martes, 13 de mayo de 2025

Adolescencia: un llamado de atención a los adultos

Aviso: este artículo contiene spoilers de la serie, de más está decir que si todavía no la viste, tal vez no sea conveniente leerlo, a menos que no te importe.


No sé si todavía está en auge, pero desde que apareció en la plataforma Netflix, la miniserie titulada Adolescencia ha causado bastante revuelo en el avispero de las redes sociales y los medios masivos de comunicación. Y esto se da más que nada por los temas que la serie toca y varias de las figuras que intenta representar: masculinidad tóxica, violencia, incels, bullying, centrándose más que nada en lo de la masculinidad tóxica y la representación de los incels (por motivos más ideológicos que otra cosa). Lo peor es que muchos medios, muchos periodistas e incluso funcionarios públicos han tomado esta serie de ficción como un reflejo indiscutible de la realidad y la usan como referencia exclusiva al momento de hablar de distintas problemáticas que atañen, por ejemplo, a los adolescentes, a los estallidos de violencia, a las tan mentadas cuestiones de género.

El problema es que tenemos esa maldita costumbre de quedarnos en un solo aspecto y no somos capaces de profundizar en el análisis de una obra de ficción, evadiendo los ya clásicos sesgos políticos, ideológicos y de género. Caemos en el simplismo de decir “ay no es que la violencia es culpa de los hombres porque son machistas y misóginos” y etc., cuando me parece que el tema es mucho más complejo y no se le puede dar una respuesta única o una respuesta simple.

Primero, creo que vale hacer una importante aclaración: a pesar de ser una serie ficticia basada en un caso real, Adolescencia no es la realidad en su totalidad completa. Es un recorte de la realidad, de la cual se toman determinadas figuras, conceptos y tipos para construir la historia y su trama. Toda obra de ficción es una visión de una determinada capa de la realidad, que ofrece al público una representación parcial de dicha capa. Es importante que reconozcamos esto, porque de lo contrario caemos en el absolutismo y la generalización (algo que viene siendo muy explotando por distintos movimientos e ideologías radicalizados). Una serie o miniserie debería, además de ofrecer entretenimiento, brindarnos un punto de partida o un disparador para vehiculizar la reflexión y la toma de conciencia de algo que excede lo que la serie está representando.

Lo que escribo acá es tan solo otra mirada, otra interpretación sobre Adolescencia, que intenta ampliar las interpretaciones simplistas y busca hurgar un poco más sobre la psicología de los personajes. En esto me han servido los aportes de dos youtubers, Farid Dieck y Profe Jeremy X, cuyos videos recomiendo mucho.

La serie trata sobre un chico de 13 años acusado de asesinar a una compañera de su colegio, mostrando cómo esto lo afecta no sólo a él sino a su familia, la escuela y la comunidad. En su video, Farid Dieck dice que se nos muestra el fracaso de las tres instituciones que mayor influencia tienen sobre la vida de niños y adolescentes: la familia, la escuela y la ley. Hay una importante distancia en lo emocional, en lo generacional, en lo afectivo, que genera un abismo de incomprensión entre los adultos y los niños y adolescentes, quienes al no sentirse comprendidos por sus padres, por su maestros o por cualquier otro adulto de su entorno, no sienten la suficiente confianza con ellos como para abrirse con sus problemas, y por eso acaban en Internet, encontrando “refugio” en sitios que de hecho no ofrecen ninguna clase de refugio, sino que en la mayoría de los casos explotan y exacerban sus inseguridades o sus debilidades, llevándolos a los extremos.

Un ejemplo acerca de este enorme distanciamiento entre adolescentes y padres dentro de la obra es la relación entre el jefe de policía y su hijo, en el capítulo 2. La comunicación entre ellos es difícil, por no decir quizás nula. Hay una tensión evidente, y en muchos aspectos no se entienden. Recién al final del capítulo se produce un acercamiento entre ellos cuando el policía invita a su hijo a comer y acuerdan a dónde ir. Es comprensible que como padres o madres nos cueste comunicarnos con nuestros hijos, y más en una etapa tan complicada como la adolescencia. Pero en una época tan marcada por las telecomunicaciones que, a pesar de acercarnos a lo distante, nos distancian de lo cercano, me parece importante reforzar la comunicación personal, cara a cara, en un ambiente de confianza, donde le permitamos a los chicos que nos hablen de lo que les pasa sin miedo a ser juzgados. Porque ahí hay todo un tema: cuando nos ponemos en la posición del “adulto que juzga”.

Algo interesante de esta miniserie es verla tratando de prestar atención a las emociones o las reacciones que produce en nosotros (adultos) mientras la vemos. Hablo de mi propia experiencia: hubo varios momentos en los que me puse, como ya nombré, en la postura del “adulto que juzga”. Uno de esos momentos fue sobre el final del primer episodio, cuando dije “y bueno, ahora aguántate” cuando la policía les muestra a Jamie y su padre el video de la cámara de vigilancia que lo captura in fraganti asesinando a Katie, y ambos se largan a llorar. A ver, en este caso es lógico que nos pongamos del lado de la víctima y que miremos con bastante desprecio al agresor. Pero hay otros momentos donde se presentan cuestiones más complejas que deberíamos analizar de un modo más integral, y no solo tomando partido por uno u otro lado.

Otra escena es cuando los policías quieren interrogar a Jade, la mejor amiga de Katie. La chica no se encuentra en un estado emocional muy óptimo para el interrogatorio, porque reacciona de muy mala manera ante las preguntas sobre la relación entre Jamie y Katie. Lo que pasa es que Jade cree que pretenden responsabilizar a su amiga de lo que le sucedió, y eso la enfurece. Se va, completamente enojada, porque encima la asesora pedagógica que la acompaña tampoco resulta de mucha ayuda para contenerla.

Acá necesito hacer un comentario aparte sobre la escuela. En la serie nos muestran una Academia con vibras de full colegio privado (la utopía de toda escuela pública tercermundista). Pero me llama mucho la atención toda la onda “multicultural”: banderas de distintos países colgadas por todos lados, palabras de distintos idiomas presentes en afiches… No sé si realmente significan algo, o quizá sea una metáfora de la extensión de la aldea global que, al integrar a todo el mundo, des-individualiza a cada sujeto. Lo que sí se entiende es el completo desborde al que están sometidos los docentes, quienes ante las cada vez más crecientes complejidades del alumnado, optan por rendirse y hacer lo mínimo que les corresponde y ya está. Párrafo aparte, yo soy docente, trabajo en un colegio público, y muchas veces experimento de primera mano lo que es la precarización laboral de docentes y maestras/os, a quienes nos toca sufrir todas las pedradas por el fracaso del sistema educativo, implementado por una manga de burócratas y ministros que rara vez han pisado las aulas y por eso te meten propuestas que no se ajustan para nada a la realidad escolar… Bueno, volviendo a lo que nos compete.

Muchos han señalado esta tendencia de Netflix o del cine en general de hacer cambios raciales en sus personajes para quedar dentro de lo “políticamente correcto”. Según parece, en el caso que inspiró la serie, el asesino fue un joven de color, de 18 años, y según los “anti-woke”, el director decidió cambiarlo por un chico blanco de 13 años por corrección política, supuestamente porque Netflix no se atreve a poner a una persona de color en papel de “villano”, que por naturaleza solo le “correspondería” a una persona blanca. Sin embargo, más allá de si se trata de estigmatizar o no a las personas de color con relación a la violencia, me parece totalmente improductivo llevar el análisis por este lado.

Enfoquémonos en la familia de Jamie: es lo que podríamos llamar una “familia tipo” o “familia estándar”: padre proveedor, mamá ama de casa; con una posición económica mediana tirando a alta; que vive en un barrio “normal”. Una familia “funcional” y alejada de todos aquellos factores que podrían influir negativamente en los hijos, como la delincuencia, las drogas, el alcoholismo, etcétera. Si la serie pone como victimario a un “niño blanco” con una familia y un contexto “normales” no es tanto por una cuestión ideológica de cargar toda la maldad sobre el “hombre blanco heterosexual y burgués”, sino que tal vez está queriendo decir que la violencia puede estallar desde cualquier parte, no solamente desde el lado de los chicos provenientes de contextos violentos y disfuncionales.  Y los involucrados no son exclusivamente varones: en abril pasado, en la ciudad de Rosario, una alumna de 14 años apuñaló a otra compañera por creer que se reía de ella. Y esto sucedió en un colegio privado, no en una escuela de un barrio marginal. Así que la violencia no es atributo exclusivo del “hombre blanco heterosexual y burgués”.

En el cuarto capítulo de la serie los padres de Jamie hacen una especie de mea culpa por lo que pasó con su hijo, y ahí es cuando reconocen que fue un error creer que él estaba seguro en casa, con su computadora, “que no podría hacer mal a nadie”. Creo que ahí se nos está dando la señal de que el mal no sólo y no siempre está en las calles, con las llamadas “malas juntas”, sino que el mal puede estar manifestándose dentro de la propia casa, con esas “malas juntas” que, a través de una computadora con conexión a Internet, pueden provocar mucho más daño. Y sin que se conozcan sus rostros o nombres verdaderos.

Este último capítulo es sumamente conmovedor porque presenciamos las consecuencias del crimen de Jamie sobre su propia familia, que vive su ausencia casi como un duelo, e intenta sobrellevar el presente como puede. Tanto el padre como la madre se lamentan porque todos sus esfuerzos en brindar lo mejor a sus hijos no pudieron evitar que uno de ellos se convirtiera en asesino. Ambos dicen “si hubiéramos hecho más…”. Y sí, probablemente nosotros como espectadores asentiríamos con la cabeza y diríamos “sí, deberían haber hecho más”, con la típica actitud de alguien que probablemente no ha pasado por una situación ni de cerca similar pero de todas maneras opina. Es muy fácil opinar desde afuera, cuando no te toca personalmente. Es muy sencillo decirles a otros cómo podrían criar a sus hijos, pero la cosa cambia cuando tenés uno propio.

Una de las cosas que se pueden reflexionar a partir del último capítulo tiene que ver con las formas de crianza. El padre cuenta que atravesó una infancia marcada por la violencia parental, y por eso juró que cuando tuviera sus propios hijos, jamás les pondría una mano encima. ¿Cuántos adultos no se habrán sentido identificados en ese momento? Incluso si no recibieron maltrato físico en su infancia, no podemos dejar de lado el maltrato psicológico o emocional. Aunque cumplió su promesa, de manera inconsciente el padre transmitió a Jamie el “ideal de masculinidad” que hoy tanto se cuestiona: el del hombre fuerte, atractivo, que maneja todo con dureza, etc. Quizá por eso, en el tercer capítulo, la psicóloga hace tanto hincapié en la figura paterna durante su entrevista con Jamie. Ahí se devela que uno de sus principales conflictos internos es no lograr ser el tipo de hombre que su padre querría o el que quisiera ser. Jamie no es bueno en los deportes, se considera feo, flaco y débil, no tiene suerte con las chicas. Eso lo afecta mucho, y sumado a que no tiene una cercanía emocional con su padre o con su madre, no encuentra ningún refugio seguro donde poder hablar de lo que le sucede y donde alguien lo pueda escuchar sin juzgarlo, que sepa aceptarlo y guiarlo en la construcción de una relación más sana consigo mismo y con los demás.

Cuando finaliza el tercer capítulo, Jamie entra en desesperación al momento en que la psicóloga le anuncia que es la última sesión. Al chico lo que más le preocupa es que la psicóloga le diga si él le parece una buena persona. En su contexto, es lógico que el chico necesite sentirse aceptado o querido por otra persona, y más aún si se trata de una mujer. Pero la psicóloga se mantiene en su perfil profesional y no mezcla sus sentimientos con el trabajo, por lo tanto no le responde. De hecho, en el episodio da muestras claras de cómo maneja sus emociones, con largas respiraciones profundas. Eso no quiere decir que no sienta cierta compasión por él, lo que se ve después, una vez que se lo llevaron de la habitación, y se le caen un par de lágrimas mientras sigue respirando profundamente.

Y es que la validación del otro también juega un papel importantísimo en la historia, pues la poca aceptación de sí mismo puede llevar a un sujeto a buscar la aceptación de otros. Necesita que alguien le diga que es bueno, a pesar de que por dentro no lo crea así. A partir de lo que le cuenta a la psicóloga, podemos deducir que Jamie tiene muy baja autoestima, lo cual lo hace fijarse excesivamente en sus defectos y a reaccionar defensivamente ante cualquier posible ataque. Como con los emoticones que le dejaba Katie en Instagram.

La búsqueda de aceptación exterior, al mezclarse con las presiones sociales sobre lo que se “debe ser”, puede conllevar a acciones autodestructivas o violentas. Todos conocemos lo que es la presión de la popularidad en la adolescencia: todos quisimos ser aceptados, pertenecer a algún grupo, recibir cualquier tipo de atención. El tema es cuando eso no se da, cuando parece que no encajamos en ningún lado, cuando no recibimos más que rechazo, cuando no nos sentimos escuchados. Nos aislamos del resto, y en ese aislamiento, ya sea voluntario o forzado, es cuando empieza a incubarse ese cierto malestar que puede ir derivando hacia la oscuridad si no contamos con una red de apoyo o de contención. A falta de confort en el entorno físico, donde uno se siente en confianza, ahí es donde puede terminar cayendo en entornos digitales que, si bien al principio se muestran como sitios seguros, de contención, a la larga no resultan de ninguna ayuda. Y, en el peor de los escenarios, pueden empujar a un individuo hacia el extremo, que termina perjudicando tanto su propia vida como la de otras personas.

El extremismo y la radicalización de los discursos en Internet son un punto en lo que se debería reflexionar con más profundidad. Más allá del contexto familiar, escolar o social, es innegable que los foros, las redes sociales y las aplicaciones ejercen cada vez mayor peso en el modo en que los seres humanos nos relacionamos, y en eso hay que enfocarse cada vez con más énfasis, sobre todo en lo que a niños y adolescentes respecta. Los adultos debemos entender que los niños y adolescentes de hoy no son los mismos de cuando nosotros pasábamos por la infancia o la adolescencia. Tenemos que dejar la mirada retrospectiva que juzga el presente a partir del pasado, y empezar a fijarnos cómo encarar este presente, teniendo en cuenta las problemáticas actuales y también, que los chicos no salieron así por espontaneidad, sino que son producto de un montón de factores y procesos sociales de los que no podemos, como adultos, excluirnos (porque en muchos casos, también estamos en las mismas: los comportamientos de niños y adolescentes tienen una correlación con los comportamientos de los adultos).

Adolescencia elige representar una problemática compleja a partir de, lo que podríamos decir, figuras y símbolos simplificados: un chico adolescente de 13 años que asesina a una compañera de clase a puñaladas, donde el detonador del crimen parece ser el acoso o bullying que recibía por parte de ella. Las causas o motivaciones son complejas, pero una de las más fuertes parece ser la influencia del discurso incel en las páginas de Internet que el chico frecuentaba. La serie hace ese recorte de la realidad para que la historia y la trama sean comprensibles para los espectadores, pero recordemos que la realidad, con sus múltiples capas, nunca es tan simple, sino que requiere de distintos niveles de análisis para no terminan haciendo generalizaciones inútiles.

Aunque me quedan varias cosas en el tintero, no quisiera hacer este texto más extenso de lo que ya es. Por eso me gustaría que dejen sus observaciones en los comentarios para que la reflexión no se corte acá y siga fluyendo, de modo que podamos ampliar el debate, siempre que sea con respeto.

Mientras tanto, yo me despido, a ver si me hago de un tiempo para ver El eternauta. ¡Nos leemos pronto!

 

 

Recomendación literaria #15: "El palacio de la noche", de Pablo de Santis

 

He decidido cambiar “reseñas” por “recomendaciones” porque me parece que no estoy siguiendo las reglas concretas de escritura de una reseña, y además porque lo que escribo sobre cada libro nace más de mi subjetividad como lectora que de un análisis profundo y concienzudo de la obra.

 


No sé por qué, pero siempre confundo a Pablo de Santis con Pablo Bernasconi. Aunque conozco poco de Pablo de Santis, he visto algunos libros suyos, como Los anticuarios, que tengo en mi lista de pendientes.

Esta novela me la encontré chusmeando en los estantes de la Biblioteca Popular de Urdinarrain. Me llamó la atención el estilo de su portada, como si fuera un libro antiguo, aunque no lo es tanto porque se publicó por primera vez en 1987. Es una obra relativamente breve, de menos de 100 páginas, cuya premisa atrapante, te va llevando a querer leerla entera.

Su protagonista, Alejandro Castex, recibe de parte de Salvador Helcán, su amigo de la infancia, el manuscrito de una novela, titulada “El palacio de la noche”. También se entera de que Salvador ha muerto en París, no sin antes dejar una serie de instrucciones para Alejandro, a través de contactos indirectos y varias pistas.

Acá nos encontramos con una novela dentro de otra novela, como en un juego de cajas chinas. El sentimiento de extrañeza no hacía más que aumentar conforme iba leyendo, porque me sentía como el protagonista, yendo como bola sin manija. Además, el mundo de la novela manuscrita es un mundo decadente, oscuro, al que hoy definiríamos bajo una estética “post-apocalíptica”. El personaje principal de esa otra novela, llamado Dagar, va recorriendo ese mundo en busca del Palacio de la noche, un lugar misterioso del que no se le dan pistas.

Yo la considero una novela hecha para la relectura, porque es más que probable que te quedes con algunas dudas al terminarla. Me gusta el aura de misterio, la sensación de que está pasando algo en otro lugar mientras el protagonista sigue con lo suyo.

Hay algo que sobrevuela el ambiente y no te deja sentir más que inquietud.

¿Leyeron El palacio de la noche? Si fue así, ¿qué les pareció?

¡Nos leemos la próxima!

domingo, 27 de abril de 2025

[Cuento] "La renuncia del detective Longman"

 


—¡Ah, detective Longman, no lo oí llegar!

La ancha y alta silueta del detective se recortaba sobre el marco de la puerta. Ensutado en su saco largo y su característico sombrero negro, el gran hombre ostentaba un porte regio, favorecido por los años. A pesar de la edad, su mirada aún mantenía aquella agudeza que le resultaba muy útil en su trabajo. ¿Cuántos crímenes había resuelto gracias a su habilidad para observar aquellos detalles que nadie más parecía capaz de captar?

Desde su escritorio, Holzmann lo invitó a tomar asiento. Longman se quitó el sombrero, colgó su abrigo, y aceptó el whiskey que le ofrecía su anfitrión. Al sentarse dejó escapar un suspiro hondo, como el de un anciano que por fin puede descansar un poco tras una larguísima jornada laboral.

—El caso anterior sí que fue todo un desafío, ¿no le parece, Longman? Gracias al cielo contamos con usted para resolverlo, como siempre.

—Sí. Creo que, para ser mi último caso, resultó bastante memorable.

Holzmann casi escupió la bebida.

—¿Cómo…? ¿Su “último caso”?

—Así es. Voy a retirarme, por eso estimé conveniente venir a hablar con usted antes.

—Pero, señor Longman, ¿es esto alguna clase de broma?

—Usted me conoce bien, y sabe que mi sentido del humor es más bien estoico. Le aseguro que no estoy bromeando.

—Pero, ¿retirarse justo ahora, con una carrera que cumple veinticinco años de contundentes casos resueltos? ¿Ahora, cuando su labor ha sido reconocida a nivel nacional, y van a inaugurar una estatua en su homenaje en la plaza central de la ciudad? ¿Y su nombre es mencionado en los principales periódicos del país? Ah, y no olvide a ese joven periodista que va a sacar un libro sobre su vida y obra.

—Justamente por eso he decidido mi retiro. Me parece que he cumplido los principales objetivos de una vida dedicada a resolver crímenes. He dejado una huella perdurable en la nación, y es justo que reclame el descanso que me corresponde.

—Oh, detective Longman, no puede abandonar todo así como así. Piense en el documental que van a filmar sobre sus casos más famosos: todavía podemos adherir alguno más para la serie. Y los productores estarían encantados de acceder a su testimonio pues, ¿quién mejor que usted para narrarlos?

—Mire, señor Holzmann, aprecio mucho la fama y la notoriedad que me han dispensado los grandes medios de comunicación. Pero cada vez me siento más ahogado, más presionado, y ya con mis años es justo que decida tomarme un respiro y cambiar de ambiente. Por eso, se lo reitero: he tomado la resolución de renunciar a mi puesto de detective. Sabemos que el crimen nunca descansa, pero lo mismo, siempre habrá detectives dispuestos a combatirlo.

—Sin embargo, ningún otro policía posee su talento, su carisma y su experiencia. ¿Qué será de la estación de policía sin un digno sucesor suyo?

—Las generaciones van cambiando, hay muchos detectives jóvenes con ambición y buena voluntad. Recuerde que yo alguna vez también fui joven. No se obtiene experiencia si no es, claramente, trabajando. Mis buenos resultados son fruto de la gran cantidad de errores que he cometido a lo largo de mi carrera. Mi anhelo es que ello sirva de guía para los que vendrán después de mí. Sería muy egoísta que yo pretendiera acaparar todos los espacios que otros puedan aprovechar para crecer.

—Escúcheme, señor Longman, le digo que no puede retirarse aún. ¿Qué voy a hacer yo sin usted? No le permito que me abandone de esta manera, tenemos muchos proyectos juntos.

Holzmann enrojecía a medida que continuaba hablando encolerizado.

Lejos de sentirse intimidado, el detective Longman mantuvo su expresión serena y resignada. Discretamente, comenzó el ademán de buscar algo en su bolsillo.

—Supuse que no me haría caso —dijo, en cuanto el otro terminó su perorata de reproches—, yo no le importo más de lo que le importa todo lo que puede obtener a través de mí.

Apenas alcanzó Holzmann a fruncir el ceño, cuando vio el cañón del revólver apuntándole al pecho.

—No vas a hacerlo —dijo fríamente—. Me necesitas, porque sin mí no serías nada. No puedes matarme.

—No me importa. Ambos ya le sacamos suficiente jugo a la existencia. Y yo ya me cansé de ser el que vive únicamente en los libros.

Y el detective Longman disparó.

 

***

 

Más tarde ese día, cuando los forenses examinaban la escena del crimen, los policías encargados del caso no terminaban de resolver sus dudas. El saco y el sombrero aún estaban colgados del perchero. El cadáver yacía tendido en la silla, con el agujero carmesí en medio de la camisa. Pero el revólver estaba sobre el escritorio, al lado de la mano izquierda de Holzmann, y con las huellas de Holzmann en él.

—¿Y tú qué dices? —le preguntó un oficial al otro— ¿Suicidio u homicidio?

—Creo que está más que claro. No todos los días muere el escritor de novelas policiales más famoso del país. ¿Ha leído alguno de sus libros?

—No tengo mucho tiempo para leer, la verdad. Pero mi hija mayor se los sabe de pe a pa. Según ella, en los últimos libros se notaba que la fórmula ya se le estaba gastando al escritor. Sin embargo, seguían pidiéndole más… No me extraña que terminara quedando medio esquizofrénico. 

 

martes, 25 de marzo de 2025

Libros que muerden: “La biblioteca del entablado"


Cuando algo desaparece o se pierde bajo ciertas circunstancias, creo que pocas personas se resisten al impulso de buscarlo. Sobre todo, cuando se trata de cosas que poseen un valor que va mucho más allá del monetario. A la inversa, cuando algo misterioso, desconocido o llamativo es encontrado, también se inicia una búsqueda, no tanto para hallar el objeto en sí, sino para encontrar su origen y entender por qué y cómo terminó en el sitio donde fue hallado. 

Un tema que me interesa mucho, especialmente en cuanto a ficción, es el de los libros (o cualquier otro tipo de obra artística) perdidos o censurados. Lo prohibido ejerce bastante atracción, creo, quizá por ello: estar prohibido, que no se puede hacer, no se puede tener, de lo que no se puede hablar. La censura, a su manera, puede ser total o parcial, provocando que algunas partes de tal o cual obra no lleguen hasta el público. Quienes efectúan la censura o la prohibición siempre echan mano de todos los recursos que pueden para justificarla, alegando en la mayoría de los casos que es “por un bien mayor”. Pero muchos no quieren obedecer al mandato. Se resisten porque conocen el contenido de la obra y saben que fue censurada o prohibida porque sus ideas pueden atacar o atacan directamente al status quo; o bien quieren conocer de qué se trata para comprobar por sí mismos si la prohibición está justificada. Si es realmente para tanto.

Uno de los más renombrados escritores de ciencia ficción, Ray Bradbury, publicó Fahrenheit 451, una novela que presenta un futuro distópico en el cual todos los libros, cualquier tipo de libro, se encuentran terminantemente vetados de la sociedad. Todo libro que ande dando vueltas por ahí debe ser destruido. Y ¡ay! de cualquier persona que tenga una biblioteca en su casa y no quiera deshacerse de ella, pues entonces los bomberos le harán una visita… no para apagar un incendio, sino para provocarlo. Porque en esta novela son los bomberos quienes producen los incendios, a pesar de que las casas están fabricadas con materiales ignífugos. Y su misión es ir allí donde haya libros, para quemarlos. Incluso cada hogar dispone de un incinerador, por si de casualidad te topabas con algún tomo indeseado. La historia sigue a Guy Montag, un bombero que se siente medianamente a gusto con su trabajo, hasta que una serie de hechos lo hará cambiar de parecer. Hay un momento donde comete una transgresión: esconde libros, no los quema, lo cual traerá importantes consecuencias para su desarrollo como personaje y también para el resto de la historia.

Por suerte, un futuro como el que plantea Bradbury está lejos de ocurrir. En el peor de los escenarios, lo más probable es que las pantallas ocupen toda la atención humana, y los libros simplemente queden relegados a un mueble, juntando polvo. Nadie se tomaría la molestia de quemarlos. Sin embargo, hubo un tiempo, particularmente en la Argentina, donde corrías un gran peligro si poseías determinados libros. Arriesgabas tu pellejo, tus cosas, tu familia. Y si no te manejabas con cierto cuidado, podía ser el fin.

La mayoría de los países cuenta con una o más fechas determinadas que refieren a episodios traumáticos de su historia. En Argentina, una de esas fecha es el 24 de marzo de 1976, que marcó el inicio de la sexta y última dictadura cívico-militar, la cual todavía hoy, más de cuarenta años después, sigue vigente en la memoria colectiva a través de varios debates. Dentro de todo el rango de temas que existe alrededor de este hecho, yo me voy a centrar en uno: la censura y la prohibición de libros, eje fundamental en la historia de mi primera novela.

No estoy muy segura del momento exacto en el que surgió la idea, pero me parece que fue en el año 2018, mientras cursaba Literatura argentina II en el profesorado. Parte del programa de cátedra era el abordaje de la literatura durante la dictadura, cuando muchos escritores fueron perseguidos por sus ideas. Más de uno fue censurado o prohibido, y prácticamente la mayoría se marcharon al exilio.

Yo quería escribir una novela que hablara sobre un conjunto de libros escondidos debajo del piso entablado de una casa, relatando su rescate, su posterior abandono, y luego su revalorización. Quería que el hilo principal de la trama fuera el misterio de su origen: quién los puso ahí, y por qué. Algo que tenía claro desde el principio era la estructura tripartita, es decir, que la historia y la trama se desenvolverían en tres partes, tres épocas históricas, tres personajes. Cada personaje debía ser representativo de alguno de los múltiples oficios que giran en torno a los libros y la lectura, pues tenía el anhelo de homenajear no sólo a escritores, bibliotecarios y profesores de lengua y literatura, sino también a periodistas, libreros, editores, y más. Así que definí a la tríada de protagonistas a partir de estos oficios. Solo me faltaba el contexto de cada uno, y esto fue lo más difícil al principio, porque no estaba segura de qué línea de tiempo establecerme. Primero, porque ello me obligaba a situarme en uno o dos años determinados del siglo XX, y me preocupaba no poseer el suficiente conocimiento de esos años como para no cometer anacronismos. Me preocupaba el lugar desde el que me situaría como autora para contar la historia, porque sentía que la representación del pasado estaría demasiado influida por mi mirada desde la actualidad. Sumado a que todavía soy una escritora joven y, creo, no lo suficientemente experta como para escribir sobre un tiempo histórico que no viví.

Después de muchas vueltas mentales, decidí encuadrar la historia dentro de los últimos cuarenta años, tomando como punto de inicio los finales de la década del ’70. La dictadura cívico-militar, con su Proceso de Reorganización Nacional, resultó el marco propicio para lo que yo quería contar, y además permitía justificar los elementos principales de la trama. Cuando retomé la escritura de la novela, allá por el verano de 2023-2024, pude terminar de darle forma a mi obra, primero echándole bastante cabeza (es decir, evaluando en mi mente todos los pormenores), y luego escribiendo a conciencia (muchos de los puntos que no tenía del todo resueltos en la pre-escritura se fueron resolviendo en el propio proceso). La experiencia ha sido muy enriquecedora, porque era la primera vez que encaraba un escrito tan extenso, acostumbrada como estoy a la escritura de cuentos. La satisfacción que sentí al completar La biblioteca del entablado fue increíble. Y cuando salió publicada, ni les cuento.

Me propuse que la estructura de la novela no siguiera el tradicional modelo lineal, es decir, contando la historia en orden cronológico. Eso lo tenía pensado también desde el principio: dislocar la narrativa de una forma fragmentaria (un rasgo común en las novelas de la dictadura), recurriendo a otros tipos de texto para ampliarla y enriquecerla: noticia, entrevista, carta, necrológica. De esta manera, me puse a construir un mosaico, donde cada pieza, además de ofrecer nueva información, complementara a las demás. Creo que fue una apuesta arriesgada, porque no siempre es fácil salirse de los moldes, pero me parece que, entre todo, quedó bien. A través de los capítulos se van entretejiendo episodios que abarcan los tres tiempos, brindando nuevos detalles. En varios momentos tuve que pensar y repensar cómo conectar algunos puntos de la trama sin que parecieran forzados (por eso la novela se me hace más difícil que el cuento).

Entre las ideas iniciales, pensé en que los libros escondidos fueran inventados, con nombres ficticios, aunque obviamente inspirados en obras reales. Pero terminé descartando esa idea, porque la mención de libros verdaderos le daría a la novela un anclaje más verosímil, por más que se trate de una ficción. Al fin y al cabo, La biblioteca del entablado no es más que un artificio montado sobre bases verídicas. Y lleno de simbolismos, para variar, que combinan elementos de Fahrenheit 451, de los relatos y testimonios sobre la dictadura, y de diferentes rincones de la literatura.

Entonces, decidí usar los nombres de libros reales para la “colección del entablado”. Y para eso, tuve que documentarme ampliamente. Consulté varias páginas web y algunas bases de datos, pero las dos grandes fuentes de información fueron Un golpe a los libros: represión a la cultura durante la última dictadura militar (2007), de Hernán Invernizzi y Judith Gociol, por un lado, y por otro, Libros que muerden: literatura infantil y juvenil censurada durante la última dictadura cívico-militar 1976-1983, de Gabriela Pesclevi. El primero es fruto de un trabajo documental surgido tras el descubrimiento de un montón de documentos (actas, memos, considerandos, circulares, etc.) redactados por el gobierno de facto, y que estaban arrumbados en el sótano de un ex banco. El segundo es más que nada un catálogo de libros que, como bien lo dice el título, pertenecen a la literatura infantil y juvenil, aunque también abordan otros casos análogos.

Un golpe a los libros es una lectura muy recomendada para quienes quieran conocer cómo se ejercía la represión sobre la cultura, porque

propone que a la desaparición de personas se corresponde el proyecto, también sistemático, de desaparición de símbolos, discursos, imágenes y tradiciones. Si por una parte estaban los campos de concentración, las prisiones y los grupos de tareas; por la otra, se afianzaba una compleja infraestructura de control cultural y educativo: equipos de censura, análisis biográficos, memos de inteligencia, abogados, intelectuales, académicos, planes editoriales, decretos, presupuestos, oficinas… (Invernizzi y Gociol, 2007).

A partir de su investigación sobre los documentos confidenciales olvidados en aquel sótano, los autores explican de qué manera se organizó el gobierno de facto para controlar y moldear la cultura del país. Convencidos de que la lucha contra las guerrillas no se terminaba con la exterminación de las mismas, los militares se proponían eliminar cualquier posible foco de lo que ellos llamaban “captación ideológica” para el marxismo, la subversión y otras yerbas similares. O sea, acabar con el mal de raíz. Definieron como “campo de batalla” el corazón y la mente del pueblo argentino, y como “enemigo” a todo lo que fuera “subversivo”: peronismo, marxismo, socialismo, feminismo y cualquier otra ideología que no coincidiera con los valores que ellos definían como los únicos válidos (Dios, Patria, Familia, y otras cosas). Valiéndose de distintas dependencias estatales y militares (ayudados además por múltiples colaboradores civiles e intelectuales), organizaron una compleja y bien ordenada superestructura que persiguió con todo su yugo a todos aquellos que se desenvolvían dentro del campo de la cultura. Así surgieron las llamadas “listas negras” de escritores, editoriales, librerías, armadas según su nivel de subversión. Muchas prohibiciones salían por decreto, a veces regían en todo el territorio nacional, o bien se daban en una o más provincias.

Otra fuente muy preciada de información fue el ya mencionado catálogo Libros que muerden, que presenta los casos de diversos libros de literatura y juvenil, entre otros, que sufrieron la prohibición o algún tipo de censura. A veces, por ciertas interpretaciones hechas a raíz de los colores (como en Cinco dedos, donde una mano roja vence a otra verde), por denuncias efectuadas generalmente por colegas (como le pasó a Laura Devetach), o a veces por el origen de sus autores (como La tacita azul de Arkadi Gaidar), incluso si ni siquiera son libros de literatura (este es el caso de El niño zurdo, un trabajo pedagógico sobre los niños que escriben con la mano izquierda, o Los grandes maestros soviéticos, un libro sobre ajedrez: cualquier cosa que viniera de la URSS se ganaba enseguida el veto). Ni hablar si se trataba de obras con apellidos de reconocidos íconos peronistas o de izquierda. O de cuentitos donde, por ejemplo, el papá ayudaba a lavar los platos a su hija, o donde un nene plantaba un cuaderno en su patio y le crecía un árbol lleno de cuadernos, los cuales regalaba a sus compañeros de escuela. Hoy podrá parecer extremo, y hasta ridículo, que ciertas cosas que hoy tenemos normalizadas o a las que no juzgamos para nada peligrosas, fueran dignas de censura. Pero hay que entender esto dentro del contexto de su época, y nuestro país no era un caso aislado: alrededor del globo, dos grandes potencias se disputaban el privilegio de imponer su sistema social, económico y político sobre el resto del mundo. Y obviamente, el bloque occidental capitalista echaba mano de todos los recursos posibles para evitar que el enemigo le ganara terreno. Eso, sumado a la creciente ola de violencia política y guerrillera en el territorio, fueron parte del caldo de cultivo para la gestación y desarrollo de la última dictadura cívico-militar en Argentina.

Hoy en día han proliferado los discursos disidentes, emperrados en discutir que no fueron 30.000 desaparecidos o en justificar el terrorismo de Estado porque “los guerrilleros también secuestraban, torturaban y mataban personas”. Y su empeño es por hacer la contra nomás, para joder, pero desde la comodidad y cuasi-anonimato de las pantallas. A mí no me interesa meterme en esos debates. Y si bien me sucede que dudo sobre el relato general que se me ha transmitido particularmente desde la escuela, reconociendo que por mi edad y por mi nula experiencia en un hecho así soy fácilmente manipulable, hay algo que sí tengo en claro: no se puede comparar, en poder y recursos, una organización particular de gente con el Estado. Discutir un número, ya sea diez, veinte, treinta mil, me parece irrelevante: hablamos de personas a las que sacaron de su casa a la fuerza, a las que torturaron, a las que les quitaron sus hijos, a las que ejecutaron a sangre fría y enterraron así nomás o tiraron al río.

Ojalá nadie tenga que vivir algo así para entender lo que fue. Yo no lo viví, ojalá nunca me pase. Pero hay algo que se llama empatía, que estaría bueno aplicar un poco.

Para ir cerrando, quisiera dejarles la lista de los libros que conforman la colección del entablado son los siguientes:

·         Los zapatos voladores, de Margarita Belgrano. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1976.

·         El salón vacío, de Margarita Belgrano. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1978.

·         El peronismo y la Iglesia, de Hugo Gambini. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1971.

·         Cinco dedos, Colectivo Libros para Niños de Berlín. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1975.

·         Ganarse la muerte, de Griselda Gambaro. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1976.

·         Dulce de leche, libro de lectura para cuarto grado de Carlos Joaquín Durán y Noemí Beatriz Tornadú. Buenos Aires: Estrada, 1974.

·         Aire libre de María Elena Walsh. Buenos Aires: Estrada, 1967.

·         Mi amigo el pespir de José Murillo. Buenos Aires: Editorial Guadalupe, 1977.

·         Introducción a la Sociología, de Duilio Biancucci. Buenos Aries: Editorial Guadalupe, 1974.

·         Estudio de la Realidad Social Argentina (E.R.S.A.) Tomo 1, de Elena Roca. Buenos Aires: Kapelusz, 1975.

·         El niño zurdo, de Pierre Kingebiel. Madrid: Kapelusz, 1979.

·         Las edades moderna y contemporánea, de Juan Bustinza y Gabriel Ribas. Buenos Aires: Kapelusz, 1973.

·         El nacimiento, los niños y el amor, de Agnés Rosensthiel. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto.

·         Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto, 1975.

·         Cuentos para chicos traviesos, de Jacques Prévert. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto, 1974.

·         El castillo de los destinos cruzados, de Ítalo Calvino. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto, 1977.

·         La Biblia Latinoamericana, de Ramón Ricciardi y Bernardo Hurault. España: Ediciones Paulinas, 1974.

·         Nuestros muchachos, de Álvaro Yunque. Buenos Aires: Plus Ultra, 1976.

·         El amor sigue siendo niño, de Álvaro Yunque. Buenos Aires: Plus Ultra, 1976.

·         Niños de hoy, de Álvaro Yunque. Buenos Aires: Plus Ultra, 1975.

·         El pueblo que no quería ser gris, de Beatriz Doumerc y Áyax Barnes. Buenos Aires: Rompan Fila, 1975.

·         Cómo se hacen los niños, de Beatriz Doumerc y Áyax Barnes. Buenos Aires: Schapire Editor, 1974.

·         La línea, de Beatriz Doumerc y Áyax Barnes. Buenos Aires: Granica, 1975.

·         Chile no es un cuento, de Augusto Bianco. Buenos Aires: Rompan Fila Ediciones, 1973.

·         El Che Guevara, de Hugo Gambini. Buenos Aires: Paidós, 1968.

·         La razón de mi vida, de Eva Perón. Buenos Aires: Peuser, 1952.

·         La torre de cubos, de Laura Devetach. Buenos Aires: Huemul, 1973.

·         Renacó y los últimos huemules, de José Murillo, en colaboración con Ana María Ramb. Buenos Aires: Ediciones Pespir, 1975.

·         La tacita azul, de Arkadi Gaidar. Moscú: Editorial Progreso, 1974.

·         El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Buenos Aires: Emecé, 1951.

·         Los grandes maestros soviéticos, de Alexander Kolov. Buenos Aires: Editorial Aymi, 1974.

 

 

 

Reseña literaria #15: "Estoy entre dos títulos pero no me decido por ninguno", de Facundo Pistola

 

En este nuevo tomo de cuentos, Severino Camposanto vuelve a las andadas. Logró convencer a su amigo Renato Ortiz de que le financie otro libro porque tiene una enfermedad terminal, y encima le pide que le escriba un prólogo… pero Renato le termina redactando más bien un reclamo por las regalías del libro anterior y por las tomografías que serían la prueba de su supuesta enfermedad terminal, los cuales Severino nunca le envió. Este inicio me resultó bastante divertido, porque da cuenta de la continuidad existente entre este libro y el anterior, Los sollozos del camposanto.  


El narrador vueltero, al que no le importa gastar dos o tres párrafos para decir algo que tranquilamente podría tomar uno, regresa con las pilas recargadas. A veces interrumpe el hilo de la narración para intercalar observaciones sobre la realidad y reflexiones sobre la vida o para proyectar una especie de diálogo con el lector, como si fuera plenamente consciente de su rol como figura discursiva y como si supiera lo que el lector está pensando mientras lee. Hay cuentos, como aquel donde relata cómo conoció a Belén o cuando acompañó a su amigo a la capital, en los que Severino Camposanto se fusiona con la figura del narrador para hablar desde el yo. Tampoco faltan las sutiles intervenciones de Renato Ortiz, ya sea en notas a pie de página, o falsificando la respuesta de un doctor al que Severino le envió una carta en el libro anterior.

El humor, la ironía, el discurso de complicidad con el lector están presentes también. Las distintas historias que se relatan aquí aluden tanto al mundo interior y personal de este alter ego de Facundo Pistola que es Severino, como al mundo exterior, ese que nos rodea todos los días.

No quisiera rizar más el rizo, pero voy a cerrar recomendando ampliamente la lectura de Estoy entre dos títulos pero no me decido por ninguno. Por cierto, ¿cuáles serían esos otros títulos posibles para el libro? Tal vez nunca lo sepamos.

Muchísimas gracias a Facundo Pistola y al equipo de Creativa Servicios por permitirme leer y reseñar este libro. Hace mucho que no publicaba una reseña, pero hace unas semanas arranqué a chambear fuerte en la escuela, y ya saben cómo es la vida de cualquier docente. Sin embargo, tengo muchas ideas y escritos pendientes, así que no pienso abandonar el blog como sucedió el otro año.

Esto ha sido todo por ahora. Espero que hayan pasado un buen fin de semana. ¡Nos leemos pronto!

lunes, 3 de marzo de 2025

[Cuento] "En la corte del rey Durmion"


Unos débiles halos de luz solar cruzan el salón real de punta a punta, iluminándolo. Por delante de las pesadas cortinas color carmín, se alza el trono donde el rey está sentado, esperando. Sus pies apenas sobresalen de la rica túnica celeste. Sobre sus rodillas reposan, entrecruzadas, sus manos. Y su cabeza, levemente inclinada hacia atrás, permite apreciar la corona que representa su potestad y señorío. En su rostro no se reflejan ni hastío ni molestia, ni alegría ni gozo; permanece impasible mientras aguarda a que se acerquen los súbditos con sus peticiones.

Dos sirvientes fieles e intachables presiden al rey. Se encargan de indicar a los peticionantes cuándo pueden usar la palabra y cuándo deben guardar silencio.

El primer sirviente se adelanta, y con un gesto de su mano derecha, indica a la mujer que está al frente de la fila que se acerque. Se trata de una campesina robusta, con un vestido azul cuyos remiendos se disimulan en la amplia falda. Por debajo de su cofia le cuelgan dos gruesas trenzas rubias. Cuando ella llega a la línea imaginaria trazada entre los dos sirvientes, se detiene.

—Inclinaos ante su Majestad —exige el segundo sirviente, señalando respetuosamente al rey.

La señora se apresta a cumplir la orden. Las trenzas parecen dos enormes espigas de trigo que están por tocar el piso cuando ella se inclina.

—¿Cuál es tu petición, súbdita del reino de Durmion? —pregunta el primer sirviente con voz de portento, sacando pecho.

Los ojos enormes de la mujer se levantan, suplicantes, hacia el rey, y bajan antes de pronunciar su pedido.

—Su Majestad —dice la campesina—, una tormenta terrible se ha desatado sobre mi casa, y ha destruido parte de su techo. No tenemos recursos suficientes para arreglarlo, pero si su Majestad nos ayuda, le recompensaremos con una parte de la próxima cosecha.

Cuando ella termina de hablar, el primer sirviente le indica, con la mano izquierda, que permanezca en silencio. Al mismo tiempo que el segundo sirviente, dirige su mirada hacia el rey Durmion, quien parece evaluar profundamente la solicitud de la dama de las trenzas. Finalmente, inclina la cabeza hacia adelante.

Los dos sirvientes vuelven a sus posiciones.

—Tu petición ha sido: concedida. Puedes retirarte en paz.

Conteniendo un salto de alegría, la mujer exclama “¡Muchas gracias!” y se va.

—Que pase el siguiente —anuncia el segundo sirviente.

El próximo en acercarse es un hombre robusto, cubierto con una piel de oso, que carga un saco rojo con una extraña inscripción en él. Entre la cabeza de oso que le tapa la frente y el cráneo, y la espesa barba que le tapa la boca y la barbilla, sólo se puede distinguir el brillo en sus ojos oscuros, por encima de una prominente nariz. Tenía un andar pesado como el de un verdadero gigante del bosque.

Repitiendo el mismo protocolo que con la solicitante anterior, el sujeto de aspecto salvaje se detiene justo en el límite invisible trazado por los sirvientes.

—Inclinaos ante su Majestad —exige el primer sirviente.

El peludo visitante deja un momento el saco rojo sobre el suelo, y se inclina con dificultad por su culpa de su prominente barriga.

—¿Cuál es tu petición, súbdito del reino de Durmion? —pregunta el segundo sirviente, mientras lo mira con recelo.

La voz del tipo con la piel de oso retumba en el salón.

—Gran rey Durmion, he venido a avisar que una enorme bestia de cuatro patas, afilados colmillos y mirada asesina está asolando los hermosos bosques de su reino. Asusta y devora a los animales, y eso produce que los cazadores vuelvan con las manos vacías a sus casas. Yo me ofrezco a acabar con tan terrible monstruo, ya lo he enfrentado una vez, pero ha resultado ser demasiado fuerte para mí solo. Si su Majestad me provee de hombres bien pertrechados, de seguro podremos vencerlo, y nuestra victoria será en Vuestro nombre; así también, le traeremos la cabeza del susodicho monstruo.

El segundo sirviente alza levemente su mano izquierda para anunciar el momento del silencio, y en sincronía con el primer sirviente, se gira para mirar hacia el rey. Este no se tarda mucho en su deliberación: de inmediato inclina su cabeza, aprobando la solicitud del hombre-oso.

—Tu petición ha sido: concedida —. Anunció el segundo sirviente—. Todo lo que necesites para tu empresa te será entregado mañana a primera hora. Puedes retirarte tranquilo.

Con un vuelo casi elegante de su capa de piel, el cazador se retiró, exhibiendo una mirada casi triunfal que resaltaba el brillo en sus ojos negros. Cuando hubo desaparecido por la puerta, el primer sirviente tomó la palabra:

—Que pase el siguiente.

Ante los dos sirvientes se presenta una dama con el vestido más elegante que todos en el salón del trono hayan visto. De un color púrpura intenso, emite destellos cada vez que es alcanzado por uno de los haces de luz. Sus zapatos charolados e impecables producen un simpático taconeo a medida que avanza hacia las escalinatas del trono. No dejan de llamar la atención su tez bronceada, que resalta con el maquillaje, y sus ondulados cabellos peinados con esmero que le llegan hasta la cintura. Con el porte y la soberbia de una prrincesa, se detiene ante los sirvientes y responde automáticamente a las normas de etiqueta. Apenas el primer sirviente acaba de formular la pregunta de rigor, ella responde sin titubeos:

—Estimado y Excelentísimo rey Durmion. Me presento personalmente para extender a usted y a su destacada corte una invitación a tomar el té, en una velada que mi familia piensa celebrar en honor de su Majestad. Nos alegraría muchísimo que pudiera asistir.

Ya los sirvientes se giran para continuar con el protocolo, pero el rey no tiene tiempo de deliberar en silencio la invitación, porque de repente dos voces extrañas irrumpen en el salón del trono. ¡Son las Hechiceras! Ellas entran sin pedir permiso, poderosas, orgullosas y altas vuelan en círculos alrededor de los presentes, exclamando órdenes y haciendo flamear las cortinas. Todo es confusión en el trono del rey Durmion: este se yergue sin previo aviso, abre la boca pero en vez de proferir gritos dando órdenes, la abertura de sus labios se expande más y más formando un hueco oscuro… pronto es un agujero que ocupa toda su cabeza hasta convertirse en un agujero negro, y el rey inhala, inhala en un viento tan fuerte que todo, desde los sirvientes, la dama, las cortinas, las paredes del salón, ladrillo por ladrillo, es succionado hacia la negrura sin fondo instalada en la garganta del rey Durmion…

 

 

—¡A ver, vamos juntando que en un rato comemos!

En realidad, faltaban por lo menos quince minutos para la cena, pero la madre prefería azuzarlos con tiempo para no estar a último momento llamando cincuenta veces a los chicos para comer, y evitar que estos guardaran todo así nomas en el apuro. A la cuñada le dio un poco de lástima: ¡se veían tan lindos jugando con Eduardo!

En lo que el tío Eduardo terminaba de bostezar y desperezarse, los chicos ya habían llevado la muñeca de trapo a su casita, a la que le faltaba un pedazo de techo porque alguien le pegó un codazo sin querer; el oso de peluche con el corazón que decía “Te quiero” fue a parar al sillón doble, frente a la puerta balcón que daba al patio, desde donde el perro lo miraba con expresión hambrienta; y la muñeca talla especial que le habían regalado a la hermanita menor para Navidad volvió a la habitación que le correspondía.

—Me alegra que puedan echar a volar la imaginación con lo que tienen a mano, sin tanta pantalla de por medio —comentó la madre a su cuñada—, sino siempre están metidos jugando a esos juegos raros de fantasía medieval y qué sé yo.

—También es bueno que pasen tiempo jugando con sus familiares —agregó la cuñada— ¿no es cierto, Eduardo?

Con la corona de cartón de una famosa hamburguesería puesta todavía sobre la cabeza, Eduardo las miraba soñoliento. Asintió por simple inercia.

Había despertado de un sueño demasiado extraño.   

jueves, 20 de febrero de 2025

Reseña literaria #14: "La caja vacía", de Paula Cardozo

         Desde el momento en que empecé a leer este libro, se me vinieron a la mente las Gnosiennes de Erik Satie, inundando la lectura con ese piano entre melancólico y misterioso. La premisa me atrapó desde el principio, conduciéndome hasta los vericuetos más profundos del drama de Aubrey Herbert, quien se encuentra internado en un hospital psiquiátrico tras cometer un asesinato: el de su padre, el famoso tenor Pregonas. Narrada a través de las entradas en el diario del paciente y de las entrevistas con el psiquiatra, el dr. Borowski, la historia nos muestra la búsqueda de sí mismo que emprende el protagonista, revisando su pasado para entender lo que ocurre en el presente.

No temo afirmar que es una de las mejores novelas que leí desde que empecé a escribir reseñas. El conflicto parental me parece a mí uno de los temas más potentes de la ficción, y acá está muy bien desarrollado. De un modo metafóricamente análogo a Cronos, el tenor Pregonas devora a su hijo o, más bien, lo absorbe, para que Aubrey Herbert se convierta en él y perpetúe así la fama del padre. El hijo está destinado a convertirse en el padre, gozando del mismo reconocimiento, pero a costa de perder su historia y su identidad. Y eso es lo que busca desesperadamente el joven: regresar al pasado, recuperar su pasado, retornar al niño que era antes de que cayera sobre él lo que después llamaría “la sombra de Pregonas”.

Lo que detona el desequilibrio en Aubrey Herbert es la afonía: al perder su voz, se pierde a sí mismo, o ese que su padre pretendía que fuera. Entonces se produce el quiebre, en ese momento que también es muy potente si hablamos de conflictos parentales: el asesinato, físico o simbólico, del padre. El protagonista necesita liberarse, por todos los medios, del tenor Pregonas y de su constante acecho, para ser Aubrey Herbert, para ser su propio hombre y no una continuación de su progenitor. Porque encima su madre, Samantha, murió cuando él era pequeño, y por desgracia no hubo nadie más que pudiera mediar en la relación entre padre e hijo y evitar que el tenor Pregonas moldeara al muchacho para que fuera su continuador.

La novela está cargada de metáforas y de símbolos que orbitan todo el tiempo en la narración. Uno de ellos es la caja, la caja vacía, que además de tener un significado concreto (la caja donde se guardaba el traje del tenor Pregonas, lo que representa su figura) sino también un significado metafórico en relación a cómo se siente el protagonista o cómo se ve su situación. Su cuerpo es habitado por otro, pero el habitante original no tiene historia ni identidad.

Las entrevistas con el Dr. Borowski, si bien son breves y escuetas, aportan detalles suficientes para complementar lo que paciente revela en su diario con mucha más profundidad. Así, nos deja conocer lo que fue, lo que es, lo que debió ser, lo que no debía ser. Hay mucho juego con las apariencias y con las incógnitas que van surgiendo a lo largo de todo el proceso que atraviesa Aubrey Herbert durante su internación, hasta que por fin consigue su objetivo, y entonces aguardamos un buen final, donde comience a vivir como él mismo, libre de la sombra del tenor Pregonas. Pero…

Podría decir mucho más de La caja vacía, aunque no quisiera hacer ningún spoiler y preferiría que pudieran leerla y experimentarla por su cuenta. No es muy larga, y si te gustan las novelas psicológicas, seguro te va a interesar.

Quisiera cerrar con un agradecimiento a Paula Cardozo y a Creativa por permitirme leer y reseñar este libro.

¡Nos leemos pronto!

 

 

 

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  Buenos días/tardes/noches, según cuándo estén leyendo esto. Quisiera darles la bienvenida a mi pequeño y humilde blog, este diminuto aster...