domingo, 27 de abril de 2025

[Cuento] "La renuncia del detective Longman"

 


—¡Ah, detective Longman, no lo oí llegar!

La ancha y alta silueta del detective se recortaba sobre el marco de la puerta. Ensutado en su saco largo y su característico sombrero negro, el gran hombre ostentaba un porte regio, favorecido por los años. A pesar de la edad, su mirada aún mantenía aquella agudeza que le resultaba muy útil en su trabajo. ¿Cuántos crímenes había resuelto gracias a su habilidad para observar aquellos detalles que nadie más parecía capaz de captar?

Desde su escritorio, Holzmann lo invitó a tomar asiento. Longman se quitó el sombrero, colgó su abrigo, y aceptó el whiskey que le ofrecía su anfitrión. Al sentarse dejó escapar un suspiro hondo, como el de un anciano que por fin puede descansar un poco tras una larguísima jornada laboral.

—El caso anterior sí que fue todo un desafío, ¿no le parece, Longman? Gracias al cielo contamos con usted para resolverlo, como siempre.

—Sí. Creo que, para ser mi último caso, resultó bastante memorable.

Holzmann casi escupió la bebida.

—¿Cómo…? ¿Su “último caso”?

—Así es. Voy a retirarme, por eso estimé conveniente venir a hablar con usted antes.

—Pero, señor Longman, ¿es esto alguna clase de broma?

—Usted me conoce bien, y sabe que mi sentido del humor es más bien estoico. Le aseguro que no estoy bromeando.

—Pero, ¿retirarse justo ahora, con una carrera que cumple veinticinco años de contundentes casos resueltos? ¿Ahora, cuando su labor ha sido reconocida a nivel nacional, y van a inaugurar una estatua en su homenaje en la plaza central de la ciudad? ¿Y su nombre es mencionado en los principales periódicos del país? Ah, y no olvide a ese joven periodista que va a sacar un libro sobre su vida y obra.

—Justamente por eso he decidido mi retiro. Me parece que he cumplido los principales objetivos de una vida dedicada a resolver crímenes. He dejado una huella perdurable en la nación, y es justo que reclame el descanso que me corresponde.

—Oh, detective Longman, no puede abandonar todo así como así. Piense en el documental que van a filmar sobre sus casos más famosos: todavía podemos adherir alguno más para la serie. Y los productores estarían encantados de acceder a su testimonio pues, ¿quién mejor que usted para narrarlos?

—Mire, señor Holzmann, aprecio mucho la fama y la notoriedad que me han dispensado los grandes medios de comunicación. Pero cada vez me siento más ahogado, más presionado, y ya con mis años es justo que decida tomarme un respiro y cambiar de ambiente. Por eso, se lo reitero: he tomado la resolución de renunciar a mi puesto de detective. Sabemos que el crimen nunca descansa, pero lo mismo, siempre habrá detectives dispuestos a combatirlo.

—Sin embargo, ningún otro policía posee su talento, su carisma y su experiencia. ¿Qué será de la estación de policía sin un digno sucesor suyo?

—Las generaciones van cambiando, hay muchos detectives jóvenes con ambición y buena voluntad. Recuerde que yo alguna vez también fui joven. No se obtiene experiencia si no es, claramente, trabajando. Mis buenos resultados son fruto de la gran cantidad de errores que he cometido a lo largo de mi carrera. Mi anhelo es que ello sirva de guía para los que vendrán después de mí. Sería muy egoísta que yo pretendiera acaparar todos los espacios que otros puedan aprovechar para crecer.

—Escúcheme, señor Longman, le digo que no puede retirarse aún. ¿Qué voy a hacer yo sin usted? No le permito que me abandone de esta manera, tenemos muchos proyectos juntos.

Holzmann enrojecía a medida que continuaba hablando encolerizado.

Lejos de sentirse intimidado, el detective Longman mantuvo su expresión serena y resignada. Discretamente, comenzó el ademán de buscar algo en su bolsillo.

—Supuse que no me haría caso —dijo, en cuanto el otro terminó su perorata de reproches—, yo no le importo más de lo que le importa todo lo que puede obtener a través de mí.

Apenas alcanzó Holzmann a fruncir el ceño, cuando vio el cañón del revólver apuntándole al pecho.

—No vas a hacerlo —dijo fríamente—. Me necesitas, porque sin mí no serías nada. No puedes matarme.

—No me importa. Ambos ya le sacamos suficiente jugo a la existencia. Y yo ya me cansé de ser el que vive únicamente en los libros.

Y el detective Longman disparó.

 

***

 

Más tarde ese día, cuando los forenses examinaban la escena del crimen, los policías encargados del caso no terminaban de resolver sus dudas. El saco y el sombrero aún estaban colgados del perchero. El cadáver yacía tendido en la silla, con el agujero carmesí en medio de la camisa. Pero el revólver estaba sobre el escritorio, al lado de la mano izquierda de Holzmann, y con las huellas de Holzmann en él.

—¿Y tú qué dices? —le preguntó un oficial al otro— ¿Suicidio u homicidio?

—Creo que está más que claro. No todos los días muere el escritor de novelas policiales más famoso del país. ¿Ha leído alguno de sus libros?

—No tengo mucho tiempo para leer, la verdad. Pero mi hija mayor se los sabe de pe a pa. Según ella, en los últimos libros se notaba que la fórmula ya se le estaba gastando al escritor. Sin embargo, seguían pidiéndole más… No me extraña que terminara quedando medio esquizofrénico. 

 

martes, 25 de marzo de 2025

Libros que muerden: “La biblioteca del entablado"


Cuando algo desaparece o se pierde bajo ciertas circunstancias, creo que pocas personas se resisten al impulso de buscarlo. Sobre todo, cuando se trata de cosas que poseen un valor que va mucho más allá del monetario. A la inversa, cuando algo misterioso, desconocido o llamativo es encontrado, también se inicia una búsqueda, no tanto para hallar el objeto en sí, sino para encontrar su origen y entender por qué y cómo terminó en el sitio donde fue hallado. 

Un tema que me interesa mucho, especialmente en cuanto a ficción, es el de los libros (o cualquier otro tipo de obra artística) perdidos o censurados. Lo prohibido ejerce bastante atracción, creo, quizá por ello: estar prohibido, que no se puede hacer, no se puede tener, de lo que no se puede hablar. La censura, a su manera, puede ser total o parcial, provocando que algunas partes de tal o cual obra no lleguen hasta el público. Quienes efectúan la censura o la prohibición siempre echan mano de todos los recursos que pueden para justificarla, alegando en la mayoría de los casos que es “por un bien mayor”. Pero muchos no quieren obedecer al mandato. Se resisten porque conocen el contenido de la obra y saben que fue censurada o prohibida porque sus ideas pueden atacar o atacan directamente al status quo; o bien quieren conocer de qué se trata para comprobar por sí mismos si la prohibición está justificada. Si es realmente para tanto.

Uno de los más renombrados escritores de ciencia ficción, Ray Bradbury, publicó Fahrenheit 451, una novela que presenta un futuro distópico en el cual todos los libros, cualquier tipo de libro, se encuentran terminantemente vetados de la sociedad. Todo libro que ande dando vueltas por ahí debe ser destruido. Y ¡ay! de cualquier persona que tenga una biblioteca en su casa y no quiera deshacerse de ella, pues entonces los bomberos le harán una visita… no para apagar un incendio, sino para provocarlo. Porque en esta novela son los bomberos quienes producen los incendios, a pesar de que las casas están fabricadas con materiales ignífugos. Y su misión es ir allí donde haya libros, para quemarlos. Incluso cada hogar dispone de un incinerador, por si de casualidad te topabas con algún tomo indeseado. La historia sigue a Guy Montag, un bombero que se siente medianamente a gusto con su trabajo, hasta que una serie de hechos lo hará cambiar de parecer. Hay un momento donde comete una transgresión: esconde libros, no los quema, lo cual traerá importantes consecuencias para su desarrollo como personaje y también para el resto de la historia.

Por suerte, un futuro como el que plantea Bradbury está lejos de ocurrir. En el peor de los escenarios, lo más probable es que las pantallas ocupen toda la atención humana, y los libros simplemente queden relegados a un mueble, juntando polvo. Nadie se tomaría la molestia de quemarlos. Sin embargo, hubo un tiempo, particularmente en la Argentina, donde corrías un gran peligro si poseías determinados libros. Arriesgabas tu pellejo, tus cosas, tu familia. Y si no te manejabas con cierto cuidado, podía ser el fin.

La mayoría de los países cuenta con una o más fechas determinadas que refieren a episodios traumáticos de su historia. En Argentina, una de esas fecha es el 24 de marzo de 1976, que marcó el inicio de la sexta y última dictadura cívico-militar, la cual todavía hoy, más de cuarenta años después, sigue vigente en la memoria colectiva a través de varios debates. Dentro de todo el rango de temas que existe alrededor de este hecho, yo me voy a centrar en uno: la censura y la prohibición de libros, eje fundamental en la historia de mi primera novela.

No estoy muy segura del momento exacto en el que surgió la idea, pero me parece que fue en el año 2018, mientras cursaba Literatura argentina II en el profesorado. Parte del programa de cátedra era el abordaje de la literatura durante la dictadura, cuando muchos escritores fueron perseguidos por sus ideas. Más de uno fue censurado o prohibido, y prácticamente la mayoría se marcharon al exilio.

Yo quería escribir una novela que hablara sobre un conjunto de libros escondidos debajo del piso entablado de una casa, relatando su rescate, su posterior abandono, y luego su revalorización. Quería que el hilo principal de la trama fuera el misterio de su origen: quién los puso ahí, y por qué. Algo que tenía claro desde el principio era la estructura tripartita, es decir, que la historia y la trama se desenvolverían en tres partes, tres épocas históricas, tres personajes. Cada personaje debía ser representativo de alguno de los múltiples oficios que giran en torno a los libros y la lectura, pues tenía el anhelo de homenajear no sólo a escritores, bibliotecarios y profesores de lengua y literatura, sino también a periodistas, libreros, editores, y más. Así que definí a la tríada de protagonistas a partir de estos oficios. Solo me faltaba el contexto de cada uno, y esto fue lo más difícil al principio, porque no estaba segura de qué línea de tiempo establecerme. Primero, porque ello me obligaba a situarme en uno o dos años determinados del siglo XX, y me preocupaba no poseer el suficiente conocimiento de esos años como para no cometer anacronismos. Me preocupaba el lugar desde el que me situaría como autora para contar la historia, porque sentía que la representación del pasado estaría demasiado influida por mi mirada desde la actualidad. Sumado a que todavía soy una escritora joven y, creo, no lo suficientemente experta como para escribir sobre un tiempo histórico que no viví.

Después de muchas vueltas mentales, decidí encuadrar la historia dentro de los últimos cuarenta años, tomando como punto de inicio los finales de la década del ’70. La dictadura cívico-militar, con su Proceso de Reorganización Nacional, resultó el marco propicio para lo que yo quería contar, y además permitía justificar los elementos principales de la trama. Cuando retomé la escritura de la novela, allá por el verano de 2023-2024, pude terminar de darle forma a mi obra, primero echándole bastante cabeza (es decir, evaluando en mi mente todos los pormenores), y luego escribiendo a conciencia (muchos de los puntos que no tenía del todo resueltos en la pre-escritura se fueron resolviendo en el propio proceso). La experiencia ha sido muy enriquecedora, porque era la primera vez que encaraba un escrito tan extenso, acostumbrada como estoy a la escritura de cuentos. La satisfacción que sentí al completar La biblioteca del entablado fue increíble. Y cuando salió publicada, ni les cuento.

Me propuse que la estructura de la novela no siguiera el tradicional modelo lineal, es decir, contando la historia en orden cronológico. Eso lo tenía pensado también desde el principio: dislocar la narrativa de una forma fragmentaria (un rasgo común en las novelas de la dictadura), recurriendo a otros tipos de texto para ampliarla y enriquecerla: noticia, entrevista, carta, necrológica. De esta manera, me puse a construir un mosaico, donde cada pieza, además de ofrecer nueva información, complementara a las demás. Creo que fue una apuesta arriesgada, porque no siempre es fácil salirse de los moldes, pero me parece que, entre todo, quedó bien. A través de los capítulos se van entretejiendo episodios que abarcan los tres tiempos, brindando nuevos detalles. En varios momentos tuve que pensar y repensar cómo conectar algunos puntos de la trama sin que parecieran forzados (por eso la novela se me hace más difícil que el cuento).

Entre las ideas iniciales, pensé en que los libros escondidos fueran inventados, con nombres ficticios, aunque obviamente inspirados en obras reales. Pero terminé descartando esa idea, porque la mención de libros verdaderos le daría a la novela un anclaje más verosímil, por más que se trate de una ficción. Al fin y al cabo, La biblioteca del entablado no es más que un artificio montado sobre bases verídicas. Y lleno de simbolismos, para variar, que combinan elementos de Fahrenheit 451, de los relatos y testimonios sobre la dictadura, y de diferentes rincones de la literatura.

Entonces, decidí usar los nombres de libros reales para la “colección del entablado”. Y para eso, tuve que documentarme ampliamente. Consulté varias páginas web y algunas bases de datos, pero las dos grandes fuentes de información fueron Un golpe a los libros: represión a la cultura durante la última dictadura militar (2007), de Hernán Invernizzi y Judith Gociol, por un lado, y por otro, Libros que muerden: literatura infantil y juvenil censurada durante la última dictadura cívico-militar 1976-1983, de Gabriela Pesclevi. El primero es fruto de un trabajo documental surgido tras el descubrimiento de un montón de documentos (actas, memos, considerandos, circulares, etc.) redactados por el gobierno de facto, y que estaban arrumbados en el sótano de un ex banco. El segundo es más que nada un catálogo de libros que, como bien lo dice el título, pertenecen a la literatura infantil y juvenil, aunque también abordan otros casos análogos.

Un golpe a los libros es una lectura muy recomendada para quienes quieran conocer cómo se ejercía la represión sobre la cultura, porque

propone que a la desaparición de personas se corresponde el proyecto, también sistemático, de desaparición de símbolos, discursos, imágenes y tradiciones. Si por una parte estaban los campos de concentración, las prisiones y los grupos de tareas; por la otra, se afianzaba una compleja infraestructura de control cultural y educativo: equipos de censura, análisis biográficos, memos de inteligencia, abogados, intelectuales, académicos, planes editoriales, decretos, presupuestos, oficinas… (Invernizzi y Gociol, 2007).

A partir de su investigación sobre los documentos confidenciales olvidados en aquel sótano, los autores explican de qué manera se organizó el gobierno de facto para controlar y moldear la cultura del país. Convencidos de que la lucha contra las guerrillas no se terminaba con la exterminación de las mismas, los militares se proponían eliminar cualquier posible foco de lo que ellos llamaban “captación ideológica” para el marxismo, la subversión y otras yerbas similares. O sea, acabar con el mal de raíz. Definieron como “campo de batalla” el corazón y la mente del pueblo argentino, y como “enemigo” a todo lo que fuera “subversivo”: peronismo, marxismo, socialismo, feminismo y cualquier otra ideología que no coincidiera con los valores que ellos definían como los únicos válidos (Dios, Patria, Familia, y otras cosas). Valiéndose de distintas dependencias estatales y militares (ayudados además por múltiples colaboradores civiles e intelectuales), organizaron una compleja y bien ordenada superestructura que persiguió con todo su yugo a todos aquellos que se desenvolvían dentro del campo de la cultura. Así surgieron las llamadas “listas negras” de escritores, editoriales, librerías, armadas según su nivel de subversión. Muchas prohibiciones salían por decreto, a veces regían en todo el territorio nacional, o bien se daban en una o más provincias.

Otra fuente muy preciada de información fue el ya mencionado catálogo Libros que muerden, que presenta los casos de diversos libros de literatura y juvenil, entre otros, que sufrieron la prohibición o algún tipo de censura. A veces, por ciertas interpretaciones hechas a raíz de los colores (como en Cinco dedos, donde una mano roja vence a otra verde), por denuncias efectuadas generalmente por colegas (como le pasó a Laura Devetach), o a veces por el origen de sus autores (como La tacita azul de Arkadi Gaidar), incluso si ni siquiera son libros de literatura (este es el caso de El niño zurdo, un trabajo pedagógico sobre los niños que escriben con la mano izquierda, o Los grandes maestros soviéticos, un libro sobre ajedrez: cualquier cosa que viniera de la URSS se ganaba enseguida el veto). Ni hablar si se trataba de obras con apellidos de reconocidos íconos peronistas o de izquierda. O de cuentitos donde, por ejemplo, el papá ayudaba a lavar los platos a su hija, o donde un nene plantaba un cuaderno en su patio y le crecía un árbol lleno de cuadernos, los cuales regalaba a sus compañeros de escuela. Hoy podrá parecer extremo, y hasta ridículo, que ciertas cosas que hoy tenemos normalizadas o a las que no juzgamos para nada peligrosas, fueran dignas de censura. Pero hay que entender esto dentro del contexto de su época, y nuestro país no era un caso aislado: alrededor del globo, dos grandes potencias se disputaban el privilegio de imponer su sistema social, económico y político sobre el resto del mundo. Y obviamente, el bloque occidental capitalista echaba mano de todos los recursos posibles para evitar que el enemigo le ganara terreno. Eso, sumado a la creciente ola de violencia política y guerrillera en el territorio, fueron parte del caldo de cultivo para la gestación y desarrollo de la última dictadura cívico-militar en Argentina.

Hoy en día han proliferado los discursos disidentes, emperrados en discutir que no fueron 30.000 desaparecidos o en justificar el terrorismo de Estado porque “los guerrilleros también secuestraban, torturaban y mataban personas”. Y su empeño es por hacer la contra nomás, para joder, pero desde la comodidad y cuasi-anonimato de las pantallas. A mí no me interesa meterme en esos debates. Y si bien me sucede que dudo sobre el relato general que se me ha transmitido particularmente desde la escuela, reconociendo que por mi edad y por mi nula experiencia en un hecho así soy fácilmente manipulable, hay algo que sí tengo en claro: no se puede comparar, en poder y recursos, una organización particular de gente con el Estado. Discutir un número, ya sea diez, veinte, treinta mil, me parece irrelevante: hablamos de personas a las que sacaron de su casa a la fuerza, a las que torturaron, a las que les quitaron sus hijos, a las que ejecutaron a sangre fría y enterraron así nomás o tiraron al río.

Ojalá nadie tenga que vivir algo así para entender lo que fue. Yo no lo viví, ojalá nunca me pase. Pero hay algo que se llama empatía, que estaría bueno aplicar un poco.

Para ir cerrando, quisiera dejarles la lista de los libros que conforman la colección del entablado son los siguientes:

·         Los zapatos voladores, de Margarita Belgrano. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1976.

·         El salón vacío, de Margarita Belgrano. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1978.

·         El peronismo y la Iglesia, de Hugo Gambini. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1971.

·         Cinco dedos, Colectivo Libros para Niños de Berlín. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1975.

·         Ganarse la muerte, de Griselda Gambaro. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1976.

·         Dulce de leche, libro de lectura para cuarto grado de Carlos Joaquín Durán y Noemí Beatriz Tornadú. Buenos Aires: Estrada, 1974.

·         Aire libre de María Elena Walsh. Buenos Aires: Estrada, 1967.

·         Mi amigo el pespir de José Murillo. Buenos Aires: Editorial Guadalupe, 1977.

·         Introducción a la Sociología, de Duilio Biancucci. Buenos Aries: Editorial Guadalupe, 1974.

·         Estudio de la Realidad Social Argentina (E.R.S.A.) Tomo 1, de Elena Roca. Buenos Aires: Kapelusz, 1975.

·         El niño zurdo, de Pierre Kingebiel. Madrid: Kapelusz, 1979.

·         Las edades moderna y contemporánea, de Juan Bustinza y Gabriel Ribas. Buenos Aires: Kapelusz, 1973.

·         El nacimiento, los niños y el amor, de Agnés Rosensthiel. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto.

·         Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto, 1975.

·         Cuentos para chicos traviesos, de Jacques Prévert. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto, 1974.

·         El castillo de los destinos cruzados, de Ítalo Calvino. Buenos Aires: Ediciones Librerías Fausto, 1977.

·         La Biblia Latinoamericana, de Ramón Ricciardi y Bernardo Hurault. España: Ediciones Paulinas, 1974.

·         Nuestros muchachos, de Álvaro Yunque. Buenos Aires: Plus Ultra, 1976.

·         El amor sigue siendo niño, de Álvaro Yunque. Buenos Aires: Plus Ultra, 1976.

·         Niños de hoy, de Álvaro Yunque. Buenos Aires: Plus Ultra, 1975.

·         El pueblo que no quería ser gris, de Beatriz Doumerc y Áyax Barnes. Buenos Aires: Rompan Fila, 1975.

·         Cómo se hacen los niños, de Beatriz Doumerc y Áyax Barnes. Buenos Aires: Schapire Editor, 1974.

·         La línea, de Beatriz Doumerc y Áyax Barnes. Buenos Aires: Granica, 1975.

·         Chile no es un cuento, de Augusto Bianco. Buenos Aires: Rompan Fila Ediciones, 1973.

·         El Che Guevara, de Hugo Gambini. Buenos Aires: Paidós, 1968.

·         La razón de mi vida, de Eva Perón. Buenos Aires: Peuser, 1952.

·         La torre de cubos, de Laura Devetach. Buenos Aires: Huemul, 1973.

·         Renacó y los últimos huemules, de José Murillo, en colaboración con Ana María Ramb. Buenos Aires: Ediciones Pespir, 1975.

·         La tacita azul, de Arkadi Gaidar. Moscú: Editorial Progreso, 1974.

·         El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Buenos Aires: Emecé, 1951.

·         Los grandes maestros soviéticos, de Alexander Kolov. Buenos Aires: Editorial Aymi, 1974.

 

 

 

Reseña literaria #15: "Estoy entre dos títulos pero no me decido por ninguno", de Facundo Pistola

 

En este nuevo tomo de cuentos, Severino Camposanto vuelve a las andadas. Logró convencer a su amigo Renato Ortiz de que le financie otro libro porque tiene una enfermedad terminal, y encima le pide que le escriba un prólogo… pero Renato le termina redactando más bien un reclamo por las regalías del libro anterior y por las tomografías que serían la prueba de su supuesta enfermedad terminal, los cuales Severino nunca le envió. Este inicio me resultó bastante divertido, porque da cuenta de la continuidad existente entre este libro y el anterior, Los sollozos del camposanto.  


El narrador vueltero, al que no le importa gastar dos o tres párrafos para decir algo que tranquilamente podría tomar uno, regresa con las pilas recargadas. A veces interrumpe el hilo de la narración para intercalar observaciones sobre la realidad y reflexiones sobre la vida o para proyectar una especie de diálogo con el lector, como si fuera plenamente consciente de su rol como figura discursiva y como si supiera lo que el lector está pensando mientras lee. Hay cuentos, como aquel donde relata cómo conoció a Belén o cuando acompañó a su amigo a la capital, en los que Severino Camposanto se fusiona con la figura del narrador para hablar desde el yo. Tampoco faltan las sutiles intervenciones de Renato Ortiz, ya sea en notas a pie de página, o falsificando la respuesta de un doctor al que Severino le envió una carta en el libro anterior.

El humor, la ironía, el discurso de complicidad con el lector están presentes también. Las distintas historias que se relatan aquí aluden tanto al mundo interior y personal de este alter ego de Facundo Pistola que es Severino, como al mundo exterior, ese que nos rodea todos los días.

No quisiera rizar más el rizo, pero voy a cerrar recomendando ampliamente la lectura de Estoy entre dos títulos pero no me decido por ninguno. Por cierto, ¿cuáles serían esos otros títulos posibles para el libro? Tal vez nunca lo sepamos.

Muchísimas gracias a Facundo Pistola y al equipo de Creativa Servicios por permitirme leer y reseñar este libro. Hace mucho que no publicaba una reseña, pero hace unas semanas arranqué a chambear fuerte en la escuela, y ya saben cómo es la vida de cualquier docente. Sin embargo, tengo muchas ideas y escritos pendientes, así que no pienso abandonar el blog como sucedió el otro año.

Esto ha sido todo por ahora. Espero que hayan pasado un buen fin de semana. ¡Nos leemos pronto!

lunes, 3 de marzo de 2025

[Cuento] "En la corte del rey Durmion"


Unos débiles halos de luz solar cruzan el salón real de punta a punta, iluminándolo. Por delante de las pesadas cortinas color carmín, se alza el trono donde el rey está sentado, esperando. Sus pies apenas sobresalen de la rica túnica celeste. Sobre sus rodillas reposan, entrecruzadas, sus manos. Y su cabeza, levemente inclinada hacia atrás, permite apreciar la corona que representa su potestad y señorío. En su rostro no se reflejan ni hastío ni molestia, ni alegría ni gozo; permanece impasible mientras aguarda a que se acerquen los súbditos con sus peticiones.

Dos sirvientes fieles e intachables presiden al rey. Se encargan de indicar a los peticionantes cuándo pueden usar la palabra y cuándo deben guardar silencio.

El primer sirviente se adelanta, y con un gesto de su mano derecha, indica a la mujer que está al frente de la fila que se acerque. Se trata de una campesina robusta, con un vestido azul cuyos remiendos se disimulan en la amplia falda. Por debajo de su cofia le cuelgan dos gruesas trenzas rubias. Cuando ella llega a la línea imaginaria trazada entre los dos sirvientes, se detiene.

—Inclinaos ante su Majestad —exige el segundo sirviente, señalando respetuosamente al rey.

La señora se apresta a cumplir la orden. Las trenzas parecen dos enormes espigas de trigo que están por tocar el piso cuando ella se inclina.

—¿Cuál es tu petición, súbdita del reino de Durmion? —pregunta el primer sirviente con voz de portento, sacando pecho.

Los ojos enormes de la mujer se levantan, suplicantes, hacia el rey, y bajan antes de pronunciar su pedido.

—Su Majestad —dice la campesina—, una tormenta terrible se ha desatado sobre mi casa, y ha destruido parte de su techo. No tenemos recursos suficientes para arreglarlo, pero si su Majestad nos ayuda, le recompensaremos con una parte de la próxima cosecha.

Cuando ella termina de hablar, el primer sirviente le indica, con la mano izquierda, que permanezca en silencio. Al mismo tiempo que el segundo sirviente, dirige su mirada hacia el rey Durmion, quien parece evaluar profundamente la solicitud de la dama de las trenzas. Finalmente, inclina la cabeza hacia adelante.

Los dos sirvientes vuelven a sus posiciones.

—Tu petición ha sido: concedida. Puedes retirarte en paz.

Conteniendo un salto de alegría, la mujer exclama “¡Muchas gracias!” y se va.

—Que pase el siguiente —anuncia el segundo sirviente.

El próximo en acercarse es un hombre robusto, cubierto con una piel de oso, que carga un saco rojo con una extraña inscripción en él. Entre la cabeza de oso que le tapa la frente y el cráneo, y la espesa barba que le tapa la boca y la barbilla, sólo se puede distinguir el brillo en sus ojos oscuros, por encima de una prominente nariz. Tenía un andar pesado como el de un verdadero gigante del bosque.

Repitiendo el mismo protocolo que con la solicitante anterior, el sujeto de aspecto salvaje se detiene justo en el límite invisible trazado por los sirvientes.

—Inclinaos ante su Majestad —exige el primer sirviente.

El peludo visitante deja un momento el saco rojo sobre el suelo, y se inclina con dificultad por su culpa de su prominente barriga.

—¿Cuál es tu petición, súbdito del reino de Durmion? —pregunta el segundo sirviente, mientras lo mira con recelo.

La voz del tipo con la piel de oso retumba en el salón.

—Gran rey Durmion, he venido a avisar que una enorme bestia de cuatro patas, afilados colmillos y mirada asesina está asolando los hermosos bosques de su reino. Asusta y devora a los animales, y eso produce que los cazadores vuelvan con las manos vacías a sus casas. Yo me ofrezco a acabar con tan terrible monstruo, ya lo he enfrentado una vez, pero ha resultado ser demasiado fuerte para mí solo. Si su Majestad me provee de hombres bien pertrechados, de seguro podremos vencerlo, y nuestra victoria será en Vuestro nombre; así también, le traeremos la cabeza del susodicho monstruo.

El segundo sirviente alza levemente su mano izquierda para anunciar el momento del silencio, y en sincronía con el primer sirviente, se gira para mirar hacia el rey. Este no se tarda mucho en su deliberación: de inmediato inclina su cabeza, aprobando la solicitud del hombre-oso.

—Tu petición ha sido: concedida —. Anunció el segundo sirviente—. Todo lo que necesites para tu empresa te será entregado mañana a primera hora. Puedes retirarte tranquilo.

Con un vuelo casi elegante de su capa de piel, el cazador se retiró, exhibiendo una mirada casi triunfal que resaltaba el brillo en sus ojos negros. Cuando hubo desaparecido por la puerta, el primer sirviente tomó la palabra:

—Que pase el siguiente.

Ante los dos sirvientes se presenta una dama con el vestido más elegante que todos en el salón del trono hayan visto. De un color púrpura intenso, emite destellos cada vez que es alcanzado por uno de los haces de luz. Sus zapatos charolados e impecables producen un simpático taconeo a medida que avanza hacia las escalinatas del trono. No dejan de llamar la atención su tez bronceada, que resalta con el maquillaje, y sus ondulados cabellos peinados con esmero que le llegan hasta la cintura. Con el porte y la soberbia de una prrincesa, se detiene ante los sirvientes y responde automáticamente a las normas de etiqueta. Apenas el primer sirviente acaba de formular la pregunta de rigor, ella responde sin titubeos:

—Estimado y Excelentísimo rey Durmion. Me presento personalmente para extender a usted y a su destacada corte una invitación a tomar el té, en una velada que mi familia piensa celebrar en honor de su Majestad. Nos alegraría muchísimo que pudiera asistir.

Ya los sirvientes se giran para continuar con el protocolo, pero el rey no tiene tiempo de deliberar en silencio la invitación, porque de repente dos voces extrañas irrumpen en el salón del trono. ¡Son las Hechiceras! Ellas entran sin pedir permiso, poderosas, orgullosas y altas vuelan en círculos alrededor de los presentes, exclamando órdenes y haciendo flamear las cortinas. Todo es confusión en el trono del rey Durmion: este se yergue sin previo aviso, abre la boca pero en vez de proferir gritos dando órdenes, la abertura de sus labios se expande más y más formando un hueco oscuro… pronto es un agujero que ocupa toda su cabeza hasta convertirse en un agujero negro, y el rey inhala, inhala en un viento tan fuerte que todo, desde los sirvientes, la dama, las cortinas, las paredes del salón, ladrillo por ladrillo, es succionado hacia la negrura sin fondo instalada en la garganta del rey Durmion…

 

 

—¡A ver, vamos juntando que en un rato comemos!

En realidad, faltaban por lo menos quince minutos para la cena, pero la madre prefería azuzarlos con tiempo para no estar a último momento llamando cincuenta veces a los chicos para comer, y evitar que estos guardaran todo así nomas en el apuro. A la cuñada le dio un poco de lástima: ¡se veían tan lindos jugando con Eduardo!

En lo que el tío Eduardo terminaba de bostezar y desperezarse, los chicos ya habían llevado la muñeca de trapo a su casita, a la que le faltaba un pedazo de techo porque alguien le pegó un codazo sin querer; el oso de peluche con el corazón que decía “Te quiero” fue a parar al sillón doble, frente a la puerta balcón que daba al patio, desde donde el perro lo miraba con expresión hambrienta; y la muñeca talla especial que le habían regalado a la hermanita menor para Navidad volvió a la habitación que le correspondía.

—Me alegra que puedan echar a volar la imaginación con lo que tienen a mano, sin tanta pantalla de por medio —comentó la madre a su cuñada—, sino siempre están metidos jugando a esos juegos raros de fantasía medieval y qué sé yo.

—También es bueno que pasen tiempo jugando con sus familiares —agregó la cuñada— ¿no es cierto, Eduardo?

Con la corona de cartón de una famosa hamburguesería puesta todavía sobre la cabeza, Eduardo las miraba soñoliento. Asintió por simple inercia.

Había despertado de un sueño demasiado extraño.   

jueves, 20 de febrero de 2025

Reseña literaria #14: "La caja vacía", de Paula Cardozo

         Desde el momento en que empecé a leer este libro, se me vinieron a la mente las Gnosiennes de Erik Satie, inundando la lectura con ese piano entre melancólico y misterioso. La premisa me atrapó desde el principio, conduciéndome hasta los vericuetos más profundos del drama de Aubrey Herbert, quien se encuentra internado en un hospital psiquiátrico tras cometer un asesinato: el de su padre, el famoso tenor Pregonas. Narrada a través de las entradas en el diario del paciente y de las entrevistas con el psiquiatra, el dr. Borowski, la historia nos muestra la búsqueda de sí mismo que emprende el protagonista, revisando su pasado para entender lo que ocurre en el presente.

No temo afirmar que es una de las mejores novelas que leí desde que empecé a escribir reseñas. El conflicto parental me parece a mí uno de los temas más potentes de la ficción, y acá está muy bien desarrollado. De un modo metafóricamente análogo a Cronos, el tenor Pregonas devora a su hijo o, más bien, lo absorbe, para que Aubrey Herbert se convierta en él y perpetúe así la fama del padre. El hijo está destinado a convertirse en el padre, gozando del mismo reconocimiento, pero a costa de perder su historia y su identidad. Y eso es lo que busca desesperadamente el joven: regresar al pasado, recuperar su pasado, retornar al niño que era antes de que cayera sobre él lo que después llamaría “la sombra de Pregonas”.

Lo que detona el desequilibrio en Aubrey Herbert es la afonía: al perder su voz, se pierde a sí mismo, o ese que su padre pretendía que fuera. Entonces se produce el quiebre, en ese momento que también es muy potente si hablamos de conflictos parentales: el asesinato, físico o simbólico, del padre. El protagonista necesita liberarse, por todos los medios, del tenor Pregonas y de su constante acecho, para ser Aubrey Herbert, para ser su propio hombre y no una continuación de su progenitor. Porque encima su madre, Samantha, murió cuando él era pequeño, y por desgracia no hubo nadie más que pudiera mediar en la relación entre padre e hijo y evitar que el tenor Pregonas moldeara al muchacho para que fuera su continuador.

La novela está cargada de metáforas y de símbolos que orbitan todo el tiempo en la narración. Uno de ellos es la caja, la caja vacía, que además de tener un significado concreto (la caja donde se guardaba el traje del tenor Pregonas, lo que representa su figura) sino también un significado metafórico en relación a cómo se siente el protagonista o cómo se ve su situación. Su cuerpo es habitado por otro, pero el habitante original no tiene historia ni identidad.

Las entrevistas con el Dr. Borowski, si bien son breves y escuetas, aportan detalles suficientes para complementar lo que paciente revela en su diario con mucha más profundidad. Así, nos deja conocer lo que fue, lo que es, lo que debió ser, lo que no debía ser. Hay mucho juego con las apariencias y con las incógnitas que van surgiendo a lo largo de todo el proceso que atraviesa Aubrey Herbert durante su internación, hasta que por fin consigue su objetivo, y entonces aguardamos un buen final, donde comience a vivir como él mismo, libre de la sombra del tenor Pregonas. Pero…

Podría decir mucho más de La caja vacía, aunque no quisiera hacer ningún spoiler y preferiría que pudieran leerla y experimentarla por su cuenta. No es muy larga, y si te gustan las novelas psicológicas, seguro te va a interesar.

Quisiera cerrar con un agradecimiento a Paula Cardozo y a Creativa por permitirme leer y reseñar este libro.

¡Nos leemos pronto!

 

 

 

martes, 18 de febrero de 2025

El Elefante en la Colina: el significado es invisible a los ojos

 



Lo esencial es invisible a los ojos.

 

¿Quién no conoce esta frase? Incluso si no leíste El Principito, es probable que la hayas visto por lo menos una vez en algún lado. Como todo aquello repetido hasta el cansancio, a veces termina perdiendo sentido. O el sentido es lo que cada persona le atribuye, como ahora, que yo quiero relacionarla con el tema del que voy a hablar hoy: la percepción. Justamente, a lo que alude esta célebre frase es que las cosas verdaderamente importantes no se perciben a través de los ojos, sino con el corazón o el alma. Va más allá de lo que observamos a simple vista. A veces, por ejemplo, miramos un dibujo o una pintura y pareciera que nunca vamos a terminar de completar una interpretación de lo que miramos, porque siempre hay un detalle que se nos escapa. De hecho, justo en el principio del libro, Saint-Exupéry nos habla de su dibujo de la boa que se tragó un elefante, y que todos pensaron que era un sombrero (otro símbolo clásico de su obra, como la rosa, el cordero o el zorro). Nadie ve al elefante dentro de la boa hasta que el chico realiza un nuevo dibujo donde se pone de manifiesto. O sea, tenemos un problema de percepción, porque los adultos no ven lo que el niño quiso representar. Creo que también es una forma en la que el autor pone de manifiesto la limitada imaginación de los adultos, que simplemente ven las cosas desde una perspectiva simple, aburrida y rutinaria, por eso no son capaces de ver más que un sombrero y no el elefante dentro de la boa.

Pasa que, bueno, cualquiera que no sepa nada del Principito y que tampoco haya visto la ilustración antes, caerá en la trampa. Pues no hay ninguna pista ni indicio de que estamos viendo otra cosa. Y no vamos a conocer el sentido oculto de la imagen hasta que alguien nos lo explica, mostrándonos la segunda versión del dibujo, con el elefante dibujado de manera reconocible. ¿Cuántas veces no hemos entendido algo hasta que alguien nos lo explica? O, mejor dicho, ¿cuántas veces hemos tenido que buscar ayuda para lograr comprender lo que se escapa a nuestra percepción?

Lo mismo pasa cuando leemos. El lenguaje no es tan transparente como creemos, porque un texto dice mucho más de lo que está escrito literalmente. Si lo sabré yo, que soy escritora y profesora de Lengua y Literatura. Hay mucho que el texto no nos dice, pero lo insinúa. Y es nuestro trabajo realizar inferencias sobre eso que se halla implícito, y que no se manifiesta en la primera lectura. Ahí es donde entra en juego nuestra capacidad de asociación, revisando y prestando cuidadosa atención a cada palabra y cada frase para ver cómo se relacionan.

Esto me sucedió con un cuento de Ernest Hemingway, “Colinas como elefantes blancos”. Empecé a leer a este autor cuando compré una edición sencilla de El viejo y el mar, su libro más célebre, en la Feria del Libro de Buenos Aires. Al tiempo me encontré con sus cuentos, y el que más me llamó la atención fue ése, porque la primera vez que lo leí me quedé con una duda sobre lo que ocurría. La historia es muy simple: trata sobre una pareja que espera un tren hacia Madrid. No se nos dice a qué van a esa ciudad, aunque es claro que hay cierta tensión en ellos. Al parecer, la muchacha tiene que realizarse una operación de la que depende la estabilidad de la relación, pero nunca se especifica cuál es. Y yo tendría que haberme dado cuenta… sólo que en ese momento no fui capaz de razonarlo por mí misma. 

Así que terminé haciendo algo que normalmente no hago: busqué en Internet. Intenté no ir por el camino tan obvio: primero, busqué “elefante blanco”. Es una expresión que tiene su origen en las culturas del sudeste asiático, donde los elefantes blancos o albinos eran considerados sagrados y muy valiosos, a tal punto que los reyes los mantenían como símbolo de riqueza y poder. El problema es que estos animales tenían una dieta muy particular y requerían de cuidados especiales, por lo cual resultaba carísimo tener uno. Algo así como tener un Lamborghini o cualquier auto de alta gama hoy en día. Lo peor es que a veces los monarcas les regalaban un ejemplar a aquellos nobles caídos en desgracia o a los que querían castigar de manera sutil. Así, estos pobres nobles estaban obligados a aceptar al elefante blanco por una cuestión de honor, pero mantener al animal probablemente los terminaría de llevar a la ruina por los enormes costos económicos que conllevaba. 


De ahí que, actualmente, la expresión “elefante blanco” se usa para referirse a aquellos proyectos o bienes que, a pesar de parecer valiosos o grandiosos, terminan siendo imprácticos, caros o difíciles de sostener. Por ejemplo, como resultado relacionado, me salió la película Elefante Blanco, de 2012, protagonizada por Ricardo Darín. En la película aparece un hospital inconcluso y abandonado, que en la vida real sí existió, y fue demolido además en 2016.

No obstante, la pista del elefante blanco no me bastó. De modo que, inevitablemente, terminé buscando el significado del cuento de Hemingway. Y la explicación, la verdad, era muy simple. Si yo me hubiera esforzado en poner a trabajar mi materia gris, me habría ahorrado toda la búsqueda. Porque, a pesar de que no estuviera escrito explícitamente, el significado estaba implícito. Las pistas, las evidencias, las tenía al alcance en el cuento mismo. Entonces, al releerlo luego de mi breve investigación, por fin até cabos. ¡Me sentí tan tonta! Y al mismo tiempo, me dije, bueno, sirvió de aprendizaje. Entendí que, a veces, uno lee en modo automático, sin prestar suficiente atención a lo que lee. Y el lenguaje, en manos de un escritor hábil, puede resultar muy tramposo. Como lector, te agarra desprevenido. Eso es algo que le puede pasar a cualquiera, y no sólo en la literatura: también en el cine, en el arte, en la música, hay un montón de obras que quizá no fueron comprendidas a fondo en su momento. La interpretación de sus significados más profundos apareció después, gracias a la fruición de quienes se empeñaron en analizarlas. Por supuesto, en este caso no se precisaba un análisis tan complejo.

La literatura es el arte de la alusión y la sutileza en el lenguaje. Ernest Hemingway supo trabajarlo bien, a través de una técnica narrativa llamada “teoría del iceberg” o también “teoría de la omisión”, mediante la cual deja implícitos el contenido y el significado de su historia en vez de explicarlos explícitamente. De este modo, Hemingway creía que solamente una parte de la información debe ser visible en la superficie de la narrativa, como la punta de un iceberg, mientras que la otra parte se mantiene por debajo, no revelados directamente, pero implícitos. La gracia es que el lector se involucre en su proceso de comprensión lectora de la misma manera en que un buen detective se involucra en su investigación de un crimen. Y es que Hemingway confiaba en la capacidad del lector para inferir y deducir significados a partir de los detalles concretos que presentaba en sus escritos. Eso es lo que le da profundidad y complejidad a una obra literaria. Para ejemplo, quizá sirve este microcuento del propio Hemingway: “Vendo zapatos de bebé. Sin uso”. Supongo que no hace falta explicar el tipo de historia que podemos inferir detrás de esas dos oraciones tan breves. Probablemente, con leves diferencias, la mayoría de los lectores coincidirían en el hecho principal, y lo demás serían factores contextuales, derivados del conocimiento y de las propias experiencias de cada uno. 

Cuando leemos no solo decodificamos lo escrito, sino que también se da un doble proceso de asociación: por un lado, vamos asociando lo que leemos con la ya leído dentro del propio texto y, por otro lado, asociamos ese texto que vamos leyendo con otros que ya hemos leído. Es decir, hay una asociación interna y una asociación externa de significados. A partir de ahí, es cuando logramos construir redes de sentido más amplias, lo que ayuda, a su vez, a ampliar nuestra percepción. Aprendemos a fijarnos más en los detalles y a pensar cómo encaja cada uno en la trama de la obra.

En “Tizas muertas”, uno de los cuentos que componen mi primer libro, La respuesta en sus ojos, yo aplico esa técnica de Hemingway, casi por accidente. Cuando me senté a escribir el cuento, con la idea ya definida de lo que quería contar, se me ocurrió omitir los detalles más importantes de los personajes, poniendo apenas unas alusiones indirectas, aunque no explícitas. Al igual que Hemingway, yo estaba segura de que los lectores lo descubrirían. Recuerdo, de hecho, cuando le pasé el cuento a una de mis primas, y ella después de leerlo me contó que había formulado como tres teorías distintas sobre el cuento hasta que llegó al final. Eso me hizo sentir orgullosa. La técnica funcionaba. 

Así como en el resto de las artes, como la pintura o el cine, una obra literaria nos puede exigir mucho más que una lectura superficial. Por eso creo que libros como El principito son lecturas obligatorias para la vida en general. Saint-Exupéry nos habla de algo más que la soledad de un aviador accidentado en el desierto o la travesía de un niño por el espacio y la inmensidad. Es un texto que, a pesar de ser breve, es muy profundo, y esa profundidad no se alcanza ni cerca con la primera lectura, sino con las sucesivas re-lecturas a través del tiempo. Quizá lo leíste una vez de chico y no lo entendiste del todo. Y no importa, porque probablemente puedas comprender más cuando lo leas de vuelta, ya siendo más grande. De ese modo, paulatinamente, y a medida que se vayan escribiendo más páginas en tu libro de vida, vas a comprender mejor esta frase, tan vaciada de contenido debido a la reproducción masiva constante: Lo esencial es invisible a los ojos.

En una sociedad dominada por los medios masivos y las redes sociales como Tik Tok, donde se atrofia cada vez más nuestra capacidad de atención y retención de información ligado al imperio indiscutible de la imagen, creo que se ha achicado muchísimo nuestra percepción. Últimamente parece que la gente necesita que le expliquen todo debido a la carencia de estímulos propios para buscar las explicaciones por sí misma. El adormecimiento de las capacidades perceptivas genera algo como lo que me pasó a mí con “Colinas como elefantes blancos”: el significado del cuento estaba ahí, invisible pero no inexistente. Me pasó desapercibido en la primera lectura porque yo no tenía las antenas atentas. Sin embargo, creo que eso no me volverá a pasar.

Para terminar, admito que no sé si no está muy agarrada de los pelos esta asociación entre una frase del Principito y la teoría de la omisión de Hemingway, aunque espero haberla explicado lo más claramente posible. Y si no dije de qué se trata “Colinas como elefantes blancos”, es porque confío en que ustedes, lectores, podrán darse cuenta cuando lo lean.

Nos leemos pronto.



sábado, 15 de febrero de 2025

Reseña literaria #14: "Los jazmines de la muerte", de Fernanda Salguero

 


Y volvemos con las reseñas, esta vez de otro libro cargado de flores y cadáveres. A diferencia de El perfume, no tenemos un asesino serial con un olfato prominente, sino una serie de asesinatos cuyo hedor no puede ser disfrazado por el aroma de los jazmines.

La historia gira en torno a la familia Izvecolcavi, su casona, sus dramas familiares y económicos y todas las personas que la rodean. El patriarca, Abelardo, es un tipo de carácter difícil y sumamente posesivo. Amasó su fortuna gracias a la administración de una estación de trenes, y gestiona sus negocios de la misma forma que su familia. Un tipo bastante controlador al que le preocupa más la reputación de su apellido y las apariencias que la felicidad de sus seres queridos. Además de que es capaz de hacer cualquier cosa con tal de obtener lo que quiere o proteger sus intereses. Eso se nos muestra ya desde el primer capítulo, de hecho. Junto con Arlet, su esposa, tienen cinco hijas: Melania, Eider, Samay, Dolores y Zenda, tres de las cuales están casadas, y todas tienen una relación muy conflictiva con su padre, ya sea por términos económicos, por querer tomar parte en la empresa, o simplemente porque se sienten muy limitadas para hacer lo que realmente desean. Abelardo me pareció uno de esos tipos que le controlan la vida a su familia y se sienten con el derecho de hacerlo sólo por ser el “proveedor”. Pero no sólo tiene una mala relación con su esposa o con sus hijas, sino con Greta, su hermana, a quien no le permite ir a la casa o ver a sus sobrinas.

Aparte de los Itzecolcavi, entre quienes frecuentan la casona con el hermoso jardín de jazmines tenemos a Joel Nill, vecino y ex socio de Abelardo; Eladio el mayordomo; Arsenio el jardinero; Yelina y Abril, mucamas; Silvia, la cocinera; y Ariel, ayudante del jardinero. Además de Fausto, el abogado; Ignacio, el secretario; Ivo, representante de los trabajadores. Sin olvidar a los maridos de Melania, Eider y Samay. Hay un montón de personajes, y a veces se hace un poco mareante seguir las acciones de todos.  

Algo que afecta la experiencia de lectura es la ausencia de diálogos. Toda la novela está narrada en estilo indirecto, es decir que no se muestra lo que se dice, sólo se nos cuenta. Un sabio amigo mío dice siempre: “Mostrá, no contés”. Hay muchas conversaciones y discusiones que me hubiera gustado leer directamente con las palabras y las expresiones de los propios personajes. Eso habría ayudado mucho además a reconocerlos por su vocabulario, por su forma de hablar, y así ver transparentada también su personalidad. Los diálogos le darían equilibrio a la obra, haciendo que la lectura no se haga tan densa por la presencia de tanta prosa.

Otra cuestión que me ha resultado llamativa dentro de la estructura narrativa es la distribución desigual de la información. Más de la mitad del libro se consume en capítulos que relatan la historia de los personajes principales, con especial foco en las hijas y su madre. Aunque nos ponen en contexto sobre cómo son las mujeres de la familia, sus vidas, sus dramas, sus pasiones y sus conflictos con Abelardo, estos capítulos provocan la dilatación del nudo dramático. Había llegado un momento en el que me pregunté hacia dónde me quería llevar la novela, hasta que ocurrió el primer homicidio (al que le seguirán otros tantos), y se empieza a desarrollar la trama policial, que se siente muy apresurada en comparación con la primera parte.

Las novelas policiales o de misterio y suspenso me parecen las más difíciles de escribir, porque el autor (que sabe cómo ocurrió el crimen y quién es el criminal) debe cuidarse muy bien de ir dosificando la información a lo largo de las páginas mientras los detectives van indagando, interrogando a los sospechosos, buscando pistas, analizando evidencia, etc. A partir de la investigación detectivesca es como se van revelando, por ejemplo, cómo son realmente las relaciones dentro de una familia que aparenta ser perfecta y tener la vida solucionada. Odios, rencores, infidelidades, problemas de dinero, todo terminará saliendo a la luz tarde o temprano. Y lo cierto es que la familia Itzecolcavi, más la gente que la rodea, dan bastante tela para cortar en una investigación por múltiples homicidios: todos son sospechosos, cualquiera puede ser culpable.

A lo que voy es que quizá hubiera sido mejor si la narración de las historias personales de cada personaje estuviera entrelazada e integrada con la investigación policial. De esta manera, la trama fluiría de manera más orgánica, manteniendo el suspenso en el lector. Además, causaría más impacto conocer a los personajes a través de la intervención de los detectives. Escritoras y escritores tenemos que aprender a jugar con las impresiones y expectativas de los lectores, pintando a los protagonistas de una forma, pero después deshaciendo esa pintura para revelar la verdadera cara de cada uno. Así, sería mucho más impactante, por ejemplo, descubrir que alguien de la familia tiene una relación homosexual clandestina, a espaldas obviamente de su cónyuge. Es decir, no produce el mismo efecto conocer, desde el principio, todo sobre los personajes antes del crimen, que si se nos va dando a conocer a medida que se va investigando el mismo. Por otra parte, en cada homicidio podría haber una o dos pistas que conduzcan a diferentes sospechosos y sean una oportunidad para escarbar en su pasado.

Entonces, los dos aspectos más importantes en los que la novela podría mejorar serían principalmente esos dos: la inclusión de diálogos (que en el género policial son muy importantes, de hecho) y la reorganización de la narrativa. En cuanto a la historia, a nivel general, me parece muy buena, si bien tiene algunos cabos sueltos. Pero en lo que refiere a ambientación, a las relaciones sociales y de clase, a los conflictos e intereses, la esencia de Los jazmines de la muerte tiene un tono que me recuerda mucho a las novelas de Agatha Christie. Hay potencial en la obra, solamente hay que saber explotarlo.

Como observación adicional, aprendí un poco sobre los jazmines y sus cuidados. Cada capítulo lleva como título el nombre científico de una variedad de jazmín y de otros tipos de plantas. En cada uno se incluye una nota al pie que explica qué es cada uno. Me gusta el simbolismo de las flores aplicado a los personajes y, claro, también a las escenas del crimen.

No sé si Los jazmines de la muerte sea la primera novela de Fernanda Salguero, pero como todo en la vida, siempre podemos mejorar. Desde este espacio, mi intención es brindar una crítica constructiva partiendo de mi experiencia de lectura y escritura. Como dije, la historia y el trasfondo de los personajes me parecen interesantes, lo otro son cuestiones formales que es importante tener en cuenta para proyectos futuros, o en caso de que sé la oportunidad de hacer una re-escritura de la novela. 

Para ir cerrando, quiero agradecer a la autora y al equipo de Creativa Servicios por permitirme leer y reseñar este libro.

¡Nos leemos pronto!

 

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