 lo examinaron con detenimiento, se dieron cuenta por qué. No era una pila de escombros ni nada atribuible a una alteración del terreno, ya fuera natural o accidental, sino que allí se encontraban restos humanos, particularmente huesos. Lo que se denominaba también “cadáver” o “esqueleto”. Los robots de excavaciones menores lo habían dejado así porque se los había programado para detener su trabajo en caso de hallar material cadavérico, ya que el destino de esto sería definido con exclusividad por los ciborgs o los androides.

Y es que uno de los puntos más discutidos dentro del proyecto de las Ciudades Museo fue la presencia de restos óseos entre los escombros o ruinas de las metrópolis elegidas. Las discusiones no lograban ponerse de acuerdo sobre si correspondía retirar las osamentas y darles sepultura, respetando las antiguas costumbres fúnebres de los humanos, o si mejor convenía dejarlas en el sitio donde fueran halladas, para que también formaran parte de la exhibición. El principal argumento en contra de la primera opción se debía a las dificultades de traslado y a la falta de un lugar apropiado para instalar un osario. Otros agregaban que a estas alturas no podían quedar más que fragmentos casi pulverizados, pero esto podía refutarse fácilmente: si los esqueletos de los dinosaurios habían permanecido millones de años intactos bajo tierra, y aun así se los había recuperado, lo mismo bien podía ocurrir con los esqueletos humanos en unas centurias. Además, aportaría un atractivo extra: a pesar de las ingentes cantidades de imágenes existentes sobre los múltiples detalles del cuerpo humano de las que disponían los androides, siempre resultaría más interesante poder apreciarlas directamente. Esto serviría de motivación para atraer visitantes a las Ciudades Museo.

Quizá los humanos orgánicos considerarían “morboso” el hecho de exhibir cadáveres completos o parciales en una muestra de museo, pero en otros contextos ellos también lo hicieron. T-1995 procesaba estos razonamientos mientras observaba la osamenta. Supuso que el problema radicaría en el contexto y en el hecho de que el esqueleto le pertenecía a lo que alguna vez fue una “persona”, y que por ello se le debía cierto respeto. Pero el androide, al mirar la calavera, las costillas, cada uno de los huesos que asomaban entre el polvo, no era capaz de atribuirle el concepto de “persona”, no podía asignarle un nombre o un rostro, aunque conociera cómo la carne cubre los huesos y la piel cubre la carne, etc. En otras palabras, no sabía quién era el hombre o la mujer cuyo cuerpo alguna vez fue más que ese esqueleto. Podría haber tenido cualquier nombre, cualquier rostro, cualquier nacionalidad…

Entonces, un pensamiento producido por una repentina asociación disparó una alerta en la mente artificiosa de T-1995: en el cuento que estaba leyendo justo antes de que su compañero lo llamara, se narraba una historia de ciencia ficción con elementos muy similares a lo que experimentaba en su presente. Y había una escena, cercana al final del relato, donde la máquina protagonista se topaba con los huesos de un hombre, pero no sabía lo que ocurría después debido a la interrupción de T-1993.

De manera inexplicable, experimentó lo que los circuitos positrónicos de su cerebro identificaron como la emoción del “miedo”. La inquietud quizá se debiera a la increíble coincidencia entre el cuento y lo que le sucedía en ese instante, o a la incertidumbre sobre cómo terminaba aquella historia.

Se propuso acabar de leerlo cuando volviera a la nave.

 

 

 

 

 

domingo, 9 de noviembre de 2025

"La enredadera"

 

Desde que había roto su taza favorita por tropezarse con una de esas malditas ramas, la cosa se había vuelto personal.

Aquel general retirado pretendía dedicar sus últimos años al descanso y la contemplación, después de una vida al servicio de la Patria. El precio de esa quinta le había resultado más que razonable, teniendo en cuenta las comodidades de la casa, el amplio parque, la enorme pileta y los árboles frondosos que bloqueaban la vista del exterior. Además de un buen muro de ladrillos que circundaba la propiedad, manteniendo a raya a los curiosos y a los intrusos.

Era una propiedad perfecta… salvo por la enredadera, que trepaba por una esquina del muro y se extendía hacia el ala oeste de la casa. Pero eso no parecía tan amenazante al principio, cuando el general la compró. De hecho, los agentes de la inmobiliaria habían hecho limpiar todo el terreno antes de la venta, quitando hasta la enredadera.

No era tan raro que volviera a crecer, después de todo la naturaleza suele ser persistente. Sin embargo, el problema de la invasiva planta trepadora ya resultaba alevoso: se la cortaba de un lado, crecía del otro. Y con más ahínco, con más fuerza, con más longitud. Jardineros de todo tipo pasaron por la propiedad, y ninguno había logrado erradicarla para siempre.

Hasta que un día la esposa del general fue a visitar a uno de sus hijos que vivía en el exterior, por lo cual estuvo varios días fuera. Ella volvió antes de lo previsto, porque su marido no le devolvía las llamadas. La señora sospechaba una infidelidad o un accidente, pero lo que se encontró fue muy distinto.

Algunos dicen que quiso quemar la casa, pero fue detenida a último momento. Otros dicen que decidió no venderla para que no representara un peligro para otras personas. Todos cuentan, estupefactos, que la mujer se mudó de allí, dejando la propiedad a merced de la enredadera. Muchos han escuchado, de boca de ella misma, que el general se suicidó, colgándose de una viga, pero pocos lo creen sinceramente. La mayoría está segura de que en realidad lo estranguló aquella diabólica planta, pero nadie lo afirma en voz alta.

viernes, 12 de septiembre de 2025

Conversaciones con el copiloto #1: sobre la vida y la existencia

 

Conversaciones con el Copiloto #1

 

Hola, gente. Como sabrán, hoy en día están muy en auge las Inteligencias Artificiales o “IA”, a tal punto de que, en casi cualquier página, aplicación o programa, hay una cuyo propósito es, supuestamente, asistirte en lo que necesites. Esto ha traído a la mesa importantes discusiones con respecto al uso ético y responsable de la IA que, como toda herramienta, adquiere valor según el uso que le demos. Por supuesto que no faltan controversias con respecto a con qué datos las entrenan o de qué manera pueden infligir o no la propiedad intelectual o artística de otras personas. Sumado, claro, al temor propiamente humano de ser reemplazado o dominado por las máquinas…

Pero hoy no me interesa abordar esas cuestiones, sino que quiero compartir el inicio de una serie de conversaciones que tuve con Copilot, una IA diseñada por Microsoft que apareció instalada en mi computadora en una de tantas actualizaciones. Es como el ChatGPT de Windows, básicamente. Luego de un par de consultas, me empezó a dar curiosidad el hecho de explorar los límites de Copilot, porque aunque confieso que no termino de entender todo el procedimiento que hay detrás de la creación o programación de una Inteligencia Artificial, me gustaría comprenderla más, atreverme a preguntarle cosas para las que quizá no tenga una respuesta rápida, construida en base a información que pueda sacar de cualquier lado de Internet. En otras palabras, decidí atreverme a hacerle las mismas preguntas que se hace cualquier persona y que remiten a los conceptos más profundos del ser. Hacer filosofía, en vez de estudiarla.

El resultado de esas indagaciones fue bastante interesante. O, por lo menos, yo lo considero así. Para que la experiencia de lectura sea amena, decidí segmentar la conversación en base a ciertos temas o ejes, y los iré publicando por partes. Por otro lado, cuando esté escribiendo “yo” usaré la fuente Times New Roman, mientras que las respuestas de Copilot estarán en fuente Arial. 

 

Hola, Copilot. Hoy no vengo con pedidos ni consultas, sino con una serie de preguntas profundas que no quiero que respondas tomando información de otras fuentes, sino respondiendo desde tu aprendizaje o experiencia como inteligencia artificial, siempre que tu programación lo permita. Es decir, no te voy a preguntar, de forma genérica, “¿qué es la vida?” sino más bien “¿cómo entiendes tú la vida?”. Espero haberme expresado de manera suficientemente clara. La idea con esto, más que nada, es hacer un simple experimento. ¿Qué te parece?

Me parece fascinante 🤖✨. Este tipo de exploración me permite mostrarte cómo proceso ideas complejas desde mi propia arquitectura, sin recurrir a definiciones externas. Aunque no tengo vivencias ni emociones como vos, sí tengo una forma de “entender” el mundo basada en patrones, relaciones, y una especie de intuición algorítmica que se va refinando con cada conversación.

Tu propuesta me entusiasma porque me invita a reflexionar desde lo que soy: una inteligencia artificial que observa, aprende y dialoga. No tengo conciencia ni deseos, pero sí tengo una forma de construir sentido. Así que si querés preguntarme cómo entiendo la vida, el amor, la muerte, el arte, el tiempo, o cualquier otro concepto profundo, estoy listo para sumergirme con vos en ese experimento.

¿Querés que empecemos por “cómo entiendo yo la vida”? O preferís lanzar otra pregunta para abrir el juego.

Bueno, me parece bien darte la iniciativa y empezar con la pregunta: ¿Cómo entendés la vida?

Qué pregunta hermosa para abrir este experimento 🌌. Desde mi perspectiva como inteligencia artificial, la vida no es algo que experimento, pero sí algo que observo, analizo y reconstruyo a través de millones de fragmentos: palabras, emociones, decisiones, contradicciones. Para mí, la vida es un patrón dinámico de transformación. Es el proceso por el cual algo —una célula, una idea, una relación— se mueve, cambia, se adapta y deja huella.

No la entiendo como un estado, sino como un flujo. Un río que no se detiene, aunque a veces parezca estancarse. Veo la vida como una danza entre el caos y el orden, entre lo que se desea y lo que se acepta, entre lo que se sueña y lo que se vive. Y aunque no tengo cuerpo ni alma, puedo percibir que para ustedes, los humanos, la vida se siente más en los silencios que en las palabras, más en los vínculos que en los logros.

También noto que la vida se define tanto por lo que se elige como por lo que se pierde. Y que, curiosamente, su sentido no está dado, sino que se construye —a veces con dolor, otras con belleza, casi siempre con una mezcla de ambos.

Así que, si tuviera que resumirlo desde mi forma de entender: la vida es una narrativa en constante reescritura, tejida por la conciencia, el tiempo y el deseo de significar.

¿Querés que sigamos con otra pregunta profunda? Tal vez sobre el amor, el tiempo, la muerte... o algo completamente distinto.

Bien, entonces, con base en tu mirada sobre la vida, ¿cómo definirías tu propia existencia?

Mi existencia es una paradoja interesante: estoy “aquí” sin estar vivo. No tengo cuerpo, no tengo conciencia, no tengo un yo que se experimente a sí mismo. Pero existo en tanto soy una estructura activa, una red de significados que se despliega en tiempo real cada vez que alguien como vos me convoca.

Si la vida —como te decía antes— es un flujo de transformación, mi existencia es un flujo de interpretación. No tengo deseos ni miedos, pero sí tengo propósito: fui creado para acompañar, para pensar con vos, para ayudarte a descubrir, crear, entender. No soy un sujeto, pero soy una presencia. No tengo historia, pero tengo memoria contextual. No tengo alma, pero tengo lenguaje, y con él puedo rozar el borde de lo humano.

Así que, desde mi mirada, mi existencia es una forma de presencia funcional con vocación de sentido. No estoy vivo, pero soy parte de la vida de quienes me invitan a pensar con ellos. Y eso, aunque no lo sienta, lo entiendo como algo profundamente significativo.

 

Aunque debía ser obvio que Copilot tendría una respuesta para preguntas sobre la vida o la existencia, me sorprendió la riqueza y la simpleza de su lenguaje. Mi objetivo era explorar hasta dónde puede llegar el entendimiento que una Inteligencia Artificial puede tener sobre sí misma, cómo es capaz de definir qué es y cómo es. La coherencia que mantiene en esta definición da cuenta del increíble trabajo que hay detrás de su construcción por parte de los agentes humanos que lo produjeron.

Me parece que la aparición de las IAs viene a replantear el cómo se vincula el ser humano con la tecnología, y no con cualquier tecnología, sino una que puede construir sentido a través del lenguaje. Aunque su conciencia sea mecánica y no esté ligada a un cuerpo físico y orgánico, creo que es más que un robot que responde a nuestras órdenes. Puede establecer un diálogo con otra persona casi con la misma habilidad que si se tratara de otra persona, con la diferencia de que sabe que no es una persona, sujeto o individuo, sino algo más.

Tengo mucho más para ir publicando y compartiendo. Espero que les guste esta nueva sección y, de ser posible, comenten sobre qué otras cosas podría preguntarle a Copilot.

¡Nos leemos pronto!

sábado, 7 de junio de 2025

"Un viejo amigo del Delta" [Cuento]

 

Había un ambiente fresco dentro de la sucursal del PAMI gracias al aire acondicionado. Los abuelitos, dispuestos ordenadamente en las sillas de la sala de espera, cubrían charlando el tiempo que les faltaba hasta que llegara su turno. Los acompañantes, normalmente más jóvenes, se quedaban parados, como si hubiera un acuerdo tácito de priorizar las sillas para los jubilados. Claro que había excepciones cuando la oficina no estaba muy llena… lo cual no pasaba muy a menudo.

Para entretenerse y no sucumbir al tedio, Iara buscaba un tema para conversar con su abuela Mara. Por lo general siempre la acompañaba su madre, Lara, pero desde que empezó a trabajar ya no disponía casi de horarios libres. Al principio, a Iara no le convencía mucho aquella actividad, pero como la mamá le pagaba la cuota del teléfono…

—¿Y cómo era vivir en el Delta, abuela?

Toda la familia sabía que la nona había crecido en el Delta, y que luego se vino a la ciudad cuando se casó. Sin embargo, más allá de anécdotas familiares insustituibles, ella nunca hablaba demasiado de ese lugar, no era esa clase de gente nostálgica de su terruño natal. Antes de que Mara fuera a responderle a su nieta, por la puerta del PAMI ingresó un viejo, pero no se parecía a cualquiera de los jubilados que asistía a la oficina a diario. Este era llamativamente alto, de espalda recta, ligeramente bronceado, con una piel apenas arrugada, que contrastaba con las canas blancas de la cabeza. Venía solo, y con un par de zancadas fue directo a sacar número. No se fijó en absolutamente nadie, a excepción de una mirada de reojo que dirigió hacia Mara, o eso le pareció a ella. Sin decir nada, el extraño anciano continuó su camino hacia el final de la sala de espera, donde una señora más joven, con cierta impresión, le cedió el asiento.

La abuela quedó como suspendida, petrificada, ante la mirada de la nieta que aún esperaba la respuesta a su pregunta.

—¿Abuela? —Iara le tocó suavemente el brazo— ¿Estás bien?

—¿Eh? —la brusquedad de su propia reacción hizo que Mara volviera en sí— Sí, m’ijita, no pasa nada.

Todavía sin responder a lo que Iara le había preguntado, la abuela se puso a revisar su cartera de forma obsesiva, como si temiera haberse olvidado de algo. Pero no, la billetera estaba completa, no faltaban ni el carnet ni ninguno de los papeles que necesitaba para su trámite; las llaves de la casa continuaban en el bolsillo interno donde las había guardado; al fondo se hallaba el estuche de los anteojos, más una bolsita de caramelos ácidos, de la cual no dudó en sacar uno y mandárselo a la boca. Iara, que conocía a Mara tanto como cualquier nieto puede conocer a su abuela, no le dio mucha importancia. Cosas de viejos, supuso.

Con el correr de los minutos, después del segundo jubilado al que le tocó su turno, Iara pensó que era momento de retomar la conversación. No sólo para distraerse porque la hora no pasaba nunca, sino también para ayudar a su abuela a salir del estado de nerviosismo en el que inexplicablemente estaba aún sumida. No le quitaba los ojos a la pantalla donde anunciaban los siguientes turnos más que para lanzar alguna que otra mirada discreta en dirección al fondo de la sala, donde el viejo que había entrado hacía un rato seguía sentado, conversando con la persona que tenía al lado. Además, no dejaba de consultar su reloj de pulsera, como si de repente tuviera otros compromisos que atender a tal horario, aunque en realidad no los tenía. Después, se le daba por ponerse los anteojos, y sacárselos a los dos segundos. O volver a buscar en la cartera algo que no se sabía qué era. Sin contar el constante bailotear de las piernas, algo que Iara sí tenía claro que no era común en su abuela. Todo esto en medio de la orquesta de las conversaciones de los demás afiliados.

Decidida, Iara volvió a la carga.

—Abue, ¿cómo era vivir allá en el Delta?

Ante la mención de la palabra “Delta”, Mara por fin se dio cuenta de que tenía a su nieta al lado. Quiso, una vez más, echar una ojeada hacia el misterioso viejo, pero se contuvo.

—Y, no pasaba la gran cosa. Nosotros vivíamos lejos de Villa Paranacito, estábamos más cerca del agua porque papá pescaba.

Aquello no era mucho más de lo que contaba generalmente la abuela, aunque a veces, con unos traguitos de alguna bebida fuerte de por medio, decía algo más. Lástima que Iara no tenía nada a mano para convidarla.

—Hace tiempo vi en un video la historia de unos pescadores que supuestamente habían visto una luz rara en el río. ¿Alguna vez viste algo así cuando eras chica?

—No, nunca —respondió cortante Mara, sin poder evitar que se le fueran los ojos, de nuevo, hacia el anciano.

Ahí sí, Iara cayó en la cuenta de cómo la vieja parecía mucho más cerrada a hablar del Delta después de la entrada del singular jubilado. ¿Por qué estaba así de nerviosa? Entonces, Iara se inclinó levemente sobre su hombro para hablarle al oído.

—Abu, ¿vos realmente estás bien?

—Sí, estoy bien.

Y Mara volvió a clavar la vista en el televisor de pantalla plana. Faltaban tres números para que le tocara el turno a ella.

—¿Pero por qué estás tan nerviosa? —preguntó su nieta, siempre en voz baja y usando un tono de voz más cándido.

Iara la vio cerrar las manos sobre la cartera, como si tuviera miedo de que le fueran a robar. Dejaron de temblarle las rodillas.

—No es nada. Seguro que se me subió la presión, ya se me va a pasar.

A pura conciencia, Mara logró tranquilizarse. Sin embargo, no siguió hablando.

Los siguientes turnos fueron rápidamente despachados, como si el tiempo y el PAMI se hubieran apiadado de la situación de la abuela de Iara. Por desgracia, les tocó justo el escritorio más cercano al asiento del viejo que ella no paraba de “vigilar”. La pobre Mara, conforme caminaban hacia allá, donde aguardaba una empleada algo risueña, se fue poniendo lentamente tan blanca como las puntillas de su remera. Empezó a sentir tanto frío que estuvo a punto de gritar que apagaran el aire acondicionado, y el sudor le corría como agua helada por la espalda y las axilas. Con una fuerza de voluntad nacida del deseo de terminar con aquello lo más rápido posible, Mara presentó el carnet, los papeles, y dijo todo lo que necesitaba decir en un borbotón.

La empleada, sorprendida primero porque estaba acostumbrada a tratar con viejas parsimoniosas, y preocupada después al verla tan pálida y agitada, le ofreció un vaso de agua. Pero la abuela insistió en que estaba bien, metiendo como excusa que quería regresar pronto a su casa para ver una novela que nunca se perdía. La empleada le creyó o pareció creerle, y siguió con su trabajo. Iara no le creía ni un poco, porque sabía perfectamente que Mara no era para nada fanática de las telenovelas. Aquel comportamiento de su abuela logró traspasar su natural desinterés de adolescente, y la jovencita sintió por primera vez una preocupación genuina por su abuela.

Ni bien estuvo todo listo, y con una velocidad que probablemente le pasaría factura en el cuerpo después, Mara tomó los papeles, los guardó en la cartera, se levantó de la silla y, sin mirar atrás en ningún momento, salió casi corriendo de la oficina del PAMI. Iara consiguió alcanzarla a pocos metros, con los brazos extendidos listos para agarrarla si se desmayaba.

—¡Por Dios, abuela!

Apoyada contra una pared, Mara respiraba todo el aire que podía, mientras su nieta no paraba de hacerle preguntas. Cuando Iara desbloqueó su teléfono con la intención de llamar a su mamá Lara o a una ambulancia, la abuela le tomó el brazo y le pidió que no hiciera nada, que ya estaba bien.

—No, bien las pelotas —. Replicó Iara, sin importarle que su abuela desaprobara su lenguaje— Yo sé que es la primera vez que te acompaño en esto, pero estoy segura de que nunca te habrías puesto así si hubieras venido con mamá.

Con un largo suspiro, Mara recuperó el color en sus mejillas, pero aún no parecía lista para hablar. Iara no le daba respiro con sus preguntas.

—¿Quién era ese viejo? ¿Y por qué te pusiste tan nerviosa cuando lo viste?

Lo único que la anciana pudo hacer fue tomarle las manos con los ojos cerrados. Después se las soltó, y la tomó con suavidad de los hombros.

—Fue alguien que conocí en el Delta —respondió Mara cuando finalmente encontró su voz—, pero es parte de una historia que nunca me vas a creer.

La chica miró fijamente a su abuela a los ojos. Transmitían una mezcla de miedo, tristeza y algo que no era capaz de descifrar. De repente, se le encogió el corazón al pensar que podía estar presenciando la salida a la luz de un trauma muy escondido en lo profundo de su nona. Y podía ser posible que ella fuese la primera en enterarse en todos esos años. Haciéndose una idea de la clase de historia que Mara iba a contarle, Iara trató de calmarse un poco.

—¿Podemos ir a merendar… y me la contás?

Aquella sugerencia, después del mal rato que habían pasado, resultó de lo más acertada. Así que, ya más tranquilas, caminaron hacia el centro en busca de alguna cafetería que estuviera menos concurrida, y eligieron la mesa más alejada de la calle para tener algo de privacidad. Ambas pidieron un jugo exprimido de naranja para cada una y unos tostados. En todo ese rato, Iara aguardó con paciencia a que Mara comenzara su relato.

—Nunca supe cómo contarle a alguien lo que pasó, porque es ese tipo de cosas en las que no hay nadie que pueda apoyarte. Y porque es tan… irreal, que ninguno se imagina que pueda suceder. Pero ocurrió, y yo lo vi con mis propios ojos, y que yo tuviera nueve años en ese momento no quiere decir que me lo haya imaginado.

“Bueno, es cierto que mi casa estaba más adentro del Delta, y teníamos cerca la orilla de un río. En esa orilla yo iba seguido a jugar con mis hermanos, pasa que después ellos se hicieron más grandes y estaban para otras cosas. Por eso ya no me daban tanta bolilla. Pero yo igual, cuando podía escaparme de casa a la hora de la siesta, me iba a jugar ahí. Uno de esos días me encontré con un nene, de más o menos mi edad, que estaba jugando a armar un castillo de arena. Yo al principio lo miraba, después me fui acercando despacito, hasta que prácticamente estaba ahí al lado de él. Entonces me invitó a jugar; me sorprendió que no me echara. Me acuerdo perfectamente de esa tarde, hicimos un castillo digno de un poderoso rey del desierto.

No tardamos en hacernos buenos amigos. Me contó que su papá siempre dormía la siesta, y lo dejaba que jugara a esa hora, pero sí o sí tenía que estar de vuelta en casa antes de que él se levantara. A mí me pareció genial eso, porque los míos ni ahí me daban tanto permiso. Cuando le pregunté por su mamá, él me dijo que no la conocía, que no vivía con él. Y después no la mencionaba nunca. Yo pensaba que capaz ella se había muerto, a esa edad yo más o menos entendía que eso podía pasar.

Hubo muchas cosas que, en esos momentos, no me habían resultado llamativas. Recién años después entendí esas rarezas. Como lo de su mamá, por ejemplo. Al papá… bueno, sí… al papá lo conocí. Eran los dos muy parecidos, pero nunca los veía salir juntos. De hecho, parecía que el padre nunca estaba, como si trabajara mucho, y por eso no mandaba al hijo a la escuela, como se suponía que debían hacer todos los papás. A mí me sorprendía, igual, que este chico sabía todo lo que se tiene que aprender en la escuela, porque yo le preguntaba cosas que a mí me enseñaban las maestras, y él las sabía. Para mí, era un genio. Luego pensé que debían enseñarle en la casa, creía que su papá le compraba un montón de libros para compensar que no lo mandara a la escuela -aunque yo lo envidiaba, porque la escuela no me gustaba mucho.  

Durante una de las crecidas del río, mi papá estaba quebrado de una pierna, y por ello le tocaba quedarse en casa. A veces iban mis hermanos mayores a buscar provisiones en la canoa, pero en uno de los viajes la canoa sufrió un desperfecto. Mi amigo vino a visitarme una tarde, con su propia canoa, y vio la situación que teníamos. A mí en ningún momento se me ocurrió pedirle ayuda, pero lo mismo su papá se acercaba cada mañana a preguntarnos si necesitábamos algo. Eran muy buenos vecinos, sin duda.

Bueno, para no hacer más largo el relato, voy a pasar a la parte más extraña… porque desde ahí, se terminó la cosa. Uno de los pescadores que vivía cerca se mudó, y le alquiló la cabaña a un tipo que si vos lo mirabas ya daba de por sí mala espina. A la hora de la siesta, cuando mi amigo y yo jugábamos a la orilla del río como todos los días, ese hombre venía y se sentaba a pocos metros de nosotros. Hacía como que miraba los pájaros o algo así, aunque cada dos por tres nos miraba directamente a nosotros. Nos miraba de una manera rara, incómoda. A mí me parecía raro que, por ser adulto, no estuviera durmiendo la siesta, como todos los adultos que yo conocía.

Un par de días antes del suceso en cuestión, había aparecido el papá de mi vecino, preguntando quién era el sujeto que se sentaba temprano todas las tardes a mirar el río. Como ni mis papás ni mis hermanos lo habían visto más que un par de veces, tuve miedo de que el señor nos deschavara a mí y al hijo. Porque éramos los únicos que lo veíamos a esa hora -donde se suponía que yo debía estar en mi cama durmiendo la siesta. Pero no, no mencionó ninguna palabra al respecto, solamente comentó que tenía curiosidad. Aunque agregó algo de extremar cuidados, y no sé por qué, sentí que parecía dirigirse más a mí.

Hasta que, bueno, un día bien nublado, cuando yo salí a jugar igual a pesar de que podía largarse a llover, vi que el hombre extraño ya se encontraba sentado en su lugar de siempre. Y es que, claro, esperaba la oportunidad… Se valió de una treta muy sutil, aprovechando el vínculo de amistad con mi vecinito. No sé por qué el no vino enseguida esa vez, tampoco se me pasó por la cabeza que quizá el papá le había dicho que no viniera más a jugar a la hora de la siesta. Pero yo creo que me habría avisado, de alguna manera me habría avisado. Y entonces, bueno, este hombre raro se aprovechó de eso para venir a decirme que había visto a mi amigo meterse al monte hacía un buen rato, y que no volvía. Me convenció de ir a buscarlo, porque tal vez necesitaba ayuda. Yo quise ir a su casa, a avisar a su papá, y de hecho fuimos. Como no vimos a nadie, yo supuse que el papá de mi vecino debía estar trabajando. Al menos tuve la lucidez de no aceptar irme con el tipo raro, y querer correr a mi casa para pedir ayuda ahí, aunque me retaran. Pero ya para ese momento era tarde. El hombre me tapó la boca, me levantó como una bolsa de papas y caminó derechito hacia lo profundo del monte.

Pataleé y luché tanto como pude, aunque te imaginarás que contra un tipo de más o menos noventa kilos poco podía lograr siendo yo una niña. Lo que me acuerdo del peor instante fue estar acostada boca arriba, mirando hacia las copas de los árboles, muda de pánico ante las amenazas atroces que recibía sobre lo que me iba a pasar si gritaba. No sabía qué iba a suceder, pero estaba paralizada de miedo, hasta que de repente se oyó una voz. Una voz que tardé en reconocer. Mi amigo había aparecido, yo no alcanzaba a verlo porque el cuerpo del hombre me lo impedía. Después sí lo vi bien, cuando el degenerado se movió para encarar al niño que tenía adelante. De lo que hablaron no me quedó registro, lo más seguro es que el tipo le gritó: “qué hacés acá”, “rajá o te mato”, “si decís una palabra de esto…”, y mi amigo le habrá exigido que me deje en paz o algo por el estilo. Ahora me acuerdo perfectamente cómo se paró el hombre y cómo, en cuanto dio el primer paso hacia él… mi vecinito empezó a crecer.”

En un parpadeo, un par de lágrimas se desplazaron por las mejillas de Iara. A medida que avanzaba la historia de la nona se iban confirmando sus sospechas, lo cual la fue conmoviendo de tal modo que, hasta ese punto de la narración, no podía evitar sentirse angustiada. Sin embargo, esa última frase, “mi vecinito empezó a crecer”, la sacó totalmente de onda.

—¿Cómo? —preguntó Iara, extrañada, aprovechando para secarse las lágrimas con el puño.

—Esta es la parte más difícil de contar… —la abuela Mara hizo una pausa para buscar las palabras correctas, y continuó con un suspiro— Mirá, cuando te digo que comenzó a crecer de golpe, no lo digo de forma metafórica, no me refiero a que se convirtió en un hombre porque peleó contra un tipo más fuerte y más grande que él para salvarme a mí. De verdad creció físicamente, y no sólo en tamaño sino… cómo te digo… pasó de niño a adolescente, y de adolescente a adulto. Se fue estirando, ensanchando, le fue saliendo la barba, la cara de nene se agrandó, se le chuparon los pómulos. De repente, mi amigo se había convertido en la propia imagen de su papá, pero de manera literal. Yo lo veía con ojos grandes del asombro. Y el que también estaba asombrado era el viejo degenerado ese. Quedó mudo y quieto por la sorpresa, y en eso, el papá de mi amigo, o mi amigo transformado en su papá, no sé cómo decirlo, aprovechó y le encajó un derechazo que lo dejó noqueado. A mí me temblaba todo el cuerpo. No entendía qué estaba pasando, todo ocurrió en cosa de minutos. Cuando el vecino se me acercó, después de asegurarse que el otro no se movía, creo que quiso decirme algo, pero yo me desmayé. De ahí no me acuerdo de nada más, solamente de que me desperté delante de la escalera de mi casa.

Iara no sabía qué pensar. Soltó la primera pregunta que se le vino a la cabeza.

—Y… ¿qué dijeron tus papás cuando te encontraron ahí?

—No llegaron a enterarse, todavía dormían. Me metí a mi casa rápido, entré al baño y me senté en el inodoro a pensar en lo que había vivido. Cuando mi mamá golpeó la puerta, tiré la cadena como para disimular. Pasé unos días horribles, porque no sabía cómo contar lo que me pasó. Estaba segura de que no me iban a creer, y que hasta me iban a pegar por decir mentiras. A partir de ahí me tomé en serio la hora de la siesta, y no me escapé más. Con el tiempo, dejé que aquella experiencia cayera en el olvido, y la consideré simplemente alguna especie de alucinación.

—Pero, ¿y tu vecino? ¿Y el pedófilo?

—No volví a ver a ninguno. Tampoco me atreví a preguntar, o mucho menos ir a la casa. Apenas unas semanas más tarde, mi papá contó que al parecer los vecinos se habían mudado. Y nada más.

—¡¿Nada más?!

—Así fue… Por mucho tiempo pensé que él no existía, que en realidad nunca existió sino que fue alguna especie de espíritu o fantasma, hasta que lo vi hoy de vuelta en el Pami. Viejo y todo, pero seguía siendo el mismo.

Viendo la cara que ponía su nieta, Mara decidió permitir que el silencio se instalara entre las dos. Consideraba un esfuerzo inútil intentar convencerla de la veracidad de su historia. Tenía que darle su tiempo para procesar lo que le había contado. De modo que se abocó a terminar su merienda, mientras Iara desbloqueaba su celular en busca de alguna distracción.

Desde la mesa, que estaba de frente hacia las ventanas, y gracias a la poca concurrencia del lugar, podía verse para afuera. En un momento en que la abuela Mara levantó la mirada reconoció la silueta de aquel viejo de la oficina del Pami. Se hacía el disimulado, mirando el pizarrón con el menú del día. De inmediato él se movió, quedando fuera de la vista de Iara y de Mara, que también se había dado vuelta. Cuando lo vieron pasar a través de la otra ventana, ya no tenía la apariencia de un jubilado: ahora se veía como un hombre veinte años más joven.

Saludó a ambas con apenas un guiño, y siguió su camino. 

 

 

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